Los
días pasan y mi mejoría es patente. Con penita, el jueves me
despido
de Graciela y Dexter. Regresan a México, pero prometemos
vernos
aquí o allí.
Añoro
la compañía de Graciela. Es una niña tan buena que
es
imposible no echarla de menos. MARTINA sigue en casa. La verdad
es
que es encantadora. No he hablado todavía con Simona,
pero
conmigo, al menos la muchacha es muy maja.
PETER
vuelve al hospital. Tiene que hacerse una revisión por su
problema
en la vista. Marta me deja entrar con él mientras lo
atiende
y, acobardada, observo lo que le hacen. Cuando termina,
los
tres nos sentamos en el despacho de Marta y ésta pregunta:
—¿Te
ha dolido la cabeza últimamente?
—Un
par de veces.
Al
oírlo, protesto.
—¿Y
por qué no me lo has dicho?
—Porque
no quería preocuparte —responde PETER.
Resoplo
y miro a Marta, que me pide calma antes de
proseguir:
—PETER,
de momento todo va bien, pero si te vuelve a doler la
cabeza,
dímelo, ¿vale?
Él
asiente y, cuando salimos del hospital, mi alemán me
mira
y murmura:
—Sonríe
y yo sonreiré.
Días
después, cuando ya me encuentro muchísimo mejor de
mi
accidente, llamo a mi padre y le cuento lo ocurrido. Como
siempre,
el hombre se asusta y se molesta porque se lo he contado
a
toro pasado, pero también, como siempre, me lo perdona.
Es
un amor.
Hablo
asimismo con mi hermana, que es harina de otro
costal.
CANDE se enfada, gruñe y me llama descerebrada por
seguir
montando en moto. Yo la escucho... la escucho... y la
escucho
y cuando estoy a punto de mandarla a hacer gárgaras,
pienso
en cuánto la quiero y la sigo escuchando. No hay otro
remedio.
Cuando
por fin se explaya a gustito, le pregunto por VICTORIO. Sé por PETER que de
Bélgica regresó a España y no me
sorprende
cuando ella me dice que se han visto en Jerez. Pero
ahora
él ya ha vuelto a México, aunque la llama por teléfono
cada
dos por tres.
Suena
tranquila y parece sosegada, pero sé que sufre. No
dice
nada, pero lo pasa mal y por ello yo no voy a meter más el
dedito
en la llaga.
Al
colgar, me recuesto en la cama y me duermo. Cuando me
despierto,
a los diez minutos, Simona entra en mi cuarto con un
vasito
de agua y unas pastillas. Toca medicación. Cuando acabo,
ella
dice con guasa:
—¿Quieres
que veamos desde aquí Locura Esmeralda?
Empieza
en diez minutos.
Asiento.
Hago que se siente en la cama, se apoye en el
respaldo
y le pregunto:
—¿Qué
ocurre con MARTINA?
—¿Por
qué crees que ocurre algo?
Tentada
estoy de mentirle, pero es Simona y digo:
—Te
oí discutir con Norbert sobre su visita. Además, me he
fijado
y ella no tiene buen rollo ni contigo ni con PABLO, pero
todos
disimuláis. ¿Me vas a contar lo que pasa?
Simona
se toca la cara y, tras retirarse el pelo, dice:
—No
es mi sobrina, sino la de Norbert. Y la antipatía que le
tengo
es mutua. Según la madre de ese monstruito, trabajamos
sirviendo
por mi culpa y por eso siempre nos tratan con desprecio.
Pero
¿sabes qué?, prefiero ser sirvienta que un ser deplorable
como
esa niña, por muy licenciada en Económicas que sea.
—¿Por
qué dice eso?
—No
es trigo limpio, LALI. —Y, bajando la voz, añade—:
Ayer
mismo volví a discutir con Norbert por culpa de esa sinvergüenza.
Le
mete pajaritos en la cabeza y...
—¿Pajaritos?
¿Qué pajaritos?
—La
madre de MARTINA vive en Londres y quiere que, cuando
nos
jubilemos, nos traslademos también allí. Pero yo no pienso
ir
a Londres ni a ningún otro lado. Me niego.
Vaya
tela. Si es que en todas las familias hay líos. Y sin saber
qué
decirle al respecto, comento:
—Oí
que hablabas de lo ocurrido con PABLO, ¿de qué se trata?
—Ella
hizo algo muy feo de lo que no voy a hablar. Prefiero
que
sea el propio PABLO quien te lo cuente. Pero esa horrible
niña
es mala... muy mala.
Sin
saber a qué se refiere, voy a preguntar, cuando la
musiquita
de Locura Esmeralda comienza
y decido callar. Ya
seguiremos
en otro momento.
Con
la angustia reflejada en nuestros rostros, somos testigos
de
cómo Luis Alfredo Quiñones se recupera tras el tiro que
recibió
en el pecho, pero sufre amnesia y no recuerda nada. Ni
siquiera
que su amada es Esmeralda Mendoza y que es padre de
un
hermoso niño. Ella sufre. Nosotras sufrimos.
Madre
mía, ¡menudo culebrón!
Llega
octubre y mi accidente está olvidado. PETER y todos me
han
cuidado, todo va viento en popa y a veces siento un miedo
horroroso
de ser tan feliz.
En
este tiempo, PETER y yo hemos discutido un par de veces
por
el tema laboral. Yo quiero trabajar, pero él no quiere que lo
haga.
Cree que el hecho de que yo trabaje nos restará tiempo de
estar
juntos y nos traerá problemas.
No
soporto que me limiten la vida y, al final, cada vez que
hablamos
de ello, uno de los dos termina marchándose de la
habitación
dando un portazo.
En
ese tiempo, un par de domingos por la mañana, PETER,
junto
a Flyn y MARTINA, van al campo de tiro. Yo me niego. No me
gustan
las armas y prefiero mantenerlas fuera de mi vida.
Una
mañana, PETER me llama desde la oficina y me pide que
me
acerque al despacho de PABLO para firmar unos papeles.
Cuando
le pregunto qué papeles son y me contesta que se trata
del
testamento de los dos, me quedo fría. Tiesa. En Alemania
son
previsores hasta para eso.
Tras
razonarlo, entiendo sin embargo que eso es lo mejor.
Anda
que no evito problemas a mis familiares si realmente me
pasa
algo.
En
el despacho, todos me saludan con afabilidad. Soy la
señora
LANZANI y eso los sorprende a todos excepto a Helga,
que,
al verme, me saluda encantada. Yo me sonrojo un poco al
recordar
lo que hice meses atrás en el hotel con ella.
¡Uf...
qué calor!
Cuando
entro en el despacho de PABLO, los calores se convierten
en
sudores. La última vez que estuve aquí terminé sobre
la
mesa del despacho, desnuda y abierta de piernas.
PABLO,
al verme, se levanta y me da dos besos en la mejilla.
Con
profesionalidad, me enseña los papeles que PETER ya ha
firmado
y me entero de que nuestro amigo además de abogado
es
notario.
¡Menudo
partidazo es!
Guapo,
buenorro, elegante, abogado y notario, ¡casi ná!
Me
explica que PETER ha incluido en unas cláusulas a mi
padre,
hermana y sobrinas como beneficiarios. Eso me emociona.
Mi
marido piensa en todo. Al final, cojo un bolígrafo y
firmo,
convencida de que no me voy a morir y de que voy a vivir
muchos
años.
Cuando
acabamos, PABLO me propone comer juntos. Yo
acepto.
Quiero hablar con él de MARTINA.
¡La
necesidad de saber qué ocurre me corroe!
Caminamos
del brazo hacia el restaurante. PABLO bromea
continuamente
conmigo y yo no puedo parar de reír. Pedimos
vino
y brindamos por todos los años que PETER y yo vamos a vivir.
Entre
risas, vamos a comenzar a charlar de nuestras cosas
cuando
aparecen unos amigos de él y se sientan con nosotros.
Nuestra
charla se tiene que aplazar. Finalmente, pido una Coca-
Cola
y paso de vino.
Una
tarde en la que estoy aburrida en casa, recibo una llamada
de
Sonia. Quiere que vaya a verla. Acepto encantada. No
tengo
nada mejor que hacer.
Norbert
me lleva.
Cuando
llego, mi suegra me recibe con el cariño de siempre.
Es
maravillosa. Estamos charlando cuando, de pronto, suena en
la
radio la canción September,
de los Earth, Wind & Fire y Sonia
comenta
divertida:
—¿Sabes
que siempre que la oigo me acuerdo de la primera
vez
que te vi bailándola como una loca en aquel hotel de
Madrid?
—¿En
serio? —Ella asiente y yo añado—: Me encanta esta
canción.
—¡Y
a mí!
Ambas
reímos y, levantándose, propone:
—Pues
entonces, bailemos.
Nos
levantamos. ¡Mi suegra es la bomba! Sube el volumen y
comenzamos
a bailar como dos posesas, mientras cantamos:
Ba de ya, say do you remember.
Ba de ya, dancing in September.
Ba de ya, never was a cloudy day.
De
pronto aparece Marta, ¡la que faltaba!, y al vernos tan
animadas
se une a la fiesta y las tres bailamos como locas.
Cuando
acaba la canción, nos sentamos entre risas y
alboroto,
con el subidón de September.
La
asistenta que vive con Sonia nos trae unas bebidas
fresquitas.
Rápidamente, cojo una Coca-Cola. Estoy sedienta.
—Bueno,
mamá, pasado el momento euforia, ¿qué ocurre?
Eso
llama mi atención. ¿Ocurre algo?
Madre
e hija se miran, después Sonia me mira a mí y dice:
—Necesito
vuestra ayuda.
Marta
y yo nos miramos y mi suegra continúa:
—Ya
sabéis que rompí con Trevor Gerver hace meses,
¿verdad?
Asentimos.
—Pues
resulta, que, anteanoche, cuando estaba cenando con
un
amigo en un restaurante, lo vi aparecer del brazo de una
jovencita
monísima.
—¿Y
qué, mamá?
—Pues
que esa jovencita no tendría más de treinta años.
—¿Y
qué? —pregunto yo.
—Que
me dio mucha rabia verlo tan bien acompañado
—murmura
Sonia.
Yo
parpadeo. No entiendo nada. Sé que mi suegra pasaba de
ese
hombre. Entonces, Marta pregunta:
—¿Te
dieron celos?
—No,
hija.
—Entonces,
¿qué pasa?
—Pues
que me dio rabia que su acompañante fuera más
joven
que el mío.
Me
da la risa. No lo puedo remediar. Sonia nunca para de
sorprenderme
y Marta protesta.
—Mamá,
por favor, pero ¿de qué hablas?
Yo
sigo riéndome, cuando Sonia explica:
—Trevor,
al verme, se acercó a mí y me invitó a una fiesta
que
da mañana en su casa.
—¿Y
qué? —pregunta Marta.
—Pues
que es un problema, hija.
—Pues
no vayas —intervengo yo—. Si no te apetece, ¡con no
ir,
solucionado!
Ella
me mira y resopla. Yo cada vez entiendo menos qué
ocurre,
cuando Sonia, mirándonos, suelta:
—Quiero
ir a esa fiesta. Pero no con un hombre de mi edad.
Lo
que quiero es ir con un joven guapo y atractivo. Vamos, ¡de
240/500
escándalo!
Quiero que ese presumido de Trevor Gerver se dé
cuenta
de que una mujer como yo también puede levantar
pasiones
en los más jovencitos.
Bueno...
bueno... bueno... ¡si me pinchan no sangro!
—Mamá,
¿quieres contratar a un gigoló?
—No.
—Entonces,
¿qué es lo que quieres, Sonia? —pregunto, totalmente
perdida.
Desesperada,
la mujer nos mira y, tras beber de su bebida,
grita,
levantando las manos:
—Un
bombón, ¡eso es lo que quiero!
Marta
y yo nos miramos y segundos después rompemos a
reír.
Me
parto. ¡Me muero de risa!
Sonia
es la bomba y al ver que las dos no podemos parar de
reír,
protesta:
—Pues
vaya ayuda que tengo con vosotras.
—Mamá...
mamá... pero...
Marta
no puede continuar. Al verme a mí reír, sigue riendo y
Sonia
nos observa. Al final, conseguimos parar y mi cuñada
dice:
—A
ver, mamá, ¿cómo quieres que te ayudemos?
Y
al ver la cara con que nos mira, muerta de risa respondo en
su
lugar:
—Creo
que lo que quiere es que le busquemos un guaperas
del
Guantanamera, ¿verdad?
—Mamááááá
—protesta Marta.
—Pues
sí, hijas. Necesito un mulato sabrosón que sea buena
persona
y que deje a Trevor Gerver y su acompañante a la altura
del
betún —dice la mujer, aplaudiendo.
—Mamááááá
—repite Marta.
Una
vez desvelado su deseo, Sonia nos mira y añade:
—Si
esto no fuera importante para mí, no os lo pediría. Pero
sé
que vosotras podéis conocer a un muchacho decente que me
acompañe.
Cuando
puedo parar de reír, miro a Marta y ella, divertida,
responde:
—Vale,
mamá. Lo que quieres es un chico que te acompañe a
la
fiesta, no te meta mano y te deje como una reina delante de
todos,
¿verdad?
—¡Exacto,
hija! No quiero un putero, ni un gigoló que cobre
sus
servicios. Sólo un muchacho guapo, decente y divertido que
quiera
acompañar a una pobre anciana.
—No
te pases con el drama... Julieta —me mofo y Sonia se
ríe.
—Mamá,
lo de pobre anciana sobra, ¿no crees?
Ella
suelta una carcajada y, mirándonos, contesta:
—Vale,
vale... En resumidas cuentas, necesito un bombón
que
sea amigo vuestro y del que me pueda fiar.
—Se
lo podemos decir a Reinaldo —sugiero divertida.
—No
—dice Marta—, Reinaldo estuvo en tu boda y Trevor lo
puede
reconocer.
Las
dos pensamos y pensamos hasta que de pronto nos
miramos
y soltamos divertidas:
—¡Don
Torso Perfecto!
—¿Y
ése quién es? —pregunta Sonia.
—Máximo.
Un amigo —aclara Marta—. Llegó a Alemania
hace
seis meses y es un tío muy majo. Por cierto, profesor de
baile,
y está enrollado con Anita.
—¡No
me digas! —exclamo alucinada y Marta asiente.
—¿Anita
es tu amiga la de la tienda de ropa? —pregunta
Sonia.
—Sí,
mamá.
Mi
suegra me mira y yo explico:
—Máximo
es todo un bombón, pero no es mulato, sino
argentino.
—Che,
boludo —aplaude Sonia—. Me encantan los
argentinos.
Marta
rápidamente coge el móvil, llama a Anita y le cuenta
lo
que ocurre. Ésta queda en comentárselo a Máximo y nos
llamará.
Cuando cuelga, Sonia me mira y dice:
—Por
lo que más quieras, hija de mi vida, a PETER no se lo
cuentes
o no me habla el resto de mi vida.
Divertida,
asiento. Voy a volver a guardarle un secreto a
Sonia
y contesto:
—Tranquila,
no le diré ni mu. Porque como se entere de que
te
he ayudado en esto, deja de hablarme a mí también.
Todas
nos reímos. Conocemos a PETER y ¡si se entera, nos
mata!
Suena
el teléfono de Marta. Es Máximo. Quedamos en verlo
en
una hora en la tienda de Anita.
Muerta
de risa, subo con mi suegra y mi cuñada al coche de
ésta
y vamos hacia allá.
La
situación me parece surrealista, pero divertida. Una
excentricidad
más de Sonia. Cuando entramos en la tienda, el
bombón
no ha llegado todavía y charlamos tranquilamente con
Anita.
Le parece buena idea que su novio acompañe a la madre
de
su mejor amiga, aunque ríe al entender las intenciones.
Cuando
aparece Máximo, la cara de Sonia nos dice lo que
piensa
de él. ¡Le encanta!
El
argentino es impresionante, no sólo por lo simpático que
es,
sino por lo bueno que está. Con un cariñoso beso, nos saluda
a
todas y, cuando mira a Sonia, la coge del brazo y, dejándonos a
todas
muertas, dice:
—Vos
y yo vamos a ser los reyes de esa fiesta.
Mi
suegra asiente y todos nos reímos. Media hora más tarde
han
concretado los detalles y, cuando nos alejamos en el coche,
miro
a Sonia y digo:
—Pues
nada, suegra, ¡a pasarlo bien!
—Oh,
sí, hija, ¡no lo dudes!
Volvemos
a reír y Marta, que conduce, al parar en un semáforo
dice:
—Mamá,
LALI y yo sólo te podemos decir una cosa.
Sonia
nos mira y pregunta:
—¿Qué,
hijas?
Muertas
de risa, las dos nos miramos y gritamos al unísono:
—¡Azúcar!
Dos
días después, cuando llamo a Sonia para ver qué tal fue
todo,
la mujer está muy feliz. Máximo se comportó como un
caballero
y Trevor Gerver y todos los asistentes a la fiesta se
quedaron
sin habla ante la galantería y el buen ritmo de caderas
del
argentino.
Pasan
los días, mi accidente de moto está olvidado y mi
muñeca
perfecta. PETER y yo cada día nos queremos más, a pesar
de
nuestras discusiones por el trabajo. Flyn está contento en el
colegio.
Es un buen año para él.
Lo
único que me agria la existencia es pensar en mi amada
moto.
El día que veo la cruda realidad, me da tal bajón que
hasta
se me saltan las lágrimas. Mi preciosa Ducati Vox Mx 530
de
2007 está mala... muy malita.
Cuando
regresamos a casa, no quiero hablar de motos. PETER,
más
interesado que yo, ni lo menciona e, intentando hacerme
olvidar,
llama a Marta y le sugiere que quede conmigo y con
MARTINA
para animarme.
Noches
después, me voy de juerga con ellas y terminamos en
el
Guantanamera.
¿Por
qué siempre vamos allí?
Estoy
segura de que cuando PETER se entere torcerá el morro.
No
le gusta que vaya a ese sitio, donde, según él, sólo se va a
ligar.
Pero está equivocado. Yo voy al Guantanamera a bailar y a
pasármelo
de vicio mientras grito «¡Azúcar!».
Reinaldo,
al vernos llegar, me saluda con cariño y, poco después,
ya
estoy bailando Quimbara como
una loca con él.
El
tío baila estupendamente y hace que parezca que también
yo
sé bailar. No es que sea una especialista, pero, oye, ¡sé
moverme
muy bien!
Llegan
Anita y Máximo. Éste, al vernos, nos habla de Sonia y
de
lo bien que se lo pasó con ella. Me invita a bailar después y yo
acepto.
Máximo es como Reinaldo, ¡tiene un ritmazo en el
cuerpo
que no se puede aguantar!
Hace
calor y bebo varios mojitos. Están de muerte y los disfruto.
Me
fumo algún que otro cigarrito con Marta y, por unas
horas,
me olvido de mi moto y de las discusiones por el trabajo y
vuelvo
a sonreír.
Sobre
las doce de la noche, inesperadamente aparece el
bombonazo
de PABLO acompañado por Fosqui,
el caniche
estreñido.
Nos sorprendemos al encontrarnos allí y observo que
MARTINA
rápidamente se va a bailar con un tipo.
PABLO,
al verme tan acalorada, se acerca a mí y, tras darme
un
par de besos en la mejilla, pregunta:
—¿Qué
haces aquí?
Con
varios mojitos encima, contesto:
—Bailar,
beber y gritar «¡Azúcar!».
Él
suelta una carcajada. El caniche no.
—¿Está
PETER aquí? —pregunta.
—Noooooooooo...
no le gusta este antro de perversión.
Mi
amigo asiente, mira alrededor y cuchichea:
—Si
fueras mi mujer, a mí tampoco me gustaría.
Me
río. ¡Otro plasta como su amigo!
Cuando
comienza la siguiente canción, lo agarro de la mano
y
lo invito a bailar. Vaya... vaya... tiene ritmo cubano el alemán.
La
intensidad de la canción sube y, con ella, nuestro ritmo y
nuestras
risas.
El
caniche baila también con un amigo de Reinaldo y PABLO,
acercándose
a mi oído, murmura:
—No
te conviene salir con MARTINA.
—¿Por
qué?
—No
es una buena persona.
Al
oír eso, recuerdo que tenemos una conversación pendiente
y,
tirando de él, lo llevo hasta la barra sin importarme los
ladridos
del caniche. Le pido dos Margaritas al camarero y digo:
—Cuéntame
qué pasó entre tú y MARTINA.
El
guaperas de mi amigo asiente, bebe un trago de su bebida
y,
clavando sus ojos azules en mí, se toca la barbilla.
—¿Sabes
quién es Leonard Guztle?
—No.
—Era
el hombre que vivía con Hannah y Flyn cuando...
—¡Lo
conozco!
—¿Lo
conoces?
Asiento
y explico:
—Hace
unos meses, una tarde que paseaba con Susto por
la
urbanización,
vi un hombre al que no le funcionaba el coche. Me
acerqué
a él, le eché un vistazo y era un fusible. Se lo cambie y él
se
presentó. Luego llegó PETER y hubo un mal rollo increíble.
Cuando
el hombre se fue, PETER me dijo que era Leonard Guztle,
el
novio de Hannah, que al morir ésta no quiso saber nada de
Flyn.
Es ése, ¿verdad?
PABLO
asiente.
—Pues
ahora que sabes lo que piensa PETER de ese imbécil,
¿qué
te parece si te digo que pillé a MARTINA con él en el coche de
PETER,
a la semana de morir Hannah?
Boquiabierta,
lo miro y él añade:
—Vi
un antiguo Mercedes que PETER tenía aparcado en el
garaje
de mi edificio y, al reconocerlo, me acerqué a él. La sorpresa
fue
encontrarme a esos dos follando como mandriles en la
parte
de atrás. Hannah acababa de morir y...
—Madre
mía, si PETER se entera.
—Exacto,
¡si PETER se entera! Pero no se enteró. Le evité el mal
trago.
Eso sí, le dije a esa idiota que se alejara inmediatamente
de
PETER o le contaría la verdad.
—Gracias,
PABLO —murmuro agradecida—. Oye, ¿y por qué
estaban
en tu garaje?
—Tras
lo de Hannah, Leonard alquiló un piso en el mismo
edificio
donde yo vivo. Pero el problema surgió cuando esa descerebrada
les
fue a sus tíos con el cuento de que yo había
intentado
propasarme con ella ese día y le había roto el vestido
que
llevaba.
—¿Cómo
dices?
—Sí,
amiga. Lo que oyes. Pero Simona, que es muy lista, me
lo
preguntó y yo la saqué de su error.
Parpadeo
y alucino.
¡Pedazo
de zorrasca es MARTINA!
PABLO
bebe un nuevo trago de su bebida y prosigue:
—Por
suerte para mí y desgracia para ella, en el edificio
donde
vivo y en mi casa hay cámaras y les pude enseñar la grabación
en
que se la veía con Leonard y confirmé que quien le
rompió
el vestido fue él y no yo. Tras eso, MARTINA se marchó a vivir
a
Londres con su madre.
Sin
palabras me ha dejado.
Miro
a MARTINA. Ella me mira e intuyo que supone lo que PABLO
me
cuenta. Su mirada no me gusta. Mi sexto sentido se reactiva
y
auguro problemas.
—Por
lo tanto, queridísima LALI, cuanto más lejos tengamos
todos
a esa mujer, mejor. Es una víbora con piel de cordero.
MARTINA
nos observa.
Ya
no baila.
Habla
con el caniche y las dos parecen entenderse. De
pronto,
una idea cruza mi mente y pregunto:
—¿Has
dicho que también tienes cámaras en tu casa?
—Sí.
Mi
cara lo dice todo. Él sabe lo que pienso y, acercándose,
cuchichea:
—Tranquila,
cuando PETER y tú me visitáis, las apago.
—¿Seguro?
Él
asiente.
—Segurísimo.
Nunca dudes de mi amistad. Os valoro
demasiado
a los dos.
En
ese momento, Marta se nos acerca y, apoyándose en
PABLO,
dice:
—Pero
si está aquí el bomboncito sabrosóóóóón.
PABLO,
divertido, la coge de la cintura.
—Hola,
preciosa. Vaya marcha llevas. ¿Dónde está Arthur?
—Trabajando
—responde.
Después,
mueve las caderas y se mofa.
—Sinceramente,
creo que en otra vida fui cubana. Me va este
rollito
cantidad.
Los
tres reímos y la loca de mi cuñada, tras beberse mi
mojito,
grita «¡Azúcar!». Y moviendo las caderas sale de nuevo a
la
pista para bailar con Máximo. Sedienta, pido otro mojito más
y
PABLO pregunta:
—¿Cuántos
llevas?
—Unos
cuantos.
—Ten
cuidado o mañana estarás fatal.
Asiento
sonriendo y, cuando el camarero me trae mi nuevo
mojito,
bebo un trago y digo:
—Tranquilo.
Y deja de tratarme como si fueras PETER o mi
padre.
Divertidos,
miramos la pista, donde mi cuñada baila.
—Qué
divertida es Marta.
Sin
poder evitarlo, miro al caniche, que baila con Reinaldo, y
pregunto:
—¿Cómo
puedes estar con una tía tan... tan antipática?
PABLO
me mira, sabe a quién me refiero, y responde:
—Porque
las simpáticas e interesantes ya estáis ocupadas.
Eso
me hace reír. Él y sus halagos.
No
me incomodan, sé que son totalmente inocentes. Al ver
que
un par de mujeres se ponen a nuestro lado y se lo comen
con
los ojos, pregunto:
—¿Nunca
has estado en serio con nadie?
El
alemán sonríe, guiña un ojo a las mujeres que están
detrás
de mí y niega con la cabeza.
—No.
Soy demasiado exigente.
—¿Exigente?
Sin
poder evitarlo, me río y miro al caniche. PABLO al verme,
sonríe
y susurra:
—Agneta
es una fiera en la cama.
Me
lo imaginaba. ¡Lo sabía! Pero qué elementales son los
tíos.
Y,
mirándolo, pregunto:
—Y
si no es mucho cotilleo, ¿cómo te gustan a ti las mujeres?
—Como
tú. Listas, guapas, sexys, tentadoras, naturales, alocadas,
desconcertantes
y me encanta que me sorprendan.
—¿Yo
soy todo eso?
—Sí,
preciosa, ¡lo eres!
Eso
me hace sonreír y él añade:
—Y
esto no es ninguna declaración de amor ni nada por el
estilo.
Te respeto. Respeto a mi mejor amigo y nunca haría nada
que
pudiera dañar nuestra relación. Los dos sois demasiado
importantes
para mí. Eso sí, si yo te hubiera conocido antes, no
te
habrías escapado. —Ambos nos reímos y dice—: Y una vez
aclarado
esto, si conoces a alguna mujer, soltera y con esas cualidades,
dímelo
que estaré encantado de conocerla.
Sé
que es sincero.
Sé
que esto, a ojos de otros, puede parecer otra cosa, pero
PABLO
ante todo es nuestro amigo. Un excepcional amigo por el
que
pondría la mano en el fuego, porque sé que nunca me va a
fallar.
Reinaldo
se me acerca en ese momento. Suena Guantanamera
y,
mirándonos, dice:
—Vamos,
esto es un vacilón.
Yo
me río. PABLO me mira y pregunta:
—¿Qué
ha dicho que es?
Divertida,
suelto una carcajada:
—Vacilón
quiere decir fiesta.
PABLO
sonríe y Reinaldo, cogiéndome de la mano, tira de mí.
—Vamos
mi amol. A todo meter vamos a bailar.
Encantada,
meneo las caderas y bailo con él como una
descosida,
mientras PABLO regresa junto al caniche y le hace
unos
mimitos.
Durante
horas todos nos divertimos. Bailo con varias personas
y
un tipo intenta propasarse. PABLO y Reinaldo, al verlo,
acuden
en mi auxilio, pero yo los paro con la mirada. Le
retuerzo
el brazo al tipo y, cuando su cara da en la mesa, siseo:
—Vuelve
a tocarme el culo y te corto la mano.
Reinaldo
y PABLO se miran divertidos y continúan a lo suyo.
Minutos
después, mientras bebo, MARTINA se acerca y pregunta:
—¿De
qué hablabas con PABLO?
La
miro alucinada. ¿A que la mando a la mierda?
Sin
muchas ganas de confraternizar con ella después de lo
que
ahora sé, respondo:
—De
algo que tú sabes y que como se entere PETER no vuelves
a
entrar en mi casa.
Sus
ojos lo dicen todo. Está furiosa, rabiosa. Y, sin más, se da
la
vuelta y se va. La veo salir del local y me encojo de hombros.
Muchos
mojitos después, PABLO se acerca a Marta y a mí y se
despide,
aunque antes señala al tipo al que le he tenido que
parar
los pies y comenta:
—Si
PETER estuviera aquí, ése dormía hoy calentito.
Eso
me hace reír y se marcha. Una hora después, nosotras
decidimos
hacer lo mismo y, cuando entro en casa de madrugada,
más
contenta que un san Luis, PETER, mi PETER, está despierto.
Me
espera. Al verme, mira el reloj.
Las
tres y media.
—Has
ido al Guantanamera, ¿verdad?
—Sí.
No
pienso mentirle. He ido al sitio donde están mis amigos.
PETER
resopla y pregunta:
—¿Por
qué no has regresado con MARTINA?
Sonrío,
lo beso y, acercándome, digo:
—Porque
me lo estaba pasando de vicio.
Él
se mueve nervioso e, incapaz de callar, salto:
—Entre
muchas otras cosas, esa petarda es una aburrida,
cariño.
Y el tiempo en el Guantanamera se me ha pasado
volando
con tanto vacilón.
Me
mira. Está ceñudo y yo, como a veces soy una
tocapelotas,
suelto:
—¡Ya
tú sabes, mi amol!
Su
mirada me traspasa y, sin hablar, sé que me grita: «¡Te
estás
pasando, morenita!».
A
mí me entra la risa tonta sin poderlo remediar.
¡Joder
con los mojitos!
Al
día siguiente, cuando me levanto, la cabeza me martillea.
No
recuerdo haber bebido tanto, pero sí que no paré de
bailar.
PETER
está en la oficina y, al no tener ningún mensaje suyo en
el
móvil, supongo que no debe de estar muy contento. Recordar
cómo
me miraba la noche anterior conmigo mientras yo me
partía
de risa me hace intuir que su estado de ánimo será de
todo
menos risueño.
Lo
llamo al móvil. Necesito oír su voz.
—Dime,
LALI.
—Hola,
cariño. ¿Cómo estás?
—Bien.
Silencio.
No dice nada. Sabe cómo martirizarme y digo:
—Oye,
cariño, en referencia a lo de anoche...
—No
quiero hablar de ello ahora —me corta—. Estoy ocupado.
Cuando
llegue a casa, si quieres hablamos.
—Vaaale
—suspiro. Y, antes de colgar, susurro—: Te quiero.
Oigo
su respiración y, tras unos segundos que para mí son
eternos,
dice:
—Y
yo a ti.
Cuando
cuelgo el teléfono, el estómago me da un vuelco, la
garganta
me quema y corro al baño mientras pienso «Demasiados
mojitos,
mi amol».
Paso
un día horroroso. Me encuentro fatal y decido quedarme
en
la cama. Necesito dormir.
Por
la tarde, cuando oigo el coche de PETER, me levanto y
siento
que estoy mejor. ¡Qué alegría! Sin correr, para que mi
estómago
no se altere, salgo de la habitación y, cuando llego a la
escalera,
oigo que la puerta de la casa se abre y, para mi sorpresa,
la
voz de MARTINA dice:
—LALI
está descansando. No se encuentra bien.
—¿Qué
le ocurre? —oigo preguntar a PETER.
Asomándome
con disimulo por el rellano de la escalera, los
miro
y oigo que la joven explica:
—Le
dolía la cabeza y no ha querido comer. Anoche bebió
demasiado.
—¿Bebió
demasiado?
La
zorrasca de MARTINA asiente y añade:
—Entre
tú y yo, no me extraña que le duela la cabeza; no
paró
de fumar junto a Marta y perdí la noción de mojitos que se
bebían
mientras bailaban con los hombres de por allí.
Estoy
alucinada..., flipada.
Y
me quedo bloqueada mientras ella sigue:
—Por
cierto, PABLO apareció por el Guantanamera.
—¡¿PABLO?!
La
cara con que MARTINA asiente no me gusta y añade:
—Fue
con una mujer y lo pasó bien con ella, pero también
muy
bien con LALI. Bueno, ya sabes cómo es tu amigo. No
desaprovecha
ninguna oportunidad ante una mujer sola.
La
mato. Yo la mato.
Le
arranco los ojos y me hago unos pendientes.
Pero
¿qué está dando a entender esta insensata?
No
veo la cara de PETER. Desde donde estoy, sólo le veo la
espalda
y se la noto envarada.
¡Mal
rollito!
Sin
más, se encamina a su despacho y dice:
—Gracias
por la información, MARTINA.
Abre
la puerta y, dejándola fuera, se la cierra en las narices.
Maldita
trepa. Está claro que el buen rollito entre nosotras
se
acabó.
Estoy
a punto de bajar y cortarle las orejas, pero en ese
momento
aparece Simona con Calamar en
sus brazos y MARTINA
dice:
—Vamos,
suelta al engendro ese y ve a prepararme el baño.
Simona
al oírla, la mira.
—Aquí
el único engendro que veo eres tú. Prepáratelo tú
solita.
«Olé
y olé y olé mi Simona», estoy a punto de gritar, pero me
callo.
PABLO
tiene razón. La chica es una víbora con piel de cordero.
Por
la noche, PETER no está muy comunicativo. Intento hablar
con
él, pero al final desisto. Cuando se pone así de cabezón,
mejor
dejarlo. Ya se le pasará.
Cuando
nos acostamos, me da la espalda. Sigue enfadado
por
mi juerga de anoche. Resoplo a la espera de que me diga
algo.
Pero nada. Ni mis resoplidos lo hacen reaccionar.
Al
final, acerco la boca a su oreja y murmuro:
—Te
sigo queriendo aunque no me quieras hablar.
Después,
me doy la vuelta en la cama. Un buen rato más
tarde,
cuando estoy casi dormida, siento que PETER se mueve, se
acerca
a mí y me abraza. Sonrío y me duermo.
En
noviembre ya estoy de MARTINA hasta el gorro.
Cada
día se me hace más difícil tenerla cerca. Desde que
sabe
que conozco su secreto, me ha declarado la guerra. Eso sí,
cuando
PETER está delante, somos dos estupendas actrices.
Flyn
se ha ido de excursión con su colegio y esta noche
duerme
fuera. Mi pitufo gruñón se hace mayor.
—Mañana
vuelve Flyn —digo, encantada, mientras cenamos—.
Seguro
que se lo está pasando de maravilla.
PETER
asiente y sonríe. Pensar en su sobrino siempre le causa
ese
efecto. En ese momento, MARTINA dice:
—Por
cierto, mi trabajo acaba la semana que viene y os tengo
que
abandonar.
¡Madre
mía, qué notición!
Estoy
a punto de levantarme y hacer la ola, pero me contengo,
no
quiero incomodar a PETER.
—Oh,
¡qué penaaaaaaaa! —miento como una bellaca.
Ella
me mira y yo parpadeo.
PETER,
que me conoce, me mira, sonríe, levanta una ceja y le
pregunta
a MARTINA:
—¿Qué
día te irás?
—Quiero
mirar billetes para el 7 de noviembre.
Mi
chico asiente y dice:
—La
semana que viene tengo que ir a Londres unos días por
trabajo.
Si quieres venir en el jet conmigo, por mí encantado.
—¡Genial!
—responde ella.
¡Stop!
¿Que
PETER se va a Londres?
¿Cómo
que se va y no me lo ha comentado?
Lo
miro, pero decido callar. Cuando estemos solos le
preguntaré.
Una
vez acabada la cena, nos sentamos un rato ante el televisor.
MARTINA,
como es una pesada, se sienta a nuestro lado. Pero
estoy
inquieta, quiero hablar con PETER y, mirándolo, digo:
—Cariño,
tengo que hablar contigo.
Al
oír eso, MARTINA, sorprendiéndome, se levanta rápidamente
y,
con un angelical gesto, dice:
—Os
dejare solos. Hoy me apetece leer.
Una
vez nos quedamos él y yo en el salón, PETER me mira.
Sabe
que estoy molesta por lo del viaje y, deseoso de aplacarme,
sonríe
y se acerca al equipo de música.
¡No
sabe ná el alemán!
Mira
varios CD de música y, enseñándome uno, dice guiñándome
uno
de sus bonitos ojos:
—Esta
canción te gusta mucho. Vamos, levántate y baila
conmigo.
Sorprendida
porque quiera bailar, me levanto.
¡Esto
no me lo pierdo!
Y,
cuando comienza a sonar Si nos dejan,
esa maravillosa
ranchera,
lo abrazo y susurro:
—Me
encanta esta canción.
PETER
sonríe y, mientras me aprieta contra su cuerpo,
contesta:
—Lo
sé, pequeña... Lo sé.
Bailamos
abrazamos la bonita pieza y sonreímos cuando los
dos
la tarareamos.
Si nos dejan, buscamos un rincón cerca del cielo.
Si nos dejan, haremos con las nubes terciopelo.
Y ahí juntitos los dos, cerquita de Dios será lo que soñamos.
Si nos dejan, te llevo de la mano, corazón, y ahí nos vamos.
Si nos dejan, de todo lo demás, nos olvidamosssssssssss.
Si nos dejan...
Estar
entre sus brazos es el mejor bálsamo para mis dudas.
Estar
entre sus brazos es lo mejor que me ha pasado en la
vida.
Estar
entre sus brazos me hace sentir querida y segura.
Una
vez la canción se acaba, me dejo guiar por él y nos sentamos
muy
juntitos en el sillón. Sus besos me encantan y,
cuando
nuestras bocas se separan, dice con gesto risueño:
—Lo
de «qué penaaaaaaaaaaa» ante la marcha de MARTINA a mí
no
me ha engañado. ¿Qué te ocurre con ella?
Su
comentario me hace gracia, pero no respondo y pregunto
a
mi vez:
—¿Qué
es eso de que te vas a Londres?
—Trabajo,
cariño.
—¿Cuántos
días?
—Tres.
Cuatro a lo sumo.
—¿Y
cuándo se supone que me lo ibas a decir?
—Pues
unos días antes. —Y al ver mi gesto, añade—: Ya
sabes
que allí...
—...
está NATALIE, ¿no?
PETER
me mira y yo le sostengo la mirada.
Como
siempre con ese tema, la tensión crece entre nosotros,
hasta
que él murmura:
—¿Cuándo
vas a confiar en mí? Creo que ya te he
demostrado
que...
—Es
NATALIE... —lo corto—. ¿Cómo quieres que confíe?
Veo
que niega con la cabeza, cierra los ojos y dice:
—Cariño,
si tan desconfiada eres, ven conmigo. Acompáñame.
No
tengo nada que ocultar. Sólo voy a trabajar. Soy el
cabeza
de familia y de mí se espera que lo haga.
Le
entiendo. Tiene más razón que un santo, pero NATALIE...
MARTINA...
esas mujeres me hacen desconfiar, no de él, sino de ellas.
PETER
se levanta. Va hasta el mueble bar y, sin dejar de mirarme,
se
sirve un whisky mientras Luis Miguel canta Te
extraño. Después regresa al sofá y dice
sentándose a mi lado:
—Recuéstate.
Sorprendida,
lo miro y él insiste:
—Estoy
esperando.
Hago
lo que me pide. La lujuria de su mirada ya me ha picado.
Cuando
estoy recostada, mete las manos por debajo de mi
cómodo
vestidito de algodón y, tirando de mis bragas, me las
quita.
Menos mal, no me las ha roto.
Acalorada,
observo cómo me mira hasta que murmura:
—Encoge
las piernas y ábrelas.
Guauuuu...
¡sexo! Pero algo incómoda, digo:
—PETER,
MARTINA puede entrar en cualquier momento y...
—Hazlo
—exige.
Hechizada
por su mirada y muy excitada por su orden, obedezco.
Me
pone un cojín bajo el trasero y, cuando tiene mi pelvis
a
la altura que desea, coge su copa de whisky y echando un chorrito
sobre
mi sexo, murmura:
—Pequeña,
como dice la canción, yo sólo quiero estos
momentos
contigo. Sólo quiero beber de ti.
Acto
seguido, posa su boca en mi acalorado y húmedo sexo y
yo
jadeo. Sus lametazos me vuelven loca y, cuando su lengua
aprisiona
mi clítoris y lo mordisquea, un gemido sale de mí.
Me
abandono a él.
¡Oh
sí..., sí!
Dejo
que sus manos me abran los muslos mientras su boca,
exigente,
chupa, lame, mordisquea y me hace vibrar. Me lleva al
séptimo
cielo, al octavo y al que él se proponga. Lo adoro.
Mis
manos se agarran al sofá, siento cómo me tiemblan las
piernas
y me deshago por momentos, mientras oigo mis propios
gemidos
y él juega con su lengua dentro de mí. Me posee con su
boca
y yo me abro como una flor.
El
calor sube por instantes y, enloquecida, suelto el sofá y lo
agarro
a él con fuerza por el pelo. Lo aprieto contra el centro de
mi
deseo, ansiosa de que ese placer tan intenso no acabe
nunca...
nunca... nunca...
Pero
ante mi entrega, mi amor se separa de mí. Con una
mirada
terrenal que abrasaría hasta el mismísimo Polo Norte, se
desabrocha
el cordón del pantalón de andar por casa y dice:
—Incorpórate.
Date la vuelta y apóyate en el respaldo del
sofá.
Sin
demora, hago lo que me pide. Pero PETER está impaciente
y,
antes de que me apoye, me coge por la cintura y su pene entra
en
mí.
Caigo
contra el respaldo y susurra en mi oído:
—Pequeña,
yo sólo deseo... quiero... anhelo poseerte a ti.
Su
voz cargada de erotismo y su manera de entrar en mí, tan
caliente,
tan posesiva me vuelve loca. Me embiste con fuerza y,
como
siempre nos ocurre, nuestra parte animal sale y nos
entregamos
al puro placer.
Una
y otra vez PETER me penetra y yo me abro para él.
Una
y otra vez, cada vez más rápido, cada vez más fuerte.
Una
y otra vez, mis jadeos y los suyos se funden hasta convertirse
en
uno solo.
Sin
descanso, PETER me aprieta contra el respaldo del sofá y
sus
acometidas se hacen secas, profundas y certeras.
—Oh,
sí..., sí... —murmuro, poseída.
Nuestros
jadeos aumentan de intensidad y, juntos, llegamos
al
clímax. Cae sobre mí. Adoro su peso, su olor. Lo adoro a él.
Sólo
a él.
Durante
varios segundos, lo siento sobre mi espalda, hasta
que
se retira y murmura en mi oído:
—Pequeña,
soy tuyo y tú eres mía. No dudes de mí.
Cinco
minutos más tarde, entramos en nuestra habitación,
donde
quiero, deseo y anhelo que me vuelva a mostrar que no
debo
dudar de él.
Ay por dios son un amor
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