Salir con los niños, y más con cuatro, es siempre
una aventura, pienso agotada.
Una vez acomodo a los críos en el coche, miro
a Pipa y le pregunto:
—¿Vas bien?
La pobre, que es más buena que el pan y tiene
pinta de monja, me mira y responde:
—Sí. Gracias, Lali.
Una vez que ve que todos estamos bien, Peter,
mi chicarrón, arranca el motor del coche.
—Rocio y Pablo ya salen del garaje —digo
entonces—. Síguelos.
—¿Vamos al restaurante de Klaus? —Asiento,
y mi amor responde tocándome la rodilla—:
Entonces, tranquila, pequeña, sé llegar.
Sonrío. Soy feliz y, cuando oigo el primer
lamento de mi preciosa pero llorona niña, me
vuelvo y comienzo a cantarle eso de «Soy una taza,
una tetera, una cuchara, un cucharón»,[9] y la niña
se calla. Le encanta que le tararee esa cancioncita,
como al pequeño Peter le gusta que le cante la del
tallarín.
He pasado de escuchar a los Aerosmith a
cantar canciones a cuál más tonta, pero que a mis
hijos les gustan. ¡Para lo que he quedado!
Flyn, que podría ayudarme, pasa. Se limita a
mirar por la ventana y a ignorarnos a mí y a los
niños.
Veinte minutos después, agotada de tanta
cuchara y cucharón, cuando llegamos al restaurante
Peter aparca y, entonces, la puñetera niña se ha
dormido.
¿Quién sería la madre que la parió?
Animados, salimos del vehículo. Ir a comer al
restaurante de Klaus nos encanta a todos. Con
cuidado, cojo a la pequeña Hannah y la meto en su
cochecito mientras protesto.
—Tela con la niña, ¡nos ha salido flamenca!
Veo que Peter sonríe.
Me mira..., mira a su niña y, cuando Flyn sale
del vehículo con su hermano y Pipa corre tras
ellos, el muy tunante me dice:
—¿Cómo era la canción?... Soy un cucharón...
Ambos nos partimos. Sin lugar a dudas, ¡la
cancioncita se las trae!
Al llegar junto a Pablo, Rochi y Sami, éstos se
fijan en la niña.
—Sí —digo—, el monstruito se ha quedado
dormido.
Peter sonríe, Pablo también, y Rochi murmura:
—Pues cuando se despierte, ¡nos come por los
pies!
Volvemos a reír. Todo lo que Hannah tiene de
guapa y dormilona lo tiene de tragona y llorona y,
sin duda, cuando se despierte, como dice Mel, ¡nos
come!
Al entrar en el restaurante, Klaus nos ve y
sonríe, y Sami, que adora a su abuelo, al que llama
lelo, corre hacia él.
—Lelo..., lelo..., ya estoy aquí.
El hombre se agacha feliz y mira a la niña.
—¿Cómo está mi princesa? —dice.
La pequeña, que adora que la llamen
«princesa», se toca la corona dorada y responde:
—Bien, pero quiero agua porque tengo mucha
sed y papi ha dicho que te pidiera agüita a ti. ¿Me
das agüita?
A Klaus se le cae la baba, y rápidamente se
mueve para darle a la niña lo que quiere. Una vez
la pequeña tiene su vaso de agua, veo que Klaus
mira a mi pequeño y pregunta de nuevo:
—¿Y cómo está Superman?
A diferencia de Sami, Peter jr es más parco en
palabras. Sin duda, es un Lanzani, y
simplemente asiente con la cabeza. Al ver el gesto
de Klaus, yo me agacho divertida y aclaro:
—Eso significa que está muy bien.
El hombre sonríe e, instantes después, nos
saluda a todos. Está feliz por tenernos allí, y noto
como siempre el amor que siente hacia su hijo
Pablo y hacia Rochi, que es su ojito derecho.
Instantes después, nos dirigimos hacia la mesa
que nos tiene reservada. Pablo acerca dos tronas
para Sami y para Peter y me pregunta:
—¿Quieres otra para Hannah?
Con dulzura, observo a mi Bella Durmiente y
respondo:
—De momento, no. Dejemos que el monstruito
siga durmiendo.
Entre risas, nos sentamos mientras Pablo y Rocio
se llevan aparte a Klaus para darle la buena
noticia sobre su boda. Con curiosidad, los observo
y me emociono cuando veo al hombre abrazar a su
hijo y después a Rochi. Sin duda, la noticia le ha
gustado.
Media hora después, Hannah se despierta y,
tras varias sonrisas a cuál más bonita, comienza
con su concierto de lloros. Rápidamente Klaus se
lleva a la cocina su potito para calentarlo y, en
cuanto lo trae, casi sin respirar, Hannah se lo
come, ante la expresión de bobo de su padre.
Pero en el momento en que la comida se acaba,
la niña decide montar uno de sus numeritos y, al
final, la buena de Pipa, que ha comido mientras yo
le daba de comer al monstruito, para que el resto
podamos tener un rato de paz, mete a la pequeña
en el cochecito y sale del restaurante a dar un
paseo. Flyn se va con ella. Nuestra compañía lo
aburre.
Cuando sale del restaurante, veo que Rochi mira
a Pablo y le pregunta:
—¿De verdad que la monstruito no te quita las
ganas de tener niños?
—Eh..., cuidadito con lo que dices de mi niña
—se mofa Peter.
Su chico responde entonces con una
encantadora sonrisa:
—Cielo... —y, señalando a mi pequeñín,
afirma—: Ellos tienen un Superman y yo quiero un
Spiderman. Un pequeño Peter Martinez Igarzabal.
Rochi pone los ojos en blanco y yo me río. No lo
puedo remediar.
De pronto, suenan sendos mensajes en los
móviles de Peter y de Pablo. Mi marido echa un
vistazo y luego comenta:
—Alfred y Maggie nos informan de que están
organizando una fiesta privada en el palacete de
campo que tienen cerca de Oberammergau.
—Sí —afirma Pablo dejando el móvil—. Yo
también lo acabo de recibir.
—¿Oberammergau es ese pueblo que parece
de cuento? — pregunto, y Peter asiente.
Al oírme, Rochi se interesa, y yo le explico que
Peter y yo estuvimos pasando un fin de semana en
ese increíble sitio. Mi amiga se sorprende cuando
le digo que allí vi la casa de Caperucita Roja y de
Hansel y Gretel.
Pablo sonríe entonces y murmura mirando a su
chica:—
Mmm..., de Caperucita Roja estarías
tentadora, teniente.
Los cuatro reímos cuando Rocio, que nunca ha
asistido a una de esas lujuriosas y privadas fiestas,
pregunta:
—¿Quiénes son Maggie y Alfred?
Yo sonrío. Todavía recuerdo la primera vez
que oí hablar de ellos. Estábamos en Zahara de los
Atunes, en la preciosa casa de Euge y Nico
Miro a mi amiga y respondo mientras toco el
anillo que Peter me regaló:
—Son una pareja muy simpática que cada
equis tiempo organizan fiestas temáticas muy
privadas.
—¿Temáticas? —pregunta curiosa Rochi.
Peter y Pablo sonríen.
—Llevaban casi dos años sin organizar nada
por una enfermedad de Alfred —explica mi amor
—, pero al parecer ya está repuesto y tienen ganas
de fiesta.
—Cuánto me alegro de que Alfred esté mejor
—asiento.
Rochi nos mira a la espera de que alguno cuente
algo más, y finalmente digo:
—Yo sólo he asistido a dos fiestas organizadas
por ellos. En la última, la temática era la
prehistoria, pero la primera vez que fui a una de
sus fiestas había que ir vestidos de los locos años
veinte. Fuimos con Euge y Nico. Ellos parecían
gánsteres, ¡y nosotras flappers!
Rochi sonríe, sabe lo que es una flapper, y Pablo
dice:—En esa fiesta fue cuando te conocí.
Peter asiente...
Pablo sonríe...
Recordar aquella primera vez y lo que ocurrió
con Peter y Pablo en aquel lugar aún me acalora y,
sonriendo, digo al ver que nadie puede oírnos:
—Sin lugar a dudas, esa fiesta marcó un antes
y un después en el sexo para mí; la recuerdo como
algo muy especial. Sólo pensarlo me excita.
Pablo sonríe.
Peter también. ¡Qué bribones! Y Rochi, al
entender sus sonrisitas, sin pizca de celos, me
pregunta:
—¿Antes de esa fiesta no habías hecho nada
de... nada?
Ahora la que sonríe soy yo.
—Días antes tuve mi primera experiencia con
Euge y Nico en su casa —respondo—, y
anteriormente a eso, Peter, este listillo rubio que
ahora ríe y mira al techo, me engañó en un hotel de
Madrid. Me tapó los ojos, puso una cámara a
grabar y me hizo creer que era él quien jugaba
conmigo, cuando quien lo hacía en realidad era
Euge.—
¡No me digas! —exclama Rochi.
Recordar aquellos momentos juntos me hace
reír, y añado:
—Ni te cuento lo furiosa que me puse cuando
vi lo grabado. ¡Quería matarlo!
De nuevo, Peter sonríe y, acercándose a mí,
dice:—
Pero cuéntalo bien, cariño. Antes de eso, yo
te pregunté si estabas preparada para jugar a lo
que yo quería y dijiste que sí. —Resoplo
divertida, ¡claro que lo recuerdo!—. Segundos
después, insistí en mi pregunta y volviste a
acceder con el único matiz de que no querías sado.
—¡Menudo tramposo! —ríe Rochi.
—No fue tramposo, él preguntó —afirma
Pablo.
Al oír eso, resoplo de nuevo. Pero para
hacerles entender de una vez por todas el enfado
que sentí en aquel instante, los miro y señalo:
—Vale, tenéis razón, él lo preguntó. Pero
imaginad que el día de mañana Hannah o Sami,
vuestras preciosas niñas, conocen a unos tipos y se
ven en mi misma situación. ¿Qué pensarías
vosotros?
—Lo mato —sentencia mi alemán.
—Le arranco la cabeza —afirma Poli.
Rocio y yo nos miramos y nos carcajeamos por
sus contestaciones primitivas, mientras ellos nos
observan muy serios. Mi ejemplo no les ha gustado
nada ,pero insisto:
—¿Y por qué los mataríais o les arrancaríais
la cabeza? Si ellos también les han preguntado a
ellas lo mismo que Peter me preguntó a mí... Ellos
podrían decir lo mismo que has alegado tú y...
—Bueno..., bueno... —me corta mi amor
cogiendo al pequeño Peter en brazos con seriedad
—. Cambiemos de tema.
—Sí, mejor —afirma Pablo colocándole la
coronita de nuevo a su niña.
—Qué diferente se ve todo cuando uno es el
papaíto, ¿verdad, machotes? —se mofaRocio,
haciéndome reír. Luego añade—: Pues, os guste o
no, el día de mañana vuestras niñas, que son
nuestras también, disfrutarán libremente del sexo
como hacemos nosotros, y espero que lo disfruten
mucho..., mucho..., mucho.
Ellos se miran. No hablan. Sin duda, no
quieren ni plantearse lo que Rochi está diciendo.
Sorprendida por sus reacciones, los miro y
sonrío sabiendo que ese ejemplo, al fin, les ha
hecho entender lo que en otros momentos nunca
entendieron. Sin lugar a dudas, Peter me preguntó,
pero no fue concreto en su pregunta y, aunque la
experiencia la repetiría mil veces, ver lo que había
grabado aquel día me dejó sin saber ni qué pensar.
Sin embargo, como no quiero machacar más
sus mentes de machotes posesivos, cambio de
tema:—
¿Habéis hablado con Dexter?
Pablo asiente y, tras beber de su cerveza, dice:
—Ayer justamente hablé con él y me confirmó
que el bautizo es dentro de dos semanas. Verás
cuando se entere de nuestra boda.
Todos sonreímos, y entonces Rochi murmura
para hacer rabiar a Pablo:
—¡México! Qué ganas de ir.
—¿México? ¿Y nuestra boda qué? —protesta
él, que, al verla sonreír, cuchichea—: Eres muy
traviesa, y lo vas a pagar.
Cada vez que recuerdo mi luna de miel allí, no
puedo dejar de sonreír. Riviera Maya. Hotel
Mezzanine. Peter y yo. Uf..., qué momentos y qué
bien lo pasé. Lo que daría por volver a estar allí.
Pero en esta ocasión el viaje será por otro
acontecimiento, y solos, lo que se dice solos, no
estaremos.
Dexter y Graciela han sido padres. Ante la
imposibilidad de él para tener hijos, buscaron un
banco de semen y, meses después, el resultado ha
sido la llegada de Gabriel y Nadia, unos preciosos
mellizos.
—No quiero ni imaginarme cómo estarán
Dexter y Graciela con los bebés.
—Te lo digo yo —responde riendo Pablo —.
¡Agotados!
Peter sonríe, yo le guiño un ojo con
complicidad y, sin dudarlo, me acerca a él y lo
beso. Nunca desaprovecho un momento feliz.
martes, 13 de junio de 2017
domingo, 11 de junio de 2017
CAPITULO 9
A pocos metros de ellos, y en el mismo rellano del
edificio donde estaba su casa, Pablo abría la
puerta de su bufete de abogados.
Al ser domingo no había nadie, la oficina
estaba desierta y, sin soltar el brazo de Rochi,
caminó entre las mesas de sus trabajadores hasta
llegar ante la puerta de su despacho.
Rochi lo miró y murmuró frunciendo el ceño:
—Desde luego, Pablo, lo tuyo no tiene nombre.
El abogado suspiró.
Si algo le gustaba de Rochi era ese aire suyo tan
combativo y, cogiendo el pomo de la puerta, dijo
mirándola a los ojos:
—Te dije que cada vez que te oyera hablar del
temita pasaría esto, por lo...
—Pero tenemos invitados en casa —lo
interrumpió ella.
Pablo sonrió.
Más que invitados, Peter y Lali eran familia, y
precisamente ellos no se asustaban por lo que iban
a hacer.
—No se van a escandalizar —contestó—. Y tú
y yo tenemos que hablar.
—Pero, Pablo...
—Entra en el despacho.
Rochi resopló.
¿Hablar? ¿Pablo quería hablar o quería otra
cosa?
Pensó en Peter y Lali.
Sabía perfectamente que ellos no se
escandalizaban por su ausencia.
No era la primera vez que, estando todos
juntos con los niños, alguna pareja se ausentaba
unos minutos y regresaba poco tiempo después
como si no hubiera pasado nada. Lo bueno de
aquel tipo de amistad era que no había que ocultar
nada. Todo se sabía. No había que disimular.
Al ver aquel gesto suyo, que tanto le fascinaba,
Pablo tuvo ganas de sonreír.
Sabía que Rochi finalmente haría lo que ella
quisiera, pero tenía que demostrarle que él no
estaba de acuerdo. No deseaba separarse de ella
ni un solo día, y mucho menos pensar que volvería
a tener una vida plagada de turnos y ausencias.
Curiosamente, aquello lo encelaba. Le recordaba
una época de la que no quería saber nada porque
era consciente de que, en cuanto la teniente Igarzabal
apareciera, los hombres la mirarían de una forma
que él no estaba dispuesto a soportar.
Con gesto de enfado, Rocio entró en el despacho.
Se quedó parada sin llegar a la mesa y Pablo la
empujó para que continuara andando. Ella apenas
si se movió. Él decidió cambiar entonces su plan
y, desconcertándola, caminó hasta su mesa, retiró
la silla y tomó asiento con tranquilidad.
—Siéntate —dijo—. Tenemos que hablar.
La expresión de sorpresa de Rochi al ver que era
cierto que tenían que hablar se hizo más que
evidente. Horas antes, tras su última discusión al
respecto, Pablo le había dicho que la siguiente vez
que la oyera mencionar el tema tendrían una seria
conversación, y así iba a ser. Por ello, el abogado
no cambió su gesto e insistió:
—Rochi. He dicho que te sientes, por favor.
Asombrada porque fuera cierto lo de hablar,
ella caminó hasta la mesa. Se sentó frente a él y,
apoyando la espalda en la silla con chulería,
levantó el mentón y dijo:
—Muy bien. Hablemos.
Pablo hizo lo mismo que ella. Se recostó en el
respaldo de su silla y la miró.
—Rochi —empezó a decir—, no quiero que lo
hagas, y sabes muy bien por qué.
Ella cerró los ojos, negó con la cabeza y gruñó
frunciendo el ceño.
—Por el amor de Dios, Pablo , ¿otra vez me
vienes con los celos? —Él no respondió, y Rochi
prosiguió—: He estado rodeada por cientos de
hombres durante mucho tiempo y he sabido
cuidarme.
—No lo dudo. Pero ahora estás conmigo y no
quiero que seas tú quien tenga que proteger a
nadie, cuando soy yo el que quiere protegerte a ti.
—Pero, Pablo , creo que...
—He dicho que no —insistió él—. Además,
con lo que yo puedo llegar a ganar si entro en el
gabinete no vas a necesitar...
—Vamos, hombre..., no me vengas otra vez con
lo mismo — gruñó Rochi, recordando su
conversación con Gilbert Heine—. Vale..., sé que
vas a ganar mucho dinero si entras en ese maldito
bufete, pero no lo necesitamos. Ya vivimos muy
bien, ¿no?
—¿A qué viene eso de «maldito bufete»?
Rochi suspiró. Debía ser sincera con él pero,
omitiendo lo que Gilbert le había dicho para no
dañarlo, le habló de todo lo que Louise le había
contado en referencia a aquel sitio y su corrupción.
Pablo la escuchó y, una vez terminó, dijo:
—Habladurías, cariño. Es normal que ella esté
enfadada con Johan si sabe que está con otras
mujeres, pero de ahí a que culpabilice al bufete,
creo que...
—Pero, Pablo ...
El abogado levantó la mano y respondió en
actitud imperativa:
—Se acabó. No me apetece hablar de Johan y
de Louise porque no me interesan sus problemas
personales, pero sí quiero hablar de nosotros, y
por nada del mundo deseo que trabajes en lo que te
propones, ¿entendido?
—Pablo...
Él, desesperado por la impetuosidad de su
novia, preguntó:
—Entre esos antiguos compañeros con los que
podrías volver a trabajar, ¿hay alguno con quien
pudieras haber mantenido relaciones?
La pregunta la pilló de sorpresa. Por supuesto
que cabía la posibilidad de reencontrarse con
algún viejo compañero con el que había estado.
Ella misma se lo había contado, como él se lo
contaba todo a ella y, como no quería mentirle,
afirmó:
—Sabes que sí; ¿a qué viene eso?
Consciente de lo mucho que se jugaba con
aquella conversación, y más con una mujer como
Rochi, Pablo replicó con tranquilidad:
—Mira, cariño, me han invitado a varios pases
de modelos, fiestas y eventos a los que he
rechazado ir para no incomodarte a ti, ¿verdad?
—No me jodas, 007; ¿a qué viene eso ahora?
Dispuesto a soltar lo que llevaba dentro y
hasta el momento no había podido soltar, él
respondió:
—Viene a que, si a ti te molesta que yo me
reencuentre con antiguas conocidas, ¿acaso no
debo preocuparme yo si vas de nuevo de
Superwoman entre tanto machote?
Rochi no contestó.
El alemán tenía toda la razón del mundo.
En el tiempo que llevaban juntos, Pablo le
había hecho ver lo especial que era para él, e
incluso delante de ella había dejado muy claro a
toda mujer que se le acercaba que estaba
comprometido y fuera del mercado. Si iban a una
fiesta, acudían juntos. Si iban a un desfile, Pablo
evitaba siempre estar a solas con las modelos y,
cuando practicaban sexo con otros, jamás la hacía
sentirse mal, porque incluso en esos momentos le
demostraba que ella era única e irrepetible.
—Escucha, Pablo. En referencia a ese
trabajo...
—Me preocupa tu seguridad fundamentalmente
—la cortó—. Y en cuanto a los hombres con los
que trabajarás, serán buenas personas y todo lo
que tú digas, pero ¿crees que van a respetarte y no
van a hacer comentarios maliciosos?
Rochi sonrió. Conocía a alguno de aquellos
escoltas y, sin duda, en cuanto la vieran le dirían
de todo, incluso no dudaba de que alguno intentara
algo con ella por los viejos tiempos.
—Tú misma sonríes; ¿por qué?
—Vamos a ver, cariño, son tíos y...
—Precisamente porque son tíos como yo, sé de
lo que hablo, y por eso mi respuesta sigue siendo
que no quiero que vayas, porque no quiero que
estés a solas con ellos.
—Pero...
—¡No hay peros!
—Pablo...
Él sonrió. Había llegado al momento límite al
que quería llegar y, mirándola, añadió:
—Hagamos un trueque. Yo te doy. Tú me das.
Rocio lo pensó. Hacer aquello podía ser buena
idea, y asintió.
—Vale. ¿Qué quieres?
—¿Cualquier cosa? —preguntó el abogado con
picardía.
Rocio se tocó su corto y alocado pelo y afirmó:
—Si eso hace que te quedes más tranquilo,
cariño, ¡por supuesto!
La sonrisa de Pablo se ensanchó y, de pronto,
ella supo por dónde iba el morenazo. Se echó
hacia delante para apoyarse en la mesa y susurró:
—Eres un tramposo.
—¿Por qué? —dijo él riendo divertido.
—Porque sé muy bien lo que me vas a pedir y
me parece fatal.
—¿Y qué te voy a pedir? —preguntó él, riendo
otra vez, consciente de que su novia tenía razón.
Rochi se revolvió en su silla, resopló y dijo
mientras lo señalaba con un dedo:
—Me vas a pedir que me case contigo y
tengamos un pequeño Spiderman al que llamar
Peter, ¿verdad?
El alemán sonrió. Nada le gustaría más, y se
mofó:—
Si es que hasta te apellidas Igarzabal , cariño.
—Peter ... —protestó ella, consciente de
cuánto admiraba a Peter Parker, el álter ego de
Spiderman—. Y lo que me joroba más —continuó
— es que, si nos casamos, el imbécil de Gilbert
Heine se va a creer que lo hacemos para cumplir
uno de sus absurdos requisitos en relación con el
bufete.
Al oírla, Pablo frunció el ceño.
—Sabes que eso no es verdad —replicó—. Yo
nunca te he pedido que te cases conmigo por ese
motivo. Si te lo he pedido es porque te quiero y
deseo que seas mi mujer... ¿A qué viene eso?
Consciente de que no le había contado la
conversación que había mantenido con el hombre,
Peter resopló y, cuando fue a hablar, Pablo
prosiguió:
—Sabes que me encantaría casarme contigo,
pero siento decirte que no es eso lo que te voy a
pedir, cariño.
—¿No? —preguntó ella desconcertada.
—No. No es eso.
—Y, si no es eso, entonces ¿qué es?
A Pablo le encantó ver su expresión de
desconcierto. No había nada que deseara más que
casarse con ella y, claudicando, afirmó:
—Vale. Te he mentido. Quiero que te cases
conmigo.
—Lo sabía..., mira que lo sabía —gruñó Rocio,
a la que los bodorrios no le iban.
El abogado, divertido, la oyó protestar y, tras
coger el mando del equipo de música, lo encendió.
Le dio a la pista 3 y comenzó a sonar Quando,
Quando, Quando,[7] de Michael Bublé.
—Musiquita ahora... —rezongó Rochi.
La preciosa y romántica canción inundó el
despacho, y Pablo, sin darse por vencido, le guiñó
un ojo, hizo que ella se levantara y empezó a
canturrear:
—«Quando..., Quando..., Quando...».[8]
La exteniente suspiró y, cuando fue a protesar,
él la abrazó, la acercó a su cuerpo para bailar con
ella y murmuró:
—Puedo ser muy convincente si me lo
propongo; lo sabes, ¿verdad?
Rochi asintió. Si alguien podía conseguir algo de
ella, ése era Pablo. Ese maldito abogado, con su
romanticismo y su manera de mirarla, en ocasiones
conseguía que hiciera cosas inauditas, aunque
todavía no la había convencido de pasar por el
altar. Dejándose llevar por la música, Rocio se
disponía a decir algo cuando él le susurró al oído:
—Llevamos casi dos años viviendo juntos. Me
pediste tiempo y yo te lo he concedido. Sabes que
te adoro, que muero por mi prinsesa y...
—Eso es chantaje.
Pablo sonrió. Con ella no había otro modo.
—Lo sé, cariño —respondió—, pero si tú
quieres que yo claudique en unas cosas, tú has de
claudicar conmigo en otras. Sabes que me muero
por casarme contigo, y lo mejor de todo es que
sé que en el fondo, muy en el fondo, tú también te
mueres por casarte conmigo, ¿verdad que sí?
A Rochi se le escapó una sonrisita.
—Eres un creído, 007 —cuchicheó—. Y, si no
lo sabes ya, te recuerdo que los bodorrios con frac
y chaqué no me van. Si nos casamos algún día, lo
haré en vaqueros y celebrándolo con unas birritas.
Pablo, que era consciente de ello, sonrió.
—Tú, Sami y yo —convino—. Los tres somos
una familia, una preciosa familia, y simplemente
quiero formalizar las cosas como abogado que soy.
Vamos..., di que sí e intentaremos hacerlo de una
forma que nos guste a los dos.
—Chantajista emocional..., eso es lo que eres.
—Y tú eres preciosa.
Rochi miró el pisapapeles que Pablo tenía en la
mesa. «¿Se lo estampo en la cabeza?», pensó.
Pablo observó su mirada. «Me lo planta en la
cabeza», se dijo.
En silencio, bailaron aquella bonita canción,
hasta que Rochi sonrió. Luchar contra Pablo y su
corazón era imposible, por lo que lo miró y
afirmó:
—De acuerdo. Me casaré contigo.
Él se detuvo entonces en seco.
—Repite eso que has dicho —pidió mirándola.
Rocio puso los ojos en blanco y repitió:
—De acuerdo. Me casaré contigo este año,
aunque de momento la fecha queda en el aire —y
añadió—: Pero lo haré en vaqueros.
Henchido de orgullo por haber conseguido su
propósito, el abogado sonrió, y se disponía a decir
algo cuando ella lo interrumpió para matizar:
—Y, por supuesto, de momento, el enano calvo
y sin dientes que quieres que tengamos para
llamarlo Peter Parker habrá de esperar porque
quiero trabajar de escolta, ¿de acuerdo?
Pablo sonrió encantado. Sin duda, había
conseguido parte de lo que pretendía y, dispuesto a
lograr que Rochi dejara de lado la segunda parte del
trato, murmuró:
—No olvidaré este instante mientras viva.
Ella puso los ojos en blanco pero, incapaz de
no sonreír, declaró:
—Yo tampoco.
Sus cuerpos se rozaban y Rochi, soltándose de
él, se sentó sobre la mesa del despacho de su
futuro marido.
—¿Qué tal si sellamos nuestro pacto antes de
regresar con nuestros invitados? —propuso.
—Igarzabal, eres muy traviesa —murmuró Björn
divertido.
—Lo sé, como también sé que te gusta que lo
sea —afirmó ella sonriendo.
Pablo sonrió encantado.
—¡Que esperen! —exclamó abriéndose la
camisa.
Instantes después, la prenda de él voló, la
camiseta de ella acabó sobre una de las sillas y los
pantalones de ambos en el suelo mientras la voz de
Michael Bublé cantaba. Desnuda, Rocio se tumbó
sobre la mesa y, sin decoro, abrió las piernas para
él. Al ver lo que ella le ofrecía, Pablo jadeó, se le
acercó y susurró paseando el dedo delicadamente
por los pliegues húmedos de su sexo:
—Te comería entera, pero me temo que esto ha
de ser algo rápido.
Y, sin más, se metió entre sus piernas y la
penetró con urgencia.
Al sentir a Pablo en su interior, Rochi se arqueó
sobre la mesa y chilló de placer, mientras él se
apretaba contra ella y comenzaba a bombear con
fuerza.
El sonido de sus cuerpos al chocar resonaba en
el silencioso despacho. Pablo posó entonces las
manos sobre sus pechos, se los tocó y, tras
inclinarse para acceder a ellos, se los metió en la
boca y, sin parar de bombear, se los mordisqueó
hasta que los jadeos de Rocio lo volvieron loco.
El abogado vibraba mientras ella temblaba y,
enloquecido, se incorporó, le cogió las piernas, se
las subió a los hombros y, mirándola, dijo en un
tono cargado de sensualidad:
—Adoro follarte, teniente Igarzabal.
La exteniente asintió. Oírlo decir aquello en
aquel momento era morboso. Muy morboso.
El éxtasis que le provocaba lo que él le hacía y
le decía la dejaba sin fuerzas y, abandonada al
momento, se agarró a la mesa y volvió a chillar de
placer. Pablo era tremendamente sexual.
Sin descanso, el alemán continuó hasta que ella
gritó al llegar al clímax.
—Pablo...
Oír su nombre en boca de ella mientras
convulsionaba de placer era una de las cosas que
más le gustaban. Mirarla y admirarla mientras veía
el goce en su rostro lo apasionaba y lo excitaba
aún más, hasta que segundos después, tras un fuerte
empellón que hizo que Rocio volviera a gritar, el
abogado se corrió.
Con las respiraciones agitadas, Pablo bajó las
piernas de Rochi con cuidado y, tumbándose sobre
ella en la mesa, murmuró agotado:
—Señora Martinez, te voy a hacer muy feliz.
Diez minutos después, una vez vestidos de
nuevo, regresaron a la casa cogidos de la mano. Al
verlos, Peter y Lali sonrieron y se alegraron por la
increíble noticia.
¡Había boda!
edificio donde estaba su casa, Pablo abría la
puerta de su bufete de abogados.
Al ser domingo no había nadie, la oficina
estaba desierta y, sin soltar el brazo de Rochi,
caminó entre las mesas de sus trabajadores hasta
llegar ante la puerta de su despacho.
Rochi lo miró y murmuró frunciendo el ceño:
—Desde luego, Pablo, lo tuyo no tiene nombre.
El abogado suspiró.
Si algo le gustaba de Rochi era ese aire suyo tan
combativo y, cogiendo el pomo de la puerta, dijo
mirándola a los ojos:
—Te dije que cada vez que te oyera hablar del
temita pasaría esto, por lo...
—Pero tenemos invitados en casa —lo
interrumpió ella.
Pablo sonrió.
Más que invitados, Peter y Lali eran familia, y
precisamente ellos no se asustaban por lo que iban
a hacer.
—No se van a escandalizar —contestó—. Y tú
y yo tenemos que hablar.
—Pero, Pablo...
—Entra en el despacho.
Rochi resopló.
¿Hablar? ¿Pablo quería hablar o quería otra
cosa?
Pensó en Peter y Lali.
Sabía perfectamente que ellos no se
escandalizaban por su ausencia.
No era la primera vez que, estando todos
juntos con los niños, alguna pareja se ausentaba
unos minutos y regresaba poco tiempo después
como si no hubiera pasado nada. Lo bueno de
aquel tipo de amistad era que no había que ocultar
nada. Todo se sabía. No había que disimular.
Al ver aquel gesto suyo, que tanto le fascinaba,
Pablo tuvo ganas de sonreír.
Sabía que Rochi finalmente haría lo que ella
quisiera, pero tenía que demostrarle que él no
estaba de acuerdo. No deseaba separarse de ella
ni un solo día, y mucho menos pensar que volvería
a tener una vida plagada de turnos y ausencias.
Curiosamente, aquello lo encelaba. Le recordaba
una época de la que no quería saber nada porque
era consciente de que, en cuanto la teniente Igarzabal
apareciera, los hombres la mirarían de una forma
que él no estaba dispuesto a soportar.
Con gesto de enfado, Rocio entró en el despacho.
Se quedó parada sin llegar a la mesa y Pablo la
empujó para que continuara andando. Ella apenas
si se movió. Él decidió cambiar entonces su plan
y, desconcertándola, caminó hasta su mesa, retiró
la silla y tomó asiento con tranquilidad.
—Siéntate —dijo—. Tenemos que hablar.
La expresión de sorpresa de Rochi al ver que era
cierto que tenían que hablar se hizo más que
evidente. Horas antes, tras su última discusión al
respecto, Pablo le había dicho que la siguiente vez
que la oyera mencionar el tema tendrían una seria
conversación, y así iba a ser. Por ello, el abogado
no cambió su gesto e insistió:
—Rochi. He dicho que te sientes, por favor.
Asombrada porque fuera cierto lo de hablar,
ella caminó hasta la mesa. Se sentó frente a él y,
apoyando la espalda en la silla con chulería,
levantó el mentón y dijo:
—Muy bien. Hablemos.
Pablo hizo lo mismo que ella. Se recostó en el
respaldo de su silla y la miró.
—Rochi —empezó a decir—, no quiero que lo
hagas, y sabes muy bien por qué.
Ella cerró los ojos, negó con la cabeza y gruñó
frunciendo el ceño.
—Por el amor de Dios, Pablo , ¿otra vez me
vienes con los celos? —Él no respondió, y Rochi
prosiguió—: He estado rodeada por cientos de
hombres durante mucho tiempo y he sabido
cuidarme.
—No lo dudo. Pero ahora estás conmigo y no
quiero que seas tú quien tenga que proteger a
nadie, cuando soy yo el que quiere protegerte a ti.
—Pero, Pablo , creo que...
—He dicho que no —insistió él—. Además,
con lo que yo puedo llegar a ganar si entro en el
gabinete no vas a necesitar...
—Vamos, hombre..., no me vengas otra vez con
lo mismo — gruñó Rochi, recordando su
conversación con Gilbert Heine—. Vale..., sé que
vas a ganar mucho dinero si entras en ese maldito
bufete, pero no lo necesitamos. Ya vivimos muy
bien, ¿no?
—¿A qué viene eso de «maldito bufete»?
Rochi suspiró. Debía ser sincera con él pero,
omitiendo lo que Gilbert le había dicho para no
dañarlo, le habló de todo lo que Louise le había
contado en referencia a aquel sitio y su corrupción.
Pablo la escuchó y, una vez terminó, dijo:
—Habladurías, cariño. Es normal que ella esté
enfadada con Johan si sabe que está con otras
mujeres, pero de ahí a que culpabilice al bufete,
creo que...
—Pero, Pablo ...
El abogado levantó la mano y respondió en
actitud imperativa:
—Se acabó. No me apetece hablar de Johan y
de Louise porque no me interesan sus problemas
personales, pero sí quiero hablar de nosotros, y
por nada del mundo deseo que trabajes en lo que te
propones, ¿entendido?
—Pablo...
Él, desesperado por la impetuosidad de su
novia, preguntó:
—Entre esos antiguos compañeros con los que
podrías volver a trabajar, ¿hay alguno con quien
pudieras haber mantenido relaciones?
La pregunta la pilló de sorpresa. Por supuesto
que cabía la posibilidad de reencontrarse con
algún viejo compañero con el que había estado.
Ella misma se lo había contado, como él se lo
contaba todo a ella y, como no quería mentirle,
afirmó:
—Sabes que sí; ¿a qué viene eso?
Consciente de lo mucho que se jugaba con
aquella conversación, y más con una mujer como
Rochi, Pablo replicó con tranquilidad:
—Mira, cariño, me han invitado a varios pases
de modelos, fiestas y eventos a los que he
rechazado ir para no incomodarte a ti, ¿verdad?
—No me jodas, 007; ¿a qué viene eso ahora?
Dispuesto a soltar lo que llevaba dentro y
hasta el momento no había podido soltar, él
respondió:
—Viene a que, si a ti te molesta que yo me
reencuentre con antiguas conocidas, ¿acaso no
debo preocuparme yo si vas de nuevo de
Superwoman entre tanto machote?
Rochi no contestó.
El alemán tenía toda la razón del mundo.
En el tiempo que llevaban juntos, Pablo le
había hecho ver lo especial que era para él, e
incluso delante de ella había dejado muy claro a
toda mujer que se le acercaba que estaba
comprometido y fuera del mercado. Si iban a una
fiesta, acudían juntos. Si iban a un desfile, Pablo
evitaba siempre estar a solas con las modelos y,
cuando practicaban sexo con otros, jamás la hacía
sentirse mal, porque incluso en esos momentos le
demostraba que ella era única e irrepetible.
—Escucha, Pablo. En referencia a ese
trabajo...
—Me preocupa tu seguridad fundamentalmente
—la cortó—. Y en cuanto a los hombres con los
que trabajarás, serán buenas personas y todo lo
que tú digas, pero ¿crees que van a respetarte y no
van a hacer comentarios maliciosos?
Rochi sonrió. Conocía a alguno de aquellos
escoltas y, sin duda, en cuanto la vieran le dirían
de todo, incluso no dudaba de que alguno intentara
algo con ella por los viejos tiempos.
—Tú misma sonríes; ¿por qué?
—Vamos a ver, cariño, son tíos y...
—Precisamente porque son tíos como yo, sé de
lo que hablo, y por eso mi respuesta sigue siendo
que no quiero que vayas, porque no quiero que
estés a solas con ellos.
—Pero...
—¡No hay peros!
—Pablo...
Él sonrió. Había llegado al momento límite al
que quería llegar y, mirándola, añadió:
—Hagamos un trueque. Yo te doy. Tú me das.
Rocio lo pensó. Hacer aquello podía ser buena
idea, y asintió.
—Vale. ¿Qué quieres?
—¿Cualquier cosa? —preguntó el abogado con
picardía.
Rocio se tocó su corto y alocado pelo y afirmó:
—Si eso hace que te quedes más tranquilo,
cariño, ¡por supuesto!
La sonrisa de Pablo se ensanchó y, de pronto,
ella supo por dónde iba el morenazo. Se echó
hacia delante para apoyarse en la mesa y susurró:
—Eres un tramposo.
—¿Por qué? —dijo él riendo divertido.
—Porque sé muy bien lo que me vas a pedir y
me parece fatal.
—¿Y qué te voy a pedir? —preguntó él, riendo
otra vez, consciente de que su novia tenía razón.
Rochi se revolvió en su silla, resopló y dijo
mientras lo señalaba con un dedo:
—Me vas a pedir que me case contigo y
tengamos un pequeño Spiderman al que llamar
Peter, ¿verdad?
El alemán sonrió. Nada le gustaría más, y se
mofó:—
Si es que hasta te apellidas Igarzabal , cariño.
—Peter ... —protestó ella, consciente de
cuánto admiraba a Peter Parker, el álter ego de
Spiderman—. Y lo que me joroba más —continuó
— es que, si nos casamos, el imbécil de Gilbert
Heine se va a creer que lo hacemos para cumplir
uno de sus absurdos requisitos en relación con el
bufete.
Al oírla, Pablo frunció el ceño.
—Sabes que eso no es verdad —replicó—. Yo
nunca te he pedido que te cases conmigo por ese
motivo. Si te lo he pedido es porque te quiero y
deseo que seas mi mujer... ¿A qué viene eso?
Consciente de que no le había contado la
conversación que había mantenido con el hombre,
Peter resopló y, cuando fue a hablar, Pablo
prosiguió:
—Sabes que me encantaría casarme contigo,
pero siento decirte que no es eso lo que te voy a
pedir, cariño.
—¿No? —preguntó ella desconcertada.
—No. No es eso.
—Y, si no es eso, entonces ¿qué es?
A Pablo le encantó ver su expresión de
desconcierto. No había nada que deseara más que
casarse con ella y, claudicando, afirmó:
—Vale. Te he mentido. Quiero que te cases
conmigo.
—Lo sabía..., mira que lo sabía —gruñó Rocio,
a la que los bodorrios no le iban.
El abogado, divertido, la oyó protestar y, tras
coger el mando del equipo de música, lo encendió.
Le dio a la pista 3 y comenzó a sonar Quando,
Quando, Quando,[7] de Michael Bublé.
—Musiquita ahora... —rezongó Rochi.
La preciosa y romántica canción inundó el
despacho, y Pablo, sin darse por vencido, le guiñó
un ojo, hizo que ella se levantara y empezó a
canturrear:
—«Quando..., Quando..., Quando...».[8]
La exteniente suspiró y, cuando fue a protesar,
él la abrazó, la acercó a su cuerpo para bailar con
ella y murmuró:
—Puedo ser muy convincente si me lo
propongo; lo sabes, ¿verdad?
Rochi asintió. Si alguien podía conseguir algo de
ella, ése era Pablo. Ese maldito abogado, con su
romanticismo y su manera de mirarla, en ocasiones
conseguía que hiciera cosas inauditas, aunque
todavía no la había convencido de pasar por el
altar. Dejándose llevar por la música, Rocio se
disponía a decir algo cuando él le susurró al oído:
—Llevamos casi dos años viviendo juntos. Me
pediste tiempo y yo te lo he concedido. Sabes que
te adoro, que muero por mi prinsesa y...
—Eso es chantaje.
Pablo sonrió. Con ella no había otro modo.
—Lo sé, cariño —respondió—, pero si tú
quieres que yo claudique en unas cosas, tú has de
claudicar conmigo en otras. Sabes que me muero
por casarme contigo, y lo mejor de todo es que
sé que en el fondo, muy en el fondo, tú también te
mueres por casarte conmigo, ¿verdad que sí?
A Rochi se le escapó una sonrisita.
—Eres un creído, 007 —cuchicheó—. Y, si no
lo sabes ya, te recuerdo que los bodorrios con frac
y chaqué no me van. Si nos casamos algún día, lo
haré en vaqueros y celebrándolo con unas birritas.
Pablo, que era consciente de ello, sonrió.
—Tú, Sami y yo —convino—. Los tres somos
una familia, una preciosa familia, y simplemente
quiero formalizar las cosas como abogado que soy.
Vamos..., di que sí e intentaremos hacerlo de una
forma que nos guste a los dos.
—Chantajista emocional..., eso es lo que eres.
—Y tú eres preciosa.
Rochi miró el pisapapeles que Pablo tenía en la
mesa. «¿Se lo estampo en la cabeza?», pensó.
Pablo observó su mirada. «Me lo planta en la
cabeza», se dijo.
En silencio, bailaron aquella bonita canción,
hasta que Rochi sonrió. Luchar contra Pablo y su
corazón era imposible, por lo que lo miró y
afirmó:
—De acuerdo. Me casaré contigo.
Él se detuvo entonces en seco.
—Repite eso que has dicho —pidió mirándola.
Rocio puso los ojos en blanco y repitió:
—De acuerdo. Me casaré contigo este año,
aunque de momento la fecha queda en el aire —y
añadió—: Pero lo haré en vaqueros.
Henchido de orgullo por haber conseguido su
propósito, el abogado sonrió, y se disponía a decir
algo cuando ella lo interrumpió para matizar:
—Y, por supuesto, de momento, el enano calvo
y sin dientes que quieres que tengamos para
llamarlo Peter Parker habrá de esperar porque
quiero trabajar de escolta, ¿de acuerdo?
Pablo sonrió encantado. Sin duda, había
conseguido parte de lo que pretendía y, dispuesto a
lograr que Rochi dejara de lado la segunda parte del
trato, murmuró:
—No olvidaré este instante mientras viva.
Ella puso los ojos en blanco pero, incapaz de
no sonreír, declaró:
—Yo tampoco.
Sus cuerpos se rozaban y Rochi, soltándose de
él, se sentó sobre la mesa del despacho de su
futuro marido.
—¿Qué tal si sellamos nuestro pacto antes de
regresar con nuestros invitados? —propuso.
—Igarzabal, eres muy traviesa —murmuró Björn
divertido.
—Lo sé, como también sé que te gusta que lo
sea —afirmó ella sonriendo.
Pablo sonrió encantado.
—¡Que esperen! —exclamó abriéndose la
camisa.
Instantes después, la prenda de él voló, la
camiseta de ella acabó sobre una de las sillas y los
pantalones de ambos en el suelo mientras la voz de
Michael Bublé cantaba. Desnuda, Rocio se tumbó
sobre la mesa y, sin decoro, abrió las piernas para
él. Al ver lo que ella le ofrecía, Pablo jadeó, se le
acercó y susurró paseando el dedo delicadamente
por los pliegues húmedos de su sexo:
—Te comería entera, pero me temo que esto ha
de ser algo rápido.
Y, sin más, se metió entre sus piernas y la
penetró con urgencia.
Al sentir a Pablo en su interior, Rochi se arqueó
sobre la mesa y chilló de placer, mientras él se
apretaba contra ella y comenzaba a bombear con
fuerza.
El sonido de sus cuerpos al chocar resonaba en
el silencioso despacho. Pablo posó entonces las
manos sobre sus pechos, se los tocó y, tras
inclinarse para acceder a ellos, se los metió en la
boca y, sin parar de bombear, se los mordisqueó
hasta que los jadeos de Rocio lo volvieron loco.
El abogado vibraba mientras ella temblaba y,
enloquecido, se incorporó, le cogió las piernas, se
las subió a los hombros y, mirándola, dijo en un
tono cargado de sensualidad:
—Adoro follarte, teniente Igarzabal.
La exteniente asintió. Oírlo decir aquello en
aquel momento era morboso. Muy morboso.
El éxtasis que le provocaba lo que él le hacía y
le decía la dejaba sin fuerzas y, abandonada al
momento, se agarró a la mesa y volvió a chillar de
placer. Pablo era tremendamente sexual.
Sin descanso, el alemán continuó hasta que ella
gritó al llegar al clímax.
—Pablo...
Oír su nombre en boca de ella mientras
convulsionaba de placer era una de las cosas que
más le gustaban. Mirarla y admirarla mientras veía
el goce en su rostro lo apasionaba y lo excitaba
aún más, hasta que segundos después, tras un fuerte
empellón que hizo que Rocio volviera a gritar, el
abogado se corrió.
Con las respiraciones agitadas, Pablo bajó las
piernas de Rochi con cuidado y, tumbándose sobre
ella en la mesa, murmuró agotado:
—Señora Martinez, te voy a hacer muy feliz.
Diez minutos después, una vez vestidos de
nuevo, regresaron a la casa cogidos de la mano. Al
verlos, Peter y Lali sonrieron y se alegraron por la
increíble noticia.
¡Había boda!
viernes, 9 de junio de 2017
CAOITULO 8
El domingo por la mañana, tras levantarnos y dar
de desayunar a los niños, Peter me dice que ha
quedado con Pablo y que nos vamos a pasar el día
con ellos.
Eso me pone de buen humor. Adoro a Pablo y a
Rochi y estar con ellos siempre es divertido. Flyn
intenta escaquearse. Ya no le gusta venir con
nosotros a los sitios, pero Peter no se lo permite y,
al final, mi pequeño gruñón nos acompaña a
regañadientes.
Una vez conseguimos arreglar a los niños y
cargar en el coche todo lo necesario para pasar el
día fuera con ellos, nos dirigimos felices hacia el
centro de Múnich. A la una de la tarde, Peter y yo
llegamos con nuestra tropa, incluida Pipa, a la
casa de nuestros amigos.
Con tres niños que llevamos nosotros y Sami,
la niña de ellos, ¡la revolución está asegurada!
En cuanto nos ve llegar, Sami sonríe y corre
hacia nosotros. Nos adora tanto como nosotros la
adoramos a ella y, tirándose a los brazos de mi
amor, pregunta:
—¿Me has traído un regalo, tío Peter?
Me entra la risa. Sami es tan melosona...
Peter, que es un blando con ella y nuestros
niños, mete la mano en mi bolso y, como por arte
de magia, saca un huevo Kinder.
¡Nunca faltan!
Al verlo, la niña lo coge feliz y, después, corre
tras el pequeño Peter, que ya está trasteando con
sus juguetes, mientras que Flyn se sienta en un
sillón con cara de circunstancias por no tener su
móvil para wasapear.
Pablo , mi guapo amigo, se acerca a nosotros y,
quitándome a la ceporra de Hannah de los brazos,
pregunta:
—¿Cómo está mi monstruito?
¡«Monstruito»! Pablo la llama así por lo
llorona que es.
La niña lo mira. Se plantea si llorar o no por el
apelativo, pero finalmente sonríe. ¡Olé, mi niña! Si
es que cuando sonríe es para comerse esos
mofletes regordetes que tiene, pero oh..., oh..., de
pronto arruga el entrecejo, contrae la cara y
comienza a llorar.
¡Ea..., ya estamos!
Me río. ¡No lo puedo remediar! Y Pablo
rápidamente le entrega la niña a Peter, que, al
cogerla, le sonríe amoroso.
¡Qué paciencia tiene mi amor con Hannah!
Sin duda, la tiene porque es su pequeña
morenita, porque, si no fuera su hija, estoy segura
de que huiría de ella como de la peste.
Una vez veo que la niña deja de llorar, miro a
mi buen amigo Pablo y le pregunto:
—¿Has podido solucionar lo de tu página
web? Asiente, tuerce el cuello y afirma:
—Mañana volverá a estar operativa. Pero
cuando coja a ese tal Marvel, te aseguro que me
las va a pagar. Le voy a reventar la cabeza.
Rochi, que se acerca a nosotros, mira a Flyn y
pregunta:
—Cariño, ¿tu dedo está bien? Mamá me envió
un wasap para decirme lo que te había ocurrido.
¡Qué dolor!
Flyn me mira para saber si sólo le he contado
eso o algo más. Yo no muevo ni un músculo para
admitir o desmentir, y finalmente el niño dice
enseñándole la mano:
—Sí, estoy bien.
Pablo , que observa a Flyn, murmura entonces:
—Tú y yo tenemos que hablar, jovencito. Me
he enterado de algo que no me ha gustado nada de
nada en referencia a tus notas.
Flyn resopla, me mira con ojos acusadores, y
yo respondo:
—Yo no he sido. Habrá sido tu padre.
De pronto, Sami se acerca a Pablo y murmura
con gesto de tristeza:
—Papi, me duele la tripita.
Pablo centra entonces toda su atención en la
pequeña y, en cuanto le dice dos monerías, Sami
sonríe y se marcha corriendo. Eso me hace reír.
Todavía recuerdo lo mucho que le costó
pronunciar la erre. Rochi pone los ojos en blanco
ante la guasa de su hija, le quita a Peter a nuestra
niña de los brazos para besarla.
—Prínsipe..., prínsipe..., ¡creo que te engañan
como a un tonto! —murmuro yo divertida mirando
a mi amigo.
Pablo sonríe, coge al pequeño Peter, que
corretea con una de las muñecas de Sami mientras
le tira de la cabeza para arrancársela, y pregunta:
—¿Cómo está mi Superman?
Mi bonito niño rubio de ojos azules sonríe,
cuando Sami ofendida grita:
—¡Superman, eres tonto, dame mi prinsesa!
Mi amor se acerca rápidamente hasta nuestro
Superman destrozatodo y, tras quitarle la muñeca
de Sami antes de que le arranque la cabeza, se la
devuelve a la niña y ella lo abraza con una
encantadora sonrisa.
—Gracias, tío Peter . Te quiero mucho.
—¿Más que a papi? —pregunta Pablo
mirándola.
Bueno..., bueno, lo que me faltaba por oír. Será
celosón, el papi.
La niña, que es una preciosidad, y no sólo por
lo bonita que es, sonríe con picardía. ¡Menuda
elementa es la jodía! A continuación, mira a los
dos titanes que tiene delante y responde:
—Papi, a ti te quiero mucho, mucho, mucho, y
al tío lo quiero sólo un mucho.
—Ah, bueno... —Veo que sonríe el tontuso de
Pablo .
Rochi y yo nos miramos y también sonreímos.
Vaya tela con la prinsesa. Cuando crezca,
¡miedito nos da!
Peter y Pablo sonríen con cara de tontos, pero
¿qué efectos causan los niños en ellos?
Una vez ya nos hemos besado y saludado
todos, los hombres y los niños, acompañados por
Pipa, pasan a la sala de juegos guiados por Pablo.
Sin duda alguna, allí se divertirán, ¡hay de todo!
Cuando veo que se alejan, agarro a Rochi del
brazo y le pregunto:
—¿Qué tal la cenita de anoche con los
abogados?
—Un santo coñazo.
Ambas reímos. Sin duda, venimos de mundos
muy diferentes de aquel en el que están metidas
nuestras parejas, y en ocasiones codearte con
perfectas mujercitas a las que lo único que les
interesa es ser la más guapa o la que mejor lifting
se haya hecho no es lo nuestro.
Rochi tira entonces de mí y, al llegar junto a una
mesita, levanta un cojín y me entrega unos papeles.
Su gesto me hace saber que lo que me enseña no es
algo que a mi buen amigo Pablo lo haga saltar de
alegría.
Sonrío. ¡¿Qué será?!
Con los papeles en la mano, los miro y, cuando
estoy leyéndolos, Rochi apunta:
—Recuerdas que te lo comenté, ¿verdad? ¿Qué
te parece?
Leo y murmuro:
—¡Joder!
—Sabía que dirías eso —aplaude Rochi.
Madre mía..., madre mía...
—¿Pablo ha visto esto? —pregunto. Ella
asiente con la cabeza y yo añado—: ¿Y qué ha
dicho?
Mi amiga se acomoda en el bonito sillón de
color caramelo. Mira a Pablo , que en ese instante
sale con Peter de la sala de juegos con uno de sus
cómics en la mano, y sonríe.
Uy..., uy, esa expresión irónica no me deja
entrever nada bueno. Mientras los chicos están
preparándose algo de beber en el minibar del
salón, Rocio dice:
—Lógicamente, a Pablo no le hace ni pizca de
gracia.
—¡Lo sabía!
—Es un retrógrado —gruñe ella.
—También lo sé. Es del pelaje de Peter —
afirmo divertida.
Rochi vuelve a sonreír y, tras mirar a Pablo, que
habla con mi marido, cuchichea:
—No digas nada delante de él, ya he tenido
bastante esta mañana. Se me ocurrió enseñarle los
papeles y no veas la que montó James Bond. Así
pues, por favor, te pido que no lo comentes delante
de él.—
Vale.
Rochi suspira y prosigue:
—No le hace ni pizca de gracia la posibilidad
de que pueda trabajar como escolta para el
consulado de Estados Unidos en Múnich.
Ambas reímos. Luego Rochi se interrumpe y
dice:—
Ay, Lali, ¿qué hago? Dame tu opinión. Está
claro que como diseñadora gráfica no me fue mal,
pero... pero yo necesito algo más.
—¿Y yo qué quieres que te diga? Eso es algo
que debes decidir tú.
—Lo sé. Pero el pesadito de Pablo no quiere
hablar de ello.
De nuevo, me río. Sin duda, Peter y Pablo se
han enamorado del estilo de mujer que nunca
pensaron.
—¿Escolta? —cuchicheo divertida.
Rochi gesticula.
—Me encanta. Eso me permitirá ser una
chulita con traje de hombre y gafas de sol.
Vuelvo a reírme. No lo puede remediar.
Rochi lo ha dejado todo por Pablo como yo en su
momento lo dejé por Peter y, aunque sé que en su
vida es feliz como lo soy yo, pregunto:
—¿Te estás planteando regresar de nuevo al
ejército?
Mi pregunta la hace sonreír. ¡La madre que la
parió!
Rochi, la dura teniente Igarzabal del ejército de
Estados Unidos, me quita los papeles de las
manos, los dobla y, guardándolos al ver que los
chicos se acercan, me susurra:
—No voy a regresar al ejército. Eso no. Pero
podría ser escolta de...
—Rochi..., es peligroso.
—Escucha, La, más peligroso que mi antiguo
trabajo, ¡imposible! Viajaré de vez en cuando y
poco más.
—¿Poco más?
Luego Rochi añade bajando la voz:
—Mi padre ha movido algunos hilos para ello,
y creo que debería aprovecharlo.
—Pero ¿puedes ser escolta? —pregunto
sorprendida.
Ella, con su chulería característica, se retira el
flequillo de los ojos y afirma con gesto encantado:
—Soy la hija del mayor Cedric Igarzabal y
exteniente del ejército estadounidense; ¡pues claro
que puedo!
Ambas nos reímos cuando oímos a nuestra
espalda la voz de Pablo, que dice:
—No me lo digáis, ¿a que sé de lo que
habláis?
Su expresión me hace saber que no le agrada la
idea, y Rocio replica mirándolo:
—No hablábamos de ello, 007.
—Mentirosa..., eres una mentirosilla —se
mofa Pablo.
Peter se sienta a mi lado y, como siempre, en su
afán protector pasa la mano alrededor de mi
cintura y me acerca a él. Lo miro..., me mira y
sonreímos cuando Pablo suelta observando a su
chica:—
¿Qué letra de la palabra «¡No!» eres incapaz
de entender?
Rochi arquea las cejas. ¡Uissss, mal rollito! Y
con un gesto que me hace saber que eso no va a
acabar bien, responde:
—Mira, muñeco, a chula tú no me ganas ni
dando un cursillo acelerado; por tanto, tranqui,
tronco, no la vayas a cagar todavía más.
Pablo parpadea. Sin lugar a dudas, ha pasado
el tiempo, pero es evidente que todavía le cuesta
adaptarse a la manera de hablar de Rochi y, cuando
veo que va a responder, ella añade:
—¿Aún no te has dado cuenta de que tú no
decides por mí?
El gesto de Pablo se descompone por
momentos.
Bueno..., bueno..., que se va a armar la
marimorena y mi marido y yo estamos en fila
preferente.
Acto seguido, Pablo responde, después lo hace
Rochi, y comienzan a lanzarse pullitas. Entonces,
Peter acerca su boca a mi oído y pregunta:
—¿Qué les ocurre a James Bond y a la novia
de Thor?
Oír esos apodos me hace sonreír; aún recuerdo
cuando ellos mismos se los llamaban y, mirando a
los ojos de mi amor, esos ojos azules que tanto me
enamoran, respondo:
—El padre de Rochi ha movido algunos hilos
para que ella pueda trabajar en el consulado
estadounidense como escolta.
Veo sorpresa en la expresión de Peter, y no me
extraño cuando lo oigo decir:
—Pequeña, si fueras tú, la respuesta sería la
misma que la de Pablo: «¡No!».
A ver..., a ver...
Si alguien debería saber el mal resultado que
tiene es, Peter Lanzani , y
antes de que me dé tiempo a responder, él añade:
—Y sería un «¡No!» inamovible.
Uisss, ¡qué risa!
No puedo evitarlo.
Sin lugar a dudas, mi risita le hace saber a mi
alemán preferido lo que pienso y, tras retirarme un
mechón de pelo de la cara, insiste:
—No lo permitiría y lo sabes, ¿verdad?
Lo miro...
Me mira...
Sonrío...
Levanta las cejas...
Y finalmente, con ese arte español que corre
por mis venas, respondo:
—Mira, Iceman, si yo fuera ella, al final haría
lo que yo quisiera. Y lo sabes. Por tanto, alégrate
de que no soy ella, o tendrías un molesto problema
de esos que te sacan de tus casillas.
Peter sonríe.
Obviamente sabe que lo que digo es cierto, así
que acerca su boca a la mía y murmura
tentándome:
—Alégrate tú de no ser ella...
Sonrío con malicia y, sin apartar su mirada de
la mía, Peter me roza con su tentadora boca.
Madre mía..., ¡qué juego más sucio!
Me chupa el labio superior, después el
inferior, y termina con un mordisquito. ¡Sigue
jugando sucio! Y, antes de besarme como sólo él
sabe, murmura:
—Tú también, te guste o no, tendrías un
molesto problema de esos que te sacan de tus
casillas.
Me apresuro a besarlo. No puedo pensar en lo
que ha dicho. Bueno, sí puedo, pero ahora no
quiero hacerlo. Sólo quiero que me bese y que me
haga sentir tan especial como siempre lo hace.
Nuestras bocas se encuentran, igual que
docenas de veces al día, cuando oímos que Pablo
nos llama. Al levantar la vista, nos encontramos a
él y a Rochi de pie.
—Si nos disculpáis unos minutitos —dice él
con gesto serio—, Rochi y yo tenemos que pasar a
mi despacho a dialogar.
—No. Ahora no —replica ella.
Al oírla, él sonríe y, mirándola, dice:
—No soy militar, pero tengo mi artillería para
convencerte.
—¡¿Ahora?! —protesta Rochi.
Convencido de ello, Pablo mira a su novia e
insiste:
—Sí, Rochi, ¡ahora!
Me entra la risa mientras veo que mi amiga
disimula la suya. Ambas sabemos muy bien lo que
va a ocurrir en ese despacho.
—Pablo —continúa Rocio —. Están los niños,
Pipa, Peter y Lali; ¿no crees que ahora no es
momento?
Pero Pablo la coge entre sus brazos, nos mira y
dice:—
Enseguida volvemos.
Peter asiente...
Yo sonrío...
Rocio pone los ojos en blanco...
Y Pablo nos guiña un ojo mientras se van.
Dos segundos después, cuando nuestros amigos
desaparecen, Peter me mira y dice divertido:
—¿Qué te parece si vamos a ver cómo están
Pipa y los niños?
Asiento mimosa, lo beso y murmuro:
—Preferiría hacer otra cosa.
—Insaciable —cuchichea él sonriendo.
—Sólo de ti —matizo al entender sus palabras.
Encantado, mi loco amor me da un pequeño
azote en el trasero y, levantándose conmigo en
brazos, dice mientras camina en dirección a la sala
de juegos:
—De momento, comportémonos como unos
padres responsables que están de visita en casa de
sus amigos y, cuando estemos solos, te haré saber
lo insaciable que soy yo de ti.
Sonrío divertida. Sin lugar a dudas, ambos
somos insaciables.
de desayunar a los niños, Peter me dice que ha
quedado con Pablo y que nos vamos a pasar el día
con ellos.
Eso me pone de buen humor. Adoro a Pablo y a
Rochi y estar con ellos siempre es divertido. Flyn
intenta escaquearse. Ya no le gusta venir con
nosotros a los sitios, pero Peter no se lo permite y,
al final, mi pequeño gruñón nos acompaña a
regañadientes.
Una vez conseguimos arreglar a los niños y
cargar en el coche todo lo necesario para pasar el
día fuera con ellos, nos dirigimos felices hacia el
centro de Múnich. A la una de la tarde, Peter y yo
llegamos con nuestra tropa, incluida Pipa, a la
casa de nuestros amigos.
Con tres niños que llevamos nosotros y Sami,
la niña de ellos, ¡la revolución está asegurada!
En cuanto nos ve llegar, Sami sonríe y corre
hacia nosotros. Nos adora tanto como nosotros la
adoramos a ella y, tirándose a los brazos de mi
amor, pregunta:
—¿Me has traído un regalo, tío Peter?
Me entra la risa. Sami es tan melosona...
Peter, que es un blando con ella y nuestros
niños, mete la mano en mi bolso y, como por arte
de magia, saca un huevo Kinder.
¡Nunca faltan!
Al verlo, la niña lo coge feliz y, después, corre
tras el pequeño Peter, que ya está trasteando con
sus juguetes, mientras que Flyn se sienta en un
sillón con cara de circunstancias por no tener su
móvil para wasapear.
Pablo , mi guapo amigo, se acerca a nosotros y,
quitándome a la ceporra de Hannah de los brazos,
pregunta:
—¿Cómo está mi monstruito?
¡«Monstruito»! Pablo la llama así por lo
llorona que es.
La niña lo mira. Se plantea si llorar o no por el
apelativo, pero finalmente sonríe. ¡Olé, mi niña! Si
es que cuando sonríe es para comerse esos
mofletes regordetes que tiene, pero oh..., oh..., de
pronto arruga el entrecejo, contrae la cara y
comienza a llorar.
¡Ea..., ya estamos!
Me río. ¡No lo puedo remediar! Y Pablo
rápidamente le entrega la niña a Peter, que, al
cogerla, le sonríe amoroso.
¡Qué paciencia tiene mi amor con Hannah!
Sin duda, la tiene porque es su pequeña
morenita, porque, si no fuera su hija, estoy segura
de que huiría de ella como de la peste.
Una vez veo que la niña deja de llorar, miro a
mi buen amigo Pablo y le pregunto:
—¿Has podido solucionar lo de tu página
web? Asiente, tuerce el cuello y afirma:
—Mañana volverá a estar operativa. Pero
cuando coja a ese tal Marvel, te aseguro que me
las va a pagar. Le voy a reventar la cabeza.
Rochi, que se acerca a nosotros, mira a Flyn y
pregunta:
—Cariño, ¿tu dedo está bien? Mamá me envió
un wasap para decirme lo que te había ocurrido.
¡Qué dolor!
Flyn me mira para saber si sólo le he contado
eso o algo más. Yo no muevo ni un músculo para
admitir o desmentir, y finalmente el niño dice
enseñándole la mano:
—Sí, estoy bien.
Pablo , que observa a Flyn, murmura entonces:
—Tú y yo tenemos que hablar, jovencito. Me
he enterado de algo que no me ha gustado nada de
nada en referencia a tus notas.
Flyn resopla, me mira con ojos acusadores, y
yo respondo:
—Yo no he sido. Habrá sido tu padre.
De pronto, Sami se acerca a Pablo y murmura
con gesto de tristeza:
—Papi, me duele la tripita.
Pablo centra entonces toda su atención en la
pequeña y, en cuanto le dice dos monerías, Sami
sonríe y se marcha corriendo. Eso me hace reír.
Todavía recuerdo lo mucho que le costó
pronunciar la erre. Rochi pone los ojos en blanco
ante la guasa de su hija, le quita a Peter a nuestra
niña de los brazos para besarla.
—Prínsipe..., prínsipe..., ¡creo que te engañan
como a un tonto! —murmuro yo divertida mirando
a mi amigo.
Pablo sonríe, coge al pequeño Peter, que
corretea con una de las muñecas de Sami mientras
le tira de la cabeza para arrancársela, y pregunta:
—¿Cómo está mi Superman?
Mi bonito niño rubio de ojos azules sonríe,
cuando Sami ofendida grita:
—¡Superman, eres tonto, dame mi prinsesa!
Mi amor se acerca rápidamente hasta nuestro
Superman destrozatodo y, tras quitarle la muñeca
de Sami antes de que le arranque la cabeza, se la
devuelve a la niña y ella lo abraza con una
encantadora sonrisa.
—Gracias, tío Peter . Te quiero mucho.
—¿Más que a papi? —pregunta Pablo
mirándola.
Bueno..., bueno, lo que me faltaba por oír. Será
celosón, el papi.
La niña, que es una preciosidad, y no sólo por
lo bonita que es, sonríe con picardía. ¡Menuda
elementa es la jodía! A continuación, mira a los
dos titanes que tiene delante y responde:
—Papi, a ti te quiero mucho, mucho, mucho, y
al tío lo quiero sólo un mucho.
—Ah, bueno... —Veo que sonríe el tontuso de
Pablo .
Rochi y yo nos miramos y también sonreímos.
Vaya tela con la prinsesa. Cuando crezca,
¡miedito nos da!
Peter y Pablo sonríen con cara de tontos, pero
¿qué efectos causan los niños en ellos?
Una vez ya nos hemos besado y saludado
todos, los hombres y los niños, acompañados por
Pipa, pasan a la sala de juegos guiados por Pablo.
Sin duda alguna, allí se divertirán, ¡hay de todo!
Cuando veo que se alejan, agarro a Rochi del
brazo y le pregunto:
—¿Qué tal la cenita de anoche con los
abogados?
—Un santo coñazo.
Ambas reímos. Sin duda, venimos de mundos
muy diferentes de aquel en el que están metidas
nuestras parejas, y en ocasiones codearte con
perfectas mujercitas a las que lo único que les
interesa es ser la más guapa o la que mejor lifting
se haya hecho no es lo nuestro.
Rochi tira entonces de mí y, al llegar junto a una
mesita, levanta un cojín y me entrega unos papeles.
Su gesto me hace saber que lo que me enseña no es
algo que a mi buen amigo Pablo lo haga saltar de
alegría.
Sonrío. ¡¿Qué será?!
Con los papeles en la mano, los miro y, cuando
estoy leyéndolos, Rochi apunta:
—Recuerdas que te lo comenté, ¿verdad? ¿Qué
te parece?
Leo y murmuro:
—¡Joder!
—Sabía que dirías eso —aplaude Rochi.
Madre mía..., madre mía...
—¿Pablo ha visto esto? —pregunto. Ella
asiente con la cabeza y yo añado—: ¿Y qué ha
dicho?
Mi amiga se acomoda en el bonito sillón de
color caramelo. Mira a Pablo , que en ese instante
sale con Peter de la sala de juegos con uno de sus
cómics en la mano, y sonríe.
Uy..., uy, esa expresión irónica no me deja
entrever nada bueno. Mientras los chicos están
preparándose algo de beber en el minibar del
salón, Rocio dice:
—Lógicamente, a Pablo no le hace ni pizca de
gracia.
—¡Lo sabía!
—Es un retrógrado —gruñe ella.
—También lo sé. Es del pelaje de Peter —
afirmo divertida.
Rochi vuelve a sonreír y, tras mirar a Pablo, que
habla con mi marido, cuchichea:
—No digas nada delante de él, ya he tenido
bastante esta mañana. Se me ocurrió enseñarle los
papeles y no veas la que montó James Bond. Así
pues, por favor, te pido que no lo comentes delante
de él.—
Vale.
Rochi suspira y prosigue:
—No le hace ni pizca de gracia la posibilidad
de que pueda trabajar como escolta para el
consulado de Estados Unidos en Múnich.
Ambas reímos. Luego Rochi se interrumpe y
dice:—
Ay, Lali, ¿qué hago? Dame tu opinión. Está
claro que como diseñadora gráfica no me fue mal,
pero... pero yo necesito algo más.
—¿Y yo qué quieres que te diga? Eso es algo
que debes decidir tú.
—Lo sé. Pero el pesadito de Pablo no quiere
hablar de ello.
De nuevo, me río. Sin duda, Peter y Pablo se
han enamorado del estilo de mujer que nunca
pensaron.
—¿Escolta? —cuchicheo divertida.
Rochi gesticula.
—Me encanta. Eso me permitirá ser una
chulita con traje de hombre y gafas de sol.
Vuelvo a reírme. No lo puede remediar.
Rochi lo ha dejado todo por Pablo como yo en su
momento lo dejé por Peter y, aunque sé que en su
vida es feliz como lo soy yo, pregunto:
—¿Te estás planteando regresar de nuevo al
ejército?
Mi pregunta la hace sonreír. ¡La madre que la
parió!
Rochi, la dura teniente Igarzabal del ejército de
Estados Unidos, me quita los papeles de las
manos, los dobla y, guardándolos al ver que los
chicos se acercan, me susurra:
—No voy a regresar al ejército. Eso no. Pero
podría ser escolta de...
—Rochi..., es peligroso.
—Escucha, La, más peligroso que mi antiguo
trabajo, ¡imposible! Viajaré de vez en cuando y
poco más.
—¿Poco más?
Luego Rochi añade bajando la voz:
—Mi padre ha movido algunos hilos para ello,
y creo que debería aprovecharlo.
—Pero ¿puedes ser escolta? —pregunto
sorprendida.
Ella, con su chulería característica, se retira el
flequillo de los ojos y afirma con gesto encantado:
—Soy la hija del mayor Cedric Igarzabal y
exteniente del ejército estadounidense; ¡pues claro
que puedo!
Ambas nos reímos cuando oímos a nuestra
espalda la voz de Pablo, que dice:
—No me lo digáis, ¿a que sé de lo que
habláis?
Su expresión me hace saber que no le agrada la
idea, y Rocio replica mirándolo:
—No hablábamos de ello, 007.
—Mentirosa..., eres una mentirosilla —se
mofa Pablo.
Peter se sienta a mi lado y, como siempre, en su
afán protector pasa la mano alrededor de mi
cintura y me acerca a él. Lo miro..., me mira y
sonreímos cuando Pablo suelta observando a su
chica:—
¿Qué letra de la palabra «¡No!» eres incapaz
de entender?
Rochi arquea las cejas. ¡Uissss, mal rollito! Y
con un gesto que me hace saber que eso no va a
acabar bien, responde:
—Mira, muñeco, a chula tú no me ganas ni
dando un cursillo acelerado; por tanto, tranqui,
tronco, no la vayas a cagar todavía más.
Pablo parpadea. Sin lugar a dudas, ha pasado
el tiempo, pero es evidente que todavía le cuesta
adaptarse a la manera de hablar de Rochi y, cuando
veo que va a responder, ella añade:
—¿Aún no te has dado cuenta de que tú no
decides por mí?
El gesto de Pablo se descompone por
momentos.
Bueno..., bueno..., que se va a armar la
marimorena y mi marido y yo estamos en fila
preferente.
Acto seguido, Pablo responde, después lo hace
Rochi, y comienzan a lanzarse pullitas. Entonces,
Peter acerca su boca a mi oído y pregunta:
—¿Qué les ocurre a James Bond y a la novia
de Thor?
Oír esos apodos me hace sonreír; aún recuerdo
cuando ellos mismos se los llamaban y, mirando a
los ojos de mi amor, esos ojos azules que tanto me
enamoran, respondo:
—El padre de Rochi ha movido algunos hilos
para que ella pueda trabajar en el consulado
estadounidense como escolta.
Veo sorpresa en la expresión de Peter, y no me
extraño cuando lo oigo decir:
—Pequeña, si fueras tú, la respuesta sería la
misma que la de Pablo: «¡No!».
A ver..., a ver...
Si alguien debería saber el mal resultado que
tiene es, Peter Lanzani , y
antes de que me dé tiempo a responder, él añade:
—Y sería un «¡No!» inamovible.
Uisss, ¡qué risa!
No puedo evitarlo.
Sin lugar a dudas, mi risita le hace saber a mi
alemán preferido lo que pienso y, tras retirarme un
mechón de pelo de la cara, insiste:
—No lo permitiría y lo sabes, ¿verdad?
Lo miro...
Me mira...
Sonrío...
Levanta las cejas...
Y finalmente, con ese arte español que corre
por mis venas, respondo:
—Mira, Iceman, si yo fuera ella, al final haría
lo que yo quisiera. Y lo sabes. Por tanto, alégrate
de que no soy ella, o tendrías un molesto problema
de esos que te sacan de tus casillas.
Peter sonríe.
Obviamente sabe que lo que digo es cierto, así
que acerca su boca a la mía y murmura
tentándome:
—Alégrate tú de no ser ella...
Sonrío con malicia y, sin apartar su mirada de
la mía, Peter me roza con su tentadora boca.
Madre mía..., ¡qué juego más sucio!
Me chupa el labio superior, después el
inferior, y termina con un mordisquito. ¡Sigue
jugando sucio! Y, antes de besarme como sólo él
sabe, murmura:
—Tú también, te guste o no, tendrías un
molesto problema de esos que te sacan de tus
casillas.
Me apresuro a besarlo. No puedo pensar en lo
que ha dicho. Bueno, sí puedo, pero ahora no
quiero hacerlo. Sólo quiero que me bese y que me
haga sentir tan especial como siempre lo hace.
Nuestras bocas se encuentran, igual que
docenas de veces al día, cuando oímos que Pablo
nos llama. Al levantar la vista, nos encontramos a
él y a Rochi de pie.
—Si nos disculpáis unos minutitos —dice él
con gesto serio—, Rochi y yo tenemos que pasar a
mi despacho a dialogar.
—No. Ahora no —replica ella.
Al oírla, él sonríe y, mirándola, dice:
—No soy militar, pero tengo mi artillería para
convencerte.
—¡¿Ahora?! —protesta Rochi.
Convencido de ello, Pablo mira a su novia e
insiste:
—Sí, Rochi, ¡ahora!
Me entra la risa mientras veo que mi amiga
disimula la suya. Ambas sabemos muy bien lo que
va a ocurrir en ese despacho.
—Pablo —continúa Rocio —. Están los niños,
Pipa, Peter y Lali; ¿no crees que ahora no es
momento?
Pero Pablo la coge entre sus brazos, nos mira y
dice:—
Enseguida volvemos.
Peter asiente...
Yo sonrío...
Rocio pone los ojos en blanco...
Y Pablo nos guiña un ojo mientras se van.
Dos segundos después, cuando nuestros amigos
desaparecen, Peter me mira y dice divertido:
—¿Qué te parece si vamos a ver cómo están
Pipa y los niños?
Asiento mimosa, lo beso y murmuro:
—Preferiría hacer otra cosa.
—Insaciable —cuchichea él sonriendo.
—Sólo de ti —matizo al entender sus palabras.
Encantado, mi loco amor me da un pequeño
azote en el trasero y, levantándose conmigo en
brazos, dice mientras camina en dirección a la sala
de juegos:
—De momento, comportémonos como unos
padres responsables que están de visita en casa de
sus amigos y, cuando estemos solos, te haré saber
lo insaciable que soy yo de ti.
Sonrío divertida. Sin lugar a dudas, ambos
somos insaciables.
sábado, 3 de junio de 2017
CAPITULO 7
A la mañana siguiente, cuando me despierto, estoy e
sola en la cama. Miro el reloj: las diez y veinte.
Rápidamente me levanto.
¿Por qué Peter no me ha despertado antes?
Como una loca, me visto. Me pongo unos
vaqueros, una camiseta y unas zapatillas de
deporte y vuelo escaleras abajo.
Cuando llego a la cocina, Simona, Pipa y Peter
están con los niños, mientras que Flyn está
tecleando en su móvil. Como una exhalación, entro
y le pregunto a mi amor:
—¿Por qué no me has despertado?
Él se acerca a mí con una preciosa sonrisa y,
tras besarme en los labios, responde:
—Porque necesitabas dormir. Buenos días,
pequeña.
Que esté de humor me hace sonreír y, sin
querer pensar en lo que hablamos la noche
anterior, miro a mi alrededor y pregunto:
—¿Dónde está Sami?
Peter , que está haciéndole una pedorreta a
Hannah, no responde. Flyn me mira entonces con
cara de apuro y dice:
—Pablo ha venido esta mañana y se la ha
llevado.
De pronto, el teléfono móvil de Peter suena.
Echa un vistazo a la pantalla y, mientras le entrega
la niña a Pipa, dice:
—Es Weber, para unos temas de la oficina. Iré
al despacho a hablar con él.
—¿Otra vez trabajo?
Peter resopla y sale de la cocina sin contestar.
Cuando ya se ha ido, me acerco a Flyn.
—¿Qué te ocurre, cariño? —le pregunto.
Ahora que Peter no está, él me mira
directamente a los ojos.
¡Uy..., uy..., esa miradita de cordero
degollado...!
¿Qué habrá hecho, Dios mío? ¿Qué habrá
hecho?
Acostumbrada a su especial mirada coreana
alemana, levanto las cejas y finalmente él dice:
—¿Podemos ir a mi habitación?
¡Lo sabía!
¡Sabía que ocurría algo!
Convencida de que tiene algo que contarme,
asiento y los dos salimos de la cocina. Al salir,
veo que Flyn mira en dirección al despacho de
Peter y, cuando se asegura de que está la puerta
cerrada y no nos ve, me coge de la mano y, tirando
de mí a toda prisa, dice:
—Vamos.
Subimos la escalera de dos en dos y en
silencio. Al llegar a su cuarto, entramos, él cierra
la puerta y me mira.
—Mamá —dice—, tengo que contarte algo.
Asiento. Sin duda, la cosa va a traer miga. Me
siento en su cama tras quitar un par de camisetas
que como siempre ha dejado tiradas y pregunto
con un suspiro:
—Lo sé. Conozco tu mirada, así que ¡dispara!
Mi hijo se rasca el cuello.
Bueno..., bueno..., que a éste le van a salir
ronchones también.
Después se rasca la coronilla y finalmente va
hasta su mesilla, rebusca en el cajón y,
tendiéndome un sobre, dice:
—No te enfades, pero son las notas.
Ay, mi niño... Pobrecito, el apuro que tiene.
Si él supiera lo malísima estudiante que fui yo
a su edad y los disgustos que les daba a mis
padres, seguramente me miraría con otros ojos.
Pero no, no puedo decírselo, y sonrío.
Flyn es un buen estudiante, siempre ha sido un
niño de notables y sobresalientes y tremendamente
exigente consigo mismo. Cojo el sobre que me
tiende e intento quitarle hierro al asunto.
—Vamos, cariño, no pongas esa cara. Papá y
yo ya te hemos dicho muchas veces que no hace
falta que todo sean sobresalientes, mi amor.
Además, este año has cambiado de ciclo y de
centro y es todo mucho más difícil, por lo que es
normal que tus notas hayan bajado.
El pobre me mira con ojitos de ratoncillo
asustado y yo sonrío.
¡Cómo me camela mi coreano alemán!
Y entonces, sin abrir el sobre con las notas que
me ha dado, pregunto:
—¿Estás apurado porque te ha quedado alguna,
cuchufleto?
Él asiente. Pero si hasta pálido lo veo...
Yo sonrío y cuchicheo, aunque, a diferencia de
otras veces, cuando le digo aquel ridículo
«¡cuchufleto!» que tanto repite mi hermana Cande,
no sonríe, por lo que comienzo a preocuparme.
—¿Qué has suspendido? —pregunto.
Remolonea. Duda. Mira el techo.
Oh..., oh..., ¡esto no me gusta!
Después, sus ojos se dirigen al armario donde
están sus pósteres de los Imagine Dragons, su
grupo preferido.
¡Uf..., comienzo a asustarme!
Luego mira a sus pies y finalmente, cuando ve
que me muevo y me va a dar un ataque, susurra sin
mirarme:
—Me han quedado seis.
¡¿Seis?!
¡Ay, que me da un jamacuco!
¿He oído bien? ¡¿Ha dicho seis?!
¡La madre que lo parió!
—¡¿Seis?! —susurro antes de gritar—. ¡¿Te
han quedado seis?!
Flyn, al ver mi gesto y oír mi voz, pone cara de
«pobre de mí» y responde:
—Sí..., pero... es que...
—¡Joder, Flyn, seis! —repito sin creerlo
mientras el cuello me comienza a arder.
Pero ¿cómo ha podido pasar eso si siempre ha
sido un estudiante estupendo?
Madre mía. Madre mía, cuando se entere uno
que yo me sé, la que se va a armar.
El niño no sabe adónde mirar, ¡y yo tampoco!
Y, como una loca, abro el sobre de las notas y,
con un hilo de voz, murmuro:
—Has suspendido... historia, matemáticas,
filosofía, geografía, inglés y dibujo... Pero... pero
¿cómo puedes suspender hasta dibujo? Madre mía,
Flyn, cuando Peter vea esto, no querría encontrarme
en tu pellejo.
Mi hijo me mira, sabe que tengo razón.
—¿Cómo se llamaba tu tutor, que no lo
recuerdo? —pregunto enfadada.
—Alves. Señor Alves.
Asiento y repito acalorada:
—El lunes ya puedes decirle al señor Alves
que quiero una tutoría con él para que me explique
qué narices ha pasado, ¿entendido?
Flyn asiente, no le queda otra. Todavía
sorprendida por aquello, murmuro:
—¿Y cómo le contamos esto a tu padre?
En ese instante se abre la puerta de la
habitación. Al ver que es Peter, escondo
rápidamente las notas a mi espalda.
¡Qué tío, siempre nos pilla!
Nos ve a los dos desconcertados, así que entra,
cierra la puerta y pregunta:
—¿Qué planeáis a mis espaldas?
Como si nos hubiera comido la lengua un
hipopótamo, así estamos Flyn y yo. El niño no
sabe qué decir, y yo no sé ni qué responder.
Madre mía..., madre mía..., cuando vea las
puñeteras notas...
Nuestro mutismo y la rigidez de nuestros
cuerpos ponen en alerta a Peter. Nos conoce. Se
acerca a mí y dice:
—¿Qué ocurre, pequeña? —Al ver mi brazo
hacia atrás, mira por encima de mi cabeza y
pregunta—: ¿Qué es ese papel que escondes?
Ahora la que lo mira con ojos de ratoncillo
asustado soy yo, y entonces oigo a Flyn decir:
—Papá, son las notas.
Peter me mira...
Yo lo miro...
Peter sonríe...
Yo me rasco el cuello...
Las ronchas en mi cuello me delatan y eso le
hace presuponer que algo no va bien. Así pues, me
aparta la mano para que no me rasque, a
continuación me la suelta, extiende su mano y dice:
—¿Me enseñas las notas, Lali?
Vale. El momento ha llegado. Pero antes de
dárselas, digo intentando allanarle el camino a
Flyn:—
Cariño, piensa que este año ha cambiado de
ciclo y...
—Venga, La, eso ya lo sé. Enséñamelas.
Flyn y yo nos miramos.
—Me estáis asustando con vuestras miraditas
—dice Peter, aún con humor.
Oy..., oy..., oy..., la que se va a armar...
Y, sin poder retrasar más el terrible momento,
se las entrego.
¡A cubrirse toca!
Sin quitarle de encima la vista a mi amor, veo
cómo su boca pasa de la divertida sonrisa a la
sorpresa y, de ahí, al enfado en décimas de
segundo.
Ante nosotros acaba de aparecer el frío Iceman
que asusta a Flyn, y entonces lo oigo decir con voz
ronca y controlada:
—Flyn, ve a mi despacho y espérame allí.
En un abrir y cerrar de ojos, el chico
desaparece de la habitación, y Peter me mira y
sisea:—
¿Cuánto tiempo pensabas ocultármelo?
Su acusación me toca las narices, el pie
derecho y distintas partes de mi cuerpo. Me
levanto de la cama y pregunto con cautela:
—¿Cómo dices?
Con el gesto congestionado y las malditas
notas en la mano, Peter musita:
—Aquí pone que se las entregaron el día 18, y
hoy es 23. ¿Hasta cuándo pensabas ocultármelas?
Ya estamos. ¡Peter y sus conclusiones
precipitadas!
Clavo mis ojazos negros en él y protesto:
—Oye..., oye..., oye. Que yo las acabo de ver
por primera vez hace cinco minutos.
—¡¿Seguro?!
—¡Segurísimo!
—No me lo creo.
—Pues créetelo —insisto.
—La, me molesta cuando mientes para ocultar
algo de Flyn.
¡Ya estamos!
¿Por qué Peter siempre cree que estoy
compinchada con el niño para todo?
Tras acercarme a él sin ningún miedo, le clavo
el dedo índice en el pecho y siseo:
—Mira, bollito...
—¡Lali!
—¡¿Qué?!
—¡No vuelvas a llamarme así! —replica
furioso.
Su mirada me hace saber que eso no le hace
ninguna gracia, y no dispuesta a jorobar las cosas
más de lo que están, digo:
—Vale. Perdona. En cuanto al niño, entiendo tu
sorpresa y tu enfado, porque eso mismo me ha
pasado a mí cuando me las ha enseñado. Pero lo
que no entiendo es que rápidamente desconfíes de
mí porque yo...
—¿Cómo no voy a desconfiar de ti, si siempre
lo estás tapando?
—¡Pero ¿qué narices estás diciendo, gi...?!
Su dura mirada hace que me calle. Es mejor
que en un momento así no lo insulte o todo irá a
peor. Pero, vamos a ver, ¿qué es eso de desconfiar
de mí, cuando yo confío plenamente en él?
Peter se mueve nervioso. Para mi desgracia,
cuando las cosas se le escapan de las manos,
puede llegar a ser el hombre más desagradable del
mundo.
—¿Acaso crees que soy tonto y no me doy
cuenta de la infinidad de veces que me ocultas
algo para que no lo regañe? —insiste.
¡Joder, tiene razón!
Bueno..., bueno..., bueno... Si se entera de que
he comprado dos entradas para llevarlo al
concierto de los Imagine Dragons, ¡la que me
monta es fina!
Reconozco que soy demasiado protectora con
Flyn en ciertos momentos, pero también lo soy con
mis otros hijos, con mi familia, con mis amigos e
incluso con él. Sin embargo, cuando voy a
contestar, Peter se adelanta:
—Da igual lo que digas, La. Como siempre, a
ti todo te entra por un oído y te sale por el otro,
¿verdad? —A continuación, se dirige hacia la
puerta y añade—: Voy a hablar con Flyn a solas.
Necesito una explicación a este desastre de notas.
Y, sin mirarme, sale del cuarto dando un
portazo.
¡Ya la hemos liado!
Está visto que, cuando la mala rachita
comienza..., ¡a saber Dios cuándo acaba!
Una vez sola en la habitación, durante varios
segundos miro al suelo.
Sé que Peter tiene razones más que suficientes
para estar mosqueado pero, como siempre, ya me
ha echado la culpa a mí. La primera sorprendida
con lo ocurrido al ver las notas he sido yo, pero
estoy segura de que ese cambio de actitud en Flyn
tiene una explicación. Sin duda, la adolescencia,
los amigos y los amores lo están atontando.
Sin embargo, como madre que me considero de
Flyn, decido ir al despacho. Quiero estar delante
cuando explique el desastre. Así pues, salgo de la
habitación, bajo la escalera y me dirijo hacia el
despacho de mi incombustible amor enfadado.
Al llegar, está la puerta cerrada y oigo la voz
autoritaria de Peter.
¡Buenoooo..., la que le está cayendo a Flyn!
Ya conozco a Peter porque, si no, estaría
asustadita perdida pensando que está ladrando
como un perro furioso y rabioso. Sin esperar un
segundo más, abro la puerta y entro.
Peter y Flyn me miran, y veo en los ojos de mi
niño algo que nunca he visto en él y que mi padre
siempre ha llamado pasotismo. Eso no me gusta,
así que me dirijo a Peter , que tiene las notas en la
mano, y digo:
—Soy su madre y quiero estar presente en todo
lo que tengas que decirle.
Observo cómo su pecho se agita y sus ojos se
entornan..., ¡joder, parece chino!
En su mirada leo que le gustaría echarme del
despacho, pero sabe que lo que he dicho es
importante para el niño y para todos como familia
y, volviendo a mirar al crío, continúa con su
perorata.
Como siempre, Peter hace preguntas y, cuando
Flyn va a contestar, lo interrumpe y el niño se
encoge. Eso me saca de mis casillas. Peter no lo
deja contestar. Me callo y decido decirle a mi
marido lo que pienso cuando el crío no esté
presente.
—Estás castigado sin salir con tus amigos.
—Papáaaa...
—¡He dicho castigado! —insiste mi alemán.
—¡No soy un niño! —grita Flyn.
Al oír eso, Peter resopla, apoya las manos en la
mesa de su despacho y controlando la voz sisea:
—Eres mi hijo y con eso me vale para
castigarte.
Flyn se desespera, lo veo en sus ojos y,
mirándome, dice:
—El viernes tengo una fiesta importante.
—¿Qué fiesta? —pregunta Peter.
Sin amilanarse, el crío se dirige a mi amor y
responde:
—La fiesta del cumpleaños de mi novia.
—Pues dile a Dakota que no vas —suelta Peter.
—Dakota no es mi novia, papá; ahora lo es
Elke. Peter me mira y, tan sorprendido como yo
cuando me enteré, pregunta:
—¿Y quién narices es Elke?
Bueno..., bueno..., bueno..., la cosa se va
caldeando por segundos cuando Flyn, en busca del
apoyo que siempre le doy, me mira con ese gesto
que me descongela hasta el alma.
—Mamá, ayúdame —suplica—, tengo que ir a
la fiesta de Elke.
—Tu madre no te va a ayudar porque no irás,
¡estás castigado! —insiste Peter.
—Papáaaa...
Suspiro y me acaloro. No voy a llevarle la
contraria a Peter, esta vez no, porque sé que tiene
razón. Así pues, cojo fuerzas y digo:
—Lo siento, Flyn, pero como papá ha dicho,
¡estás castigado!
Mi niño me mira con gesto de incredulidad. No
entiende cómo esta vez no lo ayudo.
¡Ay, qué dolor siento en el alma!
Esto de ser madre de un adolescente, en plena
edad del pavo, es más duro de lo que creía.
Noto la mirada de conformidad de Peter ante lo
que he dicho y, cuando Flyn vuelve a quejarse otra
vez, le suelta:
—Y, por supuesto, ya puedes olvidarte del
ordenador, la tablet, las redes sociales y el móvil.
—¡No puedes hacer eso! —grita Flyn.
Peter se pone enfermo al oír su tono y,
acercándose a él, replica:
—Puedo y lo haré.
—¡Pero, papá...!
Bueno..., bueno..., bueno..., si le quita todo eso
al niño, se lo carga. ¡Pobrecito!
—Y como vuelvas a protestar o a levantarme
la voz —sisea Peter con gesto furioso—, te juro,
Flyn, que las consecuencias van a ser mucho más
graves.
El niño me mira. ¡Angelito! Y yo, con la
mirada, sin pestañear, le pido que no abra la boca
y no se le ocurra mencionar lo de las entradas del
concierto.
Por suerte, me entiende, hace caso y mira al
suelo. Uf..., ¡menos mal!
Cuando Peter se enfada, es el tío más
intransigente del mundo pero, en este instante, pese
a la pena que me da Flyn, mi amor tiene toda la
razón.
Durante un par de minutos, los tres
permanecemos callados, hasta que finalmente Peter
dice:—
Sal del despacho y tráeme tu portátil, la
tablet y el móvil. Te lo devolveré todo y podrás
volver a salir con tus amigos cuando recuperes las
seis que te han quedado, ¿entendido?
Abatido, mi coreano alemán agacha la cabeza.
Sabe que en este instante es mejor obedecer y, por
ello, sin mirarme, pasa por mi lado y sale del
despacho.
Una vez me quedo a solas con mi amor, Peter
me mira.
Ea..., ¡ahora me toca a mí!
—Siento haberme puesto así contigo —dice—.
Flyn me ha contado que acababas de ver las notas.
Lo siento, cariño. Perdóname.
No respondo, simplemente lo miro con gesto
de enfado y lo informo:
—Le he dicho a Flyn que le comente a su
profesor que quiero una tutoría con él.
—Iremos los dos —afirma Peter.
Dos segundos después, la puerta se abre y Flyn
entra con todo lo que Peter le ha pedido. Sin
mirarnos a ninguno de los dos, deja el ordenador,
la tablet y el móvil sobre la mesa del despacho y
se marcha.
Peter se pasa entonces la mano por la cabeza y
pregunta:
—¿Qué estamos haciendo mal, La?
Oír su tono de voz abatido me hace saber que a
él le ha dolido más hacer lo que ha hecho que a
nuestro hijo.
—No hemos hecho nada mal, Peter —murmuro
acercándome a él—. Seguimos siendo los mismos
que ayer, pero él cambia y ya no es el niño que se
contentaba aprendiendo a montar en monopatín o
jugando con nosotros a la PlayStation.
—Y, si no hemos hecho nada mal, ¿por qué de
pronto suspende seis?
Ésa es una pregunta difícil de responder.
—Yo no puedo meterme en la cabeza de Flyn
—digo—, pero he tenido su edad, como la has
tenido tú también, y...
—Yo siempre he sido muy responsable,
incluso con esa edad, La —me corta—. Siempre
he sabido que los estudios eran algo que debía
aprobar por mí y por mis padres, aunque estuviera
desfasado en ciertos momentos.
Sonrío. Sin duda, mi chicarrón siempre ha sido
un gran responsable. Me encojo de hombros y
respondo:
—Pues siento decirte que a mí, a su edad, lo
último que me importaba eran los estudios y lo que
mis padres pensaran, porque lo único que quería
era saltar con la bicicleta como una loca,
divertirme y, cuando iba a la discoteca con mis
amigas, ser una chica guapa a la que admiraran los
chicos.
Mi confesión hace que Peter me mire, y
entonces observo que las comisuras de sus labios
se relajan.
¡Bien..., vamos bien!
Acto seguido, pasa las manos alrededor de mi
cintura y murmura:
—Tus amigos debían de estar ciegos para no
admirarte.
Vuelvo a sonreír. ¡Qué mono es cuando quiere
el jodío!
—Era desgarbada, además de peleona con los
chicos —confieso—. Me gustaba demasiado el
deporte y me sentía fea ante otras chicas que, con
mi misma edad, estaban más desarrolladas y eran
más femeninas.
Mi Iceman sonríe, eso me tranquiliza y,
acercando su frente a la mía, murmura:
—¿Crees que he hecho bien con Flyn?
Lo miro y me pierdo en sus ojos.
—Has hecho lo que cualquier padre
preocupado haría por su hijo —afirmo—. Le has
hecho ver que toda causa tiene un efecto. Ahora es
él quien debe darse cuenta de lo que realmente
tiene que hacer para volver a disfrutar de todos los
privilegios que tenía. Y, si te quedas más tranquilo,
quiero que sepas que, en esta ocasión, yo habría
actuado exactamente igual que tú.
—Pues me siento fatal —insiste.
No puedo evitarlo y sonrío.
En mi niñez, recuerdo haber escuchado a mis
padres tener esa misma conversación cuando nos
castigaban a Cande y a mí por habernos portado
mal, lo que era de continuo.
—Entiendo tu malestar porque yo también me
siento así — digo—, y más cuando no lo he
ayudado para lo de la fiesta de Elke. —Peter
resopla al oír eso, pero prosigo—: Hasta este
momento, Flyn siempre había ido bien en los
estudios y no habíamos tenido que enfadarnos con
él por ello pero, ahora, creo que nos va a tocar
pasar una temporadita complicada hasta que
consigamos encauzarlo de nuevo.
—¿Quién es Elke, y cuándo dejó de estar con
Dakota?
—Ni idea, corazón —digo y, al ver la
confusión en sus ojos, afirmo—: Seguro que Elke
será una buena niña como Dakota. —Peter se toca
el pelo y prosigo—: Cariño, todo esto se deberá a
un conjunto de cosas. Su edad, la novia, los
amigos, el interés por todo menos por los estudios
y la rebeldía. Piensa que hemos pasado de ser los
padres perfectos al enemigo a abatir. Esto es así,
Peter. Es ley de vida, amor.
Peter resopla. Sin duda, sabe que tengo razón.
—Recuerdo que mi padre me prohibía salir o
me quitaba la bicicleta en Jerez —continúo—. Eso
me enfadaba, pero era lo único que hacía que yo
reaccionara. —Peter sonríe—. Pero, por favor, la
próxima vez que hables con él, permítele que
responda. No lo cortes todo el rato cada vez que
va a contestar o dejará de hablar contigo, y tú no
quieres eso, ¿verdad? —Él niega con la cabeza e
insisto—: Pues entonces hazme caso. No hay nada
más incómodo que querer responder y que no te lo
permitan.
Peter asiente. Sin duda, sé que la próxima vez
que hable con él lo hará. Me da un beso y
murmura:
—¿Perdonas a tu gilipollas por sacar
conclusiones erróneas de ti?
Eso me hace soltar una carcajada y, encantada,
poso las manos en sus hombros y digo tocándole
con cariño el cuello:
—Adoro que en ocasiones seas un gilipollas;
¿sabes por qué? —Él niega con la cabeza, y yo
aclaro divertida—. Porque me encanta
reconciliarme contigo.
Su sonrisa se ensancha.
¡Oh, Dios, qué maravillosa sonrisa tiene mi
alemán preferido!
Cuando va a besarme y sé que me va a dejar
sin respiración, nos interrumpen unos golpes en la
puerta del despacho.
—Adelante —dice Peter.
La puerta se abre. Es Simona que, con gesto
preocupado, explica:
—Siento interrumpir, pero Flyn se ha pillado
un dedo con la puerta y está dolorido en la cocina.
Peter y yo salimos a la carrera.
¡Ay, mi niño!
Cuando llegamos a la cocina, nuestro
adolescente nos mira. Peter se apresura a
arrodillarse delante de él, coge su mano, retira la
bolsa de hielo que Pipa le ha puesto y examina el
dedo aplastado y rojo.
—Lali , llama a Marta para ver si está en el
hospital —me pide a continuación con gesto
descompuesto.
Sin tiempo que perder, los tres nos dirigimos
al garaje. Allí, nos encontramos con Norbert, que,
al vernos llegar, aunque no sabe lo que ha pasado,
dice rápidamente:
—En cinco minutos llegamos a urgencias.
A Flyn por el dolor se le escapan unas
lágrimas, y Peter no puede ya ni respirar.
Madre mía, ¡pero qué nervioso se pone con
estos temas!
Hablo con Marta. Está en el hospital. Como
puedo, mientras llegamos tranquilizo al grandullón
y a mi niño a la vez. No sé quién es más
complicado. Cuando llegamos a urgencias, Marta,
la hermana de Peter, que trabaja allí, ya nos está
esperando.
Mi cuñada, que es un amor, se preocupa por
Flyn en cuanto lo ve.
—Tú quédate aquí —dice entonces mirando a
Peter.—
No. Yo voy con Flyn —insiste él.
Marta y yo nos miramos y, finalmente, para
relajarlo digo:
—Peter y yo nos quedaremos aquí. Flyn, ve con
la tía Marta.
Una vez ellos dos desaparecen por la puerta,
Peter me mira con gesto tenso y, antes de que abra
la boca, digo:
—Sabes que es mejor que no estemos nosotros
para que Flyn esté atento a lo que Marta y el
doctor le digan, así que ni se te ocurra protestar,
que la madre soy yo, estoy preocupada y no estoy
montando un numerito, ¿de acuerdo?
Peter asiente y no dice nada. Norbert, que ya ha
aparcado el coche, entra en urgencias. Al vernos,
se sienta a nuestro lado, y los tres esperamos con
impaciencia y en silencio.
Cuarenta minutos después, la puerta se abre y
salen Marta y Flyn. Miro a Peter y veo cómo su
gesto se suaviza al contemplarlo. Lo quiere con
locura. Lo sé, y sólo deseo que Flyn también lo
sepa. Cuando se acerca a él, observa su mano
vendada y luego lo mira a los ojos.
—¿Estás bien, colega? —le pregunta.
El crío, que ya no llora, esboza una sonrisa y
asiente.
—Me duele, papá, pero estoy bien.
Peter lo abraza y yo me emociono. ¡Soy así de
tonta! Marta nos dice que le han hecho una
radiografía y el dedo no está roto, pero tiene una
pequeña fisura. Le han puesto una férula para
inmovilizárselo y tiene que tomar
antiinflamatorios. Una vez acaba de explicárnoslo
todo, veo que tiene mala cara.
—¿Te encuentras bien, Marta? —pregunto.
Mi cuñada me mira, se recoge el pelo en una
coleta alta y responde:
—Sí. Es sólo que esta noche no he dormido
mucho.
Tan pronto como sabemos que todo está bien, a
pesar del susto, Marta mira a su sobrino, que está
tan alto como nosotras, y le dice:
—Todavía no me has contado cómo te has
pillado el dedo.
Él nos mira a Peter y a mí, que somos el
enemigo, y responde:
—Estaba enfadado, cerré la puerta con fuerza
y me pillé el dedo.
Con cariño, le toco el pelo y lo beso en el
hombro.
—¿Y por qué estabas enfadado? —insiste
Marta.
Flyn mira al suelo. Peter me mira a mí. Marta
mira a Peter y yo finalmente digo:
—Vamos, cielo, responde a lo que te han
preguntado.
Mi niño resopla, levanta la cara, mira a su tía y
contesta:
—Me dieron las notas y suspendí seis.
—¡¿Seis?! —grita Marta.
Peter asiente. Yo asiento. Flyn vuelve a mirar al
suelo y Marta le suelta, sorprendiéndonos a todos:
—Flyn Lanzani, espero que tus padres te
hayan castigado como mereces, jovencito. Tu
obligación es estudiar y aprobar, como la
obligación de tus padres es cuidarte, protegerte y
procurar que no te falte de nada.
Atónito, mi amor observa a su hermana. Estoy
segura de que esperaba cualquier otra cosa menos
eso, y sonrío cuando lo oigo decir:
—Gracias.
Marta le guiña el ojo con complicidad.
Cuando llegamos a casa, Simona y Pipa están
preocupadas pero, en cuanto ven a Flyn, la
preocupación se les pasa, y lo mismo ocurre con
Sonia, mi suegra y abuela del niño. Marta la llama
para decírselo y, cuando ella telefonea para
preguntar y habla con Flyn, también se tranquiliza.
Tras la comida, Peter habla con Pablo y
después nos sentamos con los niños en el salón.
Hannah y el pequeño Peter se quedan dormidos, y
comienza la película Los Vengadores en la
televisión. ¡Bien! Nos gusta a los tres.
Durante veinte minutos Peter, Flyn y yo la
vemos, hasta que la puerta del salón se abre y
Simona anuncia:
—Flyn, una tal Elke al teléfono.
El crío nos mira. Sabe que está castigado. Yo
no muevo ni una pestaña, y Peter, finalmente, al ver
que no voy a abrir la boca y el niño no le quita
ojo, dice:
—Ve a hablar con ella, pero hazlo desde tu
habitación.
Flyn da un salto y corre hacia el teléfono. Yo
sonrío y cuchicheo:
—Vaya..., vaya... ¿No quieres saber qué es lo
que habla con su nueva novieta?
Peter niega con la cabeza y responde con gesto
taciturno:
—La intimidad de Flyn en temas de amores es
sólo suya.
Sonrío. No puedo evitarlo y, sin decir nada
más, me acomodo junto a mi amor y seguimos
viendo la película mientras los pequeñines
continúan dormidos.
La peli está genial. Me encanta pero, como ya
la he visto y Peter también, tras reírnos por una
escena divertida, le pregunto:
—Por cierto, ¿qué te ha dicho Pablo?
Peter mueve la cabeza y explica:
—Le han vuelto a piratear la web.
—Pobre..., ¿ya es la tercera vez?
—La cuarta. Intentan localizar al tal Marvel,
pero no dan con él. Sin duda, debe de ser un
hacker profesional.
Resoplo. Es evidente que Pablo tiene un gran
problema.
Guardamos silencio durante unos segundos,
hasta que, mirándolo de nuevo, digo:
—Tenemos que hablar.
Noto que Peter se tensa, pero finalmente
responde:
—Cariño, si es sobre Natalie...
—No es sobre eso —lo corto, y añado—:
Confío en ti.
Peter asiente. Le gusta lo que he dicho y,
sonriendo, murmura:
—Entonces, tú dirás.
Cojo fuerzas y digo sin parpadear:
—Es en referencia a trabajar.
Su cara se descompone.
—Lali, por favor.
—Ah..., ah..., no me llames por mi nombre
completo, que eso sólo lo haces cuando te cabreas
—me quejo.
Suspira. Sabe que no puede seguir esquivando
el tema, por lo que cierra los ojos y replica:
—De acuerdo, ya sé que la niña ya tiene dos
años y...
—Peter —lo corto impasible—. Sabes que
adoro a los niños y te adoro a ti y que por vosotros
doy mi vida, pero necesito trabajar en algo que no
sea cuidar de los niños, dar de comer a los niños y
dormir a los niños o te juro que me voy a volver
loca como mi hermana Cande; ¿quieres eso?
—No —responde rápidamente—. Pero,
cariño, no te hace falta. Sabes que yo cubro todas
vuestras necesidades y...
—Lo sé, ¡claro que lo sé! Sé quién eres y con
quién me he casado —gruño—. Pero también sé
que o hago algo o al final me voy a convertir en un
ser insoportable.
Peter me mira, yo lo miro y le advierto:
—El que avisa no es traidor —y, como no me
apetece callármelo, añado—: Además, todavía no
he olvidado que le dijiste a Natalie que te
gustaban las mujeres que iban a por lo que querían,
y yo, amigo, siempre voy a por lo que quiero. Que
te quede claro.
Oigo su resoplido. ¡Peter y sus resoplidos!
Finalmente, cuando ve que no voy a ceder, dice:
—Sabes que, si trabajas, tu tiempo para los
niños y para mí se verá limitado, ¿verdad?
—Pues claro que lo sé, ¡lo sé todo! —
respondo consciente de ello—. Pero tú también
sabes que no soy mujer de quedarme en casa el
resto de mi vida a la espera de que mi maridito
regrese de su trabajo. —Su gesto se contrae. No le
gusta nada lo que he dicho, e insisto—: Vamos a
ver, Peter. Esta conversación la hemos tenido
muchas veces y no estoy dispuesta a volver a
discutir por ello. Convéncete de una vez por todas
de que yo soy lo que ves, ¡soy La! La mujer
independiente que conociste en Müller, España,
trabajando de secretaria y que, además, por las
tardes, daba clases de fútbol a niños. Si no quieres
que trabaje en tu maldita empresa porque soy tu
mujer, te juro que buscaré trabajo en otro sitio y...
Pero Peter no me deja acabar, pone un dedo
sobre mis labios para que me calle y replica:
—No trabajarás para otros. Bueno..., no
pensaba decirte nada de momento, pero hay una
vacante para un par de meses en el departamento
de marketing.
Parpadeo.
¿Ha dicho lo que creo que ha dicho?
¡¿Tengo trabajo?!
Mi cara debe de ser un poema. ¡¿Marketing?!
—Marguerite estará fuera un par de meses. Le
comenté a Mika la posibilidad de que tú trabajaras
con ella ese tiempo y le pareció bien.
—¡¿Marketing?! —Río divertida al pensar en
trabajar con Mika; ¡me encanta!
—Sí, cielo, pero hay una condición.
—¿Cuál? —pregunto deseosa.
—Trabajarás a media jornada y no viajarás.
Oír eso me hace sonreír. Me da igual la
condición. Voy a trabajar, ¡tengo un trabajo! Y
entonces digo rápidamente, sin pensar:
—Acepto. Acepto tu condición.
Mi amor sonríe también. Dios..., cómo me
gusta verlo así.
—Estoy seguro de que lo harás genial —dice
—. Si quieres, el lunes vienes conmigo a la oficina
y hablas con Mika.
—Sí... —afirmo con un hilo de voz.
—De acuerdo. Le enviaré un mensaje para que
el lunes espere tu visita.
¡Toma ya!
Menudo golazo que me ha metido el alemán.
Alemania, 1 - España, 0.
¡Me lo como..., me lo como..., me lo como!
Yo, que estaba dispuesta a discutir y a pelear
como una leona, me quedo sin palabras. Como
siempre, Peter me ha sorprendido.
Me siento a horcajadas sobre él y murmuro:
—Ahora es cuando tengo que decirte que no sé
qué decir.
Él sonríe. Adoro su sonrisa. No me quita ojo
de encima y, tras suspirar, musita:
—Pues dime algo bonito.
Ahora la que sonríe soy yo.
—Eres el mejor, te quiero..., te quiero y te
requetequiero.
Mi amor ríe satisfecho.
—Pequeña, sólo quiero que seas feliz. Eso sí,
recuerda nuestra condición, y que los niños y yo
existimos, que te necesitamos, y todo irá sobre
ruedas.
Su advertencia es cariñosa, y afirmo:
—Lo recordaré, tanto como lo recuerdas tú.
Su sonrisa se contrae un poco, sé que esa
pullita que he soltado le ha escocido, pero no
dispuesta a que el momento se jorobe por mi poco
acertado comentario, lo beso en la punta de la
nariz y añado:
—¿Sabes que estoy loca por ti, señor
Lanzani ?
Mi Iceman vuelve a ensanchar su sonrisa y me
clava con suavidad los dedos en la cintura.
—Me gusta que estés loca por mí..., señorita
Flores —murmura.
De reojo miramos a los niños, que siguen
durmiendo, y en décimas de segundos nuestras
bocas se encuentran.
Han pasado varios años desde que nos
besamos por primera vez, pero las mariposas y los
elefantes que siento en el estómago cuando Peter
me besa siguen tan vivos como el primer día, y
sólo espero que a él le suceda lo mismo. Lo deseo.
Nuestro beso se acrecienta y, enloquecido por
ello, Peter se levanta conmigo en brazos y me
tumba sobre el sillón; luego se echa sobre mí con
delicadeza para no aplastarme.
Sabemos que no es momento para eso.
Sabemos que los niños duermen a nuestro lado.
Sabemos que es una locura, pero también
sabemos que la locura es lo nuestro y que, cuando
comenzamos a besarnos, ¡olvidamos la palabra
«sabemos»!
Rápidamente siento la excitación de Peter
apretándose contra mí.
¡Oh, Diosssss! ¡Lo quiero ya!
Los besos suben y suben de intensidad. El
calor inunda nuestros cuerpos y, enloquecido, mi
alemán comienza a desabrocharme el botón de los
vaqueros y yo me arqueo para facilitárselo. Con su
mano libre, me suelta la coleta que llevo en lo alto
de la cabeza y, cuando me agarra del cuello para
ahondar en su beso, de pronto la puerta del salón
se abre y oímos:
—Mamáaaa..., papáaaaa...
El salto que damos Peter y yo para separarnos
hace que el sillón se tambalee, y Flyn, que es muy
cabrito, insiste mirándonos con gesto contrariado:
—Pero ¿qué hacéis?
Vaya pillada. ¡Vaya pillada!
Peter se sienta con rigidez en el sillón y se
dispone a ver la televisión.
¡Qué cabrito él también, cómo escurre el bulto!
Pero yo, al ver que el niño no me quita la vista
de encima a la espera de una explicación, me
retiro el descontrolado pelo de la cara y murmuro
mientras me cubro el pantalón desabrochado con
la camiseta:
—Pues, cariño, no te voy a mentir, nos
estábamos besando.
—¡Lali! —protesta Peter al oírme.
Me entra la risa. No lo puedo remediar y,
mirando a mi amor, que me observa sorprendido,
insisto:
—Por el amor de Dios, Peter, Flyn ya es mayor
y sabe perfectamente lo que estábamos haciendo.
¿Qué quieres que le diga?
Mi alemán me mira y resopla, sabe que llevo
razón. Luego se vuelve hacia el niño y afirma:
—Como ha dicho La, ¡nos besábamos!
Flyn asiente y sonríe con picardía.
¡Menudo sinvergüenza!
No pregunta más y se sienta en un sofá que hay
a la derecha de Peter. Durante varios minutos, los
tres volvemos a centrarnos en la película de la
televisión, hasta que de pronto mi marido
pregunta:
—¿Cuándo era la fiesta de cumpleaños de
Elke?
Yo lo miro...
Flyn lo mira y responde:
—El viernes que viene.
No sé de qué va todo esto, pero de pronto mi
alemán preferido del mundo mundial dice:
—Irás al cumpleaños de Elke pero, después,
estás castigado, ¿entendido?
Flyn sonríe y, tras ponerse en pie de un salto,
se abalanza literalmente sobre Peter olvidándose de
su dedo lesionado.
—Gracias..., gracias..., gracias, papá. Eres el
mejor.
¿Papá? ¿Y yo qué?
Sin embargo, me emociono como una mona y
sonrío feliz al entender que Peter se ha puesto en la
piel de Flyn y ha comprendido la necesidad de su
hijo por no fallarle a Elke.
Sin duda, mi alemán cambia, como cambia
Flyn y como, obviamente, también cambio yo.
sola en la cama. Miro el reloj: las diez y veinte.
Rápidamente me levanto.
¿Por qué Peter no me ha despertado antes?
Como una loca, me visto. Me pongo unos
vaqueros, una camiseta y unas zapatillas de
deporte y vuelo escaleras abajo.
Cuando llego a la cocina, Simona, Pipa y Peter
están con los niños, mientras que Flyn está
tecleando en su móvil. Como una exhalación, entro
y le pregunto a mi amor:
—¿Por qué no me has despertado?
Él se acerca a mí con una preciosa sonrisa y,
tras besarme en los labios, responde:
—Porque necesitabas dormir. Buenos días,
pequeña.
Que esté de humor me hace sonreír y, sin
querer pensar en lo que hablamos la noche
anterior, miro a mi alrededor y pregunto:
—¿Dónde está Sami?
Peter , que está haciéndole una pedorreta a
Hannah, no responde. Flyn me mira entonces con
cara de apuro y dice:
—Pablo ha venido esta mañana y se la ha
llevado.
De pronto, el teléfono móvil de Peter suena.
Echa un vistazo a la pantalla y, mientras le entrega
la niña a Pipa, dice:
—Es Weber, para unos temas de la oficina. Iré
al despacho a hablar con él.
—¿Otra vez trabajo?
Peter resopla y sale de la cocina sin contestar.
Cuando ya se ha ido, me acerco a Flyn.
—¿Qué te ocurre, cariño? —le pregunto.
Ahora que Peter no está, él me mira
directamente a los ojos.
¡Uy..., uy..., esa miradita de cordero
degollado...!
¿Qué habrá hecho, Dios mío? ¿Qué habrá
hecho?
Acostumbrada a su especial mirada coreana
alemana, levanto las cejas y finalmente él dice:
—¿Podemos ir a mi habitación?
¡Lo sabía!
¡Sabía que ocurría algo!
Convencida de que tiene algo que contarme,
asiento y los dos salimos de la cocina. Al salir,
veo que Flyn mira en dirección al despacho de
Peter y, cuando se asegura de que está la puerta
cerrada y no nos ve, me coge de la mano y, tirando
de mí a toda prisa, dice:
—Vamos.
Subimos la escalera de dos en dos y en
silencio. Al llegar a su cuarto, entramos, él cierra
la puerta y me mira.
—Mamá —dice—, tengo que contarte algo.
Asiento. Sin duda, la cosa va a traer miga. Me
siento en su cama tras quitar un par de camisetas
que como siempre ha dejado tiradas y pregunto
con un suspiro:
—Lo sé. Conozco tu mirada, así que ¡dispara!
Mi hijo se rasca el cuello.
Bueno..., bueno..., que a éste le van a salir
ronchones también.
Después se rasca la coronilla y finalmente va
hasta su mesilla, rebusca en el cajón y,
tendiéndome un sobre, dice:
—No te enfades, pero son las notas.
Ay, mi niño... Pobrecito, el apuro que tiene.
Si él supiera lo malísima estudiante que fui yo
a su edad y los disgustos que les daba a mis
padres, seguramente me miraría con otros ojos.
Pero no, no puedo decírselo, y sonrío.
Flyn es un buen estudiante, siempre ha sido un
niño de notables y sobresalientes y tremendamente
exigente consigo mismo. Cojo el sobre que me
tiende e intento quitarle hierro al asunto.
—Vamos, cariño, no pongas esa cara. Papá y
yo ya te hemos dicho muchas veces que no hace
falta que todo sean sobresalientes, mi amor.
Además, este año has cambiado de ciclo y de
centro y es todo mucho más difícil, por lo que es
normal que tus notas hayan bajado.
El pobre me mira con ojitos de ratoncillo
asustado y yo sonrío.
¡Cómo me camela mi coreano alemán!
Y entonces, sin abrir el sobre con las notas que
me ha dado, pregunto:
—¿Estás apurado porque te ha quedado alguna,
cuchufleto?
Él asiente. Pero si hasta pálido lo veo...
Yo sonrío y cuchicheo, aunque, a diferencia de
otras veces, cuando le digo aquel ridículo
«¡cuchufleto!» que tanto repite mi hermana Cande,
no sonríe, por lo que comienzo a preocuparme.
—¿Qué has suspendido? —pregunto.
Remolonea. Duda. Mira el techo.
Oh..., oh..., ¡esto no me gusta!
Después, sus ojos se dirigen al armario donde
están sus pósteres de los Imagine Dragons, su
grupo preferido.
¡Uf..., comienzo a asustarme!
Luego mira a sus pies y finalmente, cuando ve
que me muevo y me va a dar un ataque, susurra sin
mirarme:
—Me han quedado seis.
¡¿Seis?!
¡Ay, que me da un jamacuco!
¿He oído bien? ¡¿Ha dicho seis?!
¡La madre que lo parió!
—¡¿Seis?! —susurro antes de gritar—. ¡¿Te
han quedado seis?!
Flyn, al ver mi gesto y oír mi voz, pone cara de
«pobre de mí» y responde:
—Sí..., pero... es que...
—¡Joder, Flyn, seis! —repito sin creerlo
mientras el cuello me comienza a arder.
Pero ¿cómo ha podido pasar eso si siempre ha
sido un estudiante estupendo?
Madre mía. Madre mía, cuando se entere uno
que yo me sé, la que se va a armar.
El niño no sabe adónde mirar, ¡y yo tampoco!
Y, como una loca, abro el sobre de las notas y,
con un hilo de voz, murmuro:
—Has suspendido... historia, matemáticas,
filosofía, geografía, inglés y dibujo... Pero... pero
¿cómo puedes suspender hasta dibujo? Madre mía,
Flyn, cuando Peter vea esto, no querría encontrarme
en tu pellejo.
Mi hijo me mira, sabe que tengo razón.
—¿Cómo se llamaba tu tutor, que no lo
recuerdo? —pregunto enfadada.
—Alves. Señor Alves.
Asiento y repito acalorada:
—El lunes ya puedes decirle al señor Alves
que quiero una tutoría con él para que me explique
qué narices ha pasado, ¿entendido?
Flyn asiente, no le queda otra. Todavía
sorprendida por aquello, murmuro:
—¿Y cómo le contamos esto a tu padre?
En ese instante se abre la puerta de la
habitación. Al ver que es Peter, escondo
rápidamente las notas a mi espalda.
¡Qué tío, siempre nos pilla!
Nos ve a los dos desconcertados, así que entra,
cierra la puerta y pregunta:
—¿Qué planeáis a mis espaldas?
Como si nos hubiera comido la lengua un
hipopótamo, así estamos Flyn y yo. El niño no
sabe qué decir, y yo no sé ni qué responder.
Madre mía..., madre mía..., cuando vea las
puñeteras notas...
Nuestro mutismo y la rigidez de nuestros
cuerpos ponen en alerta a Peter. Nos conoce. Se
acerca a mí y dice:
—¿Qué ocurre, pequeña? —Al ver mi brazo
hacia atrás, mira por encima de mi cabeza y
pregunta—: ¿Qué es ese papel que escondes?
Ahora la que lo mira con ojos de ratoncillo
asustado soy yo, y entonces oigo a Flyn decir:
—Papá, son las notas.
Peter me mira...
Yo lo miro...
Peter sonríe...
Yo me rasco el cuello...
Las ronchas en mi cuello me delatan y eso le
hace presuponer que algo no va bien. Así pues, me
aparta la mano para que no me rasque, a
continuación me la suelta, extiende su mano y dice:
—¿Me enseñas las notas, Lali?
Vale. El momento ha llegado. Pero antes de
dárselas, digo intentando allanarle el camino a
Flyn:—
Cariño, piensa que este año ha cambiado de
ciclo y...
—Venga, La, eso ya lo sé. Enséñamelas.
Flyn y yo nos miramos.
—Me estáis asustando con vuestras miraditas
—dice Peter, aún con humor.
Oy..., oy..., oy..., la que se va a armar...
Y, sin poder retrasar más el terrible momento,
se las entrego.
¡A cubrirse toca!
Sin quitarle de encima la vista a mi amor, veo
cómo su boca pasa de la divertida sonrisa a la
sorpresa y, de ahí, al enfado en décimas de
segundo.
Ante nosotros acaba de aparecer el frío Iceman
que asusta a Flyn, y entonces lo oigo decir con voz
ronca y controlada:
—Flyn, ve a mi despacho y espérame allí.
En un abrir y cerrar de ojos, el chico
desaparece de la habitación, y Peter me mira y
sisea:—
¿Cuánto tiempo pensabas ocultármelo?
Su acusación me toca las narices, el pie
derecho y distintas partes de mi cuerpo. Me
levanto de la cama y pregunto con cautela:
—¿Cómo dices?
Con el gesto congestionado y las malditas
notas en la mano, Peter musita:
—Aquí pone que se las entregaron el día 18, y
hoy es 23. ¿Hasta cuándo pensabas ocultármelas?
Ya estamos. ¡Peter y sus conclusiones
precipitadas!
Clavo mis ojazos negros en él y protesto:
—Oye..., oye..., oye. Que yo las acabo de ver
por primera vez hace cinco minutos.
—¡¿Seguro?!
—¡Segurísimo!
—No me lo creo.
—Pues créetelo —insisto.
—La, me molesta cuando mientes para ocultar
algo de Flyn.
¡Ya estamos!
¿Por qué Peter siempre cree que estoy
compinchada con el niño para todo?
Tras acercarme a él sin ningún miedo, le clavo
el dedo índice en el pecho y siseo:
—Mira, bollito...
—¡Lali!
—¡¿Qué?!
—¡No vuelvas a llamarme así! —replica
furioso.
Su mirada me hace saber que eso no le hace
ninguna gracia, y no dispuesta a jorobar las cosas
más de lo que están, digo:
—Vale. Perdona. En cuanto al niño, entiendo tu
sorpresa y tu enfado, porque eso mismo me ha
pasado a mí cuando me las ha enseñado. Pero lo
que no entiendo es que rápidamente desconfíes de
mí porque yo...
—¿Cómo no voy a desconfiar de ti, si siempre
lo estás tapando?
—¡Pero ¿qué narices estás diciendo, gi...?!
Su dura mirada hace que me calle. Es mejor
que en un momento así no lo insulte o todo irá a
peor. Pero, vamos a ver, ¿qué es eso de desconfiar
de mí, cuando yo confío plenamente en él?
Peter se mueve nervioso. Para mi desgracia,
cuando las cosas se le escapan de las manos,
puede llegar a ser el hombre más desagradable del
mundo.
—¿Acaso crees que soy tonto y no me doy
cuenta de la infinidad de veces que me ocultas
algo para que no lo regañe? —insiste.
¡Joder, tiene razón!
Bueno..., bueno..., bueno... Si se entera de que
he comprado dos entradas para llevarlo al
concierto de los Imagine Dragons, ¡la que me
monta es fina!
Reconozco que soy demasiado protectora con
Flyn en ciertos momentos, pero también lo soy con
mis otros hijos, con mi familia, con mis amigos e
incluso con él. Sin embargo, cuando voy a
contestar, Peter se adelanta:
—Da igual lo que digas, La. Como siempre, a
ti todo te entra por un oído y te sale por el otro,
¿verdad? —A continuación, se dirige hacia la
puerta y añade—: Voy a hablar con Flyn a solas.
Necesito una explicación a este desastre de notas.
Y, sin mirarme, sale del cuarto dando un
portazo.
¡Ya la hemos liado!
Está visto que, cuando la mala rachita
comienza..., ¡a saber Dios cuándo acaba!
Una vez sola en la habitación, durante varios
segundos miro al suelo.
Sé que Peter tiene razones más que suficientes
para estar mosqueado pero, como siempre, ya me
ha echado la culpa a mí. La primera sorprendida
con lo ocurrido al ver las notas he sido yo, pero
estoy segura de que ese cambio de actitud en Flyn
tiene una explicación. Sin duda, la adolescencia,
los amigos y los amores lo están atontando.
Sin embargo, como madre que me considero de
Flyn, decido ir al despacho. Quiero estar delante
cuando explique el desastre. Así pues, salgo de la
habitación, bajo la escalera y me dirijo hacia el
despacho de mi incombustible amor enfadado.
Al llegar, está la puerta cerrada y oigo la voz
autoritaria de Peter.
¡Buenoooo..., la que le está cayendo a Flyn!
Ya conozco a Peter porque, si no, estaría
asustadita perdida pensando que está ladrando
como un perro furioso y rabioso. Sin esperar un
segundo más, abro la puerta y entro.
Peter y Flyn me miran, y veo en los ojos de mi
niño algo que nunca he visto en él y que mi padre
siempre ha llamado pasotismo. Eso no me gusta,
así que me dirijo a Peter , que tiene las notas en la
mano, y digo:
—Soy su madre y quiero estar presente en todo
lo que tengas que decirle.
Observo cómo su pecho se agita y sus ojos se
entornan..., ¡joder, parece chino!
En su mirada leo que le gustaría echarme del
despacho, pero sabe que lo que he dicho es
importante para el niño y para todos como familia
y, volviendo a mirar al crío, continúa con su
perorata.
Como siempre, Peter hace preguntas y, cuando
Flyn va a contestar, lo interrumpe y el niño se
encoge. Eso me saca de mis casillas. Peter no lo
deja contestar. Me callo y decido decirle a mi
marido lo que pienso cuando el crío no esté
presente.
—Estás castigado sin salir con tus amigos.
—Papáaaa...
—¡He dicho castigado! —insiste mi alemán.
—¡No soy un niño! —grita Flyn.
Al oír eso, Peter resopla, apoya las manos en la
mesa de su despacho y controlando la voz sisea:
—Eres mi hijo y con eso me vale para
castigarte.
Flyn se desespera, lo veo en sus ojos y,
mirándome, dice:
—El viernes tengo una fiesta importante.
—¿Qué fiesta? —pregunta Peter.
Sin amilanarse, el crío se dirige a mi amor y
responde:
—La fiesta del cumpleaños de mi novia.
—Pues dile a Dakota que no vas —suelta Peter.
—Dakota no es mi novia, papá; ahora lo es
Elke. Peter me mira y, tan sorprendido como yo
cuando me enteré, pregunta:
—¿Y quién narices es Elke?
Bueno..., bueno..., bueno..., la cosa se va
caldeando por segundos cuando Flyn, en busca del
apoyo que siempre le doy, me mira con ese gesto
que me descongela hasta el alma.
—Mamá, ayúdame —suplica—, tengo que ir a
la fiesta de Elke.
—Tu madre no te va a ayudar porque no irás,
¡estás castigado! —insiste Peter.
—Papáaaa...
Suspiro y me acaloro. No voy a llevarle la
contraria a Peter, esta vez no, porque sé que tiene
razón. Así pues, cojo fuerzas y digo:
—Lo siento, Flyn, pero como papá ha dicho,
¡estás castigado!
Mi niño me mira con gesto de incredulidad. No
entiende cómo esta vez no lo ayudo.
¡Ay, qué dolor siento en el alma!
Esto de ser madre de un adolescente, en plena
edad del pavo, es más duro de lo que creía.
Noto la mirada de conformidad de Peter ante lo
que he dicho y, cuando Flyn vuelve a quejarse otra
vez, le suelta:
—Y, por supuesto, ya puedes olvidarte del
ordenador, la tablet, las redes sociales y el móvil.
—¡No puedes hacer eso! —grita Flyn.
Peter se pone enfermo al oír su tono y,
acercándose a él, replica:
—Puedo y lo haré.
—¡Pero, papá...!
Bueno..., bueno..., bueno..., si le quita todo eso
al niño, se lo carga. ¡Pobrecito!
—Y como vuelvas a protestar o a levantarme
la voz —sisea Peter con gesto furioso—, te juro,
Flyn, que las consecuencias van a ser mucho más
graves.
El niño me mira. ¡Angelito! Y yo, con la
mirada, sin pestañear, le pido que no abra la boca
y no se le ocurra mencionar lo de las entradas del
concierto.
Por suerte, me entiende, hace caso y mira al
suelo. Uf..., ¡menos mal!
Cuando Peter se enfada, es el tío más
intransigente del mundo pero, en este instante, pese
a la pena que me da Flyn, mi amor tiene toda la
razón.
Durante un par de minutos, los tres
permanecemos callados, hasta que finalmente Peter
dice:—
Sal del despacho y tráeme tu portátil, la
tablet y el móvil. Te lo devolveré todo y podrás
volver a salir con tus amigos cuando recuperes las
seis que te han quedado, ¿entendido?
Abatido, mi coreano alemán agacha la cabeza.
Sabe que en este instante es mejor obedecer y, por
ello, sin mirarme, pasa por mi lado y sale del
despacho.
Una vez me quedo a solas con mi amor, Peter
me mira.
Ea..., ¡ahora me toca a mí!
—Siento haberme puesto así contigo —dice—.
Flyn me ha contado que acababas de ver las notas.
Lo siento, cariño. Perdóname.
No respondo, simplemente lo miro con gesto
de enfado y lo informo:
—Le he dicho a Flyn que le comente a su
profesor que quiero una tutoría con él.
—Iremos los dos —afirma Peter.
Dos segundos después, la puerta se abre y Flyn
entra con todo lo que Peter le ha pedido. Sin
mirarnos a ninguno de los dos, deja el ordenador,
la tablet y el móvil sobre la mesa del despacho y
se marcha.
Peter se pasa entonces la mano por la cabeza y
pregunta:
—¿Qué estamos haciendo mal, La?
Oír su tono de voz abatido me hace saber que a
él le ha dolido más hacer lo que ha hecho que a
nuestro hijo.
—No hemos hecho nada mal, Peter —murmuro
acercándome a él—. Seguimos siendo los mismos
que ayer, pero él cambia y ya no es el niño que se
contentaba aprendiendo a montar en monopatín o
jugando con nosotros a la PlayStation.
—Y, si no hemos hecho nada mal, ¿por qué de
pronto suspende seis?
Ésa es una pregunta difícil de responder.
—Yo no puedo meterme en la cabeza de Flyn
—digo—, pero he tenido su edad, como la has
tenido tú también, y...
—Yo siempre he sido muy responsable,
incluso con esa edad, La —me corta—. Siempre
he sabido que los estudios eran algo que debía
aprobar por mí y por mis padres, aunque estuviera
desfasado en ciertos momentos.
Sonrío. Sin duda, mi chicarrón siempre ha sido
un gran responsable. Me encojo de hombros y
respondo:
—Pues siento decirte que a mí, a su edad, lo
último que me importaba eran los estudios y lo que
mis padres pensaran, porque lo único que quería
era saltar con la bicicleta como una loca,
divertirme y, cuando iba a la discoteca con mis
amigas, ser una chica guapa a la que admiraran los
chicos.
Mi confesión hace que Peter me mire, y
entonces observo que las comisuras de sus labios
se relajan.
¡Bien..., vamos bien!
Acto seguido, pasa las manos alrededor de mi
cintura y murmura:
—Tus amigos debían de estar ciegos para no
admirarte.
Vuelvo a sonreír. ¡Qué mono es cuando quiere
el jodío!
—Era desgarbada, además de peleona con los
chicos —confieso—. Me gustaba demasiado el
deporte y me sentía fea ante otras chicas que, con
mi misma edad, estaban más desarrolladas y eran
más femeninas.
Mi Iceman sonríe, eso me tranquiliza y,
acercando su frente a la mía, murmura:
—¿Crees que he hecho bien con Flyn?
Lo miro y me pierdo en sus ojos.
—Has hecho lo que cualquier padre
preocupado haría por su hijo —afirmo—. Le has
hecho ver que toda causa tiene un efecto. Ahora es
él quien debe darse cuenta de lo que realmente
tiene que hacer para volver a disfrutar de todos los
privilegios que tenía. Y, si te quedas más tranquilo,
quiero que sepas que, en esta ocasión, yo habría
actuado exactamente igual que tú.
—Pues me siento fatal —insiste.
No puedo evitarlo y sonrío.
En mi niñez, recuerdo haber escuchado a mis
padres tener esa misma conversación cuando nos
castigaban a Cande y a mí por habernos portado
mal, lo que era de continuo.
—Entiendo tu malestar porque yo también me
siento así — digo—, y más cuando no lo he
ayudado para lo de la fiesta de Elke. —Peter
resopla al oír eso, pero prosigo—: Hasta este
momento, Flyn siempre había ido bien en los
estudios y no habíamos tenido que enfadarnos con
él por ello pero, ahora, creo que nos va a tocar
pasar una temporadita complicada hasta que
consigamos encauzarlo de nuevo.
—¿Quién es Elke, y cuándo dejó de estar con
Dakota?
—Ni idea, corazón —digo y, al ver la
confusión en sus ojos, afirmo—: Seguro que Elke
será una buena niña como Dakota. —Peter se toca
el pelo y prosigo—: Cariño, todo esto se deberá a
un conjunto de cosas. Su edad, la novia, los
amigos, el interés por todo menos por los estudios
y la rebeldía. Piensa que hemos pasado de ser los
padres perfectos al enemigo a abatir. Esto es así,
Peter. Es ley de vida, amor.
Peter resopla. Sin duda, sabe que tengo razón.
—Recuerdo que mi padre me prohibía salir o
me quitaba la bicicleta en Jerez —continúo—. Eso
me enfadaba, pero era lo único que hacía que yo
reaccionara. —Peter sonríe—. Pero, por favor, la
próxima vez que hables con él, permítele que
responda. No lo cortes todo el rato cada vez que
va a contestar o dejará de hablar contigo, y tú no
quieres eso, ¿verdad? —Él niega con la cabeza e
insisto—: Pues entonces hazme caso. No hay nada
más incómodo que querer responder y que no te lo
permitan.
Peter asiente. Sin duda, sé que la próxima vez
que hable con él lo hará. Me da un beso y
murmura:
—¿Perdonas a tu gilipollas por sacar
conclusiones erróneas de ti?
Eso me hace soltar una carcajada y, encantada,
poso las manos en sus hombros y digo tocándole
con cariño el cuello:
—Adoro que en ocasiones seas un gilipollas;
¿sabes por qué? —Él niega con la cabeza, y yo
aclaro divertida—. Porque me encanta
reconciliarme contigo.
Su sonrisa se ensancha.
¡Oh, Dios, qué maravillosa sonrisa tiene mi
alemán preferido!
Cuando va a besarme y sé que me va a dejar
sin respiración, nos interrumpen unos golpes en la
puerta del despacho.
—Adelante —dice Peter.
La puerta se abre. Es Simona que, con gesto
preocupado, explica:
—Siento interrumpir, pero Flyn se ha pillado
un dedo con la puerta y está dolorido en la cocina.
Peter y yo salimos a la carrera.
¡Ay, mi niño!
Cuando llegamos a la cocina, nuestro
adolescente nos mira. Peter se apresura a
arrodillarse delante de él, coge su mano, retira la
bolsa de hielo que Pipa le ha puesto y examina el
dedo aplastado y rojo.
—Lali , llama a Marta para ver si está en el
hospital —me pide a continuación con gesto
descompuesto.
Sin tiempo que perder, los tres nos dirigimos
al garaje. Allí, nos encontramos con Norbert, que,
al vernos llegar, aunque no sabe lo que ha pasado,
dice rápidamente:
—En cinco minutos llegamos a urgencias.
A Flyn por el dolor se le escapan unas
lágrimas, y Peter no puede ya ni respirar.
Madre mía, ¡pero qué nervioso se pone con
estos temas!
Hablo con Marta. Está en el hospital. Como
puedo, mientras llegamos tranquilizo al grandullón
y a mi niño a la vez. No sé quién es más
complicado. Cuando llegamos a urgencias, Marta,
la hermana de Peter, que trabaja allí, ya nos está
esperando.
Mi cuñada, que es un amor, se preocupa por
Flyn en cuanto lo ve.
—Tú quédate aquí —dice entonces mirando a
Peter.—
No. Yo voy con Flyn —insiste él.
Marta y yo nos miramos y, finalmente, para
relajarlo digo:
—Peter y yo nos quedaremos aquí. Flyn, ve con
la tía Marta.
Una vez ellos dos desaparecen por la puerta,
Peter me mira con gesto tenso y, antes de que abra
la boca, digo:
—Sabes que es mejor que no estemos nosotros
para que Flyn esté atento a lo que Marta y el
doctor le digan, así que ni se te ocurra protestar,
que la madre soy yo, estoy preocupada y no estoy
montando un numerito, ¿de acuerdo?
Peter asiente y no dice nada. Norbert, que ya ha
aparcado el coche, entra en urgencias. Al vernos,
se sienta a nuestro lado, y los tres esperamos con
impaciencia y en silencio.
Cuarenta minutos después, la puerta se abre y
salen Marta y Flyn. Miro a Peter y veo cómo su
gesto se suaviza al contemplarlo. Lo quiere con
locura. Lo sé, y sólo deseo que Flyn también lo
sepa. Cuando se acerca a él, observa su mano
vendada y luego lo mira a los ojos.
—¿Estás bien, colega? —le pregunta.
El crío, que ya no llora, esboza una sonrisa y
asiente.
—Me duele, papá, pero estoy bien.
Peter lo abraza y yo me emociono. ¡Soy así de
tonta! Marta nos dice que le han hecho una
radiografía y el dedo no está roto, pero tiene una
pequeña fisura. Le han puesto una férula para
inmovilizárselo y tiene que tomar
antiinflamatorios. Una vez acaba de explicárnoslo
todo, veo que tiene mala cara.
—¿Te encuentras bien, Marta? —pregunto.
Mi cuñada me mira, se recoge el pelo en una
coleta alta y responde:
—Sí. Es sólo que esta noche no he dormido
mucho.
Tan pronto como sabemos que todo está bien, a
pesar del susto, Marta mira a su sobrino, que está
tan alto como nosotras, y le dice:
—Todavía no me has contado cómo te has
pillado el dedo.
Él nos mira a Peter y a mí, que somos el
enemigo, y responde:
—Estaba enfadado, cerré la puerta con fuerza
y me pillé el dedo.
Con cariño, le toco el pelo y lo beso en el
hombro.
—¿Y por qué estabas enfadado? —insiste
Marta.
Flyn mira al suelo. Peter me mira a mí. Marta
mira a Peter y yo finalmente digo:
—Vamos, cielo, responde a lo que te han
preguntado.
Mi niño resopla, levanta la cara, mira a su tía y
contesta:
—Me dieron las notas y suspendí seis.
—¡¿Seis?! —grita Marta.
Peter asiente. Yo asiento. Flyn vuelve a mirar al
suelo y Marta le suelta, sorprendiéndonos a todos:
—Flyn Lanzani, espero que tus padres te
hayan castigado como mereces, jovencito. Tu
obligación es estudiar y aprobar, como la
obligación de tus padres es cuidarte, protegerte y
procurar que no te falte de nada.
Atónito, mi amor observa a su hermana. Estoy
segura de que esperaba cualquier otra cosa menos
eso, y sonrío cuando lo oigo decir:
—Gracias.
Marta le guiña el ojo con complicidad.
Cuando llegamos a casa, Simona y Pipa están
preocupadas pero, en cuanto ven a Flyn, la
preocupación se les pasa, y lo mismo ocurre con
Sonia, mi suegra y abuela del niño. Marta la llama
para decírselo y, cuando ella telefonea para
preguntar y habla con Flyn, también se tranquiliza.
Tras la comida, Peter habla con Pablo y
después nos sentamos con los niños en el salón.
Hannah y el pequeño Peter se quedan dormidos, y
comienza la película Los Vengadores en la
televisión. ¡Bien! Nos gusta a los tres.
Durante veinte minutos Peter, Flyn y yo la
vemos, hasta que la puerta del salón se abre y
Simona anuncia:
—Flyn, una tal Elke al teléfono.
El crío nos mira. Sabe que está castigado. Yo
no muevo ni una pestaña, y Peter, finalmente, al ver
que no voy a abrir la boca y el niño no le quita
ojo, dice:
—Ve a hablar con ella, pero hazlo desde tu
habitación.
Flyn da un salto y corre hacia el teléfono. Yo
sonrío y cuchicheo:
—Vaya..., vaya... ¿No quieres saber qué es lo
que habla con su nueva novieta?
Peter niega con la cabeza y responde con gesto
taciturno:
—La intimidad de Flyn en temas de amores es
sólo suya.
Sonrío. No puedo evitarlo y, sin decir nada
más, me acomodo junto a mi amor y seguimos
viendo la película mientras los pequeñines
continúan dormidos.
La peli está genial. Me encanta pero, como ya
la he visto y Peter también, tras reírnos por una
escena divertida, le pregunto:
—Por cierto, ¿qué te ha dicho Pablo?
Peter mueve la cabeza y explica:
—Le han vuelto a piratear la web.
—Pobre..., ¿ya es la tercera vez?
—La cuarta. Intentan localizar al tal Marvel,
pero no dan con él. Sin duda, debe de ser un
hacker profesional.
Resoplo. Es evidente que Pablo tiene un gran
problema.
Guardamos silencio durante unos segundos,
hasta que, mirándolo de nuevo, digo:
—Tenemos que hablar.
Noto que Peter se tensa, pero finalmente
responde:
—Cariño, si es sobre Natalie...
—No es sobre eso —lo corto, y añado—:
Confío en ti.
Peter asiente. Le gusta lo que he dicho y,
sonriendo, murmura:
—Entonces, tú dirás.
Cojo fuerzas y digo sin parpadear:
—Es en referencia a trabajar.
Su cara se descompone.
—Lali, por favor.
—Ah..., ah..., no me llames por mi nombre
completo, que eso sólo lo haces cuando te cabreas
—me quejo.
Suspira. Sabe que no puede seguir esquivando
el tema, por lo que cierra los ojos y replica:
—De acuerdo, ya sé que la niña ya tiene dos
años y...
—Peter —lo corto impasible—. Sabes que
adoro a los niños y te adoro a ti y que por vosotros
doy mi vida, pero necesito trabajar en algo que no
sea cuidar de los niños, dar de comer a los niños y
dormir a los niños o te juro que me voy a volver
loca como mi hermana Cande; ¿quieres eso?
—No —responde rápidamente—. Pero,
cariño, no te hace falta. Sabes que yo cubro todas
vuestras necesidades y...
—Lo sé, ¡claro que lo sé! Sé quién eres y con
quién me he casado —gruño—. Pero también sé
que o hago algo o al final me voy a convertir en un
ser insoportable.
Peter me mira, yo lo miro y le advierto:
—El que avisa no es traidor —y, como no me
apetece callármelo, añado—: Además, todavía no
he olvidado que le dijiste a Natalie que te
gustaban las mujeres que iban a por lo que querían,
y yo, amigo, siempre voy a por lo que quiero. Que
te quede claro.
Oigo su resoplido. ¡Peter y sus resoplidos!
Finalmente, cuando ve que no voy a ceder, dice:
—Sabes que, si trabajas, tu tiempo para los
niños y para mí se verá limitado, ¿verdad?
—Pues claro que lo sé, ¡lo sé todo! —
respondo consciente de ello—. Pero tú también
sabes que no soy mujer de quedarme en casa el
resto de mi vida a la espera de que mi maridito
regrese de su trabajo. —Su gesto se contrae. No le
gusta nada lo que he dicho, e insisto—: Vamos a
ver, Peter. Esta conversación la hemos tenido
muchas veces y no estoy dispuesta a volver a
discutir por ello. Convéncete de una vez por todas
de que yo soy lo que ves, ¡soy La! La mujer
independiente que conociste en Müller, España,
trabajando de secretaria y que, además, por las
tardes, daba clases de fútbol a niños. Si no quieres
que trabaje en tu maldita empresa porque soy tu
mujer, te juro que buscaré trabajo en otro sitio y...
Pero Peter no me deja acabar, pone un dedo
sobre mis labios para que me calle y replica:
—No trabajarás para otros. Bueno..., no
pensaba decirte nada de momento, pero hay una
vacante para un par de meses en el departamento
de marketing.
Parpadeo.
¿Ha dicho lo que creo que ha dicho?
¡¿Tengo trabajo?!
Mi cara debe de ser un poema. ¡¿Marketing?!
—Marguerite estará fuera un par de meses. Le
comenté a Mika la posibilidad de que tú trabajaras
con ella ese tiempo y le pareció bien.
—¡¿Marketing?! —Río divertida al pensar en
trabajar con Mika; ¡me encanta!
—Sí, cielo, pero hay una condición.
—¿Cuál? —pregunto deseosa.
—Trabajarás a media jornada y no viajarás.
Oír eso me hace sonreír. Me da igual la
condición. Voy a trabajar, ¡tengo un trabajo! Y
entonces digo rápidamente, sin pensar:
—Acepto. Acepto tu condición.
Mi amor sonríe también. Dios..., cómo me
gusta verlo así.
—Estoy seguro de que lo harás genial —dice
—. Si quieres, el lunes vienes conmigo a la oficina
y hablas con Mika.
—Sí... —afirmo con un hilo de voz.
—De acuerdo. Le enviaré un mensaje para que
el lunes espere tu visita.
¡Toma ya!
Menudo golazo que me ha metido el alemán.
Alemania, 1 - España, 0.
¡Me lo como..., me lo como..., me lo como!
Yo, que estaba dispuesta a discutir y a pelear
como una leona, me quedo sin palabras. Como
siempre, Peter me ha sorprendido.
Me siento a horcajadas sobre él y murmuro:
—Ahora es cuando tengo que decirte que no sé
qué decir.
Él sonríe. Adoro su sonrisa. No me quita ojo
de encima y, tras suspirar, musita:
—Pues dime algo bonito.
Ahora la que sonríe soy yo.
—Eres el mejor, te quiero..., te quiero y te
requetequiero.
Mi amor ríe satisfecho.
—Pequeña, sólo quiero que seas feliz. Eso sí,
recuerda nuestra condición, y que los niños y yo
existimos, que te necesitamos, y todo irá sobre
ruedas.
Su advertencia es cariñosa, y afirmo:
—Lo recordaré, tanto como lo recuerdas tú.
Su sonrisa se contrae un poco, sé que esa
pullita que he soltado le ha escocido, pero no
dispuesta a que el momento se jorobe por mi poco
acertado comentario, lo beso en la punta de la
nariz y añado:
—¿Sabes que estoy loca por ti, señor
Lanzani ?
Mi Iceman vuelve a ensanchar su sonrisa y me
clava con suavidad los dedos en la cintura.
—Me gusta que estés loca por mí..., señorita
Flores —murmura.
De reojo miramos a los niños, que siguen
durmiendo, y en décimas de segundos nuestras
bocas se encuentran.
Han pasado varios años desde que nos
besamos por primera vez, pero las mariposas y los
elefantes que siento en el estómago cuando Peter
me besa siguen tan vivos como el primer día, y
sólo espero que a él le suceda lo mismo. Lo deseo.
Nuestro beso se acrecienta y, enloquecido por
ello, Peter se levanta conmigo en brazos y me
tumba sobre el sillón; luego se echa sobre mí con
delicadeza para no aplastarme.
Sabemos que no es momento para eso.
Sabemos que los niños duermen a nuestro lado.
Sabemos que es una locura, pero también
sabemos que la locura es lo nuestro y que, cuando
comenzamos a besarnos, ¡olvidamos la palabra
«sabemos»!
Rápidamente siento la excitación de Peter
apretándose contra mí.
¡Oh, Diosssss! ¡Lo quiero ya!
Los besos suben y suben de intensidad. El
calor inunda nuestros cuerpos y, enloquecido, mi
alemán comienza a desabrocharme el botón de los
vaqueros y yo me arqueo para facilitárselo. Con su
mano libre, me suelta la coleta que llevo en lo alto
de la cabeza y, cuando me agarra del cuello para
ahondar en su beso, de pronto la puerta del salón
se abre y oímos:
—Mamáaaa..., papáaaaa...
El salto que damos Peter y yo para separarnos
hace que el sillón se tambalee, y Flyn, que es muy
cabrito, insiste mirándonos con gesto contrariado:
—Pero ¿qué hacéis?
Vaya pillada. ¡Vaya pillada!
Peter se sienta con rigidez en el sillón y se
dispone a ver la televisión.
¡Qué cabrito él también, cómo escurre el bulto!
Pero yo, al ver que el niño no me quita la vista
de encima a la espera de una explicación, me
retiro el descontrolado pelo de la cara y murmuro
mientras me cubro el pantalón desabrochado con
la camiseta:
—Pues, cariño, no te voy a mentir, nos
estábamos besando.
—¡Lali! —protesta Peter al oírme.
Me entra la risa. No lo puedo remediar y,
mirando a mi amor, que me observa sorprendido,
insisto:
—Por el amor de Dios, Peter, Flyn ya es mayor
y sabe perfectamente lo que estábamos haciendo.
¿Qué quieres que le diga?
Mi alemán me mira y resopla, sabe que llevo
razón. Luego se vuelve hacia el niño y afirma:
—Como ha dicho La, ¡nos besábamos!
Flyn asiente y sonríe con picardía.
¡Menudo sinvergüenza!
No pregunta más y se sienta en un sofá que hay
a la derecha de Peter. Durante varios minutos, los
tres volvemos a centrarnos en la película de la
televisión, hasta que de pronto mi marido
pregunta:
—¿Cuándo era la fiesta de cumpleaños de
Elke?
Yo lo miro...
Flyn lo mira y responde:
—El viernes que viene.
No sé de qué va todo esto, pero de pronto mi
alemán preferido del mundo mundial dice:
—Irás al cumpleaños de Elke pero, después,
estás castigado, ¿entendido?
Flyn sonríe y, tras ponerse en pie de un salto,
se abalanza literalmente sobre Peter olvidándose de
su dedo lesionado.
—Gracias..., gracias..., gracias, papá. Eres el
mejor.
¿Papá? ¿Y yo qué?
Sin embargo, me emociono como una mona y
sonrío feliz al entender que Peter se ha puesto en la
piel de Flyn y ha comprendido la necesidad de su
hijo por no fallarle a Elke.
Sin duda, mi alemán cambia, como cambia
Flyn y como, obviamente, también cambio yo.
CAPITULO 6
Llega el viernes.
Peter se ajusta la corbata ante el espejo de
nuestra habitación y yo protesto desde la cama:
—Venga, va, Peter, el año pasado no fui a la
Feria de Jerez.
Él me observa a través del espejo con su gesto
serio y responde:
—Porque tú no quisiste, pequeña..., porque tú
no quisiste.
Valeeeee... Tiene razón. Él tenía un viaje a la
República Checa y preferí acompañarlo.
Sigue anudándose el nudo de la corbata cuando
añade:
—Cariño, ve tú a la feria y dale el gusto a tu
padre. Yo estoy muy ocupado. Sabes que voy a
tope de trabajo y...
—¿Por qué no delegas parte de tus tareas a
alguno de los directivos?
—La..., no comiences —murmura.
—Pero vamos a ver... —protesto
levantándome—. Antes delegabas una gran parte
del trabajo en ellos y podíamos estar más tiempo
juntos. ¿De qué sirve el dinero si no lo podemos
disfrutar?
El gesto de mi alemán se descompone, ¡faltaría
más! Ya estoy diciendo algo que lo incomoda y, sin
responder a lo que le he preguntado, replica:
—Mira, La, es mi empresa, tengo que
atenderla, y no puedo perder el tiempo en ir de
fiestecita a Jerez, ¡entiéndelo!
Eso me subleva. Por supuesto que Peter me
anima a que vaya a la Feria de Jerez, pero yo
quiero que me acompañe. Poder caminar del brazo
de mi espectacular marido, pasar tiempo con él y
hacerle saber a todo el mundo lo asquerosamente
feliz que soy. Si voy sola, comenzarán las
habladurías, y no me apetece que le pongan la
cabeza como un bombo a mi padre.
Pero ya me ha quedado claro que Peter no está
por la labor y, como no quiero discutir con él,
cuando comienza a sonar en nuestro equipo de
música la canción Me muero[5] de La Quinta
Estación, miro a mi chicarrón, me levanto, me
planto ante él y digo:
—Vamos. Baila conmigo.
Peter me mira, sigue con el ceño arrugado y
protesta.
—La, tengo prisa.
No desisto y, mientras mentalmente tarareo eso
de «me muero por besarte, dormirme en tu boca»,
[6] insisto:
—Vamos, Iceman, baila conmigo.
Pero nada, ¡ni Iceman ni leches! Al parecer,
hoy no es el día, y Peter vuelve a fulminarme
mientras protesta:
—Lali. Te he dicho que tengo prisa y no estoy
para tonterías.
Oír eso me molesta. ¿Por qué es incapaz de ver
mi detalle? ¿Por qué no se muere por bailar
conmigo?
—Pues vale —murmuro sentándome de nuevo
en la cama—. Tú te lo pierdes.
Durante unos segundos permanecemos los dos
callados mientras contemplo cómo mi amor se
pone la chaqueta. Dios, qué increíble está vestido
con traje.
Al ver que me observa a través del cristal para
comprobar si estoy enfadada por el desplante que
acaba de hacerme con el bailecito, digo dispuesta
a seguir con el tema de Jerez:
—Oye, Peter, yo te acompaño todos los años sí
o sí a la Oktoberfest y...
—Lali, ¡no es lo mismo!
Oírlo decir eso me hace reír, pero de maldad,
y achinando los ojos siseo:
—¿Cómo que no es lo mismo?
—Cariño, la Oktoberfest se celebra en Múnich
y no tengo que dejar nada de lado, pero para ir a
Jerez, he de aparcar las obligaciones y viajar a
otro país; ¿acaso eres incapaz de entender lo que
digo? No. No soy incapaz de entender lo que dice, lo
que me da rabia es que Iceman sea incapaz de
ponerse en mi lugar.
—Sólo quiero que entiendas que para mí
también es importante asistir a la feria de mi tierra
cogida de tu brazo para que a mi padre no le
pongan la cabeza como un bombo con los cotilleos
—replico—. Sólo eso.
Peter no contesta. Su gesto ceñudo lo dice todo
y, al final, decido callar o, sin duda, vamos a tener
una buena. Me siento rumbosa, y más tras el
desplante que me ha hecho con el puñetero baile.
Diez minutos después, ya en la cocina, como
no he dicho nada, mi alemán se acerca a mí, sabe
que lo ha hecho mal, y me abraza.
—Intentaré buscar días libres para ir a Jerez
—murmura—, pero no te prometo nada, ¿de
acuerdo, pequeña?
Que haga eso, que al menos lo piense, ya es un
triunfo, y afirmo:
—De acuerdo.
Peter me besa y, cuando separa sus labios de mí
con una maliciosa sonrisa, murmura sin que nadie
nos oiga:
—¿De verdad que mi disfraz para esta noche
es de policía?
Asiento. Olvido nuestro enfado y murmuro
sonriendo:
—Espero que me detengas.
Peter sonríe a su vez, mueve la cabeza y
pregunta curioso:
—Y el tuyo ¿de qué es?
Yo lo miro de esa manera que sé que le gusta y
lo enloquece, clavo mis pupilas en las suyas y
cuchicheo:
—Eso es sorpresa.
Cuando mi alemán se va a trabajar, lo observo
alejarse en el coche desde la ventana. Sé que me
quiere, sé que daría la vida por mí, pero ahora,
entre los niños y la empresa, me falta tiempo para
estar con él, y me siento algo abandonada. ¡Vaya
mierda!
Como puedo, paso el día. Me aburro como una
ostra. Amo a mis hijos, pero necesito hacer algo
más que cuidarlos, y cada día lo tengo más y más
claro.
Por la tarde, Rocio viene a casa para dejar a
Sami y, tras despedirnos de los niños, que se
quedan en casa con Simona, Norbert y Pipa, nos
vamos a casa de Rocio, donde Pablo y Peter nos
esperan ya vestidos, el primero de bombero y el
segundo de policía. Al verlos, no podemos parar
de reír.
Nos ponemos nuestros disfraces de ángel y
demonio, que son de zorrones total, y, cuando
salimos con ellos, los chicos silban. Están
encantados con lo que ven.
Peter me mira y susurra:
—Eres el angelito más tentador y precioso que
he visto en mi vida.
Sonrío. No lo puedo remediar.
Una vez nos ponemos los abrigos por encima,
para no escandalizar a nadie por nuestras pintas,
los cuatro nos montamos en el vehículo de Pablo y
nos dirigimos al Sensations.
Como era de esperar, la fiesta es divertida. Ver
los disfraces que la gente lleva me hace sonreír.
—Hola —oigo que dice alguien de pronto.
Al volverme veo a Félix vestido de
mosquetero. Divertidos, nos saludamos, Peter le
presenta a Pablo y a Rocio y, cuando terminan,
pregunto:
—¿Y Natalie ?
Félix sonríe y, tras pedir al camarero una
botella de champán, dice:
—La he dejado en el reservado número cinco
entretenida mientras yo venía a por champán. —
Luego se acerca y murmura—: Le he pedido a mi
mujer que deje bien satisfechos a tres amigos.
Asiento. Peter asiente también y, cuando aquél
se va, mi amor musita:
—Veo que siguen en su línea.
Su comentario me sorprende. Si hay alguien
permisivo en el sexo, ése es mi chico. Lo miro y
pregunto:
—¿Por qué dices eso?
Él me mira, pasa el dedo por mi barbilla y,
acercándose a mí, susurra:
—Porque te valoro y porque nunca te utilizaría
como moneda de cambio ni te dejaría sola con
otros hombres y sus exigencias. En nuestra
relación mandamos los dos, y juntos iremos a
todos lados.
Me besa. Lo beso. Adoro sus besos cargados
de amor.
Cinco minutos después, cuando Peter habla con
Pablo, Rocio se acerca y, señalando con el dedo,
pregunta de forma disimulada:
—Y ese cachitas guaperas que mueve las
caderas como Ricky Martin y va vestido de
vaquero ¿quién es?
Con disimulo, dirijo la vista a donde Rocio
indica en el momento en que el cachitas guaperas
me mira. Sonrío. Él sonríe y se acerca a nosotras.
—Hola, Dennis —lo saludo. Luego miro a mi
amiga y añado—: Rocio, te presento a Dennis.
En décimas de segundo, Peter y Pablo están a
nuestro lado. ¡Vaya dos! Con caballerosidad,
Dennis los saluda, después coge la mano de Rocio,
la besa y murmura con su particular acento:
—Obrigado.
—No me digas que eres brasileño... —oigo
que dice Rocio en alemán.
Él asiente y, sin saber por qué, yo salto:
—Bossa nova, samba, capoeira...
Y entonces, me paro.
¿Qué hago yo haciendo lo que la gente siempre
hace conmigo con eso de «Olé, torero, paella...»?
¿Acaso soy imbécil?
Peter me mira divertido. Me lee en la cara lo
que pienso y murmura juguetón en mi oído:
—Cariño, te ha faltado decir caipiriña.
Durante varios minutos, los cinco hablamos y
nos reímos. Dennis, además de estar como un tren,
en el que veo que muchas quieren montar, parece
una buena persona y, cuando poco después se aleja
de la mano de unas rubias, mi amor me besa en la
sien y pregunta:
—¿Quieres beber algo?
—Una coca-cola.
—¿Sola o con vodka?
Lo pienso. La noche es joven, y respondo:
—Mejor sola.
Cuando mi chico y Pablo se marchan a por las
bebidas, Rocio, que mira a la derecha, cuchichea:
—Joder..., pues sí que es madurito el marido
de Natalie.
—Treinta años más que ella —le explico—.
Tendrá unos setenta.
A continuación, me levanto del taburete.
—Ven, acompáñame —digo y, al ver que
nuestros maridos nos miran, hago una seña y les
aclaro—: Vamos al baño.
Peter y Pablo asienten y, cuando desaparecemos
tras la cortina y no me dirijo al lavabo, Rocio
pregunta:
—¿Adónde vamos?
—Quiero ver algo —afirmo sin soltarla
mientras seguimos a Félix.
En cuanto llego al reservado número cinco y
voy a abrir la cortina, Rocio me detiene.
—¿Qué haces? —pregunta.
—Sólo quiero ver y no pone «Stop». Por tanto,
se puede mirar.
Rocio sonríe, asiente, y con curiosidad abrimos
la cortina tranquilamente para observar.
En la habitación, Natalie está atada a una silla
de una manera que me deja sin palabras.
Su espalda descansa en el asiento, su cabeza
cuelga hacia el suelo y sus piernas están sujetas a
lo alto del respaldo. Un hombre que se agarra a la
silla con fuerza se introduce en ella una y otra vez
mientras ella jadea y grita de placer.
roy yo observamos cuando de pronto el tipo
da un último alarido y se retira de ella. Instantes
después, otro hombre se arrodilla ante Natalie y,
con una facilidad que me deja sin palabras, le
introduce la mano en la vagina ante los gritos de
locura de ella.
—¿Disfrutas, mi amor? —oigo que pregunta
Félix.
—¡Sí..., sí...! —grita Natalie.
Sin descanso, el hombre saca y mete la mano
en el interior de la vagina de ella.
—Joder..., no me va nada el fisting —murmura
Rocio .—
A mí tampoco —susurro sin respiración.
En ese instante, Félix se agacha, le da de beber
de su copa de champán a Natalie y dice:
—Así me gusta, zorrita. Estos amigos quieren
cobrar lo que les prometí.
Ella sonríe. Félix acerca su boca a la de ella
mientras otro hombre le coloca unas pinzas en los
pezones y entonces Natalie grita, pero sé que grita
de placer.
Los hombres ríen al oírla. Félix se levanta de
donde está, se acerca al pene de otro y, tras
recorrerlo con la lengua, le echa sobre éste el
resto del champán de su copa.
—Métesela en la boca hasta el fondo —dice.
Acto seguido, el hombre coge la cabeza de
Natalie y, con exigencia, lo hace. Eso me vuelve a
incomodar, aunque sé que a ella le gusta. Ese tipo
de sexo no me va. Ver cómo aquel tipo obliga a
Natalie mientras el otro juguetea con la mano en
el interior de su vagina me deja sin palabras.
Entonces, Rocio tira de mí y dice:
—Regresemos con los chicos.
Asiento. Con lo que he visto, es suficiente, y
ahora entiendo por qué Natalie me dijo que a Peter
no le iba eso. Sin lugar a dudas, no le va, ni a mí
tampoco.
Sin más, regresamos junto a nuestros maridos,
que nos entregan las bebidas, y yo me siento en un
taburete.
En ese instante se acercan a nosotros Diana y
Olaf. Durante un rato charlamos hasta que me fijo
en que al fondo de la sala está Dennis con las
rubias. El brasileño nos mira, nos observa, y Peter,
que se da cuenta como yo, pega la boca a mi oído
y, moviendo el taburete, dice:
—Angelito..., separa los muslos para el
vaquero.
Extasiada por el morbo que me provoca
siempre esa acción, hago lo que me pide y lo que
me excita, mientras observo cómo Dennis nos
sigue mirando. Ese tipo de cosas son las que me
van y le van a mi chico.
Sin duda, mis piernas abiertas le ofrecen a
Dennis una visión bastante interesante de mí. Peter,
que lo sabe, que me conoce y que disfruta como yo
del momento, introduce un dedo en su whisky, lo
moja y, después, con complicidad, excitación y
alevosía, lo pasa por mi boca, por mis labios. Sin
apartar sus ojos de los míos, siento cómo su dedo
baja por mi barbilla, por mi cuello, mis pechos, mi
ombligo. Me besa mientras su dedo baja..., baja...
y baja, hasta que lo siento llegar al centro de mi
húmedo y latente deseo.
Uf..., ¡qué calor!
Mis labios vaginales se abren solos, mientras
Peter tiene los ojos clavados en mis pupilas y,
cuando su dedo toca mi ya hinchado clítoris, yo
jadeo, cierro los ojos por puro placer y oigo que
dice:—
Mírame, cariño..., mírame.
Obedezco. Sé lo mucho que le excita a Peter
que lo mire en esos instantes y, con una mirada
totalmente perversa, vuelvo a jadear. Él sonríe, me
besa el cuello y murmura:
—Tu mirada me hace saber que ya estás
preparada para jugar.
Asiento. Éste es el sexo que me gusta y, sin
cerrar las piernas, beso a mi amor. Lo deseo.
Deseo jugar con locura. Así estamos unos instantes
hasta que nuestras bocas se separan y Dennis, que
ya se ha deshecho de las rubias, como buen
jugador, en pocos segundos está a nuestro lado.
Peter lo mira, no hacen falta palabras, y segundos
después la mano de Dennis se posiciona en la cara
interna de mis muslos mientras susurra:
—Me apasiona que no lleves bragas.
Peter sonríe, y yo también.
Entonces Diana, que ha visto la jugada y va
vestida de troglodita, dice:
—Lali , reserva el primer baile para mí.
Eso me hace sonreír. Me está pidiendo ser la
primera en tomar mi cuerpo cuando Pablo, que está
junto a Rocio y Olaf, pregunta en tono morboso:
—¿Quién se viene a la sala del fondo?
Todos lo acompañamos. Todos tenemos ganas
de pasarlo bien.
La sala es grande, y hay más gente además de
nosotros. Distintas camas están ocupadas por
hombres y mujeres practicando sexo y, nada más
entrar, Pablo se lleva a Rocio a una libre y allí
comienzan su juego con Olaf. Todos los
observamos hasta que Diana, que es una loba
deseosa de sexo, se coloca junto a Peter y dice:
—¿Qué tal si comienzo yo con el angelito?
Él me mira, sonríe y, cuando ve mi gesto de
aprobación, asiente:
—Toda tuya.
Diana me da la mano y me lleva a otra cama
libre. Sin que me diga nada, sé lo que quiere ella,
lo que excita a mi amor y lo que yo deseo. Por eso,
me tumbo sobre el colchón. Mi corto vestido de
angelito se sube solo, dejando al descubierto mi
ausencia de bragas y mi bien depilado pubis.
Peter, Diana y Dennis me observan. Veo sus
miradas. Todos están deseosos de comerme, de
disfrutarme, de saborearme, y entonces Peter se
acerca a mí y, cogiéndome las manos, me las lleva
hasta los barrotes de la cabecera.
—Agárrate a ellos y no te sueltes por nada del
mundo —me dice.
Lo hago. Peter me besa, pasea las manos con
propiedad por mi cuerpo y pregunta:
—¿Estás caliente, mi amor?
Al oírlo, me estremezco y asiento.
—Sabes que sí —murmuro.
Mi marido me toca las piernas. Tiemblo. Con
seguridad, me separa los muslos dejando mi
vagina húmeda al descubierto y, pasando un dedo
por ella, musita mientras la abre:
—Adoro tu humedad.
Instantes después, la boca de Diana chupa con
deleite lo que Peter le ofrece. Su ansiedad no le ha
permitido esperar un segundo más. Noto cómo da
toques con la lengua sobre mi clítoris, y observo
que Peter y Dennis se sientan cada uno a un lado de
la cama.
—Eso es, mi amor, abre las piernas para
Diana.
Sin dudarlo, lo hago. Dios, ¡qué placer más
inconfesable!
Gustosa por lo que ella me hace, jadeo y me
retuerzo agarrada a los barrotes de la cabecera
mientras Peter y Dennis nos observan con ardor.
Cuando el placer y la lujuria toman mi cuerpo,
soy un juguete en manos de cualquiera, y Diana
sabe muy bien cómo manejarme a su antojo desde
la primera vez que me poseyó.
Sin descanso, chupa, lame, introduce los dedos
en mí y me masturba mientras juega con mi
clítoris, al tiempo que Peter y Dennis me bajan el
vestido para sacar mis pechos. Cada uno se
adueña de uno y los saborean a su manera mientras
yo pierdo la noción del tiempo y me entrego
dócilmente a ellos tres.
No sé cuánto rato estamos así; sólo sé que,
cuando vuelvo a ser consciente, estoy de rodillas
sobre la cama del todo desnuda, mientras Diana
me sujeta las caderas con una mano y con la otra
me masturba de forma rítmica al tiempo que se oye
el chapoteo de sus dedos en el interior de mi
vagina.
Peter y Dennis nos observan con sus duros
penes erectos preparados para mí, cuando ella
murmura cerca de mi boca:
—Eso es, angelito..., muévete... Eso es..., eso
es.
Loca..., loca de deseo, hago lo que Diana me
pide. Me muevo mientras siento cómo todo mi
cuerpo arde a punto de explotar y oigo los gemidos
placenteros de todos los presentes. Diana, como
mujer experimentada en dar placer, me hace gritar,
moverme, cabalgar sobre su mano húmeda de mis
fluidos, mientras yo observo a Peter.
Su gesto. Su mirada me vuelve más loca
todavía, hasta que me arqueo, el placer toma todo
mi cuerpo y, con un último gemido, les hago saber
que he llegado al clímax.
Pero Peter y Dennis están deseosos de sexo y,
cuando Diana se retira de mí, Dennis la agarra, la
pone a cuatro patas y la penetra. Diana grita de
placer en el momento en que Peter, levantándome,
me da la vuelta, me pone en la misma posición que
ella, me agarra del pelo y susurra en mi oído:
—Me vuelves loco, morenita..., loco.
Y, deseoso de mí, me empala hasta el fondo y,
como un salvaje, me hace suya mientras yo jadeo y
le pido más y más y me dejo llevar por la pasión
del momento. Como un animal, mi amor, mi
marido, mi todo, me hace suya, y yo me acoplo a él
y lo hago mío. Es nuestro baile. Es nuestra manera
de ver el sexo. Es nuestro delirio.
Sin descanso, los cuatro jadeamos mientras el
ruido seco de nuestros cuerpos al chocar suena con
fuerza en la sala. Una..., dos..., tres..., veinte veces
entra y sale de mí mi alemán y, cuando sabe que ya
no aguanto un segundo más, se deja ir al mismo
tiempo que yo y juntos disfrutamos de aquel
morboso y mágico momento.
Acabado ese asalto, Diana, que es infatigable,
vuelve a abrirme de piernas mientras Peter se
sienta en la cama y susurra cuando Dennis la deja:
—Dame tu jugo..., dame tu jugo.
Peter y Dennis nos observan. Diana, la
insaciable, no se cansa de saborearme, y yo
permito que lo haga en cuanto Peter se acerca a mí,
me besa en los labios y pregunta:
—¿Todo bien, pequeña?
Asiento..., asiento y jadeo entregada al placer
como sé que a él le gusta.
Ninguna mujer me saborea como Diana. Otras
me han tomado. Otras han disfrutado de mí, pero
Diana es la mujer que verdaderamente ha hecho
que me corra de puro placer.
Entregada a su exigente boca, cierro los ojos y
disfruto del momento. Cuando vuelvo a abrirlos,
veo a Natalie desnuda ante nosotros junto a otra
mujer. Ambas nos observan y, tan pronto como
Natalie ve que la miro, sonríe.
Extasiada por las cosas que me hace Diana, le
tiendo la mano sin saber por qué. Natalie me la da
y yo se la aprieto mientras me retuerzo gustosa.
Peter nos mira. Veo lascivia en su mirada y, con mi
otra mano libre, cojo uno de los preservativos que
hay sobre la cama y se lo entrego.
Mi amor no aparta los ojos de mí. Intenta leer
lo que le digo y, cuando me entiende, abre el
preservativo, se lo pone y, tras echar a Natalie a
un lado, agarra a la otra mujer, la sienta sobre sus
piernas y la empala con ferocidad.
De pronto soy consciente de lo que he
provocado, pero Peter no ha aceptado, y la dicha
por saberlo supera lo que Diana me hace mientras
me retuerzo de placer.
Cuando Diana se da por satisfecha y me suelta,
tras unos segundos en los que recupero el resuello,
me arrodillo en la cama, me abrazo a la espalda de
mi amor y comienzo a besarle el cuello mientras
sus caderas se clavan en la otra mujer.
Peter se estremece al sentirme. Mi contacto le
gusta tanto como lo que he provocado.
Oigo sus jadeos, los de Natalie, que está al
lado con otro hombre, y al enredar las manos en el
pelo de mi marido observo cómo Peter embiste a la
desconocida con fuerza.
Encantada con lo que veo, beso el ancho cuello
de mi amor. Entonces siento que Dennis, que está
detrás de mí, entra en el juego y, al notar que no lo
rechazo, murmura poniéndome el vello de punta:
—Tu cuerpo es samba.
Me excita su voz melosa y calentita. Uf..., qué
morbo tiene Dennis.
Acto seguido, con agua y una toalla limpia, me
lava para él. El frescor me encanta, cuando me
besa las costillas, el trasero, pasea sus suaves y
grandes manos por mi cuerpo desnudo, mientras yo
a través de mis oscuras pestañas observo lo que
hace Peter , lo que hace mi amor.
Así estamos varios minutos hasta que mi rubio
echa hacia atrás la cabeza en busca de mi boca y
lo beso. Lo devoro mientras soy consciente de que
Natalie nos observa.
—Te quiero —murmuro entre beso y beso.
Peter tiembla. Yo tiemblo con él. No puedo
quererlo más.
Dennis, al sentirme vibrar y notar la excesiva
humedad que tengo entre las piernas, me agarra
por la cintura y, tras ponerse un preservativo, sin
alejarme un ápice de mi amor, se introduce en mí y
murmura en portugués al percibir la oscilación de
mis caderas:
—Eu gosto do seo corpo.
Oírlo hablar en su lengua me excita más, y al
entender que le gusta mi cuerpo, muevo las
caderas y percibo cómo Dennis tiembla de lujuria.
Placer por placer.
Aquello que siento, que todos los presentes
sentimos, me hace cerrar los ojos y jadear como
una posesa. Dennis me mueve a su antojo y yo
permito que lo haga, mientras mis pechos se
restriegan por la espalda de Peter haciéndole saber
que yo también disfruto con lo que ocurre.
Abro los ojos y, desde mi posición, observo
que Ginebra, mientras está con el otro hombre,
toca con una mano el hombro de Peter y tiene la
boca cerca, demasiado cerca de la suya. Eso me
hace estar alerta.
Durante varios minutos, el placer se apodera
de todos los que estamos en la morbosa
habitación. Oigo los gemidos intensos de todo el
mundo y, por supuesto, los de Dennis y los míos,
que suben y suben y suben, pero mi concentración
se encuentra en otra cosa. En Peter.
Todos estamos allí porque queremos.
Todos estamos allí porque lo deseamos, hasta
que de nuevo veo que Natalie se halla demasiado
cerca de la boca de mi amor. Soy consciente de
cómo ella le toca el mentón, y entonces alargo la
mano y, separándola de él, murmuro:
—Su boca es sólo mía.
—Es sólo tuya, pequeña..., sólo tuya —jadea
Peter para que yo lo oiga.
Oír su voz en un momento así me vuelve loca.
Dennis se hunde totalmente en mí y, segundos
después, llegamos juntos al clímax mientras Peter y
Natalie, con sus respectivas parejas, tienen
convulsiones y se contraen de placer.
Esa noche, cuando llegamos a casa y nos
duchamos, al meternos en la cama, miro a Peter y le
pregunto:
—¿Habrías besado a Natalie si yo no llego a
prohibirlo?
Él me mira. Sabe de lo que hablo y, negando
con la cabeza, musita un escueto:
—No.
Pero, no contenta con la respuesta, insisto:
—¿Te habría gustado hacerlo con ella?
—La ...
—Responde —ataco.
Peter clava entonces sus ojazos en mí.
—Me lo permitiste y yo lo rechacé —contesta
—; ¿a qué viene esa pregunta ahora?
Asiento. No puedo reprochar algo que yo he
provocado, aunque él no lo aceptó.
—Peter —murmuro—, sólo quería demostrarte
que confío en ti, y si me mientes yo...
Rápidamente, mi amor se mueve, se sienta en
la cama y, cogiendo mi cara entre las manos, dice:
—No sé de lo que hablas, ni por qué habría de
mentirte yo, cariño. He rechazado algo que tú
misma me ofrecías. ¿Qué te ocurre ahora?
Sin saber aún por qué hice lo que hice,
pregunto:
—¿Por qué la rechazaste?
Peter maldice y responde mirándome:
—Te lo he dicho: no quiero nada con ella, Lali.
¡Nada!
—Entonces ¿por qué no la separaste de tu
boca?—
No lo sé, La. Quizá fuera porque estaba al
límite. Tú misma viste que, nada más decir lo que
dijiste, llegué al clímax con la otra mujer. Pero,
cariño, mi boca es sólo tuya, como la tuya es sólo
mía. No dudes de mí, por favor.
Sin ganas de seguir hablando, asiento, le doy
un beso en los labios y me recuesto sobre él.
Segundos después, Peter apaga la luz. A diferencia
de otras veces, esta vez no bromeamos sobre lo
ocurrido, y eso, aunque Peter no lo quiera ver, me
da que pensar.
Peter se ajusta la corbata ante el espejo de
nuestra habitación y yo protesto desde la cama:
—Venga, va, Peter, el año pasado no fui a la
Feria de Jerez.
Él me observa a través del espejo con su gesto
serio y responde:
—Porque tú no quisiste, pequeña..., porque tú
no quisiste.
Valeeeee... Tiene razón. Él tenía un viaje a la
República Checa y preferí acompañarlo.
Sigue anudándose el nudo de la corbata cuando
añade:
—Cariño, ve tú a la feria y dale el gusto a tu
padre. Yo estoy muy ocupado. Sabes que voy a
tope de trabajo y...
—¿Por qué no delegas parte de tus tareas a
alguno de los directivos?
—La..., no comiences —murmura.
—Pero vamos a ver... —protesto
levantándome—. Antes delegabas una gran parte
del trabajo en ellos y podíamos estar más tiempo
juntos. ¿De qué sirve el dinero si no lo podemos
disfrutar?
El gesto de mi alemán se descompone, ¡faltaría
más! Ya estoy diciendo algo que lo incomoda y, sin
responder a lo que le he preguntado, replica:
—Mira, La, es mi empresa, tengo que
atenderla, y no puedo perder el tiempo en ir de
fiestecita a Jerez, ¡entiéndelo!
Eso me subleva. Por supuesto que Peter me
anima a que vaya a la Feria de Jerez, pero yo
quiero que me acompañe. Poder caminar del brazo
de mi espectacular marido, pasar tiempo con él y
hacerle saber a todo el mundo lo asquerosamente
feliz que soy. Si voy sola, comenzarán las
habladurías, y no me apetece que le pongan la
cabeza como un bombo a mi padre.
Pero ya me ha quedado claro que Peter no está
por la labor y, como no quiero discutir con él,
cuando comienza a sonar en nuestro equipo de
música la canción Me muero[5] de La Quinta
Estación, miro a mi chicarrón, me levanto, me
planto ante él y digo:
—Vamos. Baila conmigo.
Peter me mira, sigue con el ceño arrugado y
protesta.
—La, tengo prisa.
No desisto y, mientras mentalmente tarareo eso
de «me muero por besarte, dormirme en tu boca»,
[6] insisto:
—Vamos, Iceman, baila conmigo.
Pero nada, ¡ni Iceman ni leches! Al parecer,
hoy no es el día, y Peter vuelve a fulminarme
mientras protesta:
—Lali. Te he dicho que tengo prisa y no estoy
para tonterías.
Oír eso me molesta. ¿Por qué es incapaz de ver
mi detalle? ¿Por qué no se muere por bailar
conmigo?
—Pues vale —murmuro sentándome de nuevo
en la cama—. Tú te lo pierdes.
Durante unos segundos permanecemos los dos
callados mientras contemplo cómo mi amor se
pone la chaqueta. Dios, qué increíble está vestido
con traje.
Al ver que me observa a través del cristal para
comprobar si estoy enfadada por el desplante que
acaba de hacerme con el bailecito, digo dispuesta
a seguir con el tema de Jerez:
—Oye, Peter, yo te acompaño todos los años sí
o sí a la Oktoberfest y...
—Lali, ¡no es lo mismo!
Oírlo decir eso me hace reír, pero de maldad,
y achinando los ojos siseo:
—¿Cómo que no es lo mismo?
—Cariño, la Oktoberfest se celebra en Múnich
y no tengo que dejar nada de lado, pero para ir a
Jerez, he de aparcar las obligaciones y viajar a
otro país; ¿acaso eres incapaz de entender lo que
digo? No. No soy incapaz de entender lo que dice, lo
que me da rabia es que Iceman sea incapaz de
ponerse en mi lugar.
—Sólo quiero que entiendas que para mí
también es importante asistir a la feria de mi tierra
cogida de tu brazo para que a mi padre no le
pongan la cabeza como un bombo con los cotilleos
—replico—. Sólo eso.
Peter no contesta. Su gesto ceñudo lo dice todo
y, al final, decido callar o, sin duda, vamos a tener
una buena. Me siento rumbosa, y más tras el
desplante que me ha hecho con el puñetero baile.
Diez minutos después, ya en la cocina, como
no he dicho nada, mi alemán se acerca a mí, sabe
que lo ha hecho mal, y me abraza.
—Intentaré buscar días libres para ir a Jerez
—murmura—, pero no te prometo nada, ¿de
acuerdo, pequeña?
Que haga eso, que al menos lo piense, ya es un
triunfo, y afirmo:
—De acuerdo.
Peter me besa y, cuando separa sus labios de mí
con una maliciosa sonrisa, murmura sin que nadie
nos oiga:
—¿De verdad que mi disfraz para esta noche
es de policía?
Asiento. Olvido nuestro enfado y murmuro
sonriendo:
—Espero que me detengas.
Peter sonríe a su vez, mueve la cabeza y
pregunta curioso:
—Y el tuyo ¿de qué es?
Yo lo miro de esa manera que sé que le gusta y
lo enloquece, clavo mis pupilas en las suyas y
cuchicheo:
—Eso es sorpresa.
Cuando mi alemán se va a trabajar, lo observo
alejarse en el coche desde la ventana. Sé que me
quiere, sé que daría la vida por mí, pero ahora,
entre los niños y la empresa, me falta tiempo para
estar con él, y me siento algo abandonada. ¡Vaya
mierda!
Como puedo, paso el día. Me aburro como una
ostra. Amo a mis hijos, pero necesito hacer algo
más que cuidarlos, y cada día lo tengo más y más
claro.
Por la tarde, Rocio viene a casa para dejar a
Sami y, tras despedirnos de los niños, que se
quedan en casa con Simona, Norbert y Pipa, nos
vamos a casa de Rocio, donde Pablo y Peter nos
esperan ya vestidos, el primero de bombero y el
segundo de policía. Al verlos, no podemos parar
de reír.
Nos ponemos nuestros disfraces de ángel y
demonio, que son de zorrones total, y, cuando
salimos con ellos, los chicos silban. Están
encantados con lo que ven.
Peter me mira y susurra:
—Eres el angelito más tentador y precioso que
he visto en mi vida.
Sonrío. No lo puedo remediar.
Una vez nos ponemos los abrigos por encima,
para no escandalizar a nadie por nuestras pintas,
los cuatro nos montamos en el vehículo de Pablo y
nos dirigimos al Sensations.
Como era de esperar, la fiesta es divertida. Ver
los disfraces que la gente lleva me hace sonreír.
—Hola —oigo que dice alguien de pronto.
Al volverme veo a Félix vestido de
mosquetero. Divertidos, nos saludamos, Peter le
presenta a Pablo y a Rocio y, cuando terminan,
pregunto:
—¿Y Natalie ?
Félix sonríe y, tras pedir al camarero una
botella de champán, dice:
—La he dejado en el reservado número cinco
entretenida mientras yo venía a por champán. —
Luego se acerca y murmura—: Le he pedido a mi
mujer que deje bien satisfechos a tres amigos.
Asiento. Peter asiente también y, cuando aquél
se va, mi amor musita:
—Veo que siguen en su línea.
Su comentario me sorprende. Si hay alguien
permisivo en el sexo, ése es mi chico. Lo miro y
pregunto:
—¿Por qué dices eso?
Él me mira, pasa el dedo por mi barbilla y,
acercándose a mí, susurra:
—Porque te valoro y porque nunca te utilizaría
como moneda de cambio ni te dejaría sola con
otros hombres y sus exigencias. En nuestra
relación mandamos los dos, y juntos iremos a
todos lados.
Me besa. Lo beso. Adoro sus besos cargados
de amor.
Cinco minutos después, cuando Peter habla con
Pablo, Rocio se acerca y, señalando con el dedo,
pregunta de forma disimulada:
—Y ese cachitas guaperas que mueve las
caderas como Ricky Martin y va vestido de
vaquero ¿quién es?
Con disimulo, dirijo la vista a donde Rocio
indica en el momento en que el cachitas guaperas
me mira. Sonrío. Él sonríe y se acerca a nosotras.
—Hola, Dennis —lo saludo. Luego miro a mi
amiga y añado—: Rocio, te presento a Dennis.
En décimas de segundo, Peter y Pablo están a
nuestro lado. ¡Vaya dos! Con caballerosidad,
Dennis los saluda, después coge la mano de Rocio,
la besa y murmura con su particular acento:
—Obrigado.
—No me digas que eres brasileño... —oigo
que dice Rocio en alemán.
Él asiente y, sin saber por qué, yo salto:
—Bossa nova, samba, capoeira...
Y entonces, me paro.
¿Qué hago yo haciendo lo que la gente siempre
hace conmigo con eso de «Olé, torero, paella...»?
¿Acaso soy imbécil?
Peter me mira divertido. Me lee en la cara lo
que pienso y murmura juguetón en mi oído:
—Cariño, te ha faltado decir caipiriña.
Durante varios minutos, los cinco hablamos y
nos reímos. Dennis, además de estar como un tren,
en el que veo que muchas quieren montar, parece
una buena persona y, cuando poco después se aleja
de la mano de unas rubias, mi amor me besa en la
sien y pregunta:
—¿Quieres beber algo?
—Una coca-cola.
—¿Sola o con vodka?
Lo pienso. La noche es joven, y respondo:
—Mejor sola.
Cuando mi chico y Pablo se marchan a por las
bebidas, Rocio, que mira a la derecha, cuchichea:
—Joder..., pues sí que es madurito el marido
de Natalie.
—Treinta años más que ella —le explico—.
Tendrá unos setenta.
A continuación, me levanto del taburete.
—Ven, acompáñame —digo y, al ver que
nuestros maridos nos miran, hago una seña y les
aclaro—: Vamos al baño.
Peter y Pablo asienten y, cuando desaparecemos
tras la cortina y no me dirijo al lavabo, Rocio
pregunta:
—¿Adónde vamos?
—Quiero ver algo —afirmo sin soltarla
mientras seguimos a Félix.
En cuanto llego al reservado número cinco y
voy a abrir la cortina, Rocio me detiene.
—¿Qué haces? —pregunta.
—Sólo quiero ver y no pone «Stop». Por tanto,
se puede mirar.
Rocio sonríe, asiente, y con curiosidad abrimos
la cortina tranquilamente para observar.
En la habitación, Natalie está atada a una silla
de una manera que me deja sin palabras.
Su espalda descansa en el asiento, su cabeza
cuelga hacia el suelo y sus piernas están sujetas a
lo alto del respaldo. Un hombre que se agarra a la
silla con fuerza se introduce en ella una y otra vez
mientras ella jadea y grita de placer.
roy yo observamos cuando de pronto el tipo
da un último alarido y se retira de ella. Instantes
después, otro hombre se arrodilla ante Natalie y,
con una facilidad que me deja sin palabras, le
introduce la mano en la vagina ante los gritos de
locura de ella.
—¿Disfrutas, mi amor? —oigo que pregunta
Félix.
—¡Sí..., sí...! —grita Natalie.
Sin descanso, el hombre saca y mete la mano
en el interior de la vagina de ella.
—Joder..., no me va nada el fisting —murmura
Rocio .—
A mí tampoco —susurro sin respiración.
En ese instante, Félix se agacha, le da de beber
de su copa de champán a Natalie y dice:
—Así me gusta, zorrita. Estos amigos quieren
cobrar lo que les prometí.
Ella sonríe. Félix acerca su boca a la de ella
mientras otro hombre le coloca unas pinzas en los
pezones y entonces Natalie grita, pero sé que grita
de placer.
Los hombres ríen al oírla. Félix se levanta de
donde está, se acerca al pene de otro y, tras
recorrerlo con la lengua, le echa sobre éste el
resto del champán de su copa.
—Métesela en la boca hasta el fondo —dice.
Acto seguido, el hombre coge la cabeza de
Natalie y, con exigencia, lo hace. Eso me vuelve a
incomodar, aunque sé que a ella le gusta. Ese tipo
de sexo no me va. Ver cómo aquel tipo obliga a
Natalie mientras el otro juguetea con la mano en
el interior de su vagina me deja sin palabras.
Entonces, Rocio tira de mí y dice:
—Regresemos con los chicos.
Asiento. Con lo que he visto, es suficiente, y
ahora entiendo por qué Natalie me dijo que a Peter
no le iba eso. Sin lugar a dudas, no le va, ni a mí
tampoco.
Sin más, regresamos junto a nuestros maridos,
que nos entregan las bebidas, y yo me siento en un
taburete.
En ese instante se acercan a nosotros Diana y
Olaf. Durante un rato charlamos hasta que me fijo
en que al fondo de la sala está Dennis con las
rubias. El brasileño nos mira, nos observa, y Peter,
que se da cuenta como yo, pega la boca a mi oído
y, moviendo el taburete, dice:
—Angelito..., separa los muslos para el
vaquero.
Extasiada por el morbo que me provoca
siempre esa acción, hago lo que me pide y lo que
me excita, mientras observo cómo Dennis nos
sigue mirando. Ese tipo de cosas son las que me
van y le van a mi chico.
Sin duda, mis piernas abiertas le ofrecen a
Dennis una visión bastante interesante de mí. Peter,
que lo sabe, que me conoce y que disfruta como yo
del momento, introduce un dedo en su whisky, lo
moja y, después, con complicidad, excitación y
alevosía, lo pasa por mi boca, por mis labios. Sin
apartar sus ojos de los míos, siento cómo su dedo
baja por mi barbilla, por mi cuello, mis pechos, mi
ombligo. Me besa mientras su dedo baja..., baja...
y baja, hasta que lo siento llegar al centro de mi
húmedo y latente deseo.
Uf..., ¡qué calor!
Mis labios vaginales se abren solos, mientras
Peter tiene los ojos clavados en mis pupilas y,
cuando su dedo toca mi ya hinchado clítoris, yo
jadeo, cierro los ojos por puro placer y oigo que
dice:—
Mírame, cariño..., mírame.
Obedezco. Sé lo mucho que le excita a Peter
que lo mire en esos instantes y, con una mirada
totalmente perversa, vuelvo a jadear. Él sonríe, me
besa el cuello y murmura:
—Tu mirada me hace saber que ya estás
preparada para jugar.
Asiento. Éste es el sexo que me gusta y, sin
cerrar las piernas, beso a mi amor. Lo deseo.
Deseo jugar con locura. Así estamos unos instantes
hasta que nuestras bocas se separan y Dennis, que
ya se ha deshecho de las rubias, como buen
jugador, en pocos segundos está a nuestro lado.
Peter lo mira, no hacen falta palabras, y segundos
después la mano de Dennis se posiciona en la cara
interna de mis muslos mientras susurra:
—Me apasiona que no lleves bragas.
Peter sonríe, y yo también.
Entonces Diana, que ha visto la jugada y va
vestida de troglodita, dice:
—Lali , reserva el primer baile para mí.
Eso me hace sonreír. Me está pidiendo ser la
primera en tomar mi cuerpo cuando Pablo, que está
junto a Rocio y Olaf, pregunta en tono morboso:
—¿Quién se viene a la sala del fondo?
Todos lo acompañamos. Todos tenemos ganas
de pasarlo bien.
La sala es grande, y hay más gente además de
nosotros. Distintas camas están ocupadas por
hombres y mujeres practicando sexo y, nada más
entrar, Pablo se lleva a Rocio a una libre y allí
comienzan su juego con Olaf. Todos los
observamos hasta que Diana, que es una loba
deseosa de sexo, se coloca junto a Peter y dice:
—¿Qué tal si comienzo yo con el angelito?
Él me mira, sonríe y, cuando ve mi gesto de
aprobación, asiente:
—Toda tuya.
Diana me da la mano y me lleva a otra cama
libre. Sin que me diga nada, sé lo que quiere ella,
lo que excita a mi amor y lo que yo deseo. Por eso,
me tumbo sobre el colchón. Mi corto vestido de
angelito se sube solo, dejando al descubierto mi
ausencia de bragas y mi bien depilado pubis.
Peter, Diana y Dennis me observan. Veo sus
miradas. Todos están deseosos de comerme, de
disfrutarme, de saborearme, y entonces Peter se
acerca a mí y, cogiéndome las manos, me las lleva
hasta los barrotes de la cabecera.
—Agárrate a ellos y no te sueltes por nada del
mundo —me dice.
Lo hago. Peter me besa, pasea las manos con
propiedad por mi cuerpo y pregunta:
—¿Estás caliente, mi amor?
Al oírlo, me estremezco y asiento.
—Sabes que sí —murmuro.
Mi marido me toca las piernas. Tiemblo. Con
seguridad, me separa los muslos dejando mi
vagina húmeda al descubierto y, pasando un dedo
por ella, musita mientras la abre:
—Adoro tu humedad.
Instantes después, la boca de Diana chupa con
deleite lo que Peter le ofrece. Su ansiedad no le ha
permitido esperar un segundo más. Noto cómo da
toques con la lengua sobre mi clítoris, y observo
que Peter y Dennis se sientan cada uno a un lado de
la cama.
—Eso es, mi amor, abre las piernas para
Diana.
Sin dudarlo, lo hago. Dios, ¡qué placer más
inconfesable!
Gustosa por lo que ella me hace, jadeo y me
retuerzo agarrada a los barrotes de la cabecera
mientras Peter y Dennis nos observan con ardor.
Cuando el placer y la lujuria toman mi cuerpo,
soy un juguete en manos de cualquiera, y Diana
sabe muy bien cómo manejarme a su antojo desde
la primera vez que me poseyó.
Sin descanso, chupa, lame, introduce los dedos
en mí y me masturba mientras juega con mi
clítoris, al tiempo que Peter y Dennis me bajan el
vestido para sacar mis pechos. Cada uno se
adueña de uno y los saborean a su manera mientras
yo pierdo la noción del tiempo y me entrego
dócilmente a ellos tres.
No sé cuánto rato estamos así; sólo sé que,
cuando vuelvo a ser consciente, estoy de rodillas
sobre la cama del todo desnuda, mientras Diana
me sujeta las caderas con una mano y con la otra
me masturba de forma rítmica al tiempo que se oye
el chapoteo de sus dedos en el interior de mi
vagina.
Peter y Dennis nos observan con sus duros
penes erectos preparados para mí, cuando ella
murmura cerca de mi boca:
—Eso es, angelito..., muévete... Eso es..., eso
es.
Loca..., loca de deseo, hago lo que Diana me
pide. Me muevo mientras siento cómo todo mi
cuerpo arde a punto de explotar y oigo los gemidos
placenteros de todos los presentes. Diana, como
mujer experimentada en dar placer, me hace gritar,
moverme, cabalgar sobre su mano húmeda de mis
fluidos, mientras yo observo a Peter.
Su gesto. Su mirada me vuelve más loca
todavía, hasta que me arqueo, el placer toma todo
mi cuerpo y, con un último gemido, les hago saber
que he llegado al clímax.
Pero Peter y Dennis están deseosos de sexo y,
cuando Diana se retira de mí, Dennis la agarra, la
pone a cuatro patas y la penetra. Diana grita de
placer en el momento en que Peter, levantándome,
me da la vuelta, me pone en la misma posición que
ella, me agarra del pelo y susurra en mi oído:
—Me vuelves loco, morenita..., loco.
Y, deseoso de mí, me empala hasta el fondo y,
como un salvaje, me hace suya mientras yo jadeo y
le pido más y más y me dejo llevar por la pasión
del momento. Como un animal, mi amor, mi
marido, mi todo, me hace suya, y yo me acoplo a él
y lo hago mío. Es nuestro baile. Es nuestra manera
de ver el sexo. Es nuestro delirio.
Sin descanso, los cuatro jadeamos mientras el
ruido seco de nuestros cuerpos al chocar suena con
fuerza en la sala. Una..., dos..., tres..., veinte veces
entra y sale de mí mi alemán y, cuando sabe que ya
no aguanto un segundo más, se deja ir al mismo
tiempo que yo y juntos disfrutamos de aquel
morboso y mágico momento.
Acabado ese asalto, Diana, que es infatigable,
vuelve a abrirme de piernas mientras Peter se
sienta en la cama y susurra cuando Dennis la deja:
—Dame tu jugo..., dame tu jugo.
Peter y Dennis nos observan. Diana, la
insaciable, no se cansa de saborearme, y yo
permito que lo haga en cuanto Peter se acerca a mí,
me besa en los labios y pregunta:
—¿Todo bien, pequeña?
Asiento..., asiento y jadeo entregada al placer
como sé que a él le gusta.
Ninguna mujer me saborea como Diana. Otras
me han tomado. Otras han disfrutado de mí, pero
Diana es la mujer que verdaderamente ha hecho
que me corra de puro placer.
Entregada a su exigente boca, cierro los ojos y
disfruto del momento. Cuando vuelvo a abrirlos,
veo a Natalie desnuda ante nosotros junto a otra
mujer. Ambas nos observan y, tan pronto como
Natalie ve que la miro, sonríe.
Extasiada por las cosas que me hace Diana, le
tiendo la mano sin saber por qué. Natalie me la da
y yo se la aprieto mientras me retuerzo gustosa.
Peter nos mira. Veo lascivia en su mirada y, con mi
otra mano libre, cojo uno de los preservativos que
hay sobre la cama y se lo entrego.
Mi amor no aparta los ojos de mí. Intenta leer
lo que le digo y, cuando me entiende, abre el
preservativo, se lo pone y, tras echar a Natalie a
un lado, agarra a la otra mujer, la sienta sobre sus
piernas y la empala con ferocidad.
De pronto soy consciente de lo que he
provocado, pero Peter no ha aceptado, y la dicha
por saberlo supera lo que Diana me hace mientras
me retuerzo de placer.
Cuando Diana se da por satisfecha y me suelta,
tras unos segundos en los que recupero el resuello,
me arrodillo en la cama, me abrazo a la espalda de
mi amor y comienzo a besarle el cuello mientras
sus caderas se clavan en la otra mujer.
Peter se estremece al sentirme. Mi contacto le
gusta tanto como lo que he provocado.
Oigo sus jadeos, los de Natalie, que está al
lado con otro hombre, y al enredar las manos en el
pelo de mi marido observo cómo Peter embiste a la
desconocida con fuerza.
Encantada con lo que veo, beso el ancho cuello
de mi amor. Entonces siento que Dennis, que está
detrás de mí, entra en el juego y, al notar que no lo
rechazo, murmura poniéndome el vello de punta:
—Tu cuerpo es samba.
Me excita su voz melosa y calentita. Uf..., qué
morbo tiene Dennis.
Acto seguido, con agua y una toalla limpia, me
lava para él. El frescor me encanta, cuando me
besa las costillas, el trasero, pasea sus suaves y
grandes manos por mi cuerpo desnudo, mientras yo
a través de mis oscuras pestañas observo lo que
hace Peter , lo que hace mi amor.
Así estamos varios minutos hasta que mi rubio
echa hacia atrás la cabeza en busca de mi boca y
lo beso. Lo devoro mientras soy consciente de que
Natalie nos observa.
—Te quiero —murmuro entre beso y beso.
Peter tiembla. Yo tiemblo con él. No puedo
quererlo más.
Dennis, al sentirme vibrar y notar la excesiva
humedad que tengo entre las piernas, me agarra
por la cintura y, tras ponerse un preservativo, sin
alejarme un ápice de mi amor, se introduce en mí y
murmura en portugués al percibir la oscilación de
mis caderas:
—Eu gosto do seo corpo.
Oírlo hablar en su lengua me excita más, y al
entender que le gusta mi cuerpo, muevo las
caderas y percibo cómo Dennis tiembla de lujuria.
Placer por placer.
Aquello que siento, que todos los presentes
sentimos, me hace cerrar los ojos y jadear como
una posesa. Dennis me mueve a su antojo y yo
permito que lo haga, mientras mis pechos se
restriegan por la espalda de Peter haciéndole saber
que yo también disfruto con lo que ocurre.
Abro los ojos y, desde mi posición, observo
que Ginebra, mientras está con el otro hombre,
toca con una mano el hombro de Peter y tiene la
boca cerca, demasiado cerca de la suya. Eso me
hace estar alerta.
Durante varios minutos, el placer se apodera
de todos los que estamos en la morbosa
habitación. Oigo los gemidos intensos de todo el
mundo y, por supuesto, los de Dennis y los míos,
que suben y suben y suben, pero mi concentración
se encuentra en otra cosa. En Peter.
Todos estamos allí porque queremos.
Todos estamos allí porque lo deseamos, hasta
que de nuevo veo que Natalie se halla demasiado
cerca de la boca de mi amor. Soy consciente de
cómo ella le toca el mentón, y entonces alargo la
mano y, separándola de él, murmuro:
—Su boca es sólo mía.
—Es sólo tuya, pequeña..., sólo tuya —jadea
Peter para que yo lo oiga.
Oír su voz en un momento así me vuelve loca.
Dennis se hunde totalmente en mí y, segundos
después, llegamos juntos al clímax mientras Peter y
Natalie, con sus respectivas parejas, tienen
convulsiones y se contraen de placer.
Esa noche, cuando llegamos a casa y nos
duchamos, al meternos en la cama, miro a Peter y le
pregunto:
—¿Habrías besado a Natalie si yo no llego a
prohibirlo?
Él me mira. Sabe de lo que hablo y, negando
con la cabeza, musita un escueto:
—No.
Pero, no contenta con la respuesta, insisto:
—¿Te habría gustado hacerlo con ella?
—La ...
—Responde —ataco.
Peter clava entonces sus ojazos en mí.
—Me lo permitiste y yo lo rechacé —contesta
—; ¿a qué viene esa pregunta ahora?
Asiento. No puedo reprochar algo que yo he
provocado, aunque él no lo aceptó.
—Peter —murmuro—, sólo quería demostrarte
que confío en ti, y si me mientes yo...
Rápidamente, mi amor se mueve, se sienta en
la cama y, cogiendo mi cara entre las manos, dice:
—No sé de lo que hablas, ni por qué habría de
mentirte yo, cariño. He rechazado algo que tú
misma me ofrecías. ¿Qué te ocurre ahora?
Sin saber aún por qué hice lo que hice,
pregunto:
—¿Por qué la rechazaste?
Peter maldice y responde mirándome:
—Te lo he dicho: no quiero nada con ella, Lali.
¡Nada!
—Entonces ¿por qué no la separaste de tu
boca?—
No lo sé, La. Quizá fuera porque estaba al
límite. Tú misma viste que, nada más decir lo que
dijiste, llegué al clímax con la otra mujer. Pero,
cariño, mi boca es sólo tuya, como la tuya es sólo
mía. No dudes de mí, por favor.
Sin ganas de seguir hablando, asiento, le doy
un beso en los labios y me recuesto sobre él.
Segundos después, Peter apaga la luz. A diferencia
de otras veces, esta vez no bromeamos sobre lo
ocurrido, y eso, aunque Peter no lo quiera ver, me
da que pensar.
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