domingo, 13 de noviembre de 2016

PROLOGO

En algún lugar del océano Atlántico
1580
PETER LANZANI se equilibró brevemente en la proa del galeón que se hundía, arqueó el cuerpo demacrado, lleno de cicatrices, y lanzándose de cabeza hacia abajo se zambulló en el mar oscuro y zarandeado por el viento. Batiendo furiosamente los brazos y las piernas, luchó por escapar de la estela de succión que produjo el Negra María al hundirse. No miró atrás más que una sola vez, para alegrarse en silencio al ver cómo aquel barco del demonio desaparecía bajo la superficie del agua, llevándose consigo a su brutal amo español y a toda su tripulación.
Entonces se rió.
Se rió hasta que le dolieron los músculos y estuvo a punto de ahogarse.
Luego, bruscamente, se volvió hacia la fragata inglesa, cuyos cañones aún humeaban, y se echó a nadar hacia ella como alma que lleva el diablo.

—Se está hundiendo, capitán Dunsworth —informó el contramaestre Nickols, bajando el catalejo y sonriendo al capitán.
—¡Pues menos mal! —gruñó Dunsworth—. Otro malnacido español que no volverá a meterse con las embarcaciones inglesas. Su primer error ha sido enfrentarse con nosotros; el segundo, creerse que iba a poder hundir a lo más granado de Su Majestad la Reina. ¿Algún superviviente, señor Nickols?
Nickols volvió a alzar el catalejo para escrutar el desplomarse de las crestas blancas surcadas por un viento cada vez más fuerte.
—No parece que haya ninguno, señor.
Dunsworth asintió.
—Mejor así. Larguémonos de aquí; va a haber tormenta. Pongan rumbo a Inglaterra: tenemos que reparar los destrozos que nos ha hecho el Negra María.
—Bien; muy bien, señor.
Nickols le dio una última pasada al mar a través del catalejo, lo bajó un instante y volvió a llevárselo al ojo.
—¿Qué es, señor Nickols? ¿Ve algo?
—Sí, capitán. Parece la cabeza de un hombre entre el vaivén de las olas. —Nickols le pasó el catalejo a Dunsworth, que lo apuntó en la dirección que éste le señalaba—. ¿Lo ve?
—Sí. Ganas me dan de dejar que se ahogue ese malnacido, pero yo no soy un salvaje. Tráiganlo a bordo.
—Parece que está casi muerto, mi capitán —observó Nickols contemplando a aquel hombre medio ahogado desmadejado sobre la cubierta—. Mire cómo tiene la espalda el pobre diablo. Quienquiera que sea, no lo han mimado mucho en el Negra María. No es más que un muchacho. No creo ni siquiera que sea español.
—Llévenlo abajo y que el médico de a bordo se ocupe de él. Y, por el amor de Dios, que le den de comer. Se le transparentan todas las costillas. Hasta que oigamos su historia, no estará de más que lo tratemos en lo posible como es debido.

PETER se sacudió, se volvió de costado y escupió parte del agua de mar que había tragado. Luego se recostó de espaldas y alzó la vista hacia aquellos ingleses que lo habían rescatado del mar. A pesar de que estaba muy debilitado y completamente exhausto, sonrió con auténtica alegría. Eran los primeros ingleses que veía en cinco años, y la visión casi le desbordaba de puro alivio.

—¿Hablas inglés? —le preguntó el capitán Dunsworth.
Aunque le escocía la garganta de la copiosa agua de mar que había tragado mientras nadaba a la desesperada, PETER respondió sin dudarlo:
—Lo hablo perfectamente, señor. Me llamo PETER LANZANI. Mi padre era Sir JUAN LANZANI. Hace cinco años fue enviado por la reina a Italia. Nuestro barco, el Estrella del sur, fue atacado y hundido por el Negra María, y yo fui el único superviviente. Mi madre, mi padre, mi hermano, mi hermana... murieron... murieron todos.
El capitán parecía incrédulo:

—¡El Estrella del sur! Dios mío, recuerdo muy bien aquel suceso. No se volvió a saber del barco, y se dio por hecho que todos los tripulantes y pasajeros habían muerto. ¿Dónde pasaste estos últimos cinco años?
—En el mismísimo infierno —dijoPETER, haciendo esfuerzos por levantarse. Un marinero se apresuró a adelantarse para ayudarle—. No he puesto un pie fuera del Negra María en cinco años.
Me han matado de hambre, me han azotado, me han humillado y me han tratado literalmente como a un esclavo. Tuve que crecer deprisa cuando me arrojaron de la inocencia y la confianza juvenil a las entrañas del infierno, a la edad de diecisiete años.

El capitán Dunsworth sacudió la cabeza con conmiseración.
—Gracias a Dios que nos cruzamos en el camino del Negra María cuando lo hicimos. Ahora eres libre, PETER LANZANI. Estoy seguro de que la reina le restituirá toda la fortuna y las posesiones de tu familia tan pronto como tenga noticia de que estás vivo.
—Eso imagino —dijo apagadamente PETER.
—Yo soy el capitán Dunsworth de la Marina Real. El doctor de a bordo te echará un vistazo de inmediato. Para cuando lleguemos a Inglaterra estarás hecho un auténtico lobo de mar. Eres joven, te recuperaras. Dentro de nada estarás entre los de tu clase llevando una vida privilegiada.

Destrozado y con la mirada vacía, PETER contempló a Dunsworth. Nadie más que él mismo llegaría de verdad a saber con qué intensidad había sufrido a manos de los españoles. Podían imaginárselo, pero no lo sabrían jamás, a menos que lo hubieran experimentado por sí mismos. Nunca podría ya volver a vivir aquella vida absurda a la que estaba acostumbrado antes de sus años de cautiverio. Tenía el alma llena de odio, su corazón clamaba venganza. La muerte cruel de su familia y el subsiguiente cautiverio le habían marcado de forma indeleble.

—Usaré mi fortuna para vengar la muerte de mi familia —dijo, con una voz tan cargada de amenaza que Dunsworth se estremeció y apartó la mirada—. De hoy en adelante, ningún español, sea hombre, mujer o niño, estará a salvo de mí. Obtendré el permiso de la reina, aparejaré un barco y los perseguiré hasta los confines del mar como a los animales que son.
—Admiro su ambición, señor LANZANI, pero ¿no eres demasiado joven para capitanear su propio barco? ¿Tienes la habilidad necesaria para controlar a los hombres?
En los ojos marrones de PETER centelleó la vehemencia de su fervor vengativo:
—En los cinco años que he pasado cautivo en alta mar he aprendido todo lo que hay que saber de navegación y de barcos. Del mismo modo que aprendí a odiar a los españoles. Con eso creo yo que estoy más que capacitado para enfrentarme con ellos. Nada me detendrá, capitán. —Levantó el puño hacia la oscuridad, amenazando al cielo—. Juro por todos los muertos de mi familia que seré despiadado y firme en mi venganza hacia los españoles. Los perseguiré implacablemente
y sin cuartel. Y que Dios me ayude.

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