Bueno, seguro que Rocio también le preocupa. Pero está casada, y eso cuenta.
—¿Peter está con Lali?
VICO asintió, tomando un trago largo de cerveza.
—Bueno, es un alivio.
VICO frunció el ceño.
—Tú también pareces preocupada por ella.
—Sí, y me alegro de que Peter esté con mi hermana. Sabrá protegerla —Cande se quedé mirándolo—. ¿A qué viene esa cara de tristeza?
—He estado pensando.
—¿En qué?
— En Gimena .
— ¿Gimena?
VICO asintió.
— Definitivamente, era rubia.
Cande exhalé un suspiro.
—Una rubia con un genio tremendo, si.
—¿No te llevabas bien con ella?
— ¡Oh, sí! Pero solo porque estaba siempre estudiando y no suponía ningún estorbo para ella. Y cuando mi padre se divorció de ella... bueno, yo me fui a vivir con él y ya no la veía tan a menudo. A veces me sacaba de quicio, porque...
—¿Por qué? —VICO se reclinó y la estudió con interés.
— ¿Quieres saber la verdad?
—Claro.
— Era una arpía. No tenía bastante con mi padre. No tenía bastante con Mariano. Ambos la amaban desesperadamente. Gimena tenía algo, una cualidad especial. Era muy sexy, desde luego. Y una estrella. El problema era que con ella todo se convertía en un drama, o en un juego. Le gustaba enfrentar a Mariano con mi padre. Quería que todos los hombres de su vida pensaran que ella era la única mujer a la que podían amar. Mi padre nunca consiguió olvidarla. Cuando se enfadaba con mariano, venía corriendo en busca de mi padre. No sé si llegó a acostarse con él estando casada con Mariano, pero, si no lo hizo, no fue por falta de ganas. Oh, sí, Gimena podía ser encantadora. Adoraba a sus hijas, y he de admitir que siempre se porté bien con Pablo y conmigo. ¡Pero su forma de manipular a los hombres era detestable!
—Aunque Mariano y tu padre tampoco pueden considerarse hombres castos y monógamos —le recordó VICO con desenfado.
— Supongo que no. Mi padre me dijo una vez, aún en vida de ella, que creía que Gimena era un castigo que le había mandado Dios por sus malas acciones con los demás. ¿Quién sabe? ¡De no haber muerto, quizá habría conseguido que mi padre y Mariano se mataran a tiros!
—Y, en vez de eso, son excelentes amigos.
—Compartieron el mismo sufrimiento y la misma angustia —dijo Cande—. La noche del funeral de Gimena se emborracharon juntos.
—Es interesante ver la expresión que ponen cuando miran a Lali.
—Porque Lali es la viva imagen de Gimena.
— Sí.
—Es extraño. Rocio se parece mucho a Gimena, pero es Otra cosa. Creo que es porque Lali tiene la presencia de su madre. Se nota en su modo de andar.., en cómo se mueve —Cande miró de soslayo a VICO y añadió rápidamente—: Aunque,
desde luego, Lali también es muy distinta.
— ¿A qué te refieres?
domingo, 19 de junio de 2016
CAPITULO 54
Peter permaneció levantado hasta tarde. Conectó el ordenador y el módem y, a pesar de la hora, contactó con Ricky Haines, en Virginia. A Ricky no le importó. Su mujer era una científica del FBI y ambos estaban muy dedicados a su trabajo.
Ricky parecía algo somnoliento, pero aseguró a Peter que había pasado el día entero delante del ordenador, revisando información y tratando de establecer algún vínculo entre las cuatro mujeres asesinadas.
—Todavía no hay nada, pero no te preocupes, estamos en ello. ¿Qué cuentas tú? —También estoy en ello. Ahora mismo estoy en Cayo Hueso...
—¿Cayo Hueso?
—Mi hermanastra es la vidente, ¿no te acuerdas? La seguí hasta aquí siguiendo una corazonada.
— Sí, claro. Conoces tu oficio, Peter.
—Hay un detalle, Ricky.
—¿De qué se trata, Peter?
—Todas eran rubias.
—¿En serio? Una de las víctimas...
—Lo sé, en la foto no se distinguía bien. Simplemente parecía morena. Pero créeme, todas las víctimas eran rubias — Peter se acordó de su madrastra—. Trabaja en ese dato, ¿quieres?
—Claro.
Peter pidió a Ricky que le enviase por Internet la información más reciente sobre la vida de las cuatro víctimas, y después se despidió. Permaneció sentado un rato, examinando los historiales de las mujeres asesinadas. Debra Miller, Julie Sabor y Holly Tyler estaban solteras, nunca llegaron a casarse. María García era divorciada. Había dejado atrás dos niños pequeños.
Lo único que las cuatro tenían en común era el color de pelo. Aparte del hecho de que eran jóvenes, atractivas y vivaces. Quizá eso era todo, y quizá era suficiente.
Peter se frotó la frente. ¿Dónde acecharía el asesino a sus víctimas? ¿Qué lo impulsaba a matar? De momento, no tenía respuestas. Apagó el ordenador, se levantó y fue a darse una ducha. Luego se acostó y cerró los ojos, pero no podía dormir. Los abrió y miró al techo. Podía levantarse e ir hasta el cuarto de Lali.
Sin falsos pretextos. Simplemente para preguntarle si quería dormir con él.
Demasiado obvio. Sí, definitivamente, demasiado obvio.
De repente, oyó pisadas. Suaves, furtivas, apresuradas, al otro lado de su puerta.
Peter se tensó, sentándose en la cama y alargando la mano hacia su revólver, situado en la mesilla.
La puerta se abrió lentamente...
Lali permaneció inmóvil un segundo, momentáneamente cegada por la luz del baño, que Peter había dejado encendida.
Llevaba puesta una bata de seda que se ceñía a su cuerpo, y el cabello suelto sobre los hombros.
Había acudido a él.
—Dilo otra vez, dilo otra vez —pidió VICO, besando el tobillo de Cande. Ella titubeó un momento, riéndose.
— Morfométrico.
—Mmm... más —imploré él, subiendo por la pantorrilla.
— Periostio.
— ¡ Me vuelvo loco oyéndote decir términos médicos!
Ella prorrumpió en carcajadas y, apartándolo, se bajó de la cama — ¡ Eh!
—Tengo sed.
—Oh, genial. ¡Te estoy haciendo el amor apasionadamente y te largas por una Pepsi!
—No me estás haciendo el amor, te estás cachondeando, y ya me duelen las costillas de tanto reír. ¿Quieres algo?
VICO dio una palmadita en la cama.
—A ti —hizo una pausa y se encogió de hombros—. Bueno, y quizá una Michelob.
—Marchando una Michelob.
Cande fue a la cocina y regresó en un santiamén, desnuda, con la cerveza, una Pepsi y una bolsa de patatas fritas.
— ¡Qué mujer! —exclamó VICO, poniendo los ojos en blanco exageradamente—. Organos corporales, cerveza y patatas... en la cama. ¿Cómo he podido vivir tanto tiempo sin ti?
—No lo sé, francamente —respondió Cande, recostándose en la almohada mientras abría la bolsa de patatas fritas—. ¿Una patata?
— Me encantaría.
VICO se sentó a su lado, mordisqueando la patata y agarrando el mando del televisor. Estaban repitiendo el telediario de las once. VICO observó los sucesos de la mañana y meneó la cabeza.
—Tenemos que atrapar a ese tipo —miró a Cande con aflicción—. ¿Sabes? Siempre he apreciado la ayuda de tu hermana, pero esta vez Peter ha hecho que me asuste de verdad.
—¿Por qué?
— Principalmente por su insistencia en que todas las víctimas eran rubias.
— Según tengo entendido, siempre hay algo que impulsa a esa clase de asesinos. En California hubo un loco que solo atacaba a las castañas. A ese tipo deben de
gustarle las rubias. Pero... Oh, ya entiendo —Cande permaneció callada un momento—. Pero no comprendo por qué Peter ha de preocuparse especialmente por Lali. Rocio también es rubia.
Ricky parecía algo somnoliento, pero aseguró a Peter que había pasado el día entero delante del ordenador, revisando información y tratando de establecer algún vínculo entre las cuatro mujeres asesinadas.
—Todavía no hay nada, pero no te preocupes, estamos en ello. ¿Qué cuentas tú? —También estoy en ello. Ahora mismo estoy en Cayo Hueso...
—¿Cayo Hueso?
—Mi hermanastra es la vidente, ¿no te acuerdas? La seguí hasta aquí siguiendo una corazonada.
— Sí, claro. Conoces tu oficio, Peter.
—Hay un detalle, Ricky.
—¿De qué se trata, Peter?
—Todas eran rubias.
—¿En serio? Una de las víctimas...
—Lo sé, en la foto no se distinguía bien. Simplemente parecía morena. Pero créeme, todas las víctimas eran rubias — Peter se acordó de su madrastra—. Trabaja en ese dato, ¿quieres?
—Claro.
Peter pidió a Ricky que le enviase por Internet la información más reciente sobre la vida de las cuatro víctimas, y después se despidió. Permaneció sentado un rato, examinando los historiales de las mujeres asesinadas. Debra Miller, Julie Sabor y Holly Tyler estaban solteras, nunca llegaron a casarse. María García era divorciada. Había dejado atrás dos niños pequeños.
Lo único que las cuatro tenían en común era el color de pelo. Aparte del hecho de que eran jóvenes, atractivas y vivaces. Quizá eso era todo, y quizá era suficiente.
Peter se frotó la frente. ¿Dónde acecharía el asesino a sus víctimas? ¿Qué lo impulsaba a matar? De momento, no tenía respuestas. Apagó el ordenador, se levantó y fue a darse una ducha. Luego se acostó y cerró los ojos, pero no podía dormir. Los abrió y miró al techo. Podía levantarse e ir hasta el cuarto de Lali.
Sin falsos pretextos. Simplemente para preguntarle si quería dormir con él.
Demasiado obvio. Sí, definitivamente, demasiado obvio.
De repente, oyó pisadas. Suaves, furtivas, apresuradas, al otro lado de su puerta.
Peter se tensó, sentándose en la cama y alargando la mano hacia su revólver, situado en la mesilla.
La puerta se abrió lentamente...
Lali permaneció inmóvil un segundo, momentáneamente cegada por la luz del baño, que Peter había dejado encendida.
Llevaba puesta una bata de seda que se ceñía a su cuerpo, y el cabello suelto sobre los hombros.
Había acudido a él.
—Dilo otra vez, dilo otra vez —pidió VICO, besando el tobillo de Cande. Ella titubeó un momento, riéndose.
— Morfométrico.
—Mmm... más —imploré él, subiendo por la pantorrilla.
— Periostio.
— ¡ Me vuelvo loco oyéndote decir términos médicos!
Ella prorrumpió en carcajadas y, apartándolo, se bajó de la cama — ¡ Eh!
—Tengo sed.
—Oh, genial. ¡Te estoy haciendo el amor apasionadamente y te largas por una Pepsi!
—No me estás haciendo el amor, te estás cachondeando, y ya me duelen las costillas de tanto reír. ¿Quieres algo?
VICO dio una palmadita en la cama.
—A ti —hizo una pausa y se encogió de hombros—. Bueno, y quizá una Michelob.
—Marchando una Michelob.
Cande fue a la cocina y regresó en un santiamén, desnuda, con la cerveza, una Pepsi y una bolsa de patatas fritas.
— ¡Qué mujer! —exclamó VICO, poniendo los ojos en blanco exageradamente—. Organos corporales, cerveza y patatas... en la cama. ¿Cómo he podido vivir tanto tiempo sin ti?
—No lo sé, francamente —respondió Cande, recostándose en la almohada mientras abría la bolsa de patatas fritas—. ¿Una patata?
— Me encantaría.
VICO se sentó a su lado, mordisqueando la patata y agarrando el mando del televisor. Estaban repitiendo el telediario de las once. VICO observó los sucesos de la mañana y meneó la cabeza.
—Tenemos que atrapar a ese tipo —miró a Cande con aflicción—. ¿Sabes? Siempre he apreciado la ayuda de tu hermana, pero esta vez Peter ha hecho que me asuste de verdad.
—¿Por qué?
— Principalmente por su insistencia en que todas las víctimas eran rubias.
— Según tengo entendido, siempre hay algo que impulsa a esa clase de asesinos. En California hubo un loco que solo atacaba a las castañas. A ese tipo deben de
gustarle las rubias. Pero... Oh, ya entiendo —Cande permaneció callada un momento—. Pero no comprendo por qué Peter ha de preocuparse especialmente por Lali. Rocio también es rubia.
sábado, 18 de junio de 2016
CAPITULO 53
Lali permanecía callada, pero estaba que echaba humo en el asiento de atrás. Sheila sabía muy bien que Peter no había pretendido citarse con ella para ir a la inauguración. Pero Sheila había dejado muy claro que tenía intención de intentar conquistarlo, y eso estaba haciendo.
Peter detuvo el coche delante de la casa, pero no siguió a Sheila por el camino de entrada. Se apeó y se asomó al asiento de atrás, mirando a Lali.
Vamos.
—Prefiero esperarte aquí. Creo que quiere darte un beso de buenas noches.
Él meneó la cabeza, con una leve sonrisa en los labios.
—Lali, seguro que has visto muchas películas de terror. El chico deja a la chica sola en el coche y... bueno, ya sabes lo que viene después. No pienso dejarte aquí. Ven conmigo.
—No corro ningún peligro.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo percibiría.
Peter meneó la cabeza, repentinamente serio.
—Creo que esa es mi mayor paranoia en todo este asunto. Temo que no percibas nada cuando seas tú quien corra peligro. Además...
— ¿Qué?
—Puede que tú no estés en peligro, pero yo sí.
—¿Peligro de quién?
— De Sheila — respondió él tajantemente —. Baja. Acompáñame.
— Sheila es muy mona.
—Sí que lo es. ¡Vamos, Lali, baja! —Peter titubeó—. ¿Por favor?
Con un hondo suspiro, ella obedeció. Acompañaron a Sheila hasta la casa, donde Peter le explicó amablemente que no podría llevarla a la inauguración como acompañante, porque tendría que ayudar a su padre. Sheila prometió ir, de todas formas.
Después de dejar a Sheila, fueron a la casa de Nicolas. Lali se disponía a bromear acerca de Sheila y del modo en que él se había zafado de la cita, pero Peter se revolvió como un Doberman.
—Lali, hablo muy en serio, y vas a escucharme y a prestar atención. La noticia ha saltado. Y cundirá el pánico. La mitad de las mujeres de Miami irán a comprar pistolas mañana mismo. Solo espero que nadie se lastime accidentalmente. Pero debo insistir, Lali... nunca vuelvas a irte sin avisarme antes. Hoy he hecho el ridículo y es posible que hayas estado expuesta a un grave peligro.
—Está bien,Peter, a partir de ahora no haré nada sin tu permiso —respondió ella sarcásticamente.
—Bien —dijo él ignorando el sarcasmo—. Buenas noches.
—Buenas noches.
Lali se giró y caminó por el pasillo, en dirección a su cuarto.
— ¡Lali! —la llamó Peter.
— ¿Qué? — ella se dio media vuelta.
—¿Te has dado cuenta de una cosa?
—¿De qué?
Peter titubeó.
—Bueno, he estado ausente mucho tiempo, pero...
—Bueno, normalmente VICO te pide ayuda no tanto porque puedas ver desde el punto de vista de las víctimas, sino porque... —vaciló al ver que ella fruncía el
ceño—. A veces también puedes ver al asesino. Pero en esta ocasión ni siquiera has podido atisbarlo. ¿Qué crees que significa eso?
Ella meneó la cabeza, tragando saliva, porque Peter tenía razón.
—No lo sé —contestó al fin—. ¿Y tú?
Él hizo un gesto negativo.
—No, pero resulta curioso. Y aterrador —añadió suavemente.
—Estoy bien —aseguró Lali.
Peter asintió.
— Sí, estarás bien. Buenas noches, Lali.
Esta vez, fue él quien se dio media vuelta y se dirigió a su dormitorio. Ella oyó cómo abría la puerta...
Y la cerraba.
Se mordisqueó levemente el labio, y luego se volvió y recorrió la distancia que había hasta su cuarto. Parecía un trecho muy largo.
Lleno de sombras.
Peter detuvo el coche delante de la casa, pero no siguió a Sheila por el camino de entrada. Se apeó y se asomó al asiento de atrás, mirando a Lali.
Vamos.
—Prefiero esperarte aquí. Creo que quiere darte un beso de buenas noches.
Él meneó la cabeza, con una leve sonrisa en los labios.
—Lali, seguro que has visto muchas películas de terror. El chico deja a la chica sola en el coche y... bueno, ya sabes lo que viene después. No pienso dejarte aquí. Ven conmigo.
—No corro ningún peligro.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo percibiría.
Peter meneó la cabeza, repentinamente serio.
—Creo que esa es mi mayor paranoia en todo este asunto. Temo que no percibas nada cuando seas tú quien corra peligro. Además...
— ¿Qué?
—Puede que tú no estés en peligro, pero yo sí.
—¿Peligro de quién?
— De Sheila — respondió él tajantemente —. Baja. Acompáñame.
— Sheila es muy mona.
—Sí que lo es. ¡Vamos, Lali, baja! —Peter titubeó—. ¿Por favor?
Con un hondo suspiro, ella obedeció. Acompañaron a Sheila hasta la casa, donde Peter le explicó amablemente que no podría llevarla a la inauguración como acompañante, porque tendría que ayudar a su padre. Sheila prometió ir, de todas formas.
Después de dejar a Sheila, fueron a la casa de Nicolas. Lali se disponía a bromear acerca de Sheila y del modo en que él se había zafado de la cita, pero Peter se revolvió como un Doberman.
—Lali, hablo muy en serio, y vas a escucharme y a prestar atención. La noticia ha saltado. Y cundirá el pánico. La mitad de las mujeres de Miami irán a comprar pistolas mañana mismo. Solo espero que nadie se lastime accidentalmente. Pero debo insistir, Lali... nunca vuelvas a irte sin avisarme antes. Hoy he hecho el ridículo y es posible que hayas estado expuesta a un grave peligro.
—Está bien,Peter, a partir de ahora no haré nada sin tu permiso —respondió ella sarcásticamente.
—Bien —dijo él ignorando el sarcasmo—. Buenas noches.
—Buenas noches.
Lali se giró y caminó por el pasillo, en dirección a su cuarto.
— ¡Lali! —la llamó Peter.
— ¿Qué? — ella se dio media vuelta.
—¿Te has dado cuenta de una cosa?
—¿De qué?
Peter titubeó.
—Bueno, he estado ausente mucho tiempo, pero...
—Bueno, normalmente VICO te pide ayuda no tanto porque puedas ver desde el punto de vista de las víctimas, sino porque... —vaciló al ver que ella fruncía el
ceño—. A veces también puedes ver al asesino. Pero en esta ocasión ni siquiera has podido atisbarlo. ¿Qué crees que significa eso?
Ella meneó la cabeza, tragando saliva, porque Peter tenía razón.
—No lo sé —contestó al fin—. ¿Y tú?
Él hizo un gesto negativo.
—No, pero resulta curioso. Y aterrador —añadió suavemente.
—Estoy bien —aseguró Lali.
Peter asintió.
— Sí, estarás bien. Buenas noches, Lali.
Esta vez, fue él quien se dio media vuelta y se dirigió a su dormitorio. Ella oyó cómo abría la puerta...
Y la cerraba.
Se mordisqueó levemente el labio, y luego se volvió y recorrió la distancia que había hasta su cuarto. Parecía un trecho muy largo.
Lleno de sombras.
CAPITULO 52
—Gracias por preocuparte —murmuró ella—. Lo siento. Supongo que, dadas las circunstancias,
debí haber llamado a Cande o a papá antes de irme — suspiró con hastiada exasperación
¡Esa maldita periodista! No se ha dejado ni un solo detalle de mi vida. Otra vez hemos tenido que revivir la muerte de mi madre.
— ¡ Ah, mi niña! — se compadeció Michelle.
—Mostraron tu casa.., por televisión. ¿No puedes demandarlos por eso? —sugirió Sheila.
—No lo creo —murmuró Lali—. De todos modos, no importa. Dónde vivo nunca ha sido un gran secreto.
Peter la miraba fijamente. No estaba contento. Por su aspecto, Lali supo que estaba pensando que antes, probablemente, no importaba que sus señas se conocieran públicamente.
Pero ahora sí.
—Bueno —dijo Michelle—, a partir de ahora ese asesino tendrá que pensárselo dos veces. Con tanto aviso, las jóvenes irán con mucho más cuidado.
Peter negó con la cabeza lentamente.
—Ojalá eso fuese cierto. Ese hombre es extremadamente listo.., y cautivador. La gente tiende a creer que tales asesinatos violentos deben de ser obra de un loco. Están seguros de que reconocerían a un hombre semejante, piensan que debe de parecer un monstruo, cuando su verdadero poder radica en su capacidad de parecer no solo respetable, sino seguro. Un protector de los inocentes.
Michelle meneó la cabeza y se persignó. Héctor siguió su ejemplo. Lali se sintió tentada de hacer lo mismo mientras miraba a Peter.
—Ay, Dios —murmuró Sheila—, qué final tan deprimente para una velada maravillosa —se acercó más a Peter y le sonrió—. Reconozco que me da miedo volver sola a casa.
— Peter tiene coche, él te llevará — dijo Lali, aunque detestaba profundamente la idea.
¿Acaso estaba protegiendo los intereses de Cande?, pensó burlándose de sí misma.
En su fuero interno, sentía cierta aprensión. Cande se había enamorado recientemente. Si su amante no era Peter, ¿podía ser...?
—Claro —dijo Peter mirando a Lali—. Llevaremos a Sheila antes de dirigirnos a casa de tu padre.
Sheila pareció contrariada; no era lo que ella tenía en mente, pero accedió. En realidad, sí que estaba un poco nerviosa. Pero volvió a animarse en el trayecto hacia su casa, charlando con Peter en el asiento delantero. Habló de cómo era vivir sola, de lo mucho que valoraba normalmente su independencia.
—Claro que, ahora... ¡Pero, bueno, me niego a permitir que un animal como ese me amargue la vida! No quiero seguir hablando de él. Lali, he oído que tu padre asistirá a la inauguración de una galería patrocinada por el padre de Peter. Resulta fascinante que sigan siendo tan buenos amigos.
—La inauguración es el sábado —le dijo Peter —. Nos encantaría que asistieras.
—Vaya, y a mí me encantará ir contigo. Muchísimas gracias.
Peter frunció el ceño.
— Sheila, yo no he...
—Oh, ahí está la casa. Entraré corriendo. Tengo aquí la llave, por supuesto. Oh, detesto estar tan nerviosa. ¿Te importaría acompañarme un momento y echar un vistazo por los alrededores de la casa?
debí haber llamado a Cande o a papá antes de irme — suspiró con hastiada exasperación
¡Esa maldita periodista! No se ha dejado ni un solo detalle de mi vida. Otra vez hemos tenido que revivir la muerte de mi madre.
— ¡ Ah, mi niña! — se compadeció Michelle.
—Mostraron tu casa.., por televisión. ¿No puedes demandarlos por eso? —sugirió Sheila.
—No lo creo —murmuró Lali—. De todos modos, no importa. Dónde vivo nunca ha sido un gran secreto.
Peter la miraba fijamente. No estaba contento. Por su aspecto, Lali supo que estaba pensando que antes, probablemente, no importaba que sus señas se conocieran públicamente.
Pero ahora sí.
—Bueno —dijo Michelle—, a partir de ahora ese asesino tendrá que pensárselo dos veces. Con tanto aviso, las jóvenes irán con mucho más cuidado.
Peter negó con la cabeza lentamente.
—Ojalá eso fuese cierto. Ese hombre es extremadamente listo.., y cautivador. La gente tiende a creer que tales asesinatos violentos deben de ser obra de un loco. Están seguros de que reconocerían a un hombre semejante, piensan que debe de parecer un monstruo, cuando su verdadero poder radica en su capacidad de parecer no solo respetable, sino seguro. Un protector de los inocentes.
Michelle meneó la cabeza y se persignó. Héctor siguió su ejemplo. Lali se sintió tentada de hacer lo mismo mientras miraba a Peter.
—Ay, Dios —murmuró Sheila—, qué final tan deprimente para una velada maravillosa —se acercó más a Peter y le sonrió—. Reconozco que me da miedo volver sola a casa.
— Peter tiene coche, él te llevará — dijo Lali, aunque detestaba profundamente la idea.
¿Acaso estaba protegiendo los intereses de Cande?, pensó burlándose de sí misma.
En su fuero interno, sentía cierta aprensión. Cande se había enamorado recientemente. Si su amante no era Peter, ¿podía ser...?
—Claro —dijo Peter mirando a Lali—. Llevaremos a Sheila antes de dirigirnos a casa de tu padre.
Sheila pareció contrariada; no era lo que ella tenía en mente, pero accedió. En realidad, sí que estaba un poco nerviosa. Pero volvió a animarse en el trayecto hacia su casa, charlando con Peter en el asiento delantero. Habló de cómo era vivir sola, de lo mucho que valoraba normalmente su independencia.
—Claro que, ahora... ¡Pero, bueno, me niego a permitir que un animal como ese me amargue la vida! No quiero seguir hablando de él. Lali, he oído que tu padre asistirá a la inauguración de una galería patrocinada por el padre de Peter. Resulta fascinante que sigan siendo tan buenos amigos.
—La inauguración es el sábado —le dijo Peter —. Nos encantaría que asistieras.
—Vaya, y a mí me encantará ir contigo. Muchísimas gracias.
Peter frunció el ceño.
— Sheila, yo no he...
—Oh, ahí está la casa. Entraré corriendo. Tengo aquí la llave, por supuesto. Oh, detesto estar tan nerviosa. ¿Te importaría acompañarme un momento y echar un vistazo por los alrededores de la casa?
CAPITULO 51
La conversación derivó primero hacia la música, y luego hacia el arte. Lali, en un extremo de la mesa, lejos de Peter y de Sheila, observó cómo Peter se unía ávidamente a la charla.
Él la sorprendió mirándolo una vez. Y fue un momento extraño, porque Lali supo que Peter le estaba leyendo el pensamiento, aunque, de algún modo, eso lo hacía extrañamente vulnerable a ella.
Un cambio agradable, se dijo.
La conversación fue animada y distendida. Todos reían. Lali se sentía cómoda, relajada, segura.
Era inevitable, sin embargo, que alguien preguntara a Peter por su trabajo.
— Una vez leí acerca de vuestro trabajo en el Time —dijo George—. ¿Puedes decirnos a qué has venido aquí? ¿Tiene que ver con ese asesino en serie del que habla la prensa?
—Bueno, definitivamente creemos que hay un asesino en serie actuando en la zona —contestó Peter solemnemente—. La mayoría de los sucesos más recientes saldrán en el telediario de esta noche. Como mi irrupción en casa de Lali — añadió cínicamente.
— ¿Qué? — inquirió ella sobresaltada.
Él se encogió de hombros y miró a los demás.
—En los últimos cuatro meses se han producido cuatro espeluznantes asesinatos, siempre a mitad de mes, y cada asesinato más violento que el anterior. Todas las víctimas eran mujeres jóvenes, guapas y vivaces. Cuando trabajas en un caso tan horripilante, tiendes a preocuparte por las personas que te rodean.
—Dios santo —murmuró Lali, colocando un codo sobre la mesa y descansando la cabeza en la mano mientras lo miraba. Temblaba intensamente.
—¿E irrumpiste en casa de Lali persiguiendo al asesino? —preguntó Michelle, confusa.
Peter meneó la cabeza, sonriendo con pesar.
—Como digo, el asesino hace presa en mujeres jóvenes y guapas. Anoche no conseguí ponerme en contacto con Lali. Y cuando tampoco la encontré esta mañana... — alzó las manos en gesto de rendición, luego tomó un trago de cerveza y miró de nuevo a Lali—. La cerradura era fácil de forzar, pero tenía un sistema de alarma muy bueno. Le dije a VICO D ALESSANDRO, de homicidios, que pensaba entrar, pero... En fin, casi acaban arrestándome. Ahora me preguntó con qué ridículo aspecto saldré en las noticias.
—¿Irrumpiste en mi casa solo porque no respondí al teléfono? —el tono de Lali era incrédulo.
— ¡No deberías ser tan tiquismiquis, Lali! —le aconsejó Sheila.
— ¡No soy tiquismiquis, Sheila! Simplemente estoy sorprendida.
— ¡Menos mal que tienes un hermanastro que te cuida así! ¡Si alguien de mi familia no consiguiera dar conmigo, probablemente tardaria una semana entera en preocuparse!
— Tú sales de gira continuamente, Sheila —le recordó Lali.
—Bueno, sí, ¡pero no deberías enfadarte! —repuso Sheila.
—¿Estás enfadada? —preguntó Héctor a Sheila, sonriendo traviesamente.
Todos la estaban mirando. Ella miró a Peter y apretó los dientes.
—Desde luego que no. Ya digo, solo estoy sorprendida.
— ¡Sorprendida! Pues yo tengo miedo. ¡Un asesino en serie que hace presa en mujeres jóvenes! — Sheila se estremeció.
—Un poco de miedo puede ser sano —dijo Jaime.
—¿Estás de acuerdo, Peter? —inquirió Michelle con su habitual suavidad—. ¿Hacemos bien las mujeres en tener miedo?
—Un poco de miedo puede ser muy sano. La policía no ha intentado ocultar los hechos, pero tampoco conviene que cunda el pánico. Por los comentarios que las víctimas hicieron a sus amigas, estamos seguros de que el asesino es un joven encantador que seduce a sus víctimas haciéndolas creer que van a vivir el idilio de su vida. Probablemente es muy atractivo, se mezcla con los demás, parece una persona del todo respetable. No ofrece en absoluto la imagen de un asesino enloquecido. De modo que sí, Sheila, debes sentirte preocupada. Ve con mucho cuidado.
—¿Sabes? —murmuró Héctor—, si tienes curiosidad por ver las noticias... Ya es tarde. Quizá tengan puesto el telediario de las once en el televisor de la barra.
Todos se miraron brevemente y, a continuación, se levantaron a la vez. Peter se quedó ligeramente rezagado. Después de una noticia sobre terrorismo, apareció en la pantalla una portavoz de la policía dando una conferencia de prensa. La policía, según dijo, creía que los cuatro asesinatos recientes eran obra del mismo individuo, y se recomendaba a las mujeres jóvenes que estuvieran alerta, sobre todo si vivían solas.
Mientras escuchaba, Lali se sintió repentinamente preocupada por Cande. Se dijo que su hermana era lista. Además, aún sospechaba que Peter era el hombre con el que Cande se estaba viendo, así que...
Parpadeó. El telediario aún hablaba de los asesinatos. De repente, se vio una imagen fugaz de Peter. Estaba vestido de chaqueta, delante de la casa de Lali. Había coches de policía por todas panes. Peter parecía cansado y muy contrariado.., pero, a pesar de todo, guapo y atractivo. Luego Jimmy apareció en escena y habló brevemente con la prensa, recomendando a las mujeres de la zona que fueran precavidas a la hora de aceptar alguna invitación.
—No salgan con desconocidos. Punto. No vayan a ningún sitio sin decir antes a algún amigo a dónde van y con quién. Salgan de sus lugares de trabajo en grupo, vayan de compras con alguna amiga.
A continuación, alguien preguntó a Peter qué hacía en casa de Lali Esposito, su antigua hermanastra, hija de Gimena Esposito, la actriz asesinada.
—En realidad, señor, ¿no acaba usted de allanar su domicilio?
—¿Lo ha arrestado la policía?
Peter se vadeó bien, ignorando lo que quiso ignorar y contestando que, naturalmente, cualquier hombre estaría preocupado por un miembro de su familia en tales circunstancias. Sí, admitió haberse preocupado por su hermanastra, pero finalmente le habían comunicado que Lali se encontraba bien y estaba ausente, posando en una sesión fotográfica.
Lali se dio cuenta de que no dijo dónde. Una vez que Peter se excusó y dio por acabada la entrevista, la cámara enfocó a la guapa periodista que le había formulado la mayoría de las preguntas. Había hecho bien sus deberes. Recordó el asesinato de Gimena y su vida «escandalosa», luego habló del trabajo de Lali, de su parecido con su madre y de sus colaboraciones ocasionales con la policía.
Lali deseó que se la tragase la tierra.
Al mismo tiempo, se sintió como una completa ingrata. Peter había estado a punto de ser detenido por allanar su casa. Y todo porque estaba preocupado.
Por ella.
Lali miró a Peter, quien se encogió de hombros irritado.
—Por lo menos no han contado que casi me disparan antes de que pudiese
enseñar mi placa.
Él la sorprendió mirándolo una vez. Y fue un momento extraño, porque Lali supo que Peter le estaba leyendo el pensamiento, aunque, de algún modo, eso lo hacía extrañamente vulnerable a ella.
Un cambio agradable, se dijo.
La conversación fue animada y distendida. Todos reían. Lali se sentía cómoda, relajada, segura.
Era inevitable, sin embargo, que alguien preguntara a Peter por su trabajo.
— Una vez leí acerca de vuestro trabajo en el Time —dijo George—. ¿Puedes decirnos a qué has venido aquí? ¿Tiene que ver con ese asesino en serie del que habla la prensa?
—Bueno, definitivamente creemos que hay un asesino en serie actuando en la zona —contestó Peter solemnemente—. La mayoría de los sucesos más recientes saldrán en el telediario de esta noche. Como mi irrupción en casa de Lali — añadió cínicamente.
— ¿Qué? — inquirió ella sobresaltada.
Él se encogió de hombros y miró a los demás.
—En los últimos cuatro meses se han producido cuatro espeluznantes asesinatos, siempre a mitad de mes, y cada asesinato más violento que el anterior. Todas las víctimas eran mujeres jóvenes, guapas y vivaces. Cuando trabajas en un caso tan horripilante, tiendes a preocuparte por las personas que te rodean.
—Dios santo —murmuró Lali, colocando un codo sobre la mesa y descansando la cabeza en la mano mientras lo miraba. Temblaba intensamente.
—¿E irrumpiste en casa de Lali persiguiendo al asesino? —preguntó Michelle, confusa.
Peter meneó la cabeza, sonriendo con pesar.
—Como digo, el asesino hace presa en mujeres jóvenes y guapas. Anoche no conseguí ponerme en contacto con Lali. Y cuando tampoco la encontré esta mañana... — alzó las manos en gesto de rendición, luego tomó un trago de cerveza y miró de nuevo a Lali—. La cerradura era fácil de forzar, pero tenía un sistema de alarma muy bueno. Le dije a VICO D ALESSANDRO, de homicidios, que pensaba entrar, pero... En fin, casi acaban arrestándome. Ahora me preguntó con qué ridículo aspecto saldré en las noticias.
—¿Irrumpiste en mi casa solo porque no respondí al teléfono? —el tono de Lali era incrédulo.
— ¡No deberías ser tan tiquismiquis, Lali! —le aconsejó Sheila.
— ¡No soy tiquismiquis, Sheila! Simplemente estoy sorprendida.
— ¡Menos mal que tienes un hermanastro que te cuida así! ¡Si alguien de mi familia no consiguiera dar conmigo, probablemente tardaria una semana entera en preocuparse!
— Tú sales de gira continuamente, Sheila —le recordó Lali.
—Bueno, sí, ¡pero no deberías enfadarte! —repuso Sheila.
—¿Estás enfadada? —preguntó Héctor a Sheila, sonriendo traviesamente.
Todos la estaban mirando. Ella miró a Peter y apretó los dientes.
—Desde luego que no. Ya digo, solo estoy sorprendida.
— ¡Sorprendida! Pues yo tengo miedo. ¡Un asesino en serie que hace presa en mujeres jóvenes! — Sheila se estremeció.
—Un poco de miedo puede ser sano —dijo Jaime.
—¿Estás de acuerdo, Peter? —inquirió Michelle con su habitual suavidad—. ¿Hacemos bien las mujeres en tener miedo?
—Un poco de miedo puede ser muy sano. La policía no ha intentado ocultar los hechos, pero tampoco conviene que cunda el pánico. Por los comentarios que las víctimas hicieron a sus amigas, estamos seguros de que el asesino es un joven encantador que seduce a sus víctimas haciéndolas creer que van a vivir el idilio de su vida. Probablemente es muy atractivo, se mezcla con los demás, parece una persona del todo respetable. No ofrece en absoluto la imagen de un asesino enloquecido. De modo que sí, Sheila, debes sentirte preocupada. Ve con mucho cuidado.
—¿Sabes? —murmuró Héctor—, si tienes curiosidad por ver las noticias... Ya es tarde. Quizá tengan puesto el telediario de las once en el televisor de la barra.
Todos se miraron brevemente y, a continuación, se levantaron a la vez. Peter se quedó ligeramente rezagado. Después de una noticia sobre terrorismo, apareció en la pantalla una portavoz de la policía dando una conferencia de prensa. La policía, según dijo, creía que los cuatro asesinatos recientes eran obra del mismo individuo, y se recomendaba a las mujeres jóvenes que estuvieran alerta, sobre todo si vivían solas.
Mientras escuchaba, Lali se sintió repentinamente preocupada por Cande. Se dijo que su hermana era lista. Además, aún sospechaba que Peter era el hombre con el que Cande se estaba viendo, así que...
Parpadeó. El telediario aún hablaba de los asesinatos. De repente, se vio una imagen fugaz de Peter. Estaba vestido de chaqueta, delante de la casa de Lali. Había coches de policía por todas panes. Peter parecía cansado y muy contrariado.., pero, a pesar de todo, guapo y atractivo. Luego Jimmy apareció en escena y habló brevemente con la prensa, recomendando a las mujeres de la zona que fueran precavidas a la hora de aceptar alguna invitación.
—No salgan con desconocidos. Punto. No vayan a ningún sitio sin decir antes a algún amigo a dónde van y con quién. Salgan de sus lugares de trabajo en grupo, vayan de compras con alguna amiga.
A continuación, alguien preguntó a Peter qué hacía en casa de Lali Esposito, su antigua hermanastra, hija de Gimena Esposito, la actriz asesinada.
—En realidad, señor, ¿no acaba usted de allanar su domicilio?
—¿Lo ha arrestado la policía?
Peter se vadeó bien, ignorando lo que quiso ignorar y contestando que, naturalmente, cualquier hombre estaría preocupado por un miembro de su familia en tales circunstancias. Sí, admitió haberse preocupado por su hermanastra, pero finalmente le habían comunicado que Lali se encontraba bien y estaba ausente, posando en una sesión fotográfica.
Lali se dio cuenta de que no dijo dónde. Una vez que Peter se excusó y dio por acabada la entrevista, la cámara enfocó a la guapa periodista que le había formulado la mayoría de las preguntas. Había hecho bien sus deberes. Recordó el asesinato de Gimena y su vida «escandalosa», luego habló del trabajo de Lali, de su parecido con su madre y de sus colaboraciones ocasionales con la policía.
Lali deseó que se la tragase la tierra.
Al mismo tiempo, se sintió como una completa ingrata. Peter había estado a punto de ser detenido por allanar su casa. Y todo porque estaba preocupado.
Por ella.
Lali miró a Peter, quien se encogió de hombros irritado.
—Por lo menos no han contado que casi me disparan antes de que pudiese
enseñar mi placa.
miércoles, 8 de junio de 2016
CAPITULO 50
Nico estaba en la puerta. Tenía una cubitera con una botella de champán en una mano y dos copas en la otra.
—Dios, cariño, perdóname. Te llamé al llegar a casa. Se ha suspendido el viaje.
Con el ruido del agua no me oíste.
—Casi me matas del susto.
— ¡Lo siento mucho, cielo! —Nico pasó junto a ella, soltó la cubitera y las copas y luego cerró las puertas de cristal. Después regresó a su lado. Rocio no había vuelto a ponerse la toalla aún. El sonrió, atractivo, despeinado, exhausto, contento de estar en casa. Cuando ella hizo ademán de recoger la toalla, él la detuvo.
—Cariño, no. Estás bellísima. Siento trabajar en exceso, te lo juro por Dios. Pero te quiero, Rocio. Los niños y tú sois lo que más me importa en el mundo. Lo juro.
La atrajo hacia sí, envolviéndola con sus brazos. Ella estaba mojada y tiritaba por el aire acondicionado, y Nico estaba tan cálido. Con él se sentía bien y segura. De repente, se alegró de tenerlo, lo deseó. El podía acariciarla, besarla y lamerla en cualquier parte, y sería algo natural y delicioso.
—Te quiero —dijo Rocio.
—Mañana me tomaré todo el día libre. Me ocuparé de los niños desde por la mañana hasta por la noche.
— ¡Oh, Dios, Nico, es lo más romántico que me han dicho nunca! —le dijo ella agradecida.
Nico empezó a besarla, primero en los labios, luego a lo largo del cuerpo desnudo.
Su lengua serpenteó sobre su piel, entre sus muslos...
Mientras subía en la furgoneta de Jaime, Lali empezó a temblar furiosamente. Se sentó en el asiento del pasajero y se ajustó el cinturón, luchando contra la visión que nublaba su mente.
Veía sombras y, en medio de las sombras, a dos amantes íntimamente entrelazados.
No podía ver realmente sus caras, y tuvo la horrible sensación de estar invadiendo un momento que no solo era íntimo, sino cálido y especial. Podía ver que...
La mujer era rubia.
Comprendió que no estaba viendo a través de sus propios ojos.
Unas palabras extrañas resonaron en su mente.
Asesino te ve, Asesino te ve...
La visión se desvaneció súbitamente.
Tan solo perduró el recuerdo de que la mujer era rubia. Y las palabras...
Asesino te ve, Asesino te ve...
Seguían repitiéndose sin cesar, como una letanía que la atormentaba. Y Lali comprendió que tendría que hablarle a Peter de la visión que acababa de captar con el extraño ojo de su mente.
Lali se alisó el pelo, recobrando la compostura e ignorando a los demás mientras discutían acerca de a dónde debían ir a cenar.
La voz y su obsesionante letanía se desvanecieron completamente, y Lali empezó a sentirse como una tonta. Estaba asustada, pero no en un aspecto tangible.
Estaba rodeada de personas; se encontraba a salvo.
—Dios, cariño, perdóname. Te llamé al llegar a casa. Se ha suspendido el viaje.
Con el ruido del agua no me oíste.
—Casi me matas del susto.
— ¡Lo siento mucho, cielo! —Nico pasó junto a ella, soltó la cubitera y las copas y luego cerró las puertas de cristal. Después regresó a su lado. Rocio no había vuelto a ponerse la toalla aún. El sonrió, atractivo, despeinado, exhausto, contento de estar en casa. Cuando ella hizo ademán de recoger la toalla, él la detuvo.
—Cariño, no. Estás bellísima. Siento trabajar en exceso, te lo juro por Dios. Pero te quiero, Rocio. Los niños y tú sois lo que más me importa en el mundo. Lo juro.
La atrajo hacia sí, envolviéndola con sus brazos. Ella estaba mojada y tiritaba por el aire acondicionado, y Nico estaba tan cálido. Con él se sentía bien y segura. De repente, se alegró de tenerlo, lo deseó. El podía acariciarla, besarla y lamerla en cualquier parte, y sería algo natural y delicioso.
—Te quiero —dijo Rocio.
—Mañana me tomaré todo el día libre. Me ocuparé de los niños desde por la mañana hasta por la noche.
— ¡Oh, Dios, Nico, es lo más romántico que me han dicho nunca! —le dijo ella agradecida.
Nico empezó a besarla, primero en los labios, luego a lo largo del cuerpo desnudo.
Su lengua serpenteó sobre su piel, entre sus muslos...
Mientras subía en la furgoneta de Jaime, Lali empezó a temblar furiosamente. Se sentó en el asiento del pasajero y se ajustó el cinturón, luchando contra la visión que nublaba su mente.
Veía sombras y, en medio de las sombras, a dos amantes íntimamente entrelazados.
No podía ver realmente sus caras, y tuvo la horrible sensación de estar invadiendo un momento que no solo era íntimo, sino cálido y especial. Podía ver que...
La mujer era rubia.
Comprendió que no estaba viendo a través de sus propios ojos.
Unas palabras extrañas resonaron en su mente.
Asesino te ve, Asesino te ve...
La visión se desvaneció súbitamente.
Tan solo perduró el recuerdo de que la mujer era rubia. Y las palabras...
Asesino te ve, Asesino te ve...
Seguían repitiéndose sin cesar, como una letanía que la atormentaba. Y Lali comprendió que tendría que hablarle a Peter de la visión que acababa de captar con el extraño ojo de su mente.
Lali se alisó el pelo, recobrando la compostura e ignorando a los demás mientras discutían acerca de a dónde debían ir a cenar.
La voz y su obsesionante letanía se desvanecieron completamente, y Lali empezó a sentirse como una tonta. Estaba asustada, pero no en un aspecto tangible.
Estaba rodeada de personas; se encontraba a salvo.
CAPITULO 49
cande Esposito estaba convencida de que atraparían al asesino muy
pronto. Peter conocía su oficio, y el perfil que había trazado
constituía un retrato indudablemente preciso del sospechoso: un hombre
apuesto e interesante, que se ganaba con su encanto la confianza de las
mujeres. Un hombre que, de ordinario, llevaba una vida normal y era bien
visto entre sus familiares y semejantes.
El asesino sería capturado...
Entonces oyó un ruido y volvió a preguntar-se si habría cerrado la puerta. De repente, empezó a rezar por seguir viva para ver cómo capturaban al asesino.
Salió de la ducha y agarró una toalla. Luego, empapada, corrió por el pasillo, diciéndose que no era lo más indicado. Tenía que apagar todas las luces de la casa y llegar como fuese hasta la puerta trasera.
Demasiado tarde.
Él ya estaba allí.
Petrificada, envuelta en la toalla, ella se quedó mirándolo.
—Hay que dejar las puertas cerradas —dijo él con suma suavidad—. Tú deberías saberlo mejor que nadie —suspiró—. Pero aprenderás. Ella abrió la boca para hablar.
No le salió la voz. Porque él ya se estaba acercando.
—Eres tan hermosa. Tan hermosa y perfecta. Y tu modo de hablar de las partes del cuerpo...
Rocio se envolvió en una toalla, dejando correr el agua. Avanzó cuidadosamente hasta la puerta del baño y echó un vistazo, haciendo lo posible por no dejarse ver.
Había alguien en la casa.
Su primer impulso fue cerrar la puerta y echar el pestillo. Pensó en el teléfono móvil, guardado en su bolso, junto a la cama.
No podía encerrarse; los niños estaban en la casa. Tenía que protegerlos.
Siguió mirando desde la puerta del baño durante lo que pareció una eternidad. Salió silenciosamente. No se veía a nadie en el dormitorio.
Pero las puertas de cristal estaban parcialmente abiertas. Una brisa elevaba las cortinas medio corridas. Temerosamente, con el corazón en la garganta, avanzó hacia ellas.
— ¿Rocio?
Al oír su nombre, emitió un grito y se giró, dejando caer la toalla.
El asesino sería capturado...
Entonces oyó un ruido y volvió a preguntar-se si habría cerrado la puerta. De repente, empezó a rezar por seguir viva para ver cómo capturaban al asesino.
Salió de la ducha y agarró una toalla. Luego, empapada, corrió por el pasillo, diciéndose que no era lo más indicado. Tenía que apagar todas las luces de la casa y llegar como fuese hasta la puerta trasera.
Demasiado tarde.
Él ya estaba allí.
Petrificada, envuelta en la toalla, ella se quedó mirándolo.
—Hay que dejar las puertas cerradas —dijo él con suma suavidad—. Tú deberías saberlo mejor que nadie —suspiró—. Pero aprenderás. Ella abrió la boca para hablar.
No le salió la voz. Porque él ya se estaba acercando.
—Eres tan hermosa. Tan hermosa y perfecta. Y tu modo de hablar de las partes del cuerpo...
Rocio se envolvió en una toalla, dejando correr el agua. Avanzó cuidadosamente hasta la puerta del baño y echó un vistazo, haciendo lo posible por no dejarse ver.
Había alguien en la casa.
Su primer impulso fue cerrar la puerta y echar el pestillo. Pensó en el teléfono móvil, guardado en su bolso, junto a la cama.
No podía encerrarse; los niños estaban en la casa. Tenía que protegerlos.
Siguió mirando desde la puerta del baño durante lo que pareció una eternidad. Salió silenciosamente. No se veía a nadie en el dormitorio.
Pero las puertas de cristal estaban parcialmente abiertas. Una brisa elevaba las cortinas medio corridas. Temerosamente, con el corazón en la garganta, avanzó hacia ellas.
— ¿Rocio?
Al oír su nombre, emitió un grito y se giró, dejando caer la toalla.
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