sábado, 29 de agosto de 2015

CAPITULO 59

La baja dura tres semanas y la aprovecho para hacer una última limpieza en casa
y comenzar a guardar en cajas las cosas que me quiero llevar a Alemania. PETER
quiere comprarme un coche más seguro y resistente pero yo me niego. Mi Seat
León me encanta. Mi seguro lo arregla en un tiempo récord, y supongo que ha sido
PETER quien les ha metido caña. Queda como nuevo.
  PETER me cuida con mimo y me ayuda con las cajas. No me voy a llevar muchas
cosas, excepto ropa, fotos, libros y mi música. El resto quiero que se quede todo
aquí y, a medida que pase el tiempo, me lo iré llevando poco a poco.
  El día que aparezco en la oficina todos me miran. Me observan con curiosidad.
Saben que soy la novia del jefazo y hacen eso que tanto odio: ¡cuchichear!
  Miguel se acerca a mí nada más verme.
  —Ahora que eres la novia del jefe, ¿desayunas conmigo? —pregunta con guasa.
  Lo miro divertida.
  —Anda, petardo... vamos.
  En el camino se preocupa por mi estado de salud. Le explico mi accidente y él
me escucha horrorizado. En la cafetería, cuando voy a pagar, los empleados no me
dejan. Tienen orden del señor LANZANI de no cobrar nada de lo que yo
consuma. Todo se pone a su cuenta.
  Cuando regreso a mi puesto de trabajo, mi jefa sale a saludarme. Su tono de voz
ahora es suave e incluso intenta ser agradable conmigo. Menuda perraca es ésta.
Ahora que sabe que soy la novia de PETER me lleva entre algodones.
  A los diez minutos de llegar, veo que entra una chica al despacho y se sienta a la
mesa que era de Miguel. Me mira y pregunta:
   —¿Eres LALI?
   Asiento y añade.
   —Soy Claudia, la nueva secretaria del señor LANZANI mientras esté en
España.
   Sorprendida, la miro. PETER no me ha comentado nada en el tiempo que he estado
de baja, pero no me extraña, PETER no ha querido hablar absolutamente nada del
trabajo en mi convalecencia. Incluso quería que el médico me ampliara la baja,
pero yo no lo permití. Eso lo hizo enfadar, pero a mí me dio igual. Mi baja se
finaliza y yo comienzo a trabajar.
   Cuando PETER entra por la puerta, me mira. Yo también lo miro.
   —Buenos días, señor LANZANI.
   Suelta el maletín sobre mi mesa, se acerca a mí y me da un beso en los labios que
deja a mi jefa y a la nueva secretaria tiesas. Tras aquel más que deseado beso,
murmura:
   —Buenos días, LALI. ¿Te encuentras bien?
   Aturdida por aquel recibimiento, no sé adónde mirar mientras veo que PETER
retiene sus ganas de reír. Finalmente sonrío.
   —Buenos días, PETER. Me encuentro bien y dispuesta para trabajar.
   Mi jefa, encantada de haberse conocido, dice:
   —Pero qué bonita parejita hacéis los dos.
   ¡Falsa! La conozco y veo la falsedad en sus ojos y en cómo me mira.
   —Gracias —responde PETER.
   Mi jefa me repasa de arriba abajo. Sigue sin creer lo que ve.
   —¡Oh, qué anillo más bonito llevas! ¿Es lo que imagino?
   PETER coge mi mano, me besa los nudillos y añade con posesión:
   —Un diamante para mi precioso diamante.
   Sus palabras me acaloran, sobre todo al ver cómo me miran esas dos.
Finalmente, tras un incómodo silencio, mi jefa se vuelve hacia mí.
   —LALI, ella es la nueva secretaria de PETER. Se llama Claudia DEL CERRO y es mi
hermana pequeña. Ella ocupará tu puesto cuando tú te traslades a Alemania.
   Me quedo pasmada... ¿Por qué no me lo ha dicho ella al presentarse? Y,
especialmente, ¿por qué ya están haciendo planes sin hablar antes conmigo?
  —Una secretaria muy eficiente, por cierto —añade PETER.
  Ese halago me molesta, pero disimulo.
  —Gracias, señor LANZANI —responde la joven, encantada—. Para mí es un
placer oírlo decir eso. Estoy encantada de que esté satisfecho con mi trabajo.
  Esa sonrisita de zorra me la conozco. Es igualita a la de su hermana y sé que no
va a deparar nada bueno. Con disimulo, observo cómo se humedece los labios para
mirar a PETER y eso me molesta.
  —Claudia es un cerebrito, además de listísima y monísima —dice mi jefa—. Por
cierto, Claudia, dile a LALI los idiomas que hablas.
  La joven pestañea y se toca el cabello.
  —Alemán, francés, inglés, ruso y algo de chino.
  —Impresionante —comenta PETER.
  ¡Vaya! La tía es un portento... pero como siga humedeciéndose los labios, se los
va a tragar de un puñetazo.
  Durante un rato hablan delante de mis narices, mientras observo cómo ésa
sonríe. En sus ojos puedo ver que le encanta su jefe y, en cierto modo, la entiendo.
¿A quién no le gusta PETER? Finalmente, él da por finalizada la charla y se mete en su
despacho. Pero, cuando suena el teléfono de Claudia y ésta entra en él, me inquieto
como nunca lo había hecho.
  Apenas puedo mirar mi ordenador. Sólo puedo mirar con disimulo hacia el
despacho de PETER. Dos minutos después, Claudia sale.
  —Voy a por un café para mi jefe.
  Cuando ésta se marcha, me levanto y entro como un miura en el despacho de mi
novio. Él me mira y yo, con los celos instalados en mi cara, pregunto:
  —¿Qué es eso de ofrecerle a otra mi puesto sin contar conmigo? —Al ver que no
contesta, insisto—: ¿Cuándo me ibas a decir que tienes nueva secretaria?
  PETER suelta el bolígrafo que tiene en las manos.
  —¿Algún problema, LALI?
  —No... yo no tengo ningún problema, pero por lo que veo tú sí lo has tenido
para no explicármelo.
  Divertido, PETER, frunce los ojos.
  —¿Estás celosa de Claudia?
  —No.
   —¿Entonces?
   Malhumorada, me retiro el flequillo de la cara.
   —Deja de mirarme con esa sonrisita tonta o te juro que te abro la cabeza con el
macetero.
   PETER suelta una carcajada que retumba en el despacho. Se levanta, da la vuelta a
su mesa y cuando llega a mi lado, sin tocarme, cuchichea:
   —Mmmm... sabes que ese carácter tuyo tan español me enloquece.
   Al verlo tan cerca de mí, levanto el mentón y cierro los ojos con fuerza.
   —¡Diosssssssss...! ¿Por qué no me has dicho nada? Se supone que es mi trabajo y
ya se lo has dado a otra.
   —Cariño. Ella se ocupará de mis asuntos el tiempo que me queda en España y al
mismo tiempo se va enterando de lo que tú haces. Así, cuando no estés, todo
funcionará como hasta el momento. Tengo que pensar en el buen funcionamiento
de la empresa.
   Sin prestar atención a lo que me ha dicho, respondo enfadada:
   —Pero ¿tú has visto cómo te mira? Sólo me han hecho falta cinco minutos con
ella para saber que le gustas y...
   —Pero a mí quien me gusta eres tú... cuchufleta —me corta—. Y el resto de las
mujeres, incluida Claudia, no son absolutamente nada para mí. Sólo tú. Métetelo
en esa preciosa cabecita, ¿vale? Y si no te había dicho nada es por evitarte
quebraderos de cabeza, ¿y sabes por qué? Porque en Alemania quiero que
descanses de horarios y vivas como una reina. Quiero que seas feliz haciendo lo
que te gusta y te des todos los caprichos del mundo. Pero si quieres trabajar, no te
preocupes. Te prometo que habrá un puesto de trabajo allí para ti.
   De pronto me doy cuenta de lo ridícula que debo de parecer y cierro los ojos.
   —¡Diossssssssssss, qué vergüenza! ¿Qué estoy haciendo?
   PETER sonríe pero, cuando va a responder, la puerta se abre y aparece Claudia con
el café. El teléfono suena, ella lo coge y, tras decirle que es una llamada desde
Alemania, yo salgo y cada uno continúa con su trabajo.
   A la una, PETER sale de la oficina. Tiene una comida y yo decido ir al Vips a comer.
Cuando regreso, al pasar por una floristería, se me ocurre algo. Sonrío y me dejo
llevar por mi impulso. Encargo un bonito ramo de rosas para PETER que me cuesta
un pastón y en la tarjeta escribo:
  Yo no sé hablar, ni francés, ni ruso, ni chino ¿me renovarás el contrato? TQ. Cuchufleta.
  Dos horas después, cuando estoy tecleando en mi ordenador oigo que suena el
teléfono de mi nueva compañera. Segundos después, ella se levanta y veo entrar a
un muchacho con un bonito ramo de rosas. Claudia se sorprende y se las lleva a
PETER. Con disimulo, observo cómo ésta se las entrega y sale del despacho. Él,
sorprendido, las mira. ¿Rosas para él? Pero cuando abre la tarjetita y lo veo sonreír
y mirarme, no lo puedo evitar y sonrío. Instantes después, suena mi móvil. Un

mensaje de PETER: «Tu contrato está renovado de por vida en mi corazón. Te quiero».

CAPITULO 58

El viernes, PETER me invita a cenar a un restaurante maravilloso. Ponemos fecha a
nuestro cambio de residencia y decidimos que será para mediados de enero. Mi
pisito es mío, en propiedad. Cuando me mudé a Madrid, mi padre me ayudó a
comprarlo y, tras nuestra conversación, decido no venderlo, ni alquilarlo. Será un
piso que siempre tendré para cuando quiera regresar a Madrid de visita.
   Esa noche, a pesar de la felicidad que veo en la mirada de PETER, intuyo que le
duele algo la cabeza. Lo he visto tomarse dos pastillas. Pero no quiere hablar de
ello. Se niega. Sólo quiere hablar de nosotros y de nuestra próxima vida en
Alemania.
   Tras la cena, cuando nos vamos del restaurante, nos encontramos con unos
amigos suyos en la calle. Una pareja. Nos saludamos. Y en un momento dado PETER
me pregunta:
   —¿Te apetece que invite a Víctor al hotel para jugar los tres?
   Mi corazón bombea con fuerza y asiento. PETER sonríe.
   —Voy a hablar con él. Seguro que no dice que no.
   PETER y Víctor se alejan un metro de mí y de la chica que va con él. Se llama Loli y
es muy simpática. Las dos hablamos, mientras yo observo a los dos hombres. De
pronto, veo que a PETER le suena el móvil, atiende la llamada y deja de sonreír. Tras
eso, se acerca a mí y dice:
   —Nos vamos.
   Víctor y Loli se quedan donde estaban y observo que entran en el restaurante.
¿Qué habrá pasado?
   En el camino de vuelta está más callado de lo normal. Intento hablar con él,
bromear, pero no entra en el juego. Finalmente me callo. Cuando PETER se pone así,
mejor dejarlo.
  Cuando llegamos al hotel, PETER pide que nos traigan una botella de champán. Yo
me quito los zapatos y me siento al borde de la cama. Tengo ganas de jugar. La
proposición de PETER me ha excitado mucho.
  PETER se desprende de la chaqueta, la deja perfectamente colocada en el galán de
noche y me mira. Suena la puerta y mi corazón aletea. Pero el aleteo se relaja
cuando veo entrar al camarero con dos copas y la botella de champán.
  En cuanto nos quedamos solos, PETER descorcha la botella, sirve dos copas y
cuando me da una murmura en un tono frío y distante:
  —Presiento que mi proposición te ha alterado, ¿verdad?
  Pienso mi respuesta. Podría mentir, pero no quiero.
  —Sí...
  PETER asiente, da un trago a su copa y pregunta:
  —Te gusta mucho que te ofrezca a otros hombres, ¿verdad?
  —¡PETER!
  —Responde,LALI.
  Resoplo y murmuro:
  —Sí, me gusta.
  Se sienta a mi lado y toca con delicadeza mi rodilla.
  —Te aseguro que eso me gusta mucho a mí también y espero ofrecerte a otros.
  —¿Otros?
  —Sí... otros. Mis juegos son muchos y estoy seguro de que desearás seguir
jugando, ¿verdad?
  Calor... calor... y más calor... ¡ya comienza mi calor!
  PETER vuelve a llenarme la copa de champán y me saca de mi ensoñación.
  —¿Te gustaría volver a jugar con una mujer?
  Sorprendida, me encojo de hombros.
  —No.
  —¿Seguro? —insiste.
  Su insistencia me inquieta. Cuando voy a decir algo, él me agarra del brazo y me
mira profundamente.
   —¿Por qué no me dijiste que Marisa y tú os conocíais?
   Eso me pilla totalmente descolocada.
   —¿Cómo dices?
   —Quiero saber cuándo sueles ver a Marisa.
   —Yo no suelo verla.
   Con la mirada velada por la furia, murmura:
   —No me mientas, maldita sea.
   —No te miento. Ella va a mi gimnasio y nos hemos visto allí en un par de
ocasiones. Nada más.
   En ese instante creo que debo explicarle lo que llevo callando tanto tiempo
cuando PETER estalla.
   —¡Maldita sea, MARIANA! No soporto la mentira. ¿Por qué no me dijiste que ya os
conocíais cuando vino el otro día al hotel?
   —No... no lo sé... yo...
   Fuera de control, PETER se aleja de mí.
   —Será mejor que te vayas, MARIANA. Estoy terriblemente enfadado y no quiero
hablar.
   —Pero yo quiero hablar contigo y no quiero dejar las cosas a medias como
siempre hacemos cuando te enfadas.
   —LALI... —gruñe.
   —PETER, ¡tenemos que hablar! De nada sirve que las cosas se queden así. ¿No te
das cuenta?
   Se agarra la cabeza. Ese gesto me hace ver que no está bien. Veo que abre su
neceser y se toma otro par de pastillas. Eso me altera. No quiero verlo sufrir. Sale
del dormitorio y me quedo sola. Instintivamente, me siento en la cama, me pongo
los zapatos y sin decir nada más salgo yo también. Lo veo en la terraza, mirando al
horizonte. Me acerco a él.
   —¿Te duele la cabeza?
   —Sí.
   —¿De verdad quieres que me vaya?
   —Sí.
   —PETER, cariño, no sé qué te han explicado pero es una tontería, créeme.
  —Le diré a Tomás que te lleve a tu casa.
  —No.
  —Sí. Él te llevará a tu casa. Adiós, LALI. Hasta mañana.
  No me mira. No se mueve y, al final, me doy por vencida. Me vuelvo y, con el
corazón dolorido, me marcho.
  Suena un ruido. Me sobresalto. Es el teléfono.
  Salto de la cama. Miro el reloj. Las cinco y veintiocho.
  Asustada, corro a contestar. Si alguien llama a esas horas, no puede ser por nada
bueno.
  —¿Sí?
  —Cuchufleta... soy yo.
  ¿Mi hermana?
  La mato... ¡Yo la mato! Pero, al escucharla llorar, me asusto.
  —¿Qué ocurre? ¿Qué te pasa?
  —Estoy mal... muy mal. He discutido con AGUSTIN, se ha marchado de casa a las
nueve de la noche y mira qué horas son y no ha vuelto...
  Llora... y llora y llora e intento tranquilizarla.
  —¿Dónde está Luz?
  —Durmiendo en casa de una amiguita. Por favor, necesito que vengas.
  —De acuerdo... voy para allá.
  Cuelgo el teléfono y resoplo. Mi hermana y sus histerismos... Menos mal que es
sábado y no tengo que ir a trabajar. Pienso en PETER. ¿Lo llamo? Puede que esté
despierto, pero al final decido no molestarlo. Conociéndolo, seguirá enfadado por
lo que ocurrió el día anterior. Con rapidez me lavo los dientes, la cara, me pongo
unos vaqueros, una camiseta y una chaqueta. Hace fresquito.
  Bajo a la calle y me monto en mi coche. Arranco. Mi hermana no vive lejos, pero
a esas horas no me apetece ir caminando. Pongo la radio y tarareo mientras
conduzco. Veo un hueco para aparcar frente al portal de mi hermana, paro, meto la
marcha atrás y cuando miro por el espejo retrovisor me quedo sin respiración al
ver que un coche se abalanza y finalmente choca contra mí.
  Murmullos... murmullos... oigo murmullos.
  No puedo abrir los ojos, me pesan. No sé dónde estoy ni qué me pasa. Entonces
recuerdo el coche abalanzándose sobre mí y soy consciente de que he tenido un
accidente. Sirenas. El ruido de las sirenas me hace abrir de golpe los ojos y me
encuentro en una ambulancia con dos hombres mirándome y con gasas con sangre
en las manos.
  —¿Se encuentra bien, señorita?
  —Sí... no... no sé.
  —¿Cómo se llama?
  —LALI.
  —Muy bien, LALI, no se asuste. Unos chicos que iban bebidos le han dado un
golpe con su coche. La vamos a llevar al Clínico para que se hagan una revisión.
  —¿Esa sangre es mía?
  Uno de los jóvenes enfermeros que me atiende asiente.
  —No se asuste, pero sí.
  —Pero ¿es sangre? ¿De dónde es?
  —Del labio y de la nariz. No ha saltado el airbag de su coche y se ha golpeado
contra el volante, pero no se preocupe, no es nada grave.
  De pronto, escucho unos chillidos y los identifico rápidamente. ¡Mi hermana!
Intento incorporarme para que me vea y sepa que estoy bien pero no puedo. Me
duele horrores el cuello.
  —Por favor, la que chilla es mi hermana. ¿Pueden dejar que me vea para que se
tranquilice?
  El muchacho accede y sonríe.
  —Por supuesto. Si quiere, puede acompañarla en la ambulancia.
  Dos segundos después, veo aparecer a mi hermana con su batita azul de guata.
Está pálida. Me ve y sus gritos se convierten en gemidos de terror.
  —¡Ay, Dios mío...! ¡Ay, Dios mío! Cuchu... ¿qué te ha pasado? ¿Estás bien?
Todo por mi culpa, ¡mi culpa! Yo te he pedido que vinieras a casa. ¡Oh, Dios mío...!
¡Dios mío! Cuando he escuchado las sirenas y he visto el coche... ¡Oh, Dios! Como
te pase algo, yo me muero, ¡me muero!
   Uno de los jóvenes que nos atienden, al ver su estado de histerismo, se dirige a
ella.
   —Si no se tranquiliza, la vamos a tener que atender a usted, señora. Su hermana
está bien. Un coche la ha embestido por detrás, pero su estado es bueno,
tranquilícese.
   —Raquel —murmuro dolorida—. Tranquilízate, ¿vale?
   Hace un gesto con la cabeza, mientras unos enormes lagrimones le chorrean por
la cara. Me coge la mano y la ambulancia arranca. Cuando llegamos a Urgencias, la
miro y digo:
   —Quédate con mi bolso y no llames a papá. No lo asustes, ¿de acuerdo?
   Como una magdalena, me dice que sí y los enfermeros que llevan la camilla me
meten para adentro para atenderme. Me hacen varias radiografías del cuello y del
hombro porque les digo que me duele y cientos más de cosas. Estoy cansada,
dolorida y me quiero ir a mi casa. Pero allí todo es lento... muy lento.
   Cuando salgo tres horas después con un collarín en el cuello, un chichón en la
frente y los labios hinchados, me sorprendo al ver a mi hermana, a mi cuñado y a
PETER.
   El primero en llegar a mí es PETER. Su gesto me hace saber el susto que tiene por lo
ocurrido. Me abraza con delicadeza y no dice nada. Su manera de abrazarme y la
tensión que noto en su cuerpo hablan por sí solos. El abrazo es interminable, tanto,
que finalmente tengo que susurrar:
   —PETER, estoy bien, cariño, de verdad.
   Mi hermana nos observa y, cuando PETER me suelta, la veo llorar de nuevo.
   —Anda, ven aquí y deja de llorar, que no me ha pasado nada.
   CANDE me abraza y llora desconsoladamente, mientras mi cuñado se acerca.
   —¿Estás bien?
   Sonrío lo mejor que puedo.
   —Sí, y por favor... haced el favor de dejar de discutir. En una de éstas, me
matáis.
   —Lo siento. Ha sido todo culpa mía —se disculpa AGUSTIN.
   Me suelto de mi hermana y agarro a mi cuñado del brazo.
   —No digas tonterías. Estas cosas pasan porque sí y ya está. Por cierto, no habréis
llamado a papá, ¿verdad?
   Mi hermana niega con la cabeza y yo se lo agradezco.
   Cuando salimos del hospital, mi hermana y mi cuñado se empeñan en llevarme
a su casa. PETER, por su parte, insiste en que me vaya con él al hotel. Al final, me
planto.
   —Quiero irme a mi casa, por favor ¡entendedme!
   PETER mira a mi hermana.
   —Yo la llevaré a casa y me quedaré con ella.
   CANDE asiente pero, antes de marcharse, responde:
   —Descansa. Después de comer pasaré por tu casa para verte y llamaremos a
papá.
   Cuando mi hermana y su marido se van, veo aparecer el coche de PETER. Tomás, al
ver mi estado, se baja rápidamente.
   —¿Se encuentra bien, señorita?
   —Sí, no te preocupes, Tomás. No es tan malo como parece.
   En cuanto estoy en el interior del vehículo, cierro los ojos y me recuesto sobre el
respaldo. Estoy dolorida y cansada. PETER se acerca a mí, me da un beso en la frente.
Abro los ojos.
   —¿Estás mejor de tu dolor de cabeza?
   —Sí, cariño. No te preocupes por eso, ni por nada. Ahora sólo me importas tú.
Sólo tú.
   Sus palabras y la ternura con que las dice me indican que la discusión está
olvidada. Sonrío y le acaricio la cara con cariño.
   —¿Te ha llamado mi hermana?
   Me coge la mano y la besa.
   —Te mandé un mensaje y ella me llamó —acerca su frente a la mía y murmura—
: Jamás en mi vida lo he pasado peor, cariño. Cuando tu hermana me ha llamado,
llorando... y yo oía sus sollozos y sólo entendía... MARIANA... ambulancia...
accidente... he creído morir.
   —Exagerado.
   —No, exagerado no. Te quiero y no quiero que te pase absolutamente nada. El
rato que he pasado hasta que te he visto ha sido horrible. Desconcertante. No se lo
deseo ni a mi peor enemigo. Me siento culpable. Si no te hubiera echado de mi
lado, nada de esto hubiera pasado.
   —PETER, tú no tienes la culpa de nada.
   —No estoy de acuerdo con lo que dices. Me siento fatal. —Al ver que resoplo,
me da un delicado beso en la comisura de los labios—. ¿Te encuentras bien?
   —Sí... —E intentando que sonría añado—: Como verás, de ésta ¡no te libras de
mí!
   Los labios se le curvan pero está demasiado tenso.
   —De ahora en adelante, yo te cuidaré.
   Por la tarde, tras haber descansado toda la mañana, mi hermana y mi cuñado
llegan a mi casa con mi sobrina y mogollón de comida. Mi hermana la mete en el
frigorífico mientras observo que le da instrucciones a PETER que sólo dice que sí,
aunque sé que no se está enterando de nada.
   Tras llamar a mi padre y explicarle lo ocurrido, me relajo. Él, a pesar del susto
inicial, tras hablar conmigo, con mi hermana y con PETER sé que se ha quedado más
tranquilo. Mi hermana y AGUSTIN están en la cocina hablando. Tienen que hablar. PETER
está viendo un partido de baloncesto en la televisión, cosa que me sorprende, ya
que no sabía que le gustara el baloncesto. Mi sobrina Luz, que está sentada entre
los dos, pregunta:
   —¿Eres el novio de mi tita?
   Al escuchar aquello PETER la mira.
   —Sí.
   —¿Y te vas a casar con ella?
   —Pues no lo hemos hablado —responde sorprendido.
   —¿Y por qué no lo habéis hablado?
   —Porque no.
   —¿Y por qué no?
   —Algún día.
   —¿No te quieres casar con ella?
   PETER clava su mirada en ella.
   —Vale, Luz... lo hablaré con ella.
   —¿Cuándo?
   —No lo sé. Quizá cuando se recupere, ¿te parece?
   —¡Genial! ¿Tú quieres ser mi tito?
   —Sí.
   —¿Y por qué?
   PETER comienza a desesperarse. Mi sobrina puede llegar a ser exasperante, así que
decido acudir en su auxilio:.
   —Luz, ¿quieres irte a mi habitación a ver dibujos?
   A la pequeña le cambia la cara. Sonríe y sale escopeteada hacia allí. PETER me mira
a los ojos y sonríe.
   —Gracias, cariño.
   —De nada. —Curiosa, pregunto—: ¿Flyn no es así?
   —No. Es totalmente diferente. Ya lo verás.
   Aquella noche, cuando PETER y yo nos quedamos solos en mi casa, se ocupa
totalmente de mí. En un cuaderno se apunta la medicación que tengo que tomar y
los horarios, y me sorprendo al ver lo apañado que puede llegar a ser para atender
a un enfermo. Eso me hace recordar que está acostumbrado a cuidarse desde hace
tiempo. No hace referencia a nuestra discusión y se lo agradezco. Cuando nos
acostamos, me da un beso en los labios.
   —Descansa, cariño. Yo me ocuparé absolutamente de todo.
   El lunes, cuando PETER se va a trabajar, viene mi hermana para tomarle el relevo.
A las once, me llega un mensaje al móvil. Es Miguel que dice: «Acabo de enterarme
de que eres la novia de PETER LANZANI. Zorrona, ¡qué callado te lo tenías! Ya me
contarás. Un besito y recupérate».
   Cuando dejo el móvil sobre la mesa no sé si reír o llorar. Oficialmente ya soy su

novia.

CAPITULO 57

  A la mañana siguiente, PETER y yo llegamos a la oficina por separado. Está
emocionado por mi próximo traslado a Alemania y yo también. Por suerte tengo
algo de ropa en su hotel y me cambio para no ir con lo mismo del día anterior. No
le he explicado el episodio vivido con aquellas mujeres y decido callar. En
realidad, no pasó nada y, si se lo cuento, se enfadará conmigo.
  Miguel, como cada mañana, viene a buscarme. Nos vamos a tomar un café antes
de comenzar a trabajar.
  Acepto encantada y me siento frente a la puerta. Sé que PETER entrará de un
momento a otro y me buscará con la mirada. No falla. Diez minutos después, el
hombre del que estoy completamente enamorada entra por la puerta y, tras ver
dónde estoy sentada se sienta enfrente de mí.
  Miguel y yo seguimos charlando y observo disimuladamente a PETER desayunar.
Su elegancia para untar la mantequilla en el cruasán me tiene totalmente
ensimismada. En un par de ocasiones, nuestras miradas se cruzan, sé que está feliz
por mi decisión de irme con él a Alemania y tengo que hacer grandes esfuerzos
para no reír como una tonta.
  Cuando acabamos el desayuno, Miguel y yo nos levantamos y PETER hace lo
mismo. Lo veo salir y, cuando llegamos al ascensor, está esperando con las manos
metidas en los bolsillos y su gesto serio e inescrutable. Al vernos, nos mira.
  —Buenos días, señorita ESPOSITO. Señor Morán.
  —Buenos días, señor LANZANI —decimos al unísono.
  Las puertas del ascensor se abren y los tres nos metemos en él. Damos a la planta
diecisiete, pero, mientras sube, el ascensor se para en otras plantas y coge a más
personas. De pronto, siento que PETER roza mis nudillos con los suyos y sonrío. Cada
vez es más difícil estar juntos sin tocarnos.
   Cuando las puertas se abren en nuestra planta, los tres nos bajamos pero PETER
toma un camino diferente al nuestro.
   —¿Tú crees que Iceman sonríe alguna vez? —cuchichea Miguel, al ver que se
aleja.
   —Pssss... no sé.
   —A ese tío lo que le hace falta es un buen polvo. Verías cómo sonríe.
   Eso me hace soltar una carcajada. Si Miguel supiera lo que yo sé, se quedaría de
piedra, pero prefiero seguirle el rollo.
   —Estoy totalmente convencida.
   Entonces aparece mi jefa, nos mira y con su voz chillona dice de malos modos:
   —LALI, sobre tu mesa he dejado varias carpetas. Necesito que fotocopies lo que
hay en ella y después lo lleves a mi mesa. Miguel, creo que te buscan en tu
departamento. Vamos, ¡a trabajar!
   Prosigo mi camino sola hasta el despacho. Una vez allí, veo las carpetas de mi
jefa y me encamino hacia la fotocopiadora. Hago lo que ella me pide y después
contesto varios correos de las delegaciones. Sobre las once, entro en el archivo.
Necesito varios papeles que me han pedido los delegados. Me encuentro
ensimismada con ellos, cuando oigo una voz a mi espalda.
   —Mmmmm... reconozco que encontrarte en el archivo me sugiere mil
perversiones.
   Sonrío. Es PETER, que me observa desde la puerta.
   —Señor LANZANI, ¿desea algo?
   Sus ojos pasean por mi cuerpo.
   —¿Qué tal una vueltecita? Me encanta cómo te quedan esos pantalones.
   Lo complazco y hago lo que me pide. Doy una vuelta sobre mí misma y, cuando
la termino, pregunto:
   —¿Contento?
   —Sí... aunque lo estaría más si te desnudaras y...
   —¡PETER!
   Con las manos en los bolsillos, sonríe.
   —Nena... —murmura sin acercarse a mí—. Pero si me provocas...
  —¡Tendrás morro! —Río y, cuando veo que se acerca, levanto una mano y
murmuro—: ¡Stop!
  PETER se para.
  —Fuera de mi archivo. Estoy trabajando y no quiero que me despidan por hacer
cosas en el trabajo que no debo, ¿entendido?
  PETER da otro paso hacia mí.
  —Mmmmm... estás tan guapa cuando trabajas. Ven aquí y dame un beso.
  —No.
  —Vamos... lo estás deseando tanto como yo.
  —PETER, alguien nos puede ver...
  Pone cara de bueno y hace un gesto con la mano.
  —¿Uno chiquitito?
  Resoplo... pero me acerco a él y le doy un beso en los labios. Inmediatamente,
Eric me coge de la cintura, me apoya contra los archivadores y me mete su lengua
en la boca. Me devora y yo me dejo llevar.
  —Dios... pequeña ¿Qué voy a hacer contigo?
  —De momento, soltarme —me quejo—. Me estoy clavando el pomo de la puerta
del archivador en el culo.
  Me suelta rápidamente.
  —¿Te duele? —pregunta, preocupado—. ¿Te he hecho daño?
  —Noooooooo... —Río—. Sólo lo he dicho para que me soltaras.
  De nuevo veo la guasa en sus ojos. Se repasa los labios con la lengua y da un
paso hacia atrás. Me mira, levanta un dedo y antes de marcharse dice:
  —Que sea la última vez, señorita ESPOSITO, que me incita a hacer algo que yo no
quiero. Póngase a trabajar y deje de insinuárseme.
  Veo cómo sale del archivo y sonrío. La felicidad que PETER me provoca no es
comparable a nada en el mundo. Cuando salgo, lo veo hablando por teléfono.
Cuando cuelga, pasa por mi lado y, aunque no me mira directamente, sé que me
ha mirado. Ambos regresamos a nuestros trabajos.
  A la una me avisan de recepción. Un mensajero trae un ramo de rosas. Cuando el
mensajero aparece e indica que el precioso ramo de rosas rojas de tallo largo es
para mí, me quedo sin palabras. Cuando se va, saco la tarjetita y leo: «Como dice
nuestra canción: te llevo en mi mente desesperadamente».
   Me quedo boquiabierta mirando la tarjeta con el ramo en las manos. Leer eso me
hace sonreír. PETER es tan romántico en la intimidad que me encantaría que todo el
mundo lo supiera. Mi jefa, que en ese momento pasa por mi lado, se queda
mirando el ramo de flores.
   —Qué maravilla. ¿Quién me manda esta preciosidad?
   —Me lo han enviado a mí.
   Su cara se contrae al escuchar eso, se da la vuelta y se marcha. No le ha hecho
gracia saber que yo puedo recibir flores maravillosas. Emocionada, saco uno de los
jarrones que guardo para cuando llegan flores, lo lleno de agua y lo pongo sobre
mi mesa.
   PETER aparece en el despacho, me mira y sin cambiar su habitual gesto serio dice:
   —Bonitas flores.
   —Gracias, señor  LANZANI.
   —¿Algún admirador secreto?
   Sonrío como una boba.
   —Mi novio, señor.
   PETER asiente, se da la vuelta y se mete en su despacho. Esa tarde cuando llego a
casa, PETER llega quince minutos más tarde y, con posesión y deleite, me hace el

amor.