jueves, 23 de junio de 2016

CAPITULO 62

  — Se suponía que debía vivir en Stuart, pero desapareció después de la primera visita del asistente social. Lo estamos buscando, pero podría estar en cualquier parte. Peter tamborileé con un lápiz en la mesa, luego meneé la cabeza. —No puede ser Nore. 
—¿Por qué no? Él asesinó a Gimena. Lo confesó. Dijo que ella era un vástago del diablo. Quizá tiene esa opinión de todas las rubias en general. 
—No lo creo. Además, Nore nunca llegó a ser juzgado por el asesinato de Gimena. 
— ¡Pero lo confesó! 
—Cierto. Pero es un demente. Y los dementes confiesan crímenes que no han cometido. 
—Has pasado demasiados años en la universidad, muchacho. ¡Los dementes no confiesan crímenes, los cometen! 
— VICO, este asesino es inteligente y sofisticado. Seduce a sus víctimas. ¿Y te acuerdas del aspecto que tenía Harry Nore? Es tan seductor como un perro rabioso. 
No creo que sea nuestro hombre. 
VICO permaneció callado. Suspiró. 
— Maldición, detesto admitirlo, pero lo que dices tiene sentido. 
Peter se encogió de hombros. 
—No tendrían que haber dejado en libertad a Nore. 
—Desde luego que no —convino VICO. 
—Aun así, lo de buscarlo es una buena idea. Convendría interrogarlo. 
— Ya he emitido una orden de búsqueda. 
—Bien. Creo que la tarde se presenta interesante. 
— ¿Ah, sí? ¿Alguna sugerencia que hacer? 
— Investiguemos los salones de tatuaje personalmente. 
— Ya hay varios agentes trabajando en eso, ¿sabes? 
— Sí, pero hagámoslo personalmente. A menos que tengas alguna otra pista que investigar. 
— Siempre he querido entrar en uno de esos sórdidos salones de tatuaje — dijo VICO—. Vamos. 
Pasaron la tarde visitando salones de tatuaje, mostrando fotografías de las rosas tatuadas en los cuerpos de dos de las mujeres asesinadas. Encontraron tatuajes similares, pero no idénticos. 
Hacia el final del día, a eso de las siete, tuvieron más suerte en un local llamado Salón de Té y Tatuajes de Tammy. La propia Tammy los recibió. Era una mujer menuda con pantalones cortos de cuero y un chaleco que apenas cubría su amplio busto. 
Tammy estudió la fotografía de las nalgas de Holly Tyler un momento antes de 
mirar, con los ojos desorbitados, a Peter. 
— ¡Dios mío! ¿Ha muerto? ¿Esa chica tan mona ha muerto? 
— ¿Estuvo aquí? — inquirió VICO rápidamente. 
Tammy asintió. 
— Ese tatuaje era obra mía. 
—¿Cuándo se lo hizo? —la interrogó VICO. 
— El viernes pasado, a primera hora de la tarde. Tenía mucha prisa. Quería hacerse el tatuaje para complacer a un hombre. 
VICO dirigió a Peter una rápida mirada. 
—¿Quién era el hombre? —inquirió Peter. 
—No lo sé. No llegó a entrar. Entró ella sola, y parecía un poco insegura. Nunca se había hecho un tatuaje antes. Pero se mostró muy entusiasmada y habladora, una vez que empezo a sentirse cómoda. Dijo que hoy en día los hombres buenos son 
difíciles de encontrar, y que ese tipo era un verdadero príncipe. Iban a pasar un fin de semana romántico en el agua. 
—¿Adónde pensaban ir? ¿Lo sabe? 
Tammy negó con la cabeza.  

CAPITULO 61

Rocio abrió la caja. Envueltas en delicado papel de seda rosa había unas braguitas «comestibles». Eran de chocolate blanco, con una rosa roja de caramelo en la entrepierna. Rocio se puso como un tomate. 
— ¡Anda! ¡Qué... qué romántico! —exclamé Candy—. Y qué sexy. ¡Esta noche te espera una buena, cielo! Ojalá David me hiciera regalos como ese. Qué soso es este hombre. ¡Para mi cumpleaños va y me regala utensilios de cocina! 
Empezaban a atraer la atención de las mesas circundantes. Rocio cerró enseguida la caja, ruborizada. 
—Es extraño... 
—¿Qué es extraño? —preguntó Tara. 
Rocio se encogió de hombros. 
—Esto no es... no es propio de Nico. 
—¿Habéis tenido alguna pelea? —quiso saber Candy—. ¡Ya sabes lo melosos que se ponen después! 
—Bueno, discutimos, pero ya pasó. Está en casa, cuidando de los niños. 
— ¡ Un hombre metido en casa todo el día con críos pequeños! No me extraña lo de la lencería comestible. ¡Ya está pensando en cómo desfogarse! — apuntó lara. 
—Puede ser —murmuré Rocio. 
— ¡ Está en una racha romántica, cielo! ¡ Disfrútalo! — aconsejó Tara. 
Rocio esbozó una sonrisa. Nico se estaba portando tan bien... Parpadeó, dándose cuenta de lo cerca que había estado de destrozar su matrimonio. Sorbió su café y sonrió a lara. 
— ¡Espero que necesite desfogarse, porque le espera una noche de infarto! — iba a portarse bien con Nico: Se pondría su regalo y lo compensaría con creces. Esa noche... 
Peter tardó menos de una hora en ir de Cayo Hueso a Miami en avión. A mediodía, se encontraba ya en la oficina de Jimmy, leyendo y releyendo los informes forenses, con la esperanza de realizar algún hallazgo. 
VICO tomó asiento y lo miró. 
—¿Adivinas qué? 
—¿Qué? 
—~,Te acuerdas de Harry Nore, el vagabundo al que se le encontró la medalla de San Cristóbal de tu padre y el cuchillo que mató a Gimena? Peter frunció el ceño. 
—¿,Qué pasa con él? 
—Lo han soltado. 
— ¿Cómo? — preguntó Peter incrédulo. 
VICO asintió con disgusto. 
— Lo creas o no, los psiquiatras decidieron soltarlo. Se suponía que debían avisarnos en cuanto lo hicieran, pero acaba de llegarnos la carta... Y lleva en libertad unos seis meses. 
—¿Seis meses? 
— Y los asesinatos empezaron hace cuatro meses. Todas rubias, igual que Gimena, como tú dijiste. ¿Qué opinas? ¿Crees que puede haber sido él? 
— No da el tipo. ¿Te imaginas a Nore seduciendo a alguien? —Peter meneé la cabeza—. Pero... ¿se sabe dónde está ahora? 
VICO hizo un ademán negativo.

miércoles, 22 de junio de 2016

CAPITULO 60

—No he dicho tatuajes simplemente, sino rosas tatuadas. 
—No he oído que... 
—Ni lo oirás. La policía mantiene esa información en secreto. ¡Diablos, Lali, confía en mí! Dos víctimas tenían rosas tatuadas, y otra acababa de recibir un ramo de rosas. Ahora, haz el favor de decirme cuándo y dónde te hiciste ese tatuaje. 
Ella permaneció callada, mirando la mano que descansaba en su brazo. 
— Peter, he llevado ese tatuaje desde mi primer año en la universidad. Había salido con algunas de mis amigas. Fuimos a un club, tomamos unas copas y decidimos hacernos unos tatuajes. Por suerte, no íbamos demasiado bebidas, o me habría hecho uno mucho más grande. 
Peter arrugó la frente, meneando la cabeza. 
—¿Cómo se os ocurrió la idea de tatuaros? 
Ella se encogió de hombros. 
— Éramos universitarias. De vacaciones, con demasiado tiempo libre y demasiado dinero. 
Creo que el salón de tatuaje estaba en algún lugar de Virginia. Cerca de Manassas, estoy segura. Pero no recuerdo exactamente dónde. Hace mucho tiempo de eso. Fue 
una de esas cosas propias de crías. Una vez me teñí el pelo de azul —suspiré—. En cuanto a la rosa, bueno... 
— Supongo que me sentía culpable. 
—¿Culpable? ¿En qué sentido? 
—Había pasado mucho tiempo tratando de no parecerme a mi madre. Es algo que aún me preocupa, de vez en cuando, seguramente porque soy su viva imagen. Y no... no quiero llevar una vida como la suya, aunque parece que voy por ese camino, ¿verdad? —Lali no deseaba recibir una respuesta—. Yo amaba a Gimena. Era una esposa horrible, y muy egoísta, pero como madre era maravillosa, a su manera. Una vez estaba vestida y maquillada para actuar, y me tenía en el regazo. El director le gritó, diciéndole que me soltara o se le estropearía el vestido. Ella me abrazó con más fuerza y respondió que sus hijas eran más importantes que cualquier vestido o cualquier obra. Nos queria. En cualquier caso... Gimena tenía una rosa. 
—¿Tú madre tenía tatuada una rosa? 
Lali asintió gravemente, y luego volvió a sonreír. 
—¿Recuerdas que tu padre solía llamarla «mi rosa»? Solía decir que Gimena era como la más espléndida de las rosas, bella y fragante... y llena de espinas. Se hizo ese tatuaje por tu padre. Dijo que había incluido las espinas porque no quería que él olvidase que tenía sus propias defensas. Dijo que necesitaba aquellas espinas. Tú nunca se lo viste, porque mi madre no solía pasearse desnuda delante de vosotros, pero no tenía reparos en desvestirse en presencia de sus hijas. La noche que yo me hice el mío, había tomado unas cuantas copas de champán, y ya sabes cómo me afecta el alcohol. Probablemente me puse melancólica y me acordé de mi madre, aunque ya llevaba muerta mucho tiempo. Así que me tatué una rosa. 
Peter se quedó mirándola, y asintió transcurridos unos segundos. 
— Mi tatuaje no entraña ningún peligro en absoluto. 
— Supongo que no. Pero resulta curioso. Una increíble coincidencia — Peter vio que ella se dirigía hacia la puerta—. ¿A qué viene tanta prisa? 
—He de ducharme y prepararme. Hoy haremos otra sesión de fotos. 
—Lali, no son ni las seis y media. ¿Y de veras tenéis que hacer más fotos? 
Jaime debió de tomar centenares ayer. Debo regresar a Miami, y... 
—Y yo de he quedarme a trabajar aquí. 
Peter salió de la cama. Se acercó a ella y, mirándola a los ojos, le quitó la bata de 
las manos. 
—No tardaremos mucho, te lo prometo —juró solemnemente. 
—Peter... 
—No tardaremos nada. No sé cuándo volveré a verte. No me dejes así —Peter la atrajo hacia sus brazos y deslizó las manos hasta sus nalgas, apretándola contra su pelvis. 
Una sonrisa arqueó los labios de Lali. Eso fue suficiente para Peter. La tomó en brazos y la soltó en la cama, echándose encima de ella. 
Tardaron mucho más de lo que había prometido. 
—No me gusta dejarte aquí —comenté Peter meneando la cabeza. 
—Estaré a salvo con mis compañeros, te lo aseguro. 
Ya vestido, moreno y condenadamente atractivo con su traje de chaqueta, él asintió y sorbió el café, observando a Lali. 
— Lo más aterrador es que ese asesino en serie es alguien en quien todo el mundo confía. Alguien que lleva una doble vida y que parece perfectamente normal. 
—No me pasará nada — insistió ella—. Jaime vendrá a recogerme y me traerá luego a casa. Martique, la asistenta, estará aquí todo el día, y... —hizo una pausa, con una chispa de diversión en los ojos—. El sistema de alarma de mi padre es todavía mejor que el mío. 
—Mmm —murmuré él. 
—Además, se supone que yo soy la vidente. La bruja —le recordé Lali—. No percibo ningún peligro aquí. 
—Está bien —dijo Peter al cabo de un momento —. Pero esta noche volveré, y te llevaré a casa mañana mismo. 
—Eso no será necesario. 
—Yo creo que sí. 
Lali prefirió no seguir discutiendo. Momentos después, oyó que Jaime tocaba el claxon afuera. 
—Tengo que irme. 
Él no le besé la mejilla, ni la tocó. Simplemente asintió con gesto serio y la siguió hasta la puerta, observando cómo se introducía en la furgoneta con el resto de sus compañeros. 
Nico estaba siendo maravilloso. 
Fiel a su palabra. 
Dejó que Rocio durmiera hasta tarde, se ocupó de levantar a los niños, vestirlos y darles el desayuno. Insistió en que se tomara el resto del día libre y fuese a almorzar con sus amigas. 
Rocio jugó al tenis, se duchó y se reunió con algunas de sus amigas en el club. No tenía que conducir, de modo que bebió vino en el almuerzo. Hacia el final de la comida, el camarero acudió con una pequeña bandeja plateada, sobre la que descansaba una cajita envuelta en papel de regalo. En la tarjeta solo figuraba el nombre de Rocio. 
—¿Un admirador secreto? —inquirió Candy Fox, una morena casada con uno de los abogados del bufete de Nico. 
Rocio meneé la cabeza, sonriendo. 
—Seguro que será de Nico. Últimamente está siendo muy atento. 
—A ver qué es —sugirió Tara Anderson, madre de dos niños y entrenadora de 
tenis a tiempo parcial.  

CAPITULO 59

  Pablo se reclinó, contemplando sus propias palabras. Sonrió complacido. 
Lo hacía cada vez mejor, e iba a conseguir que le publicaran antes de que nadie supiera que estaba intentando escribir una novela. Lo había mantenido en secreto, pues no deseaba que los demás creyeran que buscaba la ayuda de Nicolas o su influencia para tener éxito. Podía conseguirlo por sí mismo. 
La escena era de todo punto espeluznante. 
Buena, pero espeluznante. 
Y muy diferente de lo que Nicolas escribía. 
Aquello era mucho más gráfico. 
Real. 
Amaneció. 
La luz se filtraba en el dormitorio a través de la persiana. 
Peter se despertó lentamente y encontró a Lali allí, a su lado. 
Desnuda. 
Aún profundamente dormida. 
De lo cual se alegro Peter. Aquella mañana hablar resultaría incómodo para ambos. Además, deseaba contemplarla un rato. Yacía boca abajo, la espalda cubierta por la cascada de su cabello rubio. Sus piernas eran largas y bien torneadas. Lali no tenía el aspecto anoréxico que caracterizaba a tantas modelos; su condición física era espléndida. Nalgas bonitas, prietas y redondeadas. 
Contuvo el impulso de acariciarla. Podía despertarse. 
Pero Peter frunció repentinamente el ceño, inclinándose y apartando un pico de sábana que ensombrecía el lado derecho de su cadera. Alli, justo debajo de donde habría estado la línea del bikini, había un tatuaje. Diminuto, discreto, muy bonito. 
Pero hizo que a Peter la sangre se le helara en las venas. 
Era una rosa. 
Una rosa roja. 

Peter se movió tan bruscamente que Lali se desperté con un sobresalto. Vio que la estaba observando. 
— ¿Dónde te has hecho ese tatuaje? — inquirió él violentamente. 
—¿Qué? 
—El tatuaje. ¿Dónde y cuándo te lo has hecho? 
— ¡ La verdad, no creo que sea asunto tuyo! — replicó ella irritada. 
Peter respiré hondo, reparando en que estaba tenso y actuando como un sargento de artillería. 
—Es importante, Lali. 
Ella se quedé mirándolo un momento, y luego hizo ademán de retirarse, como ansiosa por recoger la bata e irse cuanto antes. Peter la agarró por el brazo. 
—Lali, vuelve aquí. 
—Suéltame, Peter. 
— Lali, dos de las víctimas tenían rosas tatuadas. 
—Muchas mujeres tienen tatuajes.  

CAPITULO 58

   Sí, definitivamente eres una bruja. Lanzas conjuros. Los hombres se enamoran de ti solo con verte en la portada de una revista. Se morirían por tenerte. 
— Y antes me estaba planteando ir a tu habitación y decirte las mismas palabras que tú me dijiste a mi. 
—Oh. 
—De no haber hecho esto, creo que me habría pasado algo horrible. Habría explotado. 
—¡Seguro que no! 
—Habrían caído trocitos de mí por todo el sur de Florida —dijo Peter. 
Lali sonrió, pero su sonrisa no tardó en desaparecer. 
— ¡Como los de esa pobre mujer! —musitó. 
Él meneó la cabeza, dándose cuenta de lo que había dicho. 
—Peor —le aseguró, y ella no pudo menos de sonreír, recostando la cabeza en su pecho. 
—Debería volver a mi habitación. 
— Ni se te ocurra. 
—Pero... 
Peter le alzó el mentón para poder mirarla a los ojos. 
—Ha sido la mejor experiencia sexual que he tenido en toda mi vida. ¿Y piensas que voy a dejar que te vayas ahora? Estás loca. 
Ella se quedó mirándolo. 
—Es extraño, ¿verdad? Creí que lo que sentía era simplemente curiosidad. Que tan solo necesitaba... 
—¿Probarlo y ya está? 
Lali sostuvo su mirada. 
—Creí que después podríamos seguir adelante con nuestras vidas, cada uno por su lado. 
-¿eso lo que quieres? ¿Ya has tenido todo lo que deseas? 
—No —reconoció ella. 
—Bien —Peter buscó sus labios y la besó. No tardó en poseerla de nuevo. 
A Pablo Esposito no le importaba en absoluto lo tarde que fuera. Podía seguir con ello toda la noche. Miré la página en la que estaba trabajando, profundamente satisfecho. 
El inspector jefe Jesús Hernández se agachó junto al cadáver, meneando la cabeza con consternación mientras combatía la náusea que burbujeaba en su estómago. El asesino mutilaba a las víctimas cada vez con mayor fervor. Había sido bella... antes. 
Joven, con sueños y esperanzas en aquellos ojos azules que ahora miraban ciegos hacia el cielo. Acaso, en sus últimos momentos, su alma había recorrido el camino al Paraíso. Hernández rezó por que así fuese. 
Pues lo que yacía tumbado en el suelo, los restos de su yo mortal, era una tragedia, una broma cruel contra los sueños y las esperanzas de la juventud. Había sido impecablemente diseccionada; sus órganos habían sido extraídos y esparcidos alrededor del cuerpo; práctica-mente le habían cortado la cabeza. La línea sanguinolenta en torno al cuello era tan gruesa 
que parecía que llevase puesto un lazo de un intenso color rojo...  

lunes, 20 de junio de 2016

CAPITULO 57

Ella permaneció callada un momento, mirándolo. Después se encogió de hombros. 
—Está bien, no importa. En realidad, no creí que te apeteciera charlar. Pero no podía dormir. ¡Diablos, Peter! Hagámoslo... hagámoslo de una vez, saquémonos la espina y sigamos adelante con nuestras vidas. 
Peter dio un respingo. Se quedó mirándola, con el ceño fruncido. 
—¿Qué? —inquirió con voz ronca. 
—He dicho que... 
— ¿Has estado en mi mente, Lali? 
—~,Cómo? —ella pareció enojada. 
—Te he preguntado si... 
No, no he estado en tu mente! No leo las mentes, maldita sea. Ya estás otra vez, tratándome como si fuera una alienígena o una rareza... 
—Posees algo, Lali. Una habilidad, percepción extrasensorial, algo. ¡ Y a la gente le gusta mantener sus pensamientos en privado! 
—Esto ha sido un error. Oh, Dios mío, un grave error. 
Lali estaba temblando. Le había costado mucho ir hasta allí, comprendió él. 
Hizo ademán de darse la vuelta, su cabello revoloteando como una oleada de fuego. Madison había acudido a él, haciendo realidad sus fantasías, y estaba a punto de perderla. Porque se había expresado con palabras que él había pensado muchas veces. 
Peter se movió rápidamente, resuelto a detenerla. Porque, si la dejaba marchar, jamás regresaría. 
— ¡Lali! —la agarró por el brazo y tiró de ella. Lali lo miró, ruborizándose. Los ojos de ambos se encontraron. 
—Los dos lo deseamos —le dijo Peter—. Hagámoslo... Sí, qué diablos, hagámoslo. 
Tiró del único lazo de su bata verde esmeralda. Sabía que no llevaba nada debajo. Luego se la retiró de los hombros y, fascinado, observó cómo la seda resbalaba por su cuerpo y caía al suelo. 
Peter la miró a los ojos un segundo, enarcando una ceja. 
— Porque estamos hablando de lo mismo, ¿verdad? 
El sonrojo de ella se intensificó. 
Él sonrió. Y se dio un festín con los ojos. 
Jamás había visto nada comparable a Lali desnuda. Sus senos eran grandes y turgentes, con los pezones enormes, oscuros y provocativos. El vello de su sexo era de un rubio tan intenso como el de su pelo. Las curvas de su cuerpo eran tan suaves y tentadoras, que Peter temió alcanzar el clímax solo mirándola. 
Un gran comienzo... 
Pero no pudo quedarse quieto, contemplándola, ni un momento más. Un gruñido sofocado escapé de su garganta mientras la abrazaba y la atraía hacía sí. Su cuerpo desnudo se frotó eróticamente con el de él. Peter podía sentir los latidos de su corazón, cómo subían y bajaban sus senos mientras respiraba trabajosamente, percibía su calor, su vibración, su aroma... 
— ¡ Peter, espera! — murmuré ella de repente. 
—¿Que espere? 
Él se detuvo, reteniéndola fuertemente contra si, mirándola a los ojos. Eran grandes, de un negro líquido. 
—Peter, no estás... 
—¿Qué? 
—No estás acostándote con mi hermana, ¿verdad? 
—¿Con tu hermana? ¿Con qué hermana? 
—Con Cande —Lali abrió más los ojos—. ¡ Con cualquiera de ellas! 
Él sonrió, meneando la cabeza. 
—No. No me estoy acostando con ninguna de tus hermanas. ¿Por qué diablos crees eso? 
—Cande se está viendo con alguien. 
—Conmigo, no. ¿Podemos seguir? 
Ella asintió, sin dejar de mirarlo. Luego cerro los ojos conforme los labios de Peter se ceñían a los suyos y la besaba con ansia, introduciéndole la lengua en la boca, consumiéndola, mientras la alzaba en vilo y buscaba a tientas la cama. Cayó sobre las sábanas con ella, sin despegarse de su boca, buscando, acariciando, paladeando, compartiendo húmedos y tórridos besos. La necesitaba, la necesitaba entera. Cerró las manos sobre sus senos, apresando los pezones entre los dedos. Luego siguió con la boca, humedeciendo los pechos, chupando los pezones endurecidos, arrancándole pequeños jadeos, su nombre... 
Lali. 
Dios, cómo la deseaba. Era casi doloroso, angustioso. No se cansaba de tocarla, de saborearla. Siempre había sabido que su cabello era sedoso, que su piel desnuda sería como el satén. Pero también era vibrante, se retorcía y arqueaba la espalda, le daba suaves bocados en los hombros mientras Peter la acariciaba íntimamente, intro-duciéndole los dedos... 
Sus bocas se fusionaron en otro beso prolongado y hambriento. Los dedos de Peter seguían dentro de ella. Él notó cómo Lali lo acariciaba. Cerró las manos en tomo a su erección, frotando. 
Peter se separó de Lali y la miró, y los ojos negros de ella le devolvieron la mirada, empañados pero dispuestos... 
Él volvió a cubrirla con un renovado ímpetu de pasión. Le humedeció los senos con la lengua, trazó un sendero de saliva por su torso, hasta llegar al ombligo. Luego le separé los muslos con un brusco movimiento de la mano y se sumergió entre ellos, haciéndole el amor con la caricia íntima de su lengua. 
Lali gritó, enterrando los dedos en su cabello, tirando. Tardó pocos segundos en alcanzar el clímax. Peter notó que la sangre bombeaba y palpitaba dolorosamente en su pene erecto, y se colocó encima de Lali, deslizándose en su interior con toda la fuerza de su pasión. 
Empezó a moverse a un ritmo febril, urgente, perdiendo toda noción de la realidad. Apreté los dientes con fuerza, tratando de recordar que deseaba que ella alcanzara el éxtasis a la par que él, ahogándose en el aroma irresistible de su sexo, en el roce erótico de su piel. Sus caderas emprendieron una cadencia frenética, desesperada. Entonces estalló por fin violentamente, y estrechó a Lali con fuerza entre sus brazos, atrayéndola hacia sí una y otra vez, hasta que oyó cómo un grito de placer volvía a escapar de sus labios... 
Se retiró de ella y siguió abrazándola. Lali estaba desnuda, bañada de sudor, pegada a él. Peter la acarició de nuevo. 
—Ahora ya sabes por qué me he mantenido alejado de ti durante tanto tiempo — murmuro suavemente. 
—¿Por qué? 
—Eres pura tentación, Lali. 
Ella se removió entre sus brazos, sonriendo. 
—Tú también. 
—Bueno, gracias, pero... Da igual. 
—¿Por qué me acusaste de haberte leído la mente? —inquirió ella con suavidad— 
. ¿Sigues pensando que soy una bruja? 
Él la atrajo aún más hacia sí.


PARA LAS QUE QUERIAN LALITER ALLI LO TIENEN. ESPERO QUE LO DIFRUTEN Y QUE COMENTEN.

domingo, 19 de junio de 2016

CAPITULO 56

—A que Lali no es ninguna arpía. Se preocupa mucho por las personas que la rodean. ¿No es extraño? Se parece a Gimena en muchos aspectos, pero es completamente distinta a ella. Gimena era bella, caprichosa e increíblemente egoísta. Lali, en cambio, siempre se desvive por ser comprensiva. En realidad, es Rocio quien se está comportando como Gimena últimamente. 
—Bueno, conmigo no hace falta que defiendas a Lali. Creo que es estupenda. 
La mejor. 
Cande le dio un codazo en el hombro. 
— ¡Tampoco hace falta que lo digas con tanto entusiasmo! 
Jimmy sonrió. 
—Compórtate. Quiero mucho a tu hermana, y lo sabes. Pero de un modo completamente distinto. Ella no sabe hablar de vísceras y de sangre en términos médicos. 
Cande dejó escapar una risita, pasándole los dedos por el cabello. 
—Doy gracias a Dios por mis talentos ocultos. 
Jimmy sonrió, pero su sonrisa se desvaneció rápidamente. 
—Lali es una copia de Gimena, y eso me ha dado que pensar... No sé, esas mujeres, esas víctimas, recordaban a Gimena. 
—Gimena murió hace mucho tiempo. 
—Lo sé, lo sé. Supongo que es imposible que haya alguna relación. Pero... 
—¿Pero qué? 
Él se levantó y recogió los calzoncillos. 
—Tengo que comprobar una cosa, Cande. Cierra bien la puerta. Tienes una pistola, ¿verdad? 
—Desde luego. Y sé usarla. 
—Buena chica. Luego hablamos —Jimmy le hizo un guiño y salió. 
Desconcertada, Cande permaneció un buen rato despierta después de que él se fuera. 
Lali... 
No era una imagen, un espejismo. Un sueño. 
Un sueño húmedo. 
Estaba allí realmente. 
Vestida de seda. 
—Lali... —murmuré Peter al cabo de un momento—. Deberías haber llamado a la puerta. He podido dispararte. 
Los ojos de Lali se centraron en él. Peter vio que los abría de par en par. Se había acostado desnudo. Casi se cubrió instintivamente con la sábana, pero no lo hizo. Permaneció como estaba, sentado, y dejó la pistola en la mesilla. Ella lo miró entonces a los ojos. 
—No, tú jamás me habrías disparado. Eres demasiado bueno en tu oficio. 
Él no contestó. Le pareció que Lali se ruborizaba. Quizá porque se había fijado en su creciente erección. 
Peter se levantó, sin preocuparse por su estado de excitación. Al fin y al cabo, era ella quien había entrado en su cuarto. 
—¿Y bien? ¿A qué has venido? —le preguntó, deseando que su tono no sonara tan áspero. Pero el corazón le latía desbocado, su respiración era entrecortada y sus músculos, y otras zonas, palpitaban por la tensión. 
—Yo... —empezó a decir Lali. Se retiró el cabello, tragó saliva y empezó de 
nuevo—. No podía dormir. Y creí que... quizá estarías despierto y te apetecería charlar. 
— ¿Charlar?