lunes, 23 de enero de 2017

CAPITULO 64


—Llegáis demasiado tarde —la informó Lady Martina —. Partió hace más de una
hora.
Dando un grito de consternación, Lali dio media vuelta y salió corriendo.
Cuando llegó a la puerta principal interrogó a un lacayo que estaba allí apostado. Sus 
peores temores se confirmaron cuando el lacayo le dijo que Peter se había
marchado hacía algún tiempo. Era inútil seguirle, porque, de acuerdo con Nico Riera, el Vengador sólo esperaba para izar velas a que Peter pusiera el pie a
bordo.
No le quedaba a Lli más que rezar. Si Dios era clemente, Peter volvería
sano y salvo. Ella tenía que tener fe en que así fuera, porque nunca iba a poder
saberlo con certeza. Peter y ella no tenían ningún porvenir juntos. Lady Martina sí que
podía darle lo que ella no podía: un heredero cuya sangre inglesa fuera tan pura
como la de Martina. Por más que el hijo que Lali llevaba dentro no fuera lo que
Peter deseaba, ella pensaba cuidar con esmero ese pedazo de él, que seguramente
era el único que iba a tener en lo que le quedara de vida.
Al día siguiente, cinco sacerdotes jesuitas fueron vistos abandonando
Whitehall. La reina estuvo contenta de librarse de ellos. La verdad es que respiraba
con más desahogo sabiendo que se habían marchado. Si no se hubieran ido por su
propia voluntad habría tenido que pedirles cortésmente que abandonaran el país.
Cuando pasaron en fila por los pasillos de Whitehall, salieron por la puerta y
subieron al coche que los esperaba y los llevaría a Dover, los cinco llevaban las
capuchas bien caladas sobre la frente.
Lali vaciló antes de entrar en el coche, a punto de cambiar de idea. Dejar a
Peter era la cosa más difícil que jamás se había visto obligada a hacer, y quizás la
más noble. Sus motivos eran puros, sólo buscaba lo mejor para Peter y el hijo de
ambos. No podía soportar la idea de criar a su hijo en un ambiente hostil. Rezó
porque hubiera podido juntar suficientes recuerdos de Peter como para que le
durasen toda un vida. La idea aterradora de que no fuera así le trajo un momento de
pánico, y se quedó paralizada. Una vez que abandonara Londres su relación con
Peter quedaría irrevocablemente cortada. No habría vuelta atrás.
—Apresúrate, hija mía —la apremió el padre Pedro—. El barco no va a esperar
siempre.
Lali vaciló. Aquel paso final era tan doloroso que se había quedado
paralizada, incapaz de razonar, incapaz de seguir adelante. La decisión le fue
arrebatada cuando el padre Juan y el padre Bernardino, que esperaban dentro del
coche, la agarraron de los brazos y de un tirón la metieron dentro. El padre Pedro
entró rápido tras ella y cerró de golpe la portezuela. El coche dejó atrás Whitehall en
un repique de cascos y ruedas.
—Tu sitio no está entre estos herejes —dijo el padre Pedro cuando Lucía
empezaba a protestar—. Tu padre se sentirá agradecido por tenerte a salvo en casa.
Puede que lo bastante agradecido como para hacer un donativo a nuestra orden.
Demasiado aturdida para replicar, Lali miró por la ventanilla con nostalgia,
recordando con cuánta ternura le había hecho Peter el amor el día en que se fue.
Todo había parecido maravilloso por un momento, hasta que él puso de manifiesto
su desprecio por ella al verter su semilla en las sábanas. Aquella acción tan simple
había terminado con su relación tan eficazmente como si él la hubiera cortado con su
espada. Peter había dejado más que claro que odiaría al hijo que tuvieran.
Suspirando con resignación, dirigió sus sombríos pensamientos hacia el futuro, por
muy lúgubre que pudiera ser sin Peter Lanzani en su vida.
Peter llegó a Plymoufh con las órdenes de la reina y las entregó a los
almirantes. Dos días después, tras una racha de mal tiempo, brotó del nordeste un
viento bueno y fresco. Los almirantes detuvieron la carga de provisiones y mandaron
que saliera la flota para, en un salto rápido, interceptar a la armada. El Vengador se
unió a los noventa y pico buques armados, grandes y chicos, que componían la
aguerrida y valerosa flota inglesa.
Cinco días después estaban de vuelta en la rada de Plymouth. Cuando se
hallaban en medio del Golfo de Vizcaya, el viento se había puesto a rolar
obstinadamente al sur, y se vieron forzados a regresar. Durante toda la semana
siguiente la flota tuvo dificultades con la misma clase de tiempo adverso que había
afligido a la Armada española. Algunos de los buques mercantes se habían forzado
en exceso y tenían vías de agua, y otros necesitaban reparar los palos y el cordaje. Y
como en la mayoría de los barcos que llevan mucho tiempo en alta mar, había
muchos enfermos. Durante aquella pausa los capitanes hicieron lo que era posible
hacer en el poco tiempo que tenían, reabasteciendo sus barcos con agua, pertrechos,
municiones y víveres.
Peter se consumía de impaciencia. Se estaba viendo que los retrasos
resultaban desastrosos para hombres y barcos. Peter quería derrotar a la Armada
Española lo más rápidamente posible, correr a casa con Lali y decirle que la amaba.
Ni siquiera la desaprobación de la reina podía convencerle de renunciar a Lali. Ni
por todas las Lady Martina de Inglaterra.
Justo cuando empezaba a circular el rumor de que la Armada Española había
desistido de la expedición por aquel año, el Cierva de oro, uno de los buques
destinados a patrullar por el Canal, arribó para informar de que un numeroso grupo
de barcos españoles había sido avistado cerca de las islas Scilfy, con las velas
recogidas, aguardando al parecer a que llegara el resto de la flota. Se envió
inmediatamente noticia de ello a la reina, y finalmente, el 19 de julio, se dio la orden
de que el ejército principal se reuniera en Tilburi y el segundo ejército se dirigiera a
Saint James con el propósito de salvaguardar la integridad de la reina.
Aquella noche a las diez la flota de asalto inglesa zarpó de Plymouth. Al día
siguiente el viento refrescó del suroeste, y la flota, incluido el Vengador, empezó a
orzar rumbo a alta mar para impedir que el enemigo la atrapase en la costa a
sotavento.
La armada invasora, algo dispersa pero aún apresurándose, ciñó hacia poniente
para conseguir espacio para maniobrar. Peter se mantuvo al timón del Vengador,
siguiendo por el catalejo el avance de la armada.
—¡Dios mío, Nico, míralos! —dijo, alcanzándole el catalejo a su contramaestre.
—Nunca he visto nada como esto.
Manteniendo su rumbo Canal arriba, la armada de más de ciento treinta navíos
tomó forma a la vista. Delante navegaba la fuerza principal de combate, en línea
frontal; tras ella los barcos más pequeños y menos defendibles; y en cada uno de los
flancos y un poco por detrás avanzaba un escuadrón de combate más reducido.
—No puedo creer que la armada haya sobrevivido intacta, visto el tiempo
inclemente con que se han tropezado estas últimas semanas —comentó Peter,
asombrado.
—¿En qué lugar piensas que recalarán?
—Es difícil decirlo. El último mensaje de Drake decía que debíamos dejar que
los españoles lleguen hasta su destino. Y entonces les daremos con todo lo que
tengamos.
Durante siete impresionantes días el ejército flotante avanzó a paso lento hacia
su meta imaginaria, continuamente hostigado por la flota de Drake pero sin ser
definitivamente detenido por sus ágiles enemigos. Dos días más tarde, el 23 de julio,
en la altura de la Isla de Wight, se desató la acción. La armada invasora se dirigió a la
costa opuesta, fondeando en Calais en espera de establecer contacto con el Duque de
Parma y su prometido ejército. Aquello resultó ser su perdición. La flota inglesa
atacó, dispersándolos a lo largo de muchas millas por la costa. La de aquel día
resultó ser la batalla decisiva de la campaña.
El Vengador estaba en medio de la refriega, haciendo frente por su cuenta a la
poderosa armada. Había sufrido daños menores y había perdido a algunos buenos
ingleses, pero en general había salido virtualmente ileso. Ni Peter ni Riera
habían resultado heridos.
Cuando la armada española intentó escapar a puerto amigo, sólo encontró costa
hostil. No les quedaba otra opción que volver derrotados. Resultaba evidente que
regresar por el camino del Canal estaba fuera de lo posible, porque la flota inglesa
habría podido ensartar uno por uno a los maltrechos navíos. En una iniciativa
desesperada los almirantes tomaron la única ruta que les quedaba abierta, hacia el
norte, rodeando Escocia e Irlanda. Menos de la mitad de los barcos de la armada
española, y quizá un tercio de los hombres, lograron regresar a casa. Y muchos de los
supervivientes murieron más tarde de las heridas o por enfermedad, después de
haberlo soportado todo y no haber logrado nada.

CAPITULO 63

¡Maldita sea! ¿Quién puede ser? —Calzándose los bombachos, Peter abrió 
de golpe la puerta, y se sorprendió al ver a Nico Riera de pie en el umbral. 
—¡Nico ! ¿Qué pasa? ¿Le ha pasado algo al Vengador? 
—Tranquilízate, Peter, el Vengador está perfectamente. La Armada Española 
dejó Lisboa hace algunas semanas. Ha quedado maltrecha y dispersa por las
tormentas y el infernal tiempo que ha hecho, pero se ha reagrupado en La Coruña y
ahora viene de camino. Ha sido avistada desde las costas de Francia.
—¿Cómo lo sabes?
—Llegó un mensaje del hombre que enviaste a espiar a la armada. Imagino que
la reina habrá recibido el mismo informe.
—Tengo que reunirme con la reina inmediatamente —dijo Peter , animado
por poder dar fin a aquel largo periodo de inactividad—. Me reuniré contigo en el
Vengador directamente. Llama a todos los hombres que están de permiso en tierra
para que acudan.
Peter cerró la puerta detrás de Riera y se volvió a Lali.
—¿Lo has oído?
Ella asintió débilmente.
—Te marchas.
—Tan pronto como haya hablado con la reina. Estoy seguro de que ella tiene a
su propio servicio de espionaje recabando información, pero necesito conocer sus
planes ahora que tenemos certeza de la invasión.
Se vistió rápidamente, y luego se volvió hacia Lali.
—Temo que ya no hay tiempo para mandarte de vuelta al campo ahora. Si te
dejo al cuidado de la reina, no se atreverá a dejar que te ocurra nada. —La atrajo
cogiéndola por los hombros y la besó con fuerza. La garganta le dolía, y apenas podía
hablar—. Lali, hay cosas que quería decirte, pero tendrán que esperar. Cuídate
mucho, amor mío.
—Ten cuidado, Peter. Rezaré por ti. Te quie... —empezó a decir que le
quería, pero se lo pensó mejor. Sería mejor que él la odiara por lo que ella iba a tener
que hacer.
La reina se paseaba de arriba abajo por su Cámara Privada presa de la
agitación. La rodeaban los miembros de su consejo privado y asesores, incluido
Peter.
—Han llegado informes que indican que la Expedición Española ha tropezado
con mal tiempo, pero se ha reagrupado en La Coruña y se acerca a nuestras costas —
les confió—. Hemos ordenado que se provean vituallas y suministros a nuestra flota,
y hemos dictado instrucciones selladas que autorizan a Howard, Drake y Hawkins a
interceptar a la armada antes de que alcance nuestras costas.
—Mi barco está listo para zarpar —le informó Peter.
—¿Podéis vos llevar nuestras órdenes selladas a la flota? —le preguntó Isabel.
—Sí, Majestad.
—Mi escribano os las dará. Os deseamos buena navegación y feliz cacería, Sir
Lanzani.
Peter vaciló.
—¿Puedo hablar libremente, Majestad?
—¿Hay algo más que quieras tratar?
—Sí. Es sobre mi esposa. Sé cómo pensáis con respecto a ella, pero la deposito
bajo vuestra custodia durante mi ausencia. Confío en que miraréis que esté a salvo.
Las cejas de Isabel se dispararon hacia arriba.
—Vuestra audacia es ilimitada, Sir Lanzani. ¿Pensáis que Nuestra buena
disposición no tiene límite en lo que a vos respecta? Hombres de rango más alto que
el vuestro han caído cuando han exigido demasiado de Nos.
—Me doy cuenta de que puedo estar excediendo mis límites, y, si es así, suplico
vuestra indulgencia. Lucía es inocente en muchos aspectos, y solamente os pido que
la toméis bajo vuestra protección hasta que yo regrese.
Isabel se daba golpecitos impacientes con el abanico en la barbilla.
—Habéis contribuido generosamente a llenar nuestros cofres, así que
atenderemos a vuestra petición. Pero no esperéis demasiado de Nos.
—Gracias, Majestad dijo Peter, agradecido por cualquier protección que ella
ofreciera a Lali.
—Id con Dios, Sir Lanzani —dijo Isabel, poniendo fin a su conversación.
Sintiendo menester de oración y consuelo, Lali se vistió y corrió a la estancia
de los jesuitas. Se encontró con que estaban empaquetando en ese momento sus
escasas pertenencias. El padre Pedro la saludó con un aire de ausente preocupación.
—Entra, hija, entra. Nos ha llegado el momento de marcharnos. Hoy mismo
hemos recibido aviso de que la armada ya ha avistado tierra inglesa, y de que la flota
de la reina está todavía amarrada en Plymouth.
—La reina ahora se moverá con rapidez —conjeturó Lali.
—La reina es una vieja idiota indecisa —dijo el padre Bernardino con desdén—.
Pero nosotros debemos irnos inmediatamente. Hay un barco en Dover esperando
para cruzar el Canal hasta Calais. Desde allí seguiremos viaje en coche hasta Brest y
nos embarcaremos rumbo a Lisboa.
—Debes venirte con nosotros, hija —apremió el padre Juan—. Sabemos que
fuiste forzada al matrimonio y que jamás podrías amar a un inglés. No estarás segura
en la corte una vez que tu marido parta a incorporarse a la flota inglesa. Debes
confiar en nosotros, igual que nosotros confiamos en ti.
Lali le miró con asombro.
—¿Cómo sabéis que Peter se marcha?
—Ah, tenemos nuestros medios, hija mía. Sabemos que tu marido va a llevar
órdenes selladas de la reina a la flota. Esperamos que la flota se desplace pronto al
encuentro de la armada.
—También sabemos algo que la reina no sabe —confió el padre Juan—. La
armada, una vez que entre en el Canal de la Mancha, se detendrá en Dunquerque. El
Duque de Parma ha acumulado veinticinco mil soldados de los Países Bajos
españoles, que se sumarán a los veinticinco mil soldados que están ya instalados a
bordo de los barcos en España. Nuestras tropas llevan armas y pólvora suficientes
para que la victoria sea segura.
Lali se quedó consternada por las cifras que el padre Juan acababa de
manifestar.
—¿Tanto?
—La magnitud de las fuerzas involucradas y la naturaleza de su armamento no
tienen precedente ni en la historia española ni en la inglesa —exageró el padre
Pedro—. España saldrá victoriosa, porque Dios está de nuestra parte.
A Lali se le heló el corazón. El número de barcos, hombres y armas era
increíble. Pero aún más aterrador era el hecho de que Peter pudiera estar
precipitándose hacia una muerte segura. ¿Sabía él con qué se enfrentaba la flota
inglesa? Tenía que decírselo antes de que dejara Londres. Sabía que nada le iba a
hacer cambiar de opinión, pero aquella información podía serle extremadamente
valiosa. El amor de Lali por su marido sobrepasaba en mucho a su amor por la
patria.
—¿Cuando tenéis que abandonar Londres? —preguntó Lucía.
—Mañana —dijo el padre Pedro—. Tu martirio está a punto de terminarse. Te
prestaré uno de mis hábitos: nadie te reconocerá con un atuendo de fraile. Luego me
pondré en comunicación contigo para ultimar los detalles.
—Debo hacer el equipaje —dijo Lali, ansiosa por ir al encuentro de Peter y
decirle lo que acababa de averiguar.
—Ve en paz, hija mía —dijo el padre Pedro—. Pronto disfrutarás del bienestar
de la casa de tu padre.
Lali se apresuró por los pasillos, que se le habían hecho bastante familiares en
las semanas que había pasado en la corte, hasta llegar a la Cámara de Audiencias sin
aliento. La cámara estaba abarrotada y, por lo que pudo sacar en limpio de los
retazos de conversación que alcanzó a oír, se hablaba mucho de la armada que se
aproximaba. Su inspección visual de la cámara no reveló trazas de Peter. Entonces
vio a Lady Martina y, tragándose el orgullo, se acercó con la frente bien alta a la mujer.
—¿Habéis visto a mi marido, milady?
Lady Martina le hizo a Lali un gesto desdeñoso.
—¿Es que Peter no os tiene al tanto sus planes? Todo el mundo sabe que se
ha marchado a incorporarse a la flota en la rada de Plymouth. —Su voz era fría y
condescendiente—. Me pidió que le esperase. Dijo que había tomado una decisión
importante sobre su matrimonio y que estaba ansioso por contármela. Por desgracia
no tuvo tiempo para entrar en detalles.
Sus palabras tuvieron en Lali el efecto deseado. Ella sabía que no tenía que
creer a Lady Martina, porque probablemente hablaba llevada por los celos, pero aún así
aquello le dolió. Además, podía ser la verdad.
—No he venido a discutir sobre Peter. Sólo quiero saber si lo habéis visto en
los últimos minutos.

domingo, 22 de enero de 2017

CAPITULO 62


Las palabras no llegaron a salir de su boca porque los labios de Peter
saqueaban sin piedad los de ella y sus manos trazaban sendas de fuego por su piel.
Cuando la levantó en vilo y la llevó a la cama, Lali sintió la clase de felicidad que se
tiene una sola vez en toda la vida. Y ahora, con Peter en el quicio de admitir que la 
amaba, podía por fin confiar un secreto que sólo había sospechado en las últimas
semanas. Estaba segura de que llevaba el hijo de Peter, pero había temido
demasiado su respuesta para decírselo. Las veces que le había dicho que él no quería
un hijo medio español eran demasiadas para contarlas, pero de repente sintió
confianza en el amor de él por ella.
En breves instantes estaban ambos desnudos, adorándose el uno al otro con
manos, labios y boca, sus cuerpos retorciéndose de necesidad de consumar este
nuevo principio. Peter la fue despertando despacio, suavemente, con gran cuidado
y pericia, llevándola al borde del éxtasis, negándose a dejarla libre. Lali acercó
tímidamente la boca a su dureza de terciopelo, probando, saboreando, sorprendida
de encontrar grato al paladar el ligero sabor salado de su esencia.
Peter se arqueó violentamente y rechinó los dientes.
—¡Maldita sea! Para, amor mío, para...
La inmovilizó contra la cama, deslizándose por su cuerpo, aplicando su boca a
su canal íntimo. Su lengua exploró profundamente, saboreando el aroma a almizcle
de su excitación. Con determinación implacable la llevó hacia el orgasmo. Lali
gemía y cabalgaba hacia la cima de un éxtasis primario. Esperó a que ella recobrara el
aliento, y comenzó entonces a excitarla de nuevo, hasta que estaba caliente y húmeda
con perlas de rocío, hasta que le suplicó que entrara en ella. Arrastrado ahora por el
apremio de su cuerpo, colocó su tensa erección en el portal de su sexo y empujó
vivamente hacia delante. Casi perdió la cabeza cuando la suavidad de ella se cerró en
torno a él, pero apretó con fuerza las mandíbulas y dobló el talle, sepultando su
palpitante extensión hasta el puño. Ella sintió cómo la rudeza de su cuerpo
empapado en sudor temblaba contra el suyo, como si el esfuerzo por dominarse le
estuviera costando mucho.
—Déjate ir conmigo, amor mío —le murmuró él roncamente al oído—. Déjate ir
conmigo... ¡ya!
Gritando el nombre de él, Lali se quedó casi aplastada por el éxtasis
demoledor de su segundo orgasmo.
Peter emitió un grito ronco, empujó una vez, dos veces, y luego se apartó y
derramó su semilla en las sábanas. Lali se quedó mirando con horror cómo
terminaba con la mano hasta que lo hubo drenado todo. Luego cayó a su lado y cerró
los ojos.
Aunque aturdida aún por la pasión, Lali tampoco estaba tan desorientada
como para no saber que lo que acababa de hacer Peter era antinatural. Cuando su
respiración se fue calmando hasta un ritmo regular, se volvió sobre el costado y se
quedó mirándolo.
—¿Por qué has hecho eso? —le preguntó en tono de queja.
Peter abrió los ojos y le dirigió una mirada que era más sombría que de
disculpa.
—¿Te refieres a haberme retirado? Es una de las maneras para evitar tener hijos.
Hemos tenido suerte hasta ahora, pero nuestra suerte no puede durar siempre.
Sus palabras tuvieron el efecto de dar al traste con el loco sueño de Lali de
formar una familia con Peter. Por más que él la deseara carnalmente, acababa de
dejar claro que aborrecía la idea de tener un hijo que llevara la sangre española de
ella. Ese implacable rechazo de los hijos que Lali pudiera concebir de él le produjo
un dolor tan fuerte que se agarró el estómago y se dio media vuelta, para que
Peter no viera con cuánta crueldad la había herido.
Si Peter hubiera sabido el grado de desolación que iban a producirle a ella
sus palabras, no las habría pronunciado nunca. Si lo hizo fue por motivos muy
diferentes y mucho más simples que la interpretación que de ellos hacía Lali. Él
quería hijos, ¿qué hombre no los querría? Ya era hora de superar el asesinato de su
familia y seguir adelante con su propia vida. La venganza había sido la fuerza que
empujaba su vida durante tanto tiempo que había acabado excluyendo de ella todo
lo demás, incluso el amor. Pero ahora sí quería amor. El amor de Lali. Y quería
tener hijos con ella, pero no todavía.
Pronto se iba a incorporar a la flota inglesa e iba a entrar en batalla con los
españoles. ¿Y si perdía la vida y dejaba atrás a Lali con un hijo en su vientre?
Conociendo la inclinación de la reina a la represalia rápida contra aquellos que no le
gustaban, Peter no podía estar seguro siquiera de que sus propiedades fueran a
pasar a Lali si él perdía la vida en el mar. Ya en otras ocasiones Isabel se había
incautado de los bienes de quienes contrariaron sus deseos, así que Lali bien podía
acabar en la indigencia, con un hijo que criar. No podía correr ese riesgo.
Desde luego todo habría sido mucho más fácil si él, simplemente, se hubiera
mantenido fuera de la cama de ella, pero sus naturalezas apasionadas hacían
impracticable semejante medida. Más bien imposible, pensó sarcásticamente Peter.
No podía seguir reprimiéndose por más tiempo, pero podía ser muy cuidadoso para
evitar que su semilla quedara dentro de ella.
—No me des la espalda, Lali —dijo Peter tirando de ella para que se
volviera hacia él—. No puedo seguir negando mis sentimientos hacia ti. Al diablo
con la reina. Al diablo con Lady Peter. Se trata de mi vida, y pienso hacer con ella lo
que me plazca.
—Le tocó la cara y advirtió sus lágrimas—. ¿Por qué lloras, amor mío?
Lali no encontró razón para decirle entonces a Peter que llevaba en las
entrañas un hijo suyo. Hasta era posible que él quisiera obligarla a deshacerse de su
criatura. Había oído decir que esas cosas ocurrían.
—¿Me has oído, Lali? ¿Qué pasa?
Afortunadamente Lali no tuvo que inventar una respuesta. Unos golpes
fuertes en la puerta interrumpieron lo que podía haber sido un trance muy
embarazoso para ella.

CAPITULO 61

Durante las semanas siguientes Lali se reunió en secreto con los jesuitas, que 
estaban todavía en la corte aguardando a que la Armada Española entrara en aguas 
inglesas. Se movían por la corte como espectros sombríos, tolerados por la reina en 
un esfuerzo para mantener la paz entre Inglaterra y los poderosos países católicos del 
sur. En el Flandes español se observaba con ojo belicoso al Duque de Parma, de quien
se decía que estaba reuniendo en la costa flamenca tropas para la defensa de España.
Llegó abril, que no aportó cambios para Lali en la corte hostil de Isabel. Se la
consideraba todavía bajo sospecha. Peter estaba muy atareado con los
preparativos para la batalla naval que se aproximaba y durante el mes de mayo se
trasladaba frecuentemente a Plymouth para consultar con Sir Francis Drake de parte
de la reina. Isabel se estaba tomando con mucha calma sus preparativos para una
invasión española. Si hubiera forzado las cosas enviando a su flota al mar para
destruir la armada antes de que partiera de Lisboa, la batalla habría terminado antes
de empezar.
Durante las largas ausencias de Peter en el mes de mayo, Lali fue cogiendo
cada vez más confianza con los jesuitas. Ya que eran las únicas personas en la corte
que apreciaban su compañía, se encontraba a gusto con ellos. Como había crecido en
un convento, le parecía muy natural buscar la compañía de sacerdotes.
Peter continuaba, para disgusto de Lali, tratándola con frío desdén cuando
aparecía por allí el tiempo suficiente para, aunque sólo fuera, fijarse en ella. Aunque
no quería creer que Peter fuera a casarse con Lady Martina, tampoco podía estar
segura. No daba nada por definitivo en lo que concernía a Peter. Si estaba
disponible, la acompañaba a la mesa del comedor por la noche, pero con bastante
frecuencia ella prefería que le llevaran la comida a su habitación. Cuando trataba de
hacer amistad con algunas de las damas de la corte sus intentos se veían de
inmediato desairados. Sólo los hombres le ofrecían una apariencia de amistad, pero
ella ya sabía hacia dónde podía conducir eso. En alguna ocasión el puro aburrimiento
la sacaba de sus habitaciones, y hasta una vez se atrevió a aventurarse por las calles
de Londres. Peter la regañó a conciencia por su insensata escapada. No se
quedaría en la corte, ni en Inglaterra tampoco, si hubiera para ella un modo seguro
de irse sola a España.
Cualquier cercanía que ella y Peter hubieran podido compartir tiempo atrás
llegó a ser casi inexistente ahora que Peter estaba más hondamente enredado en la
intriga política. Rara vez dormía él en su dormitorio, y cuando lo hacía llegaba tan
tarde y estaba tan agotado que caía dormido de inmediato.
Lali se preocupaba excesivamente por él. Sabía que se proponía embarcarse
con la flota inglesa cuando se encontraran con la armada, y temía que pudiera perder
la vida en la batalla. Pero él rehusaba hablar de ello, como si al contarle los planes de
Inglaterra a una mujer española traicionara de algún modo a su patria. La razón de la
lejanía de Peter no era difícil de entender para Lali. El todavía la deseaba, pero
era evidente que su miedo a que concibiera un hijo suyo congelaba su ardor lo
suficiente.
El mes de junio elevó las tensiones de la corte hasta un punto crítico.
Abundaban los rumores. Se susurraba que la armada ya había zarpado. Algunos
decían que los barcos transportaban cien mil soldados pertrechados para invadir
Inglaterra. Sólo Lali sabía que eran los jesuitas quienes habían difundido esos
rumores. Y entonces, un día soleado de junio, Peter apareció en su cámara a media
tarde. Lali se sobresaltó mucho cuando él irrumpió en la habitación en un estado de
gran agitación.
—Peter , ¿qué ocurre? ¿Han avistado a la Armada Española?.
—Eso quizá lo sepas tú mejor que yo.
Lali retrocedió como si la hubieran abofeteado.
—¿Qué estás diciendo?
—¿Te has estado juntando con espías a mis espaldas?
Lali se irguió indignada.
—¡Desde luego que no!
—Se me ha hecho ver que estás pasando mucho tiempo con esos curas
españoles que fueron enviados aquí a espiar para el rey Felipe. Si no es por la buena
disposición de Isabel nunca se les hubiera admitido en nuestra tierra. —Sus ojos se
contrajeron en gesto acusador—. ¿Te has vuelto una espía, Lali?
—¡No he hecho nada de eso! ¿Es tan raro que yo prefiera la compañía de los
míos? Esos ingleses de sangre fría me detestan. Por lo menos los frailes hablan
conmigo, no como tú, que parece que te has olvidado de que existo. Estaba
intentando lo mejor que he podido mantenerme apartada de la reina y de sus
acompañantes, ya que según parece tanto les disgusto.
Peter frunció el ceño pero no dijo nada. Aunque ella no lo supiera, él la había
defendido una y otra vez ante la reina Isabel, que seguía oponiéndose enérgicamente
a que uno de sus cortesanos favoritos estuviera casado con una española. Lady Martina
se había apresurado a sumar su propio rechazo al de la reina. Se aferraba tercamente
a la esperanza de que muy pronto iba a ser la esposa de un héroe nacional.
Los pasados meses habían sido tan difíciles para Peter como para Lali. A
Peter le hubiera gustado complacer a Isabel en lo tocante a su matrimonio, pero
sus emociones no se dejaban forzar. Su corazón estaba dividido entre el deber para
con su reina y la creciente ternura de sus sentimientos hacia su esposa. Su cabeza
sabía que la sangre española de Lali sería siempre una barrera entre ellos, pero su
corazón le decía que había llegado el momento de olvidar el pasado y dar descanso
al recuerdo de su familia. El odio tenía su propia forma de retorcer y endurecer el
corazón de los hombres, y él había llevado esa carga demasiado lejos. La venganza
era una amante muy egoísta.
—Peter, ¿por qué me miras de esa forma?
Peter le dirigió una media sonrisa. Se le acababa de olvidar lo que quería
decirle. Mirar a Lali le hacía olvidar hasta su propio nombre.
—Eres hermosa. El pelo te está creciendo, te llega casi a los hombros. Corto me
gustaba mucho.
—Puedo volver a cortármelo.
—Por encima de mi cadáver. —Se acercó más a ella, y aún más, hasta que sintió
la bocanada de su suave aliento cruzarle la mejilla—. Las cosas no están siendo
fáciles para ti, ¿verdad, amor mío? A la reina Isabel no le gusta que la contraríen, y
cuando eso ocurre el disgusto se puede convertir en crueldad. Igual sería mejor
volver a mandarte al campo, lejos de la corte y de todo este barullo.
—¿Por qué has desobedecido a la reina, Peter? Y no pienses siquiera en
mandarme al campo, porque volveré. A tus criados les gusto aún menos que a tus
amigos de la corte. Quizá —dijo pensativa, con pena— fuera mejor que yo regresase
a España.
—Claro que lo sería, amor mío, pero ¿desde cuándo he hecho yo lo que es
mejor? Dejar que te fueras sería como perder mi brazo derecho. Ni lo entiendo ni me
hace ninguna gracia, pero es la verdad.
Peter había pasado los últimos diez años ejercitándose en odiar a los
españoles, y en unos pocos y cortos meses Lali le había enseñado que en la vida hay
algo más valioso que la venganza. Le había provocado alegría abrasadora, angustia
feroz, dulce arrebato... y mucho calor. Sintió que el muro que había levantado
alrededor de su corazón se derrumbaba.
Su boca atacó la de ella, cálida y exigente, mientras su lengua exploraba su
dulzura. Gimió y agarró sus posaderas, tirando de ella hasta la arista cada vez más
endurecida de su deseo. No podía ni empezar a entender por qué se había negado a
sí mismo todas estas semanas, cuando habría dado su alma por tener en sus brazos el
cuerpo desnudo de Lali y hacerle el amor como su propio cuerpo le exigía. Durante
meses había tratado de acatar los deseos de la reina en vez de escuchar a su propio
corazón. Había permitido que su ansia de venganza destruyera la única cosa
importante de su vida. Se le ocurrió a Peter que podía vivir muy a gusto sin la
reina, pero dudaba seriamente que fuera capaz de vivir sin Lali.
Lali sintió la rápida y sensible subida de ese calor que se le enroscaba en las
entrañas, tenso y crudo y tan brillante como el sol al amanecer. Las palabras de
Peter habían sido un bálsamo para su devastado ánimo. Ella le importaba, eso lo
sintió en lo hondo de su alma, pero él interponía entre ellos su ánimo de venganza
como un muro que ella no podía derribar por muy fuerte que golpeara en él.
—Dulce Lali —gimió Peter apretándose contra su boca—. Puede que no
seas una hechicera, pero estás condenadamente cerca de serlo. Lo que me haces a mí
es pura brujería.
—Lo que tú me haces a mí es pura magia —respondió Lali sin aliento—. Y
pensar que yo quería ser monja... Si nunca te hubiera conocido me habría perdido la
alegría de estar contigo. Ay, Peter te am...

sábado, 21 de enero de 2017

CAPITULO 60

—Todo el mundo lo sabe. West Sussex no está tan lejos de Londres como para
que no lleguen las habladurías a la Residencia de los Lanzani. Si es deseo de la reina que
se deshaga nuestro matrimonio, ¿por qué no lo has hecho?
Los ojos de Peter se oscurecieron con una emoción que Lali no reconocía. 
—Eso mismo me pregunto yo.
Sus miradas chocaron y se entrelazaron, reacias a separarse mientras Peter le
hacía el amor con los ojos. Lali se estremeció. La intensidad de su reluciente mirada
hacía que se le endurecieran los pezones y le hormigueara la piel. Se sentía como si él
la hubiera acariciado íntimamente sin tocarla en realidad. Al cabo de una docena de
latidos de su corazón, Peter soltó un juramento y miró para otro lado.
—Maldita sea, Lali, ¿cómo puedo dejar que te vayas si todavía te quiero?
Se puso de pie bruscamente, como sobresaltado por lo que acababa de admitir.
—Enseguida llegarán los criados con tu baño. La modista, cuando llegue, te
ayudará a elegir algo adecuado para tu audiencia con la reina. Volveré a buscarte
exactamente a las tres en punto.
Antes de que Lali recobrara el aliento, Peter se había marchado. Él podía
tener poco claros sus sentimientos por ella, pero ella sabía exactamente lo que sentía
por su exasperante esposo. Pero de poco servía que ella lo amara mientras él siguiera
negando lo que había en su corazón. Y ante la posibilidad de que llegara un bebé, se
estremeció al pensar en lo que tendría que sufrir su pobre hijo con un padre que lo
despreciaba por su sangre española. Aunque sus taciturnos pensamientos se
dispersaron al llegar los criados con su baño, no pudo evitar la sensación fugaz de
que su primer día en la corte estaba siendo cualquier cosa menos prometedor.
Peter contempló con gravedad a Lali y asintió con la cabeza, satisfecho.
Con el traje de brocado amarillo, adornado con muchas varas de encaje, que se había
puesto, eclipsaría a cualquiera de las damas de la corte que él conocía. Peter confió
en que no eclipsara también a la reina, porque Isabel tenía a gala ser el centro de
atención en medio del revoloteo de beldades que orbitaban a su alrededor. Nadie
osaba lucir con más brillo que Isabel si quería ganar su favor.
—Estás preciosa, Lali —dijo Peter, con sinceridad—. Vamos allá, la reina
está esperando.
Los pasillos aún confundían a Lali, pero Peter parecía saber adonde iba
mientras la guiaba a través del laberinto de corredores. Sorprendida al encontrar
vacía la Cámara de Audiencias, Lali miró a Peter con recelo.
—Isabel está esperando en su Cámara de Confidencias. Prefiere encontrarse
contigo en privado.
Un lacayo los anunció, y Lali notó que las rodillas se le aflojaban al entrar en
la estancia del brazo de Peter. La fuerza de él le transmitía valor a ella, pues
descubrió que en realidad no estaban solos. La sala estaba atiborrada de
espectadores, la mayor parte damas de cámara y cortesanos. ¿Será esto lo que la reina
entiende por "privado"?, se preguntó. Luego sus pensamientos se dispersaron cuando
se abrió pasillo y vio a la reina sentada en un recargado asiento labrado en un
extremo de la Cámara Privada.
La reina era una mujer menuda, advirtió Lali, pero su estatura se veía
realzada por su majestuoso porte. Llevaba la cabellera roja arreglada en un complejo
peinado, y su gorguera almidonada ponía de relieve su llamativa piel blanca. Nada
en la reina era ordinario. Lali se dio cuenta inmediatamente de que Isabel había
nacido para el papel de soberana y lo desempeñaba hasta el final.
—Majestad —dijo Peter, ejecutando una profunda inclinación. Lali
inmediatamente se inclinó en una graciosa reverencia. Isabel les pidió que se alzaran
y ofreció su mano a Peter. Él la asió y se la llevó a los labios, y luego presentó a
Lali. Isabel la miró desconcertada, consciente al instante de las razones de Peter
para resistirse firmemente a sus esfuerzos por disolver su matrimonio. La reina
pensó que aquella mujer española era una belleza excepcional, pero ese pensamiento
no llegó a influir en su forma de ver lo concerniente al matrimonio de Peter. Sir
Peter Lanzani merecía una mujer inglesa por esposa, no una española que no
aportaba nada al matrimonio.
—No hemos convocado a vuestra esposa a la corte —dijo Isabel con frialdad—.
No estamos complacida, Sir Peter. Conocéis nuestros deseos a este respecto. Ha
llegado a nuestro conocimiento que vuestra esposa ha proferido amenazas contra
una de nuestras damas de cámara.
Lali quería que se la tragara la tierra. La reina era desalentadora, y cuando vio
a Lady Martina escrutándola con la mirada Lali supo que la mujer se había tomado su
amenaza en serio. Sin querer, Lali apretó la barbilla. Se negaba a dejarse intimidar
por aquella soberana despiadada que había ordenado la muerte de su propia prima,
la reina María.
Peter gruñó por lo bajo. Maldita fuera Lady Martina por irle corriendo a la reina
con sus cuentos. ¿Es que no se daban cuenta de que la amenaza de Lali había sido
pura bravata?
—Debéis perdonar a mi esposa, Majestad. Es forastera en Inglaterra y aún no
está al corriente de nuestros usos. En realidad no piensa hacerle daño a nadie.
Isabel dirigió su altiva mirada a Lali.
—¿Qué decís vos, Lady Lanzani? ¿Vuestra amenaza de asesinato era un puro
farol?
Haciendo acopio de valor, Lali miró fijamente a los ojos a la reina y dijo:
—Me reafirmo en todo lo que dije. Le voy a arrancar a Lady Martina el corazón a
cuchilladas y se lo voy a echar de comer a los cerdos como no deje en paz a mi
marido.
Un grito ahogado colectivo brotó de los que estaban lo bastante cerca para oír.
Ninguno más sonoro que el de Peter. Por ello se perdió la breve chispa de
admiración que pasó por los ojos de la reina.
—Ya hemos visto y oído lo suficiente de vuestra esposa española, Sir Peter —
dijo Isabel en tono desdeñoso—. Queremos recordaros que vuestro matrimonio no
nos place. Pensábamos en otra persona para vos.
—Lo sé, Majestad, y tomaré en consideración vuestros deseos con la máxima
diligencia. —Se inclinó y retrocedió hasta salir de la cámara, arrastrando a Lali con
él.
En cuanto estuvieron donde no podían oírles dio media vuelta a Lali y la miró
fijamente.
—¿Tenías que repetirle esa ridícula amenaza a Isabel? Maldita sea, Lali, ¿qué
voy a hacer contigo? No sé por qué no me deshago de ti y me caso con Martina como
quiere la reina.
—¿No lo sabes? —preguntó Lali provocativamente—. Pues piensa en ello,
Peter.
Pero él, maldita sea, ya había pensado en ello.

CAPITULO 59

La noche aún era joven. Lali seguía durmiendo en la cama de Peter cuando
éste se vistió y se marchó para atender a su cita con Nico Riera a bordo del
Vengador. Mientras Peter y Nico estaban sentados en el camarote del capitán
compartiendo una botella de coñac, Peter anunció: 
—Lali está en Londres.
—¿Enviaste a buscarla? —preguntó Nico, sobresaltado por aquella revelación de
Peter —. A la reina no le va a gustar. Pensé que estabas considerando la propuesta
de la reina de disolver tu matrimonio y casarte con Lady Martina.
—¡Rayos, no, yo no he mandado a buscar Lali! Además, la anulación del
matrimonio es idea de la reina Isabel, no mía. Intenté hacer las cosas según las
normas de la reina. No tienes ni idea de cómo me aburre lo de andar con cortesanas
cómplices y cortesanos remilgados. No pertenezco a este ambiente, Nico. El papel de
cortesano no me va. Tener que estar siguiéndole el juego a la reina no es la idea que
yo tengo de una vida provechosa. ¡Por todos los infiernos! ¿Por qué no podía Lali
haberse quedado en el campo? Ahora estoy obligado a presentarla en sociedad y
mantenerme sin remedio callado mientras la rechazan y la ponen en ridículo. Su
sangre española la convierte en persona non grata.
—Podríamos marcharnos —sugirió Nico —. El Vengador está completamente
avituallado y listo para zarpar.
—Me tienta, Nico, pero no puedo irme mientras Inglaterra necesite mi barco. Tú
y yo sabemos que la Expedición Española es una realidad, y una amenaza inminente
para las costas inglesas.
—¿Y qué pasa con Lali?
—Se va a quedar en Londres —dijo Peter, lacónico—. La voy a presentar a la
reina, y espero que las cosas vayan lo mejor posible.
Riera escrutó el rostro de Peter, preguntándose si su capitán sabía que
estaba enamorado de su propia esposa o si era demasiado testarudo para darse
cuenta de ello. A Riera le parecía que Peter era un perfecto idiota por dejar
que el linaje español de Lali destruyera lo que podría ser un matrimonio feliz.
—¿Todavía crees que fue Lali quien ordenó que te dieran aquellas palizas en
La Habana? Porque si creyeras que llegó a odiarte tanto como para procurar tu
muerte, dudo mucho que la siguieras deseando. La de perdonar no es una de tus
virtudes.
—Virtudes tengo pocas, como tú bien sabes, Nico. —Peter echó un saludable
trago de coñac antes de seguir—. Pero aciertas al creer que ya no pienso que Lali se
hiciera amante de Martinez, ni que fuera ella quien ordenó que me dieran aquellas
palizas. Si lo pensara ya se me habría ocurrido un castigo ajustado al delito. Para
serte sincero... —sus palabras se quebraron, y miró fijamente el líquido ambarino en
su vaso—. Que Dios se apiade de mí. He dedicado toda mi vida adulta a odiar a los
españoles. Y de pronto me veo dudando de los motivos mismos de mi venganza, de
mi propia cordura. Sé que Lali y yo somos una pareja insólita, que hemos
aterrizado juntos por casualidad, pero ninguna otra mujer me satisface como ella.
Se levantó de su asiento, avergonzado de haber revelado tanto de sus más
íntimos sentimientos. Rara vez se soltaba hablando de asuntos del corazón.
—Ahora tengo que irme. Lali ya estará despierta, y yo todavía tengo un
recado que hacer. Lali se marchó de la Residencia de los Lanzani sin equipaje, y habrá
que llenar su guardarropa antes de que pueda ser presentada a la corte.
—No te preocupes por el Vengador, Peter. Está listo para hacerse a la mar en
cuanto tú lo estés.
—Ata corto a los marineros y tenlos así —le recomendó Peter —. No nos
vendría nada bien que estuvieran en las tabernas atiborrándose de grog cuando los
necesitemos.
Lali se despertó sintiéndose indolente, aunque extrañamente contenta. Se
estiró lánguidamente y sonrió, recordando las horas de éxtasis que había pasado
haciendo el amor con Peter. Después de un rato de gozoso recuerdo, de repente
frunció el ceño al recordar cómo Peter había renunciado cruelmente a cualquier
hijo que pudieran concebir. Saltando de la cama, cayó de rodillas y rogó con fervor
que no se hubiera concebido ningún hijo en su tempestuoso encuentro. Después de
un largo intervalo de oración, se levantó insegura y comenzó a vestirse,
contemplando todo el tiempo su sombrío porvenir.
No tenía ni idea de cuándo había dejado Peter la cama ni de cuánto tiempo
había dormido, pero su estómago quejumbroso le recordó que no había hecho una
comida propiamente dicha desde que dejó la Residencia de los Lanzani. Había
oscurecido mientras dormía, pero Lali supuso que no era tarde porque podía oír
retazos de música colándose por los pasillos. Había oído decir que la corte de la reina
Isabel era un lugar frívolo donde se celebraban bailes y cosas así casi todas las
noches. ¿Era ahí donde iba Peter?, se preguntó. ¿A bailar con su amante y hacerse el
galán? ¿Disfrutaba saltando de cama en cama?
Otro fuerte ruido sordo le recordó a Lali que tenía el estómago vacío, y
decidió buscar a un criado que la orientara hacia la comida. El pasillo estaba vacío
cuado salió de la habitación; ningún criado a la vista. Siguió el sonido de la música,
con la esperanza de encontrar a alguien que pudiera atenderla.
—Lady Lanzani, qué maravilloso es volver a veros tan pronto. ¿Buscáis a vuestro
esposo? No me digáis que no ha regresado a vuestro dormitorio.
Lali dio un violento respingo, pero luego se tranquilizó al reconocer a Lord
Harley.
—Lord Harley, me habéis asustado. He visto a Peter, pero parece que se ha
esfumado otra vez.
—Bien, pues entonces —dijo Harley, con ojos chispeantes de malicia—,
permitidme que os acompañe.
—Ay, no, no es necesario —declaró Lali, retrocediendo alarmada—. Sólo
estaba buscando algo que comer. Quizá vos podáis orientarme. Con cualquier cosa
me vale.
—Desde luego que no —dijo Harley indignado—. Cómo va a valer cualquier
cosa para vos, señora mía. Una mujer con vuestra gran belleza y vuestro encanto
merece un festín digno de una reina. Venid —dijo, ofreciéndole el brazo—. Conozco
un sitio privado donde podréis disfrutar de una comida.
La condujo a una antesala pequeña por un pasillo desierto. Estaba amueblada
con una mesa, sillas y un diván de brocado. La lumbre ardía alegremente en la
chimenea, convirtiendo aquella salita en un acogedor refugio para enamorados.
Ignorante de las astucias de Harley, Lali vio aquello simplemente como una
estancia tranquila donde no intervenía la frivolidad de la corte.
—Esperad aquí, señora mía, vuelvo enseguida con una bandeja de comida.
Lali pensó que Lord Harley era un hombre decididamente agradable, y
servicial, además. Se le ocurrió que Peter la había dejado sin pensar ni un
momento en su acomodo, mientras que Lord Harley parecía muy solícito en cuanto a
su bienestar. Peter debió haberse interesado por sus necesidades en lugar de saciar
su lujuria y abandonarla, pensó enojada.
Lord Harley regresó portando una bandeja repleta de comida, más de la que
Lali habría podido comer. Había incluido también una botella de rico vino tinto y
dos vasos. Posó la bandeja en la mesa con una reverencia y miró hambriento a Lali,
con los ojos brillantes de expectación. Cuando regresaba con la comida no había
podido resistirse a parar a dos de sus amigos y fanfarronear de su cita íntima con la
esposa española de Sir Peter Lanzani. Ni pudo reprimirse de dar jabón poético sobre
su seductora belleza y sus exuberantes encantos, dejando a sus amigos llenos de
envidia por su conquista.
—Yo ya he comido, pero compartiré el vino con vos —le dijo a Lali—. Es de
una cosecha excelente. —Escanció un vaso para cada uno y saludó levantando el
suyo.
—Todo parece delicioso —dijo Lali, devolviéndole el brindis. Tomó un sorbo
de vino, se dio cuenta de que tenía sed, y se bebió el resto de un trago. Harley le
rellenó el vaso mientras Lali escarbaba en la comida, que empujaba con más de
aquel vino excelente. Cada vez que su vaso estaba vacío Harley lo rellenaba,
descuidando su propio vaso vacío. Quería tener las ideas claras cuando disfrutara de
aquel bocado español.
Para cuando Lali terminó de comer, la botella de vino estaba vacía y su cabeza
navegaba. De no haber sido por la copiosa cantidad de comida que había consumido,
habría estado borracha como una cuba.
—Sois una mujer hermosa, Lady Lanzani —murmuró Harley con voz ronca—.
Venid a sentaros a mi lado en el diván. A diferencia de vuestro esposo, yo voy a estar
muy atento a vuestras necesidades.
De repente Lali se dio cuenta de la incorrección de estar a solas con un
hombre al que apenas conocía. Tenía que estar loca, o verdaderamente muerta de
hambre, para haber permitido que llegara a producirse una situación tan íntima.
Pensó que su ignorancia de las intrigas de la corte y su inexperiencia habían
permitido que cayera en esta situación.
—Se está haciendo tarde —objetó Lali—. Debo regresar a las habitaciones de
mi esposo. Gracias de nuevo por atenderme.
—Vuestro esposo no os merece —dijo Harley agarrándola por la cintura y
arrastrándola hacia el diván—. Vos sois lo bastante inteligente para saber que él y
Lady Martina son la parejita de la temporada. No es ningún secreto que Martina se derrite
por sus huesos. Se derretía por los míos hace algún tiempo, pero resultó que yo no
era lo bastante rico.
Lali hizo una mueca de dolor. Lord Harley sólo estaba poniendo voz a lo que
era del dominio público, pero aun así dolía. Dejó vagar la mente y de pronto se
encontró medio tumbada en el regazo de Lord Harley y concienzudamente sobada.
—Lord Harley, suélteme ahora mismo. Pensé que erais amigo mío.
—Ah, lo soy, Lady Lanzani, lo soy. Voy a demostraros lo fiel amigo que soy en
cuanto logre quitaros la ropa.
Lali tenía que admitir que Lord Harley se las arreglaba bien con la ropa de las
mujeres. Tan pronto como ella le apartaba las manos de alguna parte de su anatomía,
ya estaba él manoseándola por otra, tratando de quitarle la ropa. ¿Es que todos los
hombres iban a ser unos cerdos libidinosos como aquél?
Peter abrió la puerta de su cámara, esperando encontrar a Lali durmiendo
todavía. Llevaba una bandeja de comida que había hurtado del mostrador del
comedor, preocupado porque ella no hubiera comido aún. Había terminado sus
tareas en la villa y estaba listo para enfrentarse con los, al parecer, insalvables
problemas que tenían. Su dormitorio estaba a oscuras, y Peter posó la bandeja y
frotó un pedernal para encender una vela. Maldijo en voz alta, y mucho, cuando
descubrió que Lali se había ido.
Salió de la habitación de mala manera en un acceso de rabia. Ella en realidad no
conocía a nadie en la corte y podía meterse en serios apuros. Lali era una mujer
bella, pero peligrosamente inocente en cuanto a los usos mundanos. Cualquiera de
los hombres o mujeres sin escrúpulos de la corte querría aprovecharse de ella sin
pestañear. Sintió que le brotaban alas en los pies mientras volaba por los pasillos en
busca de su esposa.
Parecía que Lali se hubiera esfumado, porque Peter no pudo encontrarla en
ningún sitio del palacio. Su mayor temor era que se hubiera ido tan misteriosamente
como había aparecido. La idea de que Lali anduviera vagando sola por las calles de
Londres le llenó de terror. Rebasaba corriendo la Cámara de Audiencias cuando le
hizo señas un conocido con el que había pasado muchas horas bebiendo y jugando.
CAPITULO 60
—Peter, eh, ¿por qué no habías dicho que tu esposa estaba en la corte? Y
resulta que es una belleza deslumbrante. Peter se detuvo en seco.
—¿La has visto, Pierce?
—No, pero Harley habla maravillas de ella. Desde luego a mí no me importa
que sea española. Todas las mujeres son iguales bajo las sábanas —dijo, guiñando un
ojo sin recato—. Ahora mismo envidio a Harley.
De repente el control de Peter cedió con un chasquido. Cómo se atrevía aquel
tipo a hablar de Lali como si fuera una vulgar fulana. Agarrando a Pierce por las
solapas, lo levantó en vilo hasta que tuvieron las narices pegadas.
—¿Qué pasa con Harley y mi esposa? ¿Sabes tú algo que yo no sepa?
Pierce tartamudeó con temor.
—Mira, yo no quería ofender. Viéndoos a Lady Martina y a ti tan a gusto, pensé
que Lady Lanzani era pieza disponible. Todo el mundo sabe que el tuyo fue un
matrimonio forzado. No fue una unión por amor, o sea que ¿dónde está el problema?
—El problema es que Lali es mi esposa —dijo Peter apretando los dientes—
. ¿Dónde están?
Pierce tragó saliva visiblemente.
—Están cenando en privado en la antesala pequeña que hay en el pasillo oeste.
—¿Ésa que suele usarse para citas amorosas privadas? —preguntó Peter . Su
dominio de sí mismo saltó en pedazos, y tiró a Pierce a un lado como si fuera un
muñeco de trapo. Se fue derecho a aquella salita que tenía razones para conocer bien.
A menudo se había encontrado allí con Lady Martina para hablar en privado, aunque
ella habría preferido que fuera para otra cosa. Pero él sabía que aquel lugar se usaba
para más, mucho más, que conversar, y el mero pensamiento de lo que se iba a
encontrar casi le destrozaba. Una inocente como Lali sería igual que masilla en las
manos de un granuja mujeriego como Harley.
Lali, en un revoltijo de brazos y piernas, peleaba en aquel momento para salir
del regazo de Harley. Tratando desesperadamente de despejarse del efecto mareante
del fuerte vino, cayó al suelo con una sacudida que le hizo rechinar los dientes.
—El suelo es una excelente idea, Lady Lanzani —se rió Harley, poniéndose de
rodillas al lado de ella—. El diván es demasiado angosto para lo que yo me
propongo. —Con una sonrisa de ave de rapiña se agachó hasta ponerse encima de
ella. Protestando violentamente, Lali se zafó de debajo de él y trató de incorporarse.
Harley la agarró por un tobillo y tiró de ella hacia abajo.
—¡No!, ¡dejadme marchar!
—Ya la has oído, Harley: suelta a mi esposa.
Harley trepó hasta ponerse de pie, mientras con el rostro desprovisto de todo
color trataba de aplacar a Peter.
—Yo no estaba haciendo nada que Lady Lanzani no deseara —dijo débilmente—.
Vino aquí de muy buen grado.
Peter dirigió a Lali una mirada fulminante.
—¿Es eso cierto, Lali?
—Me fui de tu habitación porque estaba muerta de hambre. Lord Harley se
ofreció a traerme una bandeja de comida y sugirió que comiera aquí, lejos del gentío.
No se me ocurrió que pudiese... acercárseme. ¿Son todos los ingleses así de groseros?
—Lárgate de aquí, Harley —dijo Peter entre dientes. Harley no esperó a una
segunda orden. Salió volando del cuarto como si el Diablo mismo lo persiguiera. Un
Diablo llamado Peter Lanzani.
La mirada de Peter no se apartó ni un instante de Lali, pero pareció saber
desde qué momento Harley ya no estaba con ellos.
—¿Estás bien?
La cabeza de Lali se bamboleó de arriba abajo.
—Peter, no tenía ni idea de que Harley fuera a tratar de aprovecharse de mí.
¿Soy tan ingenua que no sé cuándo estoy en peligro? Las monjas no me enseñaron
cómo debe una comportarse en la corte, donde la esposa de un hombre es pieza
disponible para hombres sin escrúpulos.
—¿Por qué saliste de mi habitación?
—Te lo he dicho, estaba muerta de hambre. Pensé que ya no querías nada
conmigo después de que hiciéramos...
—¿...De que hiciéramos el amor? —completó Peter —. ¿Por qué iba yo a
hacer eso?
—Quizá Lady Martina...
—Lady Martina me importa un comino. Pensé que ya lo había dejado claro. Tenía
que verme con Nico a bordo del Vengador. He vuelto tan pronto como he
podido, esperando encontrarte tranquilamente dormida en mi cama. Casi me pongo
fuera de mí cuando encontré la habitación vacía. ¿Cómo has conocido a Lord Harley?
—Cuando llegué a Whitehall él tuvo la amabilidad de guiarme hasta tus
habitaciones. Pensé que era encantador y..., y...
—Es un sinvergüenza, igual que los otros figurines de la corte. Mantente
apartada de ellos, Lali. Tú no estás preparada para entenderte con esa ralea.
A Lucía le resultaba difícil enfocar a Peter. Lo veía doble. Además el vino le
estaba haciendo estragos en el sentido del equilibrio, y le resultaba
endemoniadamente difícil mantenerlo.
—¿Y para entenderme contigo estoy preparada, Peter?
—De sobra, bruja —gruñó, apretándola fuertemente contra sí—. Mantente
alejada de otros hombres, o no respondo.
Su respuesta fue un hipo burbujeante que hizo dispararse hacia arriba las cejas
de Peter.
—¿Estás borracha, Lali? —Inspeccionó la botella de vino vacía y gruñó—. ¡Por
todos los infiernos, el muy malnacido ha intentado emborracharte!
—Peter, creo que voy a vomitar.
—¡Por todos los demonios! —Y, tomándola en vilo, la sacó por la puerta y la
llevó a toda prisa por los serpenteantes pasillos hasta su habitación.
A Lali no acababa de pasársele la risa floja mientras Peter la desnudaba.
Cuando por fin se liberó de una patada de su última prenda, cayó dormida sobre la
cama antes siquiera de que Peter pudiera meterla dentro. Él retrocedió y la miró,
asombrado del ardid que la vida le había jugado. El matrimonio con una belleza
española no había sido nunca parte de sus planes de futuro, y sin embargo nada, a no
ser la muerte, podría convencerle de romper con Lali. Su debilidad por ella le
confundía, y resultaba tan excitante que sólo mirarla le hacía sentirse duro como una
roca y lleno de apetito.
Peter no tenía ni idea de qué les reservaba el destino, o siquiera de si
tendrían un futuro juntos. Lo más probable era que el destino se estuviera riendo de
él en ese mismo momento. Sus labios se torcieron con ironía cuando su mirada vagó
hasta el suave nimbo de rizos oscuros que se agolpaban alrededor de las sienes y el
cuello de ella. Le estaba creciendo el pelo: pronto volvería a tenerlo largo. Recordó lo
mucho que le había impresionado la primera vez que vio sus mechones esquilados.
Estaba acostumbrado a verla como estaba ahora, y se daba cuenta de que para él ella
siempre sería bella, sin que importara lo que ella hiciera para parecer poco atractiva.
Siempre recordaría aquella mirada soñolienta, voluptuosa, la exuberante curva de
sus rojos labios hinchados y de color más intenso, su dulce sonrisa pletórica después
de que él le hiciera el amor.
¡Dios, ella era magnífica! La desgracia era que fuera española. Con obstinada
perversidad se dio cuenta de que, a menos que quisiera hijos teñidos con la sangre
española de su madre, tendría que apartar las manos de ella. Cada vez que la tocaba
sus ansias de venganza lo abandonaban; sólo deseaba a su mujer. Pero Peter había
persistido en su venganza contra la familia Esposito durante demasiado tiempo
como para pararse ahora. Su apetito por Lali era atávico, y sin embargo la
excitación y llegar al final sólo eran parte de la necesidad que sentía por ella. Sus
sentimientos eran una burla para su nombre de El Diablo. A falta de otra idea, podía
pensar que de verdad amaba a Lali.
Gimió como si tuviera algún dolor. Si amor quería decir esa agonía que le
desgarraba las tripas con sólo pensar en renunciar a Lali, él no quería tener nada
que ver con eso.
—Despierta, Lali, que hay mucho que hacer antes de que puedas ser
presentada a la reina.
Peter le dio a Lali un codazo no muy suave, pero ella sólo gruñó y se
arrebujó aún más bajo las mantas.
—Lali, la reina Isabel sabe que estás aquí, y ha dispuesto que le seas
presentada esta tarde.
La última frase de Peter provocó una respuesta inmediata de Lali.
Sacudiéndose el mareo, abrió los ojos y miró a Peter.
—Preferiría no verla en absoluto.
Peter sacudió la cabeza y apartó las sábanas, exponiendo su cuerpo desnudo
al aire fresco. Nadie, sencillamente, rechaza a la reina.
—En pie; la modista llegará de aquí a una hora con un surtido de trajes que
algunas de sus clientes no podían pagar y no le reclamaron. Deberíamos encontrar
algo adecuado para ponerte que no requiera mucho ajuste. He pedido una bañera y
agua caliente para que te bañes.
Lali se sentó en la cama, advirtió que estaba desnuda, y echó mano de la
manta. Los magníficos ojos de Peter se deslizaron a lo largo de su cuerpo desnudo
mientras ella trataba de cubrirse. Le gustaba mucho ver cómo los ojos de él
cambiaban de azul a gris, según de qué humor estaba. Podían estar en penetrante
vigilia, lánguidamente entornados, o en calma. Esos ojos agudos difuminaban sus
ásperos rasgos ahora que su mirada se tornaba humeante de deseo.
—No me encuentro bien —protestó Lali—. Me duele la cabeza y tengo el
estómago revuelto.
Peter frunció la boca con desagrado.
—Ahora que estás en la corte vas a tener que aprender de quién te puedes fiar y
de quién no. ¿Eres tan ingenua como para no haberte dado cuenta de lo que quería
Lord Harley? ¿O es que provocaste sus atenciones?
Los ojos de Lali se contrajeron de furia.
—Piensa lo que quieras, Peter, que es lo que sueles hacer. ¿Por qué siempre
tengo yo que darte explicaciones? Probablemente todavía me culpas de lo que te
ocurrió en La Habana, aunque yo lo haya negado una y otra vez. Pues para que lo
sepas, yo no solicité los cuidados de Lord Harley, o por lo menos si lo hice no fue a
propósito. Admito que los usos de la corte sobrepasan mi escasa experiencia.
El gesto de Peter se suavizó mientras se dejaba caer junto a Lali, con
cuidado de no tocarla: como lo hiciera se iba a pasar el resto de la mañana en la cama
con ella.
—En estos meses he tenido tiempo de sobra para pensar y he llegado a la
conclusión de que tú no eres capaz de esas cosas de las que te acusó Martinez. Hace
ya mucho que te absolví de cualquier fechoría en La Habana.
»En cuanto a tu comportamiento anoche con Lord Harley, la culpa la tiene ese
buitre por creerse que eras pieza disponible. Tú no has tenido más culpa que la de
fiarte de quien no debías.
»No dejes que vuelva a pasar eso nunca, Lali. Eres mi esposa, y yo guardo lo
que es mío. O sea que no se te ocurra ensayar tus tretas femeninas con esos
cortesanos melifluos de Isabel.
Los ojos de Lali se agrandaron, aturdidos por las palabras de Peter.
—Si lo piensas así, ¿por qué andas cortejando a Lady Martina?
Peter buscó el rostro de Lali, sopesando su pregunta. Merecía una
respuesta, pero no se le ocurría nada que pudiera aliviar la verdad. Ella ya sabía
cómo se sentía él en lo referente a la sangre española que corría por su venas.
—La reina Isabel se enfadó mucho conmigo por casarme contra sus deseos, y
ahora me presiona para que solicite la anulación aduciendo que nuestro casamiento
fue obligado. Lady Martina sería mi recompensa. Me ha ofrecido la mano de Lady Martina
como premio por mi obediencia. Lady Martina es rica y con título y está ansiosa por ser
mi esposa.
Lali tragó saliva a pesar del nudo que tenía en la garganta.

CAPITULO 58

Admitir mi debilidad por ti resulta excesivamente doloroso. No me gusta sentirme 
así con ninguna mujer. Siempre pensé que alguna vez tendría hijos, pero tener hijos 
con sangre española me da náuseas. No quiera Dios que te apresures a darme un 
hijo, porque no sé si yo podría aceptarlo. Ésa es una de las razones por las que te dejé 
en el campo. Ojos que no ven, corazón que no siente.
Peter no tenía idea de lo hondo que sus palabras lastimaban a Lali.
También ella quería hijos, pero en su imaginación los retrataba como miniaturas de
Peter. Si él no quería que ella pariera sus hijos, no veía porvenir para ellos dos.
Después de aquella sincera confesión de Peter, Lali se daba cuenta de que lo
mejor era que se casara con Lady Martina. Anular su matrimonio parecía ser la única
solución, porque ella no podía tolerar la idea de que Peter repudiara a un hijo de
su unión.
Tenía que dejar a Peter. Si se quedaba, un hijo sería el resultado de las ansias
que sentían el uno por el otro. Lali pensó que era un milagro que no llevara ya
dentro a un hijo suyo.
Con gran esfuerzo, recompuso los añicos de dignidad que le quedaban,
desechando su sueño de un futuro con Peter.
—Ojos que no ven, corazón que no siente —repitió lúgubremente—. Tengo que
abandonarte, Peter.
La expresión de Peter se endureció. El juego de la luz de la ventana hacía de
su rostro un siniestro paisaje.
—¡Y un cuerno! Tú no vas a dejarme, ni ahora ni nunca.
Sus brazos se tensaron, y empujó dentro de ella con renovado vigor. Después
de unos minutos de reposo la deseaba de nuevo. Todos sus sentimientos en conflicto
estaban perversamente reñidos unos con otros, pero sobre una cosa estaba seguro:
cuando estaba sepultado en lo más hondo dentro de ella, la idea de dejarla irse era la
negación del deseo de su corazón. Su dolorosa necesidad de tener a Lali estaba
abierta y sangraba, y ninguna mujer podría curarla salvo su esposa.
—Pero y si...
—No hables, amor; siente, sólo siente.
Lali sentía. Sentía el dolor del rechazo y de su necesidad de él. Y rezó por que
no hicieran un hijo.