Y que ella era monja.
Eso él no se lo había creído ni por un instante. Quería tenerla. Habría sido tan
sencillo hacer caso omiso de su devoción religiosa y tomar su cuerpo... Tan
sencillo... ¿Sería de verdad una religiosa?
Le echó una mirada a LALI, que estaba hecha un ovillo sobre el duro suelo,
asombrado del curso de sus propios pensamientos. Ya antes había capturado a un
par de mujeres españolas, y las devolvió de inmediato a cambio de un rescate. En
ningún momento le inspiraron el menor deseo, a pesar de que estaban ansiosas de
complacer al Diablo. Una de ellas en particular había dejado claro que él le gustaba.
Pero él no se sintió atraído por ella. No encontraba belleza alguna en sus facciones
oscuras y sus ojos negros, de modo que la rechazó.
PETER lanzó un suspiro entrecortado y se volvió de cara a la pared. ¿Por qué
iba a preocuparle a él que la bruja española estuviera o no cómoda? Ella misma había
elegido dormir en el suelo. Pues que así fuera.
LALI se despertó con el sol de la mañana que entraba sesgado por la escotilla
de babor abierta. Dio un respingo al darse cuenta de que estaba tumbada en la litera
de PETER y, levantándose de un brinco como si algo le quemara, miró con horror
las sábanas revueltas. ¿Cómo había llegado a la cama desde el suelo? No tenía el
menor recuerdo de haberse movido, ni de que la hubieran trasladado. ¿Dónde estaba
el pirata? ¿Qué le habría hecho?
Repasó su ropa. Aparentemente no le faltaba nada de lo que llevaba puesto el
día anterior. Se notó el cuerpo algo entumecido de haber dormido en el duro suelo,
pero aparte de eso no sentía dolor en ninguna zona desacostumbrada. No tuvo
tiempo de continuar con su inspección, porque la puerta se abrió y entró PETER,
cerrando con firmeza a su espalda. Traía una bandeja que emanaba un olor delicioso.
—Ah, estás despierta; ya veo. Te he traído algo de comer. Debes de estar
hambrienta después de haberte saltado anoche la cena. —Posó la bandeja en el
escritorio, empujando a un lado un mapa.
A LALI se le hizo la boca agua.
—No tengo hambre —mintió. Pero la traicionó su estómago, haciendo unos
ruidos tan fuertes que hasta PETER los oyó—. ¿Cómo he llegado hasta la litera?
—Te puse yo ahí —dijo PETER—. Me he despertado al amanecer. Tenías pinta
de estar tan incómoda que te trasladé a la litera. Cuando salí del camarote estabas
durmiendo como un tronco.
—No me habréis... —LALI se pasó la lengua por los labios, sin saber bien cómo
continuar—. No os habréis... aprovechado de mí, ¿verdad? ¿Sois acaso lo bastante
malvado como para ultrajar a una servidora de Dios?
PETER le echó una mirada tan ceñuda que ella volvió a pegar un brinco,
asustada.
—Cuando te tome quiero que estés despierta para que te des cuenta. Quiero
que en mis brazos estés receptiva, no inconsciente y ajena a lo que le haga. Puedo ser
un malnacido, pero hay ciertas cosas a las que ni yo misino me pienso rebajar. Ahora
come. Yo tengo que llevar el barco. —Y se dio la vuelta para irse.
—¡Esperad! —PETER se detuvo, pero no se volvió—. ¿Puedo... puedo salir a
cubierta?
—Mis hombres son leales, pero piratas a pesar de todo, hermana LALI. No te
voy a poder proteger de ellos una vez que hayas salido del camarote. Darán por
hecho que ya me he cansado de ti y que tienen permiso para satisfacer sus impulsos.
Puedes hacer lo que prefieras, pero si no quieres someterte a mi tropa, te sugiero que
te quedes prudentemente aquí dentro.
LALI sintió un escalofrío. Le pareció que él decía la verdad. ¿Por qué todos los
hombres eran tan ruines, tan reprobables? Cuando él salió por la puerta, ella decidió
no abandonar el camarote por nada del mundo. La dudosa protección del capitán era
preferible a ser violada por la tripulación entera.
PETER salió de allí riéndose entre dientes. No había sido del todo sincero con
LALI. Sus hombres podían desearla, pero obedecerían sus órdenes por miedo a
sufrir las consecuencias. Después de lo que les había dicho esa mañana, ni uno solo
de ellos se habría atrevido a ponerle la mano encima a la muchacha sin su permiso
expreso.
martes, 22 de noviembre de 2016
lunes, 21 de noviembre de 2016
CAPITULO 11
Fuego. Puro fuego. Al principio fue una sensación abrasadora en el lugar por
donde se habían unido sus labios. Pero cuando la boca de él cubrió por completo la
suya y su lengua se deslizó húmeda por entre sus labios sellados, el ardor se
convirtió en un infierno de llamas que se precipitaba por sus venas hasta lugares
innombrables. Cuando intentó apartarlo de un empujón él la sujetó por los brazos,
manteniéndola inmovilizada mientras seguía explorando su boca. En el momento en
que él intentaba meterle a la fuerza la lengua en la boca, a ella, de la impresión, se le
escapó un suspiro involuntario que facilitó a su lengua el libre acceso a la cálida
dulzura de su interior.
Jamás había sentido Lucía nada parecido al desbordante magnetismo del beso
de PETER. ¡Quería besarlo otra vez! Se moría de ganas de rodearle el cuello con los
brazos y pasarle las manos por la rubia maraña del pelo. Deseaba... Aquel beso le
hizo desear cosas que no tenían nombre. Aquello no estaba bien. No estaba pero que
nada bien. Ella no debería sentir eso. Aquel hombre era su enemigo. Era un pirata
degenerado que la había secuestrado y tenía intención de violarla. Ese pensamiento
proporcionó un ápice de cordura a sus dispersas emociones, por más que las manos
de PETER iban ganando en audacia, intentando descubrir lugares que ningún
hombre tenía derecho a tocar. Ella sabía que tenía que hacer algo, lo que fuera, para
romper el hechizo que aquel hombre ejercía sobre ella antes de quedar totalmente a
su merced.
¡El puñal!
Se llevó la mano al bolsillo, extrajo la pequeña arma y la blandió hacia arriba,
apretándola contra un punto vulnerable del cuello de PETER. Él dejó caer las
manos, interrumpiendo bruscamente el beso, y la miró con una especie de perversa
admiración. La pequeña beata se envolvía en su virtud como si de un sudario se
tratara.
—No me toquéis. No volváis a tocarme nunca.
Los labios de él se estiraron en una sonrisa.
—La cosa se pone complicada. ¿De dónde has sacado ese puñal?
—Es mío. Atrás, o no viviréis para ver otro día.
PETER hizo lo que pudo para no echarse a reír abiertamente. ¿Qué esperaba
ella conseguir con aquel puñal minúsculo? De un golpe de muñeca habría podido
desarmarla, hacerle daño incluso, si quisiera. No le habría costado especial esfuerzo
echarla encima de la litera, levantarle las faldas, abrirle las piernas y tomar lo que
quería. Él era enemigo de todos los españoles. ¿Por qué iba una bruja española que se
decía religiosa a ser distinta de los demás?
—Qué cruel eres, hermana LALI —se mofó de ella.
—Lo he dicho completamente en serio, Capitán.
—¿Ah, sí, de verdad? Muy bien, pues a ver qué es lo peor que eres capaz de
hacer. Córtame el cuello, si te atreves. —En los ojos de PETER había un brillo
peligroso. Cuando el puñal hizo brotar una gota de sangre, no reaccionó como ella
había esperado—. Antes de hacerlo —añadió siniestramente—, quizá deberías tener
en cuenta otra cosa: mi muerte mortificará a mis hombres hasta hacerles perder el
sentido. Querrán hacerte sufrir, y te aseguro que no será agradable.
La mano de LALI vaciló.
—¿No te resulta preferible entregarte a mí, en lugar de probar suerte con mis
marineros? Mira que son un hatajo de brutos. No creo que duraras ni una noche.
—¡Antes prefiero darme muerte!
Lo dijo con tanta saña que PETER no puso en duda ni por un instante que
tuviera valor para cumplir su amenaza. Era consciente de que había sido él el que
había dejado que el juego se les fuera de las manos. LALI no habría podido herirle
con aquella especie de palillo de dientes, pero por alguna razón inexplicable tampoco
quería que aquella pequeña beata peleona con más coraje que sentido común sufriera
ningún daño.
Un movimiento repentino, más rápido que el ojo, y LALI se encontró despojada
del puñal y encajonada en la prisión de los brazos de PETER. Las lágrimas le
escocieron en los ojos cuando se dio cuenta de lo que había pasado, pero no las dejó
derramarse.
—¿Y ahora qué, hermana LALI? ¿Dónde está ese coraje tuyo ahora?
—¡Despreciable y vil... pirata!
—Corsario, Hermana. Hay una diferencia. Yo sólo abordo y saqueo a españoles.
—¡Dejadme marchar!
—Con mucho gusto —la soltó al instante, y ella dio un traspiés antes de
rehacerse—. Vete a la cama. De pronto he perdido el interés. Pero me guardo este
juguetito tuyo, no vaya a ser que te dé por degollarme mientras estoy durmiendo.
LALI echó una mirada espantada a la litera. ¿Acaso el pirata pretendía que se
acostara junto a él? Cuando se volvió a mirarle buscando una aclaración, vio con
asombro que se había quitado la camisa de seda negra y no llevaba más que el
ajustado pantalón negro, que le ceñía los fuertes muslos y las pantorrillas, y las botas
de cuero. Palideció y apartó los ojos, pero no sin antes echar una mirada furtiva a su
pecho bronceado y a sus hombros, sobre los que se tensaban en gruesas bandas los
músculos. Y al extraño bulto que le abombaba por delante los pantalones.
—¿Piensas dormir con esa toca espantosa? —preguntó PETER, desdeñoso—.
Te aseguro que no me voy a asustar por verte la cabeza calva. Que me dé grima,
puede, pero asustarme, no.
—Prefiero no quitármela —se obstinó LALI. Si se la quitaba y desvelaba su
largo pelo, él se habría dado cuenta del engaño. Aunque las monjas normalmente no
se afeitaban la cabeza, sí que solían llevar el pelo muy corto debajo de la toca. Ella no
había hecho aún los votos definitivos, y hasta que lo hiciera le habían permitido
conservar su exuberante cascada de pelo de ébano.
—Métete en la cama —le ordenó secamente PETER. Se desató el cordón del
pantalón y se dobló para quitarse las botas.
—¿Qué vais a hacer? —en la voz de LALI vibraba una nota de pánico.
—Dormir —PETER la miró con ojos lascivos—. A menos que a ti se te ocurra
algo mejor.
—No pienso acostarme a vuestro lado —dijo ella, apretando los labios con
Él le echó una mirada feroz, y luego se encogió de hombros.
—Haz lo que quieras. El suelo puede resultar algo duro después del primer par
de horas.
—Estoy acostumbrada a las penalidades. En el convento hay pocas
comodidades materiales. Llevamos una vida de austeridad y plegaria.
Él asintió, cortante.
—Por ahora puedes hacer lo que te dé la gana. Cuando requiera tu presencia en
mi lecho, ya te lo haré saber.
LALI intentaba no mirar su pecho desnudo, pero era difícil no hacerlo. Con lo
poco que ella sabía de anatomía masculina. Ajeno a su escandalizado escrutinio,
PETER se sentó al borde de la litera y se quitó los pantalones. El grito de
consternación que se le escapó a LALI le hizo volver a posar la vista en ella. Le
dedicó una sonrisa fanfarrona. Ella se dio la vuelta a toda prisa, ruborizándose hasta
la raíz del pelo. Oyó sus pasos detrás de ella, pero se negó a mirar.
Sintió un alivio enorme cuando él le tiró una manta y una almohada, que
cayeron en el suelo cerca de ella, y se volvió para atrás. Ella no quería mirarle el
cuerpo desnudo, pero cada vez que le oía moverse no podía evitar espiarle por
encima del hombro, manteniendo la vista a la altura de los pies. El se acercó
des preocupadamente a la silla y recuperó su espada.
—Esto va a estar más seguro conmigo —dijo, llevándose la espada consigo a la
litera. Se oyó un crujir de sábanas, y luego el silencio. De pronto todo se puso oscuro,
y LALI comprendió que PETER había apagado el farol que se balanceaba sobre sus
cabezas.
Continuó sin moverse, temiendo que él pudiera cambiar de opinión y requerir
su presencia en la cama. Se quedó inmóvil, atreviéndose apenas a respirar, hasta que
oyó la cadencia regular de la respiración de él y supo que estaba dormido. Sólo
entonces se envolvió en la manta y se tumbó en el duro suelo de madera.
A pesar de la almohada, con la toca puesta era casi imposible encontrar una
postura cómoda. Por debajo de la tela de hilo le picaba la cabeza, y echaba de menos
un peine para poder desenredarse el pelo. O mejor aún, unas tijeras, para cortárselo
lo más corto posible. La única concesión a la comodidad que hizo fue quitarse los
zapatos y las medias. Se quedó dormida casi de inmediato, agotada tras su encuentro
con el Diablo. Desafortunadamente, sus sueños se llenaron de imágenes del varonil
capitán, de su cuerpo desnudo exhibiéndose en toda su masculina belleza.
Sin pantalones.
Que Dios se apiadara de ella.
A PETER no le resultó fácil dormirse, a pesar de la regular cadencia de su
respiración. Permaneció despierto en la cama, fogosamente consciente de aquella
mujer que afirmaba ser monja. Ella le producía el efecto de hacerle sentirse
incómodo. Había habido muchas mujeres en su vida. El era un hombre viril, de los
que toman de las mujeres el placer sensual y el alivio sexual que ellas les
proporcionan. Había muchos puertos, y muchas mujeres. Pero ninguna era la
hermana LALI. ¿Qué era lo que tenía aquella monjita que le hacía quererla para sí?
No habría tenido más que tomarla como el cuerpo le pedía y luego olvidarse de ella
de una vez por todas. ¿Acaso no era española? No había habido español, hombre o
mujer, a quien no hubiera odiado con todas sus fuerzas.
donde se habían unido sus labios. Pero cuando la boca de él cubrió por completo la
suya y su lengua se deslizó húmeda por entre sus labios sellados, el ardor se
convirtió en un infierno de llamas que se precipitaba por sus venas hasta lugares
innombrables. Cuando intentó apartarlo de un empujón él la sujetó por los brazos,
manteniéndola inmovilizada mientras seguía explorando su boca. En el momento en
que él intentaba meterle a la fuerza la lengua en la boca, a ella, de la impresión, se le
escapó un suspiro involuntario que facilitó a su lengua el libre acceso a la cálida
dulzura de su interior.
Jamás había sentido Lucía nada parecido al desbordante magnetismo del beso
de PETER. ¡Quería besarlo otra vez! Se moría de ganas de rodearle el cuello con los
brazos y pasarle las manos por la rubia maraña del pelo. Deseaba... Aquel beso le
hizo desear cosas que no tenían nombre. Aquello no estaba bien. No estaba pero que
nada bien. Ella no debería sentir eso. Aquel hombre era su enemigo. Era un pirata
degenerado que la había secuestrado y tenía intención de violarla. Ese pensamiento
proporcionó un ápice de cordura a sus dispersas emociones, por más que las manos
de PETER iban ganando en audacia, intentando descubrir lugares que ningún
hombre tenía derecho a tocar. Ella sabía que tenía que hacer algo, lo que fuera, para
romper el hechizo que aquel hombre ejercía sobre ella antes de quedar totalmente a
su merced.
¡El puñal!
Se llevó la mano al bolsillo, extrajo la pequeña arma y la blandió hacia arriba,
apretándola contra un punto vulnerable del cuello de PETER. Él dejó caer las
manos, interrumpiendo bruscamente el beso, y la miró con una especie de perversa
admiración. La pequeña beata se envolvía en su virtud como si de un sudario se
tratara.
—No me toquéis. No volváis a tocarme nunca.
Los labios de él se estiraron en una sonrisa.
—La cosa se pone complicada. ¿De dónde has sacado ese puñal?
—Es mío. Atrás, o no viviréis para ver otro día.
PETER hizo lo que pudo para no echarse a reír abiertamente. ¿Qué esperaba
ella conseguir con aquel puñal minúsculo? De un golpe de muñeca habría podido
desarmarla, hacerle daño incluso, si quisiera. No le habría costado especial esfuerzo
echarla encima de la litera, levantarle las faldas, abrirle las piernas y tomar lo que
quería. Él era enemigo de todos los españoles. ¿Por qué iba una bruja española que se
decía religiosa a ser distinta de los demás?
—Qué cruel eres, hermana LALI —se mofó de ella.
—Lo he dicho completamente en serio, Capitán.
—¿Ah, sí, de verdad? Muy bien, pues a ver qué es lo peor que eres capaz de
hacer. Córtame el cuello, si te atreves. —En los ojos de PETER había un brillo
peligroso. Cuando el puñal hizo brotar una gota de sangre, no reaccionó como ella
había esperado—. Antes de hacerlo —añadió siniestramente—, quizá deberías tener
en cuenta otra cosa: mi muerte mortificará a mis hombres hasta hacerles perder el
sentido. Querrán hacerte sufrir, y te aseguro que no será agradable.
La mano de LALI vaciló.
—¿No te resulta preferible entregarte a mí, en lugar de probar suerte con mis
marineros? Mira que son un hatajo de brutos. No creo que duraras ni una noche.
—¡Antes prefiero darme muerte!
Lo dijo con tanta saña que PETER no puso en duda ni por un instante que
tuviera valor para cumplir su amenaza. Era consciente de que había sido él el que
había dejado que el juego se les fuera de las manos. LALI no habría podido herirle
con aquella especie de palillo de dientes, pero por alguna razón inexplicable tampoco
quería que aquella pequeña beata peleona con más coraje que sentido común sufriera
ningún daño.
Un movimiento repentino, más rápido que el ojo, y LALI se encontró despojada
del puñal y encajonada en la prisión de los brazos de PETER. Las lágrimas le
escocieron en los ojos cuando se dio cuenta de lo que había pasado, pero no las dejó
derramarse.
—¿Y ahora qué, hermana LALI? ¿Dónde está ese coraje tuyo ahora?
—¡Despreciable y vil... pirata!
—Corsario, Hermana. Hay una diferencia. Yo sólo abordo y saqueo a españoles.
—¡Dejadme marchar!
—Con mucho gusto —la soltó al instante, y ella dio un traspiés antes de
rehacerse—. Vete a la cama. De pronto he perdido el interés. Pero me guardo este
juguetito tuyo, no vaya a ser que te dé por degollarme mientras estoy durmiendo.
LALI echó una mirada espantada a la litera. ¿Acaso el pirata pretendía que se
acostara junto a él? Cuando se volvió a mirarle buscando una aclaración, vio con
asombro que se había quitado la camisa de seda negra y no llevaba más que el
ajustado pantalón negro, que le ceñía los fuertes muslos y las pantorrillas, y las botas
de cuero. Palideció y apartó los ojos, pero no sin antes echar una mirada furtiva a su
pecho bronceado y a sus hombros, sobre los que se tensaban en gruesas bandas los
músculos. Y al extraño bulto que le abombaba por delante los pantalones.
—¿Piensas dormir con esa toca espantosa? —preguntó PETER, desdeñoso—.
Te aseguro que no me voy a asustar por verte la cabeza calva. Que me dé grima,
puede, pero asustarme, no.
—Prefiero no quitármela —se obstinó LALI. Si se la quitaba y desvelaba su
largo pelo, él se habría dado cuenta del engaño. Aunque las monjas normalmente no
se afeitaban la cabeza, sí que solían llevar el pelo muy corto debajo de la toca. Ella no
había hecho aún los votos definitivos, y hasta que lo hiciera le habían permitido
conservar su exuberante cascada de pelo de ébano.
—Métete en la cama —le ordenó secamente PETER. Se desató el cordón del
pantalón y se dobló para quitarse las botas.
—¿Qué vais a hacer? —en la voz de LALI vibraba una nota de pánico.
—Dormir —PETER la miró con ojos lascivos—. A menos que a ti se te ocurra
algo mejor.
—No pienso acostarme a vuestro lado —dijo ella, apretando los labios con
Él le echó una mirada feroz, y luego se encogió de hombros.
—Haz lo que quieras. El suelo puede resultar algo duro después del primer par
de horas.
—Estoy acostumbrada a las penalidades. En el convento hay pocas
comodidades materiales. Llevamos una vida de austeridad y plegaria.
Él asintió, cortante.
—Por ahora puedes hacer lo que te dé la gana. Cuando requiera tu presencia en
mi lecho, ya te lo haré saber.
LALI intentaba no mirar su pecho desnudo, pero era difícil no hacerlo. Con lo
poco que ella sabía de anatomía masculina. Ajeno a su escandalizado escrutinio,
PETER se sentó al borde de la litera y se quitó los pantalones. El grito de
consternación que se le escapó a LALI le hizo volver a posar la vista en ella. Le
dedicó una sonrisa fanfarrona. Ella se dio la vuelta a toda prisa, ruborizándose hasta
la raíz del pelo. Oyó sus pasos detrás de ella, pero se negó a mirar.
Sintió un alivio enorme cuando él le tiró una manta y una almohada, que
cayeron en el suelo cerca de ella, y se volvió para atrás. Ella no quería mirarle el
cuerpo desnudo, pero cada vez que le oía moverse no podía evitar espiarle por
encima del hombro, manteniendo la vista a la altura de los pies. El se acercó
des preocupadamente a la silla y recuperó su espada.
—Esto va a estar más seguro conmigo —dijo, llevándose la espada consigo a la
litera. Se oyó un crujir de sábanas, y luego el silencio. De pronto todo se puso oscuro,
y LALI comprendió que PETER había apagado el farol que se balanceaba sobre sus
cabezas.
Continuó sin moverse, temiendo que él pudiera cambiar de opinión y requerir
su presencia en la cama. Se quedó inmóvil, atreviéndose apenas a respirar, hasta que
oyó la cadencia regular de la respiración de él y supo que estaba dormido. Sólo
entonces se envolvió en la manta y se tumbó en el duro suelo de madera.
A pesar de la almohada, con la toca puesta era casi imposible encontrar una
postura cómoda. Por debajo de la tela de hilo le picaba la cabeza, y echaba de menos
un peine para poder desenredarse el pelo. O mejor aún, unas tijeras, para cortárselo
lo más corto posible. La única concesión a la comodidad que hizo fue quitarse los
zapatos y las medias. Se quedó dormida casi de inmediato, agotada tras su encuentro
con el Diablo. Desafortunadamente, sus sueños se llenaron de imágenes del varonil
capitán, de su cuerpo desnudo exhibiéndose en toda su masculina belleza.
Sin pantalones.
Que Dios se apiadara de ella.
A PETER no le resultó fácil dormirse, a pesar de la regular cadencia de su
respiración. Permaneció despierto en la cama, fogosamente consciente de aquella
mujer que afirmaba ser monja. Ella le producía el efecto de hacerle sentirse
incómodo. Había habido muchas mujeres en su vida. El era un hombre viril, de los
que toman de las mujeres el placer sensual y el alivio sexual que ellas les
proporcionan. Había muchos puertos, y muchas mujeres. Pero ninguna era la
hermana LALI. ¿Qué era lo que tenía aquella monjita que le hacía quererla para sí?
No habría tenido más que tomarla como el cuerpo le pedía y luego olvidarse de ella
de una vez por todas. ¿Acaso no era española? No había habido español, hombre o
mujer, a quien no hubiera odiado con todas sus fuerzas.
domingo, 13 de noviembre de 2016
CAPITULO 10
LALI seguía rezando con desesperación cuando PETR se fue despechado del
camarote. En el aire que la rodeaba vibraba todavía su imponente presencia, y se
sintió como atrapada en una violenta tempestad. Una tempestad llamada el Diablo.
Cuando por fin logró levantarse de sus rodillas, estaba agitada como una hoja. Aquel
rufián infame le producía un efecto que ella no entendía. ¿Por qué no le habría hecho
caso al padre Sebastián? ¿Por qué se sentía tan cobarde para matarse? Se estremeció,
sabiendo lo que él le haría esa noche cuando volviera. Ese pensamiento aterrador la
obligó a arrodillarse una vez más.
PETER salió del camarote dando un portazo, con todo su autocontrol
pendiente de un fino hilo. La pequeña bruja española le estaba haciendo cuestionarse
los motivos mismos que tan inexorablemente
le habían empujado a buscar venganza.
Le estaba haciendo cuestionarse hasta su propia cordura, por haber permitido que
ella le llegara tan dentro. ¿Por qué no podía utilizarla sin más y dejar de darle
vueltas? ¿O entregarla a sus hombres, si es que a él no le atraía? El problema era que
le atraía demasiado. Llevársela a Andros era una locura y él lo sabía. Pero lo más
fastidioso era que, en lo que a LALI respectaba, ni él mismo sabía lo que quería.
—¿Hay algo que os inquiete, PETER? —preguntó NICO RIERA cuando
PETER alcanzó el puente.
PETER le lanzó una mirada austera.
—¿Debería haberlo?
RIERA sonrió.
—Por lo que yo sé, no. ¿Y qué hay de la monja? ¿La vais a gozar vos mismo o se
la vais a dar a los hombres? —Creía saber la respuesta a su pregunta, pero quería
oírla de PETER—. Ya sabía yo que algo tan simple como la suerte que corra una
mujer no puede inquietar al Diablo.
—¡Es mía! —dijo PETER, con una vehemencia que pilló a RIERA por
sorpresa—. Me la voy a llevar a Andros. Cuando me canse de ella, si es que me
canso, seréis el primero en saberlo.
RIERA las pasó canutas para disimular su regocijo.
—Estoy sorprendido, PETER. Las vírgenes inocentes no os suelen resultar
atractivas. ¿Qué veis vos en la hermana Lucía que yo no veo...? —entrecerró los ojos,
especulando—. ¿O es que ya la habéis hecho vuestra, y la halláis de vuestro agrado?
Podríais compartirla.
PETER se puso tenso.
—No tentéis a la suerte, señor RIERA. Nuestra larga amistad no os autoriza a
poner en cuestión las decisiones de vuestro capitán. Os sugiero que vayáis a
ocuparos de vuestras obligaciones.
—A la orden, capitán LANZANI —dijo RIERA, volviendo al orden. No era
habitual que PETER hiciera valer su rango, pero cuando eso ocurría NICO sabía
recomponerse a tiempo.
RIERA recordó las innumerables veces que él y PETER habían compartido
mujer sin llegar nunca a las manos por ninguna de ellas. No sólo compartían mujer,
sino también el mismo odio a los españoles. También él había sufrido el azote del
látigo durante los seis meses que pasó prisionero de los españoles. ¿Qué tenía aquella
monja, se preguntó RIERA, para poner tan irascible a PETER? Si no la había
gozado ya, RIERA esperaba que lo hiciera pronto, o él mismo y la tripulación
sufrirían en sus carnes el mal humor de PETER.
Al oscurecer, uno de los hombres fue a llevarle a LALI una bandeja. El rudo
marino se quedó un instante contemplándola, y luego se fue deprisa. Aunque la
comida parecía bastante apetitosa, Lucía era incapaz de tragar bocado. El peligro
implícito en las amenazas de PETER producía efectos terribles en su mente. Se
imaginó a sí misma a merced de él. No podía mirar la amplia litera sin pensar en lo
que un hombre poderoso como el Diablo podía llegar a hacerle en ella. No estaba del
todo segura de cómo se llevaba a cabo una violación, con lo que sus vividas
imaginaciones se hacían aún más terribles. Si al menos tuviera un arma...
En un arrebato de excitación recordó el pequeño puñal que se había guardado
en el bolsillo cuando se puso sus ropas de monja. Al meter la mano en el bolsillo se
sintió reconfortada por la garantía del frío acero, por exiguo que fuera. ¿Tendría ella
el coraje de usarlo en defensa propia? Lucía estaba calibrando las consecuencias y
armándose del valor que necesitaba, cuando la puerta se abrió de sopetón Y PETER LANZANI irrumpió en el camarote, más grande que la vida misma y el doble de aterrador.
Él la miró con aire distraído, notando cómo el miedo transformaba sus facciones
casi perfectas. Su vista se posó en la bandeja que estaba junto a ella, intacta.
—¿No es de tu gusto la comida? —preguntó, desabrochándose el cinto de la
espada al tiempo que cruzaba en dos zancadas la habitación—. Yo creía que las
religiosas estabais acostumbradas a la comida sencilla y frugal. Nuestro cocinero
hace auténticas maravillas con lo poco que tenemos por aquí; deberías probarlo. —
Terminó de quitarse la espada y la arrojó sobre una silla. La casaca voló detrás.
LALI se puso en pie de un salto y retrocedió.
—¡No os acerquéis más!
—Tu castidad está a salvo por el momento; no creo que pudiera ponerme lo
bastante a tono como para saborear tus dudosos encantos. —Le lanzó a Lucía una
mirada que la hizo estremecerse. ¿Es que era tan poco atractiva que aquel hombre no
quería ni tocarla?
Bien, pensó, llena de alivio. Eso era exactamente lo que pretendía al ponerse
aquellos discretos ropajes de monja enclaustrada. La madre abadesa habría estado
orgullosa de ella. Su expresión debió traslucir sus pensamientos, porque PETER le
dedicó una desvergonzada sonrisa que hizo que el alma se le cayera en picado a los
pies.
—Esa suficiencia está de más, hermana Lucía. No digo que no vaya a pensar lo
contrario mañana, o incluso dentro de diez minutos. Como me dé por tenerte, te
tendré; pero prefiero dejarte con la duda. Además, quiero estar bien descansado
cuando te apetezca —le lanzó una mirada libidinosa—, estoy seguro de que mi
paciencia se verá ampliamente recompensada.
LALI lo miraba boquiabierta y aterrorizada.
—Sois un monstruo, capitán LANZANI. Ni os tengo miedo ni me siento tentada por
el Diablo. —Echó una mirada anhelante a la espada que él acababa de quitarse.
PETERse acercó todavía más, cerniéndose en todo su esplendor varonil sobre
la menuda silueta de Lucía.
—¿Estás segura, Hermana? Cuanto más me insultas, más creo que eres una
farsante. He estado pensándolo mucho y he llegado a la conclusión de que tú no eres
monja. El fuego profano de tus ojos niega hasta la existencia de ese fervor religioso
tuyo. Eres demasiado arrogante para ser la humilde beata que afirmas ser. Te falta
contención y modestia. ¿Quién eres en realidad?
Estaban tan cerca que LALI sintió el calor apremiante de su aliento en la mejilla.
Intentó retroceder, pero no había hacia dónde. Tanteó con la mano el puñal que
llevaba en el bolsillo y le lanzó al pirata una mirada desafiante.
—Ya os he dicho quién soy. Soy la hermana LALI, recién salida del convento de
la Madre de Dios. La reverenda madre superiora me encargó que acompañara a la
señorita Carlota ESPOSITO hasta La Habana. Si me lleváis de vuelta a España, rezaré
por vos hasta el día en que me muera.
—Yo no quiero tus rezos, hermana LALI —dijo PETER. Tenía la voz grave y
áspera, como si le costara un gran esfuerzo controlar la respiración—. Es posible que
quiera de ti otra cosa. Una cosa que nos va a hacer felices a los dos.
A LALI se le quedó la boca seca. La punta de su lengua se asomó a sus labios
para humedecerlos. Le pareció oír un gruñido de PETER, pero no estaba segura.
—No... no sé de qué me estáis hablando.
PETER tendió la mano hacia delante para cogerla por la barbilla.
—¿Ah, no? Pues igual te lo puedo enseñar. Puede que esté demasiado cansado
para tentarte, pero tendría que estar en mi lecho de muerte para resistirme a tan
dulce invitación.
LALI se quedó paralizada, subyugada por la intensidad azul de los ojos de
PETER. Habría dicho que eran simplemente azules, pero ahora veía que eran del
gris azulado del mar agitado por la tormenta, con tumultuosos destellos de plata
pura. Nunca había visto unos ojos como aquéllos. Los ojos del Diablo. Consternada,
tragó saliva y buscó una respuesta para las palabras intimidatorias que él acaba de
decirle.
—Yo no os he invitado a nada.
—Oh, sí que lo has hecho. —Él bajó un punto la cabeza, y su pelo rubio le rozó
la frente cuando sus labios tocaron los de ella.
camarote. En el aire que la rodeaba vibraba todavía su imponente presencia, y se
sintió como atrapada en una violenta tempestad. Una tempestad llamada el Diablo.
Cuando por fin logró levantarse de sus rodillas, estaba agitada como una hoja. Aquel
rufián infame le producía un efecto que ella no entendía. ¿Por qué no le habría hecho
caso al padre Sebastián? ¿Por qué se sentía tan cobarde para matarse? Se estremeció,
sabiendo lo que él le haría esa noche cuando volviera. Ese pensamiento aterrador la
obligó a arrodillarse una vez más.
PETER salió del camarote dando un portazo, con todo su autocontrol
pendiente de un fino hilo. La pequeña bruja española le estaba haciendo cuestionarse
los motivos mismos que tan inexorablemente
Le estaba haciendo cuestionarse hasta su propia cordura, por haber permitido que
ella le llegara tan dentro. ¿Por qué no podía utilizarla sin más y dejar de darle
vueltas? ¿O entregarla a sus hombres, si es que a él no le atraía? El problema era que
le atraía demasiado. Llevársela a Andros era una locura y él lo sabía. Pero lo más
fastidioso era que, en lo que a LALI respectaba, ni él mismo sabía lo que quería.
—¿Hay algo que os inquiete, PETER? —preguntó NICO RIERA cuando
PETER alcanzó el puente.
PETER le lanzó una mirada austera.
—¿Debería haberlo?
RIERA sonrió.
—Por lo que yo sé, no. ¿Y qué hay de la monja? ¿La vais a gozar vos mismo o se
la vais a dar a los hombres? —Creía saber la respuesta a su pregunta, pero quería
oírla de PETER—. Ya sabía yo que algo tan simple como la suerte que corra una
mujer no puede inquietar al Diablo.
—¡Es mía! —dijo PETER, con una vehemencia que pilló a RIERA por
sorpresa—. Me la voy a llevar a Andros. Cuando me canse de ella, si es que me
canso, seréis el primero en saberlo.
RIERA las pasó canutas para disimular su regocijo.
—Estoy sorprendido, PETER. Las vírgenes inocentes no os suelen resultar
atractivas. ¿Qué veis vos en la hermana Lucía que yo no veo...? —entrecerró los ojos,
especulando—. ¿O es que ya la habéis hecho vuestra, y la halláis de vuestro agrado?
Podríais compartirla.
PETER se puso tenso.
—No tentéis a la suerte, señor RIERA. Nuestra larga amistad no os autoriza a
poner en cuestión las decisiones de vuestro capitán. Os sugiero que vayáis a
ocuparos de vuestras obligaciones.
—A la orden, capitán LANZANI —dijo RIERA, volviendo al orden. No era
habitual que PETER hiciera valer su rango, pero cuando eso ocurría NICO sabía
recomponerse a tiempo.
RIERA recordó las innumerables veces que él y PETER habían compartido
mujer sin llegar nunca a las manos por ninguna de ellas. No sólo compartían mujer,
sino también el mismo odio a los españoles. También él había sufrido el azote del
látigo durante los seis meses que pasó prisionero de los españoles. ¿Qué tenía aquella
monja, se preguntó RIERA, para poner tan irascible a PETER? Si no la había
gozado ya, RIERA esperaba que lo hiciera pronto, o él mismo y la tripulación
sufrirían en sus carnes el mal humor de PETER.
Al oscurecer, uno de los hombres fue a llevarle a LALI una bandeja. El rudo
marino se quedó un instante contemplándola,
comida parecía bastante apetitosa, Lucía era incapaz de tragar bocado. El peligro
implícito en las amenazas de PETER producía efectos terribles en su mente. Se
imaginó a sí misma a merced de él. No podía mirar la amplia litera sin pensar en lo
que un hombre poderoso como el Diablo podía llegar a hacerle en ella. No estaba del
todo segura de cómo se llevaba a cabo una violación, con lo que sus vividas
imaginaciones se hacían aún más terribles. Si al menos tuviera un arma...
En un arrebato de excitación recordó el pequeño puñal que se había guardado
en el bolsillo cuando se puso sus ropas de monja. Al meter la mano en el bolsillo se
sintió reconfortada por la garantía del frío acero, por exiguo que fuera. ¿Tendría ella
el coraje de usarlo en defensa propia? Lucía estaba calibrando las consecuencias y
armándose del valor que necesitaba, cuando la puerta se abrió de sopetón Y PETER LANZANI irrumpió en el camarote, más grande que la vida misma y el doble de aterrador.
Él la miró con aire distraído, notando cómo el miedo transformaba sus facciones
casi perfectas. Su vista se posó en la bandeja que estaba junto a ella, intacta.
—¿No es de tu gusto la comida? —preguntó, desabrochándose
espada al tiempo que cruzaba en dos zancadas la habitación—. Yo creía que las
religiosas estabais acostumbradas a la comida sencilla y frugal. Nuestro cocinero
hace auténticas maravillas con lo poco que tenemos por aquí; deberías probarlo. —
Terminó de quitarse la espada y la arrojó sobre una silla. La casaca voló detrás.
LALI se puso en pie de un salto y retrocedió.
—¡No os acerquéis más!
—Tu castidad está a salvo por el momento; no creo que pudiera ponerme lo
bastante a tono como para saborear tus dudosos encantos. —Le lanzó a Lucía una
mirada que la hizo estremecerse. ¿Es que era tan poco atractiva que aquel hombre no
quería ni tocarla?
Bien, pensó, llena de alivio. Eso era exactamente lo que pretendía al ponerse
aquellos discretos ropajes de monja enclaustrada. La madre abadesa habría estado
orgullosa de ella. Su expresión debió traslucir sus pensamientos, porque PETER le
dedicó una desvergonzada sonrisa que hizo que el alma se le cayera en picado a los
pies.
—Esa suficiencia está de más, hermana Lucía. No digo que no vaya a pensar lo
contrario mañana, o incluso dentro de diez minutos. Como me dé por tenerte, te
tendré; pero prefiero dejarte con la duda. Además, quiero estar bien descansado
cuando te apetezca —le lanzó una mirada libidinosa—, estoy seguro de que mi
paciencia se verá ampliamente recompensada.
LALI lo miraba boquiabierta y aterrorizada.
—Sois un monstruo, capitán LANZANI. Ni os tengo miedo ni me siento tentada por
el Diablo. —Echó una mirada anhelante a la espada que él acababa de quitarse.
PETERse acercó todavía más, cerniéndose en todo su esplendor varonil sobre
la menuda silueta de Lucía.
—¿Estás segura, Hermana? Cuanto más me insultas, más creo que eres una
farsante. He estado pensándolo mucho y he llegado a la conclusión de que tú no eres
monja. El fuego profano de tus ojos niega hasta la existencia de ese fervor religioso
tuyo. Eres demasiado arrogante para ser la humilde beata que afirmas ser. Te falta
contención y modestia. ¿Quién eres en realidad?
Estaban tan cerca que LALI sintió el calor apremiante de su aliento en la mejilla.
Intentó retroceder, pero no había hacia dónde. Tanteó con la mano el puñal que
llevaba en el bolsillo y le lanzó al pirata una mirada desafiante.
—Ya os he dicho quién soy. Soy la hermana LALI, recién salida del convento de
la Madre de Dios. La reverenda madre superiora me encargó que acompañara a la
señorita Carlota ESPOSITO hasta La Habana. Si me lleváis de vuelta a España, rezaré
por vos hasta el día en que me muera.
—Yo no quiero tus rezos, hermana LALI —dijo PETER. Tenía la voz grave y
áspera, como si le costara un gran esfuerzo controlar la respiración—. Es posible que
quiera de ti otra cosa. Una cosa que nos va a hacer felices a los dos.
A LALI se le quedó la boca seca. La punta de su lengua se asomó a sus labios
para humedecerlos. Le pareció oír un gruñido de PETER, pero no estaba segura.
—No... no sé de qué me estáis hablando.
PETER tendió la mano hacia delante para cogerla por la barbilla.
—¿Ah, no? Pues igual te lo puedo enseñar. Puede que esté demasiado cansado
para tentarte, pero tendría que estar en mi lecho de muerte para resistirme a tan
dulce invitación.
LALI se quedó paralizada, subyugada por la intensidad azul de los ojos de
PETER. Habría dicho que eran simplemente azules, pero ahora veía que eran del
gris azulado del mar agitado por la tormenta, con tumultuosos destellos de plata
pura. Nunca había visto unos ojos como aquéllos. Los ojos del Diablo. Consternada,
tragó saliva y buscó una respuesta para las palabras intimidatorias que él acaba de
decirle.
—Yo no os he invitado a nada.
—Oh, sí que lo has hecho. —Él bajó un punto la cabeza, y su pelo rubio le rozó
la frente cuando sus labios tocaron los de ella.
CAPITULO 9
LALI levantó de inmediato la cabeza:
—¡Sois un bárbaro sin corazón! ¡Habéis decidido entregarme a vuestros
hombres!
PETE Resbozó una sonrisa burlona, recreándose en el destello de rebeldía de
los ojos de ella.
—Pues sí, una vez que yo me haya hartado de ti. Pero a decir verdad, no me
atraes —mintió—. ¿Es verdad que debajo de la toca llevas la cabeza afeitada?
Gracias a Dios que PETER no había visto la abundante melena de ébano que su
toca ocultaba. En ese mismo instante, LALI decidió afeitarse el pelo en la primera
ocasión que se le presentara, antes de que él descubriera su secreto.
—Sí; estoy calva como una cebolla —concedió LALI—. ¿Queréis verlo? —Con
el pulso tembloroso, hizo como si fuera a quitarse la toca. Era una treta temeraria, y
LALI rezó por que no tuviera que arrepentirse.
PETER hizo una mueca de desagrado, visiblemente asqueado. No sentía el
menor deseo de ver a una hermosa mujer como LALI despojada de la gloriosa
corona de su pelo. Había oído decir que la reina Isabel estaba calva, pero no se lo
había creído. El siempre la había visto con una exuberante mata de pelo roja.
—No, no tengo ningunas ganas de ver tu cabeza calva. Hacerle eso a una mujer
es un auténtico ultraje.
—Y sin embargo vos pensáis ultrajarme de otras formas aún más viles —le
replicó LALI. Sus ojos le desafiaron a negarlo, pero él no fue capaz de hacerlo.
—Eres española —remachó PETER, como si eso hiciera perfectamente
aceptables sus intenciones—. No he venido para discutir contigo.
—¿Para qué habéis venido?
—Para informarte de tu destino —la contempló con perturbadora intensidad—.
Levántate, no me gusta estar hablando con tu coronilla, y me estoy ya cansando de
tanto rezo. Tienes que tener las rodillas destrozadas de tanto arrodillarte.
LALI se levantó grácilmente, a pesar de tener las piernas entumecidas. Se
encaró directamente con PETER, apretando la barbilla. Su actitud era tan belicosa
que a ella misma le costó creer lo mucho que había cambiado en tan poco tiempo.
Resultaba evidente que ni diez años entre los muros del convento habían logrado
domar el temperamento fogoso y el espíritu rebelde que en su niñez desesperaban a
su padre. Le echó la culpa de esa recaída a cierto procaz pirata conocido como "el
Diablo".
—¿Qué decisión habéis tomado, Capitán? —En sus ojos oscuros había una
innegable chispa de rebeldía.
PETER reprimió la súbita irritación que sentía hacia la española. ¿Por qué
aquella orgullosa monja española le hacía sentirse como el más bajo chucho callejero?
Le resultaba difícil pensar de un modo racional teniéndola tan cerca, y contra su
propia voluntad se descubrió admirando la chispa de su mirada. Luego un dulce
aroma de rosas cruzó flotando el estrecho espacio que los separaba, y él frunció el
ceño, más que sorprendido de descubrir que las monjas usaban perfume. Sacudió la
cabeza para despejársela de pensamientos demasiado perturbadores para su
bienestar, pero no dio resultado. Le hormigueaban los dedos de ganas de tocarla.
Quería montarla, cabalgar sobre ella, quería oírla jadear de deliciosa liberación.
Por Dios, ¿es que se estaba volviendo loco? Debía hacer lo que su parte
consciente le exigía: violarla, y luego dársela a sus hombres.
—El barco necesita reparaciones. Vamos a recalar en nuestro refugio de las
Bahamas. Tú vendrás con nosotros.
LALI tragó saliva.
—¿Para qué? ¿De qué iba yo a serviros?
—Quizá te encuentre algún valor. ¿Eres de familia rica? ¿Estarían dispuestos a
pagar un rescate por volver a verte?
LALI se le quedó mirando. Si le decía la verdad, su hábito de monja ya no
podría protegerla. Si él cobraba el rescate y la devolvía a su padre, don Eduardo la
enviaría de nuevo a Cuba para celebrar un matrimonio que ella no quería. Pero si
continuaba con su farsa, existía una posibilidad de que PETER la escuchara y la
dejara marchar. Entonces podría buscar la forma de volver a casa, reingresar
tranquilamente en el convento y hacer sus votos definitivos. Para cuando su padre la
descubriera, ya sería demasiado tarde para poner remedio.
LALI sabía que podía ponerse a sí misma en grave peligro si metía la pata con
el capitán pirata. Por un lado, no tenía la menor garantía de que él no fuera a violarla
si admitía que era LALI ESPOSITO; por otro, lo de hacerse pasar por monja tampoco
disuadiría al pirata de cometer cualquier vileza. Aun así, tenía que decir algo. Se
decidió en una fracción de segundo:
—Ay, Capitán, mi familia es pobre. Me encomendaron al convento a la edad de
diez años para tener una boca menos que alimentar. Yo soy la única hermana entre
muchos hermanos. Ellos valían para trabajar nuestra miserable tierra, y a mí me
pusieron en manos de la Iglesia. Os suplico que me liberéis para poder regresar al
convento.
—Eso no puedo hacerlo. Se me amotinarían los hombres, si te soltara. Están
esperando que te entregue a ellos cuando haya acabado yo contigo.
LALI tragó saliva de forma ostensible. El miedo le clavó sus heladas garras en
las entrañas:
—Os ruego que me dejéis ir. Yo no os he hecho nada. ¿Por qué tenéis ese odio
hacia mis compatriotas?
A PETER se le endureció la expresión y clavó la vista en el vacío, arponeado
por recuerdos que ella no podía ni empezar a comprender. Aún sentía el azote del
látigo en la espalda, oía todavía las risas crueles de sus torturadores españoles
cuando le echaban agua salada en las heridas y él se retorcía de dolor. Le habían
hecho trabajar hasta la extenuación y lo habían alimentado con raciones para morirse
de hambre durante cinco años, y difícilmente habría logrado sobrevivir mucho más
tiempo en tan intolerables condiciones. De no ser por los españoles, sus padres y sus
hermanos todavía estarían vivos. Y aquella mujer que tenía delante llevaba la odiosa
sangre del asesino español.
LALI retrocedió aterrorizada al ver la expresión feroz de PETER. Fuera lo que
fuese, sus compatriotas tenían que haberle hecho algo verdaderamente horrible,
reflexionó con sutileza.
PETER notó que estaba asustada y le lanzó una sonrisa mortífera:
—Haces bien en temerme, hermana LALI. Tus compatriotas me hicieron vivir
un infierno y destruyeron todo lo que me era querido. Juré que no iba a tener piedad
con los españoles, y ahora te toca a ti sufrir por ello. Nos acompañarás en el Vengador
hasta Andros y te someterás a mí del modo que a mí me plazca.
El pirata se había acercado tanto que LALI se sintió desbordada por la solidez
inflexible de su fuerza. La urgencia de su ira, el calor de su cuerpo... la tenacidad y la
determinación de aquel hombre y la nitidez de la energía que emanaba la inundaron
de un pavor tan intenso que se sintió perdida sin remedio. Y sin embargo, a pesar de
todo lo que sabía de aquel pirata inglés, de todas las cosas terribles que había oído
contar, que bastarían para hacerla desmayarse, lo que tenía era la embriagadora
sensación de estar por fin viva, después de muchos años de existir sin más.
—Antes me mataré a mí misma que permitir que vos o ninguno de esos
degenerados marineros vuestros me pongáis la mano encima —juró, lanzándole a
PETER una mirada de absoluto desdén. Era una amenaza vacía, porque no se veía
con valor para cumplirla. Esperaba, sin embargo, que obligara al pirata a pensárselo
dos veces antes de tocarla.
La generosa boca de PETER se curvó hacia arriba en una sonrisa muy poco
reconfortante:
—Oh, no, Hermana, la muerte es la forma más fácil de huir, y tú no eres una
cobarde. Tus ojos dicen claramente cuánto amas la vida. Será entretenido dejarte
seguir rumiando tu destino. Igual te tomo esta noche, en mi litera. O puede que
espere hasta que lleguemos a Andros. O —añadió, sacudiendo la cabeza con
despreocupación
— puede que decida que eres demasiada molestia y te entregue
inmediatamente a mis hombres. En realidad no eres mi tipo; pero mi tripulación no
es tan exigente. —Sus ojos le acariciaron el cuerpo de arriba abajo con insultante
intensidad—. Si tienes un poco de cerebro, podrías hacerme cambiar de opinión.
LALI sintió un ahogo tan fuerte que a duras penas logró tragarse el nudo que se
le había formado en la garganta. PETER apretaba el bien definido ángulo de la
mandíbula con tanta fuerza que ella le veía el movimiento convulsivo del músculo
bajo la piel tostada de la mejilla. Ni por un instante puso en duda sus palabras. Su
odio hacia los españoles era tan violento, estaba tan profundamente enraizado en él
desde hacía tanto tiempo, que no podía esperar compasión de él. No lograba pensar
en nada que pudiera hacerle cambiar de opinión, pero eso no le impidió volver a
recurrir a un método que otras veces le había funcionado. Estaba segura de que Dios
no la iba a abandonar.
Arrodillándose, inclinó la cabeza y rezó con todo el fervor que pudo.
—¡Sois un bárbaro sin corazón! ¡Habéis decidido entregarme a vuestros
hombres!
PETE Resbozó una sonrisa burlona, recreándose en el destello de rebeldía de
los ojos de ella.
—Pues sí, una vez que yo me haya hartado de ti. Pero a decir verdad, no me
atraes —mintió—. ¿Es verdad que debajo de la toca llevas la cabeza afeitada?
Gracias a Dios que PETER no había visto la abundante melena de ébano que su
toca ocultaba. En ese mismo instante, LALI decidió afeitarse el pelo en la primera
ocasión que se le presentara, antes de que él descubriera su secreto.
—Sí; estoy calva como una cebolla —concedió LALI—. ¿Queréis verlo? —Con
el pulso tembloroso, hizo como si fuera a quitarse la toca. Era una treta temeraria, y
LALI rezó por que no tuviera que arrepentirse.
PETER hizo una mueca de desagrado, visiblemente asqueado. No sentía el
menor deseo de ver a una hermosa mujer como LALI despojada de la gloriosa
corona de su pelo. Había oído decir que la reina Isabel estaba calva, pero no se lo
había creído. El siempre la había visto con una exuberante mata de pelo roja.
—No, no tengo ningunas ganas de ver tu cabeza calva. Hacerle eso a una mujer
es un auténtico ultraje.
—Y sin embargo vos pensáis ultrajarme de otras formas aún más viles —le
replicó LALI. Sus ojos le desafiaron a negarlo, pero él no fue capaz de hacerlo.
—Eres española —remachó PETER, como si eso hiciera perfectamente
aceptables sus intenciones—. No he venido para discutir contigo.
—¿Para qué habéis venido?
—Para informarte de tu destino —la contempló con perturbadora intensidad—.
Levántate, no me gusta estar hablando con tu coronilla, y me estoy ya cansando de
tanto rezo. Tienes que tener las rodillas destrozadas de tanto arrodillarte.
LALI se levantó grácilmente, a pesar de tener las piernas entumecidas. Se
encaró directamente con PETER, apretando la barbilla. Su actitud era tan belicosa
que a ella misma le costó creer lo mucho que había cambiado en tan poco tiempo.
Resultaba evidente que ni diez años entre los muros del convento habían logrado
domar el temperamento fogoso y el espíritu rebelde que en su niñez desesperaban a
su padre. Le echó la culpa de esa recaída a cierto procaz pirata conocido como "el
Diablo".
—¿Qué decisión habéis tomado, Capitán? —En sus ojos oscuros había una
innegable chispa de rebeldía.
PETER reprimió la súbita irritación que sentía hacia la española. ¿Por qué
aquella orgullosa monja española le hacía sentirse como el más bajo chucho callejero?
Le resultaba difícil pensar de un modo racional teniéndola tan cerca, y contra su
propia voluntad se descubrió admirando la chispa de su mirada. Luego un dulce
aroma de rosas cruzó flotando el estrecho espacio que los separaba, y él frunció el
ceño, más que sorprendido de descubrir que las monjas usaban perfume. Sacudió la
cabeza para despejársela de pensamientos demasiado perturbadores para su
bienestar, pero no dio resultado. Le hormigueaban los dedos de ganas de tocarla.
Quería montarla, cabalgar sobre ella, quería oírla jadear de deliciosa liberación.
Por Dios, ¿es que se estaba volviendo loco? Debía hacer lo que su parte
consciente le exigía: violarla, y luego dársela a sus hombres.
—El barco necesita reparaciones. Vamos a recalar en nuestro refugio de las
Bahamas. Tú vendrás con nosotros.
LALI tragó saliva.
—¿Para qué? ¿De qué iba yo a serviros?
—Quizá te encuentre algún valor. ¿Eres de familia rica? ¿Estarían dispuestos a
pagar un rescate por volver a verte?
LALI se le quedó mirando. Si le decía la verdad, su hábito de monja ya no
podría protegerla. Si él cobraba el rescate y la devolvía a su padre, don Eduardo la
enviaría de nuevo a Cuba para celebrar un matrimonio que ella no quería. Pero si
continuaba con su farsa, existía una posibilidad de que PETER la escuchara y la
dejara marchar. Entonces podría buscar la forma de volver a casa, reingresar
tranquilamente en el convento y hacer sus votos definitivos. Para cuando su padre la
descubriera, ya sería demasiado tarde para poner remedio.
LALI sabía que podía ponerse a sí misma en grave peligro si metía la pata con
el capitán pirata. Por un lado, no tenía la menor garantía de que él no fuera a violarla
si admitía que era LALI ESPOSITO; por otro, lo de hacerse pasar por monja tampoco
disuadiría al pirata de cometer cualquier vileza. Aun así, tenía que decir algo. Se
decidió en una fracción de segundo:
—Ay, Capitán, mi familia es pobre. Me encomendaron al convento a la edad de
diez años para tener una boca menos que alimentar. Yo soy la única hermana entre
muchos hermanos. Ellos valían para trabajar nuestra miserable tierra, y a mí me
pusieron en manos de la Iglesia. Os suplico que me liberéis para poder regresar al
convento.
—Eso no puedo hacerlo. Se me amotinarían los hombres, si te soltara. Están
esperando que te entregue a ellos cuando haya acabado yo contigo.
LALI tragó saliva de forma ostensible. El miedo le clavó sus heladas garras en
las entrañas:
—Os ruego que me dejéis ir. Yo no os he hecho nada. ¿Por qué tenéis ese odio
hacia mis compatriotas?
A PETER se le endureció la expresión y clavó la vista en el vacío, arponeado
por recuerdos que ella no podía ni empezar a comprender. Aún sentía el azote del
látigo en la espalda, oía todavía las risas crueles de sus torturadores españoles
cuando le echaban agua salada en las heridas y él se retorcía de dolor. Le habían
hecho trabajar hasta la extenuación y lo habían alimentado con raciones para morirse
de hambre durante cinco años, y difícilmente habría logrado sobrevivir mucho más
tiempo en tan intolerables condiciones. De no ser por los españoles, sus padres y sus
hermanos todavía estarían vivos. Y aquella mujer que tenía delante llevaba la odiosa
sangre del asesino español.
LALI retrocedió aterrorizada al ver la expresión feroz de PETER. Fuera lo que
fuese, sus compatriotas tenían que haberle hecho algo verdaderamente horrible,
reflexionó con sutileza.
PETER notó que estaba asustada y le lanzó una sonrisa mortífera:
—Haces bien en temerme, hermana LALI. Tus compatriotas me hicieron vivir
un infierno y destruyeron todo lo que me era querido. Juré que no iba a tener piedad
con los españoles, y ahora te toca a ti sufrir por ello. Nos acompañarás en el Vengador
hasta Andros y te someterás a mí del modo que a mí me plazca.
El pirata se había acercado tanto que LALI se sintió desbordada por la solidez
inflexible de su fuerza. La urgencia de su ira, el calor de su cuerpo... la tenacidad y la
determinación de aquel hombre y la nitidez de la energía que emanaba la inundaron
de un pavor tan intenso que se sintió perdida sin remedio. Y sin embargo, a pesar de
todo lo que sabía de aquel pirata inglés, de todas las cosas terribles que había oído
contar, que bastarían para hacerla desmayarse, lo que tenía era la embriagadora
sensación de estar por fin viva, después de muchos años de existir sin más.
—Antes me mataré a mí misma que permitir que vos o ninguno de esos
degenerados marineros vuestros me pongáis la mano encima —juró, lanzándole a
PETER una mirada de absoluto desdén. Era una amenaza vacía, porque no se veía
con valor para cumplirla. Esperaba, sin embargo, que obligara al pirata a pensárselo
dos veces antes de tocarla.
La generosa boca de PETER se curvó hacia arriba en una sonrisa muy poco
reconfortante:
—Oh, no, Hermana, la muerte es la forma más fácil de huir, y tú no eres una
cobarde. Tus ojos dicen claramente cuánto amas la vida. Será entretenido dejarte
seguir rumiando tu destino. Igual te tomo esta noche, en mi litera. O puede que
espere hasta que lleguemos a Andros. O —añadió, sacudiendo la cabeza con
despreocupación
inmediatamente a mis hombres. En realidad no eres mi tipo; pero mi tripulación no
es tan exigente. —Sus ojos le acariciaron el cuerpo de arriba abajo con insultante
intensidad—. Si tienes un poco de cerebro, podrías hacerme cambiar de opinión.
LALI sintió un ahogo tan fuerte que a duras penas logró tragarse el nudo que se
le había formado en la garganta. PETER apretaba el bien definido ángulo de la
mandíbula con tanta fuerza que ella le veía el movimiento convulsivo del músculo
bajo la piel tostada de la mejilla. Ni por un instante puso en duda sus palabras. Su
odio hacia los españoles era tan violento, estaba tan profundamente enraizado en él
desde hacía tanto tiempo, que no podía esperar compasión de él. No lograba pensar
en nada que pudiera hacerle cambiar de opinión, pero eso no le impidió volver a
recurrir a un método que otras veces le había funcionado. Estaba segura de que Dios
no la iba a abandonar.
Arrodillándose,
CAPITULO 8
—Un español es un español, sea hombre o mujer —entonó secamente
RIERA—. ¿Habéis olvidado lo que los muy malnacidos os hicieron?
El cuerpo de PETER se puso en tensión.
—No he olvidado nada. —Hizo una pausa, y luego dijo—: Esa mujer pertenece
a una orden católica. ¿Acaso están los hombres tan impacientes como para violar a
una religiosa?
RIERA soltó una risa sarcástica.
—Debajo de ese saco de patatas gris hay una mujer como cualquier otra. Y
tenéis que admitir que tiene su encanto. Nuestros hombres llevan meses en el mar, y
les importa bien poco lo que sea o no sea esa mujer.
PETER apartó la mirada.
—No tengo inconveniente en admitir que la muchacha es atractiva, además de
infinitamente irritante. Sin embargo, hay algo en ella que me descoloca. Parece
sincera en lo de su fe. Pero es demasiado terrenal, demasiado sensual, maldita sea,
para ser lo que ella afirma. En lo más hondo de esos ojos oscuros se esconde un
temperamento ardiente, lo sepa ella o no.
RIERA le lanzó a PETER una mirada preocupada.
—¿Os gusta la muchacha, Capitán? Si así es, dadle un buen revolcón y os la
quitaréis de la cabeza. Y después, pasádsela a los hombres. No conviene mantenerla
mucho tiempo a bordo; nos va a traer problemas seguro. La tripulación entera
acabará peleándose por ella, en cuanto vos la hayáis despachado.
—No me gusta la muchacha, NICO —negó PETER de forma poco convincente—
. No puedo soportar a los españoles, sean hombres, mujeres o niños. Eso lo sabes tan
bien como yo.
—Bueno, pero siempre hay una primera vez —le previno RIERA—. Tened
cuidado, PETER, no os dejéis engatusar por esa muchacha. Pensad que es muy
probable que por debajo de esa toca que lleva esté más calva que un huevo.
—Ocupaos de vuestras obligaciones, señor RIERA —dijo PETER con un
deje de irritación—, y yo me ocuparé de las mías. Nunca me han atraído las mujeres
calvas, pero admito que esa bruja de ojos oscuros me intriga como ninguna otra lo
había hecho en mucho tiempo. Déjales bien claro a los hombres que no se le puede
poner la mano encima hasta que yo me haya hartado de ella.
Conteniendo una sonrisa, RIERA saludó marcialmente y se alejó, dejando a
PETER confuso y sin saber qué decidir sobre el destino de su cautiva. Sus marineros
querían a la mujer, y en circunstancias normales él no se habría opuesto a
entregársela. No tenía ni idea de qué podía ser lo que le estaba empujando a no
seguir los dictados de su conciencia. ¿Sería la fe de aquella mujer? ¿Sus suplicantes
ojos negros, que hablaban elocuentes de misterios que él ansiaba descubrir? ¿La
pasión que traslucía, incluso si ella misma no era consciente? ¿La lozana promesa de
su cuerpo virgen? ¿Qué tenía ella que la hacía distinta del resto de las mujeres?
PETER sabía que no se trataba sólo de la belleza de la monja, porque él había
estado con mujeres aún más bellas sin que le hicieran perder el norte. Y ahora tenía
que decidir lo que debía hacerse con ella. Recorrió con los ojos la cubierta, donde su
tripulación se afanaba en arreglar los destrozos que les había infligido el galeón
español. Por más que su lealtad fuera incondicional, la mayor parte eran hombres
toscos, groseros en sus palabras y en su comportamiento.
Se estremeció ante el
pensamiento de que cualquiera de sus hombres pudiera abalanzarse sobre el cuerpo
inocente, virginal, de la hermana Lucía. Sabía que si se la daba a ellos, más de un
hombre poseería su frágil cuerpo de las formas más violentas que imaginarse
puedan. No duraría ni una noche.
¿Por qué tenía que importarle a él lo que fuera de aquella bruja española?
El hecho de que fuera española, que debería haber facilitado la decisión de
PETER, no hacía más que complicar las cosas. ¿Acaso se había vuelto tan insensible,
tan desalmado, tan desprovisto de honor como para permitir que sus hombres
violentaran a una religiosa? ¿O para violarla él mismo?
Sus torvos pensamientos fueron interrumpidos por el contramaestre, que venía
a informarle de los daños sufridos por el Vengador.
—Capitán, los hombres han descubierto más desperfectos por bala de cañón de
lo que habíamos pensado. Necesitamos recalar en algún puerto para hacer las
reparaciones. ¿Nos volvemos a Inglaterra o ponemos rumbo a Andros?
—A Andros, señor RIERA —dijo sucintamente PETER. La respuesta que
andaba buscando, concerniente a la hermana LALI, se le hizo clara de pronto—. Los
hombres se merecen descansar un poco del mar, y yo seguro que puedo aprovechar
el tiempo que estemos atracados para atender mi plantación.
RIERA se aclaró la garganta:
—¿Y qué hay de la mujer, PETER?
—Se vendrá con nosotros. Igual puede salvar algunas almas en nuestra isla.
LALI paseaba en círculos por el estrecho espacio del camarote, esperando a que
el pirata viniera a comunicarle su destino. Cuando él se marchó, comprobó la puerta
para ver si estaba cerrada con llave. No lo estaba, pero junto a ella había un guardián
armado que cuando vio asomar su cara por la rendija le echó una mirada lasciva. Ella
cerró de un golpe la puerta, con el corazón latiéndole como un martillo pilón.
LALI no se hacía falsas ilusiones con respecto al pirata inglés. Puede que
tuviera cara de ángel, pero por debajo de su hermoso aspecto se escondían la negrura
y la lascivia. Si decidía entregarla a sus hombres, ella encontraría el modo de
arrojarse antes al mar. "El padre Sebastián tenía toda la razón", reflexionó. Una
muerte honorable era preferible a ser violada por piratas ingleses. Pero ¡ay, Virgen
Santa, ella no quería morir!
Oyó ruido de pisadas en el exterior del camarote y se preparó para lo peor.
Breves instantes antes de que la puerta se abriera de golpe, se arrodilló y agachó la
cabeza. Su fervor religioso había funcionado antes, y tenía intención de seguir
usándolo una y otra vez cuando en el futuro tuviera que vérselas con PETER LANZANI.
—Todavía de rodillas; ya veo —se burló sarcástico PETER cuando entró—. Tu
fe no me impresiona. Ni a mis hombres tampoco. No ven en ti más que una mujer
como cualquier otra, con todo lo necesario para complacerles.
RIERA—. ¿Habéis olvidado lo que los muy malnacidos os hicieron?
El cuerpo de PETER se puso en tensión.
—No he olvidado nada. —Hizo una pausa, y luego dijo—: Esa mujer pertenece
a una orden católica. ¿Acaso están los hombres tan impacientes como para violar a
una religiosa?
RIERA soltó una risa sarcástica.
—Debajo de ese saco de patatas gris hay una mujer como cualquier otra. Y
tenéis que admitir que tiene su encanto. Nuestros hombres llevan meses en el mar, y
les importa bien poco lo que sea o no sea esa mujer.
PETER apartó la mirada.
—No tengo inconveniente en admitir que la muchacha es atractiva, además de
infinitamente irritante. Sin embargo, hay algo en ella que me descoloca. Parece
sincera en lo de su fe. Pero es demasiado terrenal, demasiado sensual, maldita sea,
para ser lo que ella afirma. En lo más hondo de esos ojos oscuros se esconde un
temperamento ardiente, lo sepa ella o no.
RIERA le lanzó a PETER una mirada preocupada.
—¿Os gusta la muchacha, Capitán? Si así es, dadle un buen revolcón y os la
quitaréis de la cabeza. Y después, pasádsela a los hombres. No conviene mantenerla
mucho tiempo a bordo; nos va a traer problemas seguro. La tripulación entera
acabará peleándose por ella, en cuanto vos la hayáis despachado.
—No me gusta la muchacha, NICO —negó PETER de forma poco convincente—
. No puedo soportar a los españoles, sean hombres, mujeres o niños. Eso lo sabes tan
bien como yo.
—Bueno, pero siempre hay una primera vez —le previno RIERA—. Tened
cuidado, PETER, no os dejéis engatusar por esa muchacha. Pensad que es muy
probable que por debajo de esa toca que lleva esté más calva que un huevo.
—Ocupaos de vuestras obligaciones, señor RIERA —dijo PETER con un
deje de irritación—, y yo me ocuparé de las mías. Nunca me han atraído las mujeres
calvas, pero admito que esa bruja de ojos oscuros me intriga como ninguna otra lo
había hecho en mucho tiempo. Déjales bien claro a los hombres que no se le puede
poner la mano encima hasta que yo me haya hartado de ella.
Conteniendo una sonrisa, RIERA saludó marcialmente y se alejó, dejando a
PETER confuso y sin saber qué decidir sobre el destino de su cautiva. Sus marineros
querían a la mujer, y en circunstancias normales él no se habría opuesto a
entregársela. No tenía ni idea de qué podía ser lo que le estaba empujando a no
seguir los dictados de su conciencia. ¿Sería la fe de aquella mujer? ¿Sus suplicantes
ojos negros, que hablaban elocuentes de misterios que él ansiaba descubrir? ¿La
pasión que traslucía, incluso si ella misma no era consciente? ¿La lozana promesa de
su cuerpo virgen? ¿Qué tenía ella que la hacía distinta del resto de las mujeres?
PETER sabía que no se trataba sólo de la belleza de la monja, porque él había
estado con mujeres aún más bellas sin que le hicieran perder el norte. Y ahora tenía
que decidir lo que debía hacerse con ella. Recorrió con los ojos la cubierta, donde su
tripulación se afanaba en arreglar los destrozos que les había infligido el galeón
español. Por más que su lealtad fuera incondicional, la mayor parte eran hombres
toscos, groseros en sus palabras y en su comportamiento.
pensamiento de que cualquiera de sus hombres pudiera abalanzarse sobre el cuerpo
inocente, virginal, de la hermana Lucía. Sabía que si se la daba a ellos, más de un
hombre poseería su frágil cuerpo de las formas más violentas que imaginarse
puedan. No duraría ni una noche.
¿Por qué tenía que importarle a él lo que fuera de aquella bruja española?
El hecho de que fuera española, que debería haber facilitado la decisión de
PETER, no hacía más que complicar las cosas. ¿Acaso se había vuelto tan insensible,
tan desalmado, tan desprovisto de honor como para permitir que sus hombres
violentaran a una religiosa? ¿O para violarla él mismo?
Sus torvos pensamientos fueron interrumpidos por el contramaestre, que venía
a informarle de los daños sufridos por el Vengador.
—Capitán, los hombres han descubierto más desperfectos por bala de cañón de
lo que habíamos pensado. Necesitamos recalar en algún puerto para hacer las
reparaciones. ¿Nos volvemos a Inglaterra o ponemos rumbo a Andros?
—A Andros, señor RIERA —dijo sucintamente PETER. La respuesta que
andaba buscando, concerniente a la hermana LALI, se le hizo clara de pronto—. Los
hombres se merecen descansar un poco del mar, y yo seguro que puedo aprovechar
el tiempo que estemos atracados para atender mi plantación.
RIERA se aclaró la garganta:
—¿Y qué hay de la mujer, PETER?
—Se vendrá con nosotros. Igual puede salvar algunas almas en nuestra isla.
LALI paseaba en círculos por el estrecho espacio del camarote, esperando a que
el pirata viniera a comunicarle su destino. Cuando él se marchó, comprobó la puerta
para ver si estaba cerrada con llave. No lo estaba, pero junto a ella había un guardián
armado que cuando vio asomar su cara por la rendija le echó una mirada lasciva. Ella
cerró de un golpe la puerta, con el corazón latiéndole como un martillo pilón.
LALI no se hacía falsas ilusiones con respecto al pirata inglés. Puede que
tuviera cara de ángel, pero por debajo de su hermoso aspecto se escondían la negrura
y la lascivia. Si decidía entregarla a sus hombres, ella encontraría el modo de
arrojarse antes al mar. "El padre Sebastián tenía toda la razón", reflexionó. Una
muerte honorable era preferible a ser violada por piratas ingleses. Pero ¡ay, Virgen
Santa, ella no quería morir!
Oyó ruido de pisadas en el exterior del camarote y se preparó para lo peor.
Breves instantes antes de que la puerta se abriera de golpe, se arrodilló y agachó la
cabeza. Su fervor religioso había funcionado antes, y tenía intención de seguir
usándolo una y otra vez cuando en el futuro tuviera que vérselas con PETER LANZANI.
—Todavía de rodillas; ya veo —se burló sarcástico PETER cuando entró—. Tu
fe no me impresiona. Ni a mis hombres tampoco. No ven en ti más que una mujer
como cualquier otra, con todo lo necesario para complacerles.
CAPITULO 7
Las oraciones de LALI se detuvieron en seco.
—No estoy fingiendo. He vivido dedicada a Dios y a la religión. Que no sepa
nada de las cosas terrenas no significa que me esté perdiendo nada. Si os hiciera un
hueco, sería para recordaros que mi cuerpo es sagrado.
PETER soltó una carcajada inclemente.
—Cuando quiera tu cuerpo lo tomaré a mi antojo. O quizá te entregue a mis
hombres. Todavía no lo tengo decidido. Ahora me largo para que puedas continuar
con tus rezos. Pero entiende bien, bruja española, que ni tus más fervientes súplicas
bastarán para salvarte si decido que no vales la pena. —Y girando sobre sus talones,
salió dando un portazo.
La pequeña estructura de LALI pareció colapsarse hacia dentro una vez que
estuvo sola. Osciló sobre sus rodillas, temblando al evocar las feroces palabras de
PETER y su forma de amenazarla. Se tocó ligeramente la boca, recordando la
suavidad de los labios de él sobre los suyos, sintiendo el rescoldo de calor de su beso.
La mejilla todavía le ardía del contacto con su dedo encallecido, y se preguntó una
vez más qué tipo de hombre sería.
El capitán PETER LANZANI odiaba a los españoles, eso resultaba más que evidente,
y por lo que se veía no tenía el menor reparo en matarlos. ¿Sería ella la siguiente? Era
obvio que el tipo no respetaba la religión, ni la vida humana. Y, aun así, había
mostrado una extraordinaria contención en lo que a ella respectaba; lo atribuyó
enteramente al efecto que le hacía su fervor religioso. En el momento en que él la
miraba con ese brillo perverso en los ojos, ella se había arrodillado a rezar y él se
había apartado, despechado. Si era eso lo que tenía que hacer para que la dejaran
tranquila, se emplearía a fondo en su papel de monja piadosa. Confiaría en su fe para
convencer al Diablo de que la dejara libre.
—¿Qué tenéis pensado hacer con la muchacha española, Capitán? Su presencia
distrae a la tripulación. Solicitan que se la paséis cuando hayáis acabado con ella.
PETER tenía la expresión pensativa cuando se volvió a responder a NICOLAS RIERA, su contramaestre y amigo desde hacía mucho tiempo. Parecidos de
aspecto, de cuerpo y de mente, ambos cultivaban un saludable rencor hacia los
españoles. Se habían conocido al poco de que PETER obtuviera el permiso de la
reina para navegar como corsario bajo bandera inglesa. Lo primero que hizo cuando
le fue devuelta su herencia fue comprarse un barco, equiparlo con cañones y
contratar como contramaestre a RIERA. Este había sufrido en sus propias carnes la
crueldad de los españoles y los odiaba casi tanto como el propio PETER. Juntos
habían formado un formidable equipo, además de que enseguida se hicieron amigos.
—No lo he decidido —dijo PETER, despacio—. Lo normal es que pidamos un
rescate, cuando capturamos alguna mujer.
—No estoy fingiendo. He vivido dedicada a Dios y a la religión. Que no sepa
nada de las cosas terrenas no significa que me esté perdiendo nada. Si os hiciera un
hueco, sería para recordaros que mi cuerpo es sagrado.
PETER soltó una carcajada inclemente.
—Cuando quiera tu cuerpo lo tomaré a mi antojo. O quizá te entregue a mis
hombres. Todavía no lo tengo decidido. Ahora me largo para que puedas continuar
con tus rezos. Pero entiende bien, bruja española, que ni tus más fervientes súplicas
bastarán para salvarte si decido que no vales la pena. —Y girando sobre sus talones,
salió dando un portazo.
La pequeña estructura de LALI pareció colapsarse hacia dentro una vez que
estuvo sola. Osciló sobre sus rodillas, temblando al evocar las feroces palabras de
PETER y su forma de amenazarla. Se tocó ligeramente la boca, recordando la
suavidad de los labios de él sobre los suyos, sintiendo el rescoldo de calor de su beso.
La mejilla todavía le ardía del contacto con su dedo encallecido, y se preguntó una
vez más qué tipo de hombre sería.
El capitán PETER LANZANI odiaba a los españoles, eso resultaba más que evidente,
y por lo que se veía no tenía el menor reparo en matarlos. ¿Sería ella la siguiente? Era
obvio que el tipo no respetaba la religión, ni la vida humana. Y, aun así, había
mostrado una extraordinaria contención en lo que a ella respectaba; lo atribuyó
enteramente al efecto que le hacía su fervor religioso. En el momento en que él la
miraba con ese brillo perverso en los ojos, ella se había arrodillado a rezar y él se
había apartado, despechado. Si era eso lo que tenía que hacer para que la dejaran
tranquila, se emplearía a fondo en su papel de monja piadosa. Confiaría en su fe para
convencer al Diablo de que la dejara libre.
—¿Qué tenéis pensado hacer con la muchacha española, Capitán? Su presencia
distrae a la tripulación. Solicitan que se la paséis cuando hayáis acabado con ella.
PETER tenía la expresión pensativa cuando se volvió a responder a NICOLAS RIERA, su contramaestre y amigo desde hacía mucho tiempo. Parecidos de
aspecto, de cuerpo y de mente, ambos cultivaban un saludable rencor hacia los
españoles. Se habían conocido al poco de que PETER obtuviera el permiso de la
reina para navegar como corsario bajo bandera inglesa. Lo primero que hizo cuando
le fue devuelta su herencia fue comprarse un barco, equiparlo con cañones y
contratar como contramaestre a RIERA. Este había sufrido en sus propias carnes la
crueldad de los españoles y los odiaba casi tanto como el propio PETER. Juntos
habían formado un formidable equipo, además de que enseguida se hicieron amigos.
—No lo he decidido —dijo PETER, despacio—. Lo normal es que pidamos un
rescate, cuando capturamos alguna mujer.
CAPITULO 6
—Corsarios, Hermana, corsarios. Con la bendición de la reina de Inglaterra y
navegando con bandera inglesa. Y ¿por qué no te mataste? —preguntó, curioso.
LALI adelantó un punto la barbilla, y sus ojos oscuros brillaron desafiantes.
—No quería morir —respondió en un inglés no del todo perfecto, pero con un
acento encantador—. Quiero vivir.
Él respetó su franqueza, pero poco más.
—Eres un enigma, Hermana. Tus pretensiones de inocencia no me impresionan,
porque debajo de esa vestimenta tienes un cuerpo desnudo para la cama. Tu
sensualidad terrenal desmiente tu fervor religioso. En tus ojos oscuros hay brasas
ardientes y ansias de vida, y tu belleza sería una tentación hasta para el mismísimo
diablo.
—Yo he oído decir que el Diablo es el mismísimo diablo —se atrevió a decir
LALI.
PETER echó la cabeza hacia atrás y soltó una estridente carcajada.
—Eso no te lo voy a discutir. —El brillo infernal de sus ojos perforaba la
armadura de su atuendo de monja.
Se apartó de la puerta, acortando la distancia que había entre ellos. Ella fue
retrocediendo hasta que chocó con la litera. PETER siguió avanzando hasta
quedarse a escasos centímetros de ella, con una sonrisa perezosa en los generosos
labios que le arrugaba el rabillo de los ojos. Intrigado por los suaves tonos
aceitunados de su piel, alargó la mano y le pasó el dorso de un dedo encallecido por
la mejilla, asombrándose de su textura satinada. El dedo continuó audazmente hacia
abajo, parándose a descansar donde su carne desaparecía bajo el cuello del hábito.
LALI soltó una aguda exhalación, temerosa de lo que él fuera a hacer a
continuación, aunque excitada y sin aliento por aquella caricia superficial.
—¡No lo hagáis!
PETER se detuvo.
—"¿No lo hagáis?" Eres mi prisionera, Hermana. Puedo hacer contigo lo que me
venga en gana. Como rehén no tendrías ningún valor, tú misma lo has dicho. ¿Quién
iba a pagar un rescate por una miserable monja?
—Podríais desembarcarme en vuestra próxima escala. Yo misma hallaré la
forma de volver a casa.
—No lograrías sobrevivir si te soltara. Tú misma has admitido que no sabes
nada del mundo que hay fuera de tu convento. Ya pensaré yo lo que voy a hacer
contigo.
A LALI sus palabras le sonaban fáciles, engañosamente tranquilas, deliberadas.
El le daba la impresión de ser un hombre que mantenía un control tan estricto sobre
su alma y sus emociones que parecía haberlas reducido al más frío hielo. Si ella
hubiera sabido lo que PETER estaba sintiendo en realidad, se habría quedado
asombrada.
Por primera vez en muchos años, PETER se sentía extrañamente perdido y
confuso. Nunca le había ocurrido nada parecido. Él nunca perdía el control, sabía
exactamente lo que tenía que hacer en cada situación. Verse a sí mismo a la deriva en
las ascuas de aquel par de ojos oscuros era para él una experiencia nueva. Aunque su
odio hacia los españoles no había disminuido, PETER se resistía a entregar a aquella
joven monja a sus hombres, o a dejarla libre para que abusaran de ella otros aún más
crueles que sus propios marineros. Tampoco sentía el menor impulso de hacerle él
mismo daño a la pequeña beata. De hecho, el impulso que le consumía era mucho
más protector. En realidad deseaba a la mujer, por encima de su vocación religiosa y
su aspecto inocente.
Nunca un hombre había mirado a LALI como PETER LANZANI se estaba
atreviendo a hacerlo. De hecho, eran muy pocos los hombres que había visto en el
convento, pero ella reconoció el peligro en cuanto lo tuvo delante. Y peligro era
precisamente la mejor palabra para describir la mirada de los ojos azules de PETER.
Ella le sostuvo la mirada, demasiado inocente para comprender el efecto que sus ojos
sensuales tenían en él. Antes de que pudiera darse cuenta le había puesto la mano en
la nuca y la atraía hacia él.
LALI gritó asustada cuando sintió el calor abrasador de los labios de PETER
contra los suyos y el húmedo deslizarse de su lengua que la saboreaba. Fue un acto
tan burdamente íntimo que retrocedió sobresaltada, cubriéndose la boca con la mano
temblorosa. Era el primer beso de su vida, y sintió que en su interior se despertaba
un calor tórrido, encendiendo algún rincón de sí misma que había permanecido
intacto por las emociones humanas. Se sintió vulnerable y frágil y... asustada. Muy,
muy asustada. ¿Tenía PETER LANZANI intención de violarla? La respuesta le pareció
evidente cuando él bajó las manos por su espalda hasta sus nalgas y notó un extraño
bulto que se apretaba contra su estómago cuando él la atrajo con fuerza hacia sí.
Presa de la desesperación y el miedo, LALI empujó a PETER a un lado, se
hincó de rodillas y juntó las manos en ferviente plegaria. Rezó en alto, alzando los
ojos y la voz al cielo, con la esperanza de aguar con su fervor las lascivas intenciones
del atractivo pirata.
—Que nuestro dulce Salvador —rezaba— me mantenga pura, de alma y de
cuerpo; que me proteja de estos paganos ingleses. Que, si soy brutalmente violada,
me dé fuerzas para matarme luego. —Bajó la cabeza y siguió rezando en silencio
mientras PETER la contemplaba desde arriba, impresionado por la fuerza de su fe.
Había muy pocas cosas ante las que PETER LANZANI pudiera sentirse derrotado, y
sin embargo la fe de LALI era una de ellas. El deseo le abandonó tan deprisa como
había hecho alzarse su masculinidad hacía sólo unos instantes. Dios sabe que seguía
con ganas de aquella exuberante bruja española, pero esa inconmovible fe suya le
desarmaba.
—Quédate de rodillas, Hermana, y reza cuanto te plazca —le espetó con voz
ronca—. La idea de violar a una devota inocente no me seduce. Puede que no respete
tu vocación religiosa, pero admiro la forma en que la usas para desbaratar mis
intenciones —entornó los ojos y añadió con voz áspera—: Eres de una valentía
sorprendente, Hermana LALI. Me habría gustado mostrarte lo que te estás
perdiendo por esconderte bajo ese feo hábito y esa toca. Y puede que aún lo haga, si
logras reservarme un hueco entre tus continuas oraciones —dijo en tono
amenazador.
navegando con bandera inglesa. Y ¿por qué no te mataste? —preguntó, curioso.
LALI adelantó un punto la barbilla, y sus ojos oscuros brillaron desafiantes.
—No quería morir —respondió en un inglés no del todo perfecto, pero con un
acento encantador—. Quiero vivir.
Él respetó su franqueza, pero poco más.
—Eres un enigma, Hermana. Tus pretensiones de inocencia no me impresionan,
porque debajo de esa vestimenta tienes un cuerpo desnudo para la cama. Tu
sensualidad terrenal desmiente tu fervor religioso. En tus ojos oscuros hay brasas
ardientes y ansias de vida, y tu belleza sería una tentación hasta para el mismísimo
diablo.
—Yo he oído decir que el Diablo es el mismísimo diablo —se atrevió a decir
LALI.
PETER echó la cabeza hacia atrás y soltó una estridente carcajada.
—Eso no te lo voy a discutir. —El brillo infernal de sus ojos perforaba la
armadura de su atuendo de monja.
Se apartó de la puerta, acortando la distancia que había entre ellos. Ella fue
retrocediendo hasta que chocó con la litera. PETER siguió avanzando hasta
quedarse a escasos centímetros de ella, con una sonrisa perezosa en los generosos
labios que le arrugaba el rabillo de los ojos. Intrigado por los suaves tonos
aceitunados de su piel, alargó la mano y le pasó el dorso de un dedo encallecido por
la mejilla, asombrándose de su textura satinada. El dedo continuó audazmente hacia
abajo, parándose a descansar donde su carne desaparecía bajo el cuello del hábito.
LALI soltó una aguda exhalación, temerosa de lo que él fuera a hacer a
continuación, aunque excitada y sin aliento por aquella caricia superficial.
—¡No lo hagáis!
PETER se detuvo.
—"¿No lo hagáis?" Eres mi prisionera, Hermana. Puedo hacer contigo lo que me
venga en gana. Como rehén no tendrías ningún valor, tú misma lo has dicho. ¿Quién
iba a pagar un rescate por una miserable monja?
—Podríais desembarcarme en vuestra próxima escala. Yo misma hallaré la
forma de volver a casa.
—No lograrías sobrevivir si te soltara. Tú misma has admitido que no sabes
nada del mundo que hay fuera de tu convento. Ya pensaré yo lo que voy a hacer
contigo.
A LALI sus palabras le sonaban fáciles, engañosamente tranquilas, deliberadas.
El le daba la impresión de ser un hombre que mantenía un control tan estricto sobre
su alma y sus emociones que parecía haberlas reducido al más frío hielo. Si ella
hubiera sabido lo que PETER estaba sintiendo en realidad, se habría quedado
asombrada.
Por primera vez en muchos años, PETER se sentía extrañamente perdido y
confuso. Nunca le había ocurrido nada parecido. Él nunca perdía el control, sabía
exactamente lo que tenía que hacer en cada situación. Verse a sí mismo a la deriva en
las ascuas de aquel par de ojos oscuros era para él una experiencia nueva. Aunque su
odio hacia los españoles no había disminuido, PETER se resistía a entregar a aquella
joven monja a sus hombres, o a dejarla libre para que abusaran de ella otros aún más
crueles que sus propios marineros. Tampoco sentía el menor impulso de hacerle él
mismo daño a la pequeña beata. De hecho, el impulso que le consumía era mucho
más protector. En realidad deseaba a la mujer, por encima de su vocación religiosa y
su aspecto inocente.
Nunca un hombre había mirado a LALI como PETER LANZANI se estaba
atreviendo a hacerlo. De hecho, eran muy pocos los hombres que había visto en el
convento, pero ella reconoció el peligro en cuanto lo tuvo delante. Y peligro era
precisamente la mejor palabra para describir la mirada de los ojos azules de PETER.
Ella le sostuvo la mirada, demasiado inocente para comprender el efecto que sus ojos
sensuales tenían en él. Antes de que pudiera darse cuenta le había puesto la mano en
la nuca y la atraía hacia él.
LALI gritó asustada cuando sintió el calor abrasador de los labios de PETER
contra los suyos y el húmedo deslizarse de su lengua que la saboreaba. Fue un acto
tan burdamente íntimo que retrocedió sobresaltada, cubriéndose la boca con la mano
temblorosa. Era el primer beso de su vida, y sintió que en su interior se despertaba
un calor tórrido, encendiendo algún rincón de sí misma que había permanecido
intacto por las emociones humanas. Se sintió vulnerable y frágil y... asustada. Muy,
muy asustada. ¿Tenía PETER LANZANI intención de violarla? La respuesta le pareció
evidente cuando él bajó las manos por su espalda hasta sus nalgas y notó un extraño
bulto que se apretaba contra su estómago cuando él la atrajo con fuerza hacia sí.
Presa de la desesperación y el miedo, LALI empujó a PETER a un lado, se
hincó de rodillas y juntó las manos en ferviente plegaria. Rezó en alto, alzando los
ojos y la voz al cielo, con la esperanza de aguar con su fervor las lascivas intenciones
del atractivo pirata.
—Que nuestro dulce Salvador —rezaba— me mantenga pura, de alma y de
cuerpo; que me proteja de estos paganos ingleses. Que, si soy brutalmente violada,
me dé fuerzas para matarme luego. —Bajó la cabeza y siguió rezando en silencio
mientras PETER la contemplaba desde arriba, impresionado por la fuerza de su fe.
Había muy pocas cosas ante las que PETER LANZANI pudiera sentirse derrotado, y
sin embargo la fe de LALI era una de ellas. El deseo le abandonó tan deprisa como
había hecho alzarse su masculinidad hacía sólo unos instantes. Dios sabe que seguía
con ganas de aquella exuberante bruja española, pero esa inconmovible fe suya le
desarmaba.
—Quédate de rodillas, Hermana, y reza cuanto te plazca —le espetó con voz
ronca—. La idea de violar a una devota inocente no me seduce. Puede que no respete
tu vocación religiosa, pero admiro la forma en que la usas para desbaratar mis
intenciones —entornó los ojos y añadió con voz áspera—: Eres de una valentía
sorprendente, Hermana LALI. Me habría gustado mostrarte lo que te estás
perdiendo por esconderte bajo ese feo hábito y esa toca. Y puede que aún lo haga, si
logras reservarme un hueco entre tus continuas oraciones —dijo en tono
amenazador.
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