sábado, 24 de diciembre de 2016

Capitulo 34

¡Eso no es cierto! Lo que mi padre espera es que os caséis conmigo, no que me
humilléis.
—¿Cómo voy a humillar a una mujer que ya de por sí es una puta?
A Lali se le encendió la cara. Por desgracia, todo el mundo opinaría de ella lo
mismo que don Mariano. A pesar de todo, se sentía sorprendentemente poco culpable
por haberse entregado a Peter . Aquel atisbo de felicidad que había encontrado
entre sus brazos era, probablemente, la única felicidad que iba a conocer en la vida.
Pero quizás, pensó astutamente, podría sacarse algo en claro de aquella burda
parodia.
—Si me convierto en vuestra amante, ¿me concederíais una cosa a cambio? —
Aquella pregunta tan directa lo cogió a él por sorpresa.
—No estás en situación de pedir nada, querida.
—¿Qué preferís: una amante servicial, o una que luche contra vos con uñas y
dientes?
Él se la quedó mirando.
—¿Qué es lo que quieres de mí? ¿Bonitos trajes? ¿Joyas? ¿Oro?
—Nada de eso. Quiero que liberéis Peter Lanzani . Haré todo lo que me pidáis
si no lo matáis.
Mariano le echó una mirada especuladora. Luego se echó a reír con tantas ganas
que se le saltaron las lágrimas. Se las secó con un pañuelo y sacudió la cabeza.
—Te prestes o no a ello, pienso tomarte cuando me apetezca. En cuanto a ese
infame Diablo tuyo, su destino ya está escrito. Mañana firmaré los papeles para su
ejecución. Antes de que haya pasado esta semana, España tendrá un enemigo menos.
Lali palideció, luchando por no desmayarse.
—Quiero ver a Peter antes de... antes de...
Mariano esbozó una sonrisa desagradable.
—Qué tierno. Ese hombre debe de ser un amante espectacular. Pero yo soy
mejor que él. —La atrajo hacia sus brazos, pero ella se resistió con todas sus fuerzas.
Entonces la cogió en volandas, y ya se encaminaba con ella hacia el dormitorio
cuando las patadas y los puñetazos que ella le iba dando acabaron por ponerlo
furioso hasta el punto de rugir de enfado.
—¡Caramba! Tal vez me aprecies más cuando haya enviado a ese pirata tuyo al
infierno. Soy un hombre paciente, puedo esperar. —La soltó, de repente, en el
suelo—. ¡Largo de aquí! No estoy de humor esta noche para luchar por tus favores.
Lali se levantó del suelo y fue a trompicones hasta la puerta.
—¡Espera! —dijo él taimadamente. Ella se detuvo para volverse a mirarlo. Él
entornó los ojos con gesto astuto—. He cambiado de parecer. Puedes ver a tu maldito
pirata. Un carruaje te estará esperando en la puerta mañana a las cinco de la tarde. —
Él se dio la vuelta y Lali salió huyendo de la habitación.
Peter se revolvía incómodo sobre el duro suelo de tierra. Sus dolores y
pesares eran muchos y muy variados, y el hedor repulsivo de la paja sobre la que
yacía lo ponía enfermo. La noche anterior, sus carceleros se habían dedicado a
torturarlo. Las costillas le ardían por culpa de los golpes tan brutales que le habían
dado y tenía la cara toda amoratada. Encima de la ceja derecha tenía un corte que le
goteaba sangre en el ojo.
Encadenado e indefenso, ni siquiera había podido protegerse adecuadamente.
Cuando los carceleros dejaron de divertirse a su costa, él se quedó acurrucado y trató
de dormir. Se levantó por la mañana sintiéndose como si tuviera rotos todos los
huesos del cuerpo. Pero no habían utilizado el látigo de nueve puntas, y eso era muy
de agradecer.
Pasaba del mediodía cuando le sirvieron un rancho a modo de almuerzo que
Peter despreció, asqueado. Sabía que iba a morir, y prefería morir con hambre a
comerse semejante porquería. La muerte. Qué definitivo sonaba eso. Si de algo se
arrepentía, era de cómo había tratado a Lali. Debía haberla mandado de vuelta al
convento como ella quería en lugar de haberla utilizado en aquel desencaminado
acto de venganza contra los españoles. Ella no se merecía la crueldad con la que él la
había tratado. Ella era una inocente hasta que cayó en sus manos y se convirtió en la
víctima de su venganza lujuriosa.
Rememoró la boda apresurada a bordo del Santa María. Lali era su esposa;
suya hasta que la muerte los separase. Aquel pensamiento lo reconfortó un poco.
Rogó a Dios que lo perdonase por haberla tomado en contra de su voluntad.
Pero Dios sabía que no habría logrado mantenerse apartado de ella ni aunque
hubiera querido. La había deseado con toda su alma, más que a ninguna otra mujer
que hubiera conocido. Y ella también lo había deseado a él. La forma apasionada que
tuvo de responder a su amor demostraba que ella también lo necesitaba. Cuando él
ya no estuviese, ella se convertiría en la esposa del gobernador general de Cuba. Él
habría dado su vida por salvarla de semejante destino, pero al parecer su vida ya no
le pertenecía. Pronto se la iban a arrebatar con la misma facilidad con que se apaga
una vela.
Las divagaciones de Peter sufrieron una abrupta interrupción cuando oyó el
sonido de unos pasos que se acercaban a su celda. Se puso de pie con dificultad,
gimiendo del esfuerzo que le costaba.
La puerta se abrió de golpe y entró don Mariano Arrugó la nariz, como ofendido
por el hedor pestilente de Peter combinado con el de la paja cochambrosa. El
estrecho bigotillo que llevaba sobre el labio le tembló de repugnancia. Se quedó
mirando a Peter con hostilidad manifiesta.
—Buenas tardes, Capitán. ¿Habéis dormido bien?
Peter frunció sardónico los labios.
—Todo lo bien que era de esperar.
—Pues yo he dormido extraordinariamente bien. Es lo que ocurre normalmente
después de haber pasado una noche harto satisfactoria en los brazos de una mujer
apasionada. Debo elogiaros por lo bien que se desenvuelve Lali. Muy fogosa y,
sobre todo, muy creativa. La habéis enseñado bien.
—¡Será canalla! —Peter trató de agarrar a don Mariano por el cuello, pero las
cadenas frustraron el intento. Don Mariano retrocedió para quedar bien fuera de su
alcance.
—¿Os he comentado ya que Lali es desde anoche mi amante? Estoy seguro de
que vos mismo comprenderéis que no me puedo casar con ella después de que la
hayáis mancillado. La habéis hecho indigna de llevar mi apellido. Pero va a ser una
amante maravillosa. Cuando encuentre a una mujer respetable para casarme,
entregaré a Lali a alguno de mis hombres, o la enviaré a un burdel.
Peter sabía que Martinez lo decía para mortificarle, y lo estaba consiguiendo.
La idea de que el español le pusiera las manos encima a Lali le daba ganas de
vomitar.
—Lali es demasiado buena para vos.
Mariano sonrió.
—¿Eso creéis? Tal vez cambiéis de opinión al saber con qué dulzura me suplicó
que os castigara por hacerla indigna de casarse. Os desprecia por haberla mancillado,
Capitán. De no haber sido por vuestra inoportuna intervención, ella se habría
convertido en mi esposa. Podría haber tenido todo lo que hubiera sido capaz de
desear.
—Lali nunca ha querido casarse con vos.
—¿Creéis que no? Puede que Lali venga en persona a deciros lo mucho que os
odia. ¿Os parece que me iba a molestar en daros una paliza cuando ya estáis
sentenciado a muerte? No; es Lali quien ha pedido que os castiguen y os hagan
sufrir por los pecados que cometisteis contra ella. Me complació de tal modo anoche
que no le puedo negar nada. ¡Corles, trae el látigo!
En el umbral de la puerta apareció un hombre con un látigo de nueve puntas.
Se lo alcanzó a don Mariano y se hizo a un lado.
—¡Descúbrele la espalda y engánchale las cadenas en la pared!
Cortés reaccionó enseguida, rasgándole la camisa a Peter y sujetándole las
muñecas encadenadas a una argolla que había a media altura de la pared mohosa,
mientras Mariano blandía amenazador su espada por si Peter se resistía. Peter
apenas tuvo tiempo de tomar aliento antes de oír el látigo silbar por el aire. Se
preparó para sentir su mordedura, pero sin alcanzar a prever el tormento que le
sobrevino cuando los cabos separados le cortaron la carne. Se le puso el cuerpo
rígido y se mordió los labios para no ponerse a gritar. Tenía la espalda ardiendo;
sentía cómo le chorreaba la sangre hasta la cinturilla de los pantalones.
Mariano le sacudió otro golpe despiadado antes de que Peter se hubiera podido
recuperar del primero. A partir de ahí ya perdió la conciencia de cuándo terminaba
uno y empezaba el siguiente. De repente, cesó la flagelación. Peter se desplomó,
colgado de las cadenas, sin fuerzas para levantar siquiera la cabeza.
Mariano sacó un pañuelo de un blanco inmaculado y se secó el sudor de la frente.
—Me parece que Lali estará satisfecha por hoy con este castigo. Tampoco
queremos que muráis antes de tiempo. La Habana entera está deseando que os
ejecutemos mañana. Se ha declarado día de fiesta. Si Lali así lo desea, mañana
volveré a visitaros antes de la ejecución para asegurarme de que os arrepentís
convenientemente antes de ir a reuniros con nuestro hacedor.
Las palabras de Mariano levantaban chispas en el cerebro de Peter . El dolor de
la paliza había espantado de su mente todos sus pensamientos tiernos sobre Lali.
Esta quería que lo castigaran, era la culpable de aquel dolor insoportable, lo odiaba.
No le bastaba el hecho de que fuese a morir. ¡Por todos los diablos, no! Aquella
pequeña bruja sedienta de sangre disfrutaba haciéndole sufrir. Si salía vivo de
aquélla, lo cual era altamente improbable, la iba a hacer pagar por ello, y le iba a salir
muy caro. Lo último que pensó antes de perder el conocimiento fue que, por más que
mereciera morir por lo que había hecho como pirata, no merecía sufrir semejante
tormento por culpa de una mujer vengativa.
Ya le resultaba gracioso y todo. ¡Había empezado a enamorarse de aquella
pequeña bruja!

martes, 13 de diciembre de 2016

CAPITULO 33


Don MARIANO pareció enfadarse al oír aquello. 
—¡Vas a aprender a tener cuidado con lo que dices! ¿Por qué iba yo a querer 
hacerles daño a tus hermanos, cuando me han devuelto a mi mancillada futura 
esposa? ¿Acaso no soy afortunado? —se burló—. A estas horas, La Habana entera 
está murmurando que la prometida de MARIANO MARTINEZ es la barragana del infame
Diablo.
LALI retrocedió, sobrecogida.
—Si eso es lo que sentís, ¿por qué no me habéis mandado de vuelta a España
con mis hermanos?
MARIANO se rió con malicia.
—¿Y haber dejado que tus hermanos le devolvieran la dote a tu padre? No soy
imbécil, LALI. Además, eres una mujer hermosa y deseable. Habría sido una tontería
por mi parte no quedarme con tu dote y dejar que me complacieras con ese
cuerpecito tan tentador que tienes. Estoy deseando ver lo que te ha enseñado el
pirata ese.
A LALI la sacudió un sentimiento de inquietud.
—¿Estaban mis hermanos al tanto de vuestros sentimientos?
—Tus hermanos me consideran el colmo de la amabilidad y de la generosidad
por haberles quitado las miserias de su hermana de encima. Pocos hombres son tan
indulgentes. Y, además, la recompensa que recibieron por capturar al Diablo les
aflojó en gran medida las conciencias.
LALI se levantó desafiante.
—No me voy a casar con vos. Os podéis quedar con mi dote. Me vuelvo a casa
en el primer barco que zarpe.
—¿Y arruinar mi reputación de hombre honorable? Ah, no, querida. Hace
mucho que está planeada esta unión. Tu padre la espera.
—¿Aún me queréis a pesar de... a pesar de...?
—¿...A pesar de haber sido completamente deshonrada por el Diablo? —
terminó crudamente él—. Tu cuerpo me interesa, LALI, eso no lo puedo negar.
Pareces inocente, pero tienes fuego bajo esa apariencia. Quiero explorar ese fuego,
querida. Pero ¿casarnos? —Soltó una risa amarga—. Las mujeres como tú son dignas
de la cama de un hombre, pero no de llevar su apellido o darle hijos. Vas a ser mi
amante.
—¡De eso nada! —saltó LALI, indignada.
Don MARIANO la miró de cerca.
—Me pregunto —musitó— si protestaste tanto cuando el pirata te convirtió en
su fulana.
Ella se alzó bruscamente con la intención de salir de su vil presencia.
—Siéntate, querida, no montes un numerito delante de los criados. —Él cogió la
servilleta, la sacudió y se la puso sobre el regazo—. Ya lo discutiremos después de la
cena. No quiero que se me altere la digestión.
—Yo ya no tengo hambre, don MARIANO. Si me disculpáis, me voy a mi habitación
a preparar mi equipaje. Me marcho en el primer barco que zarpe.
Con un gesto brutal, él la agarró por la cintura, haciendo que el dolor le
arrancara un grito de los labios.
—He dicho que te sientes.
LALI se sentó de malos modos, frotándose la cintura en el punto donde los
dedos de él le habían amoratado la carne.
Él sonrió.
—Eso está mejor.
Los sirvientes entraron desfilando y sirvieron la elegante cena con toda la
pompa y el boato propios del estatus del gobernador general. Comieron en silencio,
MARIANO a grandes bocados y LALI a duras penas. Lo más sorprendente era que los
miedos de LALI no eran por lo que le pudiera pasar a ella, sino a PETER. Si a PETER
ella le importaba tan poco, ¿cómo iba a lograr convencerlo de que le perdonara la
vida a PETER?
—Tomaremos café en mi alcoba —dijo MARIANO apartando la silla de LALI.
LALI habría deseado estar en cualquier lugar donde no tuviera que verse a
merced de MARIANO. ¿Cómo había podido su padre hacerle una cosa así?
—Ven, querida, hay cosas que tenemos que aclarar.
LALI le precedió subiendo las escaleras, con el corazón saliéndosele del pecho y
las rodillas que le fallaban. Lo único que quería aclarar con don MARIANO era la
liberación de PETER. Y para ello no necesitaba la intimidad de su alcoba. ¿Qué iba a
hacer si él pretendía meterla en su cama aquella misma noche? ¡No podría
soportarlo! No iba a ser capaz.
El saloncito de la alcoba de don MARIANO era pequeño e íntimo, decorado con ricos
muebles oscuros y muy sólidos. La noche era cálida y las ventanas, que daban a un
balcón, estaban abiertas para que corriera la brisa del mar. Percibió el olor a flores
que se elevaba del jardín tapiado que había debajo. Se sentó con cautela al borde del
pequeño sofá, observando con preocupación cómo don MARIANO se sentaba a su lado.
—Bueno, ¿por dónde íbamos? —retomó MARIANO—. Ah, sí, ya me acuerdo. —Le
puso la mano en la mejilla y se la acarició con el reverso del dedo. LALI se puso
tensa. Un gesto que debía entrañar ternura resultó, en cambio, feo y mezquino—.
Estaré encantado de que seas mi amante.
—Don MARIANO, no podéis estar hablando en serio. Mi padre confía en vos. Se
quedaría espantado si supiera cómo me estáis tratando.
—Don Eduardo te ha dejado bajo mi custodia, LALI. Ha insultado mi orgullo al
ofrecerme esa dote que no podía rechazar. Él sospechaba que estabas echada a perder
y ha querido deshacerse de ti para evitarse la vergüenza de tu lamentable
comportamiento con el pirata. Lo que haga yo ahora contigo es asunto mío.

lunes, 12 de diciembre de 2016

CAPITULO 32

¿Qué hombre en su sano juicio la dejaría marchar por propia voluntad una vez que 
ella le hubiese llenado la cama de gloria? 
—VICO, cuánto me alegro de volver a veros —dijo don MARIANO mientras le 
apretaba la mano a modo de bienvenida. Desvió la mirada de manera casi insultante 
hacia LALI—. Y tú has cambiado mucho, querida.
—La última vez que nos vimos yo tenía diez años —dijo LALI con amargura.
—Sentaos, sentaos. Tenéis que contármelo todo. No esperaba veros en La
Habana. Cuando me enteré de que el Santa Cruz había sido hundido y a ti te había
raptado el infame Diablo, perdí toda esperanza de volver a verte. Debes de haber
sufrido mucho. Vuestro padre debe de haber tenido que desprenderse de una
fortuna para recuperarte.
VICO se aclaró la garganta.
—Hay muchas cosas que vos no sabéis, Excelencia. Tal vez lo mejor fuese que
LALI vaya a descansar mientras nosotros discutimos el asunto que tenemos entre
manos.
—Perdóname, querida —dijo don MARIANO volviéndose hacia LALI—. Debes de
estar agotada. —Tiró del cordel del badajo para convocar a un lacayo que recibió
instrucciones de conducir a LALI a una de las habitaciones de invitados y llamar a
una sirvienta para que atendiera sus necesidades. Cuando LALI se hubo ido, don
Diego volvió su mirada negra y resplandeciente hacia VICO—. Ahora podéis
empezar, señor ESPOSITO. Contádmelo todo.
Arturo se quedó contemplando a don MARIANO, estudiándolo en silencio. Hacía
años que no veía a aquel hombre, pero lo encontró poco cambiado por el paso del
tiempo. De estatura media, su figura aristocrática y esbelta y su postura arrogante
daban idea de su carácter voluble y de su naturaleza cruel. Sólo aquellos que habían
tratado con él de cerca conocían su lado oscuro y vengativo. La boca, bajo el fino
bigote, mostraba sus dientes perfectamente blancos y su naturaleza interesada. A
pocas personas se les permitía conocer al verdadero don MARIANO. Sólo mostraba de sí
mismo lo que favorecía a sus propósitos.
Pero a VICO, un hombre más conocido por su temperamento explosivo que
por su buen juicio, don MARIANO le pareció un caballero digno y sensato, capaz de tratar
con amabilidad a su hermana. Cuando hubo llegado a esa conclusión, VICO se
lanzó a relatar vividamente el rescate de su hermana, sin mencionar el detalle de que
LALI había sido descubierta en la cama del pirata. Tampoco explicó los motivos de
la boda precipitada a bordo del Santa María.
—Nuestro padre pensó que lo mejor sería traer a LALI y al pirata directamente
a La Habana —explicó VICO al llegar al final de su relato—. Una vez que os hayáis
encargado de la ejecución del pirata, LALI estará libre para volver a casarse. —
VICO sonrió, pensando que había manejado la situación con bastante sensatez en
ausencia de GAS.
Pero no era tan fácil engañar a don MARIANO.
—¿Por qué considerasteis vos y vuestro hermano que era necesario obligar al
Diablo y a LALI a casarse? —Tenía la expresión rígida, la voz tensa.
—Pensamos que era necesario para acallar los rumores que van a surgir en
torno al secuestro de LALI. Como pronto va a quedar viuda, no creo que eso vaya a
causar ningún problema.
—Mmm... —dijo don MARIANO golpeteando su escritorio con los dedos—. Puede
que tengáis razón. Aun así, todavía no me habéis dicho lo que realmente quiero
saber. —Miró fijamente a VICO a los ojos—. ¿Ha mancillado el pirata a la mujer que
me estaba destinada?
VICO tragó saliva con visible dificultad. Tenía la esperanza de que ese asunto
tan delicado no saliera a la luz. Por desgracia, era algo que don MARIANO tenía derecho a
saber.
—Tenemos buenas razones para creer que sí. Pero nuestro padre se preparó
para semejante desgracia y tomó medidas. Ya os he dicho que hemos recuperado la
dote de LALI en su totalidad. Lo que aún no he mencionado es que, en vista de lo
ocurrido, nuestro padre, en su generosidad, ha duplicado la cantidad que había
acordado inicialmente con vos. Todos los doblones de oro, todas las joyas y todas las
piezas de plata están, intactos, a bordo del Santa María. Y todo eso os pertenecerá a
vos en cuanto os caséis con LALI.
Los ojos de don MARIANO brillaron con placer avaricioso.
—¿Ha duplicado la dote? —repitió, con la mirada turbia de emoción. La dote de
LALI ya era generosa antes de que su ansioso padre la incrementara.
En aquel preciso momento anunciaron la llegada de GAS, que exigía
audiencia inmediata con don MARIANO. El gobernador general se la concedió. Se le
ensombreció el semblante cuando vio a PETER, que entraba en la sala arrastrado
por GAS y sus hombres.
—Así que éste es el infame Diablo —dijo don MARIANO fríamente y con desdén—,
el azote del Virreinato de Nueva España. Ahora ya no parecéis tan peligroso, pirata.
—Se llama PETER LANZANI— le informó GAS—. Es cortesano de la reina de
Inglaterra.
—Lástima que vaya a morir de forma tan poco aristocrática en La Habana. —
Don MARIANO sonrió levemente. La de aquel infame Diablo iba a ser una muerte lenta—.
Ha mancillado a mi prometida y se ha enriquecido saqueando a los españoles.
Quiero ver a este hombre en el infierno por todo lo que me ha robado.
PETER, divertido, torció el gesto con ironía.
—Ningún hombre, incluido vos, obtendrá de LALI lo que a mí me dio por su
propia voluntad. Si a vos o a sus hermanos os preocupara lo más mínimo su
bienestar, la devolveríais al convento. Eso es lo que ella quiere.
—¡Canalla! —don MARIANO le asestó a PETER un brutal golpe a la altura de la
cintura que le hizo tambalearse hacia atrás—. Tengo intención de dejar a LALI viuda
muy pronto, y me voy a casar con ella como don Eduardo y yo teníamos planeado.
Pero antes os voy a hacer sufrir por haber mancillado a mi futura esposa. Una muerte
rápida es poco para lo que se merece semejante malnacido violador de españolas.
Antes de que PETER hubiera logrado recomponerse, don MARIANO llamó a los
guardias e hizo que se lo llevaran a los calabozos situados cerca del Malecón, en ellos
el aire enrarecido y sucio y la humedad amansaban rápidamente a los presos más
recalcitrantes, si es que no enfermaban y morían antes.
Cuando se llevaron a PETER de la sala a rastras, don MARIANO se volvió como una
fiera a encarar a los hermanos ESPOSITO.
—¿No será que vuestra propia hermana se prestaba de buen grado a ser la
barragana del pirata? Quiero la verdad.
VICO se levantó disparado de su asiento, pero GAS, sabiamente, lo
retuvo.
—Nuestra hermana fue forzada, don MARIANO. LALI era una inocente, criada
como Dios manda en un convento. Confío en que no estaréis pensando que ella incitó
al pirata a que la violara.
—Por supuesto que no, no creo que LALI tenga ninguna culpa —mintió don
MARIANO con diplomacia—. Es joven. No temáis, ella y yo nos vamos a llevar muy bien
una vez que entienda cuál es su lugar. Y en cuanto a la dote —le recordó a
GAS—, ¿la habéis traído con vos? ¿No me habrá mentido VICO al decirme que
don Eduardo, en su generosidad, ha duplicado la suma que habíamos acordado? —
Estaba casi salivando.
—Mi hermano ha dicho la verdad. Nuestro padre ha incrementado la dote de
LALI con la esperanza de que esa pequeña indiscreción suya sea más fácil de pasar
por alto.
—Es muy generoso —dijo don MARIANO—, aunque tampoco era necesario. LALI
es un tesoro. Fue una sabia decisión casarla con ese granuja inglés. Eso dará reposo a
las malas lenguas. Una vez que sea viuda, la gente se olvidará de su deshonra. Podéis
dejar a PETER LANZANI a mi cargo: será ejecutado de la manera oportuna. Podéis
marcharos tranquilos de La Habana sabiendo que LALI está ahora bajo mi
protección.
—Gracias, don MARIANO —dijo GAS—. Nosotros tenemos que marcharnos de
inmediato. El rey Felipe necesita todos los barcos que pueda conseguir para su
expedición. Se está reuniendo en Lisboa una armada muy grande que pronto va a
navegar por aguas inglesas. La reina hereje será destituida por la gloria inmensa de
Dios. Con un poco de suerte, el Santa María puede llegar a tiempo para unirse a la
armada.
—Daos prisa, amigos míos. Voy a enviar a mis hombres de más confianza al
Santa María para descargar la dote de LALI y ponerla bajo mi custodia. También voy
a autorizar a mi secretario a que os pague la recompensa por haber apresado al
infame Diablo. Se os dará todo lo que necesitéis para aprovisionar vuestro barco para
la travesía.
—¿No deberíamos despedirnos antes de LALI? —preguntó GAS, no tan
seguro, de repente, de las intenciones de don MARIANO hacia su hermana. No había
mencionado el matrimonio. Aquel hombre era demasiado diplomático, demasiado
frío y calculador. Estaba empezando a preguntarse vagamente si VICO y él habían
hecho bien en traer a LALI a La Habana.
—Mejor será no añadir más disgustos a los que ya tiene. Yo le comunicaré
vuestra partida de la forma más amable posible.
—No sé —dijo GAS lleno de dudas—. LALI estará esperando encontrarse
con nosotros esta noche.
—Don MARIANO tiene razón —apoyó VICO, que tenía sus ansias puestas en el
dinero de la recompensa—. Es mejor que dejemos a LALI con su prometido. Él se
encargará de hacer lo que corresponde. Nosotros ya hemos cumplido con nuestra
misión. Nuestro padre puede estar satisfecho.
GAS no estaba del todo convencido, pero dejó sus dudas a un lado. A fin
de cuentas, MARIANO MARTINEZ era un hombre honrado y respetable.
Don MARIANO había puesto a disposición de LALI todo tipo de lujos y
comodidades. Ella había agradecido poder darse ese baño que tanto necesitaba, y
después había probado la comodidad de la cama. Enseguida se había quedado
dormida y, más tarde, la despertó la criada diciéndole que don Diego contaba con su
presencia en la cena. Y que la cena se servía a las nueve en punto.
LALI quería estar lo más guapa posible, y se puso uno de los hermosos vestidos
de su ajuar. La seda de la que estaba hecho tenía un reflejo amarillo de un encanto
especial y, en cuanto a su forma, el cuello se cerraba en una ancha golilla que rodeaba
su garganta y enmarcaba la delicada belleza de su cara. La sirvienta chasqueó la
lengua con desaprobación ante el corte tan poco a la moda del pelo de LALI; pero
cuando le hubo colocado la mantilla de encaje sobre la peineta azul turquesa en lo
alto de la coronilla, su falta de pelo resultaba apenas perceptible.
Había un motivo importante para que LALI quisiera estar más guapa que
nunca. Aún albergaba la esperanza de convencer a sus hermanos y a don MARIANO de
que le salvaran la vida a PETER. Era una flaca esperanza, pero una esperanza al fin
y al cabo. Si fracasaba, esperaba convencerlos de que la dejaran pasar el resto de sus
días en un convento para redimir sus pecados. Si PETER iba a morir en plena flor de
la vida, ella no le encontraba el sentido a la suya propia. Preferiría verlo con otra
mujer antes que verlo muerto.
Al dar las nueve, LALI bajó delicadamente por la curva que dibujaba la larga
escalera hacia la planta baja. Don MARIANO la estaba esperando al pie de la escalera.
—Has sido puntual; qué agradable detalle. —La recorrió de pies a cabeza con
una mirada penetrante que detuvo a la altura de su cara. La admiración brilló en las
profundidades vibrantes de sus ojos. Pero por detrás de la admiración merodeaba
otra cosa: algo profundo, oscuro y perturbador.
—Siempre soy puntual —murmuró LALI.
Él le ofreció su brazo y ella lo aceptó con elegancia, reprimiendo un escalofrío
de repulsión. Apenas conocía a aquel hombre, pero ya lo había juzgado severamente.
Ningún hombre podría salir bien parado al compararlo con su apuesto pirata.
Pasaron al comedor, que la luz de las velas que había en los candelabros mantenía en
penumbra. ALALI observó la habitación y estuvo a punto de desmayarse al ver que la
mesa estaba puesta para dos.
—¿No van a cenar mis hermanos con nosotros esta noche?
A él se le puso un brillo oscuro en los ojos. La sonrisa que le arqueó los labios
tenía un aire siniestro a la luz de las candelas.
—Tus hermanos se han vuelto a España. Estaban ansiosos por llegar a tiempo
para unirse con el Santa María a la armada del rey Felipe. —La hizo sentarse en la
silla que había a su derecha y, acto seguido, se sentó él a la cabecera de la mesa.
—¿Sin despedirse de mí? Ellos no harían una cosa semejante. ¿Qué les habéis
hecho?

domingo, 11 de diciembre de 2016

CAPITULO 31

La Habana, Cuba 
La profundidad del agua en el puerto de La Habana permitió al Santa María 
fondear junto al Malecón y tender la pasarela directamente al muelle. A lo largo de 
los años, la población parecía haber sufrido abundantes ataques de piratas ingleses, 
franceses y holandeses. En 1537, la ciudad fue saqueada e incendiada y justo un año
antes de que hubiera pasado medio siglo, en 1586, padeció la amenaza de Sir Francis
Drake. No era de extrañar que el rey Felipe II de España hubiese mandado construir
la Fortaleza de La Punta y el Castillo del Morro para defender la ciudad. Cuando la
población de La Habana estaba alcanzando los tres mil habitantes, la residencia del
gobernador general se trasladó de ESPOSITO de Cuba a La Habana.
De pie junto al pasamanos, Lucía vio la silueta del Castillo del Morro, que se
alzaba sombrío como un espectro contra el cielo azul brillante. Aún no estaba
terminado, pero estaba segura de que, cuando lo estuviese, serviría para disuadir a
los piratas merodeadores y a los invasores. Los hombros encorvados y la mirada
vidriosa daban fe de la desolación de LALI. Habían pasado casi una semana en alta
mar y ella había fracasado en su intento de encontrar la forma de liberar a PETER.
Era su marido. Cerró los ojos y apreció el sabor de la palabra en su boca, hasta
que recordó que los planes que tenía don MARIANO para PETER la iban a convertir en
viuda.
LALI no había encontrado el modo de ayudar a PETER. VICO y GAS la
vigilaban como perros de presa. Sólo se le había permitido salir a la cubierta en
compañía de sus hermanos. Lo único que había conseguido suplicando por la vida
de PETER era que la miraran con desprecio.
—¿Estás lista para bajar a tierra? —le preguntó GAS cuando llegó hasta
donde ella estaba.
—Todo lo lista que soy capaz de estar, GAS. ¿No hay nada que pueda decir
para persuadirte de que me lleves de vuelta al convento? No quiero convenirme en la
esposa de don GAS. Nunca he querido.
—Es por tu propio bien, LALI. VICO y yo queremos que seas feliz. Don MARIANO
cuidará bien de ti. —Clavó la mirada en el vacío y suspiró con fuerza—. Asegúrate
de taparte la cabeza. Los trasquilones que tienes en el pelo son una vergüenza.
—Ya te he contado por qué me lo corté —dijo LALI—, Ya me volverá a crecer.
No me has dicho lo que vais a hacer con PETER.
—Su destino ya está escrito. Su muerte te asegurará el futuro. Don MARIANO no se
puede casar contigo mientras no seas viuda. No te preocupes, todo va a salir bien.
A LALI se le puso en los ojos una mirada de angustia.
—No lo entiendes, ¿verdad, GAS? Yo... —se mordió la tierna carne de
dentro del labio —amo a PETER.
GAS la miró como si no estuviera bien de la cabeza.
—Ese canalla te ha destrozado la vida. ¿Cómo puedes amarlo? Qué ingenua
eres, LALI, si piensas que le importas a ese sinvergüenza. Deja de intentar
convencerte de que tú lo amas. Don MARIANO es un hombre de más edad y más sabio; él
te guiará por el buen camino.
—No, yo...
—Ah, ya ha llegado VICO. Él te llevará con don MARIANO. Yo os seguiré más
despacio con el prisionero. Nos reuniremos en la mansión del gobernador general.
GAS se apresuró a marcharse, ignorando las súplicas de su hermana en
favor del pirata. Su hermana aún era joven. No sabía nada de las tribulaciones de la
vida, ni de los hombres que se aprovechan de personas inocentes. Él tenía la certeza
de que don MARIANO iba a ayudar a LALI a olvidarse del pirata y de lo que le había
hecho.
LALI ya estaba en el muelle con VICO cuando Julio y Mateo subieron por la
fuerza a PETER a la cubierta. Los grilletes que le habían puesto entrechocaban
ruidosamente mientras se arrastraba penosamente escalera arriba hasta la cubierta,
donde GAS lo estaba esperando. Pero la breve visión que tuvo de LALI le dejó
la satisfacción de saber que ella estaba bien.
Era su esposa. Aquel pensamiento le brindó cierta satisfacción, a pesar de lo
improbable que resultaba. Pronto iba a morir, y ella sería su viuda y la esposa de
otro. ¡Maldición!
Obligado a avanzar por GAS y sus hombres, PETER anduvo por las calles
estrechas y abarrotadas hasta la mansión del gobernador general, arrastrando las
cadenas tras de sí. Era objeto de todo tipo de especulaciones por parte de la gente que
se paraba a mirarlo boquiabierta. Cuando Julio proclamó orgulloso que el prisionero
que llevaban no era otro que el infame Diablo, se alzó una protesta general contra el
cruel pirata que había estado saqueando el Virreinato de Nueva España sin
compasión durante los últimos años.
—No temáis, buena gente —prometió GAS—; el pirata será llevado ante el
gobernador general. Tengo entendido que a don MARIANO no le tiembla la mano a la
hora de imponer duros castigos. Se hará justicia.
LALI y VICO fueron conducidos de inmediato al despacho de don MARIANO. Él
los saludó efusivamente, sin dejar ni por un instante de examinar a LALI con su
mirada oscura e inteligente. Cuando su secretario le hizo saber los nombres de los
visitantes, le costó dar crédito al hecho de que el infame Diablo hubiera dejado
marchar a su prometida y ella estuviera en La Habana. Por lo que él sabía, no se
había pedido ningún rescate. Con sólo echarle un vistazo a LALI, supo por qué el
Diablo se había apoderado de ella. LALI ESPOSITO era de una belleza deslumbrante.

sábado, 10 de diciembre de 2016

CAPITULO 30

PETER le lanzó a LALI una mirada perpleja. 
—¿Casarme? ¿Queréis casarme con vuestra hermana? ¡Por todos los demonios! 
—Os casarán enseguida, Capitán —continuó GAS con suavidad—. Pero no 
temáis, que la boda no va a durar mucho. Y tampoco habrá viaje de bodas. Por 
fortuna para LALI, cuando os ejecuten en La Habana se quedará viuda, y así don
MARIANO y ella podrán casarse según el plan original. Pero antes tendréis que hacer
testamento dejándole todos vuestros bienes mundanos a vuestra desconsolada viuda.
Dicen los rumores que sois inmensamente rico.
—Si lo que queréis es que me ejecuten, ¿para qué os molestáis en celebrar una
boda? —preguntó con calma PETER.
—Porque habéis deshonrado a nuestra hermana. El honor de los ESPOSITO exige
que lavéis la afrenta que le habéis hecho. Yo creo que le sentará bien ser viuda. El
honor de don MARIANO quedará restaurado y todo será como debía ser.
PETER le lanzó a LALI una mirada despectiva.
—Hay que admitir que no le sienta mal el negro. ¿Y qué pasa si yo no accedo a
casarme?
—Accederéis, porque no tenéis elección —le amenazó VICO, agitando el puño
cerrado ante las narices de PETER—. Ya sé que el bienestar de LALI os trae al
fresco; pero ella se merece ser feliz. Le resultará mucho más apetecible quedarse
viuda que admitir que era la ramera de un hombre.
LALI palideció.
—¡VICO!
A PETER se le puso el rostro tenso de rabia. Llamar ramera a LALI era una
blasfemia. Si no hubiera estado encadenado le habría hecho tragarse sus palabras a
aquel hermano suyo.
—Es la verdad, LALI —replicó VICO—. Todo el mundo te considerará una
ramera. Casarte con este pirata antes de que lo ejecuten es lo único que puedes hacer
para redimirle. —Y, dándole un empujoncito al padre Ricardo, añadió—: Podéis
empezar con la ceremonia, Padre.
LALI miró a PETER como pidiéndole disculpas, pero él siguió fulminándola
con la mirada. Ambos eran meros títeres en el plan de sus hermanos para devolverle
la respetabilidad, y ninguno de los dos podía hacer nada para evitarlo. Cuando el
padre Ricardo le pidió que respondiera, ella lo hizo sin vacilar. Accedía a convertirse
en la esposa legítima de PETER. La reticencia de PETER era sencillamente evidente.
Sólo cuando VICO le pinchó con la punta de la espada dijo, aunque con voz hosca,
que aceptaba a LALI como su legítima esposa.
En el abrumador espacio de un momento se había convertido en un hombre
casado. Contempló a LALI, sorprendiéndose al comprobar lo poco que se arrepentía
de haberla hecho su esposa. En cuanto se terminó la breve ceremonia, le obligaron a
firmar un testamento escrito por el padre Ricardo, que hacía también de testigo, en el
que dejaba todos sus bienes a LALI, su bienamada esposa.
—¿No me va dar la novia un beso? —preguntó PETER, dedicándole una
sonrisa sardónica a LALI.
GAS le lanzó una mirada fiera; luego abrió la puerta y llamó a Julio.
—Llévatelo otra vez a la bodega y vigílalo bien.
—¡Esperad! —gritó LALI. ¿Es que iban a terminar así las cosas? ¿Cómo iba ella
a poder vivir sabiendo que tenía la culpa de la muerte de PETER? Prefería morir con
él a casarse con don MARIANO—. Quiero hablar a solas con PETER.
—¡Imposible! —bramó VICO—. Ese malnacido te ha desgraciado hasta un
punto que no tiene perdón. Da gracias a que te hemos devuelto tu reputación.
—PETER es mi marido —insistió LALI.
—No por mucho tiempo —replicó GAS—. Estamos cumpliendo con
nuestro deber hacia ti, hermanita. Sólo queremos lo mejor para ti. Acepta con
elegancia tu destino. Tu futuro está con don MARIANO. Y una vez que hayan despachado
a ese pirata al infierno te olvidarás hasta de que ha existido.
A LALI le parecía altamente improbable que pudiera olvidar jamás a PETER.
—Llévatelo —repitió VICO. Julio acercó a PETER la punta de su espada.
PETER dudó un instante, le lanzó a LALI una mirada abrasadora por encima del
hombro y salió arrastrando los pies.
A LALI le partía el corazón que PETER estuviera en una situación
absolutamente desesperada. ¿Desde cuándo se sentía invadida por aquellas
emociones tan fuertes?, se preguntaba, abatida. ¿En qué punto del camino había
dejado de pensar en PETER como en un odioso pirata?
¿Cuándo había empezado a amarle?

viernes, 9 de diciembre de 2016

CAPITULO 29

PETER se metió la camisa por los hombros. Era suave y holgada y se ajustaba a 
su estructura muscular sin reventar por las costuras. Cuando estuvo vestido, Julio 
volvió a ponerle los grilletes en las muñecas y, pinchándole con la punta de la 
espada, le hizo subir la escalera. 
—Se requiere vuestra presencia en el camarote del capitán —dijo con una
sonrisita—. Una mujer no puede convertirse en viuda hasta que se ha casado como
corresponde y su marido abandona este mundo por el otro. —Para entonces, todos
en el barco estaban al tanto de los planes que los ESPOSITO tenían para el Diablo.
PETER se arrastró de mala gana escalera arriba, con el cuerpo magullado
resintiéndose del brutal tratamiento que había sufrido. Con la impedimenta de las
cadenas, iba arrastrando los pies lenta y acompasadamente. Cuando llegaron a la
cubierta parpadeó repetidas veces, casi cegado por la fuerte luz. La luz de la mañana
se había presentado mientras PETER yacía inconsciente en la bodega, y con ella le
llegó el conocimiento de que estaba a bordo de un barco con destino a Dios sabía
dónde.
Lo empujaron bruscamente por la cubierta hacia el camarote del capitán. Iba
dando traspiés con las cadenas, hasta que se cayó de narices al suelo. Cuando levantó
la cara, vio a LALI. La encontró demacrada, triste y exhausta.
—¿Qué le habéis hecho a LALI? —les espetó.
VICO se le fue a echar encima, pero GAS lo contuvo.
—No le hemos hecho nada a nuestra hermana. Sois vos quien la ha perjudicado.
La habéis violado. Ella era inocente hasta que vos la raptasteis y la hicisteis vuestra
amante.
La mirada de PETER se posó de forma desconcertante en LALI.
—¿Ha dicho ella que yo la he violado?
—No hacía ninguna falta. La encontramos en vuestra cama —respondió
VICO—. Lo vais a pagar con vuestra vida, Capitán. Pero antes tenéis que reparar lo
que le habéis hecho a nuestra hermana. ¡Levantaos!
LALI tenía el corazón puesto en PETER, sentía de forma aguda su miedo y su
confusión. Habría querido acercarse a él, ayudarlo a levantarse del suelo, pero no se
atrevió. Cualquier movimiento que hiciera hacia él tendría el efecto de poner a sus
hermanos aún más en su contra. Más tarde, cuando hubieran acabado de celebrar
aquel matrimonio forzoso y se les hubiera enfriado un poco el enfado, intentaría
encontrar la forma de liberar a PETER antes de que se lo entregaran a don MARIANO. La
mera idea de que pudieran matarlo la ponía físicamente enferma.
PETER se levantó él mismo dolorosamente del suelo, con las facciones
sombrías.
—¿Qué queréis de mí? Para devolverle a LALI la inocencia lo que necesitaríais
es un milagro.
VICO volvió a abalanzarse hacia PETER, pero GAS se interpuso entre
ellos.
—Os vais a casar con mi hermana, Capitán —le informó fríamente GAS—.
El padre Ricardo estará encantado de celebrar la ceremonia.

jueves, 8 de diciembre de 2016

CAPITULO 28

PETER se enderezó de un salto. Le costó un instante aclarar sus pensamientos,
y cuando lo hizo se maldijo a sí mismo por idiota. Intentó alcanzar su espada, que
nunca dejaba muy lejos, pero ya era demasiado tarde. En un abrir y cerrar de ojos se
le echaron encima más hombres de los que podía contar. 
LALI soltó un grito y trató de taparse con la sábana. Los intrusos la miraban
con lascivia, y el pánico se apoderó de ella. ¿Habrían invadido la isla brutales piratas,
o nativos poco amistosos? Dio un respingo cuando reconoció a su hermano, y supuso
que lo habían enviado para rescatarla.
—Tápate —gruñó VICO, lanzándole a LALI una mirada violenta y ceñuda—.
¿Qué ha sido de mi inocente hermana?
Y entonces sucedió todo tan rápido que LALI apenas tuvo tiempo de pensar, y
mucho menos de hablar. Los secuaces de VICO embistieron contra PETER, y al
mismo tiempo PETER arrastró a LALI fuera de la cama. Tuvo que contemplar con
horror creciente la paliza que le dieron a PETER hasta dejarlo inconsciente.
—Llevadlo al barco —ordenó VICO a sus hombres. Luego volvió la atención
hacia LALI—. ¿Dónde está tu ropa?
—Hay un baúl en mi dormitorio —señalaba hacia un cuarto del fondo del
pasillo—. ¿Qué le vas a hacer a PETER?
—No te preocupes por él, que no te volverá a hacer daño —dijo secamente
VICO—. Estará a buen recaudo encadenado en la bodega hasta que lleguemos a La
Habana. El Diablo no volverá a corromper a ninguna mujer.
—¡A La Habana! —LALI parecía perpleja—. Pero ¿para qué vamos a ir a La
Habana? Yo quiero volverme al convento.
—Eso ni se plantea. Adonde hay que llevarte es con tu prometido. —VICO
entrecerró los párpados y la fulminó con la mirada—. ¿Qué demonios te has hecho
en el pelo?
—Me lo corté. Pero olvídate de eso ahora. Sabes tan bien como yo que don
MARIANO ya no me va a aceptar. —Se había imaginado que sentiría una vergüenza
espantosa por el pecado que había cometido con PETER, pero para su sorpresa no
era así—. Me has encontrado en la cama de PETER. Don MARIANO me va a repudiar; es
un hombre de honor.
—No te metiste por tu gusto en la cama de ese pirata —dijo arteramente VICO.
Su expresión se volvió adusta cuando comprendió lo que había que hacer para salvar
la reputación de su hermana. Él y GAS ya habían discutido lo que ocurriría si de
hecho el Diablo había violado a su hermana—. Don MARIANO tendrá en cuenta tu
viudedad y te aceptará con una generosa ampliación de tu dote.
—¿Mi viudedad? No... no te entiendo.
—Ahora no hay tiempo para explicaciones. Vístete. Tenemos que volver al
barco antes de que nos descubran.
—Deja a PETER en Andros —le suplicó LALI—. Ya me tienes a mí, no hay
necesidad de seguir derramando sangre.
—¿Que deje aquí al Diablo? ¿Te has vuelto loca? GAS me cortaría la
cabeza. Han ofrecido una sustanciosa recompensa por ese pirata. Te ha deshonrado a
ti, una joven inocente que iba al encuentro de su prometido. El Diablo merece morir
por sus muchos delitos de piratería contra España. Estoy seguro de que don MARIANO le
reservará una muerte lenta y dolorosa.
Tiró de ella hacia su dormitorio y la empujó dentro.
—Date prisa y vístete. Yo me quedo aquí mismo esperándote. Uno de mis
hombres llevará tu baúl a bordo del Santa María en cuanto estés lista.
PETER volvió en sí poco a poco, notando que le dolía la cabeza y tenía el
cuerpo magullado. Los hombres de ESPOSITO le habían vapuleado hasta que perdió el
sentido y luego lo arrastraron desnudo por el barco y lo encadenaron a un tabique de
la fría, húmeda y mohosa bodega. Estaba oscuro; oyó el correteo de las ratas y las
sintió pasar rozándole las piernas desnudas. Lanzó patadas al aire, maldiciendo con
ferocidad cuando uno de los roedores le hundió los afilados dientecillos en el tobillo.
Su único consuelo era que LALI no estaba sufriendo. Su hermano nunca le haría
daño.
Por enésima vez, PETER maldijo su propia falta de cuidado. Estaba tan
embobado con LALI que en ningún momento había considerado la posibilidad de
que Santiago enviara a sus hijos a asaltar su fortín de Andros. Antes de perder el
conocimiento había oído a alguien decir que los cofres que contenían la dote de Lucía
habían sido localizados en un almacén e iban a ser trasladados al galeón. A él el botín
no le importaba, y por él se lo podían quedar. Lo que de verdad le dolía era perder a
LALI sin haber tenido ocasión de decirle... Demasiado tarde. Endemoniadamente
tarde.
Mientras PETER lamentaba su destino, LALI estaba sentada en el espacioso
camarote del capitán con la cabeza gacha mientras sus hermanos la reprendían
rotundamente. El cura encargado de aconsejar a LALI después del rescate
permanecía de pie a un lado, con un gesto tan reprobatorio como el de los dos
hermanos. Los tres consideraban que su actitud hacia el infame pirata era
escandalosamente licenciosa.
—¿Cómo puedes pedir piedad para ese malnacido, después de lo que te ha
hecho? —se encolerizó VICO.
—Porque él te forzó, ¿verdad? —inquirió GAS, más razonable.
—Al principio... no exactamente... fue más bien como... seducción.
—¿Te metiste por tu propia voluntad en su cama? —tronó VICO—. ¿Me estás
diciendo que tú misma te prestaste a ser la amante del Diablo?
—No exactamente —se defendió LALI—. Por lo menos al principio no, en todo
caso. Le supliqué que me devolviera a casa. Incluso me hice pasar por monja, pero al
final PETER se salió con la suya.
—Deberías haberte quitado la vida —dijo severamente el cura, avanzando hasta
el círculo de luz—. Pero lo que ya está hecho no se puede cambiar. Debemos
rectificar este terrible error de inmediato.
LALI levantó los ojos, mirando directamente al cura.
—No deseaba morir por mi propia mano. Como vos decís, lo hecho, hecho está.
Desafortunadamente, nada que no sea un milagro puede cambiar lo que ya ha
ocurrido. Si me aceptan en el convento, dedicaré el resto de mi vida a Dios.
—Eso no va a ser necesario, LALI —le aseguró GAS—. Ese miserable te ha
seducido, y nos vamos a encargar de que haga lo que corresponde por ti antes de que
muera. Estás prometida con don MARIANO, y está en juego el honor de nuestro padre.
VICO y yo haremos lo necesario para asegurarnos de que don MARIANO no tenga que
buscarse ninguna otra novia.
LALI enarcó las cejas.
—No lo entiendo. ¿Cómo vais a arreglar las cosas? Ya nada es lo mismo. Don
MARIANO espera una novia inocente.
GAS y su hermano intercambiaron una mirada cómplice.
—La honra de don MARIANO quedará mucho más entera si se casa con una viuda,
en lugar de con una virgen deshonrada. Las viudas es normal que se casen.
—Pero yo no soy ninguna viuda. Don MARIANO no se va a creer una mentira tan
flagrante.
—Ah, querida hermana —la informó GAS—, la verdad es que sí lo serás,
en cuanto te hayas casado con el Diablo y a él lo ejecuten por los malvados actos de
piratería que ha cometido en alta mar. Una viuda riquísima, por cierto.
LALI estaba boquiabierta.
—¡Eso es ridículo! PETER no va acceder a eso. Y yo tampoco.
El cura dio un paso adelante.
—Estás muy perturbada, pequeña. Me disgusta ver cómo te ha embaucado ese
pirata para hacerte su amante. Tu familia no quedará satisfecha hasta que su pecado
contra ti quede reparado. La única manera de arreglar esto es casarte con el Diablo. Y
en cuanto el pirata sea ejecutado tú podrás continuar con tu vida. Serás una
respetable viuda. Una viuda rica. Don MARIANO estará complacido.
—No necesitamos tu conformidad, LALI —la previno VICO—. El padre
Ricardo te va a casar con ese pirata sin importar cuánto queráis oponeros cualquiera
de los dos. Lo va a hacer porque es lo que Dios quiere.
El padre Ricardo asintió sagazmente con la cabeza.
GAS se acercó a la puertGAS se sacó del bolsillo una llave y se la dio.
—Tráenos al pirata aquí arriba, Julio. Dale algo de ropa; no queremos que
ofenda a la novia en el día de su boda.
—Dios —el ruego de LALI se quebró en un sollozo—. Si accedo a casarme con
él, ¿le perdonaréis la vida?
—Si lo hiciéramos no serías viuda, ¿sabes? —dijo GAS—. No temas,
hermana, nosotros no mataríamos a un cuñado nuestro. Le dejaremos esa
desagradable tarea a don MARIANO. A nuestro padre le complacerá ver cómo hemos
arreglado las cosas.
Los dos hermanos eran parecidos de aspecto. Los dos morenos y apuestos,
esbeltos de cuerpo y de facciones elegantes. VICO, que era el más joven y el de
temperamento más explosivo, era algo más musculoso que GAS, el más
razonable de los dos. LALI los quería muchísimo a ambos, pero en aquel preciso
instante habría sido capaz de retorcerles el cuello.
PETER daba furiosas patadas al aire cada vez que uno de sus compañeros
peludos le atacaba directamente. Tiró de las cadenas que lo sujetaban, maldiciendo a
sus captores y a todos los españoles en general. En todos los años que habían pasado
desde que estuvo cautivo, jamás había llegado a imaginar que pudieran capturarlo
por segunda vez. Juró que, si lograba salir de aquélla, no le volvería a ocurrir nunca.
De pronto, PETER se puso tenso al percatarse de que alguien se acercaba desde
arriba. Una pálida luz se vertió por la rejilla que había en lo alto de la escalera de
mano. Se oyó un chirrido, y ante su vista apareció un hombre. Un marinero moreno
que se quedó mirando a PETER con palpable satisfacción.
—Ya no somos tan gallito, ¿eh, Diablo? —le dijo Julio en español rápido.
—Yo nunca lo he sido —le respondió PETER en el mismo idioma.
Sorprendido, el marinero le lanzó a PETER una mirada de admiración.
—Ya veo que habláis nuestro idioma. Mejor, porque así podréis participar
plenamente en la ceremonia de matrimonio que se va celebrar en vuestro honor.
Se acercó cautelosamente al tabique para soltar las cadenas de PETER del lugar
donde estaban sujetas a una argolla de hierro. Luego dio un paso atrás, apuntándole
con la espada desenvainada.
Al poco, un segundo marinero se asomó por la escalera con un fardo bajo el
brazo.
—¿Estás ahí abajo, Julio?
—Has llegado justo a tiempo, Mateo. Dale al capitán la ropa. No estaría bien
que asistiera a la boda sin ropa adecuada.
Mateo bajó por la escalera y le tendió a PETER el hato de ropa ensartándolo en
la punta de su espada.
PETER dudó un instante antes de aceptar el andrajoso par de pantalones y la
camisa raída que le ofrecía. Los contempló un momento; luego se encogió de
hombros, mirándose las muñecas y los tobillos encadenados.
—Quitadme las cadenas.
—Primero las de las piernas —opinó Mateo—. No me fío de este malnacido.
Julio se acercó con cautela a PETER.
—Ponle la espada en la garganta, Mateo. Es un hombre peligroso. —Julio se
acercó hasta PETER y, agachándose, le abrió los grilletes de las piernas—. Ya está —
dijo, dando un paso atrás—, ya os podéis poner los pantalones.
PETER se embutió en aquellos deteriorados pantalones de lona que tan mal le
quedaban y se ató los cordones de la cinturilla. En cuanto terminó, Julio volvió a
ponerle los grilletes en los pies y le abrió los de las muñecas.
—Ahora la camisa —dijo, pinchando a PETER con la punta de su espada—. Y
no intentéis ninguna audacia. Estamos en alta mar; no tenéis escapatoria.