martes, 5 de julio de 2016

CAPITULO 83

  Lali se despertó con un terrible dolor de cabeza, temerosa de levantar los párpados. Tenía la boca reseca y le dolía la garganta. Finalmente, abrió los ojos. La habitación todavía le daba vueltas. Probé a sentarse. La sensación de mareo empeoro. 
Volvió a tumbarse, gruñendo. 
— Sobrevivirás. 
Peter estaba allí. 
—No gracias a ti —a pesar del dolor de cabeza, hizo un esfuerzo y se incorporó para mirarse la mano, y después a Peter. 
Tenía una fina banda de oro en el dedo. 
Peter estaba sentado a una mesa con vistas a la playa. Llevaba una camiseta, pantalones recortados y sandalias. Parecía cómodo y relajado. 
—¿Se puede saber qué haces? —inquirió Lali. El sonido de su propia voz reverberó dolorosamente en su cráneo. 
— Leyendo acerca de los sucesos de ayer —respondió él. Lali se dio cuenta de que no estaba exactamente contento. Algo del periódico lo inquietaba. 
Aunque a ella, de momento, el periódico le traía sin cuidado. 
—Me engañaste. Me emborrachaste a propósito. Dime que todo lo que sucedió anoche fue una especie de farsa. 
—No, no fue ninguna farsa. 
— Soy una ciudadana norteamericana. 
— ¿Y crees que nuestra boda es ilegal porque se celebró en otro país? 
—No sé exactamente qué es legal y qué no, pero puedo averiguarlo. Mi cuñado es abogado. 
—¿Y? —inquirió él educadamente. 
— ¡Peter, no puedes protegerme en todo momento, durante toda mi vida! 
Él sirvió una taza de café solo y se la entregó a Lali... con una aspirina. 
—Nuestro matrimonio es legal, Lali. Pero siempre puedes cambiar eso, si lo deseas —dijo quedamente. 
Lali sorbió el café, sintiéndose extrañamente derrotada. Fijé los ojos en la taza. 
— Siempre me han comparado con Gimena —dijo suavemente—. Yo la amaba, pero jamás he querido ser como ella. 
—Lali, tú no eres... 
—Se casó cuatro veces. Y mi padre creo que seis, claro que él ha vivido más. 
—Lali, lo siento. 
— ¿Sientes haberte casado conmigo? 
—Que estés tan disgustada. 
Lali apuré el café y se dirigió al baño. 
—Voy a darme una ducha. 
Mientras ella se duchaba, Peter llamó al servicio de habitaciones para pedir algo de comida. Tostadas, zumo de naranja y más café. Lali descubrió que, realmente, podía comer, y después incluso se sintió mejor. 
El resto del día fue maravilloso. Tal como Peter había prometido, fueron a la piscina, donde pasaron horas disfrutando del sol y nadando con los delfines. Por fin, llegó la hora de volver. Durante el vuelo de regreso, Lali simulé leer una revista mientras Peter miraba por la ventanilla, inquieto. Ella no pudo sino preguntarse qué estaría sucediendo, a qué podía deberse aquel súbito cambio de humor. 
— Supongo que Alegra pasará otra noche en casa de mi hermana —comentó Lali mientras se dirigían a su casa en el coche alquilado de Kyle. Él asintió. 
—Le dije a Dan que mañana iríamos a la guardería a recogerla. 
— ¿Le dijiste que nos habíamos casado? 
—Sí, pero le pedí que no se lo dijera a Alegra. 
—¿Y Darryl? 
—También lo sabe. 
—¿Y mi padre? ¿Y el tuyo? 
Peter asintió, y luego la miré de soslayo. 
—Hice varias llamadas telefónicas mientras dormías. 
Cuando por fin llegaron al camino de entrada, Lali se sentía exhausta. Abrió la puerta y desactivé la alarma, ignorando a Peter. Era casi medianoche. Debería tener hambre, se dijo, pero no era así. Podía preparar algo para Peter, pero no se sentía de humor. Que se las apañara solo. 
Lali se retiró a su cuarto, se duchó rápidamente y se puso un camisón. Oyó cómo Peter trasteaba en la cocina. Se metió en la cama, preguntándose si debía hablar con él. Pero la rindió el sueño.  

CAPITULO 82

  —Claro. Aguanta unos segundos más. 
— Voy a vomitarte encima — advirtió Lali. 
— ¡No te atrevas! —susurré él. 
Lali oyó aplausos a su alrededor. El mundo daba vueltas, daba vueltas frenéticamente. Hizo ademán de caerse. 
Peter la tomé en brazos y la sacó de la iglesia. El aire fresco le sentó bien. — ¡No debiste dejarme beber tanto! 
— Sobrevivirás. 
Llegaron a la habitación, un pequeño bungalow a ras de tierra. Tenía aire acondicionado, y su interior estaba deliciosamente fresco. Peter la solté en la cama, pero ella se levantó rápidamente y se dirigió al baño. 
Él la siguió. 
—Respira por la boca. He preparado café, pero intenta pasar varios minutos bajo la ducha la ayudó a quitarse aquella ridícula ropa de turista. 
El agua le sentó bien a Lali. De repente, le apetecía de nuevo vivir. Pocos minutos después, se las arregló para salir de la ducha y ponerse una de las batas de franela. A continuación, tras salir al dormitorio, se sentó en el filo de la cama. Peter le puso una taza de café en las manos. 
—Menuda noche de bodas —dijo sonriendo. 
— No estamos casados de verdad — respondió ella. 
—Sí que lo estamos. 
—Yo no me he casado contigo. El miedo y el sexo no son motivos suficientes para casarse —Lali le devolvió la taza y se recosté en los almohadones. Luego cerró los ojos—. ¿Por qué? ¿Por qué te has casado conmigo? ¿Para mantenerme a salvo? Me llamaste bruja. Pensabas que, de algún modo, yo fui responsable de la muerte de PAULA. 
—No, no pensaba eso. 
—Sí que lo pensabas. 
—Lali, te he visto sufrir. Sé que sufriste por PAULA, nada más. Siento lo que dije. 
—¿Lo sientes? Oh, Peter... no puedes casarte con alguien solo porque... —Lali dejó la frase en suspenso. 
Peter se sentó a su lado, retirándole el cabello húmedo de la cara, sonriendo. 
—Me he casado contigo, tontita, porque llevo la mitad de mi vida amándote, aunque al principio fuese demasiado estúpido para comprenderlo. Y voy a protegerte. 
Ella no había oído ni una palabra de lo que había dicho, por supuesto, pero eso no importaba. Peter se tumbó a su lado y la atrajo hacia sí. 
Lali suspiré en su sueño. 
Quizá fuese por él. O, más probablemente, por el ron que había bebido. Pero, por una vez, durmió profundamente, sin pesadillas.  

lunes, 4 de julio de 2016

CAPITULO 81

  Gene los condujo por el área de recepción, mostrándoles enormes murales de delfines y advirtiéndoles acerca de sus visitas al acuario. 
—No dejo que los huéspedes naden con los machos, porque a veces se ponen agresivos. Aunque, por lo general, son criaturas maravillosas, inteligentes y juguetonas. El preparador os dirá más cosas mañana. Ahora.., tengo entendido que este viaje relámpago se ha debido a un día problemático. ¿Tenéis hambre? 
—Hace horas que no pruebo bocado —respondió Peter. 
— Hay bufé libre en la terraza, con música y baile. Cuando hayáis terminado de comer, encontraréis lista vuestra habitación. 
Peter le dio las gracias y acompañé a Lali a la terraza. Era preciosa, una enorme estructura blanca de madera con enormes porches, mesas, sillas y farolillos encendidos por doquier. Una banda tocaba suaves melodías isleñas, y las camareras, ataviadas con los típicos sarongs, se movían perezosamente por entre los huéspedes. 
Peter llamó a una camarera y pidió las bebidas. Le habló en francés, lo que hizo que Lali comprendiese que el francés era el idioma oficial de la isla. Luego se acercaron al bufé. De repente, Lali se dio cuenta de que tenía un hambre canina. Llenó su bandeja con costillas, piña, algo llamado «delicia de jardín» y pan de maiz. 
—~,Así que Gene es un ex agente de la CIA? 
— preguntó Lali al regresar a la mesa. 
— Sí. Trabajé para el Gobierno durante veinticinco años, y luego decidió que ya había tenido bastante. Adoraba el mar, así que abrió este complejo. Ahora disfruta de la brisa tropical e intenta disfrutar de la vida. 
— ¿Intenta? 
—En este trabajo, uno nunca olvida algunas de las cosas que ha visto. Lali asintió. 
Peter alargó la mano para cubrir la de ella. 
—Pero se soporta. Uno aprende que la vida es muy valiosa, que hay que luchar por ella hasta el último aliento. 
—Lo sé. 
Él se recliné en la silla y sorbió su bebida. 
—Yo no lo sabía —dijo—. Tardé mucho en descubrirlo, después de la muerte de Euguenia. 
—Es duro —dijo Lali suavemente, apurando su segunda copa. Una tercera apareció como por ensalmo—. Sabes que mi resistencia al alcohol es mínima. 
—Sí, lo sé. 
—Podría desmayarme encima de ti. 
—Correré el riesgo. 
—No tendrás que emborracharme para que me acueste contigo, ¿sabes? 
Peter sonrio. 
—Eso también lo sé. 
Lali se palmo la mejilla. Aquellas bebidas eran realmente engañosas. Ya no se sentía la cara. 
—Acaba la copa y luego daremos un paseo. Al final de ese sendero hay una pequeña iglesia, muy bonita, que construyeron los piratas hace tres siglos. 
—No estoy segura de poder caminar. 
—Yo te ayudaré. 
El mundo daba vueltas. Pero todo era hermoso. Los farolillos parecían arder por todas par tes. Los colores de la isla eran vibrantes. La brisa era como un bálsamo. 
Lali comprendió que estaba achispada. Lo cual era bueno. No tenía una sola 
preocupación en el mundo. Aquella noche dormiría sin pesadillas. 
No, no estaba achispada. Estaba absolutamente ebria. 
Como una cuba. 
Trató de disimularlo. 
—Este sitio es precioso —le dijo a Peter. 
—Me alegra que te guste. Ahí está la iglesia. 
En la iglesia había otra gente. Un sacerdote, un par de camareras con sarongs. Había velas encendidas y flores en el altar; sobre antiquísimas tumbas se arqueaban ventanas con vidrie-ras de colores. 
—Es maravilloso. Este sitio es maravilloso. 
—Celebro que te guste. Porque vamos a casarnos aqui. 
—¡No, ni hablar! 
—Es lo correcto. 
—¿Lo correcto? Estoy un poco borracha, pero la gente no se casa porque sea lo correcto. 
— Está bien, te lo pediré de rodillas — Peter hincó una rodilla en el suelo y dijo—: Cásate conmigo, Lali. 
—¿Porque soy estupenda en la cama e intentas salvarme la vida? ¡No! —Hay razones peores. 
— Sí 
—Peter, ¿todo esto es de verdad? 
— Sí. 
—No puede serlo. 
—Lo es. 
—¿Cuándo lo organizaste? 
— Mientras te hacían las radiografías. 
—No te creo. 
—Mira, Lali, estoy de rodillas. Di que si. 
—¿Sí a qué? 
—Amí. 
— No. 
—Piensa en Alegra. 
— Siempre pienso en ella. Siempre. 
—Tú deseas casarte conmigo. 
—No. 
—Lo deseas. Ven, acompáñame. 
Peter la condujo por el pasillo de la iglesia. Todos la miraban. El sacerdote sonrió antes de abrir un libro y empezar a hablar. 
Lali se rio. 
— ¡Oh, Dios, Peter! ¿Qué clase de montaje es este? 
— Tú responde al sacerdote. 
Ella volvió a palparse la mejilla. Seguía sin sentirse la cara. Iba a derrumbarse en cualquier momento. Malditas fueran aquellas bebidas. Maldito fuera Peter. 
El sacerdote estaba hablando en francés. Lali no tenía ni idea de lo que decía. Peter le dio un suave codazo. 
—Di que sí. 
Lali se quedó mirándolo. Él la rodeó con el brazo e hizo un gesto de asentimiento. —Di que sí. 
— Sí. 
El sacerdote sonrió benevolente. Tenía dos cabezas. No, tres. Empezó a hablar de nuevo, y Peter murmuré algo en respuesta. Luego tomó la mano de Lali. Ella sintió algo frío. 
—Voy a desmayarme —dijo.  

CAPITULO 80

 —~,Cómo? ¿Adónde iremos? 
—Ya lo verás. Tú confía en mi. 
—Ya no confío en nadie. 
—Entonces, considéralo un secuestro y haz lo posible por disfrutarlo. 
—¿Adónde nos dirigimos ahora? 
—Al aeropuerto. 
— ¡Al aeropuerto! Pero no puedes... 
— ¡Haz el favor de callarte! Voy a llevarte a un sitio donde podrás hacer algo que siempre has deseado. 
—¿Qué? 
—Nadar con delfines. 
— Sí, bueno, pero podríamos ir en coche hasta los Cayos, y... 
— Los Cayos no están lo suficientemente lejos —dijo Peter con determinación—. Un amigo mío dirige un complejo turístico en una isla próxima a Martinica. Tardaremos un par de horas en llegar. 
Una vez en el aeropuerto, Lali siguió a Peter a través de la terminal hasta una tienda, donde pudieron comprar unas camisetas, pantalones cortos, bañadores y sandalias. 
— ¡Y eras tú el que insistía en que no fuera a ningún sitio sin decírselo a nadie! — le recordó Lali mientras hacían cola para pagar. 
—Les he dicho a tu padre y a VICO lo que vamos a hacer. 
—¿Cómo? ¿Le has dicho a mi padre que nos íbamos a pasar la noche a una isla del Caribe? 
— Sí. 
— ¿Cómo has podido? 
—¿Y por qué no? 
— ¡Pero... él no sabe nada de lo nuestro! 
—Yo creo que sí. Además, da igual. Quiere que vivas, Lali. Ahí están los aseos de señoras. Ve a cambiarte, y date prisá. Nuestro vuelo saldrá pronto. 
Peter ya se había cambiado cuando ella salió de los aseos. Casi sonrió al verlo con una camisa floreada de turista. 
— Cállate — le advirtió él. 
Subieron a bordo de un pequeño avión, y Peter se puso a leer una revista tranquilamente. 
— ¡No puedo creer que me estés haciendo esto! —protestó Lali. 
—Intentemos pasar una noche sin miedo ni pesadillas, ¿de acuerdo? Harry Nore vuelve a estar encerrado. 
—Tú no crees que Harry haya cometido esos asesinatos. 
—El hecho de que te atacara hace que parezca más probable, ¿no? Pudo haberte matado. 
Lali se quedó callada. No podía olvidar los ojos de Nore mientras le gritaba, ni el brillo de la navaja mientras la amenazaba con ella. 
—No podemos ausentamos durante mucho tiempo. Alegra... —murmuró Lali. 
—No podemos ausentamos durante mucho tiempo o me despedirán. Aunque quizá lo preferiría — añadió Peter en tono pensativo. 
—¿Qué quieres decir? Si te encanta tu trabajo. 
— Sí, pero me siento cansado. Quemado. Me gustaría abrir una empresa de submarinismo. Y quizá ganar algún dinero extra haciendo investigaciones privadas. 
— Después de los años que has pasado trabajando en casos increíblemente importantes, ¿quieres dedicarte a seguir a esposos infieles? 
—Bueno, no exactamente. No sé, ya se verá. De momento, aún no tengo nada decidido. 
El avión los llevé a Martinica, donde tomaron otro pequeño vuelo hasta el complejo turístico. Lali conoció a Gene Grant, amigo de Peter y propietario del complejo, un hombre 
ya entrado en años, entrecano, que recordaba a Hemingway. 
—Es un ex agente de la CIA —le murmuré Peter a Lali.  

CAPITULO 79

  No obstante, mientras alzaba los ojos hacia las facciones horriblemente retorcidas de Nore, tan cerca que podía incluso contar sus dientes podridos, oyó otro fuerte golpe. 
Peter lo había derribado en el pavimento. 
Entonces, se desaté el caos. Pablo saltó también sobre Nore, mientras la gente salía frenéticamente de la galería. 
De repente, Gas apareció al lado de Lali. 
—¿Te encuentras bien? 
Ella asintió, con la boca y la garganta resecas. Cande también se acercó. 
—La policía ya está aquí — anuncié VICO, agachándose junto a Lali—. ¿Estás bien, chica? 
Ella asintió con la cabeza. 
— Te has lastimado la muñeca al caer. Tienes la mano hinchada. 
—Estoy bien. 
—Hay que hacerte una radiografía. 
— La policía... 
—Hablaremos en el hospital —dijo VICO. 
Las sirenas sonaban por doquier. Lo siguiente que supo Lali fue que su padre estaba a su lado. Nunca lo había visto tan pálido, tan tenso. 
Tan viejo. 
— Ya llega la ambulancia. 
— ¡ Solo tengo hinchada la muñeca, papá! Puedo caminar. No necesito ninguna ambulancia. 
—Bueno, pero ya está aquí, así que sube en ella de todas formas. 
Al cabo de una hora, ya le habían hecho radiografías de la mano y la muñeca. Solo se la había torcido, de modo que simplemente tendría que llevar un vendaje elástico durante unos cuantos días y estaría como nueva. 
Cuando la enfermera hubo terminado de colocarle el vendaje, Lali regresó a la sala de espera. Allí estaban su padre, Mariano, VICO, Cande y Rocio, con un joven agente de policía. Lali presté una breve declaración, asegurando que no había vuelto a ver a Harry Nore desde el asesinato de su madre. 
— Afuera hay un montón de periodistas —advirtió Cande desazonada. 
— Acercaré el Cherokee a la entrada trasera y Lali podrá salir por otra puerta —dijo Peter con determinación. 
—Buena idea —convino Nicolas. Luego besé a su hija en la mejilla—. Y quédate con ella —recomendó girándose hacia Peter. 
—Esa es mi intención —respondió Peter antes de salir. 
A través de las puertas de vidrio del hospital, Lali pudo ver al grupo de periodistas que se apiñaban en el exterior. ¿Significaba aquello que todo había terminado? ¿Realmente Harry Nore había asesinado a aquellas mujeres y a su madre, años antes? 
—Vamos a sacarte de aquí —le dijo Cande. 
Casi la sacó a empujones del hospital. Peter tenía el coche en marcha y la portezuela del pasajero abierta. Lali se subió rápidamente. 
Él empezó a conducir en silencio. Estaba muy pálido, observó Lali, y tenía la chaqueta rasgada y sucia de su forcejeo con Harry Nore. 
—Estoy bien, de verdad —lo tranquilizó—. Y Alegra... 
— Alegra no se ha enterado de nada. Ahora está con sus tios y sus primos, feliz porque Nico va a montar una tienda de campaña en el salón, para que los niños pasen la noche en ella. 
Lali guardó silencio y se miró las manos. Menos mal que la pequeña había estado con los demás niños, al cuidado de Cande, cuando ocurrió aquello. 
— ¿Qué tienes pensado hacer? 
— Vamos a quitarnos de en medio durante las próximas veinticuatro horas —respondió 
Peter.  

domingo, 3 de julio de 2016

CAPITULO 78

  Llegaron a la galería a eso de las doce. El trabajo de Lali consistió en mantener a los artistas locales, las verdaderas estrellas del evento, calmados. Algunos de ellos tuvieron que ingerir toneladas de cafeína; otros simplemente optaron por descorchar las botellas de champán antes de lo previsto. Mariano estaba encantado de que Lali hubiese llegado tan temprano con Peter. Tras zafarse de la multitud que lo rodeaba, le tomó ambas manos y se retiné un poco para contemplarla. 
— ¡Maravillosa! Te comparan con tu madre. Tonterías. ¡Tú eres diez veces más bella! —le besó la mejilla—. Gracias por tu ayuda. Tu padre está allí — volvió a mirarla apreciativamen-te—. Eres dinamita. 
Lali así lo esperaba. Se había puesto un vestido espectacular, de seda negra, que contrastaba con el color de su cabello. 
—Gracias —le dijo a Mariano. 
— ¡Tú también estás muy guapo, hijo! —dijo Mariano a Peter. 
No estaba simplemente guapo. Estaba impresionante, con su camisa negra, su chaqueta de raya diplomática y sus pantalones beige. 
— ¡Ah, papá! —murmuré. 
—Basta. ¡A trabajar! —les dijo Mariano. 
A las cinco, Lali se sentía exhausta, de modo que se derrumbé en uno de los sillones alineados contra la pared. VICO D ALESSANDRO estaba cerca, escuchando pacientemente mientras uno de los artistas explicaba el «surrealismo» de su obra. Nico y Rocio, por su parte, contemplaban un hermoso paisaje marítimo. Lali frunció el ceño. Estaba preocupada por su hermana. Rocio parecía nerviosa. Miraba continuamente por encima de su hombro, como si esperase ver... ¿qué? 
— ¡Con cuidado! ¡Con cuidado! —oyó Lali decir de repente. 
Se giró para ver cómo Gas, Pablo y Peter alzaban cuidadosamente una escultura metálica de una diosa en un jardín. El artista y el comprador les daban instrucciones preocupadamente, igual que Mariano. La escena, se dijo Lali, no tenía precio. 
Se levantó y caminó hasta la entrada de la galería para observar cómo cargaban la estatua en la furgoneta de su nuevo propietario. Luego se recosté en la puerta y cerró los ojos. La galería estaba situada cerca de Cocowalk y Mayfair, dos centros comerciales muy conocidos. Seguro que a Mariano le iría bien. 
— ¡ Tú! 
Al principio, Lali no presté atención a la voz; estaba distraída, disfrutando de la brisa primaveral. 
— ¡ Tú! 
Entonces, Lali se giró... y se quedé mirando, atónita e incrédula. 
Allí estaba Harry Nore. Con los ojos saltones, el pelo desgreñado y la cara cubierta de una desaliñada barba. Parecía igual de loco que años atrás, cuando habló jactanciosamente ante las cámaras tras la muerte de Lainie. A pesar del calor, llevaba puesta una vieja trinchera que había sido beige en otro tiempo. Y señalaba a Madison... con la hoja de una navaja de resorte. 
— ¡ Tú! ¡ Diablesa, furcia, engendro de Satanás, seductora de inocentes! ¡ Has vuelto de las mismísimas entrañas del infierno! ¡ Has vuelto de la tumba! ¡Pero Satanás te llevará de nuevo al infierno y arderás! ¡ Arderás! 
Aquello último fue un alarido y, mientras lo profería, Nore se precipité hacia Lali. Ella saltó hacia atrás, golpeándose con el marco de 
la puerta. Nore atacó de nuevo, y Lali se vio obligada a retroceder aún más. Oyó un crujido. Se había estrellado con el escaparate principal de la galería, estaba perdiendo pie e iba a caer al suelo.
No obstante, mientras alzaba los ojos hacia las facciones horriblemente retorcidas de Nore, tan cerca que podía incluso contar sus dientes podridos, oyó otro fuerte golpe.  

CAPITULO 77

 Así fue. En el sueño, iba conduciendo. Esta vez estaba segura de ser ella, y conducía a toda velocidad, casi temerariamente. 
Circulaba por la carretera de Tamiami. En la zona había multitud de carreteras secundarias y caminos que se adentraban en los pantanos, desembocando algunos de ellos en las viejas cabañas que permanecían ocultas entre los montecillos cubiertos de pinos. Conducía aterrorizada, tratando de llegar a algún sitio. Un sitio que conocía. De otra vida, pensó, o quizá de otra época en que era más joven. Sabía que no debía ir, pero no podía volverse atrás. 
Tenía que llegar a... ese sitio. Era muy parecido a cuando salió de su dormitorio y comprendió que tenía que llegar hasta su madre. Tenía que moverse, moverse rápidamente, porque si no... 
Oh, Dios, si no... 
Otra persona moriría. Otra persona a la que amaba. Oh, Dios, tenía que pisar el acelerador, pisarlo a fondo, seguir adelante... 
—Lali. Chist, Lali, no pasa nada... 
Peter estaba allí. Se había metido en la cama, con ella, y la acunaba entre sus brazos. 
—Estoy aquí. Todo va bien. 
Ella se estremeció violentamente. Peter la atrajo hacia sí. 
—¿Con qué has soñado esta vez? 
—Otra vez iba conduciendo. Por la carretera de Tamianii. Tenía que llegar a ese sitio deprisa porque, de lo contrario, ocurriría algo espantoso. Intentaba llegar hasta... una de las cabañas ¿Te acuerdas de las cabañas, Peter? Tanto Mariano como mi padre tenían una. Los hombres solían ir allí a cazar, pero en realidad se dedicaban emborracharse y a disparar a latas de cerveza 
Tu padre debió de llevarte alguna vez. 
— Sí. Solían emborracharse tanto, que era un milagro que las balas solo alcanzasen a las latas de cerveza. 
Ella sonrió. Luego hundió el rostro entre sus manos, gimiendo. 
—¿Dejaré de soñar alguna vez? 
— Lali — Peter le alzó el mentón suavemente para mirarla a los ojos—. Esas cabañas fueron derribadas hace años. El mundo ha cambiado. Los ecologistas odian a los tipos que disparan a las latas de cerveza. 
Ella sonrió a medias, y Peter le acarició la mejilla con los nudillos. La apreté contra sí, disipando con su calor el frío del miedo. Peter solo llevaba puesta una bata. La tentación se impuso. Lali le deslizó los dedos por el pecho, descendiendo. Cerró la mano en torno a su erección y empezó a masturbarlo al tiempo que acercaba los labios a los suyos. Pero él se retiró bruscamente. 
—La puerta —dijo con un susurro. 
Alegra estaba en la puerta del dormitorio, frotándose somnolientamente los ojos. 
— Mami, estabas gritando otra vez. 
Lali se separó instintivamente de Peter. Cerrándose la bata, él se levantó, caminó hasta la puerta y revolvió el cabello de la pequeña. 
—Bien, ya estás tú aquí. Ve a acostarte con mamá. 
—Puedes quedarte —dijo Alegre educadamente. 
—Creo que me daré una ducha —dijo Peter mirando a Lali de reojo—. Vosotras dormid, chicas. Mañana será un gran día. La inauguración de la galería de mi padre. 
Sintiéndose culpable, Lali acogió a Alegra entre sus brazos. 
E intentó dormir.