domingo, 13 de noviembre de 2016

CAPITULO 5

A bordo del Vengador
PETER no se atrevía a soltar a la temblorosa monja por miedo a que se
inmolara en el mar. No tenía ni idea de por qué, pero le importaba. Ella era española,
y él la despreciaba por eso. Quizá debería haberla dejado que se hundiera con el
Santa Cruz reflexionó, dado que obviamente no iba a conseguir por ella ningún
rescate. En sus refinados gustos no entraban inocentes miembros de órdenes
religiosas. La lógica le decía que debería entregársela a sus hombres para que se
divirtieran, y sin el menor escrúpulo. Pero un rescoldo de la decencia que sus padres
le habían inculcado hacía ya mucho tiempo le impidió hacerlo. Ella era demasiado
delicada, no sobreviviría ni una noche a tan rudo tratamiento.
—Soy el capitán PETER LANZANI —le dijo PETER a LALI, arrastrándola por la
cubierta—. Estás a bordo del Vengador, y en mis manos.
—¿A-adónde me lleváis? —preguntó LALI, abochornada por la diabólica
sonrisa de PETER.
—A mi camarote.
LALI se resistió, forcejeando contra la fuerza inexorable con que ṔETER la
tenía agarrada.
—¡No!
—Sí, Hermana, o como quieras llamarte. Allí vas a estar más segura que aquí
fuera. Mis hombres son buena gente, pero odian a los españoles tanto como yo. Ese
saco de patatas que llevas puesto no te mantendrá a salvo de ellos. Si sabes hablar
inglés, te recomiendo que lo hagas. El sonido de tu odiosa lengua a bordo de un
barco inglés bien podría incitarlos a la violencia.
Sin apenas esfuerzo, PETER llevó a Lucía a rastras por toda la cubierta hasta su
camarote, que estaba bajo el puente de mando. Abrió de un tirón la puerta y la
empujó dentro. Él entró detrás, cerró a su espalda la puerta y se apoyó en ella. Clavó
la mirada en LALI, los ojos penetrantes y despiadados como el filo de una espada.
—En nombre de Dios, ¿qué voy a hacer contigo, hermana LALI? —meditó
PETER, pensativo—. ¿Debería entregarte a mis hombres para que se diviertan un
poco? Te aseguro que me lo iban a agradecer. O quizá —continuó, en un tono tan
bajo y tan gutural que a LALI le produjo escalofríos— podría encontrarte alguna
utilidad en mi cama —inesperadament
e sus ojos se encendieron, excitados por el
pensamiento de seducir a aquella belleza exuberante que afirmaba ser monja.
—¿Por qué no le haría yo caso al padre Sebastián? —se lamentó LALI,
retorciéndose con desesperación las manos—. Él me dijo que mejor sería matarme

que entregarme a los sucios piratas.

CAPITULO 4

A LALI se le habían puesto los ojos redondos de miedo al ver a PETER. Sabía
sin necesidad de que se lo dijeran que aquél era el renombrado Diablo, el pirata
temido y odiado por todos los españoles. No se parecía en nada a la imagen que se
había hecho de él. El Diablo era majestuosamente
masculino, su rostro todo líneas
duras y planos en sombra. No se parecía en nada a un diablo, y eso lo hacía aún más
peligroso. La melena dorada y abundante y el arco perverso de sus cejas se veían
realzados por el pronunciado hoyuelo de su barbilla. Y aquellos ojos, de un azul tan
penetrante y tan calculadores, la estaban recorriendo de arriba abajo con una
intensidad insultante. Aquel cuerpo musculoso estaba tenso de energía contenida. En
las líneas enérgicas, duras, de sus rasgos faciales predominaban la generosa boca,
que parecía totalmente capaz de ser cruel e implacable, y la mandíbula cuadrada,
agresiva.
—Ya me ocupo yo de ella.
Protestando en tono desabrido, Potter le lanzó a PETER una mirada huraña al
pasar junto a él y salió por la puerta. El Diablo era un amo justo que esperaba que
obedecieran sus órdenes sin cuestionarlas, y no le temblaba el pulso a la de hora de
aplicar castigos rigurosos a quien no lo hiciera. A bordo del Vengador, a nadie se le
ocurría amotinarse; ni siquiera a Potter.
Movida por la desesperación, LALI cayó de rodillas, inclinó la cabeza hacia
abajo, juntó las manos y rezó con todo el fervor de que era capaz. PETER la
contemplaba consternado; tanta devoción le hacía sentirse decididamente incómodo.
—¿Cómo te llamas? —preguntó en español.
Una llamarada de terca resistencia obligó a LALI a mantenerse muda, a pesar
de su miedo, y continuar rezando con redoblada diligencia.

PETER escupió una maldición.
—¡Déjate de letanías y respóndeme! ¿Quién eres?
LALI pestañeó al mirarle:
—La hermana LALI.
—¿Qué estás haciendo a bordo del Santa Cruz?
—Don Eduardo me contrató para que acompañara a su hija..., Carlota Esposito.
—Ella sabía que Dios le perdonaría esa mentira.
PETER echó una mirada desapasionada a los dos cadáveres que yacían en
mitad del camarote en ruinas.
—Supongo que la muerta es Carlota Esposito.
—Sí.
—¿Y el cura?
—Venía con el encargo de velar por la virtud de Carlota y ser testigo del
matrimonio que se iba a celebrar entre ella y don BENJAMIN AMADEO.
PETER se quedó mirando fijamente la cara de LALI, hipnotizado por su
sensual belleza. Nunca entendería cómo podía una preciosidad como aquélla querer
enclaustrarse entre los muros de un convento, apartada de la sociedad y de los
hombres. Aunque el apagado hábito gris no realzaba en nada su figura ni su belleza,
tampoco lograba restarles un ápice. Sólo un ciego podría no ver, a través del
descolorido envoltorio que llevaba puesto, a la tentadora mujer que había dentro.
"Lástima que sea española", pensó, contemplándola con un desprecio apenas
disimulado.
Con esa estatura menuda pero distribuida de forma exuberante y ese cutis tan
blanco, ella tenía un algo que a PETER le suscitaba pensamientos deliciosamente
lascivos. Ni siquiera el holgado hábito gris le impidió imaginarse qué se sentiría al
clavarse en la calidez de aquel cuerpo virgen. Una oscura y nociva nube de asfixiante
humo trajo los caprichosos pensamientos de PETER de vuelta al redil.
—¡Capitán, el barco se está hundiendo muy rápido! Los hombres están ya todos
a bordo del Vengador esperándonos —en la voz de RIERA había un matiz de
desesperación.
—¡Ya va, señor RIERA! —gritó en repuesta PETER. Luego se volvió a
Lucía—: ¡Levántate! —ladró, y agarrándola del brazo la arrastró fuera del camarote.
—Dejadme —insistió LALI—. Probaré suerte con los supervivientes de nuestro
barco. Nadie va a pagar por mí un rescate, no ganaríais nada llevándome con vos. No
soy más que una pobre monja.
Los fríos ojos azules de PETER recorrieron de arriba abajo su cuerpo,
calibrando descaradamente sus méritos.
—Puede que se me ocurra alguna otra cosa para ti.
LALI cogió aire, respirando de forma entrecortada. ¿Significaba eso que
pensaba violarla por más que fuera, como le había dicho, una casta monja? ¿Se la
pasaría a sus hombres cuando hubiera terminado con ella? En el lapso de un latido
de su corazón, sopesó la idea de arrojarse al mar para escapar al terrible destino que
la esperaba en el barco de aquel Diablo.
Pero sus reflexiones tuvieron un final brusco cuando el navío se inclinó
violentamente y ella cayó sobre PETER. Este, maldiciendo airadamente, la agarró en
volandas y se la echó al hombro como si fuera un saco de harina. Salió a todo correr
del camarote y, cruzando la cubierta inclinada, se dirigió al pasamanos, donde el
señor RIERA le estaba esperando. LALI dejó escapar un grito de alarma cuando
PETER saltó sin esfuerzo la extensión de agua que separaba los dos barcos,
aterrizando con suavidad en la cubierta del Vengador. A continuación, el señor
RIERA hizo lo mismo.
Tan pronto como estuvieron a salvo a bordo del Vengador, las velas se tendieron
al viento, alejándolos de las llamas del Santa Cruz. Lo último que vio LALI del barco
que se iba a pique fue al capitán Ortega y la tripulación superviviente intentando
febrilmente desatar los botes salvavidas antes de que el navío desapareciera bajo el
oscuro remolino de las olas.

CAPITULO 3

—¿Nos está abordando el enemigo? —preguntó, con los ojos ya vidriosos.
—Sí, Padre —dijo LALI con tristeza—. El capitán Ortega no tenía forma de impedirlo.
—Escúchame atentamente, niña, porque me queda poco tiempo LALI se inclinó aún más para oír las últimas palabras del padre Sebastián—. No debes dejar que los piratas te ultrajen. Escoge la muerte en lugar del deshonor. Te acabarán rescatando, pero para entonces ya habrás sido despiadadamente
violada. No tendrás ya la inocencia que don MARIANO exige de su mujer y la madre de sus hijos, y por desgracia tampoco serás ya apropiada para llevar una vida de santidad entre las religiosas del convento. Con mi último aliento te imploro que lo pienses cuidadosamente, y luego actúes según los dictados de tu conciencia.
LALI contempló al cura con espanto.
—¿Me está diciendo que me suicide, Padre?
El padre Sebastián no pudo responderle porque se deslizaba ya serenamente hacia la muerte, pero LALI supo exactamente lo que él pensaba que debía hacer.
Se irguió sobre sus pies inseguros, súbitamente consciente del acre hedor del humo y la sangre y de la feroz batalla que se estaba librando entre sus compatriotas y los piratas ingleses. El barco estaba en llamas, escorado hacia estribor y en peligro de hundirse, pero LALI se quedó en mitad de la humeante escabechina del camarote, con los dos cadáveres a sus pies, incapaz de darse muerte como el padre Sebastián le había recomendado. Si no hubiera salido del camarote cuando lo hizo, ahora estaría con ellos de camino hacia la paz eterna.
El terrible ruido de la batalla disminuyó bruscamente, y LALI oyó retumbar la voz profunda de un inglés que exigía que se rindieran. A continuación oyó un nombre que la dejó helada; un nombre que, pasando de boca en boca, le llegó con los vientos humeantes del terror y el miedo: el Diablo. Momentos más tarde la misma voz profunda ordenó registrar el barco en busca del botín, y LALI comprendió que le quedaba muy poco tiempo para decidirse entre morir y ser violada por el despiadado Diablo. Ninguna de las dos opciones resultaba apetecible. Tanteando el pequeño puñal que llevaba en la faltriquera, barajó el suicidio. Dos tajos rápidos en las muñecas y antes de que los piratas la encontraran se habría desangrado.
Sin embargo... ¿no era la muerte la vía de escape de los cobardes? Diez años habían tardado las monjas del convento en domesticar el carácter vehemente de LALI y someterla a sus decisiones, pero a ella apenas le costó diez segundos recuperar aquel orgullo obstinado y aquella terquedad que tanto desesperaban a su padre cuando era niña. Si don CARLOS la hubiese visto en ese momento, con el brillo del desafío en la mirada y aquella expresión ni dócil ni sumisa, su idea de que LALI no estaba hecha para la vida religiosa se habría confirmado.
—No me pienso dar muerte —declaró valientemente LALI—, ni tampoco me pienso entregar a esos sucios piratas.
A pesar de esas palabras audaces, no tenía armas, aparte de su pequeño puñal, con las que defenderse, así que encaminó sus pensamientos en otra dirección.
Había entrevisto su maleta tirada entre los escombros del camarote, y recordó que había metido en ella su hábito gris de monja. Había calculado estúpidamente que durante el viaje podría impresionar al padre Sebastián con su fe y convencerlo del error que sería obligarla a celebrar aquel matrimonio cuando lo que ella en realidad quería era dedicar su vida a servir a Dios. Pero el cura había restado importancia a sus protestas y se había negado de forma categórica a interceder por ella ante don CARLOS. Había recibido del padre de LALI el encargo de conducirla hasta su prometido y asegurarse de que el matrimonio se celebraba como era debido, y él era hombre de palabra.
El alboroto que se acercaba obligó a LALI a apresurarse; cerró de un empujón la portezuela desvencijada y escarbó en la maleta buscando el hábito. Lo extrajo de un tirón, se arrancó el vestido y se embutió en el hábito, atándose el rosario de madera a la cintura a modo de cinturón. Luego hizo una pelota con sus finos vestidos y la arrojó por la escotilla. En unos minutos su larga melena de ébano quedó oculta bajo la toca de hilo, completando la transformación. Le dio tiempo justo de terminar.
De pronto la puerta saltó de sus goznes rotos y en el umbral apareció un fornido pirata cubierto de sangre y de roña, que inspeccionó el estropicio con siniestra satisfacción. Descubrió a LALI y le lanzó una mirada lasciva, enseñando una hilera de dientes ennegrecidos y picados.
—Güeno, güeno, güeno, ¿qué es lo que tenemos por aquí? —traspasó el umbral, esquivando los cuerpos de Carlota y el cura, y alargó la mano hacía LALI. Ella retrocedió para zafarse, tropezando sobre los escombros. Él siguió cercándola implacablemente.
—No tengas miedo, palomita gris. El viejo Pete no a visto una mujér desde que salimos de las Bahamas. Y muchísimo menos, ademas, una tan bonita como tú.
Se echó hacia delante, agarró a LALI por la cintura y la atrajo contra el inquebrantable muro de su macizo pecho. Ella perdió el aliento, pero se recuperó enseguida para gritar a voz en cuello. Tapándole la boca con la mano, Pete la arrastró hasta la cubierta.
Apuntalándose en la escorada cubierta, PETER estaba hostigando a sus hombres para que se apresuraran antes de que se hundiera el Santa Cruz. En aquel galeón español habían encontrado más riquezas que en sus mejores sueños, y los piratas las estaban trasladando al Vengador mientras él y Louis Tomlinson empujaban a los supervivientes españoles hacia el alcázar. Cuando PETER oyó el grito se detuvo en seco y rodeó a los presos para encararse con el capitán español, alzando una ceja con genuina sorpresa.
—¿Llevan mujeres a bordo?
El capitán Ortega se mantuvo en huraño silencio. Creyendo que no entendía el inglés, PETER le repitió la pregunta en perfecto español, porque lo había aprendido en sus años de cautiverio. Como Ortega siguiera sin responder, PETER le apoyó la punta de la espada en la garganta, y no habría necesitado mucha provocación para clavársela. Ortega, con los ojos saliéndosele de las órbitas, graznó:
—La señorita ESPOSITO, hija del dueño del barco, y su acompañante.
—¿Adonde se dirigían?
—A Cuba. El novio de la señorita ESPOSITO la está esperando en La Habana.
PETER entrecerró los ojos mientras contemplaba los restos del camarote de popa, con la certeza de que era de allí de donde había venido el grito.
—Encárguese usted de esto, señor RIERA.
PETER cruzó en dos zancadas la cubierta en llamas, constatando que todos sus hombres salvo unos pocos rezagados se habían pasado ya al Vengador y le estaban esperando allí. Para cuando llegó al camarote, la inclinación de la cubierta era ya tan grande que temió que cualquier pasajero que aún estuviese a bordo quedaría atrapado en el hundimiento del barco.
Apartando a patadas lo que quedaba de la puerta,PETER barrió rápidamente con la mirada la masacre del camarote, pasando sobre los dos cadáveres para detenerse en la pareja que forcejeaba en la cubierta. Uno de sus hombres yacía encima de una mujer, y se las estaba viendo y deseando para meterla en cintura. Le sorprendió observar que el atuendo de la mujer era un discreto hábito gris de monja. A pesar de que nunca antes había tenido en especial consideración a las monjas ni a ningún otro tipo de devoto religioso, agarró al pirata del pescuezo y lo arrojó a un lado.
—Vuélvete al Vengador, Potter, a menos que quieras hundirte con este barco.
Pete Potter le echó una mirada hosca a su capitán:
—¿Y qué pasa con la mujer, Capitán? La quiero para mí; es mía!!!

CAPITULO 2

A bordo del Santa Cruz
Apuntalando los pies en la cubierta escorada,LALI se inclinó hacia el viento, con remolinos de aire prendiéndosele de la cabellera de ébano y centelleando en sus luminosos ojos oscuros. Sus mejillas eran rosas encendidas en la aceitunada palidez del rostro, como encantadora consecuencia del viento racheado. Llevaba horas allí, en equilibrio sobre la cubierta, contemplando taciturna el mar revuelto y deseando volverse al convento, donde la vida era tranquila y sin complicaciones.
—Por favor, vuelva a la cabina, LALI. Como cojas un resfriado don MARIANO se va a disgustar con vos, y conmigo también por permitírselo.
LALI le lanzó a doña Carlota una mirada de desesperación. Su dama de compañía le caía bastante bien, pero la encontraba demasiado estricta para lo joven que aún era. No mucho mayor que LALI, doña Carlota era una viuda a quien don CARLOS había contratado como compañera de viaje de LALI. También la acompañaba el sacerdote, el padre Sebastián, que se ocuparía de sus necesidades espirituales durante el viaje.
—No tengo frío, Carlota. Este viento es de lo más tonificante.
—A mí me pone del revés —dijo Carlota. Su cara había adquirido un anormal matiz verde que daba fe de los mareos que llevaba sufriendo desde que se embarcaron en el puerto de Cádiz—. Tenía la esperanza de que el mareo se me pasara al cabo de unas semanas en el mar, pero no hago más que empeorar.
—Vuelve a la cabina, Carlota; yo estoy bien. Estoy segura de que el padre Sebastián te hará compañía.
—Sí, LALI, eso es lo que voy a hacer. Que me lea un poco la Biblia. Tiene una voz muy relajante.
LALI contempló cómo se tambaleaba aquella mujer por el camino de vuelta hacia el amplio camarote de popa que compartían. Tenía que admitir que Carlota era una acompañante piadosa y recatada, pero resultaba aburrida. Y en cuanto al padre Sebastián, el bueno del cura, era un severo amante de la disciplina enviado para garantizar que LALI llegaba a manos de su prometido tan pura como el día en que salió del convento. Todos los días el cura reservaba cierto tiempo para la oración y la instrucción religiosa, y eso a LALI le gustaba. Tenía la esperanza de que una vez que el cura se diera cuenta de lo devota que era, la ayudaría a evitar aquel matrimonio en el que su padre estaba tan empeñado.
Contemplando taciturna el lejano horizonte,LALI creyó ver una vela. Entornó los ojos hacia el resplandor del mar y lo escrutó otra vez: la vio desaparecer por debajo del horizonte. Como no volvió a aparecer, se imaginó que había sido un espejismo y volvió la vista hacia otra parte.

A bordo del Vengador
—Lo estoy viendo, capitán. Es un galeón con todas las de la ley. Lleva la línea de flotación muy baja. Debe de estar hasta arriba de botín.
El capitán PETER enfocó con el catalejo el galeón español, que alcanzaba a verse apenas. Lo había divisado el día anterior, y desde entonces lo iban siguiendo, manteniendo sólo la distancia necesaria para evitar que los detectaran.
—Tiene razón, señor RIERA, es de los grandes. Probablemente lleva veinte cañones o más.
—Podemos tomarlo, capitán. El Vengador no tiene rival. Nuestros hombres son luchadores curtidos y están impacientes por darles otro meneo a esos miserables españoles. ¿Dispongo a los hombres para la batalla?
PETER esbozó una sonrisa vengativa.
—Tiene razón, señor RIERA. De la orden. Preparen el barco para la batalla y distribuyan las armas. Que los artilleros estén en sus puestos. Ya es hora de que el Diablo se gane otro premio.
—Sí, mi capitán. Vamos a enseñarles a esos malnacidos españoles de lo que es capaz el Vengador.

A bordo del Santa Cruz
En su camarote a bordo del Santa Cruz, LALI estaba arrodillada junto al padre Sebastián, recitando fervientes plegarias, mientras el fuego cruzado de los cañones explotaba alrededor de ellos con un estruendo ensordecedor. El capitán Ortega había avistado el barco pirata inglés al alba. A lo largo del día se había ido acortando la distancia entre ellos, hasta que estuvieron a tiro de cañón. Navegando tan pesadamente, el Santa Cruz no era rival para el Vengador, más veloz y más ligero. Cuando empezó la contienda, LALI sólo alcanzó a pensar en la terrible escabechina que iba a hacer con ellos aquel barco pirata.
Al primer indicio de peligro, el padre Sebastián se había arrodillado a rezar, exhortando a LALI y a Carlota a que hicieran lo propio. Pero parecía que Dios hacía oídos sordos a sus súplicas, porque en la cubierta la intensidad de la batalla no disminuía. Al cabo de un sinfín de rezos, LALI ya no pudo soportarlo más: necesitaba enterarse de lo que estaba pasando. Se levantó temblorosa y se acercó a la puerta. Abrió una rendija y miró hacia fuera. Alcanzó a ver al capitán Ortega en el puente, en mitad de lo que quedaba de su barco, y salió a cubierta, decidida a averiguar qué posibilidades tenían de escapar de los piratas.
—¡LALI! ¿Adonde vas? —en la voz de Carlota sonó una nota aguda de pánico.
—A hablar con el capitán. No puedo quedarme aquí sin hacer nada, sin saber lo que va a ser de nosotros.
—Cómo que sin hacer nada, niña —la reprendió el padre Sebastián—. Estamos rezando para que ocurra un milagro.
—Vuelvo enseguida —dijo LALI, sin dejarse convencer por las palabras del sacerdote y cerrando con fuerza la portezuela del camarote a su espalda. En varios puntos de la cubierta inclinada se alzaban llamas y hollín, y el bramido de los cañones amenazaba con ensordecerla mientras sorteaba cadáveres y escombros para llegar junto al capitán.
De pronto, una bala de cañón del Vengador cruzó silbando la cubierta y fue a estrellarse contra la alacena contigua al camarote en el que el padre Sebastián y Carlota seguían de rodillas rezando. La explosión que siguió lanzó a LALI volando a la otra punta de la cubierta. Se levantó del suelo, gritó con auténtica alarma y corrió hacia el camarote destrozado. La portezuela pendía ladeada de sus goznes rotos y tuvo que forzarla para abrirla; fue echando a un lado maderos todavía humeantes y cascotes hasta que encontró a sus dos compañeros de viaje en mitad de aquella ruina.
—¡Capitán, ayudadme! —gritó, mientras trataba de hallar un atisbo de vida en el cuerpo inerte de Carlota.
Pero el capitán Ortega tenía sus propios problemas. El Vengador se estaba acercando muy rápido, y su propio barco se estaba hundiendo. Vio cómo los piratas aparejaban ganchos y pasarelas para el abordaje y supo que su tripulación, sus pasajeros y él mismo se enfrentaban a una muerte segura.
Para horror de LALI, nadie podía hacer ya nada por Carlota. LALI dirigió su atención al cura. Todavía respiraba, aunque a duras penas. Su pecho subía y bajaba con tan poca regularidad que LALI comprendió que su muerte era inminente.
El padre Sebastián abrió los ojos y vio a LALI inclinada sobre él. Era consciente de que le quedaba poco tiempo de vida, pero estaba en paz consigo mismo: había dedicado su existencia entera a prepararse para el encuentro con Dios. Sus últimos instantes los dedicó a temer por el destino de LALI. Su padre la había confiado a su cuidado, y él ya había rezado lo suficiente para transmitirle algunos consejos importantes antes de que la muerte viniera a buscarle.

CAPITULO 1

Cádiz España
1587
—Me da lo mismo lo piadosa que seas, hija mía. Está en juego el honor de la familia —afirmó enfáticamente don CARLOS ESPOSITO—. Vas a dejar el convento y te vas a ir a Cuba a casarte con MARIANO MARTINEZ.
Envuelta en un apagado hábito gris, LALI ESPOSITOse puso perceptiblement
e tensa y adelantó la barbilla en un gesto de desafío casi sin precedentes. Los diez años que llevaban la madre abadesa y las monjas del convento de la Madre de Dios inculcándole sumisión y obediencia se desvanecieron en el aire allí mismo, porque no podía permitir que aquello ocurriera sin oponerse. No la sacrificarían por el honor de su padre.
—No quiero casarme con don MARIANO, padre. Ni tampoco quiero irme de España. Estoy bastante satisfecha aquí en el convento. Dentro de un mes voy a hacer los votos definitivos y serviré felizmente a Dios para siempre. —Si su entusiasmo era un poco forzado, ella hizo como si no se diera cuenta. Hacerse monja era su máxima meta en la vida.
—Precisamente por eso he venido, LALI —le dijo don CARLOS—. Nunca quise que te hicieras religiosa. Cuando tenías diez años eras incorregible y por eso te traje aquí, para que te domaran y te educaran las buenas monjas del convento. Tu madre acababa de morir, y yo no era capaz de ocuparme de una niña con tanto carácter. Ya era mucho para mí criar a tus hermanos. Pero nunca tuve intención de dejarte aquí para siempre. Estás prometida a don MARIANO desde hace años, y él ya empieza a impacientarse. La madre abadesa me ha asegurado que estás preparada para convertirte en esposa.
LALI se estremeció, imaginando lo repugnante que sería entregar su cuerpo a un hombre, especialmente a un hombre al que apenas conocía.
—Por favor, padre, ¿por qué no quieres ver que estoy hecha para una vida de plegaria y recogimiento? Yo quiero ser esposa de Cristo.
Don CARLOS le lanzó a su hija una elocuente mirada que delataba su desdén.
—Pero si no hay más que verte para darse cuenta de que tú no estás hecha para

PROLOGO

En algún lugar del océano Atlántico
1580
PETER LANZANI se equilibró brevemente en la proa del galeón que se hundía, arqueó el cuerpo demacrado, lleno de cicatrices, y lanzándose de cabeza hacia abajo se zambulló en el mar oscuro y zarandeado por el viento. Batiendo furiosamente los brazos y las piernas, luchó por escapar de la estela de succión que produjo el Negra María al hundirse. No miró atrás más que una sola vez, para alegrarse en silencio al ver cómo aquel barco del demonio desaparecía bajo la superficie del agua, llevándose consigo a su brutal amo español y a toda su tripulación.
Entonces se rió.
Se rió hasta que le dolieron los músculos y estuvo a punto de ahogarse.
Luego, bruscamente, se volvió hacia la fragata inglesa, cuyos cañones aún humeaban, y se echó a nadar hacia ella como alma que lleva el diablo.

—Se está hundiendo, capitán Dunsworth —informó el contramaestre Nickols, bajando el catalejo y sonriendo al capitán.
—¡Pues menos mal! —gruñó Dunsworth—. Otro malnacido español que no volverá a meterse con las embarcaciones inglesas. Su primer error ha sido enfrentarse con nosotros; el segundo, creerse que iba a poder hundir a lo más granado de Su Majestad la Reina. ¿Algún superviviente, señor Nickols?
Nickols volvió a alzar el catalejo para escrutar el desplomarse de las crestas blancas surcadas por un viento cada vez más fuerte.
—No parece que haya ninguno, señor.
Dunsworth asintió.
—Mejor así. Larguémonos de aquí; va a haber tormenta. Pongan rumbo a Inglaterra: tenemos que reparar los destrozos que nos ha hecho el Negra María.
—Bien; muy bien, señor.
Nickols le dio una última pasada al mar a través del catalejo, lo bajó un instante y volvió a llevárselo al ojo.
—¿Qué es, señor Nickols? ¿Ve algo?
—Sí, capitán. Parece la cabeza de un hombre entre el vaivén de las olas. —Nickols le pasó el catalejo a Dunsworth, que lo apuntó en la dirección que éste le señalaba—. ¿Lo ve?
—Sí. Ganas me dan de dejar que se ahogue ese malnacido, pero yo no soy un salvaje. Tráiganlo a bordo.
—Parece que está casi muerto, mi capitán —observó Nickols contemplando a aquel hombre medio ahogado desmadejado sobre la cubierta—. Mire cómo tiene la espalda el pobre diablo. Quienquiera que sea, no lo han mimado mucho en el Negra María. No es más que un muchacho. No creo ni siquiera que sea español.
—Llévenlo abajo y que el médico de a bordo se ocupe de él. Y, por el amor de Dios, que le den de comer. Se le transparentan todas las costillas. Hasta que oigamos su historia, no estará de más que lo tratemos en lo posible como es debido.

PETER se sacudió, se volvió de costado y escupió parte del agua de mar que había tragado. Luego se recostó de espaldas y alzó la vista hacia aquellos ingleses que lo habían rescatado del mar. A pesar de que estaba muy debilitado y completamente exhausto, sonrió con auténtica alegría. Eran los primeros ingleses que veía en cinco años, y la visión casi le desbordaba de puro alivio.

—¿Hablas inglés? —le preguntó el capitán Dunsworth.
Aunque le escocía la garganta de la copiosa agua de mar que había tragado mientras nadaba a la desesperada, PETER respondió sin dudarlo:
—Lo hablo perfectamente, señor. Me llamo PETER LANZANI. Mi padre era Sir JUAN LANZANI. Hace cinco años fue enviado por la reina a Italia. Nuestro barco, el Estrella del sur, fue atacado y hundido por el Negra María, y yo fui el único superviviente. Mi madre, mi padre, mi hermano, mi hermana... murieron... murieron todos.
El capitán parecía incrédulo:

—¡El Estrella del sur! Dios mío, recuerdo muy bien aquel suceso. No se volvió a saber del barco, y se dio por hecho que todos los tripulantes y pasajeros habían muerto. ¿Dónde pasaste estos últimos cinco años?
—En el mismísimo infierno —dijoPETER, haciendo esfuerzos por levantarse. Un marinero se apresuró a adelantarse para ayudarle—. No he puesto un pie fuera del Negra María en cinco años.
Me han matado de hambre, me han azotado, me han humillado y me han tratado literalmente como a un esclavo. Tuve que crecer deprisa cuando me arrojaron de la inocencia y la confianza juvenil a las entrañas del infierno, a la edad de diecisiete años.

El capitán Dunsworth sacudió la cabeza con conmiseración.
—Gracias a Dios que nos cruzamos en el camino del Negra María cuando lo hicimos. Ahora eres libre, PETER LANZANI. Estoy seguro de que la reina le restituirá toda la fortuna y las posesiones de tu familia tan pronto como tenga noticia de que estás vivo.
—Eso imagino —dijo apagadamente PETER.
—Yo soy el capitán Dunsworth de la Marina Real. El doctor de a bordo te echará un vistazo de inmediato. Para cuando lleguemos a Inglaterra estarás hecho un auténtico lobo de mar. Eres joven, te recuperaras. Dentro de nada estarás entre los de tu clase llevando una vida privilegiada.

Destrozado y con la mirada vacía, PETER contempló a Dunsworth. Nadie más que él mismo llegaría de verdad a saber con qué intensidad había sufrido a manos de los españoles. Podían imaginárselo, pero no lo sabrían jamás, a menos que lo hubieran experimentado por sí mismos. Nunca podría ya volver a vivir aquella vida absurda a la que estaba acostumbrado antes de sus años de cautiverio. Tenía el alma llena de odio, su corazón clamaba venganza. La muerte cruel de su familia y el subsiguiente cautiverio le habían marcado de forma indeleble.

—Usaré mi fortuna para vengar la muerte de mi familia —dijo, con una voz tan cargada de amenaza que Dunsworth se estremeció y apartó la mirada—. De hoy en adelante, ningún español, sea hombre, mujer o niño, estará a salvo de mí. Obtendré el permiso de la reina, aparejaré un barco y los perseguiré hasta los confines del mar como a los animales que son.
—Admiro su ambición, señor LANZANI, pero ¿no eres demasiado joven para capitanear su propio barco? ¿Tienes la habilidad necesaria para controlar a los hombres?
En los ojos marrones de PETER centelleó la vehemencia de su fervor vengativo:
—En los cinco años que he pasado cautivo en alta mar he aprendido todo lo que hay que saber de navegación y de barcos. Del mismo modo que aprendí a odiar a los españoles. Con eso creo yo que estoy más que capacitado para enfrentarme con ellos. Nada me detendrá, capitán. —Levantó el puño hacia la oscuridad, amenazando al cielo—. Juro por todos los muertos de mi familia que seré despiadado y firme en mi venganza hacia los españoles. Los perseguiré implacablemente
y sin cuartel. Y que Dios me ayude.

SINOPSIS EN LOS BRAZOS DEL PIRATA

Un pirata sin escrúpulos
El aristócrata inglés PETER LANZANI, conocido como El Diablo, atacaba sin piedad a todas las naves que cruzaban el océano Atlántico buscando vengarse por los cinco años de brutal cautiverio que había pasado a bordo de un barco español.
Cuando su barco abordó el Santa Cruz, encontró la ocasión perfecta para llevar a cabo esa venganza: una inocente dama española, recién salida del convento, cuyo cuerpo podía hacer suyo para de ese modo humillar a su gente. Pero pronto PETER se encontró dividido entre el deseo de venganza y la pasión que ella le provocaba.
Una extraña cautiva
La vida de LALI ESPOSITO cambió de forma traumática cuando su padre le informó que había acordado su matrimonio con el poderoso gobernador de Cuba, y que por lo tanto tenía que dejar el convento en el que había vivido hasta ahora y en el que era feliz. Su situación no mejoró con el repentino abordaje que sufrió su barco en aguas del Caribe.
Pero aunque temía por su suerte a manos de aquel poderoso y temible pirata, LALI luchaba contra el desbordante deseo que él le inspiraba, con aquellos ojos marrones y aquel cuerpo flexible cuyos músculos parecían sacados de la estatua de un dios griego. Por más que se estuviera haciendo pasar por monja, las encendidas emociones que sentía entre los fuertes brazos de PETER eran cualquier cosa menos santas, y fueron consumiendo la cólera que los separaba hasta que no tuvieron más remedio que rendirse a sus sentimientos...