Debéis daros prisa —apremió don Eduardo—. Es posible que don Mariano nos
haya venido siguiendo.
No bien había pronunciado esas palabras cuando un estruendo procedente del
otro extremo del muelle invadió la noche incierta. Lali se estremeció de
consternación al vislumbrar a don Mariano que con una patrulla armada de dragones
cargaba hacia ellos por el camino adoquinado.
—¡Detenedlos! ¡Detened al pirata! —gritó don Mariano, enarbolando la espada
como si fuera un hacha de guerra.
—Deprisa, ay, por favor, deprisa —exhortaba Lali sin aliento mientras los
hombres llevaban a Peter, medio a rastras medio en volandas, hacia el bote.
Lali iba dando traspiés, entorpecida por su embarazo. Sin retrasarse ni un
segundo, Pablo la recogió en sus brazos y la depositó en el bote. Luego ayudó a
Riera y a don Eduardo a acomodar a Peter junto a ella. El bote se alejó del
muelle sin perder un instante. A Lali le corrieron lágrimas por las mejillas en
aquella apresurada despedida de su padre.
—Os quiero, padre. Siempre seréis bienvenido en Andros. Quiero que mi hijo
conozca a su abuelo.
—Iré, hija —le prometió desde el malecón don Eduardo—. Puede que no
siempre te lo haya demostrado, pero yo también te quiero.
El bote se internó deslizándose en la densa bruma justo en el momento en que
don Mariano y los dragones llegaban al final del muelle. Don Mariano apartó sin
miramientos a don Eduardo, maldiciendo aquella niebla espesa y gris que tan bien le
venía al pirata para escapar.
—¡Deteneos! —gritó don Eduardo, tratando desesperadamente de proteger a su
hija. Haciéndole caso omiso, los dragones aprestaron los mosquetes y dispararon a
ciegas; volvieron a cargar y a disparar hasta que se hizo evidente que su presa estaba
ya fuera de su alcance.
—Pero ¡qué habéis hecho! —gritó don Mariano, volviéndose contra don Eduardo.
—Por primera vez en mi vida, he tenido en cuenta la felicidad de mi hija —
respondió él, tragándose un sollozo—. Está embarazada del inglés; tú no la habrías
aceptado en esas condiciones. Con quien tiene que estar es con su esposo. Lali me
ha dado su palabra de que en el futuro el Diablo no volverá a ser un peligro para las
embarcaciones españolas.
—¿Y la habéis creído? —espetó despreciativamente don Mariano.
—Pues sí, la he creído. Déjalos en paz, Mariano. Como consolación por tu pérdida
puedes quedarte con una generosa parte de la dote de Lali. Búscate a una mujer
digna de tu categoría.
Don Mariano se dio cuenta de que estaba derrotado y trató de tomárselo lo mejor
que pudo.
—Tenéis razón, Eduardo. Por mucho que me hubiera gustado coger a ese pirata
y ofrecerle su cabeza al rey, me conformaré con lo que me ofrecéis. Mi orgullo me
impide querer a una mujer que está embarazada de otro hombre. A menos que el
Diablo vuelva a hacer de las suyas en el mar, daré este asunto por zanjado.
sábado, 11 de febrero de 2017
viernes, 10 de febrero de 2017
CAPITULO 88
—No te preocupes por Martinez —replicó Riera —. Sus secuaces están
muertos, y él no va a poder viajar en los próximos días.
—¿Lo habéis matado?
—No, o por lo menos no creo. Todavía respiraba cuando nos fuimos de allí,
pero dudo que se sienta en condiciones de viajar durante un tiempo.
—No subestimes a ese malnacido, Nico. ¿Me vas a ayudar a levantarme?
—No.
—¿Que no? Como capitán tuyo que soy te ordeno que obedezcas mi orden.
—No.
Riera se sintió tan puñeteramente impotente que estuvo a punto de ponerse a
gritar de frustración.
—Podría mandar que te pongan los grilletes por insubordinación.
—Inténtalo —le desafió Nico.
Peter se volvió hacia Pablo.
—Supongo que entonces te corresponde a ti, Pablo. Del señor Riera ya me
ocuparé más tarde. Prepárame el bote, que voy a bajar a tierra.
Riera sacudió pesaroso la cabeza.
—Lo siento, Capitán, pero yo estoy de acuerdo con el señor Riera.
—Muy bien, pues entonces lo haré yo sólito. —Le costó tres intentos, pero al
final logró sostenerse sobre sus pies. Una sacudida de áspero dolor le obligó a
doblarse sobre sí mismo, pero enseguida recuperó el dominio y se enderezó. Sus
propias heridas no le importaban. Tenía que salvar a su mujer y a aquel hijo suyo que
todavía no había nacido de las garras de Martinez.
Pablo y Nico se miraron con preocupación, y luego se acercaron
reticentes a ayudar a Peter.
—Está bien, Peter —dijo Riera —, te ayudaremos. Siempre has sido un
cabezota. Pero tengo serias dudas de que puedas llegar a tierra siquiera. No te
preocupes, Pablo y yo iremos a buscar a Lali. Yo sé dónde vive don Eduardo.
—No; el marido de Lali soy yo. Ella es responsabilidad mía. —Peter se
movía despacio, con mucho esfuerzo—. Vosotros sólo llevadme a tierra y
encontradme un caballo. Y dadme una espada y una pistola.
—Maldito idiota testarudo —murmuró entre dientes Riera —. Te
ayudaremos, pero yo voy a ir contigo digas lo que digas.
Pablo se fue a buscar la espada y la pistola mientras Riera ayudaba a
Peter a llegar a la cubierta y a meterse en el bote.
—No os vais a librar de mí tan fácilmente —dijo Pablo, saltando con
Riera dentro del bote—. Ayudaré con los remos. —Le pasó a Peter la espada y
la pistola y dio instrucciones a los marineros para que bajaran el bote al agua.
Riera observaba atentamente a Peter. No tenía ni idea de cómo
conseguía mantenerse derecho. Las graves heridas que había sufrido habrían
obligado a cualquiera a guardar cama durante días. Pero Peter no era cualquiera.
Pese a todo, Riera dudaba muy seriamente que Peter pudiera sobreponerse al
dolor de montar un caballo. Tenía todas sus esperanzas puestas en arrastrarlo de
vuelta al barco inconsciente. Pero no pensaba fallarle a Peter. Se juró que
encontraría a Lali costase lo que costase.
Don Mariano volvió en sí al poco de que Lali y su padre lo abandonaran a su
suerte. La cabeza le palpitaba dolorosamente, y le llevó unos minutos recordar lo que
había pasado. Se levantó aturdido, se acercó dando traspiés a la carreta y soltó una
violenta maldición cuando descubrió a sus esbirros muertos. Había sido un estúpido
al no fijarse mejor en aquellos campesinos, porque estaba claro que no eran en
absoluto campesinos, sino marineros del Diablo. La emboscada había tenido éxito; su
falta de vista le había salido cara. El Diablo había huido con sus hombres, y don
Mariano comprendió que tenía que llegar a Cádiz lo antes posible si quería evitar que el
pirata se le escapara una vez más.
La cólera de don Mariano se desbordó cuando, al buscar su caballo, vio que no
estaba. Era un caballo que se había traído de La Habana y al que había domado él
mismo. Sabía que por sí mismo no se alejaría de él; alguien tenía que habérselo
llevado. Qué estúpido y qué confiado había sido. Pero no podía tolerar aquel retraso.
Era imprescindible que llegara a Cádiz y alertara al cuerpo de dragones antes de que
el barco del pirata zarpara.
Don Mariano contempló el penco que estaba enganchado a la carreta con evidente
desagrado. Aquel caballo ya no estaba precisamente en la flor de la vida, pero
cabalgar a sus lomos hasta Cádiz le pareció como mínimo mejor idea que ir
arrastrando una carreta llena de hombres muertos. Para el excelente jinete que era
don Mariano , montar sin silla no v problema alguno. Por fortuna para él conocía
aquella zona, porque había vivido allí en su juventud, y sabía un atajo para llegar a la
ciudad a través de los campos de olivos.
Don Mariano aguardó un instante a que se le aplacara el contundente dolor que
sentía en la cabeza, y luego desenganchó de la carreta el caballo y se subió en él como
buenamente pudo. Sujetando las riendas, espoleó los flacos flancos de aquel penco y
partió cruzando los campos de Cádiz.
Cuando Lali y su padre llegaron a Cádiz se dirigieron directamente al
malecón. Lali se estremeció de alegría cuando vio el Vengador aún anclado en la
bahía. ¡Lo habían conseguido! Muy pronto Peter y ella estarían juntos para
siempre.
—Un bote, padre, necesito encontrar un bote para llegar hasta el Vengador.
Don Eduardo suspiró con resignación.
—Ya me ocupo yo de eso, Lali. Tú espérame en la calesa. Seguro que
encuentro a alguien que quiera llevarte remando hasta el barco.
—No, padre, yo voy con vos. —Y, agarrando su fardo de ropa y la espada de
Peter, esperó a que su padre la ayudara a bajar.
De pronto, la atención de Lali se concentró en un bote que estaba descargando
pasajeros en el muelle. Del mar llegaba una espesa niebla gris que ocultaba las
siluetas en una bruma envolvente. La niebla y la luz menguante del día impidieron a
Lali reconocer a los dos hombres que saltaron del bote al muelle. Pero cuando esos
hombres se inclinaron para ayudar a un tercero a salir del bote, Lali dejó caer su
hatillo de ropa y la espada, gritó el nombre de Peter y echó a correr.
Don Eduardo recogió aquellas cosas del suelo y la siguió lo más rápido que
pudo.
Ir sentado en el bote le había costado a Peter lo indecible. Se preguntaba
cómo demonios iba a poder montar un caballo sin irse al otro barrio, pero estaba
decidido a lograrlo o morir en el intento. Lali le pertenecía. Ella y su hijo lo eran
todo para él. Sin ellos no había futuro.
—¿Estás bien, Peter ? —le preguntó Riera con ansiedad.
—Perfectamente —respondió Peter con un bufido de dolor—. Sólo necesito
un caballo.
Los caballos y la carreta que tenían alquilados estaban todavía enganchados por
allí cerca. Nadie se había ocupado de devolverlos a las caballerizas, porque en aquel
momento su única preocupación era poner a salvo a Peter a bordo del Vengador.
Pablo desenganchó uno de los caballos y lo sujetó de forma que Peter pudiera
montar. Tenía serias dudas sobre la capacidad de Peter de subirse a un caballo,
pero hizo lo que su capitán le ordenaba.
Peter se sentía como si tuviera dentro de la cabeza mil demonios con sus mil
tridentes pinchándole para salir. El cuerpo le ardía, y en la pierna le palpitaba un
dolor increíble, pero consiguió levantarla hasta el estribo sin irse para el otro barrio.
Se preparó para sentir el candente suplicio de ser izado hasta la silla. Cuando vio que
ni Riera ni Pablo hacían nada por ayudarle, miró por encima del hombro para
interpelarlos por el retraso y se encontró con que los dos hombres estaban mirando
hacia el otro extremo del muelle.
La oyó gritar su nombre antes de verla, con voz de desesperación pero también
de júbilo. Y entonces la vio emerger de entre la niebla, con la capa flotando alrededor
y el pelo revuelto, alborotado por el viento, flameando en desorden alrededor de sus
pálidas facciones.
—¡Lali! —Peter gastó sus últimas fuerzas en bajar el pie del estribo y
encaminarse hacia ella. Se desplomó en los brazos de Lali cuando se encontraron en
el muelle a medio camino. Don Eduardo, resoplando por el desacostumbrado
esfuerzo, llegó junto a ellos a tiempo de ayudarla a sujetar el cuerpo desvanecido de
Peter . Nico y Pablo llegaron instantes después.
—¿Está bien? —les preguntó Lali, fuera de sí de pura preocupación—. Lo veo
demasiado pálido.
—Peter ha sufrido heridas graves —la informó Riera —. Ahora que tú
estás aquí ya podemos llevárnoslo de vuelta al barco y a la cama, que es donde tiene
que estar. Insistía en ir a buscarte él mismo. Estaba loco de preocupación y no
atendía a razones. Gracias a Dios que has venido. Aquí estamos rodeados de
peligros. Lo huelo. —Y miró con resquemor a don Eduardo.
—Mi padre ha sido quien me ha traído hasta aquí —explicó Lali—. No nos va
a impedir marcharnos.
muertos, y él no va a poder viajar en los próximos días.
—¿Lo habéis matado?
—No, o por lo menos no creo. Todavía respiraba cuando nos fuimos de allí,
pero dudo que se sienta en condiciones de viajar durante un tiempo.
—No subestimes a ese malnacido, Nico. ¿Me vas a ayudar a levantarme?
—No.
—¿Que no? Como capitán tuyo que soy te ordeno que obedezcas mi orden.
—No.
Riera se sintió tan puñeteramente impotente que estuvo a punto de ponerse a
gritar de frustración.
—Podría mandar que te pongan los grilletes por insubordinación.
—Inténtalo —le desafió Nico.
Peter se volvió hacia Pablo.
—Supongo que entonces te corresponde a ti, Pablo. Del señor Riera ya me
ocuparé más tarde. Prepárame el bote, que voy a bajar a tierra.
Riera sacudió pesaroso la cabeza.
—Lo siento, Capitán, pero yo estoy de acuerdo con el señor Riera.
—Muy bien, pues entonces lo haré yo sólito. —Le costó tres intentos, pero al
final logró sostenerse sobre sus pies. Una sacudida de áspero dolor le obligó a
doblarse sobre sí mismo, pero enseguida recuperó el dominio y se enderezó. Sus
propias heridas no le importaban. Tenía que salvar a su mujer y a aquel hijo suyo que
todavía no había nacido de las garras de Martinez.
Pablo y Nico se miraron con preocupación, y luego se acercaron
reticentes a ayudar a Peter.
—Está bien, Peter —dijo Riera —, te ayudaremos. Siempre has sido un
cabezota. Pero tengo serias dudas de que puedas llegar a tierra siquiera. No te
preocupes, Pablo y yo iremos a buscar a Lali. Yo sé dónde vive don Eduardo.
—No; el marido de Lali soy yo. Ella es responsabilidad mía. —Peter se
movía despacio, con mucho esfuerzo—. Vosotros sólo llevadme a tierra y
encontradme un caballo. Y dadme una espada y una pistola.
—Maldito idiota testarudo —murmuró entre dientes Riera —. Te
ayudaremos, pero yo voy a ir contigo digas lo que digas.
Pablo se fue a buscar la espada y la pistola mientras Riera ayudaba a
Peter a llegar a la cubierta y a meterse en el bote.
—No os vais a librar de mí tan fácilmente —dijo Pablo, saltando con
Riera dentro del bote—. Ayudaré con los remos. —Le pasó a Peter la espada y
la pistola y dio instrucciones a los marineros para que bajaran el bote al agua.
Riera observaba atentamente a Peter. No tenía ni idea de cómo
conseguía mantenerse derecho. Las graves heridas que había sufrido habrían
obligado a cualquiera a guardar cama durante días. Pero Peter no era cualquiera.
Pese a todo, Riera dudaba muy seriamente que Peter pudiera sobreponerse al
dolor de montar un caballo. Tenía todas sus esperanzas puestas en arrastrarlo de
vuelta al barco inconsciente. Pero no pensaba fallarle a Peter. Se juró que
encontraría a Lali costase lo que costase.
Don Mariano volvió en sí al poco de que Lali y su padre lo abandonaran a su
suerte. La cabeza le palpitaba dolorosamente, y le llevó unos minutos recordar lo que
había pasado. Se levantó aturdido, se acercó dando traspiés a la carreta y soltó una
violenta maldición cuando descubrió a sus esbirros muertos. Había sido un estúpido
al no fijarse mejor en aquellos campesinos, porque estaba claro que no eran en
absoluto campesinos, sino marineros del Diablo. La emboscada había tenido éxito; su
falta de vista le había salido cara. El Diablo había huido con sus hombres, y don
Mariano comprendió que tenía que llegar a Cádiz lo antes posible si quería evitar que el
pirata se le escapara una vez más.
La cólera de don Mariano se desbordó cuando, al buscar su caballo, vio que no
estaba. Era un caballo que se había traído de La Habana y al que había domado él
mismo. Sabía que por sí mismo no se alejaría de él; alguien tenía que habérselo
llevado. Qué estúpido y qué confiado había sido. Pero no podía tolerar aquel retraso.
Era imprescindible que llegara a Cádiz y alertara al cuerpo de dragones antes de que
el barco del pirata zarpara.
Don Mariano contempló el penco que estaba enganchado a la carreta con evidente
desagrado. Aquel caballo ya no estaba precisamente en la flor de la vida, pero
cabalgar a sus lomos hasta Cádiz le pareció como mínimo mejor idea que ir
arrastrando una carreta llena de hombres muertos. Para el excelente jinete que era
don Mariano , montar sin silla no v problema alguno. Por fortuna para él conocía
aquella zona, porque había vivido allí en su juventud, y sabía un atajo para llegar a la
ciudad a través de los campos de olivos.
Don Mariano aguardó un instante a que se le aplacara el contundente dolor que
sentía en la cabeza, y luego desenganchó de la carreta el caballo y se subió en él como
buenamente pudo. Sujetando las riendas, espoleó los flacos flancos de aquel penco y
partió cruzando los campos de Cádiz.
Cuando Lali y su padre llegaron a Cádiz se dirigieron directamente al
malecón. Lali se estremeció de alegría cuando vio el Vengador aún anclado en la
bahía. ¡Lo habían conseguido! Muy pronto Peter y ella estarían juntos para
siempre.
—Un bote, padre, necesito encontrar un bote para llegar hasta el Vengador.
Don Eduardo suspiró con resignación.
—Ya me ocupo yo de eso, Lali. Tú espérame en la calesa. Seguro que
encuentro a alguien que quiera llevarte remando hasta el barco.
—No, padre, yo voy con vos. —Y, agarrando su fardo de ropa y la espada de
Peter, esperó a que su padre la ayudara a bajar.
De pronto, la atención de Lali se concentró en un bote que estaba descargando
pasajeros en el muelle. Del mar llegaba una espesa niebla gris que ocultaba las
siluetas en una bruma envolvente. La niebla y la luz menguante del día impidieron a
Lali reconocer a los dos hombres que saltaron del bote al muelle. Pero cuando esos
hombres se inclinaron para ayudar a un tercero a salir del bote, Lali dejó caer su
hatillo de ropa y la espada, gritó el nombre de Peter y echó a correr.
Don Eduardo recogió aquellas cosas del suelo y la siguió lo más rápido que
pudo.
Ir sentado en el bote le había costado a Peter lo indecible. Se preguntaba
cómo demonios iba a poder montar un caballo sin irse al otro barrio, pero estaba
decidido a lograrlo o morir en el intento. Lali le pertenecía. Ella y su hijo lo eran
todo para él. Sin ellos no había futuro.
—¿Estás bien, Peter ? —le preguntó Riera con ansiedad.
—Perfectamente —respondió Peter con un bufido de dolor—. Sólo necesito
un caballo.
Los caballos y la carreta que tenían alquilados estaban todavía enganchados por
allí cerca. Nadie se había ocupado de devolverlos a las caballerizas, porque en aquel
momento su única preocupación era poner a salvo a Peter a bordo del Vengador.
Pablo desenganchó uno de los caballos y lo sujetó de forma que Peter pudiera
montar. Tenía serias dudas sobre la capacidad de Peter de subirse a un caballo,
pero hizo lo que su capitán le ordenaba.
Peter se sentía como si tuviera dentro de la cabeza mil demonios con sus mil
tridentes pinchándole para salir. El cuerpo le ardía, y en la pierna le palpitaba un
dolor increíble, pero consiguió levantarla hasta el estribo sin irse para el otro barrio.
Se preparó para sentir el candente suplicio de ser izado hasta la silla. Cuando vio que
ni Riera ni Pablo hacían nada por ayudarle, miró por encima del hombro para
interpelarlos por el retraso y se encontró con que los dos hombres estaban mirando
hacia el otro extremo del muelle.
La oyó gritar su nombre antes de verla, con voz de desesperación pero también
de júbilo. Y entonces la vio emerger de entre la niebla, con la capa flotando alrededor
y el pelo revuelto, alborotado por el viento, flameando en desorden alrededor de sus
pálidas facciones.
—¡Lali! —Peter gastó sus últimas fuerzas en bajar el pie del estribo y
encaminarse hacia ella. Se desplomó en los brazos de Lali cuando se encontraron en
el muelle a medio camino. Don Eduardo, resoplando por el desacostumbrado
esfuerzo, llegó junto a ellos a tiempo de ayudarla a sujetar el cuerpo desvanecido de
Peter . Nico y Pablo llegaron instantes después.
—¿Está bien? —les preguntó Lali, fuera de sí de pura preocupación—. Lo veo
demasiado pálido.
—Peter ha sufrido heridas graves —la informó Riera —. Ahora que tú
estás aquí ya podemos llevárnoslo de vuelta al barco y a la cama, que es donde tiene
que estar. Insistía en ir a buscarte él mismo. Estaba loco de preocupación y no
atendía a razones. Gracias a Dios que has venido. Aquí estamos rodeados de
peligros. Lo huelo. —Y miró con resquemor a don Eduardo.
—Mi padre ha sido quien me ha traído hasta aquí —explicó Lali—. No nos va
a impedir marcharnos.
jueves, 9 de febrero de 2017
CAPITULO 87
—Voy a hacer lo que me pides, aunque a mí no me parezca bien.
A los pocos minutos iban ya trotando por el camino con el caballo de don Mariano
atado a la parte de atrás de la calesa, junto al de don Eduardo.
Estaba ya anocheciendo cuando la carreta que transportaba a Peter llegó
serpenteando por las calles de Cádiz hasta el muelle. Peter había vuelto en sí unas
cuantas veces, pero no logró decir nada coherente sobre la suerte que había corrido
Lali ni sobre cómo había acabado cayendo prisionero de don Mariano .
—Tened cuidado con él, compañeros —advirtió Nico mientras localizaba a toda
prisa el bote que habían dejado amarrado en el embarcadero, custodiado por un par
de hombres—. Podría tener alguna lesión interna.
Acomodaron a Peter en el bote, apuntalándolo contra Pablo. Dos hombres
se pusieron a los remos, mientras otros empujaban el muelle. Nico soltó un suspiro de
alivio cuando vio el bote Cortando suavemente las olas en dirección al Vengador. A su
llegada lo izaron a bordo con el habitual sistema de poleas, y al poco Peter estaba
tumbado en su litera, esperando a que el cocinero, que hacía también las veces de
médico de a bordo, viniera a curarle las heridas.
—Me da la impresión de que tiene alguna costilla rota —dijo el cocinero cuando
hubo examinado las contusiones de Morgan—. En la cabeza, le ha salido un chichón
del tamaño de un huevo, y parece que le han herido en el mismo punto de la pierna
que se había roto.
—¿Cómo es de grave? —preguntó Nico lleno de ansiedad.
—La pierna no la tiene rota, sólo magullada. El capitán es un hombre duro, se
curará como es debido, creo yo, si es que no trata de fugarse de la cama demasiado
pronto. Voy a administrarle una dosis de láudano.
—No, láudano no —la voz de Peter sonó débil pero firme—. Necesito mis
cinco sentidos para rescatar a Lali.
—¿Dónde está? —preguntó Riera , inclinándose hacia Peter .
—Estará ya en su casa con su padre —conjeturó Peter —. No recuerdo casi
nada. ¿Qué ha pasado con Martinez y sus secuaces? ¿Qué hacíais vosotros en aquel
camino, cuando se supone que teníais que estar en el Vengador, esperándome?
—Tenía una corazonada de la que no lograba desprenderme. Gracias a Dios que
le he hecho caso. ¿Qué demonios está haciendo Martinez en España?
—Eso es algo que yo tampoco entiendo —dijo Peter. El dolor lo atravesaba;
su cuerpo entero era un doliente amasijo de carne y huesos. Estaba sufriendo de tal
manera que a duras penas podía hablar. Pero luchó contra el dolor con cada aliento
que tomaba. No podía rendirse a él hasta que tuviera a Lucía a salvo a bordo del
Vengador. Intentó levantarse, luchando contra la negrura que se cerraba sobre él, y la
cara se le puso blanca como una sábana.
—¡Por todos los infiernos! ¿Qué pretendes hacer? —preguntó Nico , irritado ante
la testarudez de Peter —. No estás en condiciones de levantarte de la cama.
—Ayúdame, Nico, tengo que encontrar a Lali antes de que la coja Martinez .
—
A los pocos minutos iban ya trotando por el camino con el caballo de don Mariano
atado a la parte de atrás de la calesa, junto al de don Eduardo.
Estaba ya anocheciendo cuando la carreta que transportaba a Peter llegó
serpenteando por las calles de Cádiz hasta el muelle. Peter había vuelto en sí unas
cuantas veces, pero no logró decir nada coherente sobre la suerte que había corrido
Lali ni sobre cómo había acabado cayendo prisionero de don Mariano .
—Tened cuidado con él, compañeros —advirtió Nico mientras localizaba a toda
prisa el bote que habían dejado amarrado en el embarcadero, custodiado por un par
de hombres—. Podría tener alguna lesión interna.
Acomodaron a Peter en el bote, apuntalándolo contra Pablo. Dos hombres
se pusieron a los remos, mientras otros empujaban el muelle. Nico soltó un suspiro de
alivio cuando vio el bote Cortando suavemente las olas en dirección al Vengador. A su
llegada lo izaron a bordo con el habitual sistema de poleas, y al poco Peter estaba
tumbado en su litera, esperando a que el cocinero, que hacía también las veces de
médico de a bordo, viniera a curarle las heridas.
—Me da la impresión de que tiene alguna costilla rota —dijo el cocinero cuando
hubo examinado las contusiones de Morgan—. En la cabeza, le ha salido un chichón
del tamaño de un huevo, y parece que le han herido en el mismo punto de la pierna
que se había roto.
—¿Cómo es de grave? —preguntó Nico lleno de ansiedad.
—La pierna no la tiene rota, sólo magullada. El capitán es un hombre duro, se
curará como es debido, creo yo, si es que no trata de fugarse de la cama demasiado
pronto. Voy a administrarle una dosis de láudano.
—No, láudano no —la voz de Peter sonó débil pero firme—. Necesito mis
cinco sentidos para rescatar a Lali.
—¿Dónde está? —preguntó Riera , inclinándose hacia Peter .
—Estará ya en su casa con su padre —conjeturó Peter —. No recuerdo casi
nada. ¿Qué ha pasado con Martinez y sus secuaces? ¿Qué hacíais vosotros en aquel
camino, cuando se supone que teníais que estar en el Vengador, esperándome?
—Tenía una corazonada de la que no lograba desprenderme. Gracias a Dios que
le he hecho caso. ¿Qué demonios está haciendo Martinez en España?
—Eso es algo que yo tampoco entiendo —dijo Peter. El dolor lo atravesaba;
su cuerpo entero era un doliente amasijo de carne y huesos. Estaba sufriendo de tal
manera que a duras penas podía hablar. Pero luchó contra el dolor con cada aliento
que tomaba. No podía rendirse a él hasta que tuviera a Lucía a salvo a bordo del
Vengador. Intentó levantarse, luchando contra la negrura que se cerraba sobre él, y la
cara se le puso blanca como una sábana.
—¡Por todos los infiernos! ¿Qué pretendes hacer? —preguntó Nico , irritado ante
la testarudez de Peter —. No estás en condiciones de levantarte de la cama.
—Ayúdame, Nico, tengo que encontrar a Lali antes de que la coja Martinez .
CAPITULO 86
Lali y su padre salieron de Lebrija en la calesa que Peter había alquilado en
Cádiz. Don Eduardo ató a la parte de atrás su caballo, metió dentro el hatillo de ropa
de Lali y la espada de Peter , que se había quedado allí, y arrancó a paso vivo por
el camino de Cádiz. Pero toda velocidad resultaba poca para Lali. Era la vida de
Peter lo que estaba en juego. Ella no confiaba lo más mínimo en don Mariano, y
temía que lo matara antes de llegar a su destino.
—Cálmate, hija —la apremió don Eduardo—. Ya te he dicho que voy a hacer
todo lo que pueda por tu pirata.
—Mi marido, padre. Peter es mi marido.
—Sí, Lali, por más que me resulte difícil hacerme a la idea de que tu marido
sea ese inglés.
Lali escrutó ansiosamente el horizonte. Don Mariano les llevaba su buen par de
horas de ventaja, pero ella sabía que la torpe carreta rústica en la que viajaba Peter
era mucho más lenta que su ligera calesa.
—¿No debería faltar ya poco para que los encontremos, padre? ¿No podéis ir un
poco más rápido?
—Estoy yendo con cuidado por lo delicado de tu estado, hija. No quiero que le
pase nada a tu niño.
Lali se revolvió impaciente.
—No creo que... —Las palabras se detuvieron en su boca cuando vislumbró
algo en el camino—. ¡Mirad, padre! ¿No es ésa la carreta? Sí, estoy segura de que lo
es. Y ése que está ahí pastando es el caballo de don Mariano. ¿Por qué se habrán
detenido? —Un horrible presentimiento le recorrió el espinazo—. ¡Padre, parad la
calesa!
Sin tener en cuenta su avanzado embarazo, Lali saltó de la calesa sin esperar a
que se detuviera y corrió torpemente hacia la carreta. El grito que se le escapó hizo
que don Eduardo corriera a su lado.
—¿Qué ha pasado, hija?
—¡Mirad! —musitó ella, señalando el cuerpo que yacía en la parte de atrás de la
carreta. El corazón se le encogió dolorosamente, hasta que se dio cuenta de que no
era Peter.
Don Eduardo trepó a la carreta y se agachó para examinar al hombre.
—Está muerto.
—Hay otro hombre ahí tirado en la hierba —exclamó Lali.
Don Eduardo descendió de la carreta y rápidamente constató que el segundo
individuo estaba más allá de toda intervención humana.
—Éste también está muerto. Me pregunto qué habrá sido de Mariano.
Lo encontraron tirado cerca de su caballo, a pocos metros de allí.
—¿Está muerto? —preguntó Lali.
—Parece que tiene una herida leve en la cabeza. La bala ha debido rozarle.
Sospecho que de un momento a otro volverá en sí y nos contará lo que ha pasado.
Quién habría pensado que ese pirata tuyo iba a poder con tres hombres en las
condiciones en las que estaba —murmuró pensativo.
—No ha podido ser él —replicó Lali—. Esto es cosa de otra persona, y creo
que tengo idea de quién ha sido. Rápido, padre, tenéis que llevarme a Cádiz sin más
demora.
—Muy bien, Lali, tan pronto como suba a Mariano a nuestra calesa. Necesita que
lo vea un médico.
Lali le agarró el brazo, alejándolo de don Mariano.
—No, padre, no podemos llevarlo con nosotros. ¿Es que no lo veis? Si lo
hiciéramos, iría a informar a las autoridades. Tenemos que dejarlo aquí hasta que
pase alguien y lo recoja o logre llegar por sus propias fuerzas a Cádiz. Es la única
posibilidad de que Peter se escape de España y de una muerte segura.
Don Eduardo se quedó mirando a su hija con consternación.
—Pero hija, Mariano es mi amigo. No puedo dejarlo aquí.
—Vos mismo habéis dicho que la herida que tiene no es grave. Si tenemos
suerte, llegaremos al Vengador antes de que haya vuelto en sí. Por favor, padre, haced
esto por mi hijo. Necesita un padre que lo quiera y que lo cuide hasta que se haga
adulto.
Don Eduardo se sentía dividido. Era verdad que don Mariano probablemente no
tenía nada peor que una leve contusión, pero su honor exigía que ayudara a su
compatriota. Aun así, Lali, que era su propia carne y su propia sangre, le suplicó
con tanto empeño que no tuvo corazón para decirle que no. Ya había ignorado una
vez sus deseos, y mira lo que había ocurrido. Ahora era la esposa de un pirata inglés
y esperaba un hijo suyo. Si la hubiera dejado hacerse monja, nada de aquello habría
sucedido.
—Está bien, Lali, voy a hacer lo que tú me pides. Pero tenemos que darnos
prisa si queremos llegar a Cádiz antes que Mariano. En cuanto vuelva en sí se pondrá a
perseguirnos. Su caballo es muy rápido, y nos alcanzaría en menos que canta un
gallo.
—Entonces tenemos que llevarnos su caballo —dijo Lali con firmeza—.
Tenemos que asegurarnos hasta la menor oportunidad de escapar. Rápido, atad el
caballo de don Mariano a la parte de atrás de la calesa.
—Pero Lali, eso no es lo que yo haría...
—Aun cuando habéis sido un padre severo e inflexible, yo siempre os he
querido —dijo Lali, cada vez más desesperada—. Y siempre he sabido que vos me
queríais. Ahora podéis demostrármelo. Dejad que don Mariano se quede aquí.
Tampoco es que lo estéis dejando abandonado. Puede ir conduciendo la carreta hasta
Cádiz, que tampoco está tan lejos.
Cádiz. Don Eduardo ató a la parte de atrás su caballo, metió dentro el hatillo de ropa
de Lali y la espada de Peter , que se había quedado allí, y arrancó a paso vivo por
el camino de Cádiz. Pero toda velocidad resultaba poca para Lali. Era la vida de
Peter lo que estaba en juego. Ella no confiaba lo más mínimo en don Mariano, y
temía que lo matara antes de llegar a su destino.
—Cálmate, hija —la apremió don Eduardo—. Ya te he dicho que voy a hacer
todo lo que pueda por tu pirata.
—Mi marido, padre. Peter es mi marido.
—Sí, Lali, por más que me resulte difícil hacerme a la idea de que tu marido
sea ese inglés.
Lali escrutó ansiosamente el horizonte. Don Mariano les llevaba su buen par de
horas de ventaja, pero ella sabía que la torpe carreta rústica en la que viajaba Peter
era mucho más lenta que su ligera calesa.
—¿No debería faltar ya poco para que los encontremos, padre? ¿No podéis ir un
poco más rápido?
—Estoy yendo con cuidado por lo delicado de tu estado, hija. No quiero que le
pase nada a tu niño.
Lali se revolvió impaciente.
—No creo que... —Las palabras se detuvieron en su boca cuando vislumbró
algo en el camino—. ¡Mirad, padre! ¿No es ésa la carreta? Sí, estoy segura de que lo
es. Y ése que está ahí pastando es el caballo de don Mariano. ¿Por qué se habrán
detenido? —Un horrible presentimiento le recorrió el espinazo—. ¡Padre, parad la
calesa!
Sin tener en cuenta su avanzado embarazo, Lali saltó de la calesa sin esperar a
que se detuviera y corrió torpemente hacia la carreta. El grito que se le escapó hizo
que don Eduardo corriera a su lado.
—¿Qué ha pasado, hija?
—¡Mirad! —musitó ella, señalando el cuerpo que yacía en la parte de atrás de la
carreta. El corazón se le encogió dolorosamente, hasta que se dio cuenta de que no
era Peter.
Don Eduardo trepó a la carreta y se agachó para examinar al hombre.
—Está muerto.
—Hay otro hombre ahí tirado en la hierba —exclamó Lali.
Don Eduardo descendió de la carreta y rápidamente constató que el segundo
individuo estaba más allá de toda intervención humana.
—Éste también está muerto. Me pregunto qué habrá sido de Mariano.
Lo encontraron tirado cerca de su caballo, a pocos metros de allí.
—¿Está muerto? —preguntó Lali.
—Parece que tiene una herida leve en la cabeza. La bala ha debido rozarle.
Sospecho que de un momento a otro volverá en sí y nos contará lo que ha pasado.
Quién habría pensado que ese pirata tuyo iba a poder con tres hombres en las
condiciones en las que estaba —murmuró pensativo.
—No ha podido ser él —replicó Lali—. Esto es cosa de otra persona, y creo
que tengo idea de quién ha sido. Rápido, padre, tenéis que llevarme a Cádiz sin más
demora.
—Muy bien, Lali, tan pronto como suba a Mariano a nuestra calesa. Necesita que
lo vea un médico.
Lali le agarró el brazo, alejándolo de don Mariano.
—No, padre, no podemos llevarlo con nosotros. ¿Es que no lo veis? Si lo
hiciéramos, iría a informar a las autoridades. Tenemos que dejarlo aquí hasta que
pase alguien y lo recoja o logre llegar por sus propias fuerzas a Cádiz. Es la única
posibilidad de que Peter se escape de España y de una muerte segura.
Don Eduardo se quedó mirando a su hija con consternación.
—Pero hija, Mariano es mi amigo. No puedo dejarlo aquí.
—Vos mismo habéis dicho que la herida que tiene no es grave. Si tenemos
suerte, llegaremos al Vengador antes de que haya vuelto en sí. Por favor, padre, haced
esto por mi hijo. Necesita un padre que lo quiera y que lo cuide hasta que se haga
adulto.
Don Eduardo se sentía dividido. Era verdad que don Mariano probablemente no
tenía nada peor que una leve contusión, pero su honor exigía que ayudara a su
compatriota. Aun así, Lali, que era su propia carne y su propia sangre, le suplicó
con tanto empeño que no tuvo corazón para decirle que no. Ya había ignorado una
vez sus deseos, y mira lo que había ocurrido. Ahora era la esposa de un pirata inglés
y esperaba un hijo suyo. Si la hubiera dejado hacerse monja, nada de aquello habría
sucedido.
—Está bien, Lali, voy a hacer lo que tú me pides. Pero tenemos que darnos
prisa si queremos llegar a Cádiz antes que Mariano. En cuanto vuelva en sí se pondrá a
perseguirnos. Su caballo es muy rápido, y nos alcanzaría en menos que canta un
gallo.
—Entonces tenemos que llevarnos su caballo —dijo Lali con firmeza—.
Tenemos que asegurarnos hasta la menor oportunidad de escapar. Rápido, atad el
caballo de don Mariano a la parte de atrás de la calesa.
—Pero Lali, eso no es lo que yo haría...
—Aun cuando habéis sido un padre severo e inflexible, yo siempre os he
querido —dijo Lali, cada vez más desesperada—. Y siempre he sabido que vos me
queríais. Ahora podéis demostrármelo. Dejad que don Mariano se quede aquí.
Tampoco es que lo estéis dejando abandonado. Puede ir conduciendo la carreta hasta
Cádiz, que tampoco está tan lejos.
miércoles, 8 de febrero de 2017
CAPITULO 85
Padre, tenéis que hacer algo —le suplicó Lali—. Peter ha cambiado. Ha
abandonado su venganza; el Diablo ya no va a volver a saquear barcos españoles. Si
me queréis, ayudad a Peter.
Don Eduardo se encogió de hombros, impotente.
—¿Y qué puedo hacer? La suerte de tu pirata está ahora en manos de Dios.
—¡No! Tiene que haber algo que podáis hacer. Peter me ama lo bastante
como para haber arriesgado su vida por mí. Ha venido a España sabiendo el peligro
que corría. ¿Queréis ver cómo el padre de vuestro nieto muere de una muerte
indigna? —Se abrazó la tripa con gesto protector—. Puede que éste sea vuestro único
nieto. Mis hermanos podrían no volver nunca de sus aventuras. Y si vuelven, no es
probable que se asienten durante el tiempo necesario para formar una familia.
Preferirán seguir navegando por el mundo en busca de oro y riquezas.
Don Eduardo era consciente de la verdad que había en las palabras de Lali. Y
con la sólida estirpe de la madre española y el coraje inglés de su padre, aquel nieto
suyo iba a ser fuerte, flexible y valiente. Pero de verdad no veía forma de ayudar al
marido de Lali, por más que quisiera.
—Lo siento, hija. Peter Lanzani es ahora prisionero de Mariano, y Mariano es un
hombre vengativo.
—Tenemos que impedir que entregue a Peter a las autoridades. Si nos damos
prisa, podemos alcanzarlos.
—Aunque lo hiciéramos, Mariano no lo dejaría marchar. Resígnate, hija. No hay
forma de liberar al Diablo. En cuanto Mariano se entere de que estás embarazada del
pirata, su ira se va a desbordar. Se va a sentir engañado, y se vengará con el culpable
de todo esto.
—Decidle que puede quedarse con mi dote por todas las molestias que le he
causado —sugirió Lali—. ¿Acaso mi felicidad no lo vale? A lo largo de los años, mi
bienestar no ha sido una preocupación para vos, hasta que llegó el momento de
organizar mi matrimonio con don Mariano. Os he pedido pocas cosas, y menos aún me
habéis dado.
Sus palabras tuvieron el efecto deseado. Era verdad que don Eduardo se había
ocupado muy poco de su hija y mucho de sus hijos, pero siempre había querido
mucho a Lali, a pesar de sus fogosas salidas. Lo que nunca había sabido era cómo
tratarla, y tampoco había tenido tiempo de aprender. Él había creído sinceramente
que casarse con don Mariano era lo mejor para ella.
—Veré lo que puedo hacer —prometió, aunque no tenía muchas esperanzas de
poder salvarle la vida al pirata. Mariano Martinez era un hombre poderoso, con más
influencia política que la familia Esposito. Don Eduardo no se lo dejó traslucir a
Lali, pero en su opinión Peter Lanzani se podía dar por muerto.
Rudamente sacudido para que volviera en sí, Peter tomó conciencia de cada
uno de los insoportables dolores que aquejaban a su magullado cuerpo. Soltó un
gemido, tratando de cambiar de posición para estar menos incómodo. Lo único que
consiguió con ese esfuerzo fue que le dieran una patada en las costillas. Por encima
del borde de la carreta pudo ver a Martinez que cabalgaba ligeramente por delante
de ellos. Peter maldijo a aquel hombre con un odio crudo y acuciante.
—¿Qué le ha pasado a mi esposa? —le preguntó al brutal esbirro que parecía
hallar un gran placer en maltratarle.
El hombre soltó una risa desagradable.
—¿Te refieres a tu puta? Su padre se ha hecho cargo de ella. Es una lástima que
don Mariano tenga que casarse con esa zorra para quedarse con su dote.
Peter se debatió impotente contra sus ataduras, jurando que iba a obligar a
aquel hombre a tragarse sus palabras.
—¿Adonde me lleváis?
—Don Eduardo piensa que te vamos a entregar a las autoridades, pero no creo
que llegues allí con vida. —Soltó una risa desagradable como un ladrido y le lanzó a
Peter otra patada al estómago. Peter la vio venir y se hizo un ovillo para
protegerse las partes vulnerables. La bota del esbirro chocó con la pierna enferma de
Peter, y él tuvo que morderse los labios para no soltar un grito de dolor.
El dolor podía soportarlo, pero el pensamiento de la futura vida de Lali con
Martinez era para él un tormento aún peor. ¿Qué va a pasar cuando se entere de que
Lali está embarazada?, se preguntaba con desesperación. Tenía la esperanza de que
su padre fuera lo bastante fuerte como para protegerla de la violencia de Martinez.
Su propia muerte era capaz de aceptarla, pero no podía soportar el pensamiento de
que ni Lali ni su bebé sufrieran por su causa.
Después de años negando que existiera siquiera un Dios, Peter cerró los ojos
y se puso a rezar. Rezar era lo que daba fuerzas a Lali, y Peter intentó que se las
diera a él también. Pero otra patada cruel, esta vez en la cabeza, volvió a dejarlo
inconsciente.
—No estoy seguro de que esto sea acertado —dijo Pablo Martinez mientras iba
sentado junto a Nico Riera de camino a Lebrija—. Ninguno de nosotros habla
español lo suficientemente bien como para evitar meternos en líos. ¿Y qué pasa con
nuestros hombres? —preguntó, señalando a los cuatro marineros armados que
llevaban en la parte de atrás de la carreta alquilada—. No hay forma de pensar que
son nada más que lo que son, curtidos marineros. Y el ridículo que vamos a hacer
cuando nos crucemos por el camino con Peter, y él y Lady Lanzani estén tan felices y
tan campantes.
—Desde el momento en que los dejamos en la posada he tenido ese mal
presentimiento —dijo lentamente Nico—. Estaba intentando ignorarlo, pero esta
mañana me ha dado más fuerte que nunca. Más vale ir sobre seguro que tener que
lamentarlo. Si los encontramos y están bien, no se habrá perdido nada. Pero si les ha
ocurrido algún imprevisto, estaremos preparados. —Hizo una pausa para situarse—.
Si Peter y Lali han salido de allí esta mañana, deberíamos encontrárnoslos muy
abandonado su venganza; el Diablo ya no va a volver a saquear barcos españoles. Si
me queréis, ayudad a Peter.
Don Eduardo se encogió de hombros, impotente.
—¿Y qué puedo hacer? La suerte de tu pirata está ahora en manos de Dios.
—¡No! Tiene que haber algo que podáis hacer. Peter me ama lo bastante
como para haber arriesgado su vida por mí. Ha venido a España sabiendo el peligro
que corría. ¿Queréis ver cómo el padre de vuestro nieto muere de una muerte
indigna? —Se abrazó la tripa con gesto protector—. Puede que éste sea vuestro único
nieto. Mis hermanos podrían no volver nunca de sus aventuras. Y si vuelven, no es
probable que se asienten durante el tiempo necesario para formar una familia.
Preferirán seguir navegando por el mundo en busca de oro y riquezas.
Don Eduardo era consciente de la verdad que había en las palabras de Lali. Y
con la sólida estirpe de la madre española y el coraje inglés de su padre, aquel nieto
suyo iba a ser fuerte, flexible y valiente. Pero de verdad no veía forma de ayudar al
marido de Lali, por más que quisiera.
—Lo siento, hija. Peter Lanzani es ahora prisionero de Mariano, y Mariano es un
hombre vengativo.
—Tenemos que impedir que entregue a Peter a las autoridades. Si nos damos
prisa, podemos alcanzarlos.
—Aunque lo hiciéramos, Mariano no lo dejaría marchar. Resígnate, hija. No hay
forma de liberar al Diablo. En cuanto Mariano se entere de que estás embarazada del
pirata, su ira se va a desbordar. Se va a sentir engañado, y se vengará con el culpable
de todo esto.
—Decidle que puede quedarse con mi dote por todas las molestias que le he
causado —sugirió Lali—. ¿Acaso mi felicidad no lo vale? A lo largo de los años, mi
bienestar no ha sido una preocupación para vos, hasta que llegó el momento de
organizar mi matrimonio con don Mariano. Os he pedido pocas cosas, y menos aún me
habéis dado.
Sus palabras tuvieron el efecto deseado. Era verdad que don Eduardo se había
ocupado muy poco de su hija y mucho de sus hijos, pero siempre había querido
mucho a Lali, a pesar de sus fogosas salidas. Lo que nunca había sabido era cómo
tratarla, y tampoco había tenido tiempo de aprender. Él había creído sinceramente
que casarse con don Mariano era lo mejor para ella.
—Veré lo que puedo hacer —prometió, aunque no tenía muchas esperanzas de
poder salvarle la vida al pirata. Mariano Martinez era un hombre poderoso, con más
influencia política que la familia Esposito. Don Eduardo no se lo dejó traslucir a
Lali, pero en su opinión Peter Lanzani se podía dar por muerto.
Rudamente sacudido para que volviera en sí, Peter tomó conciencia de cada
uno de los insoportables dolores que aquejaban a su magullado cuerpo. Soltó un
gemido, tratando de cambiar de posición para estar menos incómodo. Lo único que
consiguió con ese esfuerzo fue que le dieran una patada en las costillas. Por encima
del borde de la carreta pudo ver a Martinez que cabalgaba ligeramente por delante
de ellos. Peter maldijo a aquel hombre con un odio crudo y acuciante.
—¿Qué le ha pasado a mi esposa? —le preguntó al brutal esbirro que parecía
hallar un gran placer en maltratarle.
El hombre soltó una risa desagradable.
—¿Te refieres a tu puta? Su padre se ha hecho cargo de ella. Es una lástima que
don Mariano tenga que casarse con esa zorra para quedarse con su dote.
Peter se debatió impotente contra sus ataduras, jurando que iba a obligar a
aquel hombre a tragarse sus palabras.
—¿Adonde me lleváis?
—Don Eduardo piensa que te vamos a entregar a las autoridades, pero no creo
que llegues allí con vida. —Soltó una risa desagradable como un ladrido y le lanzó a
Peter otra patada al estómago. Peter la vio venir y se hizo un ovillo para
protegerse las partes vulnerables. La bota del esbirro chocó con la pierna enferma de
Peter, y él tuvo que morderse los labios para no soltar un grito de dolor.
El dolor podía soportarlo, pero el pensamiento de la futura vida de Lali con
Martinez era para él un tormento aún peor. ¿Qué va a pasar cuando se entere de que
Lali está embarazada?, se preguntaba con desesperación. Tenía la esperanza de que
su padre fuera lo bastante fuerte como para protegerla de la violencia de Martinez.
Su propia muerte era capaz de aceptarla, pero no podía soportar el pensamiento de
que ni Lali ni su bebé sufrieran por su causa.
Después de años negando que existiera siquiera un Dios, Peter cerró los ojos
y se puso a rezar. Rezar era lo que daba fuerzas a Lali, y Peter intentó que se las
diera a él también. Pero otra patada cruel, esta vez en la cabeza, volvió a dejarlo
inconsciente.
—No estoy seguro de que esto sea acertado —dijo Pablo Martinez mientras iba
sentado junto a Nico Riera de camino a Lebrija—. Ninguno de nosotros habla
español lo suficientemente bien como para evitar meternos en líos. ¿Y qué pasa con
nuestros hombres? —preguntó, señalando a los cuatro marineros armados que
llevaban en la parte de atrás de la carreta alquilada—. No hay forma de pensar que
son nada más que lo que son, curtidos marineros. Y el ridículo que vamos a hacer
cuando nos crucemos por el camino con Peter, y él y Lady Lanzani estén tan felices y
tan campantes.
—Desde el momento en que los dejamos en la posada he tenido ese mal
presentimiento —dijo lentamente Nico—. Estaba intentando ignorarlo, pero esta
mañana me ha dado más fuerte que nunca. Más vale ir sobre seguro que tener que
lamentarlo. Si los encontramos y están bien, no se habrá perdido nada. Pero si les ha
ocurrido algún imprevisto, estaremos preparados. —Hizo una pausa para situarse—.
Si Peter y Lali han salido de allí esta mañana, deberíamos encontrárnoslos muy
CAPITULO 84
Por favor, padre.
Con ostensible reticencia, don Eduardo extrajo de su bolsillo el documento y se
lo tendió a Lali. A ella le temblaba el pulso cuando lo desenrolló y leyó su
contenido. Estaba llegando casi al final cuando dejó escapar un grito ahogado pero
audible. La excitación la recorrió.
—¡Padre! ¿Habéis leído esto?
Don Eduardo frunció el ceño.
—Desde luego que sí. ¿Es que hay algo que no entiendas?
—Dice que si yo resultara estar embarazada de Peter Lanzani esta anulación
quedaría sin efecto. Y añade además que el hijo de ambos sería considerado legítimo,
puesto que la boda fue celebrada por un cura y por tanto es legal a los ojos de Dios.
¿Es verdad eso?
—Tengo entendido que se incluyeron esas precisiones por deseo del Santo
Padre. Pero, no habiendo ningún niño que venga a complicarnos las cosas, la
anulación es cosa hecha. —Le echó a Lali una sonrisa astuta—. Gracias a Dios, no
tengo nada que temer a ese respecto. Si ese bribón se las ha arreglado para
fecundarte en este último par de días, será imposible saber si el niño es suyo o de
Mariano , porque tu boda con el gobernador general de Cuba se va a celebrar de
inmediato.
Lali le devolvió la sonrisa, sólo que la de ella era más radiante que un
amanecer. Se puso torpemente de pie y se desabrochó despacio la capa que se había
puesto para disimular su estado. La dejó caer al suelo y se mantuvo con orgullo ante
su padre. No había confusión posible con la abultada redondez de su abdomen.
Don Eduardo pegó un respingo.
—¡Madre de Dios! Pero ¿quién te ha hecho eso?
Lali le sonrió gozosamente.
—Nadie del convento, padre. Yo ya sospechaba que estaba embarazada de
Peter cuando salí de Inglaterra.
Don Eduardo soltó una violenta maldición.
—Pero en el nombre de Dios, ¿por qué abandonaste al pirata si estabas
embarazada de él?
—Por un malentendido. Yo creí que Peter no quería a nuestro hijo. La reina
le estaba presionando para que anulara nuestro matrimonio, y yo no quería ser una
carga para él. Cuando se está enamorado, no siempre se ve con claridad ni se
distingue lo que está bien y lo que está mal. Yo tomé una decisión errónea, pero
gracias a Dios Peter me ha encontrado y ha puesto las cosas en su sitio. Estamos
enamorados. Y don Mariano y vos habéis acabado con todas nuestras posibilidades de
hallar la felicidad.
Don Eduardo no podía apartar la vista del abultado estómago de Lali. Con
mucho cuidado le quitó el certificado de anulación de la mano y lo rompió en
pedacitos. Ningún hombre en sus cabales querría casarse con una mujer en avanzado
estado de gestación de otro hombre. Sin duda, ningún hombre orgulloso como Mariano Martinez, sin importar la sustanciosa dote de Lali.
Con ostensible reticencia, don Eduardo extrajo de su bolsillo el documento y se
lo tendió a Lali. A ella le temblaba el pulso cuando lo desenrolló y leyó su
contenido. Estaba llegando casi al final cuando dejó escapar un grito ahogado pero
audible. La excitación la recorrió.
—¡Padre! ¿Habéis leído esto?
Don Eduardo frunció el ceño.
—Desde luego que sí. ¿Es que hay algo que no entiendas?
—Dice que si yo resultara estar embarazada de Peter Lanzani esta anulación
quedaría sin efecto. Y añade además que el hijo de ambos sería considerado legítimo,
puesto que la boda fue celebrada por un cura y por tanto es legal a los ojos de Dios.
¿Es verdad eso?
—Tengo entendido que se incluyeron esas precisiones por deseo del Santo
Padre. Pero, no habiendo ningún niño que venga a complicarnos las cosas, la
anulación es cosa hecha. —Le echó a Lali una sonrisa astuta—. Gracias a Dios, no
tengo nada que temer a ese respecto. Si ese bribón se las ha arreglado para
fecundarte en este último par de días, será imposible saber si el niño es suyo o de
Mariano , porque tu boda con el gobernador general de Cuba se va a celebrar de
inmediato.
Lali le devolvió la sonrisa, sólo que la de ella era más radiante que un
amanecer. Se puso torpemente de pie y se desabrochó despacio la capa que se había
puesto para disimular su estado. La dejó caer al suelo y se mantuvo con orgullo ante
su padre. No había confusión posible con la abultada redondez de su abdomen.
Don Eduardo pegó un respingo.
—¡Madre de Dios! Pero ¿quién te ha hecho eso?
Lali le sonrió gozosamente.
—Nadie del convento, padre. Yo ya sospechaba que estaba embarazada de
Peter cuando salí de Inglaterra.
Don Eduardo soltó una violenta maldición.
—Pero en el nombre de Dios, ¿por qué abandonaste al pirata si estabas
embarazada de él?
—Por un malentendido. Yo creí que Peter no quería a nuestro hijo. La reina
le estaba presionando para que anulara nuestro matrimonio, y yo no quería ser una
carga para él. Cuando se está enamorado, no siempre se ve con claridad ni se
distingue lo que está bien y lo que está mal. Yo tomé una decisión errónea, pero
gracias a Dios Peter me ha encontrado y ha puesto las cosas en su sitio. Estamos
enamorados. Y don Mariano y vos habéis acabado con todas nuestras posibilidades de
hallar la felicidad.
Don Eduardo no podía apartar la vista del abultado estómago de Lali. Con
mucho cuidado le quitó el certificado de anulación de la mano y lo rompió en
pedacitos. Ningún hombre en sus cabales querría casarse con una mujer en avanzado
estado de gestación de otro hombre. Sin duda, ningún hombre orgulloso como Mariano Martinez, sin importar la sustanciosa dote de Lali.
martes, 7 de febrero de 2017
CAPITULO 83
A Peter no le gustó el giro en su contra que estaban tomando las cosas.
Detrás de don Mariano y don Eduardo venían dos secuaces armados. Peter le echó
una mirada a Lali y volvió a maldecir entre dientes. Estaba pálida, y temblaba como
una hoja.
—Lamento que no hayamos llegado a tiempo de impedir que este pirata te haya
hecho daño otra vez, hijita —dijo don Eduardo, convencido de que de verdad estaba
salvando a su hija de las garras del Diablo—. El padre Pedro volvió de Roma hace
una semana. El Santo Padre nos ha concedido la anulación de tu matrimonio. Me
estaba preparando para desplazarme aquí a contarte la buena nueva cuando llegó
Mariano .
—Peter no me ha hecho daño, padre —protestó Lali—. Y ahora dejadnos,
por favor.
Peter mantenía la vista fija en Martinez, que tenía la mano derecha apoyada
en la empuñadura de la espada. Le parecía que la expresión airada del español no
presagiaba nada bueno. Echó una mirada nostálgica a su propia espada, sin ninguna
esperanza de recuperarla. Sin ella y sin su ropa se sentía tan indefenso como un bebé
recién nacido. Estaba en una desventaja más que evidente.
—Mariano ha venido desde La Habana para hacerte su esposa. Está deseoso de
olvidarse de tus pasadas indiscreciones con este inglés. Antes de que os vayáis de
España me encargaré de que te cases como Dios manda con Mariano .
Los ojos de Lali ardieron de indignación.
—¿Por qué está todo el mundo empeñado en acabar con mi matrimonio? Yo no
quiero la anulación. Don Mariano es un hombre sin escrúpulos. A mí no me quiere, lo
que codicia es mi dote. Haría cualquier cosa para quedarse con ella.
—Te equivocas conmigo, Lali —dijo don Mariano con aire contrito—. Me sentí
disgustado cuando vi que ya no eras la novia virgen que yo esperaba, pero habría
cumplido con mi deber contigo en cuanto mi ira se hubiera disipado. Me be
disculpado profusamente con tu padre, para eso es para lo que he venido a España.
Nos daremos el sí antes de embarcarnos para La Habana.
La cólera de Peter había ido encendiéndose a medida que don Mariano
desgranaba sus mentiras. No había documento que pudiera disolver así como así lo
que había entre Lali y él. Jamás permitiría que aquel canalla embustero le pusiera
una mano encima a su mujer, ni a su hijo. Sin hacer caso de su desnudez, Peter
salió de pronto de la cama y avanzó amenazadoramente hacia don Mariano .
—¡Fuera de aquí todo el mundo! Lali es mi mujer, y lo va a seguir siendo.
Mariano esbozó una sonrisa desagradable y se hizo a un lado para permitir que
sus esbirros entraran en la habitación. Peter, apretando la mandíbula, hizo una
finta a la desesperada para intentar coger su espada. Pero no lo quiso la suerte. Los
hombres de don Mariano se le echaron encima al instante. Aunque luchó
valientemente, se vio superado cuando don Mariano se sumó a la refriega propinándole
a Peter un terrible golpe en la cabeza con la empuñadura de la espada. Lali chilló
al ver que Peter se desplomaba en el suelo.
—¿Lo matamos, patrón? —preguntó uno de los esbirros, apretando la punta de
su espada contra la desprotegida garganta de Peter.
Don Eduardo miró a su desesperada hija, y concedió:
—Lali tiene razón, Mariano. No es cosa nuestra matar a este pirata. Llévatelo a
Cádiz y entrégalo a las autoridades. Ofrecen una generosa recompensa por su
captura. Lali y yo os seguiremos cuando se haya tranquilizado un poco. Ven a casa
mañana para que hagamos los planes para la boda.
Lali lloraba quedamente, deseosa de acercarse a Peter, pero incapacitada
por su desnudez para hacerlo.
—No le hagáis daño, por favor. Le hirieron hace poco y todavía no está
totalmente recuperado de sus heridas.
—Encontraremos un calabozo lo bastante cómodo para él —se burló don
Mariano —. Atadlo bien corto —ordenó. Para cuando sus hombres terminaron, Peter
estaba empezando a espabilarse—. Lleváoslo.
—Esperad, dadle su ropa —suplicó Lali—. Dejadle un poco de dignidad.
Don Mariano no le hizo el menor caso, pero don Eduardo recogió la ropa de
Peter y se la tendió a uno de los esbirros. —Sacadlo al pasillo y ayudadle a
vestirse.
—Bah, sois demasiado blando —le espetó don Mariano —. Las autoridades lo van
a poner ante el pelotón de fusilamiento en menos de veinticuatro horas.
Don Eduardo nunca se había considerado un hombre especialmente sensible,
pero al ver la consternación de Lali tuvo de pronto un sentimiento de culpa. ¿Y si
su hija de verdad amaba a aquel pirata? Recordó lo que era estar enamorado.
Cuando la encantadora madre de Lali murió, él perdió algo muy precioso. Aun así,
el Diablo llevaba demasiado tiempo siendo la peor cruz de los barcos españoles para
dejarlo libre. Además, si él no hubiera empezado por raptar a Lali, nada de aquello
habría ocurrido.
—Lo que hagan las autoridades con el Diablo no es cosa nuestra —dijo don
Eduardo—. No voy a echar su muerte sobre mi conciencia. Ahora vete, Mariano. Yo
llevaré a Lali a casa.
En el momento en que don Eduardo les volvió la espalda, don Mariano le lanzó a
Lali una mirada que hizo que se le erizara el pelo de la nuca. Era una mirada
cáustica que reflejaba el furioso desprecio que sentía hacia ella. Habría que estar
ciego para no darse cuenta de que estaba desnuda debajo de la sábana, y sólo un
inocente habría pensado que Peter y ella no habían hecho otra cosa que dormir.
Don Mariano no era lo uno ni lo otro. La habitación olía a sexo, y las sábanas revueltas
daban mudo testimonio de la actividad a la que se había estado entregando la pareja.
Detrás de don Mariano y don Eduardo venían dos secuaces armados. Peter le echó
una mirada a Lali y volvió a maldecir entre dientes. Estaba pálida, y temblaba como
una hoja.
—Lamento que no hayamos llegado a tiempo de impedir que este pirata te haya
hecho daño otra vez, hijita —dijo don Eduardo, convencido de que de verdad estaba
salvando a su hija de las garras del Diablo—. El padre Pedro volvió de Roma hace
una semana. El Santo Padre nos ha concedido la anulación de tu matrimonio. Me
estaba preparando para desplazarme aquí a contarte la buena nueva cuando llegó
Mariano .
—Peter no me ha hecho daño, padre —protestó Lali—. Y ahora dejadnos,
por favor.
Peter mantenía la vista fija en Martinez, que tenía la mano derecha apoyada
en la empuñadura de la espada. Le parecía que la expresión airada del español no
presagiaba nada bueno. Echó una mirada nostálgica a su propia espada, sin ninguna
esperanza de recuperarla. Sin ella y sin su ropa se sentía tan indefenso como un bebé
recién nacido. Estaba en una desventaja más que evidente.
—Mariano ha venido desde La Habana para hacerte su esposa. Está deseoso de
olvidarse de tus pasadas indiscreciones con este inglés. Antes de que os vayáis de
España me encargaré de que te cases como Dios manda con Mariano .
Los ojos de Lali ardieron de indignación.
—¿Por qué está todo el mundo empeñado en acabar con mi matrimonio? Yo no
quiero la anulación. Don Mariano es un hombre sin escrúpulos. A mí no me quiere, lo
que codicia es mi dote. Haría cualquier cosa para quedarse con ella.
—Te equivocas conmigo, Lali —dijo don Mariano con aire contrito—. Me sentí
disgustado cuando vi que ya no eras la novia virgen que yo esperaba, pero habría
cumplido con mi deber contigo en cuanto mi ira se hubiera disipado. Me be
disculpado profusamente con tu padre, para eso es para lo que he venido a España.
Nos daremos el sí antes de embarcarnos para La Habana.
La cólera de Peter había ido encendiéndose a medida que don Mariano
desgranaba sus mentiras. No había documento que pudiera disolver así como así lo
que había entre Lali y él. Jamás permitiría que aquel canalla embustero le pusiera
una mano encima a su mujer, ni a su hijo. Sin hacer caso de su desnudez, Peter
salió de pronto de la cama y avanzó amenazadoramente hacia don Mariano .
—¡Fuera de aquí todo el mundo! Lali es mi mujer, y lo va a seguir siendo.
Mariano esbozó una sonrisa desagradable y se hizo a un lado para permitir que
sus esbirros entraran en la habitación. Peter, apretando la mandíbula, hizo una
finta a la desesperada para intentar coger su espada. Pero no lo quiso la suerte. Los
hombres de don Mariano se le echaron encima al instante. Aunque luchó
valientemente, se vio superado cuando don Mariano se sumó a la refriega propinándole
a Peter un terrible golpe en la cabeza con la empuñadura de la espada. Lali chilló
al ver que Peter se desplomaba en el suelo.
—¿Lo matamos, patrón? —preguntó uno de los esbirros, apretando la punta de
su espada contra la desprotegida garganta de Peter.
Don Eduardo miró a su desesperada hija, y concedió:
—Lali tiene razón, Mariano. No es cosa nuestra matar a este pirata. Llévatelo a
Cádiz y entrégalo a las autoridades. Ofrecen una generosa recompensa por su
captura. Lali y yo os seguiremos cuando se haya tranquilizado un poco. Ven a casa
mañana para que hagamos los planes para la boda.
Lali lloraba quedamente, deseosa de acercarse a Peter, pero incapacitada
por su desnudez para hacerlo.
—No le hagáis daño, por favor. Le hirieron hace poco y todavía no está
totalmente recuperado de sus heridas.
—Encontraremos un calabozo lo bastante cómodo para él —se burló don
Mariano —. Atadlo bien corto —ordenó. Para cuando sus hombres terminaron, Peter
estaba empezando a espabilarse—. Lleváoslo.
—Esperad, dadle su ropa —suplicó Lali—. Dejadle un poco de dignidad.
Don Mariano no le hizo el menor caso, pero don Eduardo recogió la ropa de
Peter y se la tendió a uno de los esbirros. —Sacadlo al pasillo y ayudadle a
vestirse.
—Bah, sois demasiado blando —le espetó don Mariano —. Las autoridades lo van
a poner ante el pelotón de fusilamiento en menos de veinticuatro horas.
Don Eduardo nunca se había considerado un hombre especialmente sensible,
pero al ver la consternación de Lali tuvo de pronto un sentimiento de culpa. ¿Y si
su hija de verdad amaba a aquel pirata? Recordó lo que era estar enamorado.
Cuando la encantadora madre de Lali murió, él perdió algo muy precioso. Aun así,
el Diablo llevaba demasiado tiempo siendo la peor cruz de los barcos españoles para
dejarlo libre. Además, si él no hubiera empezado por raptar a Lali, nada de aquello
habría ocurrido.
—Lo que hagan las autoridades con el Diablo no es cosa nuestra —dijo don
Eduardo—. No voy a echar su muerte sobre mi conciencia. Ahora vete, Mariano. Yo
llevaré a Lali a casa.
En el momento en que don Eduardo les volvió la espalda, don Mariano le lanzó a
Lali una mirada que hizo que se le erizara el pelo de la nuca. Era una mirada
cáustica que reflejaba el furioso desprecio que sentía hacia ella. Habría que estar
ciego para no darse cuenta de que estaba desnuda debajo de la sábana, y sólo un
inocente habría pensado que Peter y ella no habían hecho otra cosa que dormir.
Don Mariano no era lo uno ni lo otro. La habitación olía a sexo, y las sábanas revueltas
daban mudo testimonio de la actividad a la que se había estado entregando la pareja.
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