miércoles, 7 de diciembre de 2016

CAPITULO 27

Cádiz España
—Dadnos un barco, padre, y os traeremos la cabeza del Diablo metida en un
cesto —juró VICO ESPOSITO.
—Sí, padre; se rumorea que el pirata tiene su casa en Andros cuando no está 
por los océanos, mandando barcos españoles al fondo del mar, o en Inglaterra,
alardeando de sus hazañas —dijo GASTON, haciéndose eco del sentir de su
hermano—. Si el rey Felipe no estuviera ocupado en reunir, armar y aprovisionar
una gran armada para enfrentarse a Inglaterra, ya habría mandado una expedición a
Andros para liquidar a ese pirata. Por desgracia, nuestro rey está atado de pies y
manos en lo económico y no puede financiar más que una expedición.
—Recuperaremos a LALI y su dote sin la ayuda del rey Felipe, y nos
encargaremos personalmente de mandar al Diablo a la perdición —prometió VICO.
Los hijos de Eduardo ESPOSITO eran españoles de sangre caliente y estaban
sedientos de lucha. Acababa de llegar de La Habana la noticia de que el Santa María
se había ido a pique y que a LALI la había raptado el Diablo. Tanto LALI como su
dote habían desaparecido. Ahora sus hermanos reclamaban acaloradamente la
sangre de PETER y la venganza.
—No nos precipitemos. Quizá deberíamos esperar a que nos pida un rescate —
sugirió don Eduardo.
—No podemos esperar tanto —escupió VICO—. Mientras nosotros estamos
aquí sentados sin hacer nada, ese canalla está deshonrando a nuestra hermana. Don
MARIANO ya no la va a querer; eso lo sabemos todos.
—Seguramente el pirata sabe lo valiosa que es nuestra hermana —dijo
GASTON, el más juicioso de los dos hermanos—. Es posible que no le arrebate la
virginidad, sabiendo que con eso disminuye el valor que ella tiene para nosotros. Por
eso debemos actuar con rapidez, y atacarle cuando menos se lo espere.
—Sí —coincidió, impaciente, VICO—. Si nos dais un barco y cincuenta
hombres, rescataremos a LALI y se la llevaremos a su prometido a La Habana, con
su dote intacta —añadió.
—¿Y qué pasa con su reputación? —preguntó don Eduardo—. Don MARIANO
podría no querer a LALI incluso si por algún milagro el Diablo ha respetado su
virginidad. La gente hablará, correrán rumores sobre su secuestro que ni siquiera el
gobernador general podrá atajar.
—Duplicad la suma de la dote —aconsejó GASTON—, y la llevaremos con
nosotros. Don MARIANO es demasiado listo para rechazar semejante oferta.
—¿Estáis seguros de que podréis encontrar la isla de Andros? —preguntó don
Eduardo, mordaz.
—Dadnos un capitán que conozca esas aguas y la encontraremos —le aseguró
Arturo—. Nos acercaremos en una noche sin luna, le atacaremos cuando menos se lo
espere.
—Mmmm... Eso podría funcionar —musitó don Eduardo, después de
reflexionar cuidadosamente sobre el asunto—, si es que le pilláis en Andros. Pero en
lugar de matar a ese malnacido, llevadlo a La Habana. Habrá que reservarle a don
Diego el placer de matarlo. LALI es su prometida; él es el más perjudicado por su
secuestro.
—Sí, padre, lo haremos como habéis dicho —asintió Celestino—. Tengo la
certeza de que él está todavía en Andros. No se irá antes de haber enviado su
petición de rescate o de haber recibido una respuesta. ¿Cuándo partimos?
—Voy a hacer los preparativos. El Santa María está ahora en el puerto. Dadme
un día y una noche para aprovisionarlo, encontrar los hombres que necesitáis y sacar
de mis arcas fondos adicionales para aumentar la dote de LALI lo bastante como
para que a don MARIANO la oferta aún le resulte apetitosa.
—No os fallaremos, padre —prometió VICO—. Rescataremos a nuestra
hermana y la depositaremos en manos de su prometido.
Andros, Islas Bahamas
Tres semanas más tarde
Abriéndole los muslos con las rodillas, PETER apretó hacia el interior de LALI,
llenándola de su fuerza, y haciendo que un suave suspiro asomara a sus labios. La
boca de él tomó su boca , enfebrecida, urgente, mientras sus caderas se movían en
seductora invitación. LALIl e respondía arqueándose hacia él, llevándolo más
adentro de su melosa dulzura. PETER dejó escapar un gruñido; el sabor y el calor de
LALI le ponían loco por liberarse. Sus bronceados hombros brillaban de sudor, y las
escuetas líneas que dibujaban su rostro revelaban el alto grado de autocontrol que
estaba ejerciendo.
¿Qué tenía LALI que le hacía desearla con todas sus fuerzas?, se preguntaba, y
no por primera vez. No se cansaba nunca de penetrarla, de hacerla suya una y otra
vez. No tenía más que mirarla para desearla. Después de que él descubriera su
verdadera identidad, había aceptado ponerse su propia ropa, mucho más bonita, y
algunas veces un pareo que Lani le había regalado. A él como más le gustaba era con
el pareo, con los pies y los hombros descalzos, los magníficos pechos liberados de su
férrea armazón. Incluso con el pelo corto, ella era una destacada belleza. Y por más
que él tratara desesperadamente de negar el embrujo que ella desplegaba sobre sus
sentidos, su cuerpo reaccionaba a la mínima.
Gimiendo suavemente entre dientes, LALI se sintió transportada en un

remolino sin control. Los labios de PETER iban de su boca a sus pechos, lamiéndole
y chupándole los pezones, llevándola cada vez más cerca de ese momento de éxtasis
hacia el que se debatía su cuerpo. Ya no tenía miedo de ese momento de esplendor
suspendido en que explotaría en un clímax fulminante. No era ya la inocente que
había sido, porque su virtud había quedado completamente comprometida. PETER
se había encargado de que así fuera. A pesar de su inexperiencia, a LALI no le cabía
duda de que PETER era un amante increíble. Un amante insaciable y exigente que la
mantenía hechizada en las redes de su seducción.
PETER prodigaba tiernos cariños a los pezones de LALI, deleitándose en la
forma en que ella gemía y se arqueaba hacia él. Levantó la cara de su suculento
banquete y la contempló intensamente.
—Me encantan tus pezones —en su voz ronca proliferaba su deseo de ella—,
tan grandes y rosados, como si reclamaran mi atención. Eres exquisita, LALI, no
podría haber deseado una amante mejor. —Se introdujo más a fondo, para retroceder
luego, dentro, fuera. El sudor que goteaba de su cara caía sobre los pechos de ella—.
¡Ahora, querida, ahora!
LALI apenas oía sus palabras. Estaba ya tratando de alcanzar aquella alta
meseta de placer a la que sólo PETER podía llevarla. Estaba convencida de que
ningún otro hombre tenía el poder de elevarla hasta alturas tan impresionantes. En
algún punto del camino, el muy traidor de su cuerpo había apuñalado sus altos
ideales. Su pecado se hacía más grave cada vez que caía entre sus brazos y volvía a
deleitarse con su forma de hacer el amor. Pero ella sabía que llegaría un día en que
tendría que arrepentirse de sus pecados, y enfrentarse al hecho de que PETER la
estaba utilizando sin más. Él era un potente y sensual pirata que tomaba a las
mujeres a su antojo y luego, con la misma facilidad, las desechaba, como había
desechado a MERY.
De pronto, los pensamientos de LALI se dispersaron; las caderas de PETER
bombeaban vigorosamente, proyectándola más allá del límite. Le agarró con fuerza
los hombros y gritó. Su cuerpo se estremecía, recorrido por sucesivas olas de pura
dicha. Después de exprimirla hasta la última gota de placer, PETER se precipitó
hacia su propio clímax, vertiendo su semilla en una violenta carrera hacia el éxtasis.
Pasaron algunos minutos antes de que PETER aflojara y se acomodara al lado
de LALI. No habló; no era capaz. Como siempre, hacerle el amor a LALI le afectaba
de una forma que le resultaba alarmante. Por lo que lograba recordar, jamás, desde
que se convirtió en adulto, había tenido una mujer con tanta repercusión en su vida.
Y sin embargo, por más que hiciera recuento de las muchas formas en que LALI le
inspiraba y le excitaba, sabía que tendría que dejarla marchar muy pronto. NICO RIERA volvería con el rescate, y él mandaría a LALI de vuelta con los suyos. Por
más océanos que los separaran, no iba a olvidar nunca a aquella mujer española que,
aspirando a la santidad, había tenido que conformarse con el paraíso.
LALI sintió que PETER salía de ella y se volvía de espaldas. Lo sintió
vivamente como un rechazo. Era lo bastante aguda como para darse cuenta de que si
él la deseaba físicamente era porque negaba de plano lo que ella era. No había nada
que pudiera cambiar su ascendencia española, o el hecho de que era hija de su padre.
Decidió no romper la precaria paz que había entre ellos, y volviéndose de cara a la
pared se entregó al sueño. En algún momento de la noche, PETER se abrazó a su
cuerpo desnudo, sujetándola fuerte, como si temiera que se la fueran a arrancar de
las manos.
El Santa María entró navegando en la cala, al abrigo de la noche sin luna. La isla
de Andros yacía dormida y quieta. Ningún movimiento en la playa. El barco echó el
ancla a poca distancia de la orilla, y se arriaron dos botes para que desembarcara una
partida de hombres armados. Con VICO y GAS a la cabeza, la expedición se
dirigió a tierra entre el deslizarse silencioso de los remos por el agua. Vararon los
botes en la playa, arrastrándolos hasta ponerlos a resguardo entre la maleza y los
árboles. VICO condujo a la mitad de los hombres en una dirección mientras los
demás seguían a GAS en otra. Como era poco lo que se sabía de Andros, los dos
grupos buscaban la guarida del Diablo. Los españoles no habían encontrado ningún
barco en la pequeña cala, y eso podía ser buena o mala señal. Podía significar que el
Diablo ya no estaba en la isla, lo cual sería malo si se había llevado consigo a LALI. Si
tenían suerte, igual podía significar que el Diablo había despachado su barco sin
llevarlo él mismo y que lo iban a encontrar en su casa durmiendo como un bendito.
Que la playa no estuviera vigilada sorprendió a los dos hermanos, pero no les
impidió seguir internándose en la isla.
Fue VICO quien encontró un camino entre los árboles. Condujo a sus hombres
sin hacer ruido a través de la noche tenebrosa y se vio recompensado cuando en un
claro del bosque apareció ante ellos una casa campestre. No había vigilantes a la
vista, y a VICO le pareció una estupidez por parte del Diablo no estar prevenido
para una invasión. Pero claro, cómo iba a saber él que los ESPOSITO eran capaces de
asaltar su isla para recuperar lo que les había robado. Andros quedaba lejos de todas
partes y rara vez pasaba por allí algún barco.
VICO se encontró la puerta sin trancar y les hizo a sus hombres una seña para
que entraran, mofándose otra vez de aquella falta de cuidado. Subió despacio las
escaleras, con sus hombres pisándole los talones. Andaban muy callados y con
mucho cuidado. El candelabro que Lani solía dejar en la mesita que había al final de
la escalera les alumbró el camino. VICO abrió la primera puerta que encontró y
miró hacia dentro. Las bisagras chirriaron; se quedó inmóvil un instante. El cuarto
estaba vacío, y siguieron adelante.
Más allá, Arturo entreabrió otra puerta del pasillo y contempló el interior. Al
ver en la cama una sombría figura, abrió de un golpe la puerta con un estrépito
rotundo. Uno de sus hombres había cogido un candelabro de la mesita del pasillo y
lo introdujo en el dormitorio, proporcionándole luz suficiente para ver dos cuerpos
desnudos íntimamente entrelazados en la cama.
—¡Qué malnacido! ¡Qué asqueroso malnacido! ¡Vas a pagar por haber
deshonrado a mi hermana!
 —

martes, 6 de diciembre de 2016

CAPITULO 26

—PETER... 
—Ah, sí, tus preguntas. Bueno, todas las mujeres pueden llegar al clímax, pero 
eso no ocurre siempre. Depende en gran parte del hombre. Y sobre tu segunda 
pregunta, no lo sé. Es posible que otro hombre te pueda proporcionar placer. 
—¿Me estás diciendo que en... en esto eres mejor que otros hombres?
—Dios, qué inocente eres.
—Ya no —dijo LALI con pesar.
—No, ya no. Nunca se ha quejado nadie de mis técnicas. Parece que a la
mayoría de las mujeres les gusta mi forma de hacer el amor.
A LALI no le apetecía oírle hablar de las otras mujeres con las que se había
acostado.
—¿Me vas a devolver ahora a mi padre? ¿Te has puesto ya en contacto con él
para fijar mi rescate?
—Todavía no, pero lo haré muy pronto. Entretanto, voy a seguir disfrutando de
ti mientras progresan las negociaciones. Cuando me haya saciado de ti te devolveré a
tu padre.
LALI se incorporó bruscamente.
—Has hecho lo peor que me podías hacer. He perdido mi inocencia. ¿Para qué
te puedo servir ahora? Déjame volver a casa a arrepentirme de mis pecados en paz y
soledad. Ya no puedo casarme ni retirarme en el convento. Espero que mi padre me
admita en el santuario de su casa para arrepentirme allí de mis pecados.
PETER sintió que la ira se despertaba en su interior.
—¡Tus pecados! Pero si tú no has hecho nada. No tenías nada que hacer contra
mí. Sabías que era sólo cuestión de tiempo que te hiciera mía.
—El pecado ha sido mío. Yo no tenía que haber disfrutado.
La tensión de PETER se aflojó. Una sonrisa le rondaba las comisuras de los
labios.
—Tú eres inocente de verdad, LALI. No has tenido elección. Yo estaba decidido
a arrancarte una respuesta, y eso he hecho. Rebasando todas mis expectativas.
Ella le miró dubitativa. Habría deseado que él no la estuviese observando con
aquellos ojos despiertos e inteligentes. Tenían la habilidad de sondearla en lo más
hondo para encontrar ese punto vulnerable que ningún hombre antes había tocado.
Y eso ella no lo podía soportar. Deliberadamente se volvió, dándole la espalda.
—Vete, déjame calibrar mis pecados en privado.
Aquello hizo que PETER se enfadara. La obligó a volver la cara hacia él.
—No. A partir de ahora y hasta que te libere, tu cama va a ser la mía, y conmigo
dentro. Ya he tenido bastante de esos infernales rezos tuyos. Quiero volver a amarte.
Ahora.
—¿Es que no me has hecho ya daño suficiente?
—Ya te he dicho que no te va a volver a doler.
—No estoy hablando de dolor físico.
PETER plegó una ceja.
—No me vas a negar que te he dado placer.
—Tú no lo entiendes, ¿verdad? Sí, me has dado placer, pero eso no es nada en
comparación con lo que le has quitado a mi honra. Para ti no soy más que un
instrumento de venganza. Te vas a saciar de mí y luego me mandarás lejos. ¡Placer!
¡Ja! Ni aunque me dieras placer todas las noches podrías compensarme por lo que me
has arrebatado.
—Le das un valor excesivo a tu virginidad. Nunca he querido hacerte daño a ti
personalmente. Pero eres española —dijo, como si eso lo explicara todo.
—¿Por qué tienes ese odio a los españoles? ¿Qué te han hecho?
Fue como si su pregunta hubiera abierto un dique dentro de él.
—¿Que qué me han hecho, dices? Me robaron cinco años de mi vida. Mataron a
mis padres y a mis hermanos menores. Me hicieron esclavo, me azotaron y me
mataron de hambre. Desde el día en que nos abordaron, mi vida se convirtió en un
infierno. El barco en el que estuve prisionero era de la flota de tu padre.
LALI abrió los ojos con incredulidad.
—¡No! ¡Él no habría consentido una cosa así a bordo de un barco suyo!
—Pero qué ingenua eres —gruñó PETER—. Esas cosas ocurren todo el tiempo.
¿Quieres ver una muestra del trabajo que me hicieron tus compatriotas?
Volvió hacia ella la espalda, mostrándole gruesas cicatrices que se
entrecruzaban en un dibujo que sólo un látigo habría podido producir. Y tenía que
haber sido en más de una ocasión. LALI se tapó la boca con la mano.
—¡Dios! ¡No!
—Míralo bien, LALI, para no tener que seguir preguntándote por qué odio a los
españoles.
Incapaz de soportar la visión de la espalda severamente maltratada de PETER,
ella apartó los ojos.
—Lo siento mucho.
—Yo también. ¿Crees que tengo yo la culpa de querer usarte para castigar a tu
padre?
—De lo que tienes la culpa es de meterme a mí en esa venganza tuya contra mi
país y contra mi padre. Ahora que ya has conseguido llevarme a la perdición y
humillar a mi familia, te sugiero que me dejes marchar.
—No. Todavía no. La venganza es sólo una de las razones por las que estás en
mi cama. Te deseo. Te he deseado desde el momento mismo en que te vi rezando de
rodillas. Sé que tú me odias, pero no soy capaz de evitarlo. Tienes que ser una bruja
para producir ese efecto en mí. Todavía no ha llegado el momento de devolverte a tu
casa, querida.
Ella volvió la cara hacia él, con los ojos oscuros centelleando de emoción.
—Te equivocas, PETER. Yo no te odio. Te compadezco. Puedo entender el odio
que sientes por mis paisanos e incluso perdonarte, como haría Dios. Me has dado a
probar la pasión, pero yo sigo anhelando la paz y la armonía del convento, donde los
mi padre de que haga una generosa donación a la orden. Si lo hace, volverán a
aceptarme aunque esté en pecado. Voy a rezar para que eso ocurra.
¿Que le compadecía? Lo último que PETER quería de ella era compasión.
—Tú no estás hecha para el convento.
—¿Y para qué estoy hecha?
Sorprendido por aquella pregunta, PETER sopesó con cuidado la respuesta.
—Por el momento, para quedarte aquí en mi cama. El Vengador ya está
preparado para hacerse a la mar otra vez. Lo voy a enviar con el señor RIERA al
mando mientras yo me quedo en Andros ocupándome de mis negocios. Él le llevará
a tu padre la demanda de rescate y esperará a que él le haga entrega del pago por tu
liberación. No debería llevar más que un par de meses.
—PETER, yo...
—LALI, no hay nada más que decir —PETER no quería pensar en el día en
que tuviera que mandar a LALI a su casa. Sabía que ese día iba a llegar antes de lo
que a él le hubiera gustado, y por eso prefería concentrar su atención en la mujer que
tenía en sus brazos. Volvería a hacerla suya una y otra vez, y cuando el Vengador
volviera se la enviaría a su padre, bien usada.
LALI soltó un grito de protesta cuando PETER tiró de ella, haciéndola
apretarse contra él. La enmudeció con la boca, besándola hasta dejarla sin aliento
para negarse a él. Y ella entonces respondió a sus besos, correspondiéndole con un
ardor renovado, conmocionada de ver que ella misma quería repetir aquello. PETER
la había dejado entrever algo que nunca hubiera esperado llegar a experimentar.
Le había iniciado en un placer que desgarraba el alma. Y algo más profundo.
Algo que ella estaba reacia a reconocer. Pero entonces todos sus pensamientos se
detuvieron, mientras las manos y la boca de PETER trazaban signos mágicos sobre
su piel. Esta vez no sintió dolor cuando él se deslizo en su interior y empezó a
moverse con exquisita suavidad. No sintió más que el espléndido despertar de su
cuerpo y un clímax explosivo que la dejó hechizada.
NICO RIERA y toda su tripulación salieron al día siguiente en el Vengador,
dejando en tierra a PETER y a los que solían quedarse en la isla atendiendo la
plantación. Dos días después de que el Vengador partiera de Andros, el Gloria de la
Reina zarpaba hacia Inglaterra cargado de madera.
Durante los largos y calurosos días, PETER trabajaba con los nativos, dejándole
a Lucía tiempo de soledad de sobra para pensar en él, y en el placer carnal que él le
proporcionaba. Los pecados de LALI eran muchos, pero el más grave de todos era
que disfrutaba pasando las noches en la cama de PETER. A pesar de lo mucho que
él odiaba a los españoles, con ella no había sido brutal; más bien al contrario. Era
siempre cuidadoso y atento, y siempre se preocupaba de proporcionarle placer antes
de buscar el suyo propio. Ella ya no era la inocente que había sido un día. Había
aprendido muchísimo sobre los besos y la excitación y el clímax. Especialmente sobre
el clímax, que, según había descubierto, era un estado al que la mayor parte de los

¿Odiaba todavía a PETER? Algunas veces sí, lo admitía. Pero, más a menudo,
otro sentimiento le dejaba poco espacio para el odio. Un sentimiento que la ayudaba
a comprender lo intrincado de las relaciones entre los hombres y las mujeres. Se
había dado cuenta de que lo que sentía por PETER estaba en un plano más alto que
la satisfacción física. LALI prefería no buscarle nombre. Además, qué odio podía
sentir hacia un hombre que tenía razones más que suficientes para despreciar a los
responsables de la muerte de su familia. Él tenía que ser muy joven cuando su
familia fue asesinada y lo cogieron como esclavo. El odio había arraigado en él tan
profundamente como para dedicar su vida a vengarse de sus enemigos.
Haciendo el amor con PETER durante las noches cálidas y mullidas de Andros,
LALI vislumbraba el paraíso. Pero después, cuando él finalmente se quedaba
dormido, acurrucado junto a ella, exhausto de satisfacción, ella se sumía en el peor
infierno imaginable. Sabía que cuando la devolviera a su padre él la olvidaría como si
nunca la hubiese conocido. Ella no significaba nada para él. La estaba utilizando para
humillar a su padre. Y aun así, cuando él se volvía hacia ella en lo oscuro de la noche,
se envolvía deseosa en sus brazos, consciente de que iba a tener por delante largos
años de soledad para poder arrepentirse

lunes, 5 de diciembre de 2016

CAPITULO 25

El maestro del pecado y la seducción. 
Su amante. 
¿Aquellos grititos estaban saliendo de su propia boca, o es que lo estaba 
soñando? ¿Era imaginación suya el relámpago de fuego que la recorría mientras él se 
daba un banquete con sus pechos, mientras le devoraba los pezones? Se tensó contra
él, asombrada de las llamas que la estaban consumiendo. Sintió que se derretía hasta
la médula de los huesos, sintió que le hervía la sangre. Y cuando pensaba que había
experimentado el placer máximo, él añadió una dimensión nueva a su tormento
amoroso. Sus manos trazaron senderos de fuego líquido en sus labios, su estómago,
por sus caderas, avanzando inequívocamente hacia el lugar suave y húmedo de entre
sus piernas. Sus dedos se despegaron de ella para deslizarse a lo largo de la
resbaladiza hendidura, comprobando si ella estaba preparada.
PETER resollaba del esfuerzo que le estaba costando contener su ardor
mientras ponía a LALI a tono. Ella en respuesta gemía, con un torbellino de
necesidad brotándole del centro mismo de su ser.
—No hagáis eso, no puedo... no puedo soportarlo.
—Es todo parte del juego amoroso, querida. Se supone que debemos continuar
hasta que estés preparada.
LALI se agitó violentamente cuando el dedo de él encontró un punto
especialmente vulnerable oculto entre los húmedos pliegues de su feminidad.
—¿Preparada para qué?
PETER soltó un suspiro. Que Dios le librara de vírgenes ignorantes.
—Me refiero a que estés lo bastante húmeda y lo bastante caliente como para
que yo pueda introducirme dentro de ti. —La dura protuberancia de su sexo se
apretaba contra el estómago de LALI, proporcionándole una idea exacta de qué parte
de su cuerpo era con la que pensaba desflorarla.
—¡Dios, no! ¡Eso es imposible! Sois demasiado... —Se ruborizó hasta la raíz del
pelo—. Sois demasiado grande. Me vais a matar.
—Confía en mí.
Para distraer su mente de aquellos pensamientos PETER la besó a fondo,
imperiosamente, introduciéndole la lengua en la boca.
Dios, pensó LALI, ¿sentirían las mujeres decentes tan potentes emociones? Sin
intervención de su voluntad, sus dedos se enredaron en el abundante pelo de
PETER, y luego bajaron por sus hombros tensos y musculosos. Sintió bajo los dedos
la carne vibrante de vida, igual que el propio hombre.
Que Dios me ampare, rezó, preparándose para entregar su virtud al Diablo.
Un instante más y él habría acabado con su inocencia, justificando el nombre
que había elegido en su búsqueda de venganza. El Diablo.

La lengua de PETER deambulaba lenta y cálidamente por la piel del estómago
de LALI. Ella gemía y trataba de escabullirse, para volver a encontrarse sin darse
cuenta cada vez más pegada al tormento de su boca. Trató de negar los sentimientos
que le brotaban de dentro, pero le falló la voluntad. Él tenía las manos entre sus
muslos y seguía subiendo, con los dedos húmedos de ella.
—¿Qué me estáis haciendo? —le gritó con desmayo. La embriagadora
seducción de aquellas manos y aquella boca estaba pulverizando sus sentidos, y la
reconciliaba con el hecho de que PETER estaba decidido a salirse con la suya. E
incluso cuando ya no podía contener un ansia extraña, siguió teniendo la curiosidad
suficiente como para querer enterarse de todo lo que él le estaba haciendo, de todo lo
que estaba pasando entre ellos dos.
PETER soltó un gruñido y levantó la cara.
—Haces demasiadas preguntas. —Y deslizó un dedo en su interior, avanzando
con sus besos cadera abajo.
—¡PETER! ¿Qué estáis haciendo? Decídmelo.
Él suspiró profundamente.
—Te estoy poniendo a tono. Cuanto más húmeda estés, menos daño te va a
hacer cuando me meta por fin dentro de ti. Eres muy pequeña, querida; intenta
relajarte.
LALI ahogó un puchero.
—Si no queréis hacerme daño, entonces no me hagáis esto.
—Eso es como pedirme que deje de respirar.
Sintió la provocación de los besos de PETER entre los muslos. Sus caricias
sembraban en ella fuego líquido, tan íntimas, tan absorbentes, que se puso a temblar.
Él empezó a mover el dedo de dentro a fuera, primero despacio, luego más deprisa.
Ella gemía y se contorsionaba contra la ardiente presión de su mano, aguijoneada por
asombrosos fragmentos de éxtasis.
—Enseguida, querida, enseguida —dijo él con voz cantarina. Entonces encontró
con la lengua aquel botón sensible escondido entre sus lozanos pliegues y ella se
enardeció, gritando su nombre en jadeante súplica. Innombrable era el esplendor que
se estaba disparando en ella—. Ahora. —PETER respiraba entrecortadamente—. Ah,
sí, ahora.
Subió hacia ella, contemplando su rostro asombrado.
—Voy a meterme dentro de ti, LALI. Puede que esta parte te duela, pero seré
todo lo suave que pueda.
Al principio ella no entendió lo que decía, pero en cuanto lo hizo sacudió la
cabeza con fuerza.
—¡Nooooo! Sois demasiado... Yo soy demasiado... Eso no va a poder ser.
—Confía en mí —la tranquilizó él—. Ocurre todos los días. Hay niñas que se
casan con trece años y sobreviven a esto. La mayoría acaba disfrutando de ello. Y
ahora, querida, mírame: quiero verte la cara mientras te penetro.
Unió al de ella su cuerpo, mientras su carne tensa y resbaladiza se abría
cuidadosamente paso. Su mirada de plata se trabó en la de LALI mientras hacía cuña
con su enorme fuerza entre los muslos desplegados de ella. Empujó hacia su interior
la punzante protuberancia de su sexo, luego hizo una pausa y volvió a empujar.
LALI se puso rígida, tratando de deshacerse del peso de él, desesperándose por
evitar aquel empalamiento.
—Relájate, querida —susurró él con los labios pegados a los suyos. Luego
arqueó las caderas y volvió a empujar, traspasando el vello púbico de LALI—. ¡Ya
estoy dentro! —exclamó, exultante.
Dolor. Implacable. Prolongado. Las lágrimas se le agolparon en los ojos. Le
supieron a sal.
—¡P... para! Me estás matando. —Tensó y arqueó el cuerpo en un intento de
quitarse a PETER de encima.
—Calma —musitó él—, calma. Te prometo que no te va a doler mucho tiempo.
—Hizo unos movimientos tentativos, y LALI se estremeció. ¿Es que no había forma
de escapar a aquel tormento?
—Cómo duele, oh, Dios, cómo duele.
—Ahora no puedo parar, querida.
Le apartó con la mano el pelo moreno de la frente húmeda y la besó con
ternura, dándole tiempo para que se acostumbrara a aquella intrusión en su cuerpo
de virgen. Siguió besándola hasta que ella empezó a relajarse y a devolverle los
besos, y entonces empujó hacia dentro, despacio, y luego hacia fuera. Ella gimió, pero
no opuso resistencia a aquel balanceo sutil.
Estaba asombrada de la suavidad de PETER, del tierno cuidado con que la
estaba tratando. Dudaba que el hombre al que estaba prometida hubiera sido tan
cariñoso, tan atento con ella en su noche de bodas. Se sentía casi como si fuera la
novia de PETER.
A PETER le brillaba la frente de sudor, del que también se le iba empapando el
cuerpo en su lucha contra el impulso de penetrarla hasta el final. No debería
preocuparse tanto por la comodidad o el placer de LALI, se dijo a sí mismo. Debería
hacer lo que le exigía el cuerpo y al demonio con aquella mujer. Ella era española. Y
era la hija del hombre al que él tenía todos los motivos para despreciar.
Pero también era una dulce inocente a la que estaba utilizando para saciar su
sed de venganza al mismo tiempo que su lujuria. ¡Dios! Algunas veces se odiaba a sí
mismo.
—¿PETER? —exhaló ella, despacio.
Él supo lo que ella quería preguntarle.
—Quiero llevarte al clímax —le dijo—. Quiero darte placer. ¿Te duele mucho
todavía?
Ella sentía la plenitud de su virilidad en su interior y soportaba aquel sutil
movimiento con el que él la iba penetrando más a fondo. Tan lento, tan cuidadoso,
tan suave. Tan seductor. El dolor le rondaba aún los márgenes de la consciencia, pero
se estaba desvaneciendo velozmente.
—Ya no me duele tanto, pero... no sé cómo llegar al clímax.
—Yo te voy a llevar a alcanzarlo. No te resistas a sentirlo, y vendrá. Eres de
sangre caliente, LALI, lo sospeché desde el principio. Muévete hacia mí. Ah, eso es
—dijo, sujetándola de las caderas para clavarse más hondo—. Sigue moviéndote, no
te pares.
De pronto, tocó algo dentro de ella. Algo que ella no sabía que existía. Ella soltó
un respingo y se arqueó hacia él, invitando a su endurecida prolongación a
adentrarse aún más, mientras él se estremecía y se tensaba, hacia dentro y hacia
fuera, una y otra vez. Se movía despacio, luego con desenfreno, luego otra vez
despacio, penetrando y retrocediendo, ágil, seguro, magistral.
LALI se dio cuenta de que el dolor había desaparecido, sustituido por una
punzada nueva, más placentera. Una punzada que la abrasaba como fuego en las
venas. Cerró los ojos y dejó que aquel sentimiento la invadiera, la desbordara. Ya le
venía. Estaba cerca, muy cerca. Alzándose, girando, arremolinándose. Un dulce
esplendor se elevó desde su punto de unión en ondas concéntricas. Ya le venía...
Gritó y estalló en una explosión de algo que de tan increíble resultaba indescriptible.
Llamarlo sin más placer habría sido no hacerle justicia.
Entonces PETER empezó a empujar con urgencia, con la tensión tan a flor de
piel que sus brazos parecían barras de acero. Levantó a LALI hacia él, llevándose sus
pechos a la boca. Parecía vagamente consciente de que a ella le había ocurrido algo
asombroso, pero ahora estaba enfocado en su propio placer. Se estremeció contra ella
y, en su resbaladiza humedad, volvió a estremecerse y rindió su semilla. Entonces se
quedó quieto.
Sintió que algo le empujaba, y soltó un gruñido. Se sentía débil y desvalido
como un gatito. Sorprendido todavía por el más increíble clímax al que había llegado
en su vida, PETER se percató de que seguía tumbado encima de LALI. Reticente, se
salió de su cuerpo y se tendió junto a ella.
—¿Estás bien? —le preguntó, solícito—. ¿Te ha dolido demasiado?
—Sí, me has hecho daño —le dijo LALI. El rostro le ardía de vergüenza al
añadir—: Pero... pero el dolor no me ha durado mucho. ¿Qué ha pasado? Nunca
había sentido nada parecido. ¿Qué me has hecho? —¿Habría sido don MARIANO un
amante tan tierno como PETER? Tenía sus dudas.
PETER le dedicó una sonrisa lobuna.
—Te he llevado al clímax. ¿No ha sido tan maravilloso como te había dicho?
LALI se quedó pensativa.
—Ha sido... agradable. —Acababa de decidir que él se pasaba de arrogante—.
¿Les pasa a todas las mujeres? ¿Podría llevarme a sentirlo cualquier hombre?
PETER apretó el ceño. ¿Sólo agradable? El pensamiento de que otro hombre,
cualquier hombre, pudiera darle placer a LALI le irritaba. No; le enfurecía. Él había
sido el primero, y ella le pertenecía. 

domingo, 4 de diciembre de 2016

CAPITULO 24


Temía que el pirata llegara a aquel lugar privado de su interior que ella
consideraba sacrosanto. Un lugar que nadie había tocado antes. Ya se había hecho
una idea de lo que era el deseo, el ardor. Si permitía que PETER la condujera al
paraíso, estaría condenada para siempre. El sólo la quería para deshonrarla, a ella y a 
su familia. El odio que sentía por su gente exigía que la violara y la devolviera
cubierta de vergüenza. Ella no le importaba, eso LALI lo sabía. La venganza era la
fuerza motriz de su vida, controlaba todos los aspectos de su existencia.
—No te voy a hacer daño, LALI —dijo PETER, tirando de ella hacia sus
brazos—. No tengo nada contra ti aparte de tu nacionalidad. En su momento cobraré
tu rescate y te devolveré a tu padre.
—Después de haberme deshonrado —dijo LALI con amargura.
Él se levantó y le dio la mano a LALI para que hiciera lo mismo.
—Ven, que no quiero que la primera vez lo hagas en el suelo, por muy mullida
y apetecible que esté la arena. Quiero que sea algo memorable, algo que puedas
recordar con placer cuando vuelvas junto a tu prometido.
LALI soltó una risa áspera.
—Don MARIANO ya no me querrá cuando me hayáis deshonrado.
—Entonces podrás volverte al convento como tú querías. Te habré hecho un
favor.
—No me admitirán.
Aquello dejó perplejo a PETER. Debería haber comprendido que la rígida
mentalidad española era capaz de castigar a una mujer por el pecado que un hombre
cometiese contra ella. Pero tampoco iba a dejar que eso le desviara de su camino.
Necesitaba que don Eduardo sufriera, que alguien le hiciera tragarse su orgullo, aun
si para conseguirlo PETER tenía que utilizar a su hija. La deshonra no sería sólo
para LALI, sino también para su padre.
Llegaron a la casa muy pronto, demasiado pronto. LALI se rezagó un poco,
pero PETER la cogió en brazos y la llevó escaleras arriba hasta su dormitorio. La
dejó de pie en el suelo, le echó a la puerta la llave y se la guardó en el bolsillo. Luego
se volvió hacia LALI, con el rostro desencajado de deseo.
—¿Sabes cuánto tiempo llevo deseando que llegara este momento?
LALI se había quedado sin voz. Vio la mirada voraz de aquellos ojos, sintió
cómo el calor se desplegaba en él, envolviéndola, y supo que no habría argumento
que pudiera apartar a aquel hombre del camino que había emprendido. Estaba
perdida.
Dio un paso hacia atrás, y luego otro. El siguió acercándose implacablemente.
Tendió las manos para cogerla. Ella se quedó helada. La rodeó con sus brazos. Ella se
derritió. El fuego de la piel de él le encendió la sangre, fundiéndole hasta los huesos.
Él la besaba. A ella no se le ocurría ninguna plegaria capaz de contener el tórrido
calor que se le estaba forjando dentro. El maestro de la sensualidad y el pecado había
logrado por fin abrirse paso hasta ese lugar de su interior que venía negando su
sexualidad.
—Santo cielo, LALI, qué dulce, pero qué dulce eres. No me cansaría nunca de
besarte. Pero hay más, muchas más cosas que quiero hacerte, o que hagamos.
Déjame, monjita, déjame.
Ella respiró entrecortadamente mientras PETER la apretaba contra su cuerpo.
Apoyando las manos en los hombros de Lucía, la sondeó profundamente con los
ojos.
—No sabes el tiempo que llevo deseando arrancar esa maldita ropa de luto de
tu hermoso cuerpo.
El vestido se fue abriendo por delante a medida que él, tironeando, iba soltando
los botones. Ella trató de sujetarle, pero él le apartó las manos. Entonces, le deslizó el
vestido hombros abajo hasta las caderas, donde quedó un instante detenido antes de
caer al suelo a sus pies. Siguieron las enaguas. Cuando se vio allí de pie en corpiño y
pololos, LALI recuperó por fin la voz.
—PETER, os lo ruego por última vez, no hagáis esto. Dios os va a castigar. Le
pertenezco.
—A quien perteneces es a ese malnacido de MARTINEZ. A él sí que le darías lo
que yo te estoy pidiendo. Pero a partir de ahora me perteneces a mí.
PETER frunció el ceño. ¿De dónde diantres le había salido aquello? No tenía el
menor deseo de poseer ninguna mujer, y menos aún una bruja española.
—No quiero pertenecer a nadie más que a Dios.
—Te voy a demostrar que te equivocas.
Entonces la besó, y los labios de ambos se deshacían en fuego y de ansia. Los
dedos de él se afanaban abiertamente en despojarla del corpiño. Lo aflojó y de un
tirón se lo quitó. Ella soltó un gemido y se rindió a su beso, hambrienta de su tacto
embriagador. Sin desprenderse de su boca, PETER le rasgó en dos los pololos y se
los arrancó del cuerpo. Luego la alzó del montón de ropa en mitad del cual estaba y
la llevó en brazos a la cama. La depositó con suavidad, liberando por fin su boca.
LALI dejó escapar un grito.
PETER se puso de pie y se quedó contemplándola, contemplando su belleza y
la perfección de su cuerpo. Tenía los pechos del tamaño de sus manos, llenos pero
firmes, con grandes pezones que habrían puesto a prueba la cordura de cualquier
hombre. Era pequeña de estatura, pero tenía todas las curvas necesarias. Sus caderas
partían cautivadoras de una cintura increíblemente fina. Tenía los muslos esbeltos y
flexibles, y las pantorrillas y los tobillos más torneados que había visto en su vida.
Cuando por fin se permitió mirar al lugar en el que deseaba estar por encima de
ningún otro, estuvo a punto de perder el control de sí mismo, cosa que nunca le
había pasado. El oscuro triángulo de pelo rizado en la conjunción de sus muslos
ocultaba un tesoro mayor de lo que hubiera podido imaginar.
Poco a poco PETER empezó a desnudarse. LALI estaba estremecida de pura
turbación. Jamás había imaginado lo excitante que podía resultar mostrarse desnuda
a un hombre. Ni que ella misma pudiera llegar a estar en la situación de mirar el
cuerpo desnudo de un hombre. Quería apartar la mirada de él, pero no podía. Algo
perverso en su interior la empujaba a continuar mirando hasta saciarse.
Cuando PETER empezó a quitarse los pantalones, LALI no pudo seguir
soportando el torbellino de tensión que se le estaba desencadenando por dentro, y
bajó los ojos.
PETER la cogió por la barbilla y le hizo levantar la cara.
—¿Tienes miedo de mirarme, LALI? —preguntó—. No apartes la vista. Quiero
gustarte tanto como tú me gustas a mí. Tu cuerpo es la perfección misma,
exactamente como me lo imaginaba.
Dejó caer los pantalones y LALI, de la impresión, soltó un respingo. Era la
primera vez en su vida que veía a un hombre excitado desnudo. Le pareció
imponente. Le pareció temible. Le pareció demasiado grande.
—¿Tú sabes lo que te voy a hacer, querida? —El apelativo cariñoso sorprendió a
LALI. Negó con la cabeza—. ¿Es que nadie te ha explicado lo que te iba a ocurrir en
el lecho de bodas? —Ella volvió a negar con la cabeza—. ¡Jesús! Bueno, pues tú
relájate, que te lo iré explicando sobre la marcha.
Se tumbó junto a ella y le acarició y le besó los pechos. Le lamió los pezones, y
ella se agitó convulsivamente.
—Los hombres tenemos muchas formas de hacer que una mujer se excite —dijo
PETER con tono lírico—. Esta es sólo una de ellas. Antes de que acabe la noche
exploraremos otras posibilidades.
En los ojos de LALI había un destello de incredulidad.
—¿Y para qué quiere un hombre que una mujer se excite? Creí que sólo os
interesaba vuestro propio placer.
PETER soltó una risita.
—A algunos hombres, puede que sí; pero a mí no. La mitad del placer consiste
en llevar a una mujer poco a poco hasta el clímax.
Esas palabras la dejaron confusa, le hicieron darse cuenta de lo lejos que estaba
de su propio elemento. También se dio cuenta de que tenía que hacer un último
esfuerzo para detener a aquel Diablo que quería llevarla a la perdición.
—Yo no quiero eso. Ese clímax del que habláis. Eso es pecado. Dejadme
marchar y yo me encargaré de que mi padre os pague el doble del rescate que pidáis
por mí.
—Es demasiado tarde, LALI. Bueno, ¿por dónde íbamos? Ah, sí, el clímax.
Cuando lo alcanzas, es como una pequeña muerte. Así lo llaman los franceses. Lo
que se siente es difícil de explicar, será mejor que lo experimentes por ti misma para
entenderlo.
Inclinó la cabeza sobre sus pechos, y esta vez, en lugar de limitarse a lamerle y
besarle los pezones, se metió uno de ellos en la boca y chupó de él, mientras le
acariciaba el otro con el pulgar y el índice. LALI gritó, arqueándose contra él.
Aquello no podía estar pasándole a ella. Ella lo único que había deseado siempre era
ser monja. ¿Cómo podía permitir que un pirata arrogante la sedujera? La respuesta
era turbadora hasta el extremo: de pronto, nada le importaba excepto aquel hombre y
los pecaminosos sentimientos que despertaba en ella. Y el clímax... quería
experimentarlo en los brazos de PETER LANZANI. El pirata.
La perdición de las mujeres.

sábado, 3 de diciembre de 2016

CAPITULO 23

Al encontrar de pronto su boca libre de los electrizantes besos de PETER, 
recurrió a su fervor religioso para protegerse del apuesto pirata. Cuando PETER se 
desplazó con sus besos hacia el cuello y empezó a desabrocharle por delante el 
vestido para llegar a sus pechos, LALI invocó en voz alta el nombre de Dios, rezando 
por que la liberara.
PETER sonrió con lástima, porque sabía que en realidad estaba luchando por
conservar su virginidad para su prometido español. Ahora PETER la tenía calada.
Lo que ella temía era que si él le quitaba la inocencia ya no podría casarse con el gran
gobernador general de Cuba. Ella y su familia afrontarían una deshonra
irremediable, no tendrían la menor posibilidad de celebrar un matrimonio
prestigioso. Decidió que sería divertido seguirle a LALI el juego hasta el batacazo
final. Pero ni un paso más allá.
—¿Tan importante es tu virginidad, santita? —se burló.
—Es lo único que tengo para ofrecerle a Dios —respondió fervientemente
LALI.
—Pues hala, consérvala un poquito más. —PETER se puso de pie,
preguntándose cuánto tiempo podría soportar seguir con aquel juego. Las entrañas le
ardían, la hombría le latía dolorosamente—. Guárdala bien, monjita, durante el
tiempo que yo te lo permita. Que sepas sólo que muy pronto te la voy a quitar.
LALI lo vio salir a grandes pasos de su dormitorio, con el miedo y el deseo
luchando en su interior. PETER LANZANI era la encarnación del mismísimo Diablo. La
tentaba hasta más allá de lo concebible, prometiéndole cosas que ella sólo podía
imaginar, haciéndola retorcerse de deseo. ¿Cuánto tiempo iba a poder resistirse al
poderoso imán de su seducción? ¿Por qué no lograba convencerle de que la liberara?
¿Por qué no se creía que era monja? ¿Es que había visto en ella algo que le hubiera
hecho pensar que estaba mintiendo?
La seducción sutil de PETER continuaba interminablemente. Era encantador,
atento, un maestro del pecado y la sensualidad. Pretendía robarle la honra, y ella no
podía hacer nada para evitarlo. Muy pronto, LALI lo sabía, se saldría con la suya y
ella caería en sus brazos como ciruela madura. ¿Y qué iba a ser de ella entonces?
Pasaron varios días sin que nada ocurriera. PETER supo exactamente cuándo
cayó la gota que colmó su vaso. Fue mientras ella rezaba inclinada sobre la comida.
Había esperado todo lo que podía, mucho más de lo que nunca se hubiera creído
capaz de esperar. Si LALI no hubiera continuado desinflando su deseo con aquel
fervor religioso, ya haría mucho tiempo que la habría hecho suya. Pero, ahora que
sabía que en realidad no era monja, ya no había nada que le impidiera continuar
hasta el final. Cuanto antes se acostara con LALI, antes podría devolverla
deshonrada a su familia. Intentaba convencerse a sí mismo de que seducir a la hija de
don Eduardo ESPOSITO calmaría su sed de venganza contra aquellos a quienes tan
apasionadamente odiaba.
Esa noche, después de la cena, PETER sugirió que dieran un paseo por la
playa. LALI rehusó, recordando lo que había ocurrido, o había estado a punto de
ocurrir, la última vez que salieron juntos a pasear a la luz de la luna. Pero PETER se
negó a aceptar un no por respuesta. Llegaron a la playa justo cuando la luna salía por
el horizonte del mar. Él la guió un trecho por entre los árboles hasta donde no podían
ser vistos y allí extendió su casaca en la arena.
LALI dudó.
—Creo... creo que me voy a volver... Siento de pronto la necesidad de rezar...
Él la agarró por la cintura y la tumbó a su lado.
—Esta vez no te va servir, LALI. Ahora lo sé.
LALI fijó la mirada en él.
—¿Que sabéis qué?
—Que eres LALI ESPOSITO, la hija de don Eduardo ESPOSITO. Viajabas a La
Habana para casarte con don MARIANO MARTINEZ, gobernador general de Cuba. Tu
prometido se puso furioso cuando se enteró de que te había secuestrado el Diablo.
Ofrecen toda una recompensa por mi cabeza.
LALI se le quedó mirando.
—¡No, eso no es verdad! La hija de don Eduardo era Carlota. Yo no era más que
su acompañante.
—No hace falta que sigas mintiendo, LALI. Envié a NICO RIERA a La Habana
porque tuve la sensación de que me estabas mintiendo desde el principio. En La
Habana se habló mucho de lo que le había ocurrido al Santa Cruz, incluido el hecho
de que la prometida del gobernador general había sido secuestrada por el Diablo.
Así que ya ves, LALI, lo de interpretar ese papel sólo te ha servido para retrasar
lo inevitable.
—No estaba interpretando ningún papel —negó acaloradamente LALI—. Es
verdad que quiero hacerme monja. Ya lo sería si mi padre no me hubiera sacado del
convento antes de haber podido hacer los votos definitivos. El matrimonio entre don
MARIANO y yo estaba acordado desde hacía años, pero yo tenía la esperanza de que se
suspendiera. Por desgracia, mi padre veía las cosas de otra forma.
—Alabo tu fe —dijo PETER—, pero te pienso hacer mía por más horas que
quieras pasarte de rodillas rezando.
—Por favor, os lo ruego. Podéis obtener de mi padre más dinero si me
devolvéis intacta.
Él soltó una carcajada.
—¿Piensas que tu prometido se va a tragar que no te he hecho mía ni una sola
vez?
—Me da igual lo que él crea. Lo sabré yo y lo sabrá Dios. Sólo espero volver al
convento y dedicar mi vida al servicio de Dios.
—No me lo creo —el tono de PETER era bajo, seductor, imperativo—. Bésame,
LALI. Bésame con todo el celo y todo el fervor que dedicas a tus rezos.
—No.
—¿Tienes miedo?
—Sí. —Y era verdad que lo tenía.

viernes, 2 de diciembre de 2016

CAPITULO 22

PETER esperó pacientemente mientras ella rezaba, sin prestar atención al 
hecho de que estaba alargando a propósito sus oraciones más de lo habitual. Algo le 
decía que esa noche ella iba a necesitar toda la ayuda que pudiera conseguir. 
—¿Has terminado ya, hermana LALI? —le preguntó, recalcando el 
tratamiento—. Se está enfriando la comida.
—Sí —dijo LALI, concentrándose en la comida que tenía en el plato. Cogió el
tenedor y empezó a comer.
PETER la contemplaba con ojos de calor y de hambre.
—¿Pasa... pasa algo? —preguntó ella, nerviosa.
—No; estás preciosa esta noche, aunque preferiría verte con algo un poco más
colorido. Pero aun así el negro te sienta bien. Es mucho más atrayente que aquel gris
mortecino. Lástima que esté lloviendo. Un paseo por la playa sería la guinda perfecta
para un día esclarecedor como el de hoy.
—¿Esclarecedor? ¿Por qué?
—Por cosas que a ti no te interesan. Dejémoslo en que hoy me he enterado de
algo que me complace.
A LALI no le gustó el rumbo que estaba tomando la conversación, así que lo
desvió.
—Hoy he visto llegar al Gloria de la Reina. ¿Ha vuelto el señor RIERA? ¿Por
qué no está cenando con nosotros?
—El señor RIERA está ocupado esta noche.
—Ah. ¿Os habéis decidido a liberarme? Pronto tendréis que partir para cumplir
con vuestros trabajos de pirata. Os coge justo de camino.
—Tú déjame a mí a mi ritmo, Hermana, a mi ritmo. ¿Has terminado de cenar?
LALI apoyó el tenedor en el plato.
—Sí.
—Pues te acompañaré a tu cuarto.
—No es necesario.
Los ojos de PETER se hicieron plata pura.
—Cómo que no. Ven conmigo, Hermana.
LALI sabía que estaban solos en la casa. Después de preparar la cena, Lani se
había ido al pueblo a estar con su propia familia. No volvería hasta la mañana
siguiente temprano.
—Buenas noches, Capitán —dijo LALI cuando llegaron ante su dormitorio.
PETER alzó la encrespada ceja y abrió la puerta. Lani había encendido un
candelero antes de marcharse a pasar la noche fuera; bañaba la habitación en un
fulgor dorado. Cuando Lucía entró e intentó cerrarle la puerta en la cara a PETER, él
la empujó y entró también.
—Disculpadme mientras rezo mis oraciones —le dijo ella. Su voz temblaba. La
forma en que PETER la estaba mirando le producía hormigueos y ardores. Se acercó
a su cama y se arrodilló, para rezar con más fervor que nunca.
PETER se sentó al borde de la cama, contemplándola con un destello
depredador en los ojos. Ella rezó larga e intensamente, hasta que le dolieron las
rodillas y la espalda. PETER no parecía conmovido por sus prolongadas plegarias,
sino bastante impaciente, mientras Lucía renovaba sus votos de mantenerse pura
para Dios y le pedía fuerzas para resistir la malvada tentación de Satanás. Durante su
perorata, PETER sonreía sin ganas.
—Ya está bien, LALI —dijo impaciente al cabo de un rato largo.
—Por favor, marchaos de mi dormitorio para que yo pueda recogerme.
—Estoy en mi casa, y tú eres mi... invitada. Iré a donde me plazca.
—Vuestra prisionera, queréis decir.
—Llámalo como quieras. He tenido más que paciencia contigo. Ya sabes tú lo
que quiero.
—Lo que queréis es violar a una mujer que está reservada a Dios.
Los ojos de PETER centellearon peligrosamente.
—No he violado a una mujer jamás en mi vida, y no tengo intención de
empezar ahora. ¿Cómo sabes que lo tuyo es la vida religiosa? Parece un tipo de vida
de lo menos apetecible. Hasta un tonto se daría cuenta de que tú eres una criatura
sensual, tan poco apropiada para la vida religiosa como yo mismo. Y yo no soy un
tonto.
LALI se llenó de aire los pulmones, airada.
—No sé de qué me estáis hablando. Hasta que os conocí, jamás me había
besado nadie. Me pareció terrible que me besarais. —Eso, pensó con determinación
LALI, que se enterara de una vez de lo que le parecían a ella sus intentos de
seducción.
—¿Sabes? —dijo PETER—. Puede que no lo haya intentado lo suficiente. —Y
agarrándola del brazo, la levantó y se la sentó en el regazo.
—¡No me toquéis! ¡Soy una sierva de Dios! —PETER se limitó a sonreír. Quizá
no lo estaba diciendo con suficiente convicción—. ¿Me habéis oído? Soy una monja,
una religiosa.
—Y yo soy un santo. —Y su boca se abalanzó sobre la de ella, jugueteando con
la lengua en sus labios antes de cubrirlos por completo.
LALI respiraba de forma entrecortada. El beso de PETER hacía que las
palabras que acababa de decir resultaran ridículas. En realidad sus besos no le
parecían terribles: le encantaban. Le encantaba su sabor, el calor húmedo de su boca,
el aroma dulce de su aliento, su excitación. ¡Iba a ir derechita al infierno!
Él la empujó sobre la cama y se inclinó sobre ella para continuar con renovado
fervor el asalto a su boca. LALI intentó que se le despertara la rabia y trató de
romper el lazo sensual que el tendía sobre sus sentidos. PETER se desprendió del
beso y le lanzó una sonrisa de animal de presa.
—Ah, hermana LALI —dijo, volviendo a recalcar el tratamiento—. No creo que
pudiera soportar que te gustaran mis besos. Olvídate de todo ese absurdo de ser
monja y entrégate a mí. Yo te daré placer; un placer tan grande que vendrás a
pedirme más.

jueves, 1 de diciembre de 2016

CAPITULO 21


Cuando PETER no estaba incitándola al pecado, a LALI la vida en Andros le
resultaba bastante agradable. Por suerte para su paz espiritual, PETER pasó la
mayor parte de los días que siguieron ocupándose de su barco. Todas las noches
cenaban juntos, y ella no lograba encontrar un solo fallo en su comportamiento. A 
pesar de todo, seguía sin atreverse a abandonar su táctica a la hora de vestirse, y
continuaba enfundándose todos los días aquel vestido de luto que le estaba grande y
la mantilla. Lo hacía para recordarle a PETER que ella estaba prohibida para él. A
pesar de la conducta ejemplar que PETER mostraba, LALI tenía la sensación de que
estaba jugando con ella.
Como era virtualmente imposible escaparse de allí, a LALI se le permitió vagar
por la isla a su antojo. Averiguó que PETER volvía a Andros a infrecuentes
intervalos. Sus largas ausencias las pasaba surcando los mares en busca de galeones
españoles, o en Inglaterra. Durante esas ausencias se ocupaban de su isla Lani y su
familia. Algunos habían fijado permanentemente su residencia en Andros: hombres
de confianza que se habían casado con nativas y preferían quedarse en tierra
supervisando la industria maderera de PETER.
Las dos semanas que duró la ausencia de NICO RIERAS, PETER las pasó
esperando, observando y especulando. Y manteniéndose ocupado, porque si no se
habría vuelto loco de deseo. Aquella pequeña beata española le estaba volviendo
loco. Sólo pensar en ella era ya un exquisito tormento. A pesar de su convicción de
que ella no era una monja como es debido, se esforzó en mantener el pensamiento en
otra parte, porque ella continuaba invocando a Dios cada vez que intentaba
seducirla. No tenía ni idea de por qué no la había mandado también a donde fuera
para deshacerse de ella. Para qué quería él andar irritándose por culpa de su belleza
sensual y sus tentadores ojos negros.
A las dos semanas y cuatro días de su partida, RIERA llegó de La Habana.
PETER le salió al encuentro en la playa.
—Me alegro de veros de vuelta, amigo. Vamos a casa para que podáis contarme
lo que habéis averiguado delante de unos refrigerios.
NICO RIERA asintió, preguntándose cómo reaccionaría PETER ante la
información que le traía de La Habana. Esperaba estar haciendo lo correcto al
contarle aquello al capitán, porque no soportaba la idea de que PETER pudiera
hacer daño a su prisionera.
Cómodamente sentado en su amplio gabinete, PETER esperaba impaciente a
que NICO hablara.
—Es justo lo que sospechabais, PETER. La hija del noble español se llamaba
LALI, no Carlota. El capitán del Santa Cruz y los supervivientes de su tripulación
fueron recogidos por otro galeón español y llevados a La Habana, donde informaron
del hundimiento del barco y del secuestro a don MARIANO MARTINEZ, gobernador general
de Cuba.
PETER juntó las puntas de los dedos y asintió pensativo.
—LALI ESPOSITO. Así que no es monja. Sabía que esa bruja me estaba mintiendo
desde el principio.
—Parte de su historia es cierta, PETER. LALI creció en un convento, y la
sacaron de allí contra su voluntad para casarla con MARTINEZ. El gobernador general
estaba esperando con impaciencia a su inocente novia. Y han vuelto a poner precio a
vuestra cabeza, compañero. Mil doblones de oro.
PETER lanzó un silbido.
—¿Tanto? Deben de estar locos por cogerme.
—Más que locos, especialmente MARTINEZ. Has secuestrado a la novia con la que
iba a casarse. Se despachó inmediatamente un barco a España para informar a don
Eduardo ESPOSITO, el padre de LALI. Según los rumores, don Eduardo está furioso
por la pérdida de la dote de LALI. Eso por no mencionar el asunto de su virginidad.
Todo el mundo da por hecho que el Diablo ya habrá violado a la muchacha para
cuando cobre el rescate y la devuelva a su familia.
—Qué perspicaces —dijo PETER sin que se le alterara la voz. En su rostro
había un rictus que no presagiaba nada bueno para LALI.
—Ya sé que yo mismo os aconsejé que le pegarais un buen revolcón, pero eso
fue antes de enterarme de su historia. En todo esto ella es inocente. No le hagáis
daño.
Los pensamientos de PETER tomaron un rumbo adusto.
—¿Que no le haga daño? Con lo bien que me conoces, NICO. Vamos a jugar este
jueguecito hasta su triste final, pero te aseguro que voy a ganar yo. Al final devolveré
a nuestra falsa santita a su prometido, pero no sin antes haberla despojado de su
virginidad. Y, cuando lo haga, te aseguro que ella participará activamente.
—No lo hagas, PETER, no le hagas eso a LALI. No se merece un tratamiento
tan vil. ¿Qué va a pasar si le haces un hijo? ¿Qué vida puede esperar a su vuelta si la
violas? Ya sabes lo rígidos que son esos malnacidos españoles para estas cosas.
PETER intentó no pensar en lo que pasaría si LALI llevara dentro un hijo suyo.
Sabía que no podría reclamar a un niño que llevara en sus venas sangre española. En
lo que se concentró fue en el recuerdo de sus años de esclavitud en un galeón
español, a base de palizas diarias y raciones minúsculas, y de que le torturaran hasta
más allá de lo soportable. Nadie se apiadó de él en todos esos años, le hicieron
sentirse menos que humano, así que ¿por qué iba él a perdonar a LALI? Pero tenía
una razón aún más imperiosa para reclamar su carnal botín. Una que nunca antes
había compartido con nadie.
—Esto no te lo había contado nunca, pero el galeón que atacó al barco en el que
viajaba con mi familia pertenecía a la flota de Eduardo ESPOSITO. Incluso llegué a ver
al padre de LALI una vez que visitó el barco en el que me tenían de esclavo. Así que
tengo que hacer lo que manda mi orgullo —PETER hizo una breve pausa—. Vete a
ocuparte de tus cosas y déjame a mí a LALI. No le voy a hacer daño físico, si es que
eso te tranquiliza. Es muy buena actriz, y la voy a dejar que siga un poco más con su
juego, pero al final pienso salirme con la mía.
Entonces sonrió, con una sonrisa genuina, que revelaba cuánto le complacía
aquella tarea que se había impuesto.
La seducción.
Si quedaba algún resquicio de remordimiento en algún punto cercano a su
corazón, intentó ignorarlo. Él no le iba a hacer daño a LALI, no, de ningún modo. Iba
a tejer una red de sensualidad alrededor de sus sentidos y le iba a dar placer, más del
que jamás hubiera sentido. Para cuando terminara con ella, ya la habría hecho
olvidarse de aquel absurdo empeño en ser monja. Más tarde, la devolvería a su
familia cubierta de vergüenza, y podría contarlo como un acto más de venganza
contra sus enemigos españoles. Si él fuera un salvaje, habría ejecutado de inmediato a
LALI, exactamente igual que los compatriotas de ella hicieron con su familia. Pero,
como había dicho RIERA, LALI no tenía ninguna culpa en todo aquello, y él no le
deseaba ningún daño. A decir verdad, si no hubiera sido por lo mucho que la
deseaba no le habría tocado un pelo y habría pedido por su rescate una cantidad
enorme. Pero esa opción la había perdido en el momento en que la besó y sintió
deseo.
—Ya está bien de hablar de Lucía. ¿Parecía contenta MERY cuando la dejaste en
La Habana?
—Parecía contenta con el dinero y los regalos que le diste —dijo NICO—, pero
enfadada por la forma tan brusca en que te has deshecho de ella. Aunque seguro que
se las apañará bien, como suelen hacer las de su clase. —Le lanzó a PETER una
plácida sonrisa—. A mí me ha hecho el viaje hasta Cuba muy agradable. Es
estupenda, PETER, estupenda. Me sorprende que te desprendas de ella. Cuando
LALI se vaya, Andros se va a quedar muy solitario. Tendrías que haber dejado por
aquí a MERY para entretenerte durante tus visitas a la isla.
PETER evocó la imagen de LALI, los ojos oscuros chispeantes de rabia, el
casquete de rizos negros que le cubría la cabeza en encantador desorden, los labios
lozanos inflamados por sus besos, y supo que nunca podría volver a desear a MERY
como lo había hecho un día.
—Era lo mejor —dijo, sin dar más explicación.
LALI y PETER cenaron esa noche en el cenador de invitados. La lluvia que
había empezado por la tarde continuó al parecer hasta bien entrada la noche. Lucía
se revolvía inquieta en su asiento, recelosa de la forma en que PETER la estaba
mirando, como si quisiera comérsela al mismo tiempo que la cena. Ella creía que ya
había desistido de intentar seducirla, pero algo en lo más profundo de aquellos ojos
azules la advirtió de lo contrario. ¿Acaso llevaba todo ese tiempo esperando
solamente el momento oportuno? Inspiró profundamente y empezó a bendecir la
mesa, un ritual al que se había acostumbrado en el convento y que había continuado
en Andros.