sábado, 17 de octubre de 2015

CAPITULO 4

Por la tarde, al llegar a Jerez, mi móvil no para de sonar.
Estoy por estrellarlo contra la pared.
PETER quiere hablar conmigo.
Apago el móvil. Llama al teléfono de mi padre y me niego a ponerme.
El domingo, cuando me levanto, mi hermana está plantada ante el televisor viendo la telenovela mexicana que la tiene extasiada, «Soy tu dueña». ¡Menuda horterada!
Cuando entro en la cocina, hay un precioso ramo de rosas rojas de tallo largo. Al verlas, maldigo; imagino quién las ha mandado.
—¡Cuchufleta, mira qué preciosidad has recibido! —dice CANDE detrás de mí.
Sin necesidad de preguntar, sé de quién son, y directamente las agarro y las tiro a la basura. Mi hermana grita como una posesa.
—¡¿Qué haces?!
—Lo que me apetece.
Rápidamente, saca las rosas de la basura.
—¡Por el amor de Dios! Tirar esto es un sacrilegio. Han debido de costar un pastón.
—Por mí como si son del mercadillo. Me hacen el mismo efecto.
No quiero mirar mientras mi hermana vuelve a colocar las rosas en el jarrón.
—¿No vas a leer la notita? —insiste.
—No, y tú, tampoco —contesto, y se la arranco de las manos y la tiro a la basura.
De repente, aparecen mi cuñado y mi padre, y nos miran. Mi hermana impide que me acerque de nuevo a las rosas.
—¿Os podéis creer que quiere tirar esta maravilla a la basura?
—Me lo creo —asevera mi padre.
AGUSTIN sonríe, y acercándose a mi hermana, le da un beso en el cuello.
—Menos mal que estás tú para rescatarlas, pichoncita.
No respondo.
No los miro.
No estoy yo para escuchar eso de «pichoncita» y «pichoncito». ¿Cómo pueden ser tan ñoños?
Me caliento un café en el microondas y, tras bebérmelo, oigo que suena la puerta. Maldigo y me levanto, dispuesta a huir si es PETER. Mi padre, al ver mi gesto, va a abrir. Dos segundos después, divertido, entra solo y deja algo sobre la mesa.
—Morenita, esto es para ti.
Todos me miran, a la espera de que abra la enorme caja blanca y dorada. Finalmente, claudico y la abro. Cuando saco el envoltorio, mi sobrina, que entra en este
momento en la cocina, exclama:
—¡Un estadio de fútbol de chuches! ¡Qué ricooooooooooooooo!
—Creo que alguien quiere endulzarte la vida, cariño —bromea mi padre.
Boquiabierta, miro el enorme campo de fútbol. No le falta detalle. ¡Hasta gradas y público tiene! Y en el marcador pone «te quiero» en alemán: Ich liebe dich.
Mi corazón aletea, desbocado.
No estoy acostumbrada a estas cosas y no sé qué decir.
PETER me desconcierta, ¡me vuelve loca! Pero al final gruño, y mi hermana rápidamente se coloca a mi lado.
—No irás a tirarlo, ¿verdad? —dice.
—Me parece que sí —respondo.
Mi sobrina se pone en medio y levanta un dedo.
—¡Titaaaaaaaaaaaaa, no puedes tirarlo!
—¿Por qué no puedo tirarlo? —pregunto, enfadada.
—Porque es un regalo muy bonito del tito y nos lo tenemos que comer. —Sonrío al ver su gesto de pillina, pero la sonrisa se me corta cuando añade—: Además, tienes que perdonarlo. Se lo merece. Es muy bueno y se lo merece.
—¿Se lo merece?
Luz hace un gesto afirmativo con la cabeza.
—Cuando yo me peleé con Alicia por lo de la película y ella me llamó tonta, me enfadé mucho, ¿verdad? —me recuerda mi sobrina, y yo asiento. La niña prosigue—: Ella me pidió perdón, y tú me dijiste que debía pensar si mi enfado era tan importante como para perder a mi mejor amiga. Pues ahora, tita, yo te digo lo mismo. ¿Tan enfadada estás como para no perdonar al tito PETER?
Sigo mirando boquiabierta al renacuajo que me ha dicho eso cuando interviene mi padre:
—Morenita, somos esclavos de nuestras palabras.
—Exacto, papá, y PETER también lo es —manifiesto al recordar las cosas que él me dijo.
Mi pequeña sobrina me mira a la espera de una contestación. Pestañea como un osito. Es una niña y no debo olvidarlo. Por ello, con la poca paciencia que aún me queda, murmuro:
—Luz, si tú quieres, cómete todo el campo de fútbol. Te lo regalo, ¿vale?
—¡Guay! —aplaude la pequeña.
Todos sonríen, y sus sonrisas me desquician. ¿Por qué nadie entiende mi enfado?
Saben que PETER y yo hemos roto, aunque nadie, a excepción de mi hermana, sabe que es por una mujer, y ni siquiera a ella le he contado toda la verdad. Si Raquel o cualquier otro conociera el trasfondo de nuestra discusión, ¡fliparía en colorines!
Consciente de que mi agobio sube, sube y sube, me voy a ver a mi amiga Rocío. Estoy segura de que ella no me hablará de PETER. Y no me equivoco.
Regreso para comer. El teléfono no para de sonar y lo apago.
¡Basta ya, por favorrrrrrr!
A las diez me voy al pub. Tengo que trabajar. Pero cuando estoy en la puerta saludando a unos amigos, veo pasar un BMW oscuro y reconozco a PETER al volante. Me escondo. No me ha visto y, por la dirección que lleva, intuyo que se dirige a casa de mi padre.
Maldigo, maldigo y maldigo. ¿Por qué es tan insistente?
Cuando el desespero comienza a fraguar en mí una gran desazón, alguien me toca por la espalda y, al volverme, me encuentro con MARIANO MARTINEZ. ¡Qué chico más mono! Encantada, sonrío e intento centrarme en él. Entramos en el pub. Me invita a una copa y yo a él a otra. Es amable, un bombón, y por su mirada y las cosas que dice sé lo que busca. ¡Sexo! Pero no. Hoy no estoy yo muy fina, y decido omitir los mensajes que me manda mientras empiezo a servir copas en la barra.
Veinte minutos después, veo entrar a PETER en el local, y mi corazón se desboca. Tun-tun... Tun-tun...
Va solo. Mira alrededor y rápidamente me localiza. Camina con decisión hacia donde estoy y, cuando llega, dice:
—LALI, sal de ahí ahora mismo y ven conmigo.
MARIANO lo mira, y después me mira a mí.
—¿Conoces a este tipo? —pregunta.
Voy a responder cuando PETER se me adelanta.
—Es mi mujer. ¿Algo más que preguntar?
¿Su mujer? ¿Será prepotente?
Sorprendido, MARIANO me mira. Yo pestañeo y, finalmente, mientras termino de preparar un cubata para el pelirrojo de la derecha, respondo:
—No soy tu mujer.
—¿Ah, no? —insiste PETER.
—No.
Le entrego la consumición al pelirrojo, y éste me sonríe. Yo hago lo mismo. Una vez que le cobro miro a PETER, que aguarda desesperado, y le aclaro:
—No soy nada tuyo. Lo nuestro acabó y...
Pero PETER, clavando sus espectaculares ojos azules en mí, no me deja terminar.
—LALI, cariño, ¿quieres dejar de decir tonterías y salir de esa barra?
Molesta por sus palabras, gruño.
—Las tonterías las vas a dejar de decir tú, chato. Y repito: no soy tu mujer y tampoco soy tu novia. No soy absolutamente nada tuyo y quiero que me dejes vivir en paz.
—LALI...
—Quiero que me olvides y me dejes trabajar —prosigo, molesta—. Quiero que te fijes en otra, que le des la barrila a ella y que te alejes de mí, ¿entendido?
Mi gesto es serio, pero el de PETER es tenebroso.
Me mira..., me mira..., me mira...
Tiene la mandíbula tensa y sé que está conteniendo sus impulsos más primitivos, esos que me vuelven loca. ¡Dios, soy una masoca! MARIANO nos mira a ambos, pero antes de que pueda decir algo, PETER murmura:
—De acuerdo, LALI. Haré lo que me pides.
Sin más, se da la vuelta y va al fondo de la barra. Incómoda, lo sigo con la mirada.
—¿Quién es ese tipo? —pregunta MARIANO.
No respondo. Sólo puedo seguir con la mirada a PETER  y ver cómo mi compañero de barra le sirve un whisky. MARIANO insiste.
—Si no es mucha indiscreción, ¿quién es?
—Alguien de mi pasado —contesto como puedo.
Con un enfado por todo lo alto, intento olvidarme de que PETER está aquí. Sigo preparando bebidas y sonriendo a la gente que se acerca a mí para pedirlas. Durante un buen rato, no lo miro. Quiero obviar su presencia y divertirme. MARIANO es un encanto e
intenta continuamente hacerme reír. Pero mi risa se congela y mi sangre se corta cuando, al ir a coger una botella de la estantería, veo a PETER hablando con una chica guapa. No me mira. Está del todo centrado en la muchacha, y eso me pone a cien. Pero de mala leche.
¡Madre..., madre..., qué celosa estoyyyyy!
Una vez que cojo la botella, me doy la vuelta. No quiero seguir contemplando lo que él hace, pero mi puñetera curiosidad me obliga a mirar de nuevo. Las señales que le hace la chica son las típicas que usamos las mujeres cuando un hombre nos interesa. Toque de pelo, de oreja y sonrisita de «acércate... que te estoy invitando a algo más».
De pronto, la rubia le pasa un dedo por la mejilla. ¿Por qué lo toca? Él sonríe.
PETER no se mueve y soy testigo de cómo ella cada vez se aproxima más y más, hasta quedar totalmente encajada entre sus piernas. PETER la mira. Su ardiente mirada me calienta. Le pasa un dedo por el cuello, y eso me subleva.
¿Qué hace el insensato?
Ella sonríe, y él baja la mirada.
¡Lo mato!
Esa bajada de ojos, acompañada de su torcida sonrisa, sé lo que significa: ¡sexo!
Mi corazón late desbocado.
PETER está haciendo lo que le he pedido. Se ha fijado en otra, se divierte, y yo, como una imbécil, estoy aquí sufriendo por lo que yo misma le he pedido. Vamos, ¡para matarme!
Quince minutos después, observo que se levanta, coge de la mano a la chica y, sin mirarme, sale del local.
¡Lo matooooooooooooo...!
Mi corazón bombea enloquecido y, si sigo respirando así, creo que voy a hiperventilar. Salgo de la barra, camino hacia el baño y me refresco la nuca con agua. Me pica el cuello. ¡Los ronchones! PETER me acaba de demostrar que él no se anda con chiquitas y que su juego es fuerte y devastador. Necesito aire o esfumarme de aquí. Tengo que desaparecer del local o soy capaz de organizar la matanza de Texas, pero en Jerez.
Cuando salgo del baño, como puedo, me quito de encima a MARIANO  y quedo en verlo la noche siguiente. Al llegar a mi coche, me subo y grito de frustración. ¿Por qué soy tan rematadamente imbécil? ¿Por qué le digo a PETER que haga cosas que me van a doler? ¿Por qué no puedo ser tan fría como él? Soy española, temperamental, mientras PETER es un impasible alemán. Enciendo el coche, y la radio comienza a sonar. La voz de Álex Ubago llena mi coche y cierro los ojos. La canción Sin miedo a nada me pone los pelos de punta.
Idiota, idiota, idiota... Soy rematadamente ¡IDIOTA!
Enciendo el móvil mientras empiezo inconscientemente a tararear:
Me muero por explicarte lo que pasa por mi mente,
me muero por entregarte y seguir siendo capaz de sorprenderte,
sentir cada día ese flechazo al verte.
Qué más dará lo que digan, qué más dará lo que piensen.
Si estoy loca es cosa mía...
Busco el teléfono de PETER y, cuando estoy a punto de llamarle, me paro. ¿Qué estoy haciendo?
¿Qué narices voy a hacer?
Enajenada, cierro el móvil.
No le voy a llamar. ¡Ni loca!
Pero la furia que tengo hace que saque la llave del contacto, salga del coche y, tras dar un portazo considerable a mi Leoncito, entre de nuevo en el pub. Estoy soltera, sin compromiso y soy dueña de mi vida. Busco a MARIANO. Lo localizo y lo beso. Él rápidamente responde.
¡Qué facilones son los tíos!
Durante varios minutos permito que su lengua entre en mí y juegue con la mía, y cuando estoy a punto de insinuarle que nos vayamos a otro lugar, la puerta del local se abre y veo que entra la chica rubia que se ha marchado con PETER.
Sorprendida por verla allí, la sigo con la mirada. Ella va hasta la barra, pide una bebida a mi compañero y después regresa con su grupo de amigas. Al momento, me suena el móvil. Un mensaje de PETER.
«Ligar es tan fácil como respirar. No hagas nada de lo que te puedas arrepentir.»
Sin saber por qué, suelto una carcajada mientras maldigo. ¡Maldito PETER! Él y sus malditos juegos. MARIANO me mira. Le digo que tengo que seguir trabajando y regreso a mi puesto.
A las seis y media de la mañana entro en la casa de mi padre. Todos están dormidos. Voy hasta el cubo de basura y, tras rebuscar en él, encuentro la notita de las rosas que me ha enviado. La abro y leo: «Cariño, soy un gilipollas. Pero un gilipollas que te quiere y que desea que lo perdones. PETER».


CAPITULO 3

Pasa el viernes, ¡y el mundo no se acaba! Los mayas no acertaron.
El sábado me despierto muy pronto. Estoy agotada por mi trabajo de camarera, pero ¡es lo que hay! Miro por la ventana.
¡No llueve!
¡Bien!
Saber que PETER está a pocos kilómetros de donde me encuentro y que puede haber alguna posibilidad de que lo vea me inquieta en exceso. No comento nada en casa. No quiero que esto los altere y, cuando llegan el Bicharrón y el Lucena con el remolque de la moto y mi padre monta junto a AGUSTIN, sonrío, divertida.
—¡Vamos, morenita! —grita mi padre—. Ya está todo preparado.
Mi hermana, mi sobrina y yo salimos de casa con la bolsa de deporte donde llevo mi mono de correr, y al llegar al coche me alegro al ver aparecer a BENJAMIN.
—¿Te vienes? —pregunto.
Él, jovial, asiente.
—Dime cuándo he faltado yo a una de tus carreras.
Nos dividimos en dos coches. Mi padre, mi sobrina, el Bicharrón y el Lucena van en un coche, y mi hermana, AGUSTIN, BENJAMIN y yo, en otro.
Cuando llegamos a El Puerto de Santa María nos dirigimos al lugar donde se va a celebrar el evento. Está a rebosar de gente, como todos los años. Tras hacer la cola para comprobar la inscripción y que le den un número de dorsal, mi padre regresa feliz.
—Eres el número 87, morenita.
Le dedico un gesto de asentimiento y miro a mi alrededor en busca de EUGE. No la veo. Demasiada gente.
Compruebo mi móvil. Ni un solo mensaje.
Me encamino con mi hermana hacia los improvisados vestuarios que la organización ha dispuesto para los participantes. Aquí me quito mis vaqueros y me pongo mi mono de cuero rojo y blanco. Mi hermana me coloca las protecciones de las rodillas.
—LALI, algún año le tendrás que decir a papá que esto ya no lo haces —asevera—. No puedes seguir dando saltos sobre una moto eternamente.
—¿Y por qué no, si me gusta...?
CANDE sonríe y me da un beso.
—También tienes razón. En el fondo admiro la guerrera marimacho que hay en ti.
—¿Me acabas de llamar marimacho?
—No, cuchufleta. Me refiero a que esa fuerza que tienes ya me gustaría tenerla a mí.
—La tienes, CANDE... —digo, y sonrío con cariño—. Aún recuerdo cuando tú participabas en las carreras.
Mi hermana pone los ojos en blanco.
—Pero yo lo hice dos veces —señala—. Esto no me va, por mucho que a papá le encante.
En efecto. Tiene razón. Aunque las dos hemos sido criadas por el mismo padre y las mismas aficiones, ella y yo somos diferentes en muchas cosas. Y el motocross es una de ellas. Yo siempre lo he vivido. Ella siempre lo ha sufrido.
Cuando salgo con mi mono, me encamino hacia donde me esperan mi padre y lo que se puede denominar mi equipo. Mi sobrina está feliz y, al verme, salta encantada. Para ella soy su ¡supertita! Me hago fotos con la niña y con todos, y sonrío. Por primera vez en varios días, mi sonrisa es abierta y conciliadora. Hago algo que me gusta, y eso se ve en mi cara.
Pasa un hombre vendiendo bebidas y mi padre me compra una coca-cola. Complacida, empiezo a tomármela cuando mi hermana exclama:
—¡Aisss, LALI!
—¿Qué?
—Creo que has ligado.
La miro con expresión jocosa, y acercándose a mí con comicidad, cuchichea:
—El corredor que lleva el dorsal 66, el de tu derecha, no para de mirarte. Y no es por nada, pero el tío está de toma pan y moja.
Curiosa, me vuelvo y sonrío al reconocer a MARIANO MARTINEZ. Éste me guiña el ojo, y ambos nos movemos para saludarnos. Nos conocemos desde hace años. Es de un pueblo de al lado de Jerez llamado Estrella del Marqués. A los dos nos apasiona el motocross y solemos coincidir de vez en cuando en algunas carreras. Hablamos durante un rato. MARIANO, como siempre, es encantador conmigo. Un bomboncito. Cojo lo que me entrega, me despido de él y regreso junto a mi hermana.
—¿Qué llevas en la mano?
—Mira que eres cotilla, CANDE —le reprocho. Pero al comprender que no me dejará en paz hasta que se lo enseñe, respondo—: Su número de teléfono, ¿contenta?
Mi hermana primero se tapa la boca y después suelta:
—¡Aisss, cuchu!, si vuelvo a nacer me pido ser tú.
Me echo a reír justo en el momento en que oigo:
—¡LALI!
Me vuelvo y me encuentro con la maravillosa sonrisa de EUGE, que corre hacia mí con los brazos abiertos. La recibo con satisfacción y la abrazo, cuando me percato de que tras ella van NICO y PETER.
—El mundo no se ha acabado —murmura EUGE.
—Te lo dije —contesto, alegre.
¡Diosssssssss! ¡PETER ha venido!
El estómago se me encoge y, de pronto, toda mi seguridad comienza a esfumarse. ¿Por qué seré tan imbécil? ¿Acaso el amor nos hace volvernos inseguros? Vale..., en mi caso, rotundamente sí.
Sé lo que supone para PETER haber acudido a un evento como éste. Dolor y tensión. Aun así, decido no mirarle. Sigo enfadada con él. Tras besuquear a EUGE, saludo con cariño a NICO y al pequeño Glen, que está en sus brazos y, cuando le toca a PETER, articulo sin mirarle:
—Buenos días, señor LANZANI.
—¡Hola, LALI!
Su voz me inquieta.
Su presencia me inquieta.
Todo él ¡me inquieta!
Pero saco las fuerzas que guardo en mi interior para momentos así, vuelvo la cabeza y digo a mi desconcertada hermana:
—CANDE, ellos son EUGE, NCO y el pequeño Glen, y él es el señor LANZANI.
La cara de mi hermana y de todos es un poema. La frialdad que demuestro al referirme a PETER los desconcierta a todos menos a él, que me mira con su habitual gesto de mal genio.
En ese instante, aparece BENJAMIN.
—LALI, sales en la siguiente manga —me advierte.
De pronto, ve a PETER y se queda parado. Ambos se saludan con un movimiento de cabeza, y yo miro a EUGE.
—Tengo que dejaros. Me toca salir. EUGE, soy la número 87. Deséame suerte.
Cuando me doy la vuelta, MARIANO MARTINEZ, el motero con el que he hablado antes, se acerca a mí y chocamos los nudillos. Me desea ¡suerte! Yo sonrío y, sin más, me alejo acompañada por CANDE y BENJAMIN. Cuando estamos lo suficientemente lejos de los otros me dirijo a mi hermana, entregándole el papel que llevo en las manos:
—Grábame el número de teléfono de MARIANO en mi móvil, ¿de acuerdo?
Mi hermana asiente y lo coge.
—¡Ostras, cuchufleta! —profiere—. ¡PETER ha venidooooooooo!
Con gesto incómodo, a pesar de mi tonta alegría interior, ironizo:
—¡Oh, qué emoción!
Pero mi hermana es una romántica empedernida.
—¡LALI, por el amor de Dios! Él está aquí por ti, no por mí, ni por otra. ¿Es que no lo ves? Ese pedazo de tío está loco por ti.
Siento deseos de estrangularla.
—Ni una palabra más, CANDE. No quiero hablar de ello.
Mi hermana, sin embargo..., ¡es mi hermana!
—Por cierto —insiste—, eso de llamarlo por su apellido ha tenido su gracia.
—¡CANDE, cállate!
Pero como es lógico en ella, vuelve a la carga.
—¡Guau, cuando se entere papá!
¿Papá? Me paro en seco. La miro y aclaro.
—Ni una palabra a papá de que él está aquí, y antes de que prosigas con tu cotorreo marujil y de telenovela mexicana, te recuerdo que el señor LANZANI y yo ya nada tenemos que ver. ¿Qué es lo que no has entendido?
BENJAMIN, que está con nosotras, intenta poner paz.
—¡Chicas, vamos!, no discutáis. No merece la pena.
—¡Cómo que no merece la pena!—le recrimina mi hermana—. PETER es...
—CANDE... —protesto.
BENJAMIN, que siempre se divierte con nuestras extrañas discuconversaciones, dice, mirándome:
—¡Vamos, LALI!, no te pongas así. Quizá debas escuchar a tu hermana y...
Incapaz de aguantar un segundo más las palabras de estos dos, miro a mi amigo con
mala leche y grito como una posesa:
—¡¿Por qué no cierras el pico?! Te aseguro que estás más guapo.
BENJAMIN y mi hermana intercambian una mirada y se ríen. ¿Se han vuelto idiotas?
Llegamos a donde está mi padre con el Bicharrón y el Lucena. ¡Vaya trío! Me pongo el casco, las gafas de protección y escucho lo que mi padre me tiene que decir en cuanto a los reglajes de la moto. Después, monto y me dirijo hacia la puerta de entrada. Aquí espero junto a otros participantes a que nos dejen entrar en pista.
Parapetada tras mis gafas miro hacia donde está PETER. No puedo obviarle. Además, es tan alto que es imposible no verle. Está impresionante con esos vaqueros de cintura baja y el jersey negro de ochos que lleva.
¡Qué guapo, por Dios!
Es el típico hombre que hasta con una lechuga chuchurría en la cabeza estaría impresionante. Habla con EUGE y NICO, pero lo conozco; su gesto denota tensión. Desde detrás de sus Ray-Ban plateadas de aviador sé que me busca con la mirada. Esto me hace aletear el corazón. Pero soy pequeña y, entre tanto motorista vestido igual, no consigue localizarme, lo que me da ventaja. Yo le puedo observar tranquilamente y disfrutar de las vistas.
Cuando la pista se abre, los jueces nos colocan en nuestra posición en la parrilla de salida. Nos advierten que hay varias mangas de nueve personas, da igual hombre o mujer, y que de momento los cuatro primeros de cada manga se clasifican para las siguientes.
Situada en mi posición, oigo la vocecita de mi sobrina llamarme y asiento. Ella ríe y aplaude. ¡Qué linda que es mi Luz! Pero mi mirada vuela a PETER.
No se mueve.
Casi no respira.
Pero ahí está, dispuesto a ver la carrera a pesar de la angustia que sé que esto le va a ocasionar.
De nuevo, me centro en mi cometido. He de entrar entre los cuatro primeros si me quiero clasificar para las siguientes rondas. Despejo mi mente y doy gas a la moto. Me concentro en la carrera y me olvido del resto. Debo hacerlo.
Los instantes previos a la salida siempre me suben la adrenalina. Oír el bronco acelerar de los motores a mi alrededor me pone la carne de gallina, y cuando el juez baja la bandera, acciono a tope el acelerador y salgo disparada. Tomo buena posición desde el principio y, como me ha advertido mi padre, tengo cuidado en la primera curva, que está demasiado bacheada. Salto, derrapo, ¡me divierto! Y al llegar a una bajada espectacular disfruto como una loca mientras veo que el corredor de mi derecha pierde el control de su moto y se cae. ¡Vaya leñazo que se ha dado! Acelero, acelero, acelero, y vuelvo a saltar. Derrapo, acelero, salto, derrapo de nuevo, y tras tres vueltas al circuito, en tanto otra gente va cayendo, llego entre los cuatro primeros.
¡Bien!
Me clasifico para la siguiente ronda.
Cuando salgo de la pista, mi padre, más feliz que una perdiz, me abraza. Todos se congratulan de mi éxito mientras yo me quito las embarradas gafas. Mi sobrina está emocionada y no para de dar saltitos. Su tita es su heroína, y yo estoy muy contenta por ella.
David Guepardo sale en la siguiente manga. Al pasar por mi lado choco los nudillos con él otra vez. En ese instante, UGE se acerca y, encantada de la vida, grita:
—¡Felicidades! ¡Oh, Dios, LALI!, ha sido impresionante.
Sonrío y bebo un trago de coca-cola. Estoy sedienta. Miro más allá de EUGE y no veo que PETER venga a abrazarme. Le localizo a varios metros de distancia, con Glen en brazos, hablando con NICO.
—¿No vas a saludarlo? —pegunta EUGE.
—Ya lo he saludado.
Ella sonríe y se me aproxima aún más.
—Eso de llamarle señor LANZANI tiene su morbo —murmura—, pero en serio, ¿de verdad que no te vas a acercar a él?
—No.
—Te aseguro que ha hecho un gran esfuerzo por venir. Y sabes por qué lo digo.
—Lo sé —respondo—, pero se podía haber evitado el viaje.
—¡Vamos, LALI...! —insiste EUGE.
Hablamos durante un rato, pero, como dice mi padre, me niego a bajarme de la burra. No me voy a acercar a EUGE. No se lo merece. Él me dijo que lo nuestro había acabado, y yo le devolví el anillo. Fin del asunto.
La mañana transcurre y yo voy superando rondas, tantas que llego a la final. PETER continúa ahí y le veo hablar con mi padre. Ambos están concentrados en la conversación, y ahora mi padre sonríe y le da un varonil golpe en la espalda. ¿De qué charlarán?
He observado cómo PETER me ha buscado continuamente con la mirada. Esto me excita, aunque me he mantenido en mis trece. Ha intentado acercarse a mí, pero cada vez que he adivinado su intención, me he escabullido entre la gente y no me ha encontrado.
—Tienes cara de querer tomar una coca-cola, ¿verdad?
Me vuelvo y veo a MARIANO MARTINEZ ofreciéndomela.
La acepto y mientras esperamos que nos avisen para correr la última carrera nos sentamos a tomar el refresco. PETER, no lejos de mí, se quita las gafas. Quiere que yo sepa que me está mirando. Pretende que conozca su enfado. Pero incluso con ellas puestas ya sé cómo me mira. Finalmente, le doy la espalda, pero aun así siento sus ojos sobre mí. Esto me incomoda y, a la par, me excita.
Durante un buen rato, MARIANO y yo hablamos, reímos y observamos a otros compañeros correr la última ronda de clasificación. Mi pelo flota al viento, y MARIANO coge un mechón y me lo pone tras la oreja.
¡Vaya, eso al señor LANZANI le habrá sacado de sus casillas!
No quiero ni mirar.
Pero al final la morbosa que vive en mí lo hace y, efectivamente, su gesto ha pasado de incomodidad a cabreo total.
¡Anda y que le den!
Nos avisan de que en cinco minutos se correrá la última carrera. La definitiva. MARIANO y yo nos levantamos, chocamos los nudillos, y cada uno se encamina hacia su moto y su grupo. Mi padre me entrega el casco y las gafas, y acercándose a mí, pregunta:
—¿Estás encelando a tu novio con MARIANO MARTINEZ?
—Papá..., yo no tengo novio —afirmo. Él se ríe, y antes de que diga nada más, añado—: Si te refieres a quien yo creo, ya te dije que terminamos. ¡Se acabó!
El bonachón de mi padre suspira.
—Creo que PETER no piensa como tú. No da lo vuestro por finalizado.
—Me da igual, papá.
—¡Ojú!, eres igualita de cabezota que tu madre. ¡Igualita!
—Pues mira..., me alegro —contesto, malhumorada.
Mi padre asiente, resopla y me suelta con gesto divertido:
—¡Aisss, morenita! A los hombres nos gustan las mujeres difíciles, y tú, mi vida, lo eres. Ese carácter tuyo, miarma, ¡vuelve loco! —Se ríe—. Yo no dejé escapar a tu madre, y PETER no te va a dejar escapar a ti. Sois demasiado preciosas e interesantes.
Con rabia, me ajusto el casco y me pongo las gafas. No quiero hablar. Acelero y llevo mi moto hasta la parrilla de salida. Una vez aquí, como en las anteriores mangas, me concentro, y mientras espero la salida, acelero mi motor repetidamente. La diferencia es que ahora estoy enfadada, muy enfadada, y esto me hace ser más loca. Mi padre, que me conoce mejor que nadie en el mundo, me hace señas con las manos desde su posición para que baje mi intensidad y me relaje.
La carrera comienza y sé que tengo que hacer una buena salida si quiero conseguir mi objetivo.
La hago y corro como alma que lleva el diablo. Me arriesgo más y disfruto, con la adrenalina por los aires, mientras salto y derrapo. Con el rabillo del ojo, veo que MARIANO y otro más me adelantan por la derecha. Acelero. Consigo rebasar a la otra moto, pero MARIANO MARTINEZ es muy bueno, y antes de llegar a la zona bacheada, acelera y salta los baches que a mí me hacen perder tiempo y casi caerme. Pero no, no me caigo. Aprieto los dientes; consigo mantener el control de la moto y continúo acelerando. No me gusta perder ni al parchís.
Le doy aún más gas a la moto. Pillo a MARIANO. Lo rebaso. Me pasa otra vez. Derrapamos y un tercer corredor nos adelanta a los dos.
¡A por él!
Acelero a tope, consigo llegar hasta él y dejarlo atrás. Ahora, MARIANO salta, arriesga y me pasa por la izquierda. Acelero..., acelera..., todos aceleramos.
Cuando paso por la línea de meta y el juez baja la bandera a cuadros, levanto el brazo.
¡Segunda!
MARIANO, primero.
Damos una vuelta por el circuito y saludamos a todos los asistentes. Recibir sus aplausos y contemplar sus felices caras nos hace sonreír. Cuando paramos, MARIANO viene hacia mí y me abraza. Está contento, y yo lo estoy también. Nos quitamos los cascos, las gafas, y la gente aplaude con más fuerza.
Sé que esa cercanía con MARIANO a PETER no le estará gustando. Lo sé. Pero la necesito, e inconscientemente quiero provocarlo. Soy dueña de mi vida. Soy dueña de mis actos, y ni él ni nadie conseguirá doblegar mi voluntad.
Mi padre y todos los demás salen a la pista para felicitarnos. Mi hermana me abraza, al igual que mi cuñado, BENJAMIN, mi sobrina, EUGE. Todos me gritan «campeona» como si hubiera ganado un campeonato del mundo. PETER no se acerca. Se mantiene en un segundo plano. Sé que espera que sea yo la que me aproxime, que vaya como siempre a él. Pero no. En esta ocasión, no. Como dice nuestra canción, «somos polos opuestos», y si él es tozudo, quiero que se entere de una vez por todas de que yo lo soy más.
Cuando en el podio nos dicen el dinero que se ha recaudado para los regalos de los niños, alucino.
¡Qué dineral!
Instintivamente sé que una gran cantidad de ese dinero lo ha donado PETER. Lo sé. No hace falta que nadie me lo diga.
Encantada al escuchar la cantidad, sonrío. Todos aplauden, incluido PETER. Su gesto
está más relajado y veo el orgullo en su expresión cuando levanto mi copa. Esto me conmueve y me atiza el corazón. En otro momento, le habría guiñado un ojo y le habría dicho con la mirada «te quiero», pero ahora no. Ahora no.
Cuando bajo del podio me hago miles de fotos con MARIANO y con todo el mundo. Media hora después, la gente se dispersa y los corredores comenzamos a recoger nuestras cosas. MARIANO, antes de marcharse, se acerca a mí y me recuerda que estará en su pueblo hasta el día 6 de enero. Prometo llamarlo, y él asiente. Cuando salgo de los vestuarios con mi mono en la mano me agarran del brazo y noto que tiran de mí. Es PETER.
Durante unos segundos nos miramos.
¡Oh, Dios!¡Oh, Diossssssssss! Ese gesto suyo tan serio me vuelve loca.
Sus pupilas se dilatan. Me dice con la mirada cuánto me necesita y, al ver que yo no respondo, me atrae hacia él. Cuando me tiene cerca de su boca, murmura:
—Me muero por besarte.
No dice más.
Me besa, y unos desconocidos que están a nuestro alrededor aplauden encantados por la demostración de efusividad. Durante unos segundos, dejo que PETER saquee mi boca. ¡Guau! Lo disfruto locamente. Cuando se separa de mí, Iceman comenta con voz ronca, mirándome a los ojos:
—Esto es como en las carreras, cariño: quien no arriesga no gana.
Asiento. Tiene razón.
Pero dejándole totalmente descolocado, respondo, consciente de lo que digo:
—Efectivamente, señor LANZANI. El problema es que usted ya me ha perdido.
De inmediato, su mirada se endurece.

Me separo de él, dándole un empujón, y camino hacia el coche de mi cuñado. PETER no me sigue. Intuyo que se ha quedado parado por lo que acabo de decir mientras sé que me observa.

CAPITULO 2

Estamos a 17 de diciembre. Se acercan las Navidades y los amigos de toda la vida que viven fuera de Jerez van llegando. Si se acaba el mundo el día 21 como dicen los mayas, por lo menos nos habremos visto por última vez.
Como todos los años, nos reunimos en la gran fiesta que organiza BENJAMIN en la casa de campo de su padre y lo pasamos de lujo. Risas, bailes, chistes y, sobre todo, buen rollo. Durante la fiesta, BENJAMIN no me hace la menor insinuación. Se lo agradezco. No estoy yo para insinuaciones.
En un momento de la juerga, BENJAMIN se sienta junto a mí y hablamos. Nos sinceramos. Por sus palabras infiero que sabe mucho sobre mi relación con PETER.
—BENJAMIN, yo...
No me deja hablar. Pone un dedo en mi boca para acallarme.
—Hoy me vas a escuchar a mí. Te dije que ese tipo no me gustaba.
—Lo sé...
—Que no era recomendable para ti por lo que tú y yo sabemos.
—Lo sé...
—Pero, me guste o no, soy consciente de la realidad. Y esa realidad es que estás colada por él, y él por ti. —Lo miro, asombrada, y prosigue—: PETER es un hombre poderoso que puede tener la mujer que quiera, pero me ha demostrado que siente algo muy fuerte por ti, y lo sé por su insistencia.
—¿Insistencia?
—Me llamó mil veces desesperado el día en que desapareciste de su oficina. Y cuando digo «desesperado», es desesperado.
—¿Te llamó?
—Sí, todos los días varias veces. Y a pesar de que sabe que no es santo de mi devoción, el tío se arriesgó, se tragó su orgullo, y lo hizo para pedirme ayuda. No sé cómo consiguió mi móvil, pero lo cierto es que me llamó para suplicarme que te encontrara. Estaba preocupado por ti.
Mi corazoncito se descontrola. Pensar en mi Iceman enloquecido por mi ausencia me pone tonta. Demasiado tonta.
—Me dijo que se había comportado como un idiota —continúa Fernando— y que tú te habías marchado. Te localicé en Valencia, pero no le conté nada a él ni intenté ponerme en contacto contigo porque imaginé que necesitabas pensar, ¿verdad?
—Sí.
Bloqueada por lo que me está diciendo, lo miro.
—¿Has tomado una decisión? —me pregunta.
—Sí.
—¿Se puede saber cuál es?
Doy un trago a mi bebida, me retiro el pelo de la cara y, con todo el dolor de mi corazón, con un hilo de voz susurro:
—Lo que había entre PETER y yo se acabó.
BENJAMIN asiente, mira hacia unos amigos y, tras resoplar, murmura:
—Creo que te equivocas, jerezana.
—¿¡Cómo!?
—Lo que oyes.
—¡Cómo que lo que oigo! ¿Estás tonto?
Mi amigo el tonto sonríe y da un trago a su bebida.
—¡Ojalá te brillaran los ojos por mí como te brillan por él! —exclama finalmente—. ¡Ojalá te hubieras vuelto tan loca por mí como sé que lo estás por él! ¡Y ojalá no fuera consciente de que ese ricachón está tan loco por ti que es capaz de llamarme a mí para que te busque y te encuentre a pesar de que en un momento así yo te puedo poner en su contra!
Cierro los ojos. Los aprieto cuando BENJAMIN empieza a hablar de nuevo.
—Para él, tu seguridad, encontrarte y saber que estabas bien, ha sido lo primordial, lo más importante, y eso me hace ver la clase de hombre que es PETER y lo enamorado que está de ti. —Abro los ojos y escucho con atención—. Sé que me estoy echando piedras en mi propio tejado al confesarte esto, pero si lo que hay entre tú y ese guaperas es tan auténtico como ambos me dais a entender, ¿por qué acabarlo?
—¿Me estás diciendo que vuelva con él?
BENJAMIN sonríe, retira un mechón de pelo de mi cara y musita:
—Eres buena, generosa, una excelente mujer y siempre te he considerado lo bastante lista como para no dejarte engañar por cualquiera o hacer algo que no sea de tu agrado. Además, te quiero como amiga, y si tú te has enamorado de ese tipo, por algo será, ¿no? Escucha, jerezana, si eres feliz con PETER, piensa en lo que quieres, en lo que deseas, y si tu corazón te pide estar con él, no te lo niegues o te arrepentirás, ¿de acuerdo?
Sus palabras tocan mi corazón, pero antes de que me ponga a llorar como una imbécil y las cataratas del Niágara broten de mis ojos, sonrío. Está sonando el Waka waka de Shakira.
—No quiero pensar. Ven, vamos a bailar —le propongo.
BENJAMIN sonríe a su vez, me coge de la mano, me lleva al centro de la pista y juntos bailamos mientras, a voz en grito, cantamos con nuestros amigos: Tsamina mina, eh eh, waka waka, eh eh Tsamina mina, zangaléwa, anawa ah ah Tsamina mina, eh eh, waka waka, eh eh Tsamina mina, zangaléwa, porque esto es África.
Horas después, la fiesta continúa, y hablo con Sergio y Elena, los dueños del pub más concurrido de Jerez. Otros años, en Navidades, he trabajado de camarera en su local y me lo vuelven a ofrecer. Accedo, complacida. Ahora que estoy en el paro, cualquier ingreso extra me viene de perlas.
De madrugada, cuando llego a casa, estoy cansada, algo borracha y satisfecha.
Como cada año me inscribo para participar en la carrera solidaria de motocross que recauda fondos para comprar juguetes a los niños menos favorecidos de Cádiz. La carrera será el día 22 de diciembre en El Puerto de Santa María. Mi padre, el Bicharrón y el Lucena están encantados. Ellos siempre disfrutan tanto o más que yo con estos eventos.
El 20 de diciembre por la mañana mi teléfono suena por decimoctava vez. Estoy muerta. Trabajar en el pub es divertido pero agotador. Al coger el móvil y ver que se trata de EUGE, me reactivo y respondo rápidamente.
—¡Hola, LALI Feliz Navidad. ¿Cómo estás?
—Feliz Navidad. Estoy bien, ¿y tú?
—Bien, bonita, bien.
Su voz es tensa y me asusto.
—¿Qué pasa? —pregunto—. ¿Ocurre algo? ¿PETER está bien?
Tras un incómodo silencio, EUGE se decide.
—¿Es cierto lo que he escuchado sobre PAU?
—No —respondo, y resoplo al recordarla—. Todo ha sido un montaje de ella.
—Lo sabía —murmura.
—Pero da igual, EUGE —añado—, ya no importa.
—¡Cómo que ya no importa! A mí no me da igual. Cuéntame ahora mismo tu versión.
Sin demora, le cuento lo ocurrido con todos sus pelos y señales, y cuando acabo, comenta:
—Esa Marisa nunca me gustó. Es una bruja, y PETER parece nuevo. ¡Hombres! Sabe que Marisa es amiga de PAU; ella les presentó.
—¿Ella les presentó?
—Sí. PAU es de Huelva como Marisa. Cuando comenzó su relación con PETER, se fue a Alemania a vivir con él, hasta que pasó lo que pasó y le perdí la pista. Pero esa Marisa se merece un escarmiento por mala.
—Tranquila. A esa bruja le hice una visita y le dejé muy claro que conmigo no se juega.
—¡No me digas!
—Lo que oyes. Le advertí que yo también sé jugar sucio.
EUGE suelta una carcajada, y yo hago lo mismo.
—¿Cómo está PETER? —pregunto sin que pueda evitarlo.
—Mal —contesta, y suspiro. Ella sigue—: Anoche cené con él en Alemania y, al no verte, pregunté y fue cuando me enteré de lo ocurrido entre vosotros. Me enfadé y le dije cuatro cositas bien dichas.
Escucharla hablar así me hace gracia, e insisto mientras me desperezo:
—Pero ¿él está bien?
—No, no está bien, LALI, y no me refiero a su enfermedad, sino a él como persona. Por eso te he llamado nada más llegar a España. Debéis arreglarlo. Debes cogerle el teléfono. PETER te echa mucho de menos.
—Él me apartó de su lado; que ahora asuma las consecuencias.
—Lo sé. También me lo ha dicho. Es un cabezón, pero un cabezón que te quiere; eso no lo dudes.
Inconscientemente, oír tal cosa hace que revoloteen ya no mariposas, sino avestruces en mi estómago. Soy la reina de las masoquistas. Me gusta saber que PETER aún me quiere y me echa de menos, a pesar de que yo misma me empeñe en no creerlo.
—Te llamo porque este fin de semana cenaremos en Nochebuena con mis suegros en Conil, y luego estaremos en nuestra casa de Zahara tranquilitos. El Fin de Año lo pasaremos en Alemania con mi familia. Por cierto, PETER se reunirá con nosotros en Zahara. ¿Te apetece venir?
Ése es un plan encantador. En otro momento me hubiera parecido perfecto. Pero respondo:
—No, gracias. No puedo. Estoy liada con mi familia y además trabajo estos días por la noche, y...
—¿Que trabajas por la noche?
—Sí.
—Pero ¿en qué trabajas?
—Soy camarera en un pub y...
—¡Uf, LALI! ¡Camarera! Eso a PETER no le va a hacer gracia. Le conozco y no le va a gustar nada de nada.
—Lo que le guste o no a PETER ya no es mi problema —le aclaro sin querer entrar en más detalles—. Además, el sábado tengo una carrera en Cádiz y...
—¿Tienes una carrera?
—Sí.
—¿De qué?
—De motocross.
—¿Corres motocross?
—Sí.
—¡Motocross! —grita, sorprendida—. LALI, eso no me lo pierdo yo. Eres mi heroína. ¡Qué cosas más chulas que sabes hacer! Si alguna vez tengo una hija, quiero que de mayor sea como tú.
Al ver su sorpresa, me río y digo:
—Es una carrera solidaria que busca recaudar fondos para comprar juguetes y repartirlos entre niños de familias que no pueden permitírselo.
—¡Ah!, pues allí estaremos ¿Y dónde dices que es?
—En El Puerto de Santa María.
—¿A qué hora?
—Comienza a las once de la mañana. Pero oye, EUGE..., no se lo digas a PETER. No le gustan nada esas carreras. Lo pasa fatal porque recuerda lo que le ocurrió a su hermana.
—¿Que no se lo diga a PETER? —se mofa sin querer escucharme—. Es lo primero que voy a hacer en cuanto lo vea... Si él no quiere venir, que no venga, pero yo desde luego voy a verte sí o sí.
—Yo no lo quiero ver, EUGE. Estoy muy enfadada con él.
—¡Venga ya, por Dios! ¡A ver si ahora vas a ser tú peor que él! Mira que si mañana se acaba el mundo como dicen los mayas y no lo vuelves a ver más... ¿Lo has pensado?
El comentario me hace reír, aunque reconozco que he pensado en esa posibilidad.
—EUGE, el mundo no se va a acabar. Y en cuanto a PETER, una persona que desconfía de mí y que se enfada conmigo sin dejar que me explique no es lo que quiero en mi vida. Además, ya estoy harta de él. Es un gilipollas.
—¡Oh, Dios! Efectivamente eres peor que él. Pero vamos a ver, ¿tan tontos sois los dos que no veis que estáis hechos el uno para el otro? Pero bueno..., queréis dejar a un lado vuestro maldito orgullo y daros la oportunidad que os merecéis. Que él es cabezón, ¡sí! Que tú eres cabezona, ¡sí! Pero ¡por el amor de Dios, LALI, tenéis que hablar! Te recuerdo que
pensabais mudaros en breve a vivir a Alemania. ¿Lo has olvidado ya? —Y sin darme tiempo a decir nada más, afirma—: Bueno, tú déjame a mí. Hasta el sábado, LALI.

Y con un extraño dolor en el estómago por lo que he ido escuchando, me despido.

PÍDEME LO QUE QUIERAS AHORA Y SIEMPRE CAPITULO 1

Tras salir de la oficina llego a casa como si me hubieran metido un petardo en el culo. Miro las cajas embaladas y se me parte el corazón. Todo se ha ido a la mierda. Mi viaje a Alemania está anulado y mi vida, de momento, también. Meto cuatro cosas en una mochila y desaparezco antes de que PETER me encuentre. Mi teléfono suena, y suena, y suena. Es él, pero me niego a cogerlo. No quiero hablar con PETER.
Dispuesta a desaparecer de mi casa, me voy a una cafetería y llamo a mi hermana. Necesito hablar con ella. Le hago prometer que no le dirá a nadie dónde estoy y quedo con ella.
Mi hermana acude a mi llamada y, tras abrazarme como sabe que necesito, me escucha. Le cuento parte de la historia, sólo parte o sé que la dejaría sin palabras. Omito el tema del sexo y tal, pero CANDE es ¡CANDE!, y cuando las cosas no le cuadran comienza con eso de «¡Estás loca!», «¡Te falta un tornillo!», «¡PETER es un buen partido!» o «¿Cómo has podido hacer eso?». Al final me despido de ella y a pesar de su insistencia no le revelo adónde voy. La conozco y se lo dirá a PETER en cuanto la llame.
Cuando consigo despegarme de mi hermana, llamo a mi padre. Después de tener una breve conversación con él y hacerle entender que en unos días iré a Jerez y le explicaré todo lo que me pasa, me monto en el coche y me voy a Valencia. Allí me alojo en un hostal y durante tres días paseo por la playa, duermo y lloro. No tengo nada mejor que hacer. No le cojo el teléfono a PETER. No..., no quiero.
Al cuarto día me subo al coche y algo más relajada me voy a Jerez, donde papá me recibe con los brazos abiertos y me da todo su cariño y amor. Le cuento que mi relación con PETER se ha acabado para siempre, y él no me quiere creer. PETER le ha llamado varias veces preocupado y, según mi padre, ese hombre me ama demasiado como para dejarme escapar. Pobrecillo. Mi padre es un romántico empedernido.
Al día siguiente, cuando me levanto, PETER ya está en casa de mi padre.
Papá lo ha llamado.
Cuando me ve, intenta hablar conmigo, pero me niego. Me pongo hecha una furia; grito, grito y grito, y le reprocho todo lo que tengo en mi interior antes de darle con la puerta en las narices y encerrarme en mi habitación. Al final, oigo que mi padre le pide que se marche, y de momento me deja respirar. Sabe que ahora soy incapaz de razonar y que en lugar de solucionar las cosas lo que voy es a liarlas más.
PETER se acerca a la puerta de la habitación donde me he encerrado y con voz cargada de tensión e ira me indica que se va. Pero que se va a Alemania. Tiene que resolver ciertos asuntos allí. Insiste una vez más en que salga, pero al ver mi negativa finalmente se marcha.
Pasan dos días y mi angustia es persistente.
Olvidar a PETER me es imposible, y más cuando él me llama continuamente. No le contesto. Pero, como soy una masoquista pura y dura, escucho nuestras canciones una y otra vez para martirizarme y regodearme en mi pena, penita..., pena. Lo positivo de todo este asunto es que sé que está muy lejos y, además, que tengo mi moto para desfogarme, embarrándome y saltando por los campos de Jerez.
Transcurridos unos días me llama Miguel, mi ex compañero en Müller, y me deja a cuadros. PETER ha despedido a mi ex jefa. Incrédula, escucho cómo Miguel me cuenta que PETER tuvo una tremenda discusión con ella cuando la pilló en la cafetería mofándose de mí. Resultado: al paro. ¡Toma ya! Por perra.
Lo siento, no debería alegrarme de ello, pero la malvada que existe en mi interior se regodea con que esa mala víbora por fin haya recibido su merecido. Como dice muy sabiamente mi padre, «el tiempo pone a cada uno en su lugar», y a ésa el tiempo la ha puesto donde se merece, en la puñetera calle.
Esa tarde aparece mi hermana con AGUSTIN y Luz, y nos sorprenden con la noticia de que van a ser padres de nuevo. ¡Embarazo a la vista! Mi padre y yo nos miramos con complicidad y sonreímos. Mi hermana está feliz, mi cuñado también y a mi sobrina Luz se la ve ilusionada. ¡Va a tener un hermanito!
Al día siguiente, se presenta en casa BENJAMIN. Al vernos nos damos un largo y significativo abrazo. Por primera vez desde que nos conocemos no nos hemos comunicado en meses, y eso nos da a entender a los dos que lo nuestro, aquello que nunca existió, por fin se ha acabado.
No me pregunta por PETER.
No hace la más mínima mención de él, pero intuyo que imagina que lo nuestro o se ha terminado, o pasa algo. Por la tarde, mientras mi hermana, BENJAMIN y yo tomamos un tentempié en el bar de la Pachuca, le pregunto:
—BENJAMIN, si yo te pidiera un favor, ¿me lo harías?
—Depende del favor.
Ambos sonreímos, y le aclaro, dispuesta a conseguir mi propósito:
—Necesito la dirección de dos mujeres.
—¿Qué mujeres?
Doy un trago a mi coca-cola y respondo:
—Una se llama Marisa de la Rosa y vive en Huelva. Está casada con un tipo llamado Mario Rodríguez, que es cirujano plástico; sé poco más. Y la otra se llama PAULA y fue novia durante un par de años de PETER LANZANI.
—LALI —protesta mi hermana—, ¡ni hablar!
—Cállate, CANDE.
Pero mi hermana comienza su perorata y ya no hay quien la calle. Tras discutir con ella, vuelvo a mirar a BENJAMIN, que no ha abierto la boca.
—¿Puedes conseguirme lo que te he pedido, o no?
—¿Para qué lo quieres? —me contesta.
No estoy dispuesta a contarle lo que ha ocurrido.
—BENJAMIN, no es para nada malo —puntualizo—, pero si pudieras ayudarme, te lo agradecería.
Durante unos segundos me mira con solemnidad mientras CANDE, a mi lado, sigue despotricando. Al final asiente, se levanta, se aleja y veo que habla por el móvil. Esto me inquieta. Diez minutos después, se acerca a mí con un papel y dice:
—Sobre PAULA sólo te puedo decir que está en Alemania pero no cuenta con una
residencia fija, y la dirección de la otra aquí la tienes. Por cierto, tus amigas se mueven en un ambiente de altos vuelos y comparten los mismos juegos que PETER LANZANI.
—¿De qué juegos habláis? —pregunta CANDE.
BENJAMIN y yo nos miramos. ¡Se traga los dientes como diga algo más!
Nos entendemos bien y le indico que no se le ocurra contestar a mi hermana, o se las verá conmigo, y él me hace caso. Es un excelente amigo. Finalmente, BENJAMIN se resigna y señala:
—Ni una tontería con ellas, ¿de acuerdo, LALI?
Mi hermana niega con la cabeza mientras resopla. Yo, emocionada, cojo el papel y le doy un beso en la mejilla.
—Gracias. Muchas..., muchas gracias.
Esa noche, cuando estoy a solas en mi habitación, me siento furiosa. Saber que al día siguiente, con un poco de suerte, me voy a echar a la cara a Marisa me pone cardíaca. Esa mala bruja se va a enterar de quién soy yo.
Por la mañana me despierto a las siete. Llueve.
Mi hermana ya está levantada y, en cuanto ve que me preparo para ir de viaje, se pega a mí como una lapa y comienza su incesante chorreo de preguntas.
Intento esquivarla.
Voy a Huelva a hacerle una visitilla a Marisa de la Rosa. Pero CANDE ¡es mucha CANDE! Y al final, al ver que no me la puedo quitar de encima, accedo a que me acompañe. Aunque durante el trayecto me arrepiento y siento unos deseos asesinos de tirarla a la cuneta. Es tan cansina y repetitiva que saca de sus casillas a cualquiera.
Ella no sabe lo que nos ha ocurrido realmente a PETER y a mí, y no para de desvariar con sus suposiciones. Si supiera la verdad se quedaría de pasta de boniato. Una mentalidad como la de mi hermana no entendería mis juegos con PETER. Pensaría que somos unos depravados, entre otras muchas cosas aún peores.
El día en que pasó todo, cuando quedé con ella, le deformé la realidad. Le conté que esas mujeres habían metido cizaña en nuestra relación y que por eso habíamos discutido y habíamos roto PETER y yo. No pude decirle otra cosa.
Cuando entro en Huelva, extrañamente no estoy nerviosa.
Para nervios los de mi hermanísima.
Al llegar a la calle que pone en el papel aparco mi coche. Observo la urbanización y veo que Marisa vive muy..., muy bien. La urbanización es de lujo.
—Todavía no sé qué hacemos en este lugar, cuchu —protesta mi hermana, bajándose del coche.
—Quédate aquí, CANDE.
Pero, omitiendo mi exigencia, cierra la puerta con decisión y contesta:
—Ni lo pienses, mona. Donde vayas tú, allí que voy yo.
Resoplo y gruño.
—Pero vamos a ver, ¿es que acaso necesito un guardaespaldas?
Se pone a mi lado.
—Sí. No me fío de ti. Eres muy mal hablada y a veces te pones muy bruta.
—¡Joder!
—¿Lo ves? Ya has dicho «¡joder!» —repite ella.
Sin responder comienzo a andar hacia el bonito portal que indica el papel. Llamo al portero automático, y cuando una voz de mujer contesta, digo sin dilación:
—Cartero.
La puerta se abre, y mi hermana, ojiplática, me mira.
—¡Aisss, LALI!, creo que vas a hacer una tontería. Tranquila, por favor, cariño; tranquila, que te conozco, ¿entendido?
Me río. La miro y murmuro mientras esperamos el ascensor:
—La tontería la hizo ella cuando me subestimó.
—¡Aisss, cuchuuuu...!
—Vamos a ver —siseo, malhumorada—, a partir de este momento, te quiero calladita. Éste es un asunto entre esa mujer y yo, ¿vale?
El ascensor llega. Nos montamos y oprimo el botón de la quinta planta. Cuando el ascensor para, busco la puerta D y llamo. Instantes después, la puerta la abre una desconocida vestida con uniforme de servicio.
—¿Qué desea? —pregunta la joven.
—¡Hola, buenos días! —respondo con la mejor de mis sonrisas—. Quisiera ver a la señora Marisa de la Rosa. ¿Está en casa?
—¿De parte?
—Dígale que soy Vanesa Arjona, de Cádiz.
La joven desaparece.
—¿Vanesa Arjona? —cuchichea mi hermana—. ¿Qué es eso de Vanesa?
Rápidamente, con un gesto seco, le ordeno callar.
Dos segundos más tarde aparece ante nosotras Marisa, monísima con un conjunto en color blanco roto. Al verme, su cara lo dice todo. ¡Se asusta! Y antes de que ella pueda hacer o decir nada, sujeto con fuerza la puerta para que no la cierre mientras suelto:
—¡Hola, pedazo de zorra!
—¡Cuchuuuuuuuuuuu! —protesta mi hermana.
A Marisa le tiembla todo. Miro a mi hermana para que guarde silencio.
—Sólo quiero que sepas que sé dónde vives —siseo—. ¿Qué te parece? —Marisa está blanca, pero continúo—: Tu juego sucio me ha hecho enfadar y, créeme, si me lo propongo, puedo ser más mala y dañina que tú o tus amigas.
—Yo..., yo no sabía que...
—¡Cierra el pico, Marisa! —gruño entre dientes. Ella calla, y yo prosigo—: Me da igual lo que me digas. Eres una mala bruja porque me utilizaste con un fin nada bueno. Y en cuanto a tu amiguita PAU, como estoy segura de que seguís en contacto, dile que el día en que me la cruce se va a enterar de quién soy yo.
Marisa tiembla. Mira hacia el interior de la casa y sé que teme lo que pueda decir.
—Por favor —suplica—, están mis suegros y...
—¿Tus suegros? —la interrumpo, y aplaudo—. ¡Genial! Preséntamelos. Estaré encantada de conocerlos y contarles cuatro cositas de su angelical nuera.
Descontrolada, Marisa niega con la cabeza. Tiene miedo. Siento pena por ella. Aunque es una mala bruja, yo no lo soy. Al final decido dar por terminada mi visita.
—Si me vuelves a subestimar, tu bonita y relajada vida con tus suegros y tu famoso maridito se va a acabar —concluyo—, porque yo misma me voy a encargar de que así sea, ¿entendido?
Pálida como la cera, asiente. No me esperaba aquí y menos con ese talante. Cuando ya he dicho todo lo que tenía que decir y me voy a dar la vuelta para marcharme, escucho que mi hermana pregunta:
—¿Ésta es la guarrilla que venías buscando?
Hago un gesto afirmativo, y sorprendiéndome como siempre hace CANDE, la oigo
decir:
—Si te vuelves a acercar a mi hermana o a su novio, te juro por la gloria bendita de mi madre que está mirándonos desde el cielo que la que regresa aquí soy yo con el cuchillo jamonero de mi padre y te saco los ojos, ¡pedazo de zorra!
Marisa, tras el chorreo de palabras de mi querida CANDE, cierra la puerta en nuestras narices. Aún boquiabierta, miro a mi hermana y murmuro en tono alegre mientras caminamos hacia el ascensor:
—Menos mal que la bruta y mal hablada de la familia soy yo. —Y al verla reír, añado—: ¿No te había dicho que te quería calladita?
—Mira, cuchufleta, cuando se meten con mi familia o le hacen daño, saco la choni poligonera que hay en mí y, como dice la Esteban, MA-TO.
Entre risas, volvemos al coche y regresamos a Jerez.
Cuando llegamos, mi padre y mi cuñado nos preguntan por nuestro viaje. Las dos nos miramos y reímos. No decimos nada. Este viaje ha sido algo entre CANDE y yo.

domingo, 4 de octubre de 2015

CHICAS DISCULPEN QUE NO HE PODIDO SUBIR ES QUE NO HE TENIDO TIEMPO Y ANDO SI INTERNET. APROVECHE QUE ESTOY EN CASA DE MI TÍA Y APROVECHE DE AVISARLES.Y NO LES SUBÍ PORQ LA NOVELA LA TENGO EN EL PENDRAI Y SE ME OLVIDO TRAERLO, PERO MAS TARDAR EL MARTES SUBO. TENGO GANAS DE CREAR UN GRUPO DE WHATSAAP SI ESTÁN INTERESADA MANDEN SU NUMERO Y CÓDIGO DE SU PAÍS. Y ALLI LES AVISARE CUANDO SUBA Y ADELANTOS DE LA NOVELA