jueves, 15 de junio de 2017
Capítulo 11
El lunes, cuando me despierto, estoy histérica.
¡Voy a Müller!
Al fin algo diferente de dar papillas, limpiar
moquetes y cantar lo del tenedor y el tallarín.
¡Viva la vida laboral!
Una vez me ducho, miro mi armario y al final
opto por ponerme un bonito traje de chaqueta gris
con una camisa negra. El resultado me gusta
cuando me miro al espejo, me pongo unos zapatos
de tacón grises y ¡estoy preparada!
Tan pronto como bajo a la cocina, Peter y Flyn
están desayunando. Al entrar, Peter me mira y no
dice nada, pero Flyn, al verme de esa guisa, y no
con los vaqueros o la bata de andar por casa, me
observa sorprendido y pregunta:
—¿Adónde vas, mamá?
Saludo a Simona, que sale de la cocina con
dos vasos de leche para llevárselos a Pipa y,
mientras me lleno una taza de café, respondo:
—A la oficina con papá. Tengo una entrevista.
Peter no dice nada, sino que sigue mirando el
periódico. Entonces Flyn, que no me quita la vista
de encima, pregunta sorprendido:
—¿Vas a trabajar en Müller?
Me siento a su lado.
—Sí, cariño —contesto emocionada.
—¿Y por qué?
Doy un trago a mi café, observo que Peter me
mira por encima del periódico y digo:
—Porque soy una mujer a la que le gusta hacer
algo más que estar en casa todo el día y, si tengo la
suerte de conseguir un empleo, ¿por qué no
aceptarlo?
La boca de Flyn se abre como si hubiera dicho
algo terriblemente desagradable.
—¿Y quién va a cuidar de Peter y de Hannah?
—pregunta.
Resoplo. Otro con el que lidiar... Como puedo,
y sin alterarme, digo:
—Lo harán Pipa y Simona.
—¿Y quién me va a ayudar a hacer los
trabajos?
—Pues los tendrás que hacer tú, pero
tranquilo, tendré tiempo para ayudarte porque sólo
voy a trabajar a media jornada.
—Pero estarás cansada y los sábados por la
mañana no te apetecerá salir conmigo a saltar con
la moto.
No respondo: saltar con la moto siempre me
apetece.
—No veo bien que trabajes —insiste él.
Joder..., joder, qué difícil me lo está poniendo
el cabrito del niño. No voy a contestar. No voy a
entrar en su juego o terminaremos discutiendo
como hacemos últimamente. Pero Flyn es un
Lanzani y, cuando estoy dando un trago a mi
café, sentencia:
—No quiero que trabajes. Papá lo hace por
todos y se pasa media vida en la oficina. ¿Por qué
tienes que hacerlo tú?
Miro a Peter en busca de ayuda y veo que la
comisura de sus labios se curva. ¡Será capullo!
Anda que me echa una mano en la conversación...
—Flyn —empiezo a decir—, te aseguro que...
—Quiero que estés en casa como una madre —
insiste dando un manotazo en la mesa.
Bueno..., bueno..., bueno..., ¿en qué siglo se
está criando mi hijo?
Lo miro.
Él me mira con malicia.
Está siendo cruel conmigo. Al final, lo llamo
«chino», y discutimos mostrando ambos la misma
crueldad, por lo que murmuro para reivindicar mis
derechos:
—Flyn, las mujeres decidimos lo que
queremos hacer en esta vida, y te aseguro que me
vas a tener para todo lo que necesites. Sin
embargo, no me parece bien que pienses como un
viejo del siglo pasado al respecto de que las
madres tienen que estar en casa.
—Es lo que pienso.
—Pues está muy mal pensado —sentencio—.
Yo no te estoy educando para que pienses así. Las
mujeres y los hombres somos seres independientes
y con las mismas oportunidades, y aunque vivamos
en pareja deb...
—No quiero que trabajes. Tú no.
—¡Flyn, basta! —exclama Peter y, dejando el
periódico que tiene en las manos, añade—: Lali es
mayorcita para saber lo que quiere hacer o no. Se
acabó el pensar sólo en lo que tú quieres. Aplícate
en aprobar, ¡eso es lo que tienes que hacer! Y
olvídate de la moto y del resto de las cosas.
El niño resopla, nos mira y se calla.
Al final, terminamos los tres desayunando en
silencio.
¡Qué buen comienzo de día!
Veinte minutos después, le indicamos a
Norbert que no hace falta que lleve a Flyn:
nosotros lo dejaremos de camino a la oficina.
El silencio vuelve a estar presente en el coche,
y decido poner música. Busco los CD que lleva
Peter en el vehículo y me decido por el último que
le regalé de Alejandro Sanz.
Cuando ve lo que cojo, mi marido me mira y
dice:—
Me gusta mucho esa canción que dice
aquello de «A que no me dejas».[10]
Me río. Sé a qué canción se refiere, pero
cuando voy a meter el CD, recuerdo que Flyn
viene con nosotros e, intentando hacerle una
gracia, busco el disco que Peter lleva de los
Imagine Dragons, su grupo preferido, y lo pongo.
Cuando comienza a sonar Demons,[11] busco
su mirada cómplice, pero él me ignora. ¡Vaya telita
con el jodido coreano alemán!
Al llegar al instituto, Flyn sigue sin hablar.
Está enfadado.
Intento comprender su frustración, pero por una
vez quiero y necesito que él me entienda a mí.
Cuando me voy a dar la vuelta para sonreírle y
desearle buen día, él abre la puerta del coche, se
baja y, sin mirarme, la cierra.
Eso me rompe el corazón. Quiero a Flyn, costó
mucho que me aceptara y no quiero que me
rechace.
Me entristezco. Miro a mi niño, que ya es un
espigado adolescente más alto que yo, a través del
cristal del vehículo y no hago intento de salir.
¿Para qué? Si lo hago, sé que lo avergonzaré ante
sus amigos. Consciente de lo que siento, Peter
musita:
—Lali, es un adolescente. Dale tiempo.
—Le daré todo el tiempo que él quiera —digo
intentando sonreír.
Con una cariñosa mirada, Peter sonríe y arranca
el coche mientras yo observo que Flyn se dirige
hacia un grupo de chicos y chicas que no conozco.
¿Ya no va con su amigo Josh? Su gesto cambia, sus
andares también y, cuando vamos a doblar la
esquina, sin saber por qué grito:
—¡Para!
Peter da un frenazo.
—Aparca... —le exijo—, corre, aparca.
Él lleva el vehículo hasta la acera y,
rápidamente, abro la puerta y salgo. Peter lo hace
también y, en cuanto llega a mi lado, pregunta
preocupado:
—¿Qué ocurre? ¿Qué pasa?
Al ver su gesto me doy cuenta del susto que le
he dado.
—Ay, cariño, perdona —murmuro mirándolo
—. Es que quería saber si Elke, la nueva novia de
Flyn, estaba en ese grupito.
Peter maldice. Sin duda, le he dado un buen
susto, cuando de pronto lo veo fruncir el entrecejo
y preguntar mientras señala:
—¿Es ésa?
Miro y me quedo sin palabras.
Flyn, mi niño, mi gruñoncete, se acerca a una
muchacha rubia con más pecho que yo, vestida con
un cortísimo vestido vaquero. La agarra, tira de
ella hacia él y la besa en la boca.
Pero... ¡pero buenooooooooo!
¿Qué guarrerías hace mi niño, y cuántos años
tiene esa muchacha?
El beso se prolonga, se prolonga y se prolonga
cuando la mano de Flyn se posa en el trasero de
ella y se lo aprieta. Entonces oigo que Peter
murmura divertido:
—Ése es mi machote.
Escandalizada por lo que acabo de ver, miro a
mi marido —¡se me va a salir el corazón del
pecho!— y pregunto asombrada:
—Pero ¿cuántos años tiene Elke? —Peter se
encoge de hombros y, cuando va a responder, digo
—: Por lo menos tiene dos más que Flyn.
—Le gustarán mayorcitas —se mofa el cabrito.
Su sonrisa me enerva. Por mucho cuerpo que
tenga, Flyn es un crío y, cuando observo que
vuelve a besar a aquella rubia de largas piernas y
grandes tetorras, gruño:
—Por Dios, ¿tú sabes la de enfermedades que
puede coger besando así?
Peter suelta una carcajada. Me coge de la mano,
me lleva hasta el coche y me sostiene la puerta
abierta.
—Venga, ¡vámonos! —dice.
—Me gustaba más Dakota —gruño sin
moverme.
Mi amor sonríe e insiste:
—Mamá pollo, haz el favor de entrar en el
coche de una vez.
Por última vez, miro a Flyn y compruebo que
sigue besando a la rubia; ¡la madre que lo trajo!
Subo al coche, cierro la puerta y, cuando Peter
entra y se sienta a mi lado, pregunta con gesto
guasón:
—Pero, cariño, ¿por qué pones esa cara?
—Joder,Peter , ¡¿tú has visto lo mismo que yo?!
—Flyn es un adolescente y comienza a
descubrir el placer de besar y tocar a una chica. —
Se ríe y añade—: Y, por lo que veo, ¡no tiene mal
gusto en asunto de mujeres!
¿Le digo «¡Gilipollas!» o no se lo digo?
No..., definitivamente no voy a decir nada. Es
lo mejor.
Pero, todavía confusa por lo que he visto,
reprocho:
—¡Ya estás hablando con él urgentemente de la
necesidad de las relaciones con gomita para evitar
futuros problemas y enfermedades, ¿entendido?!
Peter suelta una carcajada. Se ríe en mi cara y,
cuando acerca su boca a la mía, murmura:
—Eres maravillosa, cariño..., tremendamente
maravillosa.
Tras un rápido beso, mi amor arranca el
vehículo, cambia el CD de música y suena mi
Alejandro mientras yo no salgo de mi asombro por
lo que acabo de ver.
Media hora después, llegamos a la oficina y
dejamos el coche en el parking de la empresa. A
partir de ese instante, Peter instala en su rostro la
mirada de jefe y hombre frío que conocí en su
momento y, cuando me coge la mano para ir hacia
el ascensor, yo la aparto y cuchicheo:
—Seamos profesionales, cariño.
Eso lo sorprende y, parándose, replica
mientras frunce más el ceño:
—¿Me estás diciendo que no voy a poder
coger la mano de mi mujer?
Lo miro boquiabierta.
—Peter, estamos en la oficina; ¿pretendes
cogerme de la mano cada vez que me veas?
—No —responde él con sinceridad.
—Pues, entonces, entiende lo que digo.
Y, dicho esto, sigo andando hacia el ascensor.
El sonido de mis tacones retumba en el solitario
parking cuando lo oigo decir:
—Me encanta cómo te queda este traje. Estás
muy sexi.
Sonrío al oír eso y, mirándolo, suspiro
consciente de que he engordado cinco kilos en el
último año.
—Lo que estoy es reventona, por eso el traje
me queda así.
Peter sonríe, me da un rápido cachete en el
trasero y murmura:
—A mí me gustas.
Aisss, ¡que me lo como..., que me lo como!
Con lo traumatizada que estoy yo por estos
puñeteros kilos, que me diga eso ¡me encanta!
Cuando el ascensor se abre, montamos en él y
Peter pulsa el botón de la sexta planta. Lo miro y
pregunto:
—¿No vas a tu despacho?
—Te acompañaré primero al despacho de
Mika.
Al oír eso, resoplo. Lo miro y siseo:
—Peter, ni se te ocurra acompañarme hasta el
despacho de Mika como si fueras mi padre porque
aquí sólo quiero ser Lali Esposito. Bastante tengo
ya con que todo el mundo sepa que soy tu mujer
como para que me vayas encima en plan
guardaespaldas. Seamos profesionales, ¡por favor!
—Y, tras coger aire, insisto—: Sé perfectamente
dónde está el despacho y no quiero que me
acompañes, ¿entendido?
Peter resopla a su vez. Lo que le acabo de decir
le toca la moral y, con gesto tosco, veo que aprieta
el botón de la planta décima, la de su despacho.
Enseguida me siento fatal por mi reprimenda, así
que me acerco a él.
—Cariño —murmuro—, entiende que...
—Señorita Esposito, por favor —replica
alejándose de mí—, recuerde que aquí soy el
señor Lanzani. —Y, mirándome, añade, el muy
gilipollas—: Seamos profesionales.
Oy..., oy..., oy..., las ganas que tengo de darle
un pellizco doloroso. Pero en lugar de eso asiento
y, en silencio, llegamos a mi planta. ¡Para chula,
yo!
Instantes después, las puertas se abren, y me
dispongo a salir del ascensor cuando la mano de
Peter me detiene.
—En cuanto acabe tu reunión con Mika, sube a
despedirte de mí; no te marches sin hacerlo —me
dice sin acercarse.
Dicho esto, me suelta, y las puertas del
ascensor se cierran privándome de mirar a mi
amor.
Cuando me quedo sola, me doy la vuelta, estiro
la chaqueta de mi traje y camino con seguridad
hacia el despacho de Mika. Al llegar, su
secretaria, que me conoce, se levanta rápidamente
y me dice:
—Señora Lanzani, Mika ha dado orden de
que entre en cuanto llegue.
Sonrío. Asiento y, cuando voy a entrar en el
despacho, me vuelvo y le pregunto a la chica:
—¿Cómo te llamas?
—Tania, señora Lanzani —murmura ella
con cara de susto.
Asiento. He de ser rápida o a la chica le dará
un infarto, por lo que sonrío y digo:
—Tania, mi nombre es Lali. Te agradecería
que me llamaras por ese nombre, puesto que
vamos a trabajar juntas y será incómodo que me
estés llamando todo el rato por el apellido de mi
marido, ¿de acuerdo?
La joven asiente. Yo creo que ya no recuerda
ni cómo me llamo de lo nerviosa que está.
Doy media vuelta, golpeo con los nudillos la
puerta de Mika y, cuando oigo su voz, entro.
Ni que decir tiene que Mika me cae genial.
Hemos coincidido en varias fiestas de la empresa,
es una tía divertida y da gusto estar con ella. Es
unos diez años mayor que yo, pero se la ve una
mujer actual, no sólo por su forma de vestir, sino
también por su manera de pensar.
Durante un rato hablamos y Mika me explica
que, en Müller, marketing está dividido por áreas:
investigación comercial, imagen, compras, ventas,
diseño e innovación y, por último, comunicación,
que es el área en la que yo voy a trabajar.
Luego me entrega unos papeles en los que se
indica que ambas nos encargamos de esa área, y
me emociono al ver que dentro de nuestro
cometido está desarrollar campañas de
comunicación, eventos, ferias, redes sociales,
etcétera.
Sonrío feliz. Me siento capacitada para todo
ello, y eso me proporciona un subidón del quince.
¡Peter me conoce muy bien!
Una vez sé el puesto que voy a ocupar,
pasamos al despacho que está junto al de Mika.
Ése será el mío, y lo miro con unos ojos como
platos. ¡Tengo despacho propio, y con ventana!
¡Olé y olé!
—Como ves —dice Mika—, Margerite está de
baja por un accidente doméstico y no regresará
hasta dentro de un par de meses.
—Vaya —murmuro.
—Lali, sobre la mesa hay una carta de
colores. Antes de marcharte hoy, por favor, dime
qué color prefieres para que te lo pinten, ¿de
acuerdo?
¿Van a pintar el despacho?
Mi cara debe de ser un poema, porque Mika
añade mirándome:
—Peter ha pedido que el tiempo que ocupes
este despacho esté todo a tu gusto.
—Vale —consigo decir emocionada.
Cuando regresamos al despacho de ella, le
suena el teléfono, lo coge y, una vez cuelga, me
mira.—
Tengo una reunión. Estoy organizando
distintas ferias y...
—¿Puedo asistir a esa reunión? —pregunto
directamente.
Mika asiente encantada.
—Por supuesto que sí —dice sonriendo—.
Dame unos segundos, que recojo lo que necesito.
Mientras espero a que ella recoja unos papeles
de la mesa, mi móvil vibra. Un mensaje de Peter .
¿Sigues con Mika?
Sonrío y me apresuro a responder:
Sí. Y ahora voy a entrar en una reunión con ella. ¡Estoy
ilusionada!
Una vez le doy a «Enviar», espero rápidamente
su contestación, pero por extraño que parezca no
la recibo. Guardo el móvil y maldigo al pensar
que, con seguridad, Peter aparecerá en esa reunión.
Cuando Mika lo tiene todo, camino a su lado
en dirección a la sala de reuniones, mientras
observo que quien me reconoce me mira con
curiosidad. Como puedo, sonrío. No quiero que
piensen que soy una tía borde y estirada.
Al entrar en la sala de reuniones, Mika me
presenta a los hombres que están allí como Lali Esposito, no como la señora Lanzani. Estoy por
darle mil besos por ese detallazo. Creo que ella lo
sabe y, sin más preámbulos, les explica que a
partir de ese instante ella y yo dirigiremos el
departamento de comunicación.
Una vez hechas las presentaciones, me entero
de que esos ejecutivos pertenecen a las
delegaciones de Müller en Suiza, Londres y
Francia y, sin más dilación, comienza la reunión, a
la que yo asisto calladita y atenta. Es lo mejor que
puedo hacer hasta que le coja el tino al asunto.
El tiempo pasa y mi móvil vibra después de
una hora.
¿Dónde estás?
Con disimulo, lo leo y comienzo a teclear:
Sigo en la reunión. Cuando acabe, te llamo.
Como no deseo que continúe interrumpiendo
mi atención, apago el móvil y me centro en lo que
va a ser mi nuevo trabajo.
Otra hora después, cuando la reunión termina,
decidimos subir todos a la cafetería, que está en la
planta novena. Al entrar, veo que algunos
trabajadores me miran; sin duda saben quién soy,
las noticias deben de haber volado por Müller, y
me pone mala ver cómo cuchichean.
Mika, que también se ha dado cuenta, se acerca
a mí y murmura:
—Tranquila. Muéstrate tal y como eres y
pronto te perderán el miedo.
Asiento. Sin duda, me va a tocar pasar por lo
mismo que me tocó aguantar en Madrid, cuando en
la oficina todo el mundo se enteró de que yo era la
novia del jefazo. La diferencia es que aquí ya no
soy su novia, sino ¡su mujer!
Cuando llegamos a la barra, pedimos unos
cafés. Paseo la mirada por la cafetería y entonces
veo entrar a una chica rubita con una cara preciosa
y un moñito encantador. La observo, se sienta lejos
de nosotros y veo que habla por teléfono, mientras
se toca con deleite un mechón de pelo que le cae
en la cara.
¡Qué mona!
La conversación que se traen los que están a
mi alrededor hace que deje de mirarla y me
incluya en ella, hasta que Harry, el inglés que ha
estado sentado a mi lado todo el tiempo, me
pregunta:
—¿Qué te ha parecido la reunión?
Sonrío, me toco la frente y respondo:
—Aunque estoy un poco descolocada, ha sido
interesante. Sólo espero ponerme al día
rápidamente en muchas cosas para estar a vuestra
altura.
Harry sonríe.
—Tranquila —dice—. No tengo la menor duda
de que lo harás muy bien.
—Gracias —murmuro agradecida por su
positividad.
De nuevo nos unimos a la conversación del
grupo cuando Teo, el francés, pregunta mirándome:
—¿Y cuándo te reincorporas totalmente,
Lali ?
Yo miro a Mika.
—Lali trabajará a media jornada durante dos
meses, mientras Margerite esté de baja —explica
ella.
Todos me miran por eso de la media jornada,
veo en sus expresiones que no entienden nada,
pero no voy a ser yo quien se lo explique. Me
niego.
La conversación se reanuda y me siento feliz.
Nadie habla de niños, nadie habla de papillas y,
sobre todo, ¡nadie canta el tallarín, ni llora!
Ahora que pienso en llorar, ¿cómo estarán mi
monstruita y mi Superman?
Rápidamente, me quito sus imágenes de la
cabeza, o me pondré ñoña, y me centro en la
conversación adulta que se desarrolla ante mí.
Minutos después, cuando alguien pregunta por mi
extraño acento y se enteran de que soy española,
espero lo de siempre pero, por increíble que
parezca, ninguno dice eso de «Olé..., toro...,
paella».
Aisss, madre, ¡no me lo puedo creer!
Por fin digo que soy española y nadie toca las
castañuelas con las manos.
Sonrío, y es tal mi sonrisa que Harry, el inglés,
se acerca a mí y pregunta:
—¿Por qué sonríes?
Sin poder evitar mi sonrisa, lo miro y
respondo:
—Porque hoy está siendo un día perfecto.
Ahora el que sonríe es él. Me mira y sugiere:
—¿Otro café?
Asiento. Lo pide y, cuando el camarero lo pone
ante nosotros y estoy echando el sobrecito de
azúcar, oigo que Harry dice al tiempo que señala
mi anillo:
—Por lo que veo, estás casada.
Con cariño, miro el dedo en el que
orgullosamente llevo el anillo que Peter me regaló
y que tanto significa para nosotros y digo:
—Sí.
Segundos después, los dos volvemos a mirar a
los demás, que hablan de trabajo. Así estamos
como veinte minutos cuando proponen que
vayamos a comer todos juntos. Sé que debería
regresar a casa, pero me apetece asistir a la
comida, por lo que decido llamar a Simona para
ver cómo están los niños.
Me separo un metro del grupo para hablar y
sonrío cuando ella me pone a mi Superman al
teléfono. Le hablo y me suelta un par de frases
divertidas. Tanto él como Hannah están bien, y
vuelvo a sonreír en el momento en que oigo los
lloriqueos de la niña de fondo. Mi monstruita está
perfectamente.
En cuanto cuelgo, me dispongo a llamar
también a Peter para informarlo de que me voy a
comer fuera, pero de pronto lo veo entrar por la
puerta de la cafetería. ¡Lo sabía! Ya se ha enterado
de que estoy allí y ha bajado a cotillear.
Mal empezamos si ya comienza con ese
control.
Con cautela, no se acerca a nosotros, pero sé
que me observa tras sus rubias pestañas.
No es tonto, y sabe que, como se le ocurra
acercarse, me voy a enfadar, por lo que se
mantiene alejado del grupo. Sin embargo, cuando
Mika lo ve, rápidamente lo saluda y Peter,
aprovechando la oportunidad, se une a nosotros.
Con su típica cara de «aquí mando yo», les
estrecha la mano a los demás, que lo saludan con
formalidad —¡es el jefazo!— y, sin perder un
segundo, se coloca a mi lado, me agarra de forma
posesiva por la cintura y dice:
—Veo que ya conocéis a mi preciosa y
encantadora mujer.
Los otros tres hombres me miran
boquiabiertos.
Yo sonrío..., sonrío..., sonrío ¡o abofeteo a Peter
por eso!
Pero ¿qué es eso de «preciosa y encantadora
mujer» en el trabajo?
Sólo le ha faltado levantar la pata y mearme
como un perro para marcar su territorio. ¡Será
gilipollas!
Harry me mira, yo lo miro y vuelvo a sonreír.
Por suerte, él hace lo mismo que yo.
Durante varios minutos todos hablan, mientras
yo escucho con una prefabricada sonrisa en los
labios, hasta que Peter , mirándose el reloj, me
mira, después se dirige a Mika y pregunta:
—¿Habéis terminado con la reunión?
Ambas asentimos.
—Sí, Peter —dice Mika—. Ahora estábamos
pensando en ir a comer todos juntos.
Sin mirarme, veo que mi alemán se apresura a
responder:
—Qué gran idea. Avisaré a mi secretaria para
que reserve en el restaurante de enfrente.
Los hombres y Mika aceptan encantados.
Comer con el jefazo es un lujo, pero yo creo que lo
mato..., creo que lo voy a matar.
¿Por qué se autoinvita a esa comida?
Sin soltarme, me observa y sonríe, y yo le
muestro con mi mirada lo que pienso. Peter me
conoce, sabe que lo que está haciendo no me está
gustando un pelo. Pero, sin cortarse, coge mi mano
y dice:
—Mika, adelantaos vosotros al restaurante.
Lali y yo iremos enseguida.
Ea..., ¡ya me ha separado del grupo!
Repito: ¡lo mato!
Camino a su lado hasta llegar al ascensor y,
cuando voy a decir algo, un empleado se para
junto a nosotros. Me callo.
En silencio, cogemos el ascensor junto a más
trabajadores, que me miran con curiosidad. Yo les
sonrío, no quiero que piensen que soy una estirada
por ser la señora Lanzani. En cuanto llegamos
a la planta décima, Peter, que todavía no ha abierto
la boca, tira de mi mano con delicadeza y
caminamos juntos hacia su despacho.
Al pasar veo a varias mujeres que me
observan con atención, y les sonrío.
¡Sonrío a todo bicho viviente!
Llegamos ante la puerta de su despacho, y me
sorprendo al ver a la chica rubia de carita
preciosa y moñito gracioso en la cabeza sentada en
la silla donde suele estar Dafne, la secretaria de
Peter. Nuestras miradas se encuentran cuando mi
marido dice con voz de ordeno y mando:
—Gerda, llama al restaurante de Floy y diles
que reserven una mesa para seis ¡ya!
La joven asiente, deja de mirarme, coge
rápidamente el teléfono y comienza a marcar
mientras Peter y yo entramos en el despacho.
Una vez nos quedamos solos y él cierra la
puerta, me mira y sisea sin levantar la voz:
—Aceptaste trabajar media jornada y luego
regresar con los niños a casa, ¿lo has olvidado ya?
—Me dispongo a contestarle cuando vuelve a la
carga—: Te dije que me llamaras en cuanto
acabara la reunión.
Molesta por sus modales, me retiro de él y
respondo con sorna:
—¿Para qué? Ya me estabas vigilando con tus
informadores.
Peter resopla. Se toca el pelo y, cuando va a
hablar, lo señalo con el dedo y murmuro:
—Muy mal, Peter , comenzamos muy mal. Si
voy a trabajar en esta empresa, necesito libertad
de movimientos; no quiero sentir tus ojos ni los de
nadie pegados a mi nuca. Pero ¿qué te ocurre?
¿Acaso ni trabajando en tu jodida empresa te vas a
fiar de mí?
Él no contesta. Su mirada me hace saber lo
furioso que está, y yo, que no estoy mucho mejor
que él, camino hacia los grandes ventanales. Me
está entrando un calor infernal, y no precisamente
por lo que me suele entrar siempre.
Una vez llego a los ventanales miro hacia la
calle y, segundos después, siento que Peter camina
en mi dirección. Calentita como estoy, me vuelvo y
le suelto:
—No me extraña que Flyn tenga esos
retorcidos pensamientos referentes a que yo
trabaje, si tú, que me conoces, no te fías de mí. —
Peter no contesta, y prosigo—: Yo sólo quiero
trabajar, sentirme bien conmigo misma pero, desde
luego, si eso va a suponer estar todo el día con
miedo a que tú te sientas molesto por con quién
hablo o con quién tomo un café, ¡apaga y vámonos!
En ese instante se oyen unos golpecitos en la
puerta, ésta se abre y aparece la rubia del moñito.
—Señor Lanzani —dice tocándose el pelo
con coquetería—, ya he reservado en el
restaurante.
—Muy bien, Gerta. Gracias —afirma Peter con
rotundidad.
Mi mirada y la de ella chocan y, rápidamente,
deduzco que con quien hablaba la tipa en la
cafetería mientras se tocaba el pelo era con Peter.
Eso me enferma.
Estar con un hombre como él implica estar
alerta siempre en materia de mujeres, pero esa
fase ya la pasé, o me habría vuelto loca. Aun así,
la miradita de la del moño no me gusta un pelo, y
cuando, tras esbozar una sonrisita tontorrona, da
media vuelta y cierra la puerta, pregunto metiendo
tripa:—
¿Dónde está Dafne?
Peter vuelve la mirada hacia mí y, entendiendo
lo que pienso, responde con borderío:
—Dafne está de baja por maternidad, ¿algo
más? Uiss..., uisss, es verdad, Dafne tuvo un niño.
Pero esa chulería tan Iceman me mata. Me cabrea.
¡Me pone a cien!
Tengo mucho más en la punta de la lengua por
soltar, ¡estoy que muerdo!, pero no le voy a dar ese
placer. Así pues, negando con la cabeza, vuelvo a
mirar por la cristalera y siseo:
—No estoy celosa, estoy enfadada. Quiero que
lo sepas.
Llevaba tiempo sin que Peter me sacara tanto de
mis casillas. Los últimos meses en casa con los
niños han sido en ocasiones desquiciantes, pero en
lo que respecta a la pareja, maravillosos y
tranquilizadores. Sin embargo, ahora que quiero
comenzar a trabajar, la cosa cambia. Peter no me lo
va a poner fácil, y Flyn tampoco... ¡La que me
espera!
Peter me mira. El reflejo del cristal me ayuda a
ver todo lo que él hace tras de mí, y resoplo. Veo
que se abre la americana, se lleva las manos a la
cintura y baja la cabeza. Sin duda, se está dando
cuenta de su error. Lo sé. Lo conozco.
—Escucha, Lali... —empieza a decir.
—No, escucha tú —siseo dándome la vuelta
como un purito toro miura—. Durante el tiempo
que he estado en casa cuidando de los niños me he
fiado de ti al cien por cien, a pesar de saber que
tienes un enorme imán para atraer a las mujeres y
trabajas rodeado de ellas. — Hablar sobre eso me
hace temblar, pero prosigo—: Ni una sola vez he
dicho una mala palabra por tus viajes o por tus
cenas de empresa, ni te he hecho sentir incómodo
insinuándote cosas desagradables. Me fío de ti al
cien por cien, y lo hago porque sé que me quieres,
sé lo importante que soy para ti, y también sé que
nadie te va a dar todo lo que yo te doy como mujer
y madre de tus hijos. ¿Acaso he de pensar que
hago mal fiándome de ti?
—No, Lali..., no —se apresura a responder.
—Pues entonces, deja de pensar que voy a
romper corazones allá por donde pise y...
—A mí me lo rompiste —dice mirándome, el
muy granuja.
Inconscientemente, su respuesta me hace
sonreír, pero contengo mi tonta risita y replico:
—Que sea la última vez que mandas a nadie a
vigilarme durante mis horas de trabajo en la
empresa, porque si me vuelvo a dar cuenta de ello,
te juro que lo vas a lamentar. —Peter me mira.
Sabe que hablo en serio, e insisto—: ¿Qué va a
pensar ahora Gerda de mí? ¿Acaso no te das
cuenta de que, con lo que has hecho, puede sacar
conclusiones equivocadas con respecto a nuestra
relación?
Peter asiente. Sabe que lo ha hecho mal. Cierra
los ojos y, cuando los abre, responde:
—Te pido disculpas, Lali. Tienes razón en todo
lo que dices.
Resoplo...
Me mira...
Lo miro y, cuando veo esa mirada arrepentida
que tanto adoro y que conozco tan bien, suelto un
quejido.
—Peter...
No hace falta que diga más. Mi amor, mi chico,
mi todo, da un paso hacia mí y me abraza.
Ninguno habla durante unos segundos, hasta
que él finalmente dice:
—Prometo que no volverá a suceder.
—Eso espero —asiento, deseosa de que sea
así.
Como siempre, es mirarnos y, ¡zas!, nos
besamos.
A pesar de ser dos polos opuestos, nuestro
imán nos atrae y disfrutamos de nuestro
maravilloso beso. Pero, como siempre que lo
hacemos, el calor nos invade y, separándome de
él, murmuro:
—Cariño..., estamos en tu despacho.
Mi amor asiente, me mira a los ojos y replica:
—Creo que ahora que voy a tenerte de nuevo
cerca en el despacho tendré que hacer obras.
—¡¿Obras?!
Peter sonríe y, sin soltarme, añade:
—Un archivo dentro de mi despacho..., ¿no
crees que nos vendría bien?
Me río al oír eso. Ninguno de los dos ha
olvidado nuestros encuentros locos e imprudentes
en el archivo que había en el despacho de Madrid.
—Qué buena idea, señor Lanzani —digo.
Entre risas, nos besuqueamos. Recordar
nuestros comienzos siempre es divertido, morboso
y caliente. Tras su último beso, Peter pregunta:
—Ahora en serio, cielo, ¿quieres que vaya a
esa comida o estarás incómoda?
Lo miro... ¡Me lo como! Y finalmente,
agarrándolo de la mano, contesto:
—Claro que quiero que vengas, cariño. Eres el
jefazo; además, ¡así pagas tú!
Mi Iceman sonríe, se abrocha la chaqueta,
recupera la compostura y, de la mano, salimos del
despacho. Una vez fuera, Gerta nos mira,Peter
suelta mi mano, me agarra posesivamente por la
cintura y dice:
—Gerta, para cualquier cosa urgente, estaré
comiendo con mi preciosa mujer.
La del moñito asiente, yo sonrío y, feliz con mi
marido, nos vamos a comer.
Cuando llegamos al restaurante, los demás ya
están allí, y Mika sonríe al vernos. Floy, el dueño
del local, viene rápidamente hacia nosotros y nos
saluda. Complacida, le doy dos besos; no es la
primera vez que como allí con Peter. A
continuación, nos reunimos con el resto del grupo
y Floy nos lleva con amabilidad a la mesa que
tenemos reservada.
Una vez allí, dejo que Peter elija sitio, yo me
coloco a su derecha, y Mika se apresura a ponerse
a mi izquierda. Harry, el inglés, se acerca a ella y
le retira la silla. ¡Qué galante! Peter, por supuesto,
hace lo mismo conmigo —¡faltaría más!— y, una
vez nos sentamos todos, el camarero reparte las
cartas y escogemos lo que queremos comer.
Cinco minutos después, tras hacer la comanda
con el camarero, éste se va y aparece otro que de
forma ordenada nos sirve vino en las copas. Una
vez acaba y se marcha, Teo, el francés, coge la
suya, la levanta y dice:
—Brindemos por la señora Lanzani y por
su incorporación a la empresa.
Vale..., he pasado de ser Lali a ser la señora
Lanzani. ¡Vaya mierda!
Eso en cierto modo me cabrea, porque sé que
ya nunca me tratarán como a una igual. Sin
embargo, todos levantan amigablemente sus copas
y brindan.
No miro a Peter. Sé lo que piensa, como sé que
él sabe lo que estoy pensando yo en ese instante.
Doy un sorbito al vino y, sin poder reprimirme,
aclaro:
—Teo, por favor, para mí sería mucho más
fácil si en el trabajo me llamaras por mi nombre
como yo te lo llamo a ti. Sin duda, soy la mujer de
Peter, eso ya lo sabemos, pero a nivel laboral
simplemente quiero ser Lali Esposito.
Veo que todos se miran con disimulo cuando
Harry, el inglés, levanta su copa y dice:
—¡Por Lali !
De nuevo todos, vuelven a brindar. Con el
rabillo del ojo, observo que Peter se tensa, pero
entonces dice, sorprendiéndome:
—Os agradeceré a todos que tratéis a mi mujer
como a una más en el trabajo y la llaméis por su
nombre. Sin duda, Lali es una persona con
carácter y, si no lo hacéis, ¡a mí no me vengáis con
quejas!
El comentario los hace reír, y el ambiente se
relaja. Sin duda, Peter, como siempre, los tiene
acojonados.
Cuando acabamos de comer, Peter y yo nos
despedimos de todo el mundo. Luego, yo me dirijo
a Mika y susurro:
—Mañana elegiré el color del despacho.
Ella me guiña un ojo y nos vamos. Caminamos
hacia el edificio Müller, entramos en él y bajamos
al garaje a por nuestro coche. Cuando nos
montamos, miro a Peter y pregunto:
—¿Por qué no trabajas esta tarde?
Él arranca el coche y, guiñándome el ojo,
murmura:
—Porque quiero estar contigo y, como soy elh
jefe, me lo puedo permitir.
Sonrío. Me encanta esa respuesta.
martes, 13 de junio de 2017
CAPITULO 10
Salir con los niños, y más con cuatro, es siempre
una aventura, pienso agotada.
Una vez acomodo a los críos en el coche, miro
a Pipa y le pregunto:
—¿Vas bien?
La pobre, que es más buena que el pan y tiene
pinta de monja, me mira y responde:
—Sí. Gracias, Lali.
Una vez que ve que todos estamos bien, Peter,
mi chicarrón, arranca el motor del coche.
—Rocio y Pablo ya salen del garaje —digo
entonces—. Síguelos.
—¿Vamos al restaurante de Klaus? —Asiento,
y mi amor responde tocándome la rodilla—:
Entonces, tranquila, pequeña, sé llegar.
Sonrío. Soy feliz y, cuando oigo el primer
lamento de mi preciosa pero llorona niña, me
vuelvo y comienzo a cantarle eso de «Soy una taza,
una tetera, una cuchara, un cucharón»,[9] y la niña
se calla. Le encanta que le tararee esa cancioncita,
como al pequeño Peter le gusta que le cante la del
tallarín.
He pasado de escuchar a los Aerosmith a
cantar canciones a cuál más tonta, pero que a mis
hijos les gustan. ¡Para lo que he quedado!
Flyn, que podría ayudarme, pasa. Se limita a
mirar por la ventana y a ignorarnos a mí y a los
niños.
Veinte minutos después, agotada de tanta
cuchara y cucharón, cuando llegamos al restaurante
Peter aparca y, entonces, la puñetera niña se ha
dormido.
¿Quién sería la madre que la parió?
Animados, salimos del vehículo. Ir a comer al
restaurante de Klaus nos encanta a todos. Con
cuidado, cojo a la pequeña Hannah y la meto en su
cochecito mientras protesto.
—Tela con la niña, ¡nos ha salido flamenca!
Veo que Peter sonríe.
Me mira..., mira a su niña y, cuando Flyn sale
del vehículo con su hermano y Pipa corre tras
ellos, el muy tunante me dice:
—¿Cómo era la canción?... Soy un cucharón...
Ambos nos partimos. Sin lugar a dudas, ¡la
cancioncita se las trae!
Al llegar junto a Pablo, Rochi y Sami, éstos se
fijan en la niña.
—Sí —digo—, el monstruito se ha quedado
dormido.
Peter sonríe, Pablo también, y Rochi murmura:
—Pues cuando se despierte, ¡nos come por los
pies!
Volvemos a reír. Todo lo que Hannah tiene de
guapa y dormilona lo tiene de tragona y llorona y,
sin duda, cuando se despierte, como dice Mel, ¡nos
come!
Al entrar en el restaurante, Klaus nos ve y
sonríe, y Sami, que adora a su abuelo, al que llama
lelo, corre hacia él.
—Lelo..., lelo..., ya estoy aquí.
El hombre se agacha feliz y mira a la niña.
—¿Cómo está mi princesa? —dice.
La pequeña, que adora que la llamen
«princesa», se toca la corona dorada y responde:
—Bien, pero quiero agua porque tengo mucha
sed y papi ha dicho que te pidiera agüita a ti. ¿Me
das agüita?
A Klaus se le cae la baba, y rápidamente se
mueve para darle a la niña lo que quiere. Una vez
la pequeña tiene su vaso de agua, veo que Klaus
mira a mi pequeño y pregunta de nuevo:
—¿Y cómo está Superman?
A diferencia de Sami, Peter jr es más parco en
palabras. Sin duda, es un Lanzani, y
simplemente asiente con la cabeza. Al ver el gesto
de Klaus, yo me agacho divertida y aclaro:
—Eso significa que está muy bien.
El hombre sonríe e, instantes después, nos
saluda a todos. Está feliz por tenernos allí, y noto
como siempre el amor que siente hacia su hijo
Pablo y hacia Rochi, que es su ojito derecho.
Instantes después, nos dirigimos hacia la mesa
que nos tiene reservada. Pablo acerca dos tronas
para Sami y para Peter y me pregunta:
—¿Quieres otra para Hannah?
Con dulzura, observo a mi Bella Durmiente y
respondo:
—De momento, no. Dejemos que el monstruito
siga durmiendo.
Entre risas, nos sentamos mientras Pablo y Rocio
se llevan aparte a Klaus para darle la buena
noticia sobre su boda. Con curiosidad, los observo
y me emociono cuando veo al hombre abrazar a su
hijo y después a Rochi. Sin duda, la noticia le ha
gustado.
Media hora después, Hannah se despierta y,
tras varias sonrisas a cuál más bonita, comienza
con su concierto de lloros. Rápidamente Klaus se
lleva a la cocina su potito para calentarlo y, en
cuanto lo trae, casi sin respirar, Hannah se lo
come, ante la expresión de bobo de su padre.
Pero en el momento en que la comida se acaba,
la niña decide montar uno de sus numeritos y, al
final, la buena de Pipa, que ha comido mientras yo
le daba de comer al monstruito, para que el resto
podamos tener un rato de paz, mete a la pequeña
en el cochecito y sale del restaurante a dar un
paseo. Flyn se va con ella. Nuestra compañía lo
aburre.
Cuando sale del restaurante, veo que Rochi mira
a Pablo y le pregunta:
—¿De verdad que la monstruito no te quita las
ganas de tener niños?
—Eh..., cuidadito con lo que dices de mi niña
—se mofa Peter.
Su chico responde entonces con una
encantadora sonrisa:
—Cielo... —y, señalando a mi pequeñín,
afirma—: Ellos tienen un Superman y yo quiero un
Spiderman. Un pequeño Peter Martinez Igarzabal.
Rochi pone los ojos en blanco y yo me río. No lo
puedo remediar.
De pronto, suenan sendos mensajes en los
móviles de Peter y de Pablo. Mi marido echa un
vistazo y luego comenta:
—Alfred y Maggie nos informan de que están
organizando una fiesta privada en el palacete de
campo que tienen cerca de Oberammergau.
—Sí —afirma Pablo dejando el móvil—. Yo
también lo acabo de recibir.
—¿Oberammergau es ese pueblo que parece
de cuento? — pregunto, y Peter asiente.
Al oírme, Rochi se interesa, y yo le explico que
Peter y yo estuvimos pasando un fin de semana en
ese increíble sitio. Mi amiga se sorprende cuando
le digo que allí vi la casa de Caperucita Roja y de
Hansel y Gretel.
Pablo sonríe entonces y murmura mirando a su
chica:—
Mmm..., de Caperucita Roja estarías
tentadora, teniente.
Los cuatro reímos cuando Rocio, que nunca ha
asistido a una de esas lujuriosas y privadas fiestas,
pregunta:
—¿Quiénes son Maggie y Alfred?
Yo sonrío. Todavía recuerdo la primera vez
que oí hablar de ellos. Estábamos en Zahara de los
Atunes, en la preciosa casa de Euge y Nico
Miro a mi amiga y respondo mientras toco el
anillo que Peter me regaló:
—Son una pareja muy simpática que cada
equis tiempo organizan fiestas temáticas muy
privadas.
—¿Temáticas? —pregunta curiosa Rochi.
Peter y Pablo sonríen.
—Llevaban casi dos años sin organizar nada
por una enfermedad de Alfred —explica mi amor
—, pero al parecer ya está repuesto y tienen ganas
de fiesta.
—Cuánto me alegro de que Alfred esté mejor
—asiento.
Rochi nos mira a la espera de que alguno cuente
algo más, y finalmente digo:
—Yo sólo he asistido a dos fiestas organizadas
por ellos. En la última, la temática era la
prehistoria, pero la primera vez que fui a una de
sus fiestas había que ir vestidos de los locos años
veinte. Fuimos con Euge y Nico. Ellos parecían
gánsteres, ¡y nosotras flappers!
Rochi sonríe, sabe lo que es una flapper, y Pablo
dice:—En esa fiesta fue cuando te conocí.
Peter asiente...
Pablo sonríe...
Recordar aquella primera vez y lo que ocurrió
con Peter y Pablo en aquel lugar aún me acalora y,
sonriendo, digo al ver que nadie puede oírnos:
—Sin lugar a dudas, esa fiesta marcó un antes
y un después en el sexo para mí; la recuerdo como
algo muy especial. Sólo pensarlo me excita.
Pablo sonríe.
Peter también. ¡Qué bribones! Y Rochi, al
entender sus sonrisitas, sin pizca de celos, me
pregunta:
—¿Antes de esa fiesta no habías hecho nada
de... nada?
Ahora la que sonríe soy yo.
—Días antes tuve mi primera experiencia con
Euge y Nico en su casa —respondo—, y
anteriormente a eso, Peter, este listillo rubio que
ahora ríe y mira al techo, me engañó en un hotel de
Madrid. Me tapó los ojos, puso una cámara a
grabar y me hizo creer que era él quien jugaba
conmigo, cuando quien lo hacía en realidad era
Euge.—
¡No me digas! —exclama Rochi.
Recordar aquellos momentos juntos me hace
reír, y añado:
—Ni te cuento lo furiosa que me puse cuando
vi lo grabado. ¡Quería matarlo!
De nuevo, Peter sonríe y, acercándose a mí,
dice:—
Pero cuéntalo bien, cariño. Antes de eso, yo
te pregunté si estabas preparada para jugar a lo
que yo quería y dijiste que sí. —Resoplo
divertida, ¡claro que lo recuerdo!—. Segundos
después, insistí en mi pregunta y volviste a
acceder con el único matiz de que no querías sado.
—¡Menudo tramposo! —ríe Rochi.
—No fue tramposo, él preguntó —afirma
Pablo.
Al oír eso, resoplo de nuevo. Pero para
hacerles entender de una vez por todas el enfado
que sentí en aquel instante, los miro y señalo:
—Vale, tenéis razón, él lo preguntó. Pero
imaginad que el día de mañana Hannah o Sami,
vuestras preciosas niñas, conocen a unos tipos y se
ven en mi misma situación. ¿Qué pensarías
vosotros?
—Lo mato —sentencia mi alemán.
—Le arranco la cabeza —afirma Poli.
Rocio y yo nos miramos y nos carcajeamos por
sus contestaciones primitivas, mientras ellos nos
observan muy serios. Mi ejemplo no les ha gustado
nada ,pero insisto:
—¿Y por qué los mataríais o les arrancaríais
la cabeza? Si ellos también les han preguntado a
ellas lo mismo que Peter me preguntó a mí... Ellos
podrían decir lo mismo que has alegado tú y...
—Bueno..., bueno... —me corta mi amor
cogiendo al pequeño Peter en brazos con seriedad
—. Cambiemos de tema.
—Sí, mejor —afirma Pablo colocándole la
coronita de nuevo a su niña.
—Qué diferente se ve todo cuando uno es el
papaíto, ¿verdad, machotes? —se mofaRocio,
haciéndome reír. Luego añade—: Pues, os guste o
no, el día de mañana vuestras niñas, que son
nuestras también, disfrutarán libremente del sexo
como hacemos nosotros, y espero que lo disfruten
mucho..., mucho..., mucho.
Ellos se miran. No hablan. Sin duda, no
quieren ni plantearse lo que Rochi está diciendo.
Sorprendida por sus reacciones, los miro y
sonrío sabiendo que ese ejemplo, al fin, les ha
hecho entender lo que en otros momentos nunca
entendieron. Sin lugar a dudas, Peter me preguntó,
pero no fue concreto en su pregunta y, aunque la
experiencia la repetiría mil veces, ver lo que había
grabado aquel día me dejó sin saber ni qué pensar.
Sin embargo, como no quiero machacar más
sus mentes de machotes posesivos, cambio de
tema:—
¿Habéis hablado con Dexter?
Pablo asiente y, tras beber de su cerveza, dice:
—Ayer justamente hablé con él y me confirmó
que el bautizo es dentro de dos semanas. Verás
cuando se entere de nuestra boda.
Todos sonreímos, y entonces Rochi murmura
para hacer rabiar a Pablo:
—¡México! Qué ganas de ir.
—¿México? ¿Y nuestra boda qué? —protesta
él, que, al verla sonreír, cuchichea—: Eres muy
traviesa, y lo vas a pagar.
Cada vez que recuerdo mi luna de miel allí, no
puedo dejar de sonreír. Riviera Maya. Hotel
Mezzanine. Peter y yo. Uf..., qué momentos y qué
bien lo pasé. Lo que daría por volver a estar allí.
Pero en esta ocasión el viaje será por otro
acontecimiento, y solos, lo que se dice solos, no
estaremos.
Dexter y Graciela han sido padres. Ante la
imposibilidad de él para tener hijos, buscaron un
banco de semen y, meses después, el resultado ha
sido la llegada de Gabriel y Nadia, unos preciosos
mellizos.
—No quiero ni imaginarme cómo estarán
Dexter y Graciela con los bebés.
—Te lo digo yo —responde riendo Pablo —.
¡Agotados!
Peter sonríe, yo le guiño un ojo con
complicidad y, sin dudarlo, me acerca a él y lo
beso. Nunca desaprovecho un momento feliz.
una aventura, pienso agotada.
Una vez acomodo a los críos en el coche, miro
a Pipa y le pregunto:
—¿Vas bien?
La pobre, que es más buena que el pan y tiene
pinta de monja, me mira y responde:
—Sí. Gracias, Lali.
Una vez que ve que todos estamos bien, Peter,
mi chicarrón, arranca el motor del coche.
—Rocio y Pablo ya salen del garaje —digo
entonces—. Síguelos.
—¿Vamos al restaurante de Klaus? —Asiento,
y mi amor responde tocándome la rodilla—:
Entonces, tranquila, pequeña, sé llegar.
Sonrío. Soy feliz y, cuando oigo el primer
lamento de mi preciosa pero llorona niña, me
vuelvo y comienzo a cantarle eso de «Soy una taza,
una tetera, una cuchara, un cucharón»,[9] y la niña
se calla. Le encanta que le tararee esa cancioncita,
como al pequeño Peter le gusta que le cante la del
tallarín.
He pasado de escuchar a los Aerosmith a
cantar canciones a cuál más tonta, pero que a mis
hijos les gustan. ¡Para lo que he quedado!
Flyn, que podría ayudarme, pasa. Se limita a
mirar por la ventana y a ignorarnos a mí y a los
niños.
Veinte minutos después, agotada de tanta
cuchara y cucharón, cuando llegamos al restaurante
Peter aparca y, entonces, la puñetera niña se ha
dormido.
¿Quién sería la madre que la parió?
Animados, salimos del vehículo. Ir a comer al
restaurante de Klaus nos encanta a todos. Con
cuidado, cojo a la pequeña Hannah y la meto en su
cochecito mientras protesto.
—Tela con la niña, ¡nos ha salido flamenca!
Veo que Peter sonríe.
Me mira..., mira a su niña y, cuando Flyn sale
del vehículo con su hermano y Pipa corre tras
ellos, el muy tunante me dice:
—¿Cómo era la canción?... Soy un cucharón...
Ambos nos partimos. Sin lugar a dudas, ¡la
cancioncita se las trae!
Al llegar junto a Pablo, Rochi y Sami, éstos se
fijan en la niña.
—Sí —digo—, el monstruito se ha quedado
dormido.
Peter sonríe, Pablo también, y Rochi murmura:
—Pues cuando se despierte, ¡nos come por los
pies!
Volvemos a reír. Todo lo que Hannah tiene de
guapa y dormilona lo tiene de tragona y llorona y,
sin duda, cuando se despierte, como dice Mel, ¡nos
come!
Al entrar en el restaurante, Klaus nos ve y
sonríe, y Sami, que adora a su abuelo, al que llama
lelo, corre hacia él.
—Lelo..., lelo..., ya estoy aquí.
El hombre se agacha feliz y mira a la niña.
—¿Cómo está mi princesa? —dice.
La pequeña, que adora que la llamen
«princesa», se toca la corona dorada y responde:
—Bien, pero quiero agua porque tengo mucha
sed y papi ha dicho que te pidiera agüita a ti. ¿Me
das agüita?
A Klaus se le cae la baba, y rápidamente se
mueve para darle a la niña lo que quiere. Una vez
la pequeña tiene su vaso de agua, veo que Klaus
mira a mi pequeño y pregunta de nuevo:
—¿Y cómo está Superman?
A diferencia de Sami, Peter jr es más parco en
palabras. Sin duda, es un Lanzani, y
simplemente asiente con la cabeza. Al ver el gesto
de Klaus, yo me agacho divertida y aclaro:
—Eso significa que está muy bien.
El hombre sonríe e, instantes después, nos
saluda a todos. Está feliz por tenernos allí, y noto
como siempre el amor que siente hacia su hijo
Pablo y hacia Rochi, que es su ojito derecho.
Instantes después, nos dirigimos hacia la mesa
que nos tiene reservada. Pablo acerca dos tronas
para Sami y para Peter y me pregunta:
—¿Quieres otra para Hannah?
Con dulzura, observo a mi Bella Durmiente y
respondo:
—De momento, no. Dejemos que el monstruito
siga durmiendo.
Entre risas, nos sentamos mientras Pablo y Rocio
se llevan aparte a Klaus para darle la buena
noticia sobre su boda. Con curiosidad, los observo
y me emociono cuando veo al hombre abrazar a su
hijo y después a Rochi. Sin duda, la noticia le ha
gustado.
Media hora después, Hannah se despierta y,
tras varias sonrisas a cuál más bonita, comienza
con su concierto de lloros. Rápidamente Klaus se
lleva a la cocina su potito para calentarlo y, en
cuanto lo trae, casi sin respirar, Hannah se lo
come, ante la expresión de bobo de su padre.
Pero en el momento en que la comida se acaba,
la niña decide montar uno de sus numeritos y, al
final, la buena de Pipa, que ha comido mientras yo
le daba de comer al monstruito, para que el resto
podamos tener un rato de paz, mete a la pequeña
en el cochecito y sale del restaurante a dar un
paseo. Flyn se va con ella. Nuestra compañía lo
aburre.
Cuando sale del restaurante, veo que Rochi mira
a Pablo y le pregunta:
—¿De verdad que la monstruito no te quita las
ganas de tener niños?
—Eh..., cuidadito con lo que dices de mi niña
—se mofa Peter.
Su chico responde entonces con una
encantadora sonrisa:
—Cielo... —y, señalando a mi pequeñín,
afirma—: Ellos tienen un Superman y yo quiero un
Spiderman. Un pequeño Peter Martinez Igarzabal.
Rochi pone los ojos en blanco y yo me río. No lo
puedo remediar.
De pronto, suenan sendos mensajes en los
móviles de Peter y de Pablo. Mi marido echa un
vistazo y luego comenta:
—Alfred y Maggie nos informan de que están
organizando una fiesta privada en el palacete de
campo que tienen cerca de Oberammergau.
—Sí —afirma Pablo dejando el móvil—. Yo
también lo acabo de recibir.
—¿Oberammergau es ese pueblo que parece
de cuento? — pregunto, y Peter asiente.
Al oírme, Rochi se interesa, y yo le explico que
Peter y yo estuvimos pasando un fin de semana en
ese increíble sitio. Mi amiga se sorprende cuando
le digo que allí vi la casa de Caperucita Roja y de
Hansel y Gretel.
Pablo sonríe entonces y murmura mirando a su
chica:—
Mmm..., de Caperucita Roja estarías
tentadora, teniente.
Los cuatro reímos cuando Rocio, que nunca ha
asistido a una de esas lujuriosas y privadas fiestas,
pregunta:
—¿Quiénes son Maggie y Alfred?
Yo sonrío. Todavía recuerdo la primera vez
que oí hablar de ellos. Estábamos en Zahara de los
Atunes, en la preciosa casa de Euge y Nico
Miro a mi amiga y respondo mientras toco el
anillo que Peter me regaló:
—Son una pareja muy simpática que cada
equis tiempo organizan fiestas temáticas muy
privadas.
—¿Temáticas? —pregunta curiosa Rochi.
Peter y Pablo sonríen.
—Llevaban casi dos años sin organizar nada
por una enfermedad de Alfred —explica mi amor
—, pero al parecer ya está repuesto y tienen ganas
de fiesta.
—Cuánto me alegro de que Alfred esté mejor
—asiento.
Rochi nos mira a la espera de que alguno cuente
algo más, y finalmente digo:
—Yo sólo he asistido a dos fiestas organizadas
por ellos. En la última, la temática era la
prehistoria, pero la primera vez que fui a una de
sus fiestas había que ir vestidos de los locos años
veinte. Fuimos con Euge y Nico. Ellos parecían
gánsteres, ¡y nosotras flappers!
Rochi sonríe, sabe lo que es una flapper, y Pablo
dice:—En esa fiesta fue cuando te conocí.
Peter asiente...
Pablo sonríe...
Recordar aquella primera vez y lo que ocurrió
con Peter y Pablo en aquel lugar aún me acalora y,
sonriendo, digo al ver que nadie puede oírnos:
—Sin lugar a dudas, esa fiesta marcó un antes
y un después en el sexo para mí; la recuerdo como
algo muy especial. Sólo pensarlo me excita.
Pablo sonríe.
Peter también. ¡Qué bribones! Y Rochi, al
entender sus sonrisitas, sin pizca de celos, me
pregunta:
—¿Antes de esa fiesta no habías hecho nada
de... nada?
Ahora la que sonríe soy yo.
—Días antes tuve mi primera experiencia con
Euge y Nico en su casa —respondo—, y
anteriormente a eso, Peter, este listillo rubio que
ahora ríe y mira al techo, me engañó en un hotel de
Madrid. Me tapó los ojos, puso una cámara a
grabar y me hizo creer que era él quien jugaba
conmigo, cuando quien lo hacía en realidad era
Euge.—
¡No me digas! —exclama Rochi.
Recordar aquellos momentos juntos me hace
reír, y añado:
—Ni te cuento lo furiosa que me puse cuando
vi lo grabado. ¡Quería matarlo!
De nuevo, Peter sonríe y, acercándose a mí,
dice:—
Pero cuéntalo bien, cariño. Antes de eso, yo
te pregunté si estabas preparada para jugar a lo
que yo quería y dijiste que sí. —Resoplo
divertida, ¡claro que lo recuerdo!—. Segundos
después, insistí en mi pregunta y volviste a
acceder con el único matiz de que no querías sado.
—¡Menudo tramposo! —ríe Rochi.
—No fue tramposo, él preguntó —afirma
Pablo.
Al oír eso, resoplo de nuevo. Pero para
hacerles entender de una vez por todas el enfado
que sentí en aquel instante, los miro y señalo:
—Vale, tenéis razón, él lo preguntó. Pero
imaginad que el día de mañana Hannah o Sami,
vuestras preciosas niñas, conocen a unos tipos y se
ven en mi misma situación. ¿Qué pensarías
vosotros?
—Lo mato —sentencia mi alemán.
—Le arranco la cabeza —afirma Poli.
Rocio y yo nos miramos y nos carcajeamos por
sus contestaciones primitivas, mientras ellos nos
observan muy serios. Mi ejemplo no les ha gustado
nada ,pero insisto:
—¿Y por qué los mataríais o les arrancaríais
la cabeza? Si ellos también les han preguntado a
ellas lo mismo que Peter me preguntó a mí... Ellos
podrían decir lo mismo que has alegado tú y...
—Bueno..., bueno... —me corta mi amor
cogiendo al pequeño Peter en brazos con seriedad
—. Cambiemos de tema.
—Sí, mejor —afirma Pablo colocándole la
coronita de nuevo a su niña.
—Qué diferente se ve todo cuando uno es el
papaíto, ¿verdad, machotes? —se mofaRocio,
haciéndome reír. Luego añade—: Pues, os guste o
no, el día de mañana vuestras niñas, que son
nuestras también, disfrutarán libremente del sexo
como hacemos nosotros, y espero que lo disfruten
mucho..., mucho..., mucho.
Ellos se miran. No hablan. Sin duda, no
quieren ni plantearse lo que Rochi está diciendo.
Sorprendida por sus reacciones, los miro y
sonrío sabiendo que ese ejemplo, al fin, les ha
hecho entender lo que en otros momentos nunca
entendieron. Sin lugar a dudas, Peter me preguntó,
pero no fue concreto en su pregunta y, aunque la
experiencia la repetiría mil veces, ver lo que había
grabado aquel día me dejó sin saber ni qué pensar.
Sin embargo, como no quiero machacar más
sus mentes de machotes posesivos, cambio de
tema:—
¿Habéis hablado con Dexter?
Pablo asiente y, tras beber de su cerveza, dice:
—Ayer justamente hablé con él y me confirmó
que el bautizo es dentro de dos semanas. Verás
cuando se entere de nuestra boda.
Todos sonreímos, y entonces Rochi murmura
para hacer rabiar a Pablo:
—¡México! Qué ganas de ir.
—¿México? ¿Y nuestra boda qué? —protesta
él, que, al verla sonreír, cuchichea—: Eres muy
traviesa, y lo vas a pagar.
Cada vez que recuerdo mi luna de miel allí, no
puedo dejar de sonreír. Riviera Maya. Hotel
Mezzanine. Peter y yo. Uf..., qué momentos y qué
bien lo pasé. Lo que daría por volver a estar allí.
Pero en esta ocasión el viaje será por otro
acontecimiento, y solos, lo que se dice solos, no
estaremos.
Dexter y Graciela han sido padres. Ante la
imposibilidad de él para tener hijos, buscaron un
banco de semen y, meses después, el resultado ha
sido la llegada de Gabriel y Nadia, unos preciosos
mellizos.
—No quiero ni imaginarme cómo estarán
Dexter y Graciela con los bebés.
—Te lo digo yo —responde riendo Pablo —.
¡Agotados!
Peter sonríe, yo le guiño un ojo con
complicidad y, sin dudarlo, me acerca a él y lo
beso. Nunca desaprovecho un momento feliz.
domingo, 11 de junio de 2017
CAPITULO 9
A pocos metros de ellos, y en el mismo rellano del
edificio donde estaba su casa, Pablo abría la
puerta de su bufete de abogados.
Al ser domingo no había nadie, la oficina
estaba desierta y, sin soltar el brazo de Rochi,
caminó entre las mesas de sus trabajadores hasta
llegar ante la puerta de su despacho.
Rochi lo miró y murmuró frunciendo el ceño:
—Desde luego, Pablo, lo tuyo no tiene nombre.
El abogado suspiró.
Si algo le gustaba de Rochi era ese aire suyo tan
combativo y, cogiendo el pomo de la puerta, dijo
mirándola a los ojos:
—Te dije que cada vez que te oyera hablar del
temita pasaría esto, por lo...
—Pero tenemos invitados en casa —lo
interrumpió ella.
Pablo sonrió.
Más que invitados, Peter y Lali eran familia, y
precisamente ellos no se asustaban por lo que iban
a hacer.
—No se van a escandalizar —contestó—. Y tú
y yo tenemos que hablar.
—Pero, Pablo...
—Entra en el despacho.
Rochi resopló.
¿Hablar? ¿Pablo quería hablar o quería otra
cosa?
Pensó en Peter y Lali.
Sabía perfectamente que ellos no se
escandalizaban por su ausencia.
No era la primera vez que, estando todos
juntos con los niños, alguna pareja se ausentaba
unos minutos y regresaba poco tiempo después
como si no hubiera pasado nada. Lo bueno de
aquel tipo de amistad era que no había que ocultar
nada. Todo se sabía. No había que disimular.
Al ver aquel gesto suyo, que tanto le fascinaba,
Pablo tuvo ganas de sonreír.
Sabía que Rochi finalmente haría lo que ella
quisiera, pero tenía que demostrarle que él no
estaba de acuerdo. No deseaba separarse de ella
ni un solo día, y mucho menos pensar que volvería
a tener una vida plagada de turnos y ausencias.
Curiosamente, aquello lo encelaba. Le recordaba
una época de la que no quería saber nada porque
era consciente de que, en cuanto la teniente Igarzabal
apareciera, los hombres la mirarían de una forma
que él no estaba dispuesto a soportar.
Con gesto de enfado, Rocio entró en el despacho.
Se quedó parada sin llegar a la mesa y Pablo la
empujó para que continuara andando. Ella apenas
si se movió. Él decidió cambiar entonces su plan
y, desconcertándola, caminó hasta su mesa, retiró
la silla y tomó asiento con tranquilidad.
—Siéntate —dijo—. Tenemos que hablar.
La expresión de sorpresa de Rochi al ver que era
cierto que tenían que hablar se hizo más que
evidente. Horas antes, tras su última discusión al
respecto, Pablo le había dicho que la siguiente vez
que la oyera mencionar el tema tendrían una seria
conversación, y así iba a ser. Por ello, el abogado
no cambió su gesto e insistió:
—Rochi. He dicho que te sientes, por favor.
Asombrada porque fuera cierto lo de hablar,
ella caminó hasta la mesa. Se sentó frente a él y,
apoyando la espalda en la silla con chulería,
levantó el mentón y dijo:
—Muy bien. Hablemos.
Pablo hizo lo mismo que ella. Se recostó en el
respaldo de su silla y la miró.
—Rochi —empezó a decir—, no quiero que lo
hagas, y sabes muy bien por qué.
Ella cerró los ojos, negó con la cabeza y gruñó
frunciendo el ceño.
—Por el amor de Dios, Pablo , ¿otra vez me
vienes con los celos? —Él no respondió, y Rochi
prosiguió—: He estado rodeada por cientos de
hombres durante mucho tiempo y he sabido
cuidarme.
—No lo dudo. Pero ahora estás conmigo y no
quiero que seas tú quien tenga que proteger a
nadie, cuando soy yo el que quiere protegerte a ti.
—Pero, Pablo , creo que...
—He dicho que no —insistió él—. Además,
con lo que yo puedo llegar a ganar si entro en el
gabinete no vas a necesitar...
—Vamos, hombre..., no me vengas otra vez con
lo mismo — gruñó Rochi, recordando su
conversación con Gilbert Heine—. Vale..., sé que
vas a ganar mucho dinero si entras en ese maldito
bufete, pero no lo necesitamos. Ya vivimos muy
bien, ¿no?
—¿A qué viene eso de «maldito bufete»?
Rochi suspiró. Debía ser sincera con él pero,
omitiendo lo que Gilbert le había dicho para no
dañarlo, le habló de todo lo que Louise le había
contado en referencia a aquel sitio y su corrupción.
Pablo la escuchó y, una vez terminó, dijo:
—Habladurías, cariño. Es normal que ella esté
enfadada con Johan si sabe que está con otras
mujeres, pero de ahí a que culpabilice al bufete,
creo que...
—Pero, Pablo ...
El abogado levantó la mano y respondió en
actitud imperativa:
—Se acabó. No me apetece hablar de Johan y
de Louise porque no me interesan sus problemas
personales, pero sí quiero hablar de nosotros, y
por nada del mundo deseo que trabajes en lo que te
propones, ¿entendido?
—Pablo...
Él, desesperado por la impetuosidad de su
novia, preguntó:
—Entre esos antiguos compañeros con los que
podrías volver a trabajar, ¿hay alguno con quien
pudieras haber mantenido relaciones?
La pregunta la pilló de sorpresa. Por supuesto
que cabía la posibilidad de reencontrarse con
algún viejo compañero con el que había estado.
Ella misma se lo había contado, como él se lo
contaba todo a ella y, como no quería mentirle,
afirmó:
—Sabes que sí; ¿a qué viene eso?
Consciente de lo mucho que se jugaba con
aquella conversación, y más con una mujer como
Rochi, Pablo replicó con tranquilidad:
—Mira, cariño, me han invitado a varios pases
de modelos, fiestas y eventos a los que he
rechazado ir para no incomodarte a ti, ¿verdad?
—No me jodas, 007; ¿a qué viene eso ahora?
Dispuesto a soltar lo que llevaba dentro y
hasta el momento no había podido soltar, él
respondió:
—Viene a que, si a ti te molesta que yo me
reencuentre con antiguas conocidas, ¿acaso no
debo preocuparme yo si vas de nuevo de
Superwoman entre tanto machote?
Rochi no contestó.
El alemán tenía toda la razón del mundo.
En el tiempo que llevaban juntos, Pablo le
había hecho ver lo especial que era para él, e
incluso delante de ella había dejado muy claro a
toda mujer que se le acercaba que estaba
comprometido y fuera del mercado. Si iban a una
fiesta, acudían juntos. Si iban a un desfile, Pablo
evitaba siempre estar a solas con las modelos y,
cuando practicaban sexo con otros, jamás la hacía
sentirse mal, porque incluso en esos momentos le
demostraba que ella era única e irrepetible.
—Escucha, Pablo. En referencia a ese
trabajo...
—Me preocupa tu seguridad fundamentalmente
—la cortó—. Y en cuanto a los hombres con los
que trabajarás, serán buenas personas y todo lo
que tú digas, pero ¿crees que van a respetarte y no
van a hacer comentarios maliciosos?
Rochi sonrió. Conocía a alguno de aquellos
escoltas y, sin duda, en cuanto la vieran le dirían
de todo, incluso no dudaba de que alguno intentara
algo con ella por los viejos tiempos.
—Tú misma sonríes; ¿por qué?
—Vamos a ver, cariño, son tíos y...
—Precisamente porque son tíos como yo, sé de
lo que hablo, y por eso mi respuesta sigue siendo
que no quiero que vayas, porque no quiero que
estés a solas con ellos.
—Pero...
—¡No hay peros!
—Pablo...
Él sonrió. Había llegado al momento límite al
que quería llegar y, mirándola, añadió:
—Hagamos un trueque. Yo te doy. Tú me das.
Rocio lo pensó. Hacer aquello podía ser buena
idea, y asintió.
—Vale. ¿Qué quieres?
—¿Cualquier cosa? —preguntó el abogado con
picardía.
Rocio se tocó su corto y alocado pelo y afirmó:
—Si eso hace que te quedes más tranquilo,
cariño, ¡por supuesto!
La sonrisa de Pablo se ensanchó y, de pronto,
ella supo por dónde iba el morenazo. Se echó
hacia delante para apoyarse en la mesa y susurró:
—Eres un tramposo.
—¿Por qué? —dijo él riendo divertido.
—Porque sé muy bien lo que me vas a pedir y
me parece fatal.
—¿Y qué te voy a pedir? —preguntó él, riendo
otra vez, consciente de que su novia tenía razón.
Rochi se revolvió en su silla, resopló y dijo
mientras lo señalaba con un dedo:
—Me vas a pedir que me case contigo y
tengamos un pequeño Spiderman al que llamar
Peter, ¿verdad?
El alemán sonrió. Nada le gustaría más, y se
mofó:—
Si es que hasta te apellidas Igarzabal , cariño.
—Peter ... —protestó ella, consciente de
cuánto admiraba a Peter Parker, el álter ego de
Spiderman—. Y lo que me joroba más —continuó
— es que, si nos casamos, el imbécil de Gilbert
Heine se va a creer que lo hacemos para cumplir
uno de sus absurdos requisitos en relación con el
bufete.
Al oírla, Pablo frunció el ceño.
—Sabes que eso no es verdad —replicó—. Yo
nunca te he pedido que te cases conmigo por ese
motivo. Si te lo he pedido es porque te quiero y
deseo que seas mi mujer... ¿A qué viene eso?
Consciente de que no le había contado la
conversación que había mantenido con el hombre,
Peter resopló y, cuando fue a hablar, Pablo
prosiguió:
—Sabes que me encantaría casarme contigo,
pero siento decirte que no es eso lo que te voy a
pedir, cariño.
—¿No? —preguntó ella desconcertada.
—No. No es eso.
—Y, si no es eso, entonces ¿qué es?
A Pablo le encantó ver su expresión de
desconcierto. No había nada que deseara más que
casarse con ella y, claudicando, afirmó:
—Vale. Te he mentido. Quiero que te cases
conmigo.
—Lo sabía..., mira que lo sabía —gruñó Rocio,
a la que los bodorrios no le iban.
El abogado, divertido, la oyó protestar y, tras
coger el mando del equipo de música, lo encendió.
Le dio a la pista 3 y comenzó a sonar Quando,
Quando, Quando,[7] de Michael Bublé.
—Musiquita ahora... —rezongó Rochi.
La preciosa y romántica canción inundó el
despacho, y Pablo, sin darse por vencido, le guiñó
un ojo, hizo que ella se levantara y empezó a
canturrear:
—«Quando..., Quando..., Quando...».[8]
La exteniente suspiró y, cuando fue a protesar,
él la abrazó, la acercó a su cuerpo para bailar con
ella y murmuró:
—Puedo ser muy convincente si me lo
propongo; lo sabes, ¿verdad?
Rochi asintió. Si alguien podía conseguir algo de
ella, ése era Pablo. Ese maldito abogado, con su
romanticismo y su manera de mirarla, en ocasiones
conseguía que hiciera cosas inauditas, aunque
todavía no la había convencido de pasar por el
altar. Dejándose llevar por la música, Rocio se
disponía a decir algo cuando él le susurró al oído:
—Llevamos casi dos años viviendo juntos. Me
pediste tiempo y yo te lo he concedido. Sabes que
te adoro, que muero por mi prinsesa y...
—Eso es chantaje.
Pablo sonrió. Con ella no había otro modo.
—Lo sé, cariño —respondió—, pero si tú
quieres que yo claudique en unas cosas, tú has de
claudicar conmigo en otras. Sabes que me muero
por casarme contigo, y lo mejor de todo es que
sé que en el fondo, muy en el fondo, tú también te
mueres por casarte conmigo, ¿verdad que sí?
A Rochi se le escapó una sonrisita.
—Eres un creído, 007 —cuchicheó—. Y, si no
lo sabes ya, te recuerdo que los bodorrios con frac
y chaqué no me van. Si nos casamos algún día, lo
haré en vaqueros y celebrándolo con unas birritas.
Pablo, que era consciente de ello, sonrió.
—Tú, Sami y yo —convino—. Los tres somos
una familia, una preciosa familia, y simplemente
quiero formalizar las cosas como abogado que soy.
Vamos..., di que sí e intentaremos hacerlo de una
forma que nos guste a los dos.
—Chantajista emocional..., eso es lo que eres.
—Y tú eres preciosa.
Rochi miró el pisapapeles que Pablo tenía en la
mesa. «¿Se lo estampo en la cabeza?», pensó.
Pablo observó su mirada. «Me lo planta en la
cabeza», se dijo.
En silencio, bailaron aquella bonita canción,
hasta que Rochi sonrió. Luchar contra Pablo y su
corazón era imposible, por lo que lo miró y
afirmó:
—De acuerdo. Me casaré contigo.
Él se detuvo entonces en seco.
—Repite eso que has dicho —pidió mirándola.
Rocio puso los ojos en blanco y repitió:
—De acuerdo. Me casaré contigo este año,
aunque de momento la fecha queda en el aire —y
añadió—: Pero lo haré en vaqueros.
Henchido de orgullo por haber conseguido su
propósito, el abogado sonrió, y se disponía a decir
algo cuando ella lo interrumpió para matizar:
—Y, por supuesto, de momento, el enano calvo
y sin dientes que quieres que tengamos para
llamarlo Peter Parker habrá de esperar porque
quiero trabajar de escolta, ¿de acuerdo?
Pablo sonrió encantado. Sin duda, había
conseguido parte de lo que pretendía y, dispuesto a
lograr que Rochi dejara de lado la segunda parte del
trato, murmuró:
—No olvidaré este instante mientras viva.
Ella puso los ojos en blanco pero, incapaz de
no sonreír, declaró:
—Yo tampoco.
Sus cuerpos se rozaban y Rochi, soltándose de
él, se sentó sobre la mesa del despacho de su
futuro marido.
—¿Qué tal si sellamos nuestro pacto antes de
regresar con nuestros invitados? —propuso.
—Igarzabal, eres muy traviesa —murmuró Björn
divertido.
—Lo sé, como también sé que te gusta que lo
sea —afirmó ella sonriendo.
Pablo sonrió encantado.
—¡Que esperen! —exclamó abriéndose la
camisa.
Instantes después, la prenda de él voló, la
camiseta de ella acabó sobre una de las sillas y los
pantalones de ambos en el suelo mientras la voz de
Michael Bublé cantaba. Desnuda, Rocio se tumbó
sobre la mesa y, sin decoro, abrió las piernas para
él. Al ver lo que ella le ofrecía, Pablo jadeó, se le
acercó y susurró paseando el dedo delicadamente
por los pliegues húmedos de su sexo:
—Te comería entera, pero me temo que esto ha
de ser algo rápido.
Y, sin más, se metió entre sus piernas y la
penetró con urgencia.
Al sentir a Pablo en su interior, Rochi se arqueó
sobre la mesa y chilló de placer, mientras él se
apretaba contra ella y comenzaba a bombear con
fuerza.
El sonido de sus cuerpos al chocar resonaba en
el silencioso despacho. Pablo posó entonces las
manos sobre sus pechos, se los tocó y, tras
inclinarse para acceder a ellos, se los metió en la
boca y, sin parar de bombear, se los mordisqueó
hasta que los jadeos de Rocio lo volvieron loco.
El abogado vibraba mientras ella temblaba y,
enloquecido, se incorporó, le cogió las piernas, se
las subió a los hombros y, mirándola, dijo en un
tono cargado de sensualidad:
—Adoro follarte, teniente Igarzabal.
La exteniente asintió. Oírlo decir aquello en
aquel momento era morboso. Muy morboso.
El éxtasis que le provocaba lo que él le hacía y
le decía la dejaba sin fuerzas y, abandonada al
momento, se agarró a la mesa y volvió a chillar de
placer. Pablo era tremendamente sexual.
Sin descanso, el alemán continuó hasta que ella
gritó al llegar al clímax.
—Pablo...
Oír su nombre en boca de ella mientras
convulsionaba de placer era una de las cosas que
más le gustaban. Mirarla y admirarla mientras veía
el goce en su rostro lo apasionaba y lo excitaba
aún más, hasta que segundos después, tras un fuerte
empellón que hizo que Rocio volviera a gritar, el
abogado se corrió.
Con las respiraciones agitadas, Pablo bajó las
piernas de Rochi con cuidado y, tumbándose sobre
ella en la mesa, murmuró agotado:
—Señora Martinez, te voy a hacer muy feliz.
Diez minutos después, una vez vestidos de
nuevo, regresaron a la casa cogidos de la mano. Al
verlos, Peter y Lali sonrieron y se alegraron por la
increíble noticia.
¡Había boda!
edificio donde estaba su casa, Pablo abría la
puerta de su bufete de abogados.
Al ser domingo no había nadie, la oficina
estaba desierta y, sin soltar el brazo de Rochi,
caminó entre las mesas de sus trabajadores hasta
llegar ante la puerta de su despacho.
Rochi lo miró y murmuró frunciendo el ceño:
—Desde luego, Pablo, lo tuyo no tiene nombre.
El abogado suspiró.
Si algo le gustaba de Rochi era ese aire suyo tan
combativo y, cogiendo el pomo de la puerta, dijo
mirándola a los ojos:
—Te dije que cada vez que te oyera hablar del
temita pasaría esto, por lo...
—Pero tenemos invitados en casa —lo
interrumpió ella.
Pablo sonrió.
Más que invitados, Peter y Lali eran familia, y
precisamente ellos no se asustaban por lo que iban
a hacer.
—No se van a escandalizar —contestó—. Y tú
y yo tenemos que hablar.
—Pero, Pablo...
—Entra en el despacho.
Rochi resopló.
¿Hablar? ¿Pablo quería hablar o quería otra
cosa?
Pensó en Peter y Lali.
Sabía perfectamente que ellos no se
escandalizaban por su ausencia.
No era la primera vez que, estando todos
juntos con los niños, alguna pareja se ausentaba
unos minutos y regresaba poco tiempo después
como si no hubiera pasado nada. Lo bueno de
aquel tipo de amistad era que no había que ocultar
nada. Todo se sabía. No había que disimular.
Al ver aquel gesto suyo, que tanto le fascinaba,
Pablo tuvo ganas de sonreír.
Sabía que Rochi finalmente haría lo que ella
quisiera, pero tenía que demostrarle que él no
estaba de acuerdo. No deseaba separarse de ella
ni un solo día, y mucho menos pensar que volvería
a tener una vida plagada de turnos y ausencias.
Curiosamente, aquello lo encelaba. Le recordaba
una época de la que no quería saber nada porque
era consciente de que, en cuanto la teniente Igarzabal
apareciera, los hombres la mirarían de una forma
que él no estaba dispuesto a soportar.
Con gesto de enfado, Rocio entró en el despacho.
Se quedó parada sin llegar a la mesa y Pablo la
empujó para que continuara andando. Ella apenas
si se movió. Él decidió cambiar entonces su plan
y, desconcertándola, caminó hasta su mesa, retiró
la silla y tomó asiento con tranquilidad.
—Siéntate —dijo—. Tenemos que hablar.
La expresión de sorpresa de Rochi al ver que era
cierto que tenían que hablar se hizo más que
evidente. Horas antes, tras su última discusión al
respecto, Pablo le había dicho que la siguiente vez
que la oyera mencionar el tema tendrían una seria
conversación, y así iba a ser. Por ello, el abogado
no cambió su gesto e insistió:
—Rochi. He dicho que te sientes, por favor.
Asombrada porque fuera cierto lo de hablar,
ella caminó hasta la mesa. Se sentó frente a él y,
apoyando la espalda en la silla con chulería,
levantó el mentón y dijo:
—Muy bien. Hablemos.
Pablo hizo lo mismo que ella. Se recostó en el
respaldo de su silla y la miró.
—Rochi —empezó a decir—, no quiero que lo
hagas, y sabes muy bien por qué.
Ella cerró los ojos, negó con la cabeza y gruñó
frunciendo el ceño.
—Por el amor de Dios, Pablo , ¿otra vez me
vienes con los celos? —Él no respondió, y Rochi
prosiguió—: He estado rodeada por cientos de
hombres durante mucho tiempo y he sabido
cuidarme.
—No lo dudo. Pero ahora estás conmigo y no
quiero que seas tú quien tenga que proteger a
nadie, cuando soy yo el que quiere protegerte a ti.
—Pero, Pablo , creo que...
—He dicho que no —insistió él—. Además,
con lo que yo puedo llegar a ganar si entro en el
gabinete no vas a necesitar...
—Vamos, hombre..., no me vengas otra vez con
lo mismo — gruñó Rochi, recordando su
conversación con Gilbert Heine—. Vale..., sé que
vas a ganar mucho dinero si entras en ese maldito
bufete, pero no lo necesitamos. Ya vivimos muy
bien, ¿no?
—¿A qué viene eso de «maldito bufete»?
Rochi suspiró. Debía ser sincera con él pero,
omitiendo lo que Gilbert le había dicho para no
dañarlo, le habló de todo lo que Louise le había
contado en referencia a aquel sitio y su corrupción.
Pablo la escuchó y, una vez terminó, dijo:
—Habladurías, cariño. Es normal que ella esté
enfadada con Johan si sabe que está con otras
mujeres, pero de ahí a que culpabilice al bufete,
creo que...
—Pero, Pablo ...
El abogado levantó la mano y respondió en
actitud imperativa:
—Se acabó. No me apetece hablar de Johan y
de Louise porque no me interesan sus problemas
personales, pero sí quiero hablar de nosotros, y
por nada del mundo deseo que trabajes en lo que te
propones, ¿entendido?
—Pablo...
Él, desesperado por la impetuosidad de su
novia, preguntó:
—Entre esos antiguos compañeros con los que
podrías volver a trabajar, ¿hay alguno con quien
pudieras haber mantenido relaciones?
La pregunta la pilló de sorpresa. Por supuesto
que cabía la posibilidad de reencontrarse con
algún viejo compañero con el que había estado.
Ella misma se lo había contado, como él se lo
contaba todo a ella y, como no quería mentirle,
afirmó:
—Sabes que sí; ¿a qué viene eso?
Consciente de lo mucho que se jugaba con
aquella conversación, y más con una mujer como
Rochi, Pablo replicó con tranquilidad:
—Mira, cariño, me han invitado a varios pases
de modelos, fiestas y eventos a los que he
rechazado ir para no incomodarte a ti, ¿verdad?
—No me jodas, 007; ¿a qué viene eso ahora?
Dispuesto a soltar lo que llevaba dentro y
hasta el momento no había podido soltar, él
respondió:
—Viene a que, si a ti te molesta que yo me
reencuentre con antiguas conocidas, ¿acaso no
debo preocuparme yo si vas de nuevo de
Superwoman entre tanto machote?
Rochi no contestó.
El alemán tenía toda la razón del mundo.
En el tiempo que llevaban juntos, Pablo le
había hecho ver lo especial que era para él, e
incluso delante de ella había dejado muy claro a
toda mujer que se le acercaba que estaba
comprometido y fuera del mercado. Si iban a una
fiesta, acudían juntos. Si iban a un desfile, Pablo
evitaba siempre estar a solas con las modelos y,
cuando practicaban sexo con otros, jamás la hacía
sentirse mal, porque incluso en esos momentos le
demostraba que ella era única e irrepetible.
—Escucha, Pablo. En referencia a ese
trabajo...
—Me preocupa tu seguridad fundamentalmente
—la cortó—. Y en cuanto a los hombres con los
que trabajarás, serán buenas personas y todo lo
que tú digas, pero ¿crees que van a respetarte y no
van a hacer comentarios maliciosos?
Rochi sonrió. Conocía a alguno de aquellos
escoltas y, sin duda, en cuanto la vieran le dirían
de todo, incluso no dudaba de que alguno intentara
algo con ella por los viejos tiempos.
—Tú misma sonríes; ¿por qué?
—Vamos a ver, cariño, son tíos y...
—Precisamente porque son tíos como yo, sé de
lo que hablo, y por eso mi respuesta sigue siendo
que no quiero que vayas, porque no quiero que
estés a solas con ellos.
—Pero...
—¡No hay peros!
—Pablo...
Él sonrió. Había llegado al momento límite al
que quería llegar y, mirándola, añadió:
—Hagamos un trueque. Yo te doy. Tú me das.
Rocio lo pensó. Hacer aquello podía ser buena
idea, y asintió.
—Vale. ¿Qué quieres?
—¿Cualquier cosa? —preguntó el abogado con
picardía.
Rocio se tocó su corto y alocado pelo y afirmó:
—Si eso hace que te quedes más tranquilo,
cariño, ¡por supuesto!
La sonrisa de Pablo se ensanchó y, de pronto,
ella supo por dónde iba el morenazo. Se echó
hacia delante para apoyarse en la mesa y susurró:
—Eres un tramposo.
—¿Por qué? —dijo él riendo divertido.
—Porque sé muy bien lo que me vas a pedir y
me parece fatal.
—¿Y qué te voy a pedir? —preguntó él, riendo
otra vez, consciente de que su novia tenía razón.
Rochi se revolvió en su silla, resopló y dijo
mientras lo señalaba con un dedo:
—Me vas a pedir que me case contigo y
tengamos un pequeño Spiderman al que llamar
Peter, ¿verdad?
El alemán sonrió. Nada le gustaría más, y se
mofó:—
Si es que hasta te apellidas Igarzabal , cariño.
—Peter ... —protestó ella, consciente de
cuánto admiraba a Peter Parker, el álter ego de
Spiderman—. Y lo que me joroba más —continuó
— es que, si nos casamos, el imbécil de Gilbert
Heine se va a creer que lo hacemos para cumplir
uno de sus absurdos requisitos en relación con el
bufete.
Al oírla, Pablo frunció el ceño.
—Sabes que eso no es verdad —replicó—. Yo
nunca te he pedido que te cases conmigo por ese
motivo. Si te lo he pedido es porque te quiero y
deseo que seas mi mujer... ¿A qué viene eso?
Consciente de que no le había contado la
conversación que había mantenido con el hombre,
Peter resopló y, cuando fue a hablar, Pablo
prosiguió:
—Sabes que me encantaría casarme contigo,
pero siento decirte que no es eso lo que te voy a
pedir, cariño.
—¿No? —preguntó ella desconcertada.
—No. No es eso.
—Y, si no es eso, entonces ¿qué es?
A Pablo le encantó ver su expresión de
desconcierto. No había nada que deseara más que
casarse con ella y, claudicando, afirmó:
—Vale. Te he mentido. Quiero que te cases
conmigo.
—Lo sabía..., mira que lo sabía —gruñó Rocio,
a la que los bodorrios no le iban.
El abogado, divertido, la oyó protestar y, tras
coger el mando del equipo de música, lo encendió.
Le dio a la pista 3 y comenzó a sonar Quando,
Quando, Quando,[7] de Michael Bublé.
—Musiquita ahora... —rezongó Rochi.
La preciosa y romántica canción inundó el
despacho, y Pablo, sin darse por vencido, le guiñó
un ojo, hizo que ella se levantara y empezó a
canturrear:
—«Quando..., Quando..., Quando...».[8]
La exteniente suspiró y, cuando fue a protesar,
él la abrazó, la acercó a su cuerpo para bailar con
ella y murmuró:
—Puedo ser muy convincente si me lo
propongo; lo sabes, ¿verdad?
Rochi asintió. Si alguien podía conseguir algo de
ella, ése era Pablo. Ese maldito abogado, con su
romanticismo y su manera de mirarla, en ocasiones
conseguía que hiciera cosas inauditas, aunque
todavía no la había convencido de pasar por el
altar. Dejándose llevar por la música, Rocio se
disponía a decir algo cuando él le susurró al oído:
—Llevamos casi dos años viviendo juntos. Me
pediste tiempo y yo te lo he concedido. Sabes que
te adoro, que muero por mi prinsesa y...
—Eso es chantaje.
Pablo sonrió. Con ella no había otro modo.
—Lo sé, cariño —respondió—, pero si tú
quieres que yo claudique en unas cosas, tú has de
claudicar conmigo en otras. Sabes que me muero
por casarme contigo, y lo mejor de todo es que
sé que en el fondo, muy en el fondo, tú también te
mueres por casarte conmigo, ¿verdad que sí?
A Rochi se le escapó una sonrisita.
—Eres un creído, 007 —cuchicheó—. Y, si no
lo sabes ya, te recuerdo que los bodorrios con frac
y chaqué no me van. Si nos casamos algún día, lo
haré en vaqueros y celebrándolo con unas birritas.
Pablo, que era consciente de ello, sonrió.
—Tú, Sami y yo —convino—. Los tres somos
una familia, una preciosa familia, y simplemente
quiero formalizar las cosas como abogado que soy.
Vamos..., di que sí e intentaremos hacerlo de una
forma que nos guste a los dos.
—Chantajista emocional..., eso es lo que eres.
—Y tú eres preciosa.
Rochi miró el pisapapeles que Pablo tenía en la
mesa. «¿Se lo estampo en la cabeza?», pensó.
Pablo observó su mirada. «Me lo planta en la
cabeza», se dijo.
En silencio, bailaron aquella bonita canción,
hasta que Rochi sonrió. Luchar contra Pablo y su
corazón era imposible, por lo que lo miró y
afirmó:
—De acuerdo. Me casaré contigo.
Él se detuvo entonces en seco.
—Repite eso que has dicho —pidió mirándola.
Rocio puso los ojos en blanco y repitió:
—De acuerdo. Me casaré contigo este año,
aunque de momento la fecha queda en el aire —y
añadió—: Pero lo haré en vaqueros.
Henchido de orgullo por haber conseguido su
propósito, el abogado sonrió, y se disponía a decir
algo cuando ella lo interrumpió para matizar:
—Y, por supuesto, de momento, el enano calvo
y sin dientes que quieres que tengamos para
llamarlo Peter Parker habrá de esperar porque
quiero trabajar de escolta, ¿de acuerdo?
Pablo sonrió encantado. Sin duda, había
conseguido parte de lo que pretendía y, dispuesto a
lograr que Rochi dejara de lado la segunda parte del
trato, murmuró:
—No olvidaré este instante mientras viva.
Ella puso los ojos en blanco pero, incapaz de
no sonreír, declaró:
—Yo tampoco.
Sus cuerpos se rozaban y Rochi, soltándose de
él, se sentó sobre la mesa del despacho de su
futuro marido.
—¿Qué tal si sellamos nuestro pacto antes de
regresar con nuestros invitados? —propuso.
—Igarzabal, eres muy traviesa —murmuró Björn
divertido.
—Lo sé, como también sé que te gusta que lo
sea —afirmó ella sonriendo.
Pablo sonrió encantado.
—¡Que esperen! —exclamó abriéndose la
camisa.
Instantes después, la prenda de él voló, la
camiseta de ella acabó sobre una de las sillas y los
pantalones de ambos en el suelo mientras la voz de
Michael Bublé cantaba. Desnuda, Rocio se tumbó
sobre la mesa y, sin decoro, abrió las piernas para
él. Al ver lo que ella le ofrecía, Pablo jadeó, se le
acercó y susurró paseando el dedo delicadamente
por los pliegues húmedos de su sexo:
—Te comería entera, pero me temo que esto ha
de ser algo rápido.
Y, sin más, se metió entre sus piernas y la
penetró con urgencia.
Al sentir a Pablo en su interior, Rochi se arqueó
sobre la mesa y chilló de placer, mientras él se
apretaba contra ella y comenzaba a bombear con
fuerza.
El sonido de sus cuerpos al chocar resonaba en
el silencioso despacho. Pablo posó entonces las
manos sobre sus pechos, se los tocó y, tras
inclinarse para acceder a ellos, se los metió en la
boca y, sin parar de bombear, se los mordisqueó
hasta que los jadeos de Rocio lo volvieron loco.
El abogado vibraba mientras ella temblaba y,
enloquecido, se incorporó, le cogió las piernas, se
las subió a los hombros y, mirándola, dijo en un
tono cargado de sensualidad:
—Adoro follarte, teniente Igarzabal.
La exteniente asintió. Oírlo decir aquello en
aquel momento era morboso. Muy morboso.
El éxtasis que le provocaba lo que él le hacía y
le decía la dejaba sin fuerzas y, abandonada al
momento, se agarró a la mesa y volvió a chillar de
placer. Pablo era tremendamente sexual.
Sin descanso, el alemán continuó hasta que ella
gritó al llegar al clímax.
—Pablo...
Oír su nombre en boca de ella mientras
convulsionaba de placer era una de las cosas que
más le gustaban. Mirarla y admirarla mientras veía
el goce en su rostro lo apasionaba y lo excitaba
aún más, hasta que segundos después, tras un fuerte
empellón que hizo que Rocio volviera a gritar, el
abogado se corrió.
Con las respiraciones agitadas, Pablo bajó las
piernas de Rochi con cuidado y, tumbándose sobre
ella en la mesa, murmuró agotado:
—Señora Martinez, te voy a hacer muy feliz.
Diez minutos después, una vez vestidos de
nuevo, regresaron a la casa cogidos de la mano. Al
verlos, Peter y Lali sonrieron y se alegraron por la
increíble noticia.
¡Había boda!
viernes, 9 de junio de 2017
CAOITULO 8
El domingo por la mañana, tras levantarnos y dar
de desayunar a los niños, Peter me dice que ha
quedado con Pablo y que nos vamos a pasar el día
con ellos.
Eso me pone de buen humor. Adoro a Pablo y a
Rochi y estar con ellos siempre es divertido. Flyn
intenta escaquearse. Ya no le gusta venir con
nosotros a los sitios, pero Peter no se lo permite y,
al final, mi pequeño gruñón nos acompaña a
regañadientes.
Una vez conseguimos arreglar a los niños y
cargar en el coche todo lo necesario para pasar el
día fuera con ellos, nos dirigimos felices hacia el
centro de Múnich. A la una de la tarde, Peter y yo
llegamos con nuestra tropa, incluida Pipa, a la
casa de nuestros amigos.
Con tres niños que llevamos nosotros y Sami,
la niña de ellos, ¡la revolución está asegurada!
En cuanto nos ve llegar, Sami sonríe y corre
hacia nosotros. Nos adora tanto como nosotros la
adoramos a ella y, tirándose a los brazos de mi
amor, pregunta:
—¿Me has traído un regalo, tío Peter?
Me entra la risa. Sami es tan melosona...
Peter, que es un blando con ella y nuestros
niños, mete la mano en mi bolso y, como por arte
de magia, saca un huevo Kinder.
¡Nunca faltan!
Al verlo, la niña lo coge feliz y, después, corre
tras el pequeño Peter, que ya está trasteando con
sus juguetes, mientras que Flyn se sienta en un
sillón con cara de circunstancias por no tener su
móvil para wasapear.
Pablo , mi guapo amigo, se acerca a nosotros y,
quitándome a la ceporra de Hannah de los brazos,
pregunta:
—¿Cómo está mi monstruito?
¡«Monstruito»! Pablo la llama así por lo
llorona que es.
La niña lo mira. Se plantea si llorar o no por el
apelativo, pero finalmente sonríe. ¡Olé, mi niña! Si
es que cuando sonríe es para comerse esos
mofletes regordetes que tiene, pero oh..., oh..., de
pronto arruga el entrecejo, contrae la cara y
comienza a llorar.
¡Ea..., ya estamos!
Me río. ¡No lo puedo remediar! Y Pablo
rápidamente le entrega la niña a Peter, que, al
cogerla, le sonríe amoroso.
¡Qué paciencia tiene mi amor con Hannah!
Sin duda, la tiene porque es su pequeña
morenita, porque, si no fuera su hija, estoy segura
de que huiría de ella como de la peste.
Una vez veo que la niña deja de llorar, miro a
mi buen amigo Pablo y le pregunto:
—¿Has podido solucionar lo de tu página
web? Asiente, tuerce el cuello y afirma:
—Mañana volverá a estar operativa. Pero
cuando coja a ese tal Marvel, te aseguro que me
las va a pagar. Le voy a reventar la cabeza.
Rochi, que se acerca a nosotros, mira a Flyn y
pregunta:
—Cariño, ¿tu dedo está bien? Mamá me envió
un wasap para decirme lo que te había ocurrido.
¡Qué dolor!
Flyn me mira para saber si sólo le he contado
eso o algo más. Yo no muevo ni un músculo para
admitir o desmentir, y finalmente el niño dice
enseñándole la mano:
—Sí, estoy bien.
Pablo , que observa a Flyn, murmura entonces:
—Tú y yo tenemos que hablar, jovencito. Me
he enterado de algo que no me ha gustado nada de
nada en referencia a tus notas.
Flyn resopla, me mira con ojos acusadores, y
yo respondo:
—Yo no he sido. Habrá sido tu padre.
De pronto, Sami se acerca a Pablo y murmura
con gesto de tristeza:
—Papi, me duele la tripita.
Pablo centra entonces toda su atención en la
pequeña y, en cuanto le dice dos monerías, Sami
sonríe y se marcha corriendo. Eso me hace reír.
Todavía recuerdo lo mucho que le costó
pronunciar la erre. Rochi pone los ojos en blanco
ante la guasa de su hija, le quita a Peter a nuestra
niña de los brazos para besarla.
—Prínsipe..., prínsipe..., ¡creo que te engañan
como a un tonto! —murmuro yo divertida mirando
a mi amigo.
Pablo sonríe, coge al pequeño Peter, que
corretea con una de las muñecas de Sami mientras
le tira de la cabeza para arrancársela, y pregunta:
—¿Cómo está mi Superman?
Mi bonito niño rubio de ojos azules sonríe,
cuando Sami ofendida grita:
—¡Superman, eres tonto, dame mi prinsesa!
Mi amor se acerca rápidamente hasta nuestro
Superman destrozatodo y, tras quitarle la muñeca
de Sami antes de que le arranque la cabeza, se la
devuelve a la niña y ella lo abraza con una
encantadora sonrisa.
—Gracias, tío Peter . Te quiero mucho.
—¿Más que a papi? —pregunta Pablo
mirándola.
Bueno..., bueno, lo que me faltaba por oír. Será
celosón, el papi.
La niña, que es una preciosidad, y no sólo por
lo bonita que es, sonríe con picardía. ¡Menuda
elementa es la jodía! A continuación, mira a los
dos titanes que tiene delante y responde:
—Papi, a ti te quiero mucho, mucho, mucho, y
al tío lo quiero sólo un mucho.
—Ah, bueno... —Veo que sonríe el tontuso de
Pablo .
Rochi y yo nos miramos y también sonreímos.
Vaya tela con la prinsesa. Cuando crezca,
¡miedito nos da!
Peter y Pablo sonríen con cara de tontos, pero
¿qué efectos causan los niños en ellos?
Una vez ya nos hemos besado y saludado
todos, los hombres y los niños, acompañados por
Pipa, pasan a la sala de juegos guiados por Pablo.
Sin duda alguna, allí se divertirán, ¡hay de todo!
Cuando veo que se alejan, agarro a Rochi del
brazo y le pregunto:
—¿Qué tal la cenita de anoche con los
abogados?
—Un santo coñazo.
Ambas reímos. Sin duda, venimos de mundos
muy diferentes de aquel en el que están metidas
nuestras parejas, y en ocasiones codearte con
perfectas mujercitas a las que lo único que les
interesa es ser la más guapa o la que mejor lifting
se haya hecho no es lo nuestro.
Rochi tira entonces de mí y, al llegar junto a una
mesita, levanta un cojín y me entrega unos papeles.
Su gesto me hace saber que lo que me enseña no es
algo que a mi buen amigo Pablo lo haga saltar de
alegría.
Sonrío. ¡¿Qué será?!
Con los papeles en la mano, los miro y, cuando
estoy leyéndolos, Rochi apunta:
—Recuerdas que te lo comenté, ¿verdad? ¿Qué
te parece?
Leo y murmuro:
—¡Joder!
—Sabía que dirías eso —aplaude Rochi.
Madre mía..., madre mía...
—¿Pablo ha visto esto? —pregunto. Ella
asiente con la cabeza y yo añado—: ¿Y qué ha
dicho?
Mi amiga se acomoda en el bonito sillón de
color caramelo. Mira a Pablo , que en ese instante
sale con Peter de la sala de juegos con uno de sus
cómics en la mano, y sonríe.
Uy..., uy, esa expresión irónica no me deja
entrever nada bueno. Mientras los chicos están
preparándose algo de beber en el minibar del
salón, Rocio dice:
—Lógicamente, a Pablo no le hace ni pizca de
gracia.
—¡Lo sabía!
—Es un retrógrado —gruñe ella.
—También lo sé. Es del pelaje de Peter —
afirmo divertida.
Rochi vuelve a sonreír y, tras mirar a Pablo, que
habla con mi marido, cuchichea:
—No digas nada delante de él, ya he tenido
bastante esta mañana. Se me ocurrió enseñarle los
papeles y no veas la que montó James Bond. Así
pues, por favor, te pido que no lo comentes delante
de él.—
Vale.
Rochi suspira y prosigue:
—No le hace ni pizca de gracia la posibilidad
de que pueda trabajar como escolta para el
consulado de Estados Unidos en Múnich.
Ambas reímos. Luego Rochi se interrumpe y
dice:—
Ay, Lali, ¿qué hago? Dame tu opinión. Está
claro que como diseñadora gráfica no me fue mal,
pero... pero yo necesito algo más.
—¿Y yo qué quieres que te diga? Eso es algo
que debes decidir tú.
—Lo sé. Pero el pesadito de Pablo no quiere
hablar de ello.
De nuevo, me río. Sin duda, Peter y Pablo se
han enamorado del estilo de mujer que nunca
pensaron.
—¿Escolta? —cuchicheo divertida.
Rochi gesticula.
—Me encanta. Eso me permitirá ser una
chulita con traje de hombre y gafas de sol.
Vuelvo a reírme. No lo puede remediar.
Rochi lo ha dejado todo por Pablo como yo en su
momento lo dejé por Peter y, aunque sé que en su
vida es feliz como lo soy yo, pregunto:
—¿Te estás planteando regresar de nuevo al
ejército?
Mi pregunta la hace sonreír. ¡La madre que la
parió!
Rochi, la dura teniente Igarzabal del ejército de
Estados Unidos, me quita los papeles de las
manos, los dobla y, guardándolos al ver que los
chicos se acercan, me susurra:
—No voy a regresar al ejército. Eso no. Pero
podría ser escolta de...
—Rochi..., es peligroso.
—Escucha, La, más peligroso que mi antiguo
trabajo, ¡imposible! Viajaré de vez en cuando y
poco más.
—¿Poco más?
Luego Rochi añade bajando la voz:
—Mi padre ha movido algunos hilos para ello,
y creo que debería aprovecharlo.
—Pero ¿puedes ser escolta? —pregunto
sorprendida.
Ella, con su chulería característica, se retira el
flequillo de los ojos y afirma con gesto encantado:
—Soy la hija del mayor Cedric Igarzabal y
exteniente del ejército estadounidense; ¡pues claro
que puedo!
Ambas nos reímos cuando oímos a nuestra
espalda la voz de Pablo, que dice:
—No me lo digáis, ¿a que sé de lo que
habláis?
Su expresión me hace saber que no le agrada la
idea, y Rocio replica mirándolo:
—No hablábamos de ello, 007.
—Mentirosa..., eres una mentirosilla —se
mofa Pablo.
Peter se sienta a mi lado y, como siempre, en su
afán protector pasa la mano alrededor de mi
cintura y me acerca a él. Lo miro..., me mira y
sonreímos cuando Pablo suelta observando a su
chica:—
¿Qué letra de la palabra «¡No!» eres incapaz
de entender?
Rochi arquea las cejas. ¡Uissss, mal rollito! Y
con un gesto que me hace saber que eso no va a
acabar bien, responde:
—Mira, muñeco, a chula tú no me ganas ni
dando un cursillo acelerado; por tanto, tranqui,
tronco, no la vayas a cagar todavía más.
Pablo parpadea. Sin lugar a dudas, ha pasado
el tiempo, pero es evidente que todavía le cuesta
adaptarse a la manera de hablar de Rochi y, cuando
veo que va a responder, ella añade:
—¿Aún no te has dado cuenta de que tú no
decides por mí?
El gesto de Pablo se descompone por
momentos.
Bueno..., bueno..., que se va a armar la
marimorena y mi marido y yo estamos en fila
preferente.
Acto seguido, Pablo responde, después lo hace
Rochi, y comienzan a lanzarse pullitas. Entonces,
Peter acerca su boca a mi oído y pregunta:
—¿Qué les ocurre a James Bond y a la novia
de Thor?
Oír esos apodos me hace sonreír; aún recuerdo
cuando ellos mismos se los llamaban y, mirando a
los ojos de mi amor, esos ojos azules que tanto me
enamoran, respondo:
—El padre de Rochi ha movido algunos hilos
para que ella pueda trabajar en el consulado
estadounidense como escolta.
Veo sorpresa en la expresión de Peter, y no me
extraño cuando lo oigo decir:
—Pequeña, si fueras tú, la respuesta sería la
misma que la de Pablo: «¡No!».
A ver..., a ver...
Si alguien debería saber el mal resultado que
tiene es, Peter Lanzani , y
antes de que me dé tiempo a responder, él añade:
—Y sería un «¡No!» inamovible.
Uisss, ¡qué risa!
No puedo evitarlo.
Sin lugar a dudas, mi risita le hace saber a mi
alemán preferido lo que pienso y, tras retirarme un
mechón de pelo de la cara, insiste:
—No lo permitiría y lo sabes, ¿verdad?
Lo miro...
Me mira...
Sonrío...
Levanta las cejas...
Y finalmente, con ese arte español que corre
por mis venas, respondo:
—Mira, Iceman, si yo fuera ella, al final haría
lo que yo quisiera. Y lo sabes. Por tanto, alégrate
de que no soy ella, o tendrías un molesto problema
de esos que te sacan de tus casillas.
Peter sonríe.
Obviamente sabe que lo que digo es cierto, así
que acerca su boca a la mía y murmura
tentándome:
—Alégrate tú de no ser ella...
Sonrío con malicia y, sin apartar su mirada de
la mía, Peter me roza con su tentadora boca.
Madre mía..., ¡qué juego más sucio!
Me chupa el labio superior, después el
inferior, y termina con un mordisquito. ¡Sigue
jugando sucio! Y, antes de besarme como sólo él
sabe, murmura:
—Tú también, te guste o no, tendrías un
molesto problema de esos que te sacan de tus
casillas.
Me apresuro a besarlo. No puedo pensar en lo
que ha dicho. Bueno, sí puedo, pero ahora no
quiero hacerlo. Sólo quiero que me bese y que me
haga sentir tan especial como siempre lo hace.
Nuestras bocas se encuentran, igual que
docenas de veces al día, cuando oímos que Pablo
nos llama. Al levantar la vista, nos encontramos a
él y a Rochi de pie.
—Si nos disculpáis unos minutitos —dice él
con gesto serio—, Rochi y yo tenemos que pasar a
mi despacho a dialogar.
—No. Ahora no —replica ella.
Al oírla, él sonríe y, mirándola, dice:
—No soy militar, pero tengo mi artillería para
convencerte.
—¡¿Ahora?! —protesta Rochi.
Convencido de ello, Pablo mira a su novia e
insiste:
—Sí, Rochi, ¡ahora!
Me entra la risa mientras veo que mi amiga
disimula la suya. Ambas sabemos muy bien lo que
va a ocurrir en ese despacho.
—Pablo —continúa Rocio —. Están los niños,
Pipa, Peter y Lali; ¿no crees que ahora no es
momento?
Pero Pablo la coge entre sus brazos, nos mira y
dice:—
Enseguida volvemos.
Peter asiente...
Yo sonrío...
Rocio pone los ojos en blanco...
Y Pablo nos guiña un ojo mientras se van.
Dos segundos después, cuando nuestros amigos
desaparecen, Peter me mira y dice divertido:
—¿Qué te parece si vamos a ver cómo están
Pipa y los niños?
Asiento mimosa, lo beso y murmuro:
—Preferiría hacer otra cosa.
—Insaciable —cuchichea él sonriendo.
—Sólo de ti —matizo al entender sus palabras.
Encantado, mi loco amor me da un pequeño
azote en el trasero y, levantándose conmigo en
brazos, dice mientras camina en dirección a la sala
de juegos:
—De momento, comportémonos como unos
padres responsables que están de visita en casa de
sus amigos y, cuando estemos solos, te haré saber
lo insaciable que soy yo de ti.
Sonrío divertida. Sin lugar a dudas, ambos
somos insaciables.
de desayunar a los niños, Peter me dice que ha
quedado con Pablo y que nos vamos a pasar el día
con ellos.
Eso me pone de buen humor. Adoro a Pablo y a
Rochi y estar con ellos siempre es divertido. Flyn
intenta escaquearse. Ya no le gusta venir con
nosotros a los sitios, pero Peter no se lo permite y,
al final, mi pequeño gruñón nos acompaña a
regañadientes.
Una vez conseguimos arreglar a los niños y
cargar en el coche todo lo necesario para pasar el
día fuera con ellos, nos dirigimos felices hacia el
centro de Múnich. A la una de la tarde, Peter y yo
llegamos con nuestra tropa, incluida Pipa, a la
casa de nuestros amigos.
Con tres niños que llevamos nosotros y Sami,
la niña de ellos, ¡la revolución está asegurada!
En cuanto nos ve llegar, Sami sonríe y corre
hacia nosotros. Nos adora tanto como nosotros la
adoramos a ella y, tirándose a los brazos de mi
amor, pregunta:
—¿Me has traído un regalo, tío Peter?
Me entra la risa. Sami es tan melosona...
Peter, que es un blando con ella y nuestros
niños, mete la mano en mi bolso y, como por arte
de magia, saca un huevo Kinder.
¡Nunca faltan!
Al verlo, la niña lo coge feliz y, después, corre
tras el pequeño Peter, que ya está trasteando con
sus juguetes, mientras que Flyn se sienta en un
sillón con cara de circunstancias por no tener su
móvil para wasapear.
Pablo , mi guapo amigo, se acerca a nosotros y,
quitándome a la ceporra de Hannah de los brazos,
pregunta:
—¿Cómo está mi monstruito?
¡«Monstruito»! Pablo la llama así por lo
llorona que es.
La niña lo mira. Se plantea si llorar o no por el
apelativo, pero finalmente sonríe. ¡Olé, mi niña! Si
es que cuando sonríe es para comerse esos
mofletes regordetes que tiene, pero oh..., oh..., de
pronto arruga el entrecejo, contrae la cara y
comienza a llorar.
¡Ea..., ya estamos!
Me río. ¡No lo puedo remediar! Y Pablo
rápidamente le entrega la niña a Peter, que, al
cogerla, le sonríe amoroso.
¡Qué paciencia tiene mi amor con Hannah!
Sin duda, la tiene porque es su pequeña
morenita, porque, si no fuera su hija, estoy segura
de que huiría de ella como de la peste.
Una vez veo que la niña deja de llorar, miro a
mi buen amigo Pablo y le pregunto:
—¿Has podido solucionar lo de tu página
web? Asiente, tuerce el cuello y afirma:
—Mañana volverá a estar operativa. Pero
cuando coja a ese tal Marvel, te aseguro que me
las va a pagar. Le voy a reventar la cabeza.
Rochi, que se acerca a nosotros, mira a Flyn y
pregunta:
—Cariño, ¿tu dedo está bien? Mamá me envió
un wasap para decirme lo que te había ocurrido.
¡Qué dolor!
Flyn me mira para saber si sólo le he contado
eso o algo más. Yo no muevo ni un músculo para
admitir o desmentir, y finalmente el niño dice
enseñándole la mano:
—Sí, estoy bien.
Pablo , que observa a Flyn, murmura entonces:
—Tú y yo tenemos que hablar, jovencito. Me
he enterado de algo que no me ha gustado nada de
nada en referencia a tus notas.
Flyn resopla, me mira con ojos acusadores, y
yo respondo:
—Yo no he sido. Habrá sido tu padre.
De pronto, Sami se acerca a Pablo y murmura
con gesto de tristeza:
—Papi, me duele la tripita.
Pablo centra entonces toda su atención en la
pequeña y, en cuanto le dice dos monerías, Sami
sonríe y se marcha corriendo. Eso me hace reír.
Todavía recuerdo lo mucho que le costó
pronunciar la erre. Rochi pone los ojos en blanco
ante la guasa de su hija, le quita a Peter a nuestra
niña de los brazos para besarla.
—Prínsipe..., prínsipe..., ¡creo que te engañan
como a un tonto! —murmuro yo divertida mirando
a mi amigo.
Pablo sonríe, coge al pequeño Peter, que
corretea con una de las muñecas de Sami mientras
le tira de la cabeza para arrancársela, y pregunta:
—¿Cómo está mi Superman?
Mi bonito niño rubio de ojos azules sonríe,
cuando Sami ofendida grita:
—¡Superman, eres tonto, dame mi prinsesa!
Mi amor se acerca rápidamente hasta nuestro
Superman destrozatodo y, tras quitarle la muñeca
de Sami antes de que le arranque la cabeza, se la
devuelve a la niña y ella lo abraza con una
encantadora sonrisa.
—Gracias, tío Peter . Te quiero mucho.
—¿Más que a papi? —pregunta Pablo
mirándola.
Bueno..., bueno, lo que me faltaba por oír. Será
celosón, el papi.
La niña, que es una preciosidad, y no sólo por
lo bonita que es, sonríe con picardía. ¡Menuda
elementa es la jodía! A continuación, mira a los
dos titanes que tiene delante y responde:
—Papi, a ti te quiero mucho, mucho, mucho, y
al tío lo quiero sólo un mucho.
—Ah, bueno... —Veo que sonríe el tontuso de
Pablo .
Rochi y yo nos miramos y también sonreímos.
Vaya tela con la prinsesa. Cuando crezca,
¡miedito nos da!
Peter y Pablo sonríen con cara de tontos, pero
¿qué efectos causan los niños en ellos?
Una vez ya nos hemos besado y saludado
todos, los hombres y los niños, acompañados por
Pipa, pasan a la sala de juegos guiados por Pablo.
Sin duda alguna, allí se divertirán, ¡hay de todo!
Cuando veo que se alejan, agarro a Rochi del
brazo y le pregunto:
—¿Qué tal la cenita de anoche con los
abogados?
—Un santo coñazo.
Ambas reímos. Sin duda, venimos de mundos
muy diferentes de aquel en el que están metidas
nuestras parejas, y en ocasiones codearte con
perfectas mujercitas a las que lo único que les
interesa es ser la más guapa o la que mejor lifting
se haya hecho no es lo nuestro.
Rochi tira entonces de mí y, al llegar junto a una
mesita, levanta un cojín y me entrega unos papeles.
Su gesto me hace saber que lo que me enseña no es
algo que a mi buen amigo Pablo lo haga saltar de
alegría.
Sonrío. ¡¿Qué será?!
Con los papeles en la mano, los miro y, cuando
estoy leyéndolos, Rochi apunta:
—Recuerdas que te lo comenté, ¿verdad? ¿Qué
te parece?
Leo y murmuro:
—¡Joder!
—Sabía que dirías eso —aplaude Rochi.
Madre mía..., madre mía...
—¿Pablo ha visto esto? —pregunto. Ella
asiente con la cabeza y yo añado—: ¿Y qué ha
dicho?
Mi amiga se acomoda en el bonito sillón de
color caramelo. Mira a Pablo , que en ese instante
sale con Peter de la sala de juegos con uno de sus
cómics en la mano, y sonríe.
Uy..., uy, esa expresión irónica no me deja
entrever nada bueno. Mientras los chicos están
preparándose algo de beber en el minibar del
salón, Rocio dice:
—Lógicamente, a Pablo no le hace ni pizca de
gracia.
—¡Lo sabía!
—Es un retrógrado —gruñe ella.
—También lo sé. Es del pelaje de Peter —
afirmo divertida.
Rochi vuelve a sonreír y, tras mirar a Pablo, que
habla con mi marido, cuchichea:
—No digas nada delante de él, ya he tenido
bastante esta mañana. Se me ocurrió enseñarle los
papeles y no veas la que montó James Bond. Así
pues, por favor, te pido que no lo comentes delante
de él.—
Vale.
Rochi suspira y prosigue:
—No le hace ni pizca de gracia la posibilidad
de que pueda trabajar como escolta para el
consulado de Estados Unidos en Múnich.
Ambas reímos. Luego Rochi se interrumpe y
dice:—
Ay, Lali, ¿qué hago? Dame tu opinión. Está
claro que como diseñadora gráfica no me fue mal,
pero... pero yo necesito algo más.
—¿Y yo qué quieres que te diga? Eso es algo
que debes decidir tú.
—Lo sé. Pero el pesadito de Pablo no quiere
hablar de ello.
De nuevo, me río. Sin duda, Peter y Pablo se
han enamorado del estilo de mujer que nunca
pensaron.
—¿Escolta? —cuchicheo divertida.
Rochi gesticula.
—Me encanta. Eso me permitirá ser una
chulita con traje de hombre y gafas de sol.
Vuelvo a reírme. No lo puede remediar.
Rochi lo ha dejado todo por Pablo como yo en su
momento lo dejé por Peter y, aunque sé que en su
vida es feliz como lo soy yo, pregunto:
—¿Te estás planteando regresar de nuevo al
ejército?
Mi pregunta la hace sonreír. ¡La madre que la
parió!
Rochi, la dura teniente Igarzabal del ejército de
Estados Unidos, me quita los papeles de las
manos, los dobla y, guardándolos al ver que los
chicos se acercan, me susurra:
—No voy a regresar al ejército. Eso no. Pero
podría ser escolta de...
—Rochi..., es peligroso.
—Escucha, La, más peligroso que mi antiguo
trabajo, ¡imposible! Viajaré de vez en cuando y
poco más.
—¿Poco más?
Luego Rochi añade bajando la voz:
—Mi padre ha movido algunos hilos para ello,
y creo que debería aprovecharlo.
—Pero ¿puedes ser escolta? —pregunto
sorprendida.
Ella, con su chulería característica, se retira el
flequillo de los ojos y afirma con gesto encantado:
—Soy la hija del mayor Cedric Igarzabal y
exteniente del ejército estadounidense; ¡pues claro
que puedo!
Ambas nos reímos cuando oímos a nuestra
espalda la voz de Pablo, que dice:
—No me lo digáis, ¿a que sé de lo que
habláis?
Su expresión me hace saber que no le agrada la
idea, y Rocio replica mirándolo:
—No hablábamos de ello, 007.
—Mentirosa..., eres una mentirosilla —se
mofa Pablo.
Peter se sienta a mi lado y, como siempre, en su
afán protector pasa la mano alrededor de mi
cintura y me acerca a él. Lo miro..., me mira y
sonreímos cuando Pablo suelta observando a su
chica:—
¿Qué letra de la palabra «¡No!» eres incapaz
de entender?
Rochi arquea las cejas. ¡Uissss, mal rollito! Y
con un gesto que me hace saber que eso no va a
acabar bien, responde:
—Mira, muñeco, a chula tú no me ganas ni
dando un cursillo acelerado; por tanto, tranqui,
tronco, no la vayas a cagar todavía más.
Pablo parpadea. Sin lugar a dudas, ha pasado
el tiempo, pero es evidente que todavía le cuesta
adaptarse a la manera de hablar de Rochi y, cuando
veo que va a responder, ella añade:
—¿Aún no te has dado cuenta de que tú no
decides por mí?
El gesto de Pablo se descompone por
momentos.
Bueno..., bueno..., que se va a armar la
marimorena y mi marido y yo estamos en fila
preferente.
Acto seguido, Pablo responde, después lo hace
Rochi, y comienzan a lanzarse pullitas. Entonces,
Peter acerca su boca a mi oído y pregunta:
—¿Qué les ocurre a James Bond y a la novia
de Thor?
Oír esos apodos me hace sonreír; aún recuerdo
cuando ellos mismos se los llamaban y, mirando a
los ojos de mi amor, esos ojos azules que tanto me
enamoran, respondo:
—El padre de Rochi ha movido algunos hilos
para que ella pueda trabajar en el consulado
estadounidense como escolta.
Veo sorpresa en la expresión de Peter, y no me
extraño cuando lo oigo decir:
—Pequeña, si fueras tú, la respuesta sería la
misma que la de Pablo: «¡No!».
A ver..., a ver...
Si alguien debería saber el mal resultado que
tiene es, Peter Lanzani , y
antes de que me dé tiempo a responder, él añade:
—Y sería un «¡No!» inamovible.
Uisss, ¡qué risa!
No puedo evitarlo.
Sin lugar a dudas, mi risita le hace saber a mi
alemán preferido lo que pienso y, tras retirarme un
mechón de pelo de la cara, insiste:
—No lo permitiría y lo sabes, ¿verdad?
Lo miro...
Me mira...
Sonrío...
Levanta las cejas...
Y finalmente, con ese arte español que corre
por mis venas, respondo:
—Mira, Iceman, si yo fuera ella, al final haría
lo que yo quisiera. Y lo sabes. Por tanto, alégrate
de que no soy ella, o tendrías un molesto problema
de esos que te sacan de tus casillas.
Peter sonríe.
Obviamente sabe que lo que digo es cierto, así
que acerca su boca a la mía y murmura
tentándome:
—Alégrate tú de no ser ella...
Sonrío con malicia y, sin apartar su mirada de
la mía, Peter me roza con su tentadora boca.
Madre mía..., ¡qué juego más sucio!
Me chupa el labio superior, después el
inferior, y termina con un mordisquito. ¡Sigue
jugando sucio! Y, antes de besarme como sólo él
sabe, murmura:
—Tú también, te guste o no, tendrías un
molesto problema de esos que te sacan de tus
casillas.
Me apresuro a besarlo. No puedo pensar en lo
que ha dicho. Bueno, sí puedo, pero ahora no
quiero hacerlo. Sólo quiero que me bese y que me
haga sentir tan especial como siempre lo hace.
Nuestras bocas se encuentran, igual que
docenas de veces al día, cuando oímos que Pablo
nos llama. Al levantar la vista, nos encontramos a
él y a Rochi de pie.
—Si nos disculpáis unos minutitos —dice él
con gesto serio—, Rochi y yo tenemos que pasar a
mi despacho a dialogar.
—No. Ahora no —replica ella.
Al oírla, él sonríe y, mirándola, dice:
—No soy militar, pero tengo mi artillería para
convencerte.
—¡¿Ahora?! —protesta Rochi.
Convencido de ello, Pablo mira a su novia e
insiste:
—Sí, Rochi, ¡ahora!
Me entra la risa mientras veo que mi amiga
disimula la suya. Ambas sabemos muy bien lo que
va a ocurrir en ese despacho.
—Pablo —continúa Rocio —. Están los niños,
Pipa, Peter y Lali; ¿no crees que ahora no es
momento?
Pero Pablo la coge entre sus brazos, nos mira y
dice:—
Enseguida volvemos.
Peter asiente...
Yo sonrío...
Rocio pone los ojos en blanco...
Y Pablo nos guiña un ojo mientras se van.
Dos segundos después, cuando nuestros amigos
desaparecen, Peter me mira y dice divertido:
—¿Qué te parece si vamos a ver cómo están
Pipa y los niños?
Asiento mimosa, lo beso y murmuro:
—Preferiría hacer otra cosa.
—Insaciable —cuchichea él sonriendo.
—Sólo de ti —matizo al entender sus palabras.
Encantado, mi loco amor me da un pequeño
azote en el trasero y, levantándose conmigo en
brazos, dice mientras camina en dirección a la sala
de juegos:
—De momento, comportémonos como unos
padres responsables que están de visita en casa de
sus amigos y, cuando estemos solos, te haré saber
lo insaciable que soy yo de ti.
Sonrío divertida. Sin lugar a dudas, ambos
somos insaciables.
sábado, 3 de junio de 2017
CAPITULO 7
A la mañana siguiente, cuando me despierto, estoy e
sola en la cama. Miro el reloj: las diez y veinte.
Rápidamente me levanto.
¿Por qué Peter no me ha despertado antes?
Como una loca, me visto. Me pongo unos
vaqueros, una camiseta y unas zapatillas de
deporte y vuelo escaleras abajo.
Cuando llego a la cocina, Simona, Pipa y Peter
están con los niños, mientras que Flyn está
tecleando en su móvil. Como una exhalación, entro
y le pregunto a mi amor:
—¿Por qué no me has despertado?
Él se acerca a mí con una preciosa sonrisa y,
tras besarme en los labios, responde:
—Porque necesitabas dormir. Buenos días,
pequeña.
Que esté de humor me hace sonreír y, sin
querer pensar en lo que hablamos la noche
anterior, miro a mi alrededor y pregunto:
—¿Dónde está Sami?
Peter , que está haciéndole una pedorreta a
Hannah, no responde. Flyn me mira entonces con
cara de apuro y dice:
—Pablo ha venido esta mañana y se la ha
llevado.
De pronto, el teléfono móvil de Peter suena.
Echa un vistazo a la pantalla y, mientras le entrega
la niña a Pipa, dice:
—Es Weber, para unos temas de la oficina. Iré
al despacho a hablar con él.
—¿Otra vez trabajo?
Peter resopla y sale de la cocina sin contestar.
Cuando ya se ha ido, me acerco a Flyn.
—¿Qué te ocurre, cariño? —le pregunto.
Ahora que Peter no está, él me mira
directamente a los ojos.
¡Uy..., uy..., esa miradita de cordero
degollado...!
¿Qué habrá hecho, Dios mío? ¿Qué habrá
hecho?
Acostumbrada a su especial mirada coreana
alemana, levanto las cejas y finalmente él dice:
—¿Podemos ir a mi habitación?
¡Lo sabía!
¡Sabía que ocurría algo!
Convencida de que tiene algo que contarme,
asiento y los dos salimos de la cocina. Al salir,
veo que Flyn mira en dirección al despacho de
Peter y, cuando se asegura de que está la puerta
cerrada y no nos ve, me coge de la mano y, tirando
de mí a toda prisa, dice:
—Vamos.
Subimos la escalera de dos en dos y en
silencio. Al llegar a su cuarto, entramos, él cierra
la puerta y me mira.
—Mamá —dice—, tengo que contarte algo.
Asiento. Sin duda, la cosa va a traer miga. Me
siento en su cama tras quitar un par de camisetas
que como siempre ha dejado tiradas y pregunto
con un suspiro:
—Lo sé. Conozco tu mirada, así que ¡dispara!
Mi hijo se rasca el cuello.
Bueno..., bueno..., que a éste le van a salir
ronchones también.
Después se rasca la coronilla y finalmente va
hasta su mesilla, rebusca en el cajón y,
tendiéndome un sobre, dice:
—No te enfades, pero son las notas.
Ay, mi niño... Pobrecito, el apuro que tiene.
Si él supiera lo malísima estudiante que fui yo
a su edad y los disgustos que les daba a mis
padres, seguramente me miraría con otros ojos.
Pero no, no puedo decírselo, y sonrío.
Flyn es un buen estudiante, siempre ha sido un
niño de notables y sobresalientes y tremendamente
exigente consigo mismo. Cojo el sobre que me
tiende e intento quitarle hierro al asunto.
—Vamos, cariño, no pongas esa cara. Papá y
yo ya te hemos dicho muchas veces que no hace
falta que todo sean sobresalientes, mi amor.
Además, este año has cambiado de ciclo y de
centro y es todo mucho más difícil, por lo que es
normal que tus notas hayan bajado.
El pobre me mira con ojitos de ratoncillo
asustado y yo sonrío.
¡Cómo me camela mi coreano alemán!
Y entonces, sin abrir el sobre con las notas que
me ha dado, pregunto:
—¿Estás apurado porque te ha quedado alguna,
cuchufleto?
Él asiente. Pero si hasta pálido lo veo...
Yo sonrío y cuchicheo, aunque, a diferencia de
otras veces, cuando le digo aquel ridículo
«¡cuchufleto!» que tanto repite mi hermana Cande,
no sonríe, por lo que comienzo a preocuparme.
—¿Qué has suspendido? —pregunto.
Remolonea. Duda. Mira el techo.
Oh..., oh..., ¡esto no me gusta!
Después, sus ojos se dirigen al armario donde
están sus pósteres de los Imagine Dragons, su
grupo preferido.
¡Uf..., comienzo a asustarme!
Luego mira a sus pies y finalmente, cuando ve
que me muevo y me va a dar un ataque, susurra sin
mirarme:
—Me han quedado seis.
¡¿Seis?!
¡Ay, que me da un jamacuco!
¿He oído bien? ¡¿Ha dicho seis?!
¡La madre que lo parió!
—¡¿Seis?! —susurro antes de gritar—. ¡¿Te
han quedado seis?!
Flyn, al ver mi gesto y oír mi voz, pone cara de
«pobre de mí» y responde:
—Sí..., pero... es que...
—¡Joder, Flyn, seis! —repito sin creerlo
mientras el cuello me comienza a arder.
Pero ¿cómo ha podido pasar eso si siempre ha
sido un estudiante estupendo?
Madre mía. Madre mía, cuando se entere uno
que yo me sé, la que se va a armar.
El niño no sabe adónde mirar, ¡y yo tampoco!
Y, como una loca, abro el sobre de las notas y,
con un hilo de voz, murmuro:
—Has suspendido... historia, matemáticas,
filosofía, geografía, inglés y dibujo... Pero... pero
¿cómo puedes suspender hasta dibujo? Madre mía,
Flyn, cuando Peter vea esto, no querría encontrarme
en tu pellejo.
Mi hijo me mira, sabe que tengo razón.
—¿Cómo se llamaba tu tutor, que no lo
recuerdo? —pregunto enfadada.
—Alves. Señor Alves.
Asiento y repito acalorada:
—El lunes ya puedes decirle al señor Alves
que quiero una tutoría con él para que me explique
qué narices ha pasado, ¿entendido?
Flyn asiente, no le queda otra. Todavía
sorprendida por aquello, murmuro:
—¿Y cómo le contamos esto a tu padre?
En ese instante se abre la puerta de la
habitación. Al ver que es Peter, escondo
rápidamente las notas a mi espalda.
¡Qué tío, siempre nos pilla!
Nos ve a los dos desconcertados, así que entra,
cierra la puerta y pregunta:
—¿Qué planeáis a mis espaldas?
Como si nos hubiera comido la lengua un
hipopótamo, así estamos Flyn y yo. El niño no
sabe qué decir, y yo no sé ni qué responder.
Madre mía..., madre mía..., cuando vea las
puñeteras notas...
Nuestro mutismo y la rigidez de nuestros
cuerpos ponen en alerta a Peter. Nos conoce. Se
acerca a mí y dice:
—¿Qué ocurre, pequeña? —Al ver mi brazo
hacia atrás, mira por encima de mi cabeza y
pregunta—: ¿Qué es ese papel que escondes?
Ahora la que lo mira con ojos de ratoncillo
asustado soy yo, y entonces oigo a Flyn decir:
—Papá, son las notas.
Peter me mira...
Yo lo miro...
Peter sonríe...
Yo me rasco el cuello...
Las ronchas en mi cuello me delatan y eso le
hace presuponer que algo no va bien. Así pues, me
aparta la mano para que no me rasque, a
continuación me la suelta, extiende su mano y dice:
—¿Me enseñas las notas, Lali?
Vale. El momento ha llegado. Pero antes de
dárselas, digo intentando allanarle el camino a
Flyn:—
Cariño, piensa que este año ha cambiado de
ciclo y...
—Venga, La, eso ya lo sé. Enséñamelas.
Flyn y yo nos miramos.
—Me estáis asustando con vuestras miraditas
—dice Peter, aún con humor.
Oy..., oy..., oy..., la que se va a armar...
Y, sin poder retrasar más el terrible momento,
se las entrego.
¡A cubrirse toca!
Sin quitarle de encima la vista a mi amor, veo
cómo su boca pasa de la divertida sonrisa a la
sorpresa y, de ahí, al enfado en décimas de
segundo.
Ante nosotros acaba de aparecer el frío Iceman
que asusta a Flyn, y entonces lo oigo decir con voz
ronca y controlada:
—Flyn, ve a mi despacho y espérame allí.
En un abrir y cerrar de ojos, el chico
desaparece de la habitación, y Peter me mira y
sisea:—
¿Cuánto tiempo pensabas ocultármelo?
Su acusación me toca las narices, el pie
derecho y distintas partes de mi cuerpo. Me
levanto de la cama y pregunto con cautela:
—¿Cómo dices?
Con el gesto congestionado y las malditas
notas en la mano, Peter musita:
—Aquí pone que se las entregaron el día 18, y
hoy es 23. ¿Hasta cuándo pensabas ocultármelas?
Ya estamos. ¡Peter y sus conclusiones
precipitadas!
Clavo mis ojazos negros en él y protesto:
—Oye..., oye..., oye. Que yo las acabo de ver
por primera vez hace cinco minutos.
—¡¿Seguro?!
—¡Segurísimo!
—No me lo creo.
—Pues créetelo —insisto.
—La, me molesta cuando mientes para ocultar
algo de Flyn.
¡Ya estamos!
¿Por qué Peter siempre cree que estoy
compinchada con el niño para todo?
Tras acercarme a él sin ningún miedo, le clavo
el dedo índice en el pecho y siseo:
—Mira, bollito...
—¡Lali!
—¡¿Qué?!
—¡No vuelvas a llamarme así! —replica
furioso.
Su mirada me hace saber que eso no le hace
ninguna gracia, y no dispuesta a jorobar las cosas
más de lo que están, digo:
—Vale. Perdona. En cuanto al niño, entiendo tu
sorpresa y tu enfado, porque eso mismo me ha
pasado a mí cuando me las ha enseñado. Pero lo
que no entiendo es que rápidamente desconfíes de
mí porque yo...
—¿Cómo no voy a desconfiar de ti, si siempre
lo estás tapando?
—¡Pero ¿qué narices estás diciendo, gi...?!
Su dura mirada hace que me calle. Es mejor
que en un momento así no lo insulte o todo irá a
peor. Pero, vamos a ver, ¿qué es eso de desconfiar
de mí, cuando yo confío plenamente en él?
Peter se mueve nervioso. Para mi desgracia,
cuando las cosas se le escapan de las manos,
puede llegar a ser el hombre más desagradable del
mundo.
—¿Acaso crees que soy tonto y no me doy
cuenta de la infinidad de veces que me ocultas
algo para que no lo regañe? —insiste.
¡Joder, tiene razón!
Bueno..., bueno..., bueno... Si se entera de que
he comprado dos entradas para llevarlo al
concierto de los Imagine Dragons, ¡la que me
monta es fina!
Reconozco que soy demasiado protectora con
Flyn en ciertos momentos, pero también lo soy con
mis otros hijos, con mi familia, con mis amigos e
incluso con él. Sin embargo, cuando voy a
contestar, Peter se adelanta:
—Da igual lo que digas, La. Como siempre, a
ti todo te entra por un oído y te sale por el otro,
¿verdad? —A continuación, se dirige hacia la
puerta y añade—: Voy a hablar con Flyn a solas.
Necesito una explicación a este desastre de notas.
Y, sin mirarme, sale del cuarto dando un
portazo.
¡Ya la hemos liado!
Está visto que, cuando la mala rachita
comienza..., ¡a saber Dios cuándo acaba!
Una vez sola en la habitación, durante varios
segundos miro al suelo.
Sé que Peter tiene razones más que suficientes
para estar mosqueado pero, como siempre, ya me
ha echado la culpa a mí. La primera sorprendida
con lo ocurrido al ver las notas he sido yo, pero
estoy segura de que ese cambio de actitud en Flyn
tiene una explicación. Sin duda, la adolescencia,
los amigos y los amores lo están atontando.
Sin embargo, como madre que me considero de
Flyn, decido ir al despacho. Quiero estar delante
cuando explique el desastre. Así pues, salgo de la
habitación, bajo la escalera y me dirijo hacia el
despacho de mi incombustible amor enfadado.
Al llegar, está la puerta cerrada y oigo la voz
autoritaria de Peter.
¡Buenoooo..., la que le está cayendo a Flyn!
Ya conozco a Peter porque, si no, estaría
asustadita perdida pensando que está ladrando
como un perro furioso y rabioso. Sin esperar un
segundo más, abro la puerta y entro.
Peter y Flyn me miran, y veo en los ojos de mi
niño algo que nunca he visto en él y que mi padre
siempre ha llamado pasotismo. Eso no me gusta,
así que me dirijo a Peter , que tiene las notas en la
mano, y digo:
—Soy su madre y quiero estar presente en todo
lo que tengas que decirle.
Observo cómo su pecho se agita y sus ojos se
entornan..., ¡joder, parece chino!
En su mirada leo que le gustaría echarme del
despacho, pero sabe que lo que he dicho es
importante para el niño y para todos como familia
y, volviendo a mirar al crío, continúa con su
perorata.
Como siempre, Peter hace preguntas y, cuando
Flyn va a contestar, lo interrumpe y el niño se
encoge. Eso me saca de mis casillas. Peter no lo
deja contestar. Me callo y decido decirle a mi
marido lo que pienso cuando el crío no esté
presente.
—Estás castigado sin salir con tus amigos.
—Papáaaa...
—¡He dicho castigado! —insiste mi alemán.
—¡No soy un niño! —grita Flyn.
Al oír eso, Peter resopla, apoya las manos en la
mesa de su despacho y controlando la voz sisea:
—Eres mi hijo y con eso me vale para
castigarte.
Flyn se desespera, lo veo en sus ojos y,
mirándome, dice:
—El viernes tengo una fiesta importante.
—¿Qué fiesta? —pregunta Peter.
Sin amilanarse, el crío se dirige a mi amor y
responde:
—La fiesta del cumpleaños de mi novia.
—Pues dile a Dakota que no vas —suelta Peter.
—Dakota no es mi novia, papá; ahora lo es
Elke. Peter me mira y, tan sorprendido como yo
cuando me enteré, pregunta:
—¿Y quién narices es Elke?
Bueno..., bueno..., bueno..., la cosa se va
caldeando por segundos cuando Flyn, en busca del
apoyo que siempre le doy, me mira con ese gesto
que me descongela hasta el alma.
—Mamá, ayúdame —suplica—, tengo que ir a
la fiesta de Elke.
—Tu madre no te va a ayudar porque no irás,
¡estás castigado! —insiste Peter.
—Papáaaa...
Suspiro y me acaloro. No voy a llevarle la
contraria a Peter, esta vez no, porque sé que tiene
razón. Así pues, cojo fuerzas y digo:
—Lo siento, Flyn, pero como papá ha dicho,
¡estás castigado!
Mi niño me mira con gesto de incredulidad. No
entiende cómo esta vez no lo ayudo.
¡Ay, qué dolor siento en el alma!
Esto de ser madre de un adolescente, en plena
edad del pavo, es más duro de lo que creía.
Noto la mirada de conformidad de Peter ante lo
que he dicho y, cuando Flyn vuelve a quejarse otra
vez, le suelta:
—Y, por supuesto, ya puedes olvidarte del
ordenador, la tablet, las redes sociales y el móvil.
—¡No puedes hacer eso! —grita Flyn.
Peter se pone enfermo al oír su tono y,
acercándose a él, replica:
—Puedo y lo haré.
—¡Pero, papá...!
Bueno..., bueno..., bueno..., si le quita todo eso
al niño, se lo carga. ¡Pobrecito!
—Y como vuelvas a protestar o a levantarme
la voz —sisea Peter con gesto furioso—, te juro,
Flyn, que las consecuencias van a ser mucho más
graves.
El niño me mira. ¡Angelito! Y yo, con la
mirada, sin pestañear, le pido que no abra la boca
y no se le ocurra mencionar lo de las entradas del
concierto.
Por suerte, me entiende, hace caso y mira al
suelo. Uf..., ¡menos mal!
Cuando Peter se enfada, es el tío más
intransigente del mundo pero, en este instante, pese
a la pena que me da Flyn, mi amor tiene toda la
razón.
Durante un par de minutos, los tres
permanecemos callados, hasta que finalmente Peter
dice:—
Sal del despacho y tráeme tu portátil, la
tablet y el móvil. Te lo devolveré todo y podrás
volver a salir con tus amigos cuando recuperes las
seis que te han quedado, ¿entendido?
Abatido, mi coreano alemán agacha la cabeza.
Sabe que en este instante es mejor obedecer y, por
ello, sin mirarme, pasa por mi lado y sale del
despacho.
Una vez me quedo a solas con mi amor, Peter
me mira.
Ea..., ¡ahora me toca a mí!
—Siento haberme puesto así contigo —dice—.
Flyn me ha contado que acababas de ver las notas.
Lo siento, cariño. Perdóname.
No respondo, simplemente lo miro con gesto
de enfado y lo informo:
—Le he dicho a Flyn que le comente a su
profesor que quiero una tutoría con él.
—Iremos los dos —afirma Peter.
Dos segundos después, la puerta se abre y Flyn
entra con todo lo que Peter le ha pedido. Sin
mirarnos a ninguno de los dos, deja el ordenador,
la tablet y el móvil sobre la mesa del despacho y
se marcha.
Peter se pasa entonces la mano por la cabeza y
pregunta:
—¿Qué estamos haciendo mal, La?
Oír su tono de voz abatido me hace saber que a
él le ha dolido más hacer lo que ha hecho que a
nuestro hijo.
—No hemos hecho nada mal, Peter —murmuro
acercándome a él—. Seguimos siendo los mismos
que ayer, pero él cambia y ya no es el niño que se
contentaba aprendiendo a montar en monopatín o
jugando con nosotros a la PlayStation.
—Y, si no hemos hecho nada mal, ¿por qué de
pronto suspende seis?
Ésa es una pregunta difícil de responder.
—Yo no puedo meterme en la cabeza de Flyn
—digo—, pero he tenido su edad, como la has
tenido tú también, y...
—Yo siempre he sido muy responsable,
incluso con esa edad, La —me corta—. Siempre
he sabido que los estudios eran algo que debía
aprobar por mí y por mis padres, aunque estuviera
desfasado en ciertos momentos.
Sonrío. Sin duda, mi chicarrón siempre ha sido
un gran responsable. Me encojo de hombros y
respondo:
—Pues siento decirte que a mí, a su edad, lo
último que me importaba eran los estudios y lo que
mis padres pensaran, porque lo único que quería
era saltar con la bicicleta como una loca,
divertirme y, cuando iba a la discoteca con mis
amigas, ser una chica guapa a la que admiraran los
chicos.
Mi confesión hace que Peter me mire, y
entonces observo que las comisuras de sus labios
se relajan.
¡Bien..., vamos bien!
Acto seguido, pasa las manos alrededor de mi
cintura y murmura:
—Tus amigos debían de estar ciegos para no
admirarte.
Vuelvo a sonreír. ¡Qué mono es cuando quiere
el jodío!
—Era desgarbada, además de peleona con los
chicos —confieso—. Me gustaba demasiado el
deporte y me sentía fea ante otras chicas que, con
mi misma edad, estaban más desarrolladas y eran
más femeninas.
Mi Iceman sonríe, eso me tranquiliza y,
acercando su frente a la mía, murmura:
—¿Crees que he hecho bien con Flyn?
Lo miro y me pierdo en sus ojos.
—Has hecho lo que cualquier padre
preocupado haría por su hijo —afirmo—. Le has
hecho ver que toda causa tiene un efecto. Ahora es
él quien debe darse cuenta de lo que realmente
tiene que hacer para volver a disfrutar de todos los
privilegios que tenía. Y, si te quedas más tranquilo,
quiero que sepas que, en esta ocasión, yo habría
actuado exactamente igual que tú.
—Pues me siento fatal —insiste.
No puedo evitarlo y sonrío.
En mi niñez, recuerdo haber escuchado a mis
padres tener esa misma conversación cuando nos
castigaban a Cande y a mí por habernos portado
mal, lo que era de continuo.
—Entiendo tu malestar porque yo también me
siento así — digo—, y más cuando no lo he
ayudado para lo de la fiesta de Elke. —Peter
resopla al oír eso, pero prosigo—: Hasta este
momento, Flyn siempre había ido bien en los
estudios y no habíamos tenido que enfadarnos con
él por ello pero, ahora, creo que nos va a tocar
pasar una temporadita complicada hasta que
consigamos encauzarlo de nuevo.
—¿Quién es Elke, y cuándo dejó de estar con
Dakota?
—Ni idea, corazón —digo y, al ver la
confusión en sus ojos, afirmo—: Seguro que Elke
será una buena niña como Dakota. —Peter se toca
el pelo y prosigo—: Cariño, todo esto se deberá a
un conjunto de cosas. Su edad, la novia, los
amigos, el interés por todo menos por los estudios
y la rebeldía. Piensa que hemos pasado de ser los
padres perfectos al enemigo a abatir. Esto es así,
Peter. Es ley de vida, amor.
Peter resopla. Sin duda, sabe que tengo razón.
—Recuerdo que mi padre me prohibía salir o
me quitaba la bicicleta en Jerez —continúo—. Eso
me enfadaba, pero era lo único que hacía que yo
reaccionara. —Peter sonríe—. Pero, por favor, la
próxima vez que hables con él, permítele que
responda. No lo cortes todo el rato cada vez que
va a contestar o dejará de hablar contigo, y tú no
quieres eso, ¿verdad? —Él niega con la cabeza e
insisto—: Pues entonces hazme caso. No hay nada
más incómodo que querer responder y que no te lo
permitan.
Peter asiente. Sin duda, sé que la próxima vez
que hable con él lo hará. Me da un beso y
murmura:
—¿Perdonas a tu gilipollas por sacar
conclusiones erróneas de ti?
Eso me hace soltar una carcajada y, encantada,
poso las manos en sus hombros y digo tocándole
con cariño el cuello:
—Adoro que en ocasiones seas un gilipollas;
¿sabes por qué? —Él niega con la cabeza, y yo
aclaro divertida—. Porque me encanta
reconciliarme contigo.
Su sonrisa se ensancha.
¡Oh, Dios, qué maravillosa sonrisa tiene mi
alemán preferido!
Cuando va a besarme y sé que me va a dejar
sin respiración, nos interrumpen unos golpes en la
puerta del despacho.
—Adelante —dice Peter.
La puerta se abre. Es Simona que, con gesto
preocupado, explica:
—Siento interrumpir, pero Flyn se ha pillado
un dedo con la puerta y está dolorido en la cocina.
Peter y yo salimos a la carrera.
¡Ay, mi niño!
Cuando llegamos a la cocina, nuestro
adolescente nos mira. Peter se apresura a
arrodillarse delante de él, coge su mano, retira la
bolsa de hielo que Pipa le ha puesto y examina el
dedo aplastado y rojo.
—Lali , llama a Marta para ver si está en el
hospital —me pide a continuación con gesto
descompuesto.
Sin tiempo que perder, los tres nos dirigimos
al garaje. Allí, nos encontramos con Norbert, que,
al vernos llegar, aunque no sabe lo que ha pasado,
dice rápidamente:
—En cinco minutos llegamos a urgencias.
A Flyn por el dolor se le escapan unas
lágrimas, y Peter no puede ya ni respirar.
Madre mía, ¡pero qué nervioso se pone con
estos temas!
Hablo con Marta. Está en el hospital. Como
puedo, mientras llegamos tranquilizo al grandullón
y a mi niño a la vez. No sé quién es más
complicado. Cuando llegamos a urgencias, Marta,
la hermana de Peter, que trabaja allí, ya nos está
esperando.
Mi cuñada, que es un amor, se preocupa por
Flyn en cuanto lo ve.
—Tú quédate aquí —dice entonces mirando a
Peter.—
No. Yo voy con Flyn —insiste él.
Marta y yo nos miramos y, finalmente, para
relajarlo digo:
—Peter y yo nos quedaremos aquí. Flyn, ve con
la tía Marta.
Una vez ellos dos desaparecen por la puerta,
Peter me mira con gesto tenso y, antes de que abra
la boca, digo:
—Sabes que es mejor que no estemos nosotros
para que Flyn esté atento a lo que Marta y el
doctor le digan, así que ni se te ocurra protestar,
que la madre soy yo, estoy preocupada y no estoy
montando un numerito, ¿de acuerdo?
Peter asiente y no dice nada. Norbert, que ya ha
aparcado el coche, entra en urgencias. Al vernos,
se sienta a nuestro lado, y los tres esperamos con
impaciencia y en silencio.
Cuarenta minutos después, la puerta se abre y
salen Marta y Flyn. Miro a Peter y veo cómo su
gesto se suaviza al contemplarlo. Lo quiere con
locura. Lo sé, y sólo deseo que Flyn también lo
sepa. Cuando se acerca a él, observa su mano
vendada y luego lo mira a los ojos.
—¿Estás bien, colega? —le pregunta.
El crío, que ya no llora, esboza una sonrisa y
asiente.
—Me duele, papá, pero estoy bien.
Peter lo abraza y yo me emociono. ¡Soy así de
tonta! Marta nos dice que le han hecho una
radiografía y el dedo no está roto, pero tiene una
pequeña fisura. Le han puesto una férula para
inmovilizárselo y tiene que tomar
antiinflamatorios. Una vez acaba de explicárnoslo
todo, veo que tiene mala cara.
—¿Te encuentras bien, Marta? —pregunto.
Mi cuñada me mira, se recoge el pelo en una
coleta alta y responde:
—Sí. Es sólo que esta noche no he dormido
mucho.
Tan pronto como sabemos que todo está bien, a
pesar del susto, Marta mira a su sobrino, que está
tan alto como nosotras, y le dice:
—Todavía no me has contado cómo te has
pillado el dedo.
Él nos mira a Peter y a mí, que somos el
enemigo, y responde:
—Estaba enfadado, cerré la puerta con fuerza
y me pillé el dedo.
Con cariño, le toco el pelo y lo beso en el
hombro.
—¿Y por qué estabas enfadado? —insiste
Marta.
Flyn mira al suelo. Peter me mira a mí. Marta
mira a Peter y yo finalmente digo:
—Vamos, cielo, responde a lo que te han
preguntado.
Mi niño resopla, levanta la cara, mira a su tía y
contesta:
—Me dieron las notas y suspendí seis.
—¡¿Seis?! —grita Marta.
Peter asiente. Yo asiento. Flyn vuelve a mirar al
suelo y Marta le suelta, sorprendiéndonos a todos:
—Flyn Lanzani, espero que tus padres te
hayan castigado como mereces, jovencito. Tu
obligación es estudiar y aprobar, como la
obligación de tus padres es cuidarte, protegerte y
procurar que no te falte de nada.
Atónito, mi amor observa a su hermana. Estoy
segura de que esperaba cualquier otra cosa menos
eso, y sonrío cuando lo oigo decir:
—Gracias.
Marta le guiña el ojo con complicidad.
Cuando llegamos a casa, Simona y Pipa están
preocupadas pero, en cuanto ven a Flyn, la
preocupación se les pasa, y lo mismo ocurre con
Sonia, mi suegra y abuela del niño. Marta la llama
para decírselo y, cuando ella telefonea para
preguntar y habla con Flyn, también se tranquiliza.
Tras la comida, Peter habla con Pablo y
después nos sentamos con los niños en el salón.
Hannah y el pequeño Peter se quedan dormidos, y
comienza la película Los Vengadores en la
televisión. ¡Bien! Nos gusta a los tres.
Durante veinte minutos Peter, Flyn y yo la
vemos, hasta que la puerta del salón se abre y
Simona anuncia:
—Flyn, una tal Elke al teléfono.
El crío nos mira. Sabe que está castigado. Yo
no muevo ni una pestaña, y Peter, finalmente, al ver
que no voy a abrir la boca y el niño no le quita
ojo, dice:
—Ve a hablar con ella, pero hazlo desde tu
habitación.
Flyn da un salto y corre hacia el teléfono. Yo
sonrío y cuchicheo:
—Vaya..., vaya... ¿No quieres saber qué es lo
que habla con su nueva novieta?
Peter niega con la cabeza y responde con gesto
taciturno:
—La intimidad de Flyn en temas de amores es
sólo suya.
Sonrío. No puedo evitarlo y, sin decir nada
más, me acomodo junto a mi amor y seguimos
viendo la película mientras los pequeñines
continúan dormidos.
La peli está genial. Me encanta pero, como ya
la he visto y Peter también, tras reírnos por una
escena divertida, le pregunto:
—Por cierto, ¿qué te ha dicho Pablo?
Peter mueve la cabeza y explica:
—Le han vuelto a piratear la web.
—Pobre..., ¿ya es la tercera vez?
—La cuarta. Intentan localizar al tal Marvel,
pero no dan con él. Sin duda, debe de ser un
hacker profesional.
Resoplo. Es evidente que Pablo tiene un gran
problema.
Guardamos silencio durante unos segundos,
hasta que, mirándolo de nuevo, digo:
—Tenemos que hablar.
Noto que Peter se tensa, pero finalmente
responde:
—Cariño, si es sobre Natalie...
—No es sobre eso —lo corto, y añado—:
Confío en ti.
Peter asiente. Le gusta lo que he dicho y,
sonriendo, murmura:
—Entonces, tú dirás.
Cojo fuerzas y digo sin parpadear:
—Es en referencia a trabajar.
Su cara se descompone.
—Lali, por favor.
—Ah..., ah..., no me llames por mi nombre
completo, que eso sólo lo haces cuando te cabreas
—me quejo.
Suspira. Sabe que no puede seguir esquivando
el tema, por lo que cierra los ojos y replica:
—De acuerdo, ya sé que la niña ya tiene dos
años y...
—Peter —lo corto impasible—. Sabes que
adoro a los niños y te adoro a ti y que por vosotros
doy mi vida, pero necesito trabajar en algo que no
sea cuidar de los niños, dar de comer a los niños y
dormir a los niños o te juro que me voy a volver
loca como mi hermana Cande; ¿quieres eso?
—No —responde rápidamente—. Pero,
cariño, no te hace falta. Sabes que yo cubro todas
vuestras necesidades y...
—Lo sé, ¡claro que lo sé! Sé quién eres y con
quién me he casado —gruño—. Pero también sé
que o hago algo o al final me voy a convertir en un
ser insoportable.
Peter me mira, yo lo miro y le advierto:
—El que avisa no es traidor —y, como no me
apetece callármelo, añado—: Además, todavía no
he olvidado que le dijiste a Natalie que te
gustaban las mujeres que iban a por lo que querían,
y yo, amigo, siempre voy a por lo que quiero. Que
te quede claro.
Oigo su resoplido. ¡Peter y sus resoplidos!
Finalmente, cuando ve que no voy a ceder, dice:
—Sabes que, si trabajas, tu tiempo para los
niños y para mí se verá limitado, ¿verdad?
—Pues claro que lo sé, ¡lo sé todo! —
respondo consciente de ello—. Pero tú también
sabes que no soy mujer de quedarme en casa el
resto de mi vida a la espera de que mi maridito
regrese de su trabajo. —Su gesto se contrae. No le
gusta nada lo que he dicho, e insisto—: Vamos a
ver, Peter. Esta conversación la hemos tenido
muchas veces y no estoy dispuesta a volver a
discutir por ello. Convéncete de una vez por todas
de que yo soy lo que ves, ¡soy La! La mujer
independiente que conociste en Müller, España,
trabajando de secretaria y que, además, por las
tardes, daba clases de fútbol a niños. Si no quieres
que trabaje en tu maldita empresa porque soy tu
mujer, te juro que buscaré trabajo en otro sitio y...
Pero Peter no me deja acabar, pone un dedo
sobre mis labios para que me calle y replica:
—No trabajarás para otros. Bueno..., no
pensaba decirte nada de momento, pero hay una
vacante para un par de meses en el departamento
de marketing.
Parpadeo.
¿Ha dicho lo que creo que ha dicho?
¡¿Tengo trabajo?!
Mi cara debe de ser un poema. ¡¿Marketing?!
—Marguerite estará fuera un par de meses. Le
comenté a Mika la posibilidad de que tú trabajaras
con ella ese tiempo y le pareció bien.
—¡¿Marketing?! —Río divertida al pensar en
trabajar con Mika; ¡me encanta!
—Sí, cielo, pero hay una condición.
—¿Cuál? —pregunto deseosa.
—Trabajarás a media jornada y no viajarás.
Oír eso me hace sonreír. Me da igual la
condición. Voy a trabajar, ¡tengo un trabajo! Y
entonces digo rápidamente, sin pensar:
—Acepto. Acepto tu condición.
Mi amor sonríe también. Dios..., cómo me
gusta verlo así.
—Estoy seguro de que lo harás genial —dice
—. Si quieres, el lunes vienes conmigo a la oficina
y hablas con Mika.
—Sí... —afirmo con un hilo de voz.
—De acuerdo. Le enviaré un mensaje para que
el lunes espere tu visita.
¡Toma ya!
Menudo golazo que me ha metido el alemán.
Alemania, 1 - España, 0.
¡Me lo como..., me lo como..., me lo como!
Yo, que estaba dispuesta a discutir y a pelear
como una leona, me quedo sin palabras. Como
siempre, Peter me ha sorprendido.
Me siento a horcajadas sobre él y murmuro:
—Ahora es cuando tengo que decirte que no sé
qué decir.
Él sonríe. Adoro su sonrisa. No me quita ojo
de encima y, tras suspirar, musita:
—Pues dime algo bonito.
Ahora la que sonríe soy yo.
—Eres el mejor, te quiero..., te quiero y te
requetequiero.
Mi amor ríe satisfecho.
—Pequeña, sólo quiero que seas feliz. Eso sí,
recuerda nuestra condición, y que los niños y yo
existimos, que te necesitamos, y todo irá sobre
ruedas.
Su advertencia es cariñosa, y afirmo:
—Lo recordaré, tanto como lo recuerdas tú.
Su sonrisa se contrae un poco, sé que esa
pullita que he soltado le ha escocido, pero no
dispuesta a que el momento se jorobe por mi poco
acertado comentario, lo beso en la punta de la
nariz y añado:
—¿Sabes que estoy loca por ti, señor
Lanzani ?
Mi Iceman vuelve a ensanchar su sonrisa y me
clava con suavidad los dedos en la cintura.
—Me gusta que estés loca por mí..., señorita
Flores —murmura.
De reojo miramos a los niños, que siguen
durmiendo, y en décimas de segundos nuestras
bocas se encuentran.
Han pasado varios años desde que nos
besamos por primera vez, pero las mariposas y los
elefantes que siento en el estómago cuando Peter
me besa siguen tan vivos como el primer día, y
sólo espero que a él le suceda lo mismo. Lo deseo.
Nuestro beso se acrecienta y, enloquecido por
ello, Peter se levanta conmigo en brazos y me
tumba sobre el sillón; luego se echa sobre mí con
delicadeza para no aplastarme.
Sabemos que no es momento para eso.
Sabemos que los niños duermen a nuestro lado.
Sabemos que es una locura, pero también
sabemos que la locura es lo nuestro y que, cuando
comenzamos a besarnos, ¡olvidamos la palabra
«sabemos»!
Rápidamente siento la excitación de Peter
apretándose contra mí.
¡Oh, Diosssss! ¡Lo quiero ya!
Los besos suben y suben de intensidad. El
calor inunda nuestros cuerpos y, enloquecido, mi
alemán comienza a desabrocharme el botón de los
vaqueros y yo me arqueo para facilitárselo. Con su
mano libre, me suelta la coleta que llevo en lo alto
de la cabeza y, cuando me agarra del cuello para
ahondar en su beso, de pronto la puerta del salón
se abre y oímos:
—Mamáaaa..., papáaaaa...
El salto que damos Peter y yo para separarnos
hace que el sillón se tambalee, y Flyn, que es muy
cabrito, insiste mirándonos con gesto contrariado:
—Pero ¿qué hacéis?
Vaya pillada. ¡Vaya pillada!
Peter se sienta con rigidez en el sillón y se
dispone a ver la televisión.
¡Qué cabrito él también, cómo escurre el bulto!
Pero yo, al ver que el niño no me quita la vista
de encima a la espera de una explicación, me
retiro el descontrolado pelo de la cara y murmuro
mientras me cubro el pantalón desabrochado con
la camiseta:
—Pues, cariño, no te voy a mentir, nos
estábamos besando.
—¡Lali! —protesta Peter al oírme.
Me entra la risa. No lo puedo remediar y,
mirando a mi amor, que me observa sorprendido,
insisto:
—Por el amor de Dios, Peter, Flyn ya es mayor
y sabe perfectamente lo que estábamos haciendo.
¿Qué quieres que le diga?
Mi alemán me mira y resopla, sabe que llevo
razón. Luego se vuelve hacia el niño y afirma:
—Como ha dicho La, ¡nos besábamos!
Flyn asiente y sonríe con picardía.
¡Menudo sinvergüenza!
No pregunta más y se sienta en un sofá que hay
a la derecha de Peter. Durante varios minutos, los
tres volvemos a centrarnos en la película de la
televisión, hasta que de pronto mi marido
pregunta:
—¿Cuándo era la fiesta de cumpleaños de
Elke?
Yo lo miro...
Flyn lo mira y responde:
—El viernes que viene.
No sé de qué va todo esto, pero de pronto mi
alemán preferido del mundo mundial dice:
—Irás al cumpleaños de Elke pero, después,
estás castigado, ¿entendido?
Flyn sonríe y, tras ponerse en pie de un salto,
se abalanza literalmente sobre Peter olvidándose de
su dedo lesionado.
—Gracias..., gracias..., gracias, papá. Eres el
mejor.
¿Papá? ¿Y yo qué?
Sin embargo, me emociono como una mona y
sonrío feliz al entender que Peter se ha puesto en la
piel de Flyn y ha comprendido la necesidad de su
hijo por no fallarle a Elke.
Sin duda, mi alemán cambia, como cambia
Flyn y como, obviamente, también cambio yo.
sola en la cama. Miro el reloj: las diez y veinte.
Rápidamente me levanto.
¿Por qué Peter no me ha despertado antes?
Como una loca, me visto. Me pongo unos
vaqueros, una camiseta y unas zapatillas de
deporte y vuelo escaleras abajo.
Cuando llego a la cocina, Simona, Pipa y Peter
están con los niños, mientras que Flyn está
tecleando en su móvil. Como una exhalación, entro
y le pregunto a mi amor:
—¿Por qué no me has despertado?
Él se acerca a mí con una preciosa sonrisa y,
tras besarme en los labios, responde:
—Porque necesitabas dormir. Buenos días,
pequeña.
Que esté de humor me hace sonreír y, sin
querer pensar en lo que hablamos la noche
anterior, miro a mi alrededor y pregunto:
—¿Dónde está Sami?
Peter , que está haciéndole una pedorreta a
Hannah, no responde. Flyn me mira entonces con
cara de apuro y dice:
—Pablo ha venido esta mañana y se la ha
llevado.
De pronto, el teléfono móvil de Peter suena.
Echa un vistazo a la pantalla y, mientras le entrega
la niña a Pipa, dice:
—Es Weber, para unos temas de la oficina. Iré
al despacho a hablar con él.
—¿Otra vez trabajo?
Peter resopla y sale de la cocina sin contestar.
Cuando ya se ha ido, me acerco a Flyn.
—¿Qué te ocurre, cariño? —le pregunto.
Ahora que Peter no está, él me mira
directamente a los ojos.
¡Uy..., uy..., esa miradita de cordero
degollado...!
¿Qué habrá hecho, Dios mío? ¿Qué habrá
hecho?
Acostumbrada a su especial mirada coreana
alemana, levanto las cejas y finalmente él dice:
—¿Podemos ir a mi habitación?
¡Lo sabía!
¡Sabía que ocurría algo!
Convencida de que tiene algo que contarme,
asiento y los dos salimos de la cocina. Al salir,
veo que Flyn mira en dirección al despacho de
Peter y, cuando se asegura de que está la puerta
cerrada y no nos ve, me coge de la mano y, tirando
de mí a toda prisa, dice:
—Vamos.
Subimos la escalera de dos en dos y en
silencio. Al llegar a su cuarto, entramos, él cierra
la puerta y me mira.
—Mamá —dice—, tengo que contarte algo.
Asiento. Sin duda, la cosa va a traer miga. Me
siento en su cama tras quitar un par de camisetas
que como siempre ha dejado tiradas y pregunto
con un suspiro:
—Lo sé. Conozco tu mirada, así que ¡dispara!
Mi hijo se rasca el cuello.
Bueno..., bueno..., que a éste le van a salir
ronchones también.
Después se rasca la coronilla y finalmente va
hasta su mesilla, rebusca en el cajón y,
tendiéndome un sobre, dice:
—No te enfades, pero son las notas.
Ay, mi niño... Pobrecito, el apuro que tiene.
Si él supiera lo malísima estudiante que fui yo
a su edad y los disgustos que les daba a mis
padres, seguramente me miraría con otros ojos.
Pero no, no puedo decírselo, y sonrío.
Flyn es un buen estudiante, siempre ha sido un
niño de notables y sobresalientes y tremendamente
exigente consigo mismo. Cojo el sobre que me
tiende e intento quitarle hierro al asunto.
—Vamos, cariño, no pongas esa cara. Papá y
yo ya te hemos dicho muchas veces que no hace
falta que todo sean sobresalientes, mi amor.
Además, este año has cambiado de ciclo y de
centro y es todo mucho más difícil, por lo que es
normal que tus notas hayan bajado.
El pobre me mira con ojitos de ratoncillo
asustado y yo sonrío.
¡Cómo me camela mi coreano alemán!
Y entonces, sin abrir el sobre con las notas que
me ha dado, pregunto:
—¿Estás apurado porque te ha quedado alguna,
cuchufleto?
Él asiente. Pero si hasta pálido lo veo...
Yo sonrío y cuchicheo, aunque, a diferencia de
otras veces, cuando le digo aquel ridículo
«¡cuchufleto!» que tanto repite mi hermana Cande,
no sonríe, por lo que comienzo a preocuparme.
—¿Qué has suspendido? —pregunto.
Remolonea. Duda. Mira el techo.
Oh..., oh..., ¡esto no me gusta!
Después, sus ojos se dirigen al armario donde
están sus pósteres de los Imagine Dragons, su
grupo preferido.
¡Uf..., comienzo a asustarme!
Luego mira a sus pies y finalmente, cuando ve
que me muevo y me va a dar un ataque, susurra sin
mirarme:
—Me han quedado seis.
¡¿Seis?!
¡Ay, que me da un jamacuco!
¿He oído bien? ¡¿Ha dicho seis?!
¡La madre que lo parió!
—¡¿Seis?! —susurro antes de gritar—. ¡¿Te
han quedado seis?!
Flyn, al ver mi gesto y oír mi voz, pone cara de
«pobre de mí» y responde:
—Sí..., pero... es que...
—¡Joder, Flyn, seis! —repito sin creerlo
mientras el cuello me comienza a arder.
Pero ¿cómo ha podido pasar eso si siempre ha
sido un estudiante estupendo?
Madre mía. Madre mía, cuando se entere uno
que yo me sé, la que se va a armar.
El niño no sabe adónde mirar, ¡y yo tampoco!
Y, como una loca, abro el sobre de las notas y,
con un hilo de voz, murmuro:
—Has suspendido... historia, matemáticas,
filosofía, geografía, inglés y dibujo... Pero... pero
¿cómo puedes suspender hasta dibujo? Madre mía,
Flyn, cuando Peter vea esto, no querría encontrarme
en tu pellejo.
Mi hijo me mira, sabe que tengo razón.
—¿Cómo se llamaba tu tutor, que no lo
recuerdo? —pregunto enfadada.
—Alves. Señor Alves.
Asiento y repito acalorada:
—El lunes ya puedes decirle al señor Alves
que quiero una tutoría con él para que me explique
qué narices ha pasado, ¿entendido?
Flyn asiente, no le queda otra. Todavía
sorprendida por aquello, murmuro:
—¿Y cómo le contamos esto a tu padre?
En ese instante se abre la puerta de la
habitación. Al ver que es Peter, escondo
rápidamente las notas a mi espalda.
¡Qué tío, siempre nos pilla!
Nos ve a los dos desconcertados, así que entra,
cierra la puerta y pregunta:
—¿Qué planeáis a mis espaldas?
Como si nos hubiera comido la lengua un
hipopótamo, así estamos Flyn y yo. El niño no
sabe qué decir, y yo no sé ni qué responder.
Madre mía..., madre mía..., cuando vea las
puñeteras notas...
Nuestro mutismo y la rigidez de nuestros
cuerpos ponen en alerta a Peter. Nos conoce. Se
acerca a mí y dice:
—¿Qué ocurre, pequeña? —Al ver mi brazo
hacia atrás, mira por encima de mi cabeza y
pregunta—: ¿Qué es ese papel que escondes?
Ahora la que lo mira con ojos de ratoncillo
asustado soy yo, y entonces oigo a Flyn decir:
—Papá, son las notas.
Peter me mira...
Yo lo miro...
Peter sonríe...
Yo me rasco el cuello...
Las ronchas en mi cuello me delatan y eso le
hace presuponer que algo no va bien. Así pues, me
aparta la mano para que no me rasque, a
continuación me la suelta, extiende su mano y dice:
—¿Me enseñas las notas, Lali?
Vale. El momento ha llegado. Pero antes de
dárselas, digo intentando allanarle el camino a
Flyn:—
Cariño, piensa que este año ha cambiado de
ciclo y...
—Venga, La, eso ya lo sé. Enséñamelas.
Flyn y yo nos miramos.
—Me estáis asustando con vuestras miraditas
—dice Peter, aún con humor.
Oy..., oy..., oy..., la que se va a armar...
Y, sin poder retrasar más el terrible momento,
se las entrego.
¡A cubrirse toca!
Sin quitarle de encima la vista a mi amor, veo
cómo su boca pasa de la divertida sonrisa a la
sorpresa y, de ahí, al enfado en décimas de
segundo.
Ante nosotros acaba de aparecer el frío Iceman
que asusta a Flyn, y entonces lo oigo decir con voz
ronca y controlada:
—Flyn, ve a mi despacho y espérame allí.
En un abrir y cerrar de ojos, el chico
desaparece de la habitación, y Peter me mira y
sisea:—
¿Cuánto tiempo pensabas ocultármelo?
Su acusación me toca las narices, el pie
derecho y distintas partes de mi cuerpo. Me
levanto de la cama y pregunto con cautela:
—¿Cómo dices?
Con el gesto congestionado y las malditas
notas en la mano, Peter musita:
—Aquí pone que se las entregaron el día 18, y
hoy es 23. ¿Hasta cuándo pensabas ocultármelas?
Ya estamos. ¡Peter y sus conclusiones
precipitadas!
Clavo mis ojazos negros en él y protesto:
—Oye..., oye..., oye. Que yo las acabo de ver
por primera vez hace cinco minutos.
—¡¿Seguro?!
—¡Segurísimo!
—No me lo creo.
—Pues créetelo —insisto.
—La, me molesta cuando mientes para ocultar
algo de Flyn.
¡Ya estamos!
¿Por qué Peter siempre cree que estoy
compinchada con el niño para todo?
Tras acercarme a él sin ningún miedo, le clavo
el dedo índice en el pecho y siseo:
—Mira, bollito...
—¡Lali!
—¡¿Qué?!
—¡No vuelvas a llamarme así! —replica
furioso.
Su mirada me hace saber que eso no le hace
ninguna gracia, y no dispuesta a jorobar las cosas
más de lo que están, digo:
—Vale. Perdona. En cuanto al niño, entiendo tu
sorpresa y tu enfado, porque eso mismo me ha
pasado a mí cuando me las ha enseñado. Pero lo
que no entiendo es que rápidamente desconfíes de
mí porque yo...
—¿Cómo no voy a desconfiar de ti, si siempre
lo estás tapando?
—¡Pero ¿qué narices estás diciendo, gi...?!
Su dura mirada hace que me calle. Es mejor
que en un momento así no lo insulte o todo irá a
peor. Pero, vamos a ver, ¿qué es eso de desconfiar
de mí, cuando yo confío plenamente en él?
Peter se mueve nervioso. Para mi desgracia,
cuando las cosas se le escapan de las manos,
puede llegar a ser el hombre más desagradable del
mundo.
—¿Acaso crees que soy tonto y no me doy
cuenta de la infinidad de veces que me ocultas
algo para que no lo regañe? —insiste.
¡Joder, tiene razón!
Bueno..., bueno..., bueno... Si se entera de que
he comprado dos entradas para llevarlo al
concierto de los Imagine Dragons, ¡la que me
monta es fina!
Reconozco que soy demasiado protectora con
Flyn en ciertos momentos, pero también lo soy con
mis otros hijos, con mi familia, con mis amigos e
incluso con él. Sin embargo, cuando voy a
contestar, Peter se adelanta:
—Da igual lo que digas, La. Como siempre, a
ti todo te entra por un oído y te sale por el otro,
¿verdad? —A continuación, se dirige hacia la
puerta y añade—: Voy a hablar con Flyn a solas.
Necesito una explicación a este desastre de notas.
Y, sin mirarme, sale del cuarto dando un
portazo.
¡Ya la hemos liado!
Está visto que, cuando la mala rachita
comienza..., ¡a saber Dios cuándo acaba!
Una vez sola en la habitación, durante varios
segundos miro al suelo.
Sé que Peter tiene razones más que suficientes
para estar mosqueado pero, como siempre, ya me
ha echado la culpa a mí. La primera sorprendida
con lo ocurrido al ver las notas he sido yo, pero
estoy segura de que ese cambio de actitud en Flyn
tiene una explicación. Sin duda, la adolescencia,
los amigos y los amores lo están atontando.
Sin embargo, como madre que me considero de
Flyn, decido ir al despacho. Quiero estar delante
cuando explique el desastre. Así pues, salgo de la
habitación, bajo la escalera y me dirijo hacia el
despacho de mi incombustible amor enfadado.
Al llegar, está la puerta cerrada y oigo la voz
autoritaria de Peter.
¡Buenoooo..., la que le está cayendo a Flyn!
Ya conozco a Peter porque, si no, estaría
asustadita perdida pensando que está ladrando
como un perro furioso y rabioso. Sin esperar un
segundo más, abro la puerta y entro.
Peter y Flyn me miran, y veo en los ojos de mi
niño algo que nunca he visto en él y que mi padre
siempre ha llamado pasotismo. Eso no me gusta,
así que me dirijo a Peter , que tiene las notas en la
mano, y digo:
—Soy su madre y quiero estar presente en todo
lo que tengas que decirle.
Observo cómo su pecho se agita y sus ojos se
entornan..., ¡joder, parece chino!
En su mirada leo que le gustaría echarme del
despacho, pero sabe que lo que he dicho es
importante para el niño y para todos como familia
y, volviendo a mirar al crío, continúa con su
perorata.
Como siempre, Peter hace preguntas y, cuando
Flyn va a contestar, lo interrumpe y el niño se
encoge. Eso me saca de mis casillas. Peter no lo
deja contestar. Me callo y decido decirle a mi
marido lo que pienso cuando el crío no esté
presente.
—Estás castigado sin salir con tus amigos.
—Papáaaa...
—¡He dicho castigado! —insiste mi alemán.
—¡No soy un niño! —grita Flyn.
Al oír eso, Peter resopla, apoya las manos en la
mesa de su despacho y controlando la voz sisea:
—Eres mi hijo y con eso me vale para
castigarte.
Flyn se desespera, lo veo en sus ojos y,
mirándome, dice:
—El viernes tengo una fiesta importante.
—¿Qué fiesta? —pregunta Peter.
Sin amilanarse, el crío se dirige a mi amor y
responde:
—La fiesta del cumpleaños de mi novia.
—Pues dile a Dakota que no vas —suelta Peter.
—Dakota no es mi novia, papá; ahora lo es
Elke. Peter me mira y, tan sorprendido como yo
cuando me enteré, pregunta:
—¿Y quién narices es Elke?
Bueno..., bueno..., bueno..., la cosa se va
caldeando por segundos cuando Flyn, en busca del
apoyo que siempre le doy, me mira con ese gesto
que me descongela hasta el alma.
—Mamá, ayúdame —suplica—, tengo que ir a
la fiesta de Elke.
—Tu madre no te va a ayudar porque no irás,
¡estás castigado! —insiste Peter.
—Papáaaa...
Suspiro y me acaloro. No voy a llevarle la
contraria a Peter, esta vez no, porque sé que tiene
razón. Así pues, cojo fuerzas y digo:
—Lo siento, Flyn, pero como papá ha dicho,
¡estás castigado!
Mi niño me mira con gesto de incredulidad. No
entiende cómo esta vez no lo ayudo.
¡Ay, qué dolor siento en el alma!
Esto de ser madre de un adolescente, en plena
edad del pavo, es más duro de lo que creía.
Noto la mirada de conformidad de Peter ante lo
que he dicho y, cuando Flyn vuelve a quejarse otra
vez, le suelta:
—Y, por supuesto, ya puedes olvidarte del
ordenador, la tablet, las redes sociales y el móvil.
—¡No puedes hacer eso! —grita Flyn.
Peter se pone enfermo al oír su tono y,
acercándose a él, replica:
—Puedo y lo haré.
—¡Pero, papá...!
Bueno..., bueno..., bueno..., si le quita todo eso
al niño, se lo carga. ¡Pobrecito!
—Y como vuelvas a protestar o a levantarme
la voz —sisea Peter con gesto furioso—, te juro,
Flyn, que las consecuencias van a ser mucho más
graves.
El niño me mira. ¡Angelito! Y yo, con la
mirada, sin pestañear, le pido que no abra la boca
y no se le ocurra mencionar lo de las entradas del
concierto.
Por suerte, me entiende, hace caso y mira al
suelo. Uf..., ¡menos mal!
Cuando Peter se enfada, es el tío más
intransigente del mundo pero, en este instante, pese
a la pena que me da Flyn, mi amor tiene toda la
razón.
Durante un par de minutos, los tres
permanecemos callados, hasta que finalmente Peter
dice:—
Sal del despacho y tráeme tu portátil, la
tablet y el móvil. Te lo devolveré todo y podrás
volver a salir con tus amigos cuando recuperes las
seis que te han quedado, ¿entendido?
Abatido, mi coreano alemán agacha la cabeza.
Sabe que en este instante es mejor obedecer y, por
ello, sin mirarme, pasa por mi lado y sale del
despacho.
Una vez me quedo a solas con mi amor, Peter
me mira.
Ea..., ¡ahora me toca a mí!
—Siento haberme puesto así contigo —dice—.
Flyn me ha contado que acababas de ver las notas.
Lo siento, cariño. Perdóname.
No respondo, simplemente lo miro con gesto
de enfado y lo informo:
—Le he dicho a Flyn que le comente a su
profesor que quiero una tutoría con él.
—Iremos los dos —afirma Peter.
Dos segundos después, la puerta se abre y Flyn
entra con todo lo que Peter le ha pedido. Sin
mirarnos a ninguno de los dos, deja el ordenador,
la tablet y el móvil sobre la mesa del despacho y
se marcha.
Peter se pasa entonces la mano por la cabeza y
pregunta:
—¿Qué estamos haciendo mal, La?
Oír su tono de voz abatido me hace saber que a
él le ha dolido más hacer lo que ha hecho que a
nuestro hijo.
—No hemos hecho nada mal, Peter —murmuro
acercándome a él—. Seguimos siendo los mismos
que ayer, pero él cambia y ya no es el niño que se
contentaba aprendiendo a montar en monopatín o
jugando con nosotros a la PlayStation.
—Y, si no hemos hecho nada mal, ¿por qué de
pronto suspende seis?
Ésa es una pregunta difícil de responder.
—Yo no puedo meterme en la cabeza de Flyn
—digo—, pero he tenido su edad, como la has
tenido tú también, y...
—Yo siempre he sido muy responsable,
incluso con esa edad, La —me corta—. Siempre
he sabido que los estudios eran algo que debía
aprobar por mí y por mis padres, aunque estuviera
desfasado en ciertos momentos.
Sonrío. Sin duda, mi chicarrón siempre ha sido
un gran responsable. Me encojo de hombros y
respondo:
—Pues siento decirte que a mí, a su edad, lo
último que me importaba eran los estudios y lo que
mis padres pensaran, porque lo único que quería
era saltar con la bicicleta como una loca,
divertirme y, cuando iba a la discoteca con mis
amigas, ser una chica guapa a la que admiraran los
chicos.
Mi confesión hace que Peter me mire, y
entonces observo que las comisuras de sus labios
se relajan.
¡Bien..., vamos bien!
Acto seguido, pasa las manos alrededor de mi
cintura y murmura:
—Tus amigos debían de estar ciegos para no
admirarte.
Vuelvo a sonreír. ¡Qué mono es cuando quiere
el jodío!
—Era desgarbada, además de peleona con los
chicos —confieso—. Me gustaba demasiado el
deporte y me sentía fea ante otras chicas que, con
mi misma edad, estaban más desarrolladas y eran
más femeninas.
Mi Iceman sonríe, eso me tranquiliza y,
acercando su frente a la mía, murmura:
—¿Crees que he hecho bien con Flyn?
Lo miro y me pierdo en sus ojos.
—Has hecho lo que cualquier padre
preocupado haría por su hijo —afirmo—. Le has
hecho ver que toda causa tiene un efecto. Ahora es
él quien debe darse cuenta de lo que realmente
tiene que hacer para volver a disfrutar de todos los
privilegios que tenía. Y, si te quedas más tranquilo,
quiero que sepas que, en esta ocasión, yo habría
actuado exactamente igual que tú.
—Pues me siento fatal —insiste.
No puedo evitarlo y sonrío.
En mi niñez, recuerdo haber escuchado a mis
padres tener esa misma conversación cuando nos
castigaban a Cande y a mí por habernos portado
mal, lo que era de continuo.
—Entiendo tu malestar porque yo también me
siento así — digo—, y más cuando no lo he
ayudado para lo de la fiesta de Elke. —Peter
resopla al oír eso, pero prosigo—: Hasta este
momento, Flyn siempre había ido bien en los
estudios y no habíamos tenido que enfadarnos con
él por ello pero, ahora, creo que nos va a tocar
pasar una temporadita complicada hasta que
consigamos encauzarlo de nuevo.
—¿Quién es Elke, y cuándo dejó de estar con
Dakota?
—Ni idea, corazón —digo y, al ver la
confusión en sus ojos, afirmo—: Seguro que Elke
será una buena niña como Dakota. —Peter se toca
el pelo y prosigo—: Cariño, todo esto se deberá a
un conjunto de cosas. Su edad, la novia, los
amigos, el interés por todo menos por los estudios
y la rebeldía. Piensa que hemos pasado de ser los
padres perfectos al enemigo a abatir. Esto es así,
Peter. Es ley de vida, amor.
Peter resopla. Sin duda, sabe que tengo razón.
—Recuerdo que mi padre me prohibía salir o
me quitaba la bicicleta en Jerez —continúo—. Eso
me enfadaba, pero era lo único que hacía que yo
reaccionara. —Peter sonríe—. Pero, por favor, la
próxima vez que hables con él, permítele que
responda. No lo cortes todo el rato cada vez que
va a contestar o dejará de hablar contigo, y tú no
quieres eso, ¿verdad? —Él niega con la cabeza e
insisto—: Pues entonces hazme caso. No hay nada
más incómodo que querer responder y que no te lo
permitan.
Peter asiente. Sin duda, sé que la próxima vez
que hable con él lo hará. Me da un beso y
murmura:
—¿Perdonas a tu gilipollas por sacar
conclusiones erróneas de ti?
Eso me hace soltar una carcajada y, encantada,
poso las manos en sus hombros y digo tocándole
con cariño el cuello:
—Adoro que en ocasiones seas un gilipollas;
¿sabes por qué? —Él niega con la cabeza, y yo
aclaro divertida—. Porque me encanta
reconciliarme contigo.
Su sonrisa se ensancha.
¡Oh, Dios, qué maravillosa sonrisa tiene mi
alemán preferido!
Cuando va a besarme y sé que me va a dejar
sin respiración, nos interrumpen unos golpes en la
puerta del despacho.
—Adelante —dice Peter.
La puerta se abre. Es Simona que, con gesto
preocupado, explica:
—Siento interrumpir, pero Flyn se ha pillado
un dedo con la puerta y está dolorido en la cocina.
Peter y yo salimos a la carrera.
¡Ay, mi niño!
Cuando llegamos a la cocina, nuestro
adolescente nos mira. Peter se apresura a
arrodillarse delante de él, coge su mano, retira la
bolsa de hielo que Pipa le ha puesto y examina el
dedo aplastado y rojo.
—Lali , llama a Marta para ver si está en el
hospital —me pide a continuación con gesto
descompuesto.
Sin tiempo que perder, los tres nos dirigimos
al garaje. Allí, nos encontramos con Norbert, que,
al vernos llegar, aunque no sabe lo que ha pasado,
dice rápidamente:
—En cinco minutos llegamos a urgencias.
A Flyn por el dolor se le escapan unas
lágrimas, y Peter no puede ya ni respirar.
Madre mía, ¡pero qué nervioso se pone con
estos temas!
Hablo con Marta. Está en el hospital. Como
puedo, mientras llegamos tranquilizo al grandullón
y a mi niño a la vez. No sé quién es más
complicado. Cuando llegamos a urgencias, Marta,
la hermana de Peter, que trabaja allí, ya nos está
esperando.
Mi cuñada, que es un amor, se preocupa por
Flyn en cuanto lo ve.
—Tú quédate aquí —dice entonces mirando a
Peter.—
No. Yo voy con Flyn —insiste él.
Marta y yo nos miramos y, finalmente, para
relajarlo digo:
—Peter y yo nos quedaremos aquí. Flyn, ve con
la tía Marta.
Una vez ellos dos desaparecen por la puerta,
Peter me mira con gesto tenso y, antes de que abra
la boca, digo:
—Sabes que es mejor que no estemos nosotros
para que Flyn esté atento a lo que Marta y el
doctor le digan, así que ni se te ocurra protestar,
que la madre soy yo, estoy preocupada y no estoy
montando un numerito, ¿de acuerdo?
Peter asiente y no dice nada. Norbert, que ya ha
aparcado el coche, entra en urgencias. Al vernos,
se sienta a nuestro lado, y los tres esperamos con
impaciencia y en silencio.
Cuarenta minutos después, la puerta se abre y
salen Marta y Flyn. Miro a Peter y veo cómo su
gesto se suaviza al contemplarlo. Lo quiere con
locura. Lo sé, y sólo deseo que Flyn también lo
sepa. Cuando se acerca a él, observa su mano
vendada y luego lo mira a los ojos.
—¿Estás bien, colega? —le pregunta.
El crío, que ya no llora, esboza una sonrisa y
asiente.
—Me duele, papá, pero estoy bien.
Peter lo abraza y yo me emociono. ¡Soy así de
tonta! Marta nos dice que le han hecho una
radiografía y el dedo no está roto, pero tiene una
pequeña fisura. Le han puesto una férula para
inmovilizárselo y tiene que tomar
antiinflamatorios. Una vez acaba de explicárnoslo
todo, veo que tiene mala cara.
—¿Te encuentras bien, Marta? —pregunto.
Mi cuñada me mira, se recoge el pelo en una
coleta alta y responde:
—Sí. Es sólo que esta noche no he dormido
mucho.
Tan pronto como sabemos que todo está bien, a
pesar del susto, Marta mira a su sobrino, que está
tan alto como nosotras, y le dice:
—Todavía no me has contado cómo te has
pillado el dedo.
Él nos mira a Peter y a mí, que somos el
enemigo, y responde:
—Estaba enfadado, cerré la puerta con fuerza
y me pillé el dedo.
Con cariño, le toco el pelo y lo beso en el
hombro.
—¿Y por qué estabas enfadado? —insiste
Marta.
Flyn mira al suelo. Peter me mira a mí. Marta
mira a Peter y yo finalmente digo:
—Vamos, cielo, responde a lo que te han
preguntado.
Mi niño resopla, levanta la cara, mira a su tía y
contesta:
—Me dieron las notas y suspendí seis.
—¡¿Seis?! —grita Marta.
Peter asiente. Yo asiento. Flyn vuelve a mirar al
suelo y Marta le suelta, sorprendiéndonos a todos:
—Flyn Lanzani, espero que tus padres te
hayan castigado como mereces, jovencito. Tu
obligación es estudiar y aprobar, como la
obligación de tus padres es cuidarte, protegerte y
procurar que no te falte de nada.
Atónito, mi amor observa a su hermana. Estoy
segura de que esperaba cualquier otra cosa menos
eso, y sonrío cuando lo oigo decir:
—Gracias.
Marta le guiña el ojo con complicidad.
Cuando llegamos a casa, Simona y Pipa están
preocupadas pero, en cuanto ven a Flyn, la
preocupación se les pasa, y lo mismo ocurre con
Sonia, mi suegra y abuela del niño. Marta la llama
para decírselo y, cuando ella telefonea para
preguntar y habla con Flyn, también se tranquiliza.
Tras la comida, Peter habla con Pablo y
después nos sentamos con los niños en el salón.
Hannah y el pequeño Peter se quedan dormidos, y
comienza la película Los Vengadores en la
televisión. ¡Bien! Nos gusta a los tres.
Durante veinte minutos Peter, Flyn y yo la
vemos, hasta que la puerta del salón se abre y
Simona anuncia:
—Flyn, una tal Elke al teléfono.
El crío nos mira. Sabe que está castigado. Yo
no muevo ni una pestaña, y Peter, finalmente, al ver
que no voy a abrir la boca y el niño no le quita
ojo, dice:
—Ve a hablar con ella, pero hazlo desde tu
habitación.
Flyn da un salto y corre hacia el teléfono. Yo
sonrío y cuchicheo:
—Vaya..., vaya... ¿No quieres saber qué es lo
que habla con su nueva novieta?
Peter niega con la cabeza y responde con gesto
taciturno:
—La intimidad de Flyn en temas de amores es
sólo suya.
Sonrío. No puedo evitarlo y, sin decir nada
más, me acomodo junto a mi amor y seguimos
viendo la película mientras los pequeñines
continúan dormidos.
La peli está genial. Me encanta pero, como ya
la he visto y Peter también, tras reírnos por una
escena divertida, le pregunto:
—Por cierto, ¿qué te ha dicho Pablo?
Peter mueve la cabeza y explica:
—Le han vuelto a piratear la web.
—Pobre..., ¿ya es la tercera vez?
—La cuarta. Intentan localizar al tal Marvel,
pero no dan con él. Sin duda, debe de ser un
hacker profesional.
Resoplo. Es evidente que Pablo tiene un gran
problema.
Guardamos silencio durante unos segundos,
hasta que, mirándolo de nuevo, digo:
—Tenemos que hablar.
Noto que Peter se tensa, pero finalmente
responde:
—Cariño, si es sobre Natalie...
—No es sobre eso —lo corto, y añado—:
Confío en ti.
Peter asiente. Le gusta lo que he dicho y,
sonriendo, murmura:
—Entonces, tú dirás.
Cojo fuerzas y digo sin parpadear:
—Es en referencia a trabajar.
Su cara se descompone.
—Lali, por favor.
—Ah..., ah..., no me llames por mi nombre
completo, que eso sólo lo haces cuando te cabreas
—me quejo.
Suspira. Sabe que no puede seguir esquivando
el tema, por lo que cierra los ojos y replica:
—De acuerdo, ya sé que la niña ya tiene dos
años y...
—Peter —lo corto impasible—. Sabes que
adoro a los niños y te adoro a ti y que por vosotros
doy mi vida, pero necesito trabajar en algo que no
sea cuidar de los niños, dar de comer a los niños y
dormir a los niños o te juro que me voy a volver
loca como mi hermana Cande; ¿quieres eso?
—No —responde rápidamente—. Pero,
cariño, no te hace falta. Sabes que yo cubro todas
vuestras necesidades y...
—Lo sé, ¡claro que lo sé! Sé quién eres y con
quién me he casado —gruño—. Pero también sé
que o hago algo o al final me voy a convertir en un
ser insoportable.
Peter me mira, yo lo miro y le advierto:
—El que avisa no es traidor —y, como no me
apetece callármelo, añado—: Además, todavía no
he olvidado que le dijiste a Natalie que te
gustaban las mujeres que iban a por lo que querían,
y yo, amigo, siempre voy a por lo que quiero. Que
te quede claro.
Oigo su resoplido. ¡Peter y sus resoplidos!
Finalmente, cuando ve que no voy a ceder, dice:
—Sabes que, si trabajas, tu tiempo para los
niños y para mí se verá limitado, ¿verdad?
—Pues claro que lo sé, ¡lo sé todo! —
respondo consciente de ello—. Pero tú también
sabes que no soy mujer de quedarme en casa el
resto de mi vida a la espera de que mi maridito
regrese de su trabajo. —Su gesto se contrae. No le
gusta nada lo que he dicho, e insisto—: Vamos a
ver, Peter. Esta conversación la hemos tenido
muchas veces y no estoy dispuesta a volver a
discutir por ello. Convéncete de una vez por todas
de que yo soy lo que ves, ¡soy La! La mujer
independiente que conociste en Müller, España,
trabajando de secretaria y que, además, por las
tardes, daba clases de fútbol a niños. Si no quieres
que trabaje en tu maldita empresa porque soy tu
mujer, te juro que buscaré trabajo en otro sitio y...
Pero Peter no me deja acabar, pone un dedo
sobre mis labios para que me calle y replica:
—No trabajarás para otros. Bueno..., no
pensaba decirte nada de momento, pero hay una
vacante para un par de meses en el departamento
de marketing.
Parpadeo.
¿Ha dicho lo que creo que ha dicho?
¡¿Tengo trabajo?!
Mi cara debe de ser un poema. ¡¿Marketing?!
—Marguerite estará fuera un par de meses. Le
comenté a Mika la posibilidad de que tú trabajaras
con ella ese tiempo y le pareció bien.
—¡¿Marketing?! —Río divertida al pensar en
trabajar con Mika; ¡me encanta!
—Sí, cielo, pero hay una condición.
—¿Cuál? —pregunto deseosa.
—Trabajarás a media jornada y no viajarás.
Oír eso me hace sonreír. Me da igual la
condición. Voy a trabajar, ¡tengo un trabajo! Y
entonces digo rápidamente, sin pensar:
—Acepto. Acepto tu condición.
Mi amor sonríe también. Dios..., cómo me
gusta verlo así.
—Estoy seguro de que lo harás genial —dice
—. Si quieres, el lunes vienes conmigo a la oficina
y hablas con Mika.
—Sí... —afirmo con un hilo de voz.
—De acuerdo. Le enviaré un mensaje para que
el lunes espere tu visita.
¡Toma ya!
Menudo golazo que me ha metido el alemán.
Alemania, 1 - España, 0.
¡Me lo como..., me lo como..., me lo como!
Yo, que estaba dispuesta a discutir y a pelear
como una leona, me quedo sin palabras. Como
siempre, Peter me ha sorprendido.
Me siento a horcajadas sobre él y murmuro:
—Ahora es cuando tengo que decirte que no sé
qué decir.
Él sonríe. Adoro su sonrisa. No me quita ojo
de encima y, tras suspirar, musita:
—Pues dime algo bonito.
Ahora la que sonríe soy yo.
—Eres el mejor, te quiero..., te quiero y te
requetequiero.
Mi amor ríe satisfecho.
—Pequeña, sólo quiero que seas feliz. Eso sí,
recuerda nuestra condición, y que los niños y yo
existimos, que te necesitamos, y todo irá sobre
ruedas.
Su advertencia es cariñosa, y afirmo:
—Lo recordaré, tanto como lo recuerdas tú.
Su sonrisa se contrae un poco, sé que esa
pullita que he soltado le ha escocido, pero no
dispuesta a que el momento se jorobe por mi poco
acertado comentario, lo beso en la punta de la
nariz y añado:
—¿Sabes que estoy loca por ti, señor
Lanzani ?
Mi Iceman vuelve a ensanchar su sonrisa y me
clava con suavidad los dedos en la cintura.
—Me gusta que estés loca por mí..., señorita
Flores —murmura.
De reojo miramos a los niños, que siguen
durmiendo, y en décimas de segundos nuestras
bocas se encuentran.
Han pasado varios años desde que nos
besamos por primera vez, pero las mariposas y los
elefantes que siento en el estómago cuando Peter
me besa siguen tan vivos como el primer día, y
sólo espero que a él le suceda lo mismo. Lo deseo.
Nuestro beso se acrecienta y, enloquecido por
ello, Peter se levanta conmigo en brazos y me
tumba sobre el sillón; luego se echa sobre mí con
delicadeza para no aplastarme.
Sabemos que no es momento para eso.
Sabemos que los niños duermen a nuestro lado.
Sabemos que es una locura, pero también
sabemos que la locura es lo nuestro y que, cuando
comenzamos a besarnos, ¡olvidamos la palabra
«sabemos»!
Rápidamente siento la excitación de Peter
apretándose contra mí.
¡Oh, Diosssss! ¡Lo quiero ya!
Los besos suben y suben de intensidad. El
calor inunda nuestros cuerpos y, enloquecido, mi
alemán comienza a desabrocharme el botón de los
vaqueros y yo me arqueo para facilitárselo. Con su
mano libre, me suelta la coleta que llevo en lo alto
de la cabeza y, cuando me agarra del cuello para
ahondar en su beso, de pronto la puerta del salón
se abre y oímos:
—Mamáaaa..., papáaaaa...
El salto que damos Peter y yo para separarnos
hace que el sillón se tambalee, y Flyn, que es muy
cabrito, insiste mirándonos con gesto contrariado:
—Pero ¿qué hacéis?
Vaya pillada. ¡Vaya pillada!
Peter se sienta con rigidez en el sillón y se
dispone a ver la televisión.
¡Qué cabrito él también, cómo escurre el bulto!
Pero yo, al ver que el niño no me quita la vista
de encima a la espera de una explicación, me
retiro el descontrolado pelo de la cara y murmuro
mientras me cubro el pantalón desabrochado con
la camiseta:
—Pues, cariño, no te voy a mentir, nos
estábamos besando.
—¡Lali! —protesta Peter al oírme.
Me entra la risa. No lo puedo remediar y,
mirando a mi amor, que me observa sorprendido,
insisto:
—Por el amor de Dios, Peter, Flyn ya es mayor
y sabe perfectamente lo que estábamos haciendo.
¿Qué quieres que le diga?
Mi alemán me mira y resopla, sabe que llevo
razón. Luego se vuelve hacia el niño y afirma:
—Como ha dicho La, ¡nos besábamos!
Flyn asiente y sonríe con picardía.
¡Menudo sinvergüenza!
No pregunta más y se sienta en un sofá que hay
a la derecha de Peter. Durante varios minutos, los
tres volvemos a centrarnos en la película de la
televisión, hasta que de pronto mi marido
pregunta:
—¿Cuándo era la fiesta de cumpleaños de
Elke?
Yo lo miro...
Flyn lo mira y responde:
—El viernes que viene.
No sé de qué va todo esto, pero de pronto mi
alemán preferido del mundo mundial dice:
—Irás al cumpleaños de Elke pero, después,
estás castigado, ¿entendido?
Flyn sonríe y, tras ponerse en pie de un salto,
se abalanza literalmente sobre Peter olvidándose de
su dedo lesionado.
—Gracias..., gracias..., gracias, papá. Eres el
mejor.
¿Papá? ¿Y yo qué?
Sin embargo, me emociono como una mona y
sonrío feliz al entender que Peter se ha puesto en la
piel de Flyn y ha comprendido la necesidad de su
hijo por no fallarle a Elke.
Sin duda, mi alemán cambia, como cambia
Flyn y como, obviamente, también cambio yo.
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